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LIBRO QUINTO

EXCELENCIA DE LA DESGRACIA

I =Mario indigente=

La vida comenzó á ser difícil para Mario. Comerse la ropa y el reloj no era nada; pero se vió reducido á aquella situación inexplicable, que se llama _comerse los codos_, cosa horrible, que quiere decir: días sin pan, noches sin sueño y sin luz, hogar sin fuego, semanas sin trabajo, porvenir sin esperanza; la levita rota por las mangas, el sombrero viejo, dando que reir á las muchachas, la puerta que se encuentra cerrada de noche, porque no se paga á la patrona, la insolencia del portero y del hostelero, las risitas burlonas de los vecinos, las humillaciones, la dignidad ultrajada, la ocupación de cualquier clase aceptada, los disgustos, la amargura, el abatimiento. Mario aprendió á tragar todo eso, y á no tener que tragar muchas veces más que eso sólo. En aquel momento de la existencia en que el hombre tiene necesidad de orgullo, porque tiene necesidad de amor, se vió burlado porque andaba mal vestido, y ridículo porque era pobre. Á la edad en que la juventud os inflama el corazón con imperial altivez, bajó más de una vez sus miradas hasta los agujeros de sus botas, y conoció la injusta vergüenza, el punzador bochorno de la miseria. Prueba terrible y admirable de la que los débiles salen infames, y los fuertes sublimes; crisol en que el destino arroja al hombre cuando quiere convertirle en un ser despreciable, ó en un semidiós.

Porque se producen muchas acciones grandes en esas luchas pequeñas. Hay valientes, tercos é ignorados, que se defienden palmo á palmo en la sombra, contra la fatal invasión de las necesidades y de la ignominia. Hay nobles y misteriosos triunfos que no ve ninguna mirada, que ninguna fama recompensa, que ningún clarín saluda. La vida, la desgracia, el aislamiento, el abandono, la pobreza, son campos de batalla que tienen sus héroes, héroes obscuros, pero mas grandes á veces que los héroes ilustres.

Hay naturalezas firmes y raras que han sido así creadas, porque la miseria, que es casi siempre madrastra, es, á veces, madre; la desnudez engendra el vigor del alma y del talento; el desamparo engendra la altivez; el infortunio es una buena leche para los magnánimos.

Hubo una época en la vida de Mario en que él mismo barría su miserable cuarto, en que él mismo iba á comprar un sueldo de queso de Brie á la tienda de la frutera, ó que, esperando para ello la obscuridad del crepúsculo, entraba en la panadería á comprar un panecillo, que llevaba furtivamente á su buhardilla, como si lo hubiese robado. Alguna vez se veía deslizar en la carnicería de la esquina, por entre las bulliciosas cocineras que le codeaban, á un joven desmañado con sus libros bajo el brazo, y cierto aire tímido y furioso, que al entrar se quitaba el sombrero, dejando ver el sudor que corría por su frente; hacía un profundo saludo á la carnicera sorprendida, otro al mancebo de la carnicería; pedía después una chuleta de carnero, la pagaba con seis ó siete sueldos, la envolvía en un papel, la ponía debajo del brazo entre dos libros, y se iba. Aquel joven era Mario. Con aquella chuleta, que asaba él mismo, vivía tres días.

El primer día comía la carne, el segundo se bebía el caldo, y el tercero roía el hueso. Muchas otras veces su tía Gillenormand intentó nuevamente enviarle los sesenta escudos. Mario se los devolvió constantemente, diciendo que nada necesitaba.

Aún llevaba luto por su padre, cuando se verificó en él la revolución que hemos descrito; desde entonces no había abandonado el traje negro; pero el traje negro le abandonó á él. Vino un día en que no tuvo frac; pero aún podía durarle el pantalón. ¿Qué hacer? Courfeyrac, á quién había hecho algunos favores, le dió un frac viejo. Mario hizo que se le volviera del revés por seis reales un portero cualquiera, y se encontró con un frac que tenía todo el aspecto de nuevo. Pero era un frac verde: Mario desde entonces no salió sino después de caer el día, con lo cual hacía que su frac apareciese negro. Queriendo vestir siempre de luto, lo hacía con las tinieblas de la noche.

Á través de todo esto, llegó á tomar el grado y á recibirse de abogado. Creíase que habitaba en el aposento de Courfeyrac, que era decente, y donde, cierto número de obras viejas de jurisprudencia, sostenidas y completadas con tomos de novelas descabaladas, figuraban la biblioteca exigida por los reglamentos.

Hacía que se le dirigiese la correspondencia á casa de Courfeyrac.

Una vez ya abogado, dió Mario parte de ello á su abuelo por medio de una carta fría, pero llena de respeto y sumisión. El señor Gillenormand tomó la carta con cierto temblor, la leyó presuroso, la hizo cuatro pedazos y la arrojó al cesto.

Dos ó tres días después, la señorita Gillenormand oyó á su padre que estaba solo en su cuarto y hablaba en voz alta. Esto le acontecía siempre que se sentía muy agitado. Aplicó el oído; decía el viejo:

--Si no fueras un imbécil, sabrías que no se puede ser á un tiempo abogado y barón.

II =Mario pobre=

Pasa con la miseria como con todo. Llega á hacerse posible; acaba por tomar una forma y se acomoda. Vegeta uno, es decir, se desarrolla de cierta manera mezquina, pero suficiente á la vida. He aquí de que modo arregló Mario Pontmercy su existencia.

Había pasado lo más estrecho; el desfiladero se iba ensanchando delante de él. Á fuerza de trabajo, de ánimo, de perseverancia y voluntad, había conseguido sacar de su trabajo unos setecientos francos anuales. Había aprendido el alemán y el inglés; y gracias á Courfeyrac, que le había puesto en relaciones con su amigo el librero, desempeñaba en la literatura librera, el modesto papel de _utilidad_. Hacía prospectos, traducía periódicos, anotaba ediciones, compilaba biografías, etc.; producto neto, año bueno con malo, setecientos francos. Con ellos vivía. ¿Cómo? No mal. Vamos á decirlo.

Ocupaba Mario en la casucha de Gorbeau, mediante el precio anual de treinta francos, un tabuco sin chimenea, calificado de gabinete, donde no había, en materia de muebles, sino lo indispensable. Los muebles eran suyos. Daba tres francos al mes á la vieja, principal inquilina, para que le barriese el tabuco y le llevase todas las mañanas un poco de agua caliente, un huevo fresco y un panecillo de un sueldo. Con este pan y este huevo almorzaba. Su almuerzo variaba de dos á cuatro sueldos, según estaban los huevos baratos ó caros. Á las seis de la tarde bajaba por la calle de Santiago á comer en casa de Rousseau, frente al mercader de estampas Basset, esquina á la calle de Mathurins. No comía sopa. Tomaba una ración de carne de á seis sueldos, media ración de legumbres por tres, y un postre por tres más. Y finalmente, por otros tres sueldos le daban pan á discreción. En cuanto á vino, bebía agua. Al pagar en el mostrador donde estaba sentada majestuosamente la señora Rousseau, en aquella época, gorda siempre y todavía fresca, daba un céntimo para el mozo, la señora Rousseau le devolvía una sonrisa, y él se iba. Así era como por dieciséis sueldos tenía comida y sonrisa.

El _restaurant_ Rousseau, en el que se desocupaban tan pocas botellas y tantas tinajas, era un _calmante_ mejor que un _restaurante_.

Ya no existe. El dueño tenía un apodo chocante; llamábanle _Rousseau el acuático_. Así es que, almorzando por cuatro sueldos y comiendo por diez y seis, le salía el alimento en veinte sueldos diarios, esto es, en trescientos sesenta y cinco francos al año. Agréguense los treinta de alquiler, y los treinta y seis á la vieja, más algunos gastos menores, resulta que por cuatrocientos cincuenta francos, Mario estaba alimentado, alojado y servido. El vestido le costaba cien francos, la ropa blanca cincuenta, y el lavado y planchado cincuenta más, el total no pasaba de seiscientos cincuenta, así es que todavía le quedaban cincuenta. Era rico. Prestaba, cuando llegaba el caso, diez francos á un amigo; Courfeyrac llegó á tomarle un préstamo de sesenta francos. En cuanto á fuego para calentarse, no teniendo como no tenía chimenea, le había «suprimido».

Mario tenía siempre dos trajes completos; uno viejo, «para todos los días», y otro nuevo para las ocasiones. Ambos eran negros. No tenía más que tres camisas, una puesta, otra en la cómoda y otra en casa de la lavandera. Renovábalas á medida que se usaban, y estando casi siempre rotas, se abotonaba el frac hasta la barba.

Para llegar Mario á esa situación floreciente había necesitado años: años rudos, difíciles de atravesar los unos, de salvar los otros; pero Mario no había flaqueado un solo día. Todo lo había sufrido en materia de pobreza; todo lo había hecho, á excepción de contraer deudas. Dábase testimonio á sí propio de no haber debido nunca un céntimo á nadie. En su concepto, una deuda era el principio de la esclavitud. Llegaba á decir que un acreedor es peor que un amo; porque un amo no posee más que la persona, mientras que el acreedor posee la dignidad, y puede abofetearla.

Antes que pedir prestado prefería no comer. Había ayunado muchos días. Conociendo que todos los extremos se tocan y que, si no se pone cuidado, la baja en la fortuna puede conducir á la bajeza del alma, vigilaba celosamente por su altivez. Tal fórmula ó tal paso que, en otra situación, le hubiese parecido deferencia, considerábala ahora rebajamiento, y alzaba su frente. No arriesgaba nada por no querer retroceder. Veíase en su semblante una especie de rubor severo. Era tímido hasta la aspereza.

En todas sus pruebas se sentía alentado, y algunas veces arrastrado por una fuerza secreta que había en su interior. El alma ayuda al cuerpo, y hay momentos en que le sostiene. Es el único pájaro que puede sostener su jaula.

Al lado del nombre de su padre, otro nombre estaba grabado en el corazón de Mario, el de Thénardier. Mario, con su temperamento entusiasta y grave, rodeaba de una especie de aureola al hombre á quien, á su entender, debía la vida de su padre, aquel intrépido sargento que había salvado la vida al coronel entre las balas y la metralla de Waterloo. Nunca separaba el recuerdo de aquel hombre del recuerdo de su padre, y los asociaba juntos en su veneración. Era una especie de culto de dos grados, el altar mayor para el coronel, y el otro menor para Thénardier. Lo que redoblaba la ternura de su agradecimiento era la idea del infortunio en que suponía caído y abismado á Thénardier. Mario había sabido en Montfermeil la ruina y quiebra del infeliz posadero. Desde entonces había hecho grandes esfuerzos para descubrir sus huellas y procurar llegar á él, en aquel tenebroso abismo de miseria en que había desaparecido.

Mario había recorrido todo el país: había estado en Chelles, en Bondy, en Gournay, en Nogent, en Lagny. Durante tres años se había obstinado sin tregua, gastando en sus exploraciones el poco dinero de sus ahorros. Nadie había podido darle noticias de Thénardier; creíanle ausente, en país extranjero. Sus acreedores le habían buscado también, con menos amor que Mario, pero con tanta obstinación, sin haber conseguido echarle mano. Mario se acusaba, y casi se reprendía, el poco acierto de sus pesquisas.

Era la única deuda que le había dejado el coronel, y cifraba su honra en cancelarla. ¡Cómo! pensaba para sí. Cuando mi padre yacía moribundo en el campo de batalla, Thénardier supo dar con él al través del humo y de la metralla, y llevarle sobre sus espaldas; sin embargo, él nada le debía, y yo, que debo tanto á Thénardier, ¡no he de saber encontrarle en la sombra en que agoniza, y llevarle á mi vez, de la muerte á la vida! ¡Oh, yo le encontraré! Por encontrar á Thénardier, en efecto, Mario habría dado un brazo, y por arrancarle de la miseria, toda su sangre. Ver á Thénardier, hacerle un servicio cualquiera, decirle: «¿No me conocéis? ¡Pues yo sí os conozco! Aquí estoy, disponed de mí»; tal era el más dulce y magnífico de los sueños de Mario.

III =Mario crecido=

En aquella época, Mario tenía veinte años. Hacía tres que había dejado á su abuelo. De una y otra parte habían quedado sumidos en los mismos términos, sin intentar aproximarse ni tratar de verse. Por otro lado, volver á verse, ¿con qué fin? ¿Para chocar? ¿Quién de ambos habría llevado la razón sobre el otro? Mario era el vaso de bronce, pero el abuelo Gillenormand era la olla de hierro.

Debemos decirlo: Mario se había equivocado con respecto al corazón de su abuelo. Habíase figurado que el señor Gillenormand no le había tenido nunca cariño, y que aquel buen hombre, breve, duro y risueño, que juraba, gritaba, echaba pestes y levantaba el bastón, no le profesaba á todo extremo, más que ese afecto leve á un tiempo y severo de los padres gruñones de comedia. Mario se engañaba. Hay padres que no aman á sus hijos; pero no hay abuelo que no adore á su nieto. Como ya hemos dicho, en el fondo, el señor Gillenormand idolatraba á Mario. Idolatrábale á su modo, con acompañamiento de empujones y hasta de cachetes; pero una vez fuera de su vista el chico, sintió un negro vacío en su corazón; exigió que no le hablaran de él, lamentando por lo bajo de ser tan exactamente obedecido. Al principio esperó que volviera aquel buonapartista, aquel jacobino, aquel terrorista, aquel setembrista. Pero pasaron las semanas, pasaron los meses, pasaron los años, y con gran desesperación de Gillenormand, el bebedor de sangre no volvió.--Yo no podía menos de echarle de casa,--se decía el abuelo, y se preguntaba:--Si volviera á pasar lo mismo, ¿volvería yo á obrar del mismo modo?--Su orgullo respondía inmediatamente que sí; pero su blanca cabeza, que movía en silencio, respondía tristemente que no. Tenía sus horas de abatimiento. Faltábale Mario, y los viejos tienen tanta necesidad de cariño como del sol. Para ellos el afecto también es calor. Por más fuerte que fuése su naturaleza, la ausencia de Mario había producido cierto cambio en él. Por nada del mundo hubiera querido dar un paso hacia «aquel picaruelo»; pero sufría. Nunca preguntaba por él, pero nunca pensaba en otra cosa. Vivía cada vez más retirado en el Marais. Era aún, como en otros tiempos, alegre y violento; pero su alegría tenía una dureza convulsiva, como si contuviese dolor y cólera, y sus violencias terminaban siempre con una especie de abatimiento dulce y sombrío. Estas alternativas se repetían á menudo. Decía algunas veces:--¡Oh! ¡Si volviera, qué cachete se llevaría!

En cuanto á la tía, pensaba harto poco para amar mucho; Mario no era para ella más que una especie de contorno negro y vago, y había acabado por cuidarse de él mucho menos que del gato ó del loro, que ella probablemente tuviese. Lo que acrecentaba el sufrimiento interior del señor Gillenormand, era que se lo guardaba íntegro sin dejar adivinar nada. Su pesadumbre era como uno de esos hornillos de nueva invención que queman su mismo humo. Ocurría á veces que llegaba algún oficioso importuno, y hablándole de Mario, le preguntaba: ¿Qué hace, ó qué le ha pasado á vuestro nieto? El viejo respondía suspirando, si estaba triste, ó sacudiéndose las chorreras, si quería parecer alegre: «El señor barón de Pontmercy hace de abogadillo en algún rincón».

Mientras el abuelo se lamentaba, Mario se aplaudía á sí mismo. Como á todos los buenos corazones, la desgracia le había hecho perder la amargura. Sólo pensaba en el señor Gillenormand con dulzura; pero se había propuesto no recibir nada del hombre _que había sido malo para su padre_. Era aquello como la traducción mitigada de su primera indignación. Por otra parte, se creía dichoso por haber sufrido, y por sufrir aún, porque lo hacía por su padre. La dureza de su vida le satisfacía y le agradaba.

Decíase, con cierta alegría, que _aquello era lo menos_, que era una expiación; que sin esto habría sido castigado de otro modo y más tarde, por su impía indiferencia hacia su padre, un padre como el suyo; que no habría sido justo que su padre sobrellevase tantos sufrimientos y él ninguno. Por otra parte, ¿qué eran sus trabajos y su desnudez comparados con la vida heroica del coronel? Y en fin, el único medio de acercarse y asemejarse á su padre era ser tan valiente contra la indigencia como el coronel lo había sido contra el enemigo; y esto era sin duda lo que el coronel había querido decir con estas palabras: _será digno de ello_. Palabras que Mario seguía llevando, no sobre su pecho, porque había desaparecido el escrito del coronel, sino en su corazón.

Además, el día en que su abuelo le había expulsado no era más que un niño; pero á la sazón era ya un hombre, y así lo sentía. La miseria, repetimos, había sido buena para él. La pobreza en la juventud, cuando acierta á salir adelante, tiene un resultado magnífico, cual es el de dirigir toda la voluntad hacia el esfuerzo, y toda el alma hacia la aspiración. La pobreza pone luego de manifiesto la vida material en toda su desnudez, y la hace horrible; de ahí provienen esos inexplicables impulsos hacia la vida ideal. El joven rico tiene cien distracciones, brillantes y groseras: las carreras de caballos, la caza, los perros, el tabaco, el juego, los banquetes y todo lo demás; ocupaciones de las regiones bajas del alma, á costa de las regiones más altas y delicadas. El joven pobre encuentra gran dificultad en ganar su pan; come, y cuando ha comido, no le queda más que el divagar y soñar. Asiste gratis á los espectáculos que da Dios; contempla el cielo, el espacio, los astros, las flores, los niños, la humanidad entre la que sufre, la creación en la que resplandece. Mira tanto á la humanidad, que llega á ver el alma; mira tanto á la creación, que ve á Dios. Medita, y conoce que es grande; medita más, y conoce que es sensible.

Del egoísmo del hombre que sufre, pasa á la compasión del hombre que medita. Un admirable sentimiento brota en él, el olvido de sí mismo y la piedad para todos. Al pensar en los goces sin número que la naturaleza ofrece, da y prodiga á las almas abiertas, y niega á las almas cerradas; llega á compadecer, millonario de la inteligencia, á los millonarios del dinero. De su corazón va borrándose el odio á medida que va penetrando toda la claridad en su espíritu. Por otra parte, ¿es acaso desgraciado? No; la miseria de un joven no es nunca miserable. Cualquier joven, por pobre que sea, con su salud, su fuerza, su andar vivo, sus ojos brillantes, su sangre que circula ardorosa, sus cabellos negros, sus mejillas frescas, sus labios sonrosados, sus dientes blancos, su aliento puro, dará siempre envidia á un viejo, aunque este sea un emperador. Cada día por la mañana se pone á ganar el sustento, y mientras sus manos ganan el pan, su espina dorsal adquiere gallardía, su cerebro ideas; y cuando concluye el trabajo, vuelve á los éxtasis inefables, á la contemplación, á los goces; vive con los pies en la aflicción, en los obstáculos, en el suelo, en los abrojos, y á veces en el lodo, y con la cabeza en la luz. Es firme, sereno, dulce, pacífico, atento, grave; está satisfecho con muy poco, y benévolo; bendice á Dios que le ha dado dos riquezas de las que carecen muchos ricos; el trabajo que le hace libre, y la inteligencia que le hace digno.

Esto era lo que había pasado por Mario quien, para decirlo todo, se había inclinado tal vez demasiado del lado de la contemplación. Desde el día en que había podido ganar su vida casi con seguridad, se había estacionado, encontrando buena la pobreza, y descontando algo del trabajo, para dárselo al pensamiento; es decir, que pasaba días enteros meditando, sumergido y abstraído como un visionario en las mudas voluptuosidades del éxtasis y de la irradiación interior. Había planteado de este modo el problema de la vida: dar el menor tiempo posible al trabajo material, para dar el mayor tiempo posible al trabajo impalpable; ó en otros términos, dedicar algunas horas á la vida real, y el resto al infinito. No advertía, pareciéndole no carecer de nada, que la contemplación así comprendida acaba por ser una de las formas de la pereza; que se había satisfecho con dominar las primeras necesidades de la vida, y que se entregaba al descanso demasiado pronto.

Era evidente que para aquella naturaleza enérgica y vigorosa, ese no podía ser más que un estado transitorio, y que al primer choque con las inevitables complicaciones del destino, Mario despertaría.

En tanto, y aunque fuése ya abogado, y á pesar de lo que pensaba el señor Gillenormand, no defendía pleitos, no hacía ni siquiera el abogadillo. La meditación le había alejado de la abogacía. Tratar con los procuradores, ir á la audiencia, buscar causas; esto le fatigaba. ¿Y para qué había de hacerlo? Ninguna razón veía para cambiar de modo de vivir. Aquel librero mercantil y obscuro le daba ya trabajo seguro, trabajo poco penoso y que, como acabamos de decir, le bastaba.

Uno de los libreros para quienes trabajaba, creo que el señor Magimel, le había ofrecido emplearle en su casa, alojarle bien, darle un trabajo regular y mil quinientos francos al año. ¡Estar bien alojado! ¡Mil quinientos francos! Es verdad; pero ¡renunciar á la libertad! ¡Estar asalariado! ¡Ser una especie de literato hortera! En el pensamiento de Mario, de aceptar, su posición mejoraba y empeoraba al mismo tiempo; ganaba en bienestar y perdía en dignidad; era una desgracia completa y bella, que se cambiaba en una comodidad fea y ridícula; una cosa así como un ciego convertido en tuerto. Y rehusó.

Mario vivía solitario. Á causa de la afición que tenía á permanecer extraño á todo, y también por haberse espantado demasiado, no había entrado decididamente en el grupo presidido por Enjolrás. Habían quedado como buenos amigos; estaban dispuestos á ayudarse mutuamente cuando llegara el caso y de todas las maneras posibles; pero nada más. Mario tenía dos amigos: uno joven, Courfeyrac, y otro viejo el señor Mabeuf. Inclinábase al viejo, porque en primer lugar, le debía la revolución que en su interior se había verificado, y en segundo, por haber conocido y amado á su padre.

_Me ha hecho la operación de la catarata_, decía.

Y ciertamente, la intervención de aquel obrero había sido decisiva.

Con todo, Mabeuf no había sido en aquella ocasión más que el agente tranquilo é impasible de la Providencia. Había iluminado á Mario por casualidad y sin saberlo, como hace una vela que lleva cualquiera; él había sido la vela, no el cualquiera.

En cuanto á la revolución política interior de Mario, Mabeuf era incapaz de comprenderla, de quererla y dirigirla.

Como más adelante hemos de encontrar á Mabeuf, no estará de más que digamos sobre él algunas palabras.

IV =El señor Mabeuf=

El día en que Mabeuf le decía á Mario: _ciertamente, yo apruebo las opiniones políticas_, expresaba el verdadero estado de su ánimo. Todas las opiniones políticas le eran indiferentes, aprobándolas todas sin distinción, con tal que le dejasen tranquilo, del mismo modo que los griegos llamaban á las Furias: «las bellas, las buenas, las encantadoras», Bonaparte _las Eumenides_. La opinión política del señor Mabeuf consistía en amar apasionadamente las plantas, y sobre todo los libros. Tenía, como todo el mundo, su terminación en _ista_, sin la cual nadie hubiera podido vivir en aquel tiempo; pero no era ni realista, ni bonapartista, ni carlista, ni orleanista, ni anarquista: era _bouquiniste_[15].

No comprendía que los hombres se ocupasen en odiarse mutuamente por tonterías, como la Carta, la democracia, la legitimidad, la monarquía, la república, etc., cuando hay en este mundo tantas clases de musgo, de yerbas y de arbustos que poder contemplar, y montones de libros en folio, y aun en treintaidosavo que poder hojear. Guardábase mucho de ser inútil; el tener libros no le impedía leer, y el ser botánico no le impedía ser jardinero. Cuando conoció á Pontmercy, nació entre el coronel y él la simpatía de que, lo que el coronel hacía por las flores, lo hacía él por las frutas. Mabeuf había llegado á conseguir peras de semilla, tan sabrosas como las de San Germán; de una de estas combinaciones ha nacido, á lo que parece, el mirabel de octubre, tan célebre hoy día, y no menos aromático que el mirabel de estío. Iba á misa más bien por bondad que por devoción y porque, gustando del semblante de los hombres, pero odiando su ruido, los veía reunidos y silenciosos sólo en la iglesia. Comprendiendo que todos debemos ser algo en el Estado, había escogido la ocupación de capillero. Por lo demás, no había conseguido nunca amar á ninguna mujer, tanto como á una cebolla de tulipán; ni á un hombre tanto como á un elzevir. Había cumplido hacía ya tiempo sesenta años, cuando cierto día le preguntó alguien:

--¿Pero no habéis estado casado nunca?

--Lo he olvidado,--contestó. Cuando le ocurría alguna vez ¿á quién no le ocurre? decir: «¡Oh, si yo fuése rico!» no lo decía nunca echando el lente á una muchacha bonita, como el señor Gillenormand, sino fijándose en algún libro antiguo. Vivía solo, con una ama vieja. Padecía de gota en las manos, y cuando dormía, sus viejos dedos, entorpecidos por el reuma, se enredaban en los pliegues de las sábanas. Había escrito y publicado una _Flora de las cercanías de Cauterets_ con láminas iluminadas; obra bastante apreciada, cuyas planchas poseía, y vendía por sí mismo. Dos ó tres veces al día llamaban á su puerta de la calle Mezières con ese objeto. Así sacaba muy bien unos dos mil francos al año. En esto consistía casi toda su fortuna. Aunque pobre, había tenido ingenio para hacerse, á fuerza de paciencia, de privaciones y de tiempo, con una colección preciosa de ejemplares raros de todos géneros. Nunca salía sin llevar un libro bajo el brazo, y casi siempre volvía con dos. El único adorno de las cuatro habitaciones del piso bajo que, con un pequeño jardín, componían su vivienda, eran unos herbarios en cuadros y grabados de antiguos maestros. La vista de un sable ó de un fusil le helaba la sangre; en su vida se había acercado á un cañón, ni aun al del cuartel de los Inválidos. Tenía un estómago regular, un hermano cura, el cabello enteramente blanco, nada de dientes en la boca ni en el espíritu, temblor general, acento picardo, risa infantil, fácil al miedo, y el aire de un carnero viejo. Después de eso, no tenía otra amistad ni trato con los vivos, que la de un librero viejo de la Puerta de Santiago, llamado Royol. Era su gran ideal la aclimatación del añil en Francia.

Su criada era igualmente una variedad de la inocencia. La buena vieja era virgen. Sultán, su gato, que hubiera podido maullar el miserere de Allegri en la Capilla Sixtina, había llenado su corazón, y llenaba perfectamente la cantidad de pasión que había en ella. Ninguno de sus pensamientos había llegado hasta el hombre; no había podido ir más allá de su gato, y tenía, como éste, bigotes. Su gloria se cifraba en sus papalinas siempre blancas. Empleaba el tiempo los domingos, después de misa, en contar la ropa blanca en su baúl y en extender sobre su cama vestidos en corte, que compraba y no se hacía nunca. Sabía leer. Mabeuf la llamaba _la tía Plutarco_.

Mabeuf había simpatizado con Mario, porque siendo Mario joven y agradable, templaba su ancianidad sin asustar su timidez. La juventud amable produce en los viejos el efecto del sol sin viento. Cuando Mario estaba saturado de gloria militar, de pólvora de cañón, de marchas y había dado y recibido tantos sablazos, se iba á ver al señor Mabeuf, y éste le hablaba del héroe bajo el punto de vista de las flores.

Hacia 1830, su hermano el cura había muerto; y casi de repente, como cuando llega la noche, todo el horizonte se había obscurecido para el señor Mabeuf. La quiebra de un procurador le hizo perder una suma de diez mil francos, que era todo lo que poseía de la herencia de su hermano y de su patrimonio. La Revolución de Julio produjo una crisis en el comercio de libros. En tiempos revueltos lo primero que deja de venderse es una _Flora_; y la _Flora de las cercanías de Cauterets_ se quedó sin venta, pasándose semanas enteras sin presentarse un comprador. Alguna vez el señor Mabeuf se estremecía al oir la campanilla. Señor, le decía tristemente la tía Plutarco, es el aguador.

Pronto el señor Mabeuf abandonó la calle Mezières, abdicó las funciones de capillero, renunció á San Sulpicio, vendió una parte, no de sus libros, sino de sus estampas, que apreciaba menos, y fué á instalarse en una casita del boulevard Montparnasse, donde no vivió más que un trimestre, por dos razones, primera, porque el piso bajo y el jardín costaban trescientos francos, y no se atrevía á pagar más de doscientos de alquiler; y segunda, porque la casa estaba próxima al tiro de Fatou, y oía el ruido de los pistoletazos, lo cual le era insoportable.

Llevóse, pues, su _Flora_, sus planchas, sus herbarios, sus carteras y sus libros, y se estableció junto á la Salpêtrière, en una especie de cabaña del puente de Austerlitz, donde por cincuenta escudos al año tenía tres piezas, un jardín cerrado por un seto, y pozo. Se aprovechó de esta mudanza para vender casi todos sus muebles. El día que entró en esta nueva habitación estuvo muy alegre, y clavó él mismo los clavos para colgar los cuadros y los herbarios, cavó en el jardín el resto del día, y por la noche, viendo que la tía Plutarco aparecía triste y pensativa, le dió un golpecito en el hombro, y la dijo sonriéndose: ¡ya tenemos el añil!

Sólo dos visitantes, el librero de la Puerta de Santiago y Mario, eran admitidos en su choza de Austerlitz, nombre algo guerrero, y que, á decir verdad, no le agradaba mucho.

Por lo demás, como hemos indicado ya, los cerebros absorbidos por una sabia meditación, ó en alguna locura, ó lo que sucede con mayor frecuencia, en ambas cosas á un tiempo, no son sino lentamente sensibles á las realidades de la vida. Su mismo destino se les presenta lejano. Resulta de esas concentraciones una pasividad que si fuése razonada, se parecería á la filosofía. Así es que declinan, descienden, se deslizan y aún se desploman, sin apercibirse de ello. Concluyen, es verdad, por despertar; pero tardíamente. Entretanto, parece que son extraños á la partida entablada entre su felicidad y su desgracia. Son la puesta, y miran la partida con indiferencia.

Así es que al través de la obscuridad, que se formaba á su alrededor, todas sus esperanzas morían una tras otra, y sin embargo, el señor Mabeuf permanecía sereno, con alguna puerilidad, es cierto, pero profundamente. Sus hábitos intelectuales tenían la oscilación de un péndulo. Una vez impelido por una ilusión, seguía andando por mucho tiempo, aun cuando la ilusión hubiese desaparecido. Un reloj no se detiene nunca en el preciso momento de perder la llave.

El señor Mabeuf tenía placeres inocentes. Estos placeres eran poco costosos é inesperados; la menor casualidad se los proporcionaba. Un día, la tía Plutarco estaba leyendo una novela en un rincón del cuarto; leía en voz alta, creyendo que así lo entendía mejor. Leer alto es afirmarse á sí mismo en la lectura. Hay personas que leen muy alto, y que parecen darse palabra de honor de lo que leen.

La tía Plutarco leía, pues, con esa energía, la novela que tenía en las manos. El señor Mabeuf la oía sin escuchar.

Así leyendo, la tía Plutarco llegó á esta frase; tratábase de un oficial de dragones y de una bella.

«...La bella (_bouda_)[16] se amoscó y el dragón...».

Aquí se interrumpió para limpiar los anteojos.

--Boudda y el dragón,--repitió á media voz el señor Mabeuf.--Sí, es verdad; había un dragón, que desde el fondo de su caverna arrojaba llamas por la boca abrasando el cielo. Ya habían sido incendiadas muchas estrellas por aquel monstruo, que tenía además garras de tigre. Boudda fué á la caverna, y logró convertir al dragón. Es un buen libro ése que estáis leyendo, tía Plutarco. No hay otra leyenda como ésta.

Y el señor Mabeuf se dejó caer en una deliciosa meditación.

V =Pobreza muy próxima á la miseria=

Mario tenía simpatías por aquel anciano cándido que se veía lentamente cogido por la indigencia, y que se iba asustando poco á poco, mas sin entristecerse todavía. Mario encontraba á Courfeyrac y buscaba á Mabeuf, pero raras veces, una ó dos, á lo sumo, cada mes.

El gran placer de Mario consistía en dar largos paseos solo, por los boulevares exteriores, ó por el campo de Marte, ó por las alamedas menos frecuentadas del Luxemburgo. Algunas veces pasaba la mitad del día contemplando un huerto, los cuadros de lechugas, las gallinas entre el estiércol, ó el caballo dando vueltas á una noria. Los transeuntes le miraban con sorpresa, y algunos veían en él algo sospechoso y una fisonomía siniestra, cuando no era más que un joven pobre, meditando sin objeto.

En uno de aquellos paseos había descubierto la casucha de Gorbeau, y habiéndole tentado el aislamiento y la baratura, se instaló en ella. No se le conocía allí más que por el señor Mario.

Algunos de los antiguos generales ó camaradas de su padre le invitaron, cuando le conocieron, á que fuése á visitarlos; y Mario no había rehusado, porque en aquellas visitas tenía otras tantas ocasiones de hablar de su padre. Así es que iba de cuando en cuando á casa del conde Pajol, á casa del general Bellavesne, á casa del general Fririon, en los Inválidos. Allí se tocaba y se bailaba, y en aquellas noches Mario se ponía su frac nuevo; pero no iba nunca á tales reuniones ni á tales bailes, sino los días en que helaba mucho, porque no podía pagar coche, y no quería llegar sino con las botas brillantes como espejos.

Decía algunas veces, pero sin amargura:--Los hombres están constituidos de tal modo, que se puede entrar en una reunión cubierto de lodo por todas partes, excepto en las botas. No se os pregunta para recibiros más que por una cosa irreprochable: ¿por la conciencia? No, por las botas.

Todas las pasiones que no proceden del corazón, se disipan meditando. La fiebre política de Mario se había desvanecido. La revolución de 1830, satisfaciéndole y calmándole, le había ayudado. Era, pues, el mismo hombre, excepto en la cólera. Conservaba las mismas opiniones, pero algo dulcificadas. Propiamente hablando, no tenía ya opiniones, tenía simpatías. ¿Y por cuál partido las sentía? Por el de la humanidad; y entre la humanidad escogía la Francia; entre la nación escogía el pueblo, y entre el pueblo, la mujer. Á ésta se dirigía principalmente su piedad. Prefería una idea á un hecho, un poeta á un héroe, y admiraba más algún libro, como el de Job, que un acontecimiento como el de Marengo. Cuando después de un día de meditación se iba por la noche á los paseos, y al través de las ramas de los árboles descubría el espacio sin fondo, los resplandores sin nombre, el abismo, la sombra, el misterio, le parecía muy pequeño todo lo humano.

Creía haber llegado, y era tal vez cierto, á la verdad de la vida y de la filosofía humana, y había concluido por no mirar casi más que al cielo, única cosa que puede ver la verdad desde el fondo de su pozo.

Esto no le impedía multiplicar los planes, las combinaciones, los castillos en el aire, los proyectos para el porvenir. En aquel estado fantástico, si algún ojo hubiera podido penetrar en el interior de Mario, se habría deslumbrado ante la pureza de aquella alma. En efecto; si fuése dado á nuestros ojos carnales ver en la conciencia de otro, se juzgaría con más acierto á un hombre por lo que sueñe en su imaginación, que por lo que piensa. En el pensamiento hay voluntad; en el sueño no la hay. Este sueño, cuando es espontáneo, toma y conserva, aun en lo gigantesco é ideal, el carácter de nuestro espíritu. Nada sale más directamente ni más sinceramente del fondo de nuestra alma, que esas aspiraciones irreflexivas y desmesuradas hacia los esplendores del destino. En ellas, más que en las ideas modificadas, razonadas y coordinadas, puede hallarse el verdadero carácter de cada hombre. Nuestras quimeras son los objetos que más se nos parecen. Cada cual sueña lo desconocido y lo imposible con relación á su naturaleza.

Hacia mediados del citado año de 1831, la vieja que servía á Mario le contó que iban á poner en la calle á sus vecinos, á la miserable familia Jondrette. Mario, que pasaba casi todo el día fuera de casa, apenas sabía que tuviese vecinos.

--¿Y por qué los despiden?--preguntó.

--Porque no pagan el alquiler. Deben dos plazos.

--¿Y cuánto es?

--Veinte francos,--dijo la vieja.

Mario tenía treinta francos guardados en un cajón.

--Tomad,--dijo á la vieja;--ahí tenéis veinticinco francos. Pagad por esa pobre gente; dadles cinco francos, no digáis que he sido yo.

VI =El sustituto=

La casualidad hizo que el regimiento de que era teniente Teódulo fuése de guarnición á París; lo cual dió ocasión á que se le ocurriese una segunda idea á la tía Gillenormand. Había pensado la primera vez hacer vigilar á Mario por Teódulo, y ahora armó un complot para hacer á Teódulo sucesor de Mario.

Á todo evento, y para el caso de que el abuelo tuviera la vaga necesidad de ver una fisonomía joven en casa, porque los rayos de aurora son algunas veces gratos á las ruinas, era conveniente buscar otro Mario.

Pues sea, dijo ella; esto es como una simple errata de las que veo á veces en los libros; donde dice Mario, léase Teódulo.

Un sobrino segundo es casi un nieto; y á falta de un abogado, se toma un lancero.

Una mañana en que el señor Gillenormand estaba leyendo algo como _la Quotidiana_, entró su hija, y le dijo con la voz más dulce que supo encontrar, porque se trataba de su favorito:

--Padre mío, Teódulo va á venir esta mañana para saludaros.

--¿Qué Teódulo?

--Vuestro sobrino.

--¡Ah!--dijo el abuelo.

Y siguió leyendo sin pensar más en el sobrino, que no era sino un Teódulo cualquiera. No tardó mucho en tener mal humor, lo que le sucedía casi siempre que leía. El «papel» que leía, realista como era de esperar, anunciaba para el día siguiente, sin amenidad ninguna, uno de los sucesos diarios de escasa importancia del París de entonces, esto es: Que los alumnos de las escuelas de Derecho y de Medicina debían reunirse en la plaza del Panteón al medio día «para deliberar». Se trataba de una de las cuestiones del momento; de la artillería de la Guardia Nacional, y de un conflicto entre el ministro de la Guerra y la «Milicia ciudadana» con motivo de los cañones depositados en la plaza del Louvre. Los estudiantes debían deliberar sobre esto. No se necesitaba más para enfurecer al señor Gillenormand.

Pensó en Mario, que era estudiante, y que probablemente iría como los demás á deliberar, al medio día, en la plaza del Panteón.

Cuando estaba pensando tristemente en esto, entró el teniente Teódulo vestido de paisano, lo que era hábil, siendo discretamente introducido por la señorita Gillenormand. El lancero había hecho este razonamiento: «El viejo druida no lo ha colocado todo á renta vitalicia; y esto bien vale que uno se disfrace de paisano de cuando en cuando».

La señorita Gillenormand dijo en voz alta á su padre:

--Teódulo, vuestro sobrino.

Y en voz baja al teniente:

--Apruébalo todo.

Y se retiró.

El teniente, poco acostumbrado á encuentros tan venerables, balbuceó con cierta timidez:

--Buenos días, tío.--É hizo un saludo mixto, compuesto del bosquejo involuntario y maquinal del saludo militar, terminado por un saludo de paisano.

--¡Ah! ¿Sois vos? Está bien. Sentaos,--dijo el abuelo.

Y dicho esto, se olvidó por completo del lancero.

Teódulo se sentó, y el señor Gillenormand se levantó, poniéndose á pasear de un lado á otro de la sala, con las manos en los bolsillos, hablando alto, y dando tormento con sus viejos é irritados dedos, á los dos relojes de ambos bolsillos relojeros.

--¡Ese puñado de mocosos! ¡Y eso se convoca en la plaza del Panteón! ¡Por vida de los chiquillos! ¡Galopines, que estaban ayer mamando! ¡Si les apretaran la nariz aún saldría leche! ¡Y ésos van á deliberar mañana al medio día! ¿Adónde vamos á parar? ¿Adónde? Es claro que vamos á un abismo; ¡esto nos lleva á los descamisados! ¡La artillería ciudadana! ¡Deliberar sobre la artillería ciudadana! ¡Ir á charlar á las doce acerca de las pedorreras de la Guardia Nacional! ¿Y con quién van á encontrarse allí? ¡Véase adónde conduce el jacobinismo! Apuesto todo lo que se quiera, un millón contra cualquier cosa, á que no habrá allí más que encausados y presidiarios cumplidos. Los republicanos y los presidiarios no son más que una nariz y un pañuelo. Cornet decía: ¿Adónde quieres que vaya, traidor? Y Fouché respondía: Adonde quieras, imbécil. Éstos son los republicanos.

--Es verdad,--dijo Teódulo.

El señor Gillenormand medio volvió la cabeza, vió á Teódulo, y continuó:

--¡Cuando pienso que este tunante ha hecho la picardía de hacerse carbonario! ¿Por qué has abandonado tu casa? Por hacerte republicano. En primer lugar, el pueblo no quiere tu república; no la quiere, porque tiene buen juicio, y sabe bien que siempre ha habido reyes, y que los habrá siempre; sabe bien que el pueblo, después de todo, no es más que el pueblo, y se burla de tu república. ¿Lo oyes, tonto?

¿No es bastante horrible semejante capricho? ¡Enamorarse del padre Duchesne, poner buena cara á la guillotina, cantar romances y tocar la guitarra debajo del balcón del 93! Vamos, merecen que se les escupa por tontos. Todos son lo mismo; ni uno se exceptúa. Basta respirar el aire que corre por la calle para ser insensato; el siglo XIX es un veneno. Cualquier perdido se deja crecer la barba de chivo, se cree un verdadero personaje, y deja plantados á sus ancianos padres. Esto es lo romántico. ¿Y qué significa esto de romántico? Hacedme el favor de decir qué viene á ser esto. Todas las locuras posibles. Hace un año que el ser romántico era ir á ver el _Hernani_. Ahora pregunto yo: ¿qué es _Hernani_? ¡Antítesis! ¡Abominaciones que ni siquiera están escritas en francés! Y luego se ponen cañones en la plaza del Louvre. ¡Tales son las barbaridades de estos tiempos!

--Tenéis razón, tío,--dijo Teódulo.

El señor Gillenormand continuó:

--¡Cañones en el patio del museo! ¿Y para qué? Cañón, ¿qué me quieres? ¿Queréis ametrallar el Apolo del Belvedere? ¿Qué tienen que hacer vuestros cartuchos con la Venus de Médicis? ¡Oh! ¡Estos jóvenes de ahora son todos unos ganapanes! ¡Qué gran cosa es su Benjamín Constant! Y los que no son malvados, son necios. Hacen todo lo que pueden para estar feos; visten mal, tienen miedo de las mujeres, se están alrededor de las faldas con un aire de mendicantes capaz de hacer reir á las piedras; en verdad, que se les puede bien llamar pobres vergonzantes del amor. Son deformes, y completan su deformidad con la estupidez; repiten los retruécanos de Tiercelin y de Potier; usan levisacos, chalecos de palafrenero, camisas ordinarias, pantalones de paño burdo, botas de mal becerro, y su lenguaje se parece al plumaje. Podría uno servirse de su jerga para remendar sus zapatos. ¡Y toda esa inepta muchachería tiene opiniones políticas! Debería estar severamente prohibido el tener opiniones políticas. Fabrican sistemas, refunden la sociedad, demuelen la monarquía, echan por los suelos toda la legislación, ponen el granero en el lugar de la cueva, y á mi portero en el lugar del rey; trastornan la Europa de arriba abajo, reedifican el mundo, y se tienen por dichosos viendo maliciosamente las piernas de las lavanderas que suben en sus carros.

¡Ah! ¡Mario! ¡Ah! ¡vagabundo! ¡Ir á vociferar en la plaza pública! ¡Discutir, debatir, tomar medidas! ¡Á esto le llaman medidas, vive Dios! El desorden se empequeñece hasta la estupidez. He visto el caos, y ahora veo los atolladeros. ¡Unos escolares deliberar sobre la Guardia Nacional! Esto no se vería, ni en el país de las Ogibbewas, ni en el de los Cadodaches. Los salvajes que andan en cueros, con el testuz adornado de un volante de jugar á la pelota y una maza en la pata, son menos brutos que estos bachilleres. ¡Monigotes de á cuatro sueldos, haciéndose los entendidos y los graves! ¡Deliberar y racionalizar! Este es el fin del mundo. Es evidentemente el fin de este miserable globo terráqueo; se necesitaba un estrépito final, y la Francia lo proporciona.

«¡Deliberad, pilletes! Todo esto sucederá mientras se vaya á leer periódicos bajo los arcos del Odeón. Esto les cuesta un sueldo, y el sentido común, y la inteligencia, y el corazón, y el alma, y el talento. Salen de allí, y se separan de su familia. Todos los periódicos son una peste; todos, incluso _La Bandera blanca_, porqué en el fondo Martainville era un jacobino. ¡Ah, justo cielo! Podrás vanagloriarte de haber desesperado á tu abuelo!

--Es evidente,--dijo Teódulo.

Y aprovechando el momento en que el señor Gillenormand tomaba aliento, el lancero añadió magistralmente:

--No debería haber otro periódico que el _Monitor_, ni otro libro que el _Anuario militar_.

Gillenormand prosiguió:

--¡Lo mismo que su Sieyés! ¡Un regicida que llegó á senador! Porque siempre acaban así. Se hieren el rostro con su tuteamiento ciudadano para llegar á hacer que se les llame el señor conde. El señor conde, en caracteres como el brazo, de los camorristas de septiembre. ¡El filósofo Sieyés! Me hago la justicia de que no he hecho nunca mas caso de las filosofías de estos filósofos, que de los anteojos del gesticulador de Tívoli. Vi un día á los senadores que pasaban por el muelle Malaquais con mantos de terciopelo morado salpicados de abejas, con sombreros á lo Enrique IV. Estaban horribles; parecían los monos de la corte del tigre. Ciudadanos, os declaro que vuestro progreso es una locura, vuestra humanidad un delirio, vuestra revolución un crimen, vuestra república un monstruo, y que vuestra joven Francia virgen, sale de un lupanar; y os lo sostengo á todos, quien quiera que seáis, aunque fueseis publicistas, aunque fueseis economistas, aunque fueseis legistas, aunque fueseis más conocedores en libertad, igualdad y fraternidad, que la cuchilla de la guillotina. Os lo declaro, señores míos.

--Pardiez,--exclamó el teniente,--todo eso es admirablemente cierto.

El señor Gillenormand, interrumpiendo un gesto que Teódulo había empezado, se volvió, miró fijamente al lancero frunciendo el ceño, y dijo:

--Sois un imbécil.

NOTAS:

[15] Bouquiniste: aficionado á comprar y leer libros viejos.

[16] _Bouda_, se amoscó ó incomodó; se pronuncia en francés como _Bouddha_, el dios Buda.

LIBRO SEXTO LA CONJUNCIÓN DE DOS ESTRELLAS

I =El apodo: manera de formar nombres de familia=

Mario, era en aquella época un hermoso joven de mediana estatura, cabellos muy espesos y negros; frente ancha é inteligente; las ventanas de la nariz abiertas y apasionadas; aspecto sincero y tranquilo, y sobre todo, se reflejaba en su rostro ese no sé qué, que denota á un mismo tiempo altivez, reflexión é inocencia. Su perfil, cuyas líneas eran todas contorneadas, sin dejar de ser firmes, tenía esa dulzura germánica que ha penetrado en la fisonomía francesa por Alsacia y Lorena, y aquella absoluta carencia de ángulos, que hacía reconocer tan fácilmente á los sicambros entre los romanos, y que distingue á la raza leonina de la raza equilina. Hallábase en la época de la vida en que la imaginación de los hombres pensadores se compone, casi en iguales proporciones, de profundidad y sencillez. Dada una situación grave, tenía cuanto era menester para ser estúpido; un paso más, y podía ser sublime. Sus maneras eran reservadas, frías, políticas y poco francas. Como su boca era muy graciosa, sus labios lo más encarnado, y sus dientes lo más blanco del mundo, su sonrisa corregía toda la severidad de su fisonomía. Había momentos en que formaban singular contraste aquella frente casta y aquella sonrisa voluptuosa. Tenía pequeños los ojos y grande la mirada.

En el tiempo de su mayor miseria, observaba que las muchachas se volvían á mirarle cuando pasaba, lo cual era causa de que huyese ó se ocultase con la muerte en el alma. Creía que le miraban por su traje raído, y que se reían de él; lo cierto es que le miraban por su gracia, y que no faltaba alguna que soñase en ella.

Aquella mala inteligencia muda, entre él y las lindas transeuntes, le había vuelto esquivo. No eligió ninguna, por la sencilla razón de que huía de todas. Así es que vivía indefinidamente; bestialmente, como decía Courfeyrac.

Courfeyrac solía decir también: No aspires á ser venerable. Se tuteaban (ya se sabe que el tuteamiento es el sello de las amistades jóvenes).

--Querido, un consejo. No leas tanto en los libros, y mira un poco más á las faldas. Siempre hay algo de bueno en ellas; ¡oh Mario! Á fuerza de huir y de sonrojarte, te embrutecerás.

Otras veces Courfeyrac le encontraba, y le decía:--Buenos días, señor abate.

Siempre que Courfeyrac le dirigía alguna frase de este género, Mario estaba ocho días huyendo más que nunca de las mujeres, y procuraba á todo trance no encontrarse con Courfeyrac.

Había, sin embargo, en la inmensa creación, dos mujeres de que Mario no huía, y contra las cuales no tomaba precaución alguna. Verdad es que hubiese sido extremada su admiración, si le hubieran dicho que eran dos mujeres. Una era la vieja barbuda que barría su cuarto, y de la cual decía Courfeyrac: «Al ver que su criada se deja la barba, Mario no se deja la suya». La otra era cierta jovencita, á quien veía frecuentemente, pero sin mirarla nunca.

Hacía ya más de un año que Mario observaba de continuo en una alameda desierta del Luxemburgo, la que costea el parapeto del vivero, á un hombre y á una niña, casi siempre sentados uno al lado del otro en el mismo banco, en el extremo más solitario del paseo, por la parte de la calle del Oeste. Cada vez que esta casualidad, que se entromete en los paseos de las personas meditabundas, llevaba á Mario por aquella calle, y esto sucedía casi todos los días, se encontraba con la pareja. El hombre podría tener unos sesenta años; parecía triste y grave; toda su persona presentaba el aspecto robusto y fatigado de los militares retirados. Si hubiera llevado alguna condecoración, Mario habría dicho: es un antigua oficial. Tenía buen aspecto, pero inabordable; y nunca fijaba su mirada en la mirada de nadie.

Vestía pantalón azul, levitón también azul, y un sombrero de anchas alas, traje que parecía siempre nuevo, corbata negra y camisa de cuáquero, es decir, deslumbrante de blancura, pero de tela gruesa. Al pasar cierto día una griseta junto á él, exclamó: «¡Vaya un viejo aseado!». Tenía el pelo completamente blanco.

La primera vez que la joven que le acompañaba fué á sentarse con él en el banco, que parecía habían adoptado, era una muchacha de trece ó catorce años, flaca, hasta el extremo de ser casi fea, encogida, insignificante, que prometía tener algún día buenos ojos. Sólo que los tenía siempre levantados con una especie de seguridad desapacible. Tenía el ademán aviejado é infantil á la vez, de las colegialas de convento, y vestía un traje mal cortado de merino negro y ordinario. Parecían ser padre é hija.

Mario examinó durante dos ó tres días á aquel viejo, que no era todavía un anciano, y á aquella niña, que no era todavía una joven; y después no fijó más la atención en ellos. Éstos, por su parte, parecía que ni siquiera le veían. Hablaban entre sí con ese aire tranquilo é indiferente. La joven charlaba sin cesar, alegremente; el viejo hablaba poco, pero á cada momento fijaba en ella sus ojos, llenos de inefable ternura paternal.

Mario había contraído maquinalmente la costumbre de pasearse por aquella alameda, en la cual los encontraba invariablemente todos los días.

Véase lo que pasaba.

Mario llegaba ordinariamente por el extremo de la calle opuesta á su banco, la recorría á lo largo y pasaba por delante de la pareja; después volvía y recorría de nuevo el paseo hasta el extremo por donde había entrado, y volvía á empezar. Repetía este recorrido cinco ó seis veces cada día, y el paseo otras cinco ó seis veces por semana, sin que, á pesar de tanto encuentro, aquellas personas y él hubieran llegado á cambiar un saludo. Aquel hombre y aquella niña, aunque parecían evitar las miradas, y quizá porque parecían evitarlas, habían llamado naturalmente la atención de cinco ó seis estudiantes, que de cuando en cuando se paseaban por el vivero; los estudiosos después de sus clases, los otros después de su partida de billar. Courfeyrac, que pertenecía á estos últimos, los observó algún tiempo; pero pareciéndole fea la muchacha, tuvo buen cuidado de alejarse pronto. Había huido como un Parto, lanzándoles en vez de dardo, un apodo. Habiéndole chocado principalmente el traje de la joven y los cabellos del viejo, llamó á la joven _la señorita Lanoire_ (La Negra), y al padre el señor _Leblanc_, (El blanco) y con tal suerte, que no conociéndolos nadie, é ignorando su verdadero nombre, el apodo ocupó su lugar, haciendo las veces de tal. Los estudiantes decían: «¡Ah! Ya está en su banco el señor _Leblanc_», y Mario como los demás, halló muy cómodo llamar por lo tanto á aquel desconocido el señor Leblanc.

Seguiremos su ejemplo, y adoptaremos el nombre de Leblanc, para mayor facilidad del relato.

Mario continuó así, viéndolos casi todos los días á la misma hora durante el primer año.

El hombre le agradaba, pero la muchacha le parecía algo desapacible.

II =Lux facta est=

El segundo año, precisamente en el punto de esta historia á que ha llegado el lector, interrumpióse la costumbre de pasear por el Luxemburgo, y sin que el mismo Mario supiera por qué, estuvo cerca de seis meses sin poner los pies en aquel paseo. Por fin, un día volvió allí; era una hermosa mañana de verano, y Mario estaba alegre, como se suele estar cuando hace buen tiempo. Parecíale llevar en su corazón todos los cantos de los pájaros que oía y todo el cielo azul que veía al través de la enramada.

Se fué directamente á «su paseo», y cuando estuvo al extremo de la alameda, divisó siempre en el mismo banco, la conocida pareja. Solamente que cuando se acercó vió que el hombre continuaba siendo el mismo; pero le pareció que la joven era otra. La persona que á la sazón veía era una hermosa y alta niña, con las más encantadoras formas de mujer, en el momento preciso en que se armonizan todavía con las gracias más cándidas de la infancia; momento purísimo y fugaz, que sólo puede traducirse en estas dos palabras: quince años. Tenía admirables cabellos castaños, matizados con reflejos de oro; una frente que parecía hecha de mármol; mejillas como hojas de rosa; un matiz pálido; una blancura que revelaba cierta emoción interior; una boca de forma exquisita, de la cual surgía la sonrisa como una luz y la palabra como una música; una cabeza que Rafael hubiera dado á María, colocada sobre una garganta que Juan Goujon hubiera dado á Venus. Y en fin, para que nada faltase á aquellas facciones encantadoras, la nariz no era bella, era bonita; ni recta ni aguileña, ni italiana, ni griega; era la nariz parisiense; es decir, algo espiritual, fina, irregular y pura, que es, á un tiempo, desesperación de pintores y encanto de poetas.

Cuando Mario pasó junto á ella, no pudo ver sus ojos, que tenía constantemente bajos. Vió solamente sus largas pestañas de color castaño, llenas de sombra y de pudor.

Esto no impedía que la hermosa joven se sonriese escuchando al hombre de cabellos blancos que la hablaba, y nada tan arrebatador como aquella fresca sonrisa con los ojos bajos.

En el primer momento creyó Mario que podía ser otra hija del mismo hombre, hermana sin duda de la primera. Pero cuando la costumbre le llevó por segunda vez cerca del banco y la hubo examinado con atención, conoció que era la misma. En seis meses la niña se había hecho mujer; he aquí todo. Y nada más frecuente que ese fenómeno. Llega un momento en que las niñas, en un abrir y cerrar los ojos, pasan de capullo á rosa. Se las deja niñas á la víspera, y se las encuentra seductoras al día siguiente.

Ésta, no sólo había crecido, sino que se había idealizado. Así como bastan tres días de abril para que ciertos árboles se cubran de flores, seis meses habían bastado para vestirla á ella de belleza. Su abril había llegado.

Se ve algunas veces á personas pobres y mezquinas que parecen despertar, pasando súbitamente de la indigencia al fausto, hacer gastos de todo género, y aparecer de pronto deslumbradoras, pródigas y magníficas. Consiste esto en una fortuna improvisada, en un plazo á cobrar vencido. La joven había cobrado su semestre.

No era ya la colegiala con su sombrero anticuado; su traje de merino, sus zapatos rusos y sus manos amoratadas. El buen gusto se había desarrollado en ella al propio tiempo que su hermosura. Era una señorita simpática, vestida con elegante y rica sencillez, sin afectaciones de ninguna especie.

Llevaba un vestido de damasco negro, una manteleta de la misma tela y una capota de crespón blanco. Sus guantes claros hacía resaltar la forma de su mano, que jugaba con el mango de marfil chinesco de una sombrilla, y su botita de seda, dibujaba su pequeño y bien formado pie. Al pasar junto á ella se absorbía cierta penetrante fragancia de juventud procedente de su tocado.

El hombre, seguía siendo el mismo.

La segunda vez que Mario llegó cerca de ella, la joven levantó los párpados; sus ojos eran de un profundo azul celeste; pero en aquel azul velado no había aún más que la mirada de una niña. Miró á Mario con indiferencia, como hubiera podido mirar á cualquier chiquillo jugando á la sombra de los sicómoros, ó el jarrón de mármol que proyectaba su sombra sobre el banco. Mientras Mario, por su parte, continuaba el paseo, pensando en otras cosas.

Pasó todavía cuatro ó cinco veces junto al banco donde estaba la joven, pero sin volver nunca los ojos para verla.

Los días siguientes volvió, como de ordinario, al Luxemburgo; y como de ordinario halló «al padre y á la hija», pero no se fijó tampoco en ellos. No pensó más en aquella joven cuando la vió hermosa, de lo que había pensado cuando fea. Pasaba, sí, muy arrimado al banco donde ella estaba; porque era ésta su costumbre.

III =Efecto de primavera=

Cierto día, en que el aire era tibio, el Luxemburgo inundado de sombra y de sol, el cielo puro como si los ángeles lo hubiesen lavado por la mañana, los pajarillos cantaban alegremente posados en el ramaje de los castaños; Mario tenía abierta toda su alma á la naturaleza, en nada pensaba; vivía y respiraba. Pasó cerca del banco; la joven alzó los ojos, y sus dos miradas se encontraron.

¿Qué había entonces en la mirada de aquella joven? Mario no hubiera podido decirlo. No había nada, y lo había todo. Fué un relámpago extraño.

Ella bajó los ojos; él prosiguió su camino.

Lo que acababa de ver no era la mirada ingenua y sencilla de una niña; era una sima misteriosa que se había entreabierto y cerrado luego bruscamente.

Llega un día en que miran así todas las jóvenes. ¡Desgraciado del que se encuentra allí!

Aquella mirada primera de un alma que no se conoce todavía á sí misma, es como el alba en el cielo. Es el despertar de un algo radiante y desconocido. Nada puede pintar el encanto peligroso de aquella inesperada luz que ilumina vagamente de súbito, tinieblas adorables, compuesta de toda la inocencia del presente y de toda la pasión del porvenir. Es una especie de ternura indecisa que se revela por casualidad, y que espera. Es un lazo que la inocencia tiende á pesar suyo, y en el cual aprisiona los corazones sin saberlo ni quererlo. Es una virgen que mira como una mujer.

Es muy raro que no produzca una meditación profunda donde quiera que caiga semejante mirada. Toda clase de purezas y toda suerte de candores se encuentran reunidos en aquel rayo celeste y fatal, que tiene, más aún que las miradas mejor elaboradas de las coquetas, el mágico poder de hacer brotar de súbito en el fondo del alma la flor sombría llena de perfumes y venenos, que se llama amor.

Por la tarde, al volver á su desván, fijó Mario la vista en sus vestidos, notó por primera vez que no eran bastante aseados y la inaudita estupidez é inconveniencia de irse á pasear al Luxemburgo con su vestido de «todos los días»; es decir, con un sombrero roto por el ala, con botinas gruesas como de carretero, un pantalón negro emblanquecido por las rodillas, y una levita negra, pálida por los codos.

IV =Principio de una grande enfermedad=

Al día siguiente, á la hora acostumbrada, Mario sacó de su armario su frac nuevo, su pantalón nuevo, su sombrero nuevo y sus botas nuevas. Revistióse de esta panoplia completa, calzóse guantes, lujo prodigioso, y se fué al Luxemburgo.

En el camino se encontró á Courfeyrac, y fingió no verle. Courfeyrac, al volver á su casa, dijo á sus amigos:

--Acabo de encontrarme el sombrero nuevo y el frac nuevo de Mario, y á Mario dentro. Sin duda iba á dar un examen, porque su aire era completamente estúpido.

Llegado Mario al Luxemburgo, dió la vuelta al estanque, miró los cisnes, luego permaneció largo rato contemplando una estatua que tenía la cabeza enteramente negra de moho, y á la cual faltaba una cadera. Cerca del estanque había un caballero como de cuarenta años y abdomen prominente, que llevaba de la mano un niño de cinco años, y le decía: evita los excesos. Mantente, hijo mío, á igual distancia del despotismo y de la anarquía. Mario escuchó á aquel hombre; luego dió todavía otra vuelta al estanque; y por fin se encaminó hacia «su alameda» lentamente, y como á su pesar. Hubiérase dicho que se veía á un tiempo obligado y retenido por impulsos contrarios. Él no se daba cuenta de todo aquello, y creía hacer lo que los otros días.

Al desembocar en la alameda, divisó al otro extremo «en su banco» al señor Leblanc y la joven. Abotonóse el frac de arriba abajo, le estiró por el pecho y espalda para que no hiciese arrugas, examinó con cierta complacencia los reflejos lustrosos de su pantalón, y se dirigió al banco. Había algo de ataque en aquella marcha, y hasta cierto aire de conquista. Digo, pues, que se dirigió al banco, como podría decir: Aníbal marchaba sobre Roma.

Por lo demás, todos sus movimientos eran maquinales, y las ocupaciones habituales de su imaginación y de sus trabajos no habían sufrido interrupción alguna. Pensaba, en aquel momento, que el _Manual del bachillerato_ era un libro estúpido, y que era preciso que le hubiesen compuesto personas extremadamente sandías, para que en él se analicen como obras maestras del espíritu humano, tres tragedias de Racine, y sólo una comedia de Molière. Silbábanle fuertemente los oídos; y al acercarse al banco, volvió á estirar las arrugas de su frac, y sus ojos se fijaron en la joven, pareciéndole que llenaba de una vaga luz azulada toda la extremidad de la alameda.

Á medida que se acercaba, iba acortando el paso. Llegado que hubo á cierta distancia del banco, mucho antes de estar al final de la alameda, se detuvo, y ni él mismo pudo darse cuenta de cómo fué; pero es lo cierto que retrocedió en dirección opuesta á la que llevaba. Ni aún advirtió siquiera que no recorría todo el paseo. La joven apenas pudo verle de lejos, y hacerse cargo del buen efecto que producía con su vestido nuevo. Sin embargo, él caminaba muy tieso para tener buena apariencia, si por casualidad le mirase alguien que estuviese detrás.

Llegó al extremo opuesto, luego volvió; pero esta vez se acercó un poco más al banco. Aproximóse hasta la distancia de tres intervalos de árboles; pero allí sintió cierta imposibilidad de seguir adelante, y vaciló. Creyó ver el rostro de la joven volverse hacia él; sin embargo, hizo un esfuerzo enérgico y violento, dominó su vacilación, y continuó avanzando. Algunos segundos después pasaba por delante del banco, tieso y firme, encarnado hasta las orejas, sin atreverse á mirar ni á la derecha ni á la izquierda, con la mano metida entre los botones del frac, como un hombre de Estado. Al pasar bajo los fuegos de la plaza, sintió latirle fuertemente el corazón. Ella vestía, como la víspera, su lindo traje de damasco y su sombrero de crespón. Mario oyó una voz inefable, que debió ser «su voz». Hablaba tranquilamente. Estaba muy hermosa. Él lo conocía, aunque no procuraba verlo.--No podría ella dejar de estimarme y considerarme, pensaba Mario, si supiese que soy yo el verdadero autor de la disertación sobre el escudero Marcos de Obregón, que Francisco de Neufchâteau ha puesto, como de su cosecha, al frente de su edición del _Gil Blas_.

Pasó el banco, llegó hasta el extremo de la alameda, que estaba muy próximo, después volvió y cruzó nuevamente por delante de la linda joven. Esta vez estaba muy pálido. Por lo demás, todo cuanto sentía le era desagradable. Alejóse del banco y de la joven, y como, aún vuelto de espaldas, creía que le miraba, esto le hacía tropezar.

No trató de acercarse nuevamente al banco; detúvose á la mitad de la calle, y allí, cosa que nunca hacía, se sentó, dando miradas de reojo á un lado y otro, y pensando en las mas recónditas profundidades de su espíritu, que al fin y á la postre era difícil que la persona cuyo sombrero blanco y vestido negro admiraba, fuése absolutamente insensible á su lustroso pantalón y á su frac nuevo.

Al cabo de un cuarto de hora se levantó como si fuera á comenzar de nuevo su paseo en dirección á aquel banco, que aparecía rodeado de una aureola. Quedóse, sin embargo, plantado é inmóvil.

Por la primera vez desde hacía quince meses, se dijo á sí mismo que aquel señor, que se sentaba allí todos los días con su hija, habría reparado sin duda en él, y que le habría parecido probablemente extraña su asiduidad.

Por la primera vez también conoció que era algo irrespetuoso designar á aquel desconocido, aún en el secreto de su pensamiento, con el apodo de Leblanc.

Permaneció, pues, algunos minutos con la cabeza baja, haciendo dibujos en la arena con una varita que tenía en la mano.

Después se volvió bruscamente al lado opuesto al banco del señor Leblanc y de su hija, marchándose á casa.

Aquel día se olvidó de ir á comer. Á las ocho de la noche se acordó de ello; y siendo ya muy tarde para bajar á la calle de Santiago, ¡bah! exclamó, y comióse un pedazo de pan.

No se acostó sino después de haber cepillado su traje y de haberle doblado cuidadosamente.

V =Caen varios rayos sobre la tía Bougón=

Al día siguiente, la tía Bougón, pues así llamaba Courfeyrac á la portera, inquilina principal y criada de la casucha de Gorbeau (en realidad se llamaba la tía Bourgón, como ya hemos dicho; pero el tarambana de Courfeyrac nada respetaba), la tía Bougón, decimos, observó estupefacta que el señorito Mario salía otra vez con su vestido nuevo.

Volvió al Luxemburgo, pero no pasó del banco que estaba á la mitad de la alameda. Sentóse allí, como la víspera, meditando de lejos y viendo distintamente el sombrero blanco, el traje negro, y sobre todo, la claridad azulada. No se movió de allí, y no volvió á su casa hasta que se cerraron las puertas del Luxemburgo. No viendo retirarse al señor Leblanc y á su hija, dedujo de ello que habían salido del jardín por la verja de la calle del Oeste. Posteriormente, algunas semanas después, cuando lo recordaba, no pudo nunca hacer memoria donde había comido aquella tarde.

Al día siguiente, era el tercero, la tía Bougón quedó deslumbrada nuevamente; Mario salió con su vestido nuevo.--¡Tres días seguidos!-exclamó la portera.

Y trató de seguirle; pero Mario andaba muy deprisa y á grandes pasos; era pues aquello como si un hipopótamo tratase de seguir á un corzo. Perdióle de vista á los dos minutos, volviéndose sofocada, casi asfixiada por su asma, y furiosa.--¡Habráse visto!--exclamaba.--¡Hay valor para ponerse la ropa nueva todos los días y hacer correr así á las gentes!

Mario se había dirigido al Luxemburgo. La joven estaba allí con el señor Leblanc. Mario se acercó lo más que pudo, aparentando leer en un libro, pero permaneció todavía muy lejos; luego volvió á sentarse en su banco, donde pasó cuatro horas mirando saltar en la alameda á los bulliciosos gorriones, que le parecía que se burlaban de él.

Así se pasaron quince días. Mario iba al Luxemburgo, no para pasear, sino para sentarse siempre en el mismo sitio; y sin saber por qué, luego que llegaba allí no se movía. Todas las mañanas se ponía su vestido nuevo para no dejarse ver, y al día siguiente repetía la operación.

Decididamente, era ella una hermosura maravillosa. La única observación que pudiera hacerse, parecida á una crítica, es que la contradicción que existía entre su mirada, que era triste, y su sonrisa, que era alegre, daba á su rostro un aspecto como extraviado, lo cual hacía que en ciertos momentos aquella dulce fisonomía pareciese extraña sin dejar de ser admirable.

VI =Aprisionado=

Uno de los últimos días de la segunda semana, Mario estaba, como de costumbre, sentado en su banco, teniendo en la mano un libro abierto, del cual hacía dos horas que no había vuelto una hoja. De repente se estremeció; al final de la alameda se verificaba un acontecimiento.

El señor Leblanc y su hija acababan de levantarse; la hija había tomado el brazo del padre, y ambos se dirigieron lentamente hacia el medio del paseo, donde estaba Mario. Éste cerró su libro, luego le abrió de nuevo y procuró leer; temblaba; la aureola iba recta hacia él. ¡Ay, Dios mío! pensaba. No me va á dar tiempo para tomar una postura conveniente. En tanto, el hombre de los cabellos blancos y la joven continuaban avanzando. Parecíale que aquello duraba siglos, cuando en realidad sólo habían pasado algunos segundos. ¿Qué vendrán á hacer? se preguntaba. ¡Cómo! ¿Va á venir por aquí? ¿Sus pies van á pisar esta arena, en esta calle, á dos pasos de mí? Estaba completamente trastornado; hubiera querido en aquel instante ser hermoso, y ostentar alguna condecoración. Oía aproximarse el ruido dulce y mesurado de sus pasos. Figurábase que el señor Leblanc le dirigía miradas irritadas. «¿Irá á hablarme este caballero?» pensaba. Bajó la cabeza. Cuando la levantó, estaban enteramente junto á él. La joven pasó, y al pasar le miró. Le miró fijamente con cierta dulzura reflexiva, que hizo estremecer á Mario de la cabeza á los pies. Parecióle que le reconvenía por haber estado tanto tiempo sin acercársele, y que le decía: «Yo soy quien viene». Mario quedó deslumbrado ante aquellas pupilas llenas de rayos y de abismos.

Sentía arder una hoguera en su cerebro. Ella se le había acercado; ¡qué alegría! Y luego, ¡cómo le había mirado! Le pareció más bella que nunca. Bella, con una hermosura á la par femenil y angélica; con una belleza completa que hubiera hecho cantar al Petrarca y arrodillar al Dante. Le parecía estar nadando en pleno cielo azul. Al mismo tiempo estaba horriblemente contrariado, porque tenía empolvadas las botas.

Creía estar seguro de que ella había visto también sus botas.

La siguió con la mirada hasta que hubo desaparecido. Luego se puso á pasear por el Luxemburgo como un loco. Es probable que á ratos se riera solo, y hablase en voz alta. Pasaba tan ensimismado junto á las niñeras, que cada una le creía enamorado de ella.

Salió del Luxemburgo, esperando encontrarla en alguna calle.

Cruzóse con Courfeyrac bajo los arcos del Odeón, y le dijo:--Vente á comer conmigo.--Fuéronse á casa Rousseau y gastaron seis francos. Mario comió como un buitre, y dió seis sueldos de propina al mozo. Á los postres dijo á Courfeyrac:--¿Has leído el diario? ¡Qué buen discurso ha hecho Audry de Puyraveau!

Estaba perdidamente enamorado.

Después de comer dijo á Courfeyrac:--Te convido al teatro.--Y se fueron á la Puerta de San Martín á ver á Federico Lemaitre en _el Castillo de San Alberto_.

Mario se divirtió muchísimo.

Al mismo tiempo redoblóse en alto grado su esquivez. Al salir del teatro se negó á mirarle la liga á una modistilla que saltaba un arroyuelo, y Courfeyrac diciendo: _De buena gana aumentaría mi colección con esta chica_. Llegó á horrorizarle.

Courfeyrac le había convidado á almorzar al día siguiente en el café Voltaire. Mario aceptó, y comió aun más que en la víspera. Estuvo á un mismo tiempo reflexivo y alegrísimo. Hubiérase dicho que aprovechaba todas las ocasiones de reir á carcajadas, llegando á abrazar tiernamente á un provinciano cualquiera que le presentaron. Habíase formado en torno de la mesa un círculo de estudiantes; se había hablado de las tonterías pagadas por el Estado, que se arrojan desde la cátedra en la Sorbona; luego la conversación recayó sobre las faltas y vacíos de los diccionarios y prosodias de Quicherat. Mario interrumpió la discusión para exclamar: Sin embargo, es muy agradable tener una condecoración.

--¡Es gracioso!--dijo Courfeyrac por lo bajo á Juan Prouvaire.

--No,--respondió Juan Prouvaire;--al contrario, es serio.

Y era serio en efecto. Mario se hallaba en aquella primera hora violenta y encantadora en que comienzan las grandes pasiones.

Una mirada había causado todo aquello.

Cuando la mina está cargada, cuando el combustible está pronto, nada hay más sencillo. Una mirada es una chispa.

La suerte estaba echada. Mario amaba á una mujer; su destino entraba en lo desconocido.

La mirada de las mujeres se parece á ciertos rodajes, tranquilos en la apariencia, pero formidables. Pasamos á su lado todos los días tranquila é impunemente y sin la menor sospecha. Llega un momento en que hasta nos olvidamos de que aquello está allí. Se va, se viene, se sueña, se habla, se ríe. ¡De pronto nos sentimos cogidos! Todo acabó. La rueda nos detiene; la mirada nos ha hecho prisioneros.

Nos ha cogido, no importa por dónde, ni cómo, por una parte cualquiera de nuestro pensamiento que vagaba sin objeto; por una distracción que hemos sufrido. Estamos perdidos. Recorreremos por completo toda la máquina, se apodera de nosotros un encadenamiento de fuerzas misteriosas, y luchamos en vano. No hay socorro humano posible. Vamos á caer de engranaje en engranaje, de angustia en angustia, de tortura en tortura, nosotros, nuestra imaginación, nuestra fortuna, nuestro porvenir, nuestra alma; y según que nos hallemos en poder de una criatura malvada ó de un corazón noble, no saldremos de la espantosa máquina sino desfigurados por la vergüenza, ó trasfiguradas por la pasión.

VII =Aventuras de la letra U dentro las conjeturas=

El aislamiento, el desapego de todo, la altivez, la independencia, la inclinación á las bellezas naturales, la falta de actividad cotidiana y material, la vida retraída, las luchas secretas de la castidad y el éxtasis benévolo ante la creación entera, habían preparado á Mario para ser poseído de ese espíritu que se llama la pasión. El culto por su padre había llegado poco á poco á ser una religión, y como toda religión, se había retirado al fondo de su alma. Faltaba algo en primer término, y vino el amor.

Pasó un mes largo, durante el cual Mario fué todos los días al Luxemburgo. Al llegar la hora nada bastaba á detenerle. «Está de servicio», decía Courfeyrac. Mario vivía en continuo éxtasis; es verdad que la joven le miraba.

Había acabado por atreverse, y se aproximaba al banco. Sin embargo no pasaba por delante, obedeciendo á la vez al instinto de timidez y al instinto de prudencia propios de los enamorados. Creía conveniente no llamar «la atención del padre». Combinaba sus paradas detrás de los árboles y de los pedestales de las estatuas con un maquiavelismo profundo, para mostrarse todo lo posible á la joven y dejarse ver lo menos que podía del hombre de los cabellos blancos. Á veces permanecía inmóvil más de una hora á la sombra de Leónidas ó de un Espartaco cualquiera, teniendo en la mano un libro, por encima del cual sus ojos, tiernamente levantados, iban á buscar á la hermosa joven, la cual, por su parte, volvía hacia él con vaga sonrisa su perfil encantador. Hablando lo más natural y lo más tranquilamente del mundo con el hombre de los cabellos blancos, lanzaba sobre Mario los misteriosos rayos de una mirada virginal y apasionada. Antiquísima é inmemorial maña que tuvo Eva desde el primer día del mundo, y que toda mujer posee desde el primer día de su vida. Su boca contestaba al uno, y su mirada al otro.

Es preciso creer, sin embargo, que el señor Leblanc había acabado por notar algo porque frecuentemente, al ver á Mario, se levantaba prosiguiendo el paseo.

Había abandonado su sitio acostumbrado, escogiendo al extremo opuesto de la alameda el banco inmediato al Gladiador, como para ver si Mario les seguiría también. Mario no comprendió aquel juego, y cometió esa falta. «El padre» empezó á no ser tan puntual como antes al paseo, y á no llevar consigo todos los días á su hija. Algunas veces iba solo; entonces Mario se marchaba. Otra falta.

Mario no se fijaba en aquellos síntomas. De la fase de la timidez había pasado, progreso natural y fatal, á la fase de la ceguedad. Su amor iba creciendo; soñaba con él todas las noches; y además había tenido una dicha inesperada, que fué como aceite sobre fuego, redoblando las tinieblas en derredor de sus ojos. Una tarde, al anochecer, había hallado en el banco que «el señor Leblanc y su hija» acababan de abandonar un pañuelo; un pañuelo sencillo y sin bordados, pero blanco, fino, y que le pareció que exhalaba inefables perfumes. Apoderóse de él con transporte. Este pañuelo estaba marcado con las letras U. F. Mario no sabía nada de aquella hermosa joven, ni de su familia, ni su nombre, ni su casa; estas dos letras eran la primera noticia que de ella tenía; adorables iniciales sobre las que comenzó inmediatamente á formar conjeturas. U era evidentemente la inicial del nombre. ¡Úrsula! pensó. ¡Qué nombre más hermoso! Besó el pañuelo, le aspiró, le puso sobre su corazón, sobre su carne durante el día, y por la noche bajo sus labios para dormirse.

--¡Siento palpitar en él toda su alma!--exclamaba.

Aquel pañuelo era sencillamente del anciano, que se le había caído del bolsillo.

Los días que siguieron á este hallazgo, Mario se presentó en el Luxemburgo besando el pañuelo y estrechándole contra su corazón. La hermosa joven nada comprendía de aquella pantomima, y así se lo manifestaba por medio de señas imperceptibles.

--¡Oh pudor!--decía Mario.

VIII =Hasta los inválidos pueden ser felices=

Ya que hemos pronunciado la palabra pudor, y ya que nada ocultamos, debemos decir que cierta vez, sin embargo, á través de sus éxtasis, experimentó Mario de parte de «su Úrsula» una ofensa muy seria. Fué uno de esos días en que la joven hacía levantar al señor Leblanc y pasear por la alameda.

Una fresca brisa de mayo agitaba las copas de los plátanos. El padre y la hija, cogidos del brazo, acababan de pasar por delante del banco de Mario, el cual, levantándose enseguida, los siguió con la vista de una manera correspondiente á la apasionada situación de su ánimo.

De pronto una ráfaga de viento, algo más juguetona que las otras, encargada sin duda de los negocios de la primavera, levantó el vuelo desde el vivero, abatióse sobre la alameda, envolviendo á la joven en un encantador estremecimiento digno de las ninfas de Virgilio y de los faunos de Teócrito, atreviéndose á levantar su vestido, aquel vestido más sagrado que la túnica de Isis, casi hasta la altura de la liga, dejando instantáneamente al descubierto, una pierna de forma exquisita. Mario la vió. Aquel espectáculo le exasperó y puso fuera de sí.

La joven bajó rápidamente el vestido con un movimiento de espanto encantador; pero no por eso se indignó menos Mario. Estaba sólo en la alameda, es verdad, pero podía haber habido alguien. ¿Y si hubiera habido alguno? ¿Compréndese algo parecido? Era horrible lo que acababa de hacer la joven. ¡Ay! La pobre nada había hecho; no había más que un culpable, era el viento. Pero Mario, en quien rugía confusamente el Bartolo que hay en Querubín, estaba determinado á disgustarse, y sentía celos hasta de su sombra. Así es cómo se despiertan en el corazón humano, y se imponen, aún sin derecho, los acres y extraños celos de la carne. Por lo demás, y aún prescindiendo de los celos, la vista de aquella graciosa pierna no había tenido para él nada de agradable; la media blanca de la primera mujer que hubiese encontrado le habría causado mayor placer.

Cuando «su Úrsula», después de haber llegado al extremo de la alameda, volvió á pasar acompañada del señor Leblanc por delante del banco donde se había sentado de nuevo Mario, éste le dirigió una mirada irritada y feroz. La joven se encogió de hombros y arqueó ligeramente las cejas, con esa expresión que significa: «¡Qué tendrá!».

Éste fué «su primer disgusto».

Apenas acababa Mario de tener con ella esta escena de miradas, cuando una persona atravesó la alameda. Era un inválido encorvado, arrugado y encanecido, con uniforme del tiempo de Luis XV, que llevaba al pecho la pequeña placa ovalada de paño encarnado, con espadas cruzadas, cruz de San Luis del soldado, é iba adornado además de una manga de uniforme sin brazo dentro, una barba de plata y una pierna de palo. Mario creyó notar que aquel ser tenía el aire extremadamente satisfecho. Hasta le pareció que el tal viejo cínico, al pasar cojeando junto á él, le había dirigido un guiño demasiado familiar y gozoso, como si una casualidad cualquiera hubiera hecho que estuviesen de inteligencia, así tan contento aquel resto de Marte? ¿Qué había pasado entre aquella pierna de palo y la otra? Mario llegó al colmo de los celos. ¡Tal vez estaba ahí! dijo. ¡Y tal vez ha visto! Y le entraron ganas de exterminar al inválido. Andando el tiempo todo se olvida; la cólera de Mario contra «Úrsula» por justa y por legítima que fuése, pasó. Acabó por perdonar; pero tuvo que hacer un grande esfuerzo, y se manifestó irritado durante tres días. Sin embargo, al través de todo aquello, y á causa de todo lo demás, la pasión crecía, llegando á la locura.

IX =Eclipse=

Acabamos de ver cómo Mario había descubierto, ó creído descubrir, que ella se llamaba Úrsula.

Comiendo se abre el apetito. Saber que se llamaba Úrsula había sido mucho, y ya era poco. Mario en tres ó cuatro semanas devoró aquella felicidad; deseó otra, y quiso saber dónde vivía.

Había cometido su primera falta: caer en la emboscada del banco del Gladiador. Había cometido la segunda: no permanecer en el Luxemburgo cuando iba solo el señor Leblanc. Cometió la tercera, que fué inmensa: siguió á Úrsula. Vivía en la calle del Oeste, en el sitio menos frecuentado, en una casa nueva de tres pisos, de modesta apariencia. Desde aquel momento, Mario añadió á su dicha de verla en el Luxemburgo, la de seguirla hasta su casa. Su hambre iba en aumento. Sabía cómo se llamaba, á lo menos de nombre; nombre lindísimo, verdadero nombre de mujer. Sabía también dónde vivía; quiso saber quién era.

Una noche, después de seguir al padre y á la hija hasta su casa, luego que los vió desaparecer tras de la puerta cochera, entróse siguiéndolos y preguntó muy resuelto al portero:

--¿Es el señor del piso principal el que acaba de entrar?

--No,--respondió el portero.--Es el inquilino del tercero.

Había ya dado otro paso; este triunfo, fácilmente conseguido, alentó á Mario.

--¿Interior ó exterior?--preguntó.

--La casa no tiene más que vistas á la calle,--contestó el portero.

--¿Y cuál es la profesión de ese caballero?--repuso Mario.

--Es rentista, caballero; hombre bueno, si los hay, y muy caritativo, que hace mucho bien á los pobres, aún cuando no es rico.

--¿Cómo se llama?--interrogó Mario.

El portero alzó la cabeza, y dijo:

--¿Sois acaso de la policía?

Mario se fué algo amoscado, pero contentísimo. Adelantaba.

--Bueno,--pensó;--sé que se llama Úrsula, que es hija de un rentista, y que vive aquí, en el piso tercero, calle del Oeste.

Al día siguiente, el señor Leblanc y su hija sólo dieron un paseo cortísimo por el Luxemburgo; todavía era muy temprano cuando se retiraron. Mario los siguió á la calle del Oeste como tenía acostumbrado. Al llegar á la puerta cochera, el señor Leblanc hizo pasar primero á su hija, luego se detuvo antes de atravesar el umbral, se volvió, y miró fijamente á Mario. Al otro día ya no fueron al Luxemburgo, y Mario esperó en balde toda la tarde.

Entrada la noche, fué á la calle del Oeste, vió luz en las ventanas del tercer piso, y se estuvo paseando por la calle hasta que se apagó la luz.

Al siguiente día tampoco fueron al Luxemburgo. Mario esperó toda la tarde, y luego fué á ponerse de centinela nocturno bajo las ventanas. Esto le entretenía hasta las diez de la noche. Su comida no tenía ni período ni sustancia fija. La fiebre alimenta al enfermo, y el amor al enamorado. Así se pasaron ocho días. El señor Leblanc y su hija no volvieron á parecer por el Luxemburgo. Mario, formando tristes conjeturas, no se atrevía á espiar la puerta cochera durante el día. Contentábase con ir de noche á contemplar la claridad rojiza de los cristales. Veía de cuando en cuando pasar algunas sombras y le latía el corazón.

Al octavo día, cuando llegó al pie de las ventanas no había luz en ellas. ¡Calla! exclamó. Todavía no han encendido luz, y sin embargo, es ya muy de noche. ¿Habrán salido? Esperó hasta las diez, hasta las doce, hasta la una, pero no se encendió ninguna luz detrás de las vidrieras del tercer piso, ni entró nadie en la casa. Se fué, pues, tristísimo.

Á la mañana siguiente (porque no vivía sino de mañanas sucesivas, ni había, por así decirlo, hoy para él), al día siguiente, no vió á nadie en el Luxemburgo, aunque lo esperaba. Al anochecer se fué á la casa.

No se veía luz en las ventanas; las persianas estaban cerradas; el piso estaba completamente á oscuras.

Mario llamó á la puerta cochera, entró, y dijo al portero:

--¿El señor del piso tercero?

--Ha desocupado,--contestó el portero.

Mario vaciló, y preguntó débilmente:

--¿Desde cuándo?

--Desde ayer.

--¿Adónde ha ido á parar?

--No lo sé.

--¿No ha dejado su nueva dirección?

--No.

Y el portero, levantando la nariz y reconociendo á Mario:

--¡Calle!--dijo.--¡Sois vos! ¿Es decir que decididamente sois de policía?

FIN DEL TOMO PRIMERO