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LIBRO PRIMERO

PARÍS ESTUDIADO EN SU ÁTOMO

I =Parvulus=

París tiene un hijo, y el bosque un pájaro; el pájaro se llama gorrión, el hijo pilluelo.

Asociad estas dos ideas, que contienen, la una todo el fuego, la otra toda la aurora; chocad estas chispas, París y la infancia, y resulta un pequeño ser. _Homuncio_, como diría Plauto.

Este pequeño ser es siempre alegre. No todos los días come, pero va al teatro, si le place, todas las noches. No lleva camisa sobre sus carnes, ni zapatos en los pies, ni tiene tejado bajo el cual guarecer su cabeza: es como los pájaros del aire, que nada de eso tienen. Cuenta de siete á trece años, vive en bandadas, trisca por el empedrado, se hospeda al aire libre, lleva un pantalón viejo de su padre que le pasa de los talones, un sombrero viejo de cualquier tío, que le entra hasta las orejas y un solo tirante orillado de amarillo; corre, acecha, inquiere, pierde el tiempo, encalzona pipas, jura como un condenado, frecuenta la taberna, conoce á los ladrones, tutea á las mujerzuelas, habla el caló y canta canciones obscenas, sin que tenga su corazón nada de malo. Y es que tiene en su alma una perla, la inocencia; y las perlas no se disuelven en el fango. Mientras el hombre es niño, Dios quiere que sea inocente.

Si se preguntase á la enorme ciudad: ¿Quién es este muchacho? respondería: Es mi pequeñín.

II =Algunas de sus señas particulares=

El chico de París es el enano del gigante.

No exageramos; este querubín del arroyo tiene algunas veces camisa, pero en tal caso no es más que una; tiene alguna vez zapatos, pero generalmente sin suelas; tiene alguna vez casa, á la que profesa cariño, porque en ella encuentra á su madre, pero prefiere la calle, porque en ella encuentra la libertad. Tiene sus juegos propios, su malicia propia, cuyo fondo es el odio á los burgueses. Tiene sus metáforas especiales: al morir, le llama él: _comer dientes de león por la raíz_; sus ocupaciones son: proporcionar coches de alquiler, bajar el estribo de los carruajes, establecer paso de una acera á otra de la calle en los días de mucha lluvia, á lo cual llama hacer _puentes de las artes_; pregonar los discursos de la autoridad en favor del pueblo francés; escarbar los intersticios del empedrado; tiene su moneda propia, que se compone de todos los pedazos de cobre que encuentra en la calle. Esta curiosa moneda, que toma el nombre de _arambeles_, tiene un curso invariable y muy bien arreglado entre aquella pequeña bohemia de chiquillos.

En fin, tiene también su fauna, que estudia cuidadosamente en los rincones: la bestia de Dios, el pulgón cabeza de muerto, la zancuda, el «diablo», insecto negro que amenaza torciendo su cola, armado de dos cuernos. Tiene su monstruo fabuloso con escamas en el vientre, y no es un lagarto, con pústulas en el lomo; y no es un sapo, que habita en los agujeros de los hornos viejos de cal y de los pozos secos; negro, velludo, viscoso, rampante; tan pronto ligero, como pesado, que no grita, pero mira; tan terrible, que nadie le ha visto jamás. Y á este monstruo le llaman «la salamandra». Buscar salamandras entre las piedras es un gran placer. Es otro placer extraordinario levantar el empedrado y ver las cucarachas. Cada región de París es célebre por los descubrimientos interesantes que pueden hacerse. Hay tijeretas en los leñeros de las Ursulinas; en el Panteón, cien-pies; en los fosos del campo de Marte, renacuajos.

En cuanto á los dichos, los tiene el pilluelo tan propios como Talleyrand; no cede á éste en cinismo, pero le gana en honradez. Está dotado de cierta jovialidad imprevista; desconcierta á los tenderos con su loco reir. Su diapasón recorre todos los tonos, desde el drama elevado hasta la farsa.

Pasa un entierro. Entre los que acompañan al muerto se ve un médico: ¡Calla!--grita un pilluelo.--¿Desde cuándo los médicos van en persona á entregar su obra?

Otras veces, en medio de la multitud, un hombre grave, adornado de anteojos y dijes, se vuelve indignado exclamando:

--Bribón, acabas de coger «el talle» á mi mujer.

--¡Yo, señor! Registradme.

III =Es divertido=

Por la noche, gracias á algunos sueldos que siempre encuentra medio de procurarse, el _homuncio_ entra en un teatro. En cuanto atraviesa aquel umbral mágico, se transfigura: el pilluelo se convierte en tití. Los teatros son una especie de navíos volcados, que tienen la cala en lo alto. En esta cala es donde se eleva el tití. El tití es al pilluelo lo que la mariposa á la oruga: es el mismo ser, pero volando y cerniéndose. Basta que él esté allí con su irradiación de dicha, con su poder de entusiasmo y alegría, con su batir de palmas parecido al batir de unas alas para que aquella cala estrecha, fétida, obscura, sórdida, malsana, repugnante y abominable se llame Paraíso.

Dad á un ser lo inútil y quitadle lo necesario, y tendréis al pilluelo.

El pilluelo no carece de cierta intuición literaria. Su tendencia, lo decimos con todo el pesar conveniente, no sería el gusto clásico. Es por naturaleza poco académico. Así por ejemplo, la popularidad de la señorita Mars, entre aquel pequeño público de chinos turbulentos, iba sazonada con sus puntas de ironía. El pilluelo la llamaba señorita _Muche_.

Este ser alborota, apostrofa, se burla y lucha; va envuelto en trapos como un rorro, y en andrajos como un filósofo; pesca en los albañales, caza en las cloacas, saca alegría de la inmundicia, fustiga las encrucijadas con su locuacidad, husmea y muerde, silva y canta, aclama y se desgañita, entona la Aleluya por Matanturlurette, salmodia todos los ritmos, desde el _De profundis_ hasta las Carnestolendas; encuentra sin buscar, sabe lo que ignora, es espartano hasta el fraude, loco hasta la sabiduría, lírico hasta la obscenidad; se acurrucaría en el Olimpo, se revuelca en el estiércol y sale cubierto de estrellas. El pilluelo de París es Rabelais en pequeño.

No está satisfecho de sus pantalones si no tienen bolsillo de reloj.

Se admira poco, se asusta aún menos, saca coplas á las supersticiones, deshincha las exageraciones, desmiente los misterios, saca la lengua á los aparecidos, despoetiza lo encumbrado, mete la caricatura en las hinchazones épicas. Esto no quiere decir que sea prosaico, lejos de eso; pero reemplaza la visión solemne con la fantasmagoría de la farsa. Si se le presentase Adamastón, le diría el pilluelo: ¡Anda, espantajo!

IV =Puede ser útil=

París empieza en el papamoscas y acaba en el pilluelo; dos seres que no puede tener ninguna otra ciudad: la aceptación pasiva que se satisface mirando, y la iniciativa inagotable: Proudhomme y Fouillon. París únicamente tiene esos tipos en su historia natural.

Toda la monarquía, se encierra en el papamoscas; toda la anarquía en el pilluelo.

Este pálido hijo de los arrabales de París vive y se desarrolla, se anuda y _desnuda_ en el sufrimiento; en presencia de las realidades sociales y de las cosas humanas, como testigo meditabundo. Él mismo se cree indiferente, y no lo es. Observa dispuesto siempre á reir, pero dispuesto igualmente á otras cosas. Quien quiera que se llame Preocupación, Abuso, Ignominia, Opresión, Iniquidad, Despotismo, Injusticia, Fanatismo, Tiranía, guárdese del pilluelo bobalicón.

Este niño crecerá.

¿De qué barro está hecho? Del primer lodo que se ha encontrado. Un puñado de barro, un soplo, y surgió Adán. Basta que pase un Dios; y siempre pasó un Dios por el pilluelo. La fortuna trabaja este pequeño ser. Por «fortuna» entendemos nosotros la ventura. Este pigmeo, amasado con grosera tierra común, ignorante, sin letras, aturdido, vulgar y populachero, ¿será un genio ó un beocio?

Esperad; _currit rota_, el espíritu de París, ese demonio que crea los hijos del azar y los hombres del destino, al revés del alfarero latino, hace del cántaro un ánfora.

V =Sus fronteras=

El pilluelo ama el poblado y ama también la soledad, tiene mucho de sabio. _Urbis amator_, como Fusco; _ruris amator_, como Flaco.

Errar soñando; es decir, vagabundear, es un buen modo de emplear el tiempo para los filósofos, particularmente en esa especie de campiña bastarda, bastante fea pero extraña y compuesta de dos naturalezas, que rodea á ciertas grandes poblaciones y muy particularmente París. Observar los alrededores es observar un anfibio.

Acábanse los árboles y empiezan los tejados; acábase la yerba y empieza el empedrado; termina el surco y empiezan las tiendas; terminan los carriles y empiezan las pasiones; acaba el murmullo divino y empiezan los rumores humanos; y de todo ello junto nace un interés extraordinario.

De ahí los paseos, sin objeto al parecer, del soñador, por esos lugares poco atractivos y continuamente designados por el transeunte con el epíteto de _tristes_.

El que esto escribe ha sido mucho tiempo rondador de las barreras de París, fuentes para él de profundos recuerdos. Aquel césped cortado, aquellos senderos pedregosos, aquella creta, aquellas margas, aquellos yesos, aquella áspera monotonía de eriales y barbechos, los plantíos de frutas y hortalizas tempranas que se descubren de súbito en el fondo, aquella mezcolanza de salvaje y urbano, aquellos vastos rincones desiertos, donde los tambores de la guarnición establecen su ruidosa escuela y tartamudean en cierto modo el tronar de las batallas, aquéllas de día y madrigueras de noche; el molino destartalado que gira con el viento, las ruedas de extracción de las canteras, los figones en las esquinas de los cementerios, el encanto misterioso de las grandes y sombrías tapias, cortando á cuadros inmensos y vagos, terrenos inundados de sol y llenos de mariposas; todo eso le atraía.

Casi no hay en la tierra quien conozca aquellos sitios singulares, la Glacière, la Cunette, el horroroso muro de Grenelle tigrado de balazos, el Mont Parnasse, la Fosse aux-Loups, los Aubiers en la pradera del Marne, Mont Souris, la Tombe Issoire, la Pièrre-Plate de Chatillón, donde hay una antigua cantera agotada, que sirve únicamente para criar hongos, y cerrada á flor de tierra por una trampa de tablas podridas. La campiña de Roma es una idea, las afueras de París otra; no ver en lo que nos ofrece un horizonte más que campos, casas ó árboles, es quedarse en la superficie; en el aspecto de todas las cosas está el pensamiento de Dios. El lugar en que una llanura se junta á una ciudad, está siempre impregnado de cierta melancolía penetrante. Allí la naturaleza y la humanidad nos hablan á la vez. Las originalidades locales aparecen allí.

Quien haya errado como nosotros por aquellas soledades contiguas á nuestros arrabales á las que pueden llamarse limbos de París, habrá descubierto aquí y allá en el punto más abandonado, en el momento más inesperado, detrás de un débil valladar ó en el ángulo de una lúgubre tapia, muchachos agrupados tumultuosamente, fétidos, llenos de polvo y lodo, haraposos, despeluznados, jugando al chito coronados de florecillas: son los niños escapados de las familias. El boulevard exterior es su centro respirable; los alrededores les pertenecen, y en ellos establecen su escuela silvestre; allí cantan ingenuamente su repertorio de canciones obscenas. Allí están, ó por mejor decir, allí existen lejos de toda mirada, bajo la dulce luz de mayo ó junio, arrodillados alrededor de un agujero abierto en la tierra, jugando á las chinas disputando por un ochavo; irresponsables, escapados, sueltos, felices; y apenas os distinguen, se acuerdan de que tienen una industria, y que les es preciso ganarse la vida, y os ofrecen en venta una media vieja de lana llena de saltones ó un manojo de lilas. El encuentro de estos chiquillos extraños, es una de las gracias halagüeñas, al par que dolorosas de los alrededores de París.

Á veces entre aquel montón de chicos se encuentran algunas chiquillas, sus hermanas tal vez, casi ya mozas, flacas, fibrosas, atezadas por el ambiente, pecadas de rojo, coronadas de espigas y amapolas, alegres, hurañas y descalzas. Vense á veces cogiendo cerezas entre los trigos; de noche se las oye reir. Esos grupos, vivamente iluminados por la luz del mediodía ó adivinados en el crepúsculo, ocupan mucho tiempo al pensador; mezclando estas visiones á sus raciocinios.

París, centro; los alrededores, circunferencia; he aquí para tales muchachos toda la tierra. Jamás se aventuran á ir más allá. No pueden salirse de la atmósfera parisién, como no pueden los peces salir del agua. Para ellos, á dos leguas de las barreras no hay nada más: Ivry, Gentilly, Arcueil, Belleville, Aubervilliers, Menilmontant, Choisy-le Roi, Billancourt, Meudon, Issy, Vanvre, Sèvres, Puteaux, Neuilly, Gennevilliers, Colombes, Romainville, Chatou, Asnières, Bougival, Nanterre, Enghien, Noissy-le Sec, Nogent, Gournay, Drancy, Gonesse; son los puntos donde termina el mundo.

VI =Un poco de historia=

En la época, casi contemporánea, en que se desarrolla la acción de este libro, no había, como en la actualidad, un agente municipal en cada bocacalle (beneficio que no es del caso discutir); los muchachos vagabundos abundaban bastante en París.

Las estadísticas arrojan un promedio de doscientas sesenta criaturas sin domicilio, recogidas entonces anualmente por las rondas de policía en los terrenos abiertos, las casas en construcción, y bajo los arcos de los puentes. Uno de estos nidos, de famosa recordación, produjo las golondrinas del puente de Arcole. Éste es, por otra parte el más desastroso de los síntomas sociales. Todos los crímenes del hombre empiezan en la vagancia del muchacho.

Exceptuemos, sin embargo, á París. Hasta cierto punto relativo, y á pesar del recuerdo que acabamos de evocar, la excepción es justa. Mientras que en cualquier otra gran ciudad un muchacho vagabundo es un hombre perdido; mientras que casi en todas partes el niño entregado á sí mismo está consagrado y abandonado en cierto modo á una especie de inmersión fatal en los vicios públicos, la cual devora en él la conciencia y la honradez; el pilluelo de París, lo repetimos, tan descompuesto y corrompido en la superficie, se halla interiormente casi intacto. Grande y magnífica cualidad que debemos hacer constar aquí, y que brilla entre la espléndida probidad de nuestras revoluciones populares, es la especial incorruptibilidad resultante de la idea, que está en la atmósfera de París como la sal en el agua del océano. Respirar el aire de París, conserva el alma.

Pero lo que decimos, no se opone en manera alguna al dolor que siente el corazón cada vez que nos encontramos con una de esas criaturas, en cuyo derredor parece que se ven flotar los hilos rotos de la familia. En la civilización actual, tan incompleta aún, no es muy anormal esa ruptura de la familia perdiéndose en la sombra, ignorando lo que se han hecho los hijos, y dejando caer los pedazos de sus entrañas en la vía pública. De ahí los destinos obscuros, lo cual se llama, porque tiene su triste locución «ser tirado en medio del arroyo de París».

Sea dicho de paso: este abandono de criaturas no encontraba gran oposición en la antigua monarquía. Algo de Egipto y de Bohemia en las bajas regiones, era conveniente á las altas esferas y facilitaba el negocio de los poderosos. El odio á la enseñanza de los hijos del pueblo era un dogma. ¿De qué sirven «las medias luces?». Tal era la consigna. Que el niño vagabundo, es el corolario de niño ignorante.

Por otra parte, la monarquía tenía á veces necesidad de muchachos, y entonces espumaba las calles.

En tiempos de Luis XIV, sin ir más lejos, el rey quería, con razón, crear una escuadra. La idea era buena; pero veamos el medio. No hay escuadra posible, si al lado del buque de vela, juguete del viento, no va para remolcarle, en caso necesario, el buque que puede ir donde se quiere, ya á fuerza de remos, ya de vapor; las galeras eran entonces en la marina lo que hoy los vapores; faltaban, pues, galeras, y como las galeras no se mueven sin galeotes, hacían falta, por lo tanto, galeotes. Colbert hacía que por medio de los intendentes de provincia y los tribunales, hubiese de repuesto el mayor número posible de galeotes. La magistratura se prestaba á ello con la mayor complacencia. Conservaba cualquiera el sombrero puesto durante el paso de una procesión; actitud de hugonote; á galeras.

Se encontraba un muchacho en la calle; como tuviese quince años, y no supiese dónde acostarse, se le enviaba á galeras. Gran reinado; gran siglo.

En tiempos de Luis XV, los muchachos desaparecían de París; la policía los arrebataba, se ignora para qué misterioso objeto. Cuchicheábase con horror, haciendo monstruosas conjeturas sobre los baños de púrpura del rey.

Barbier habla sencillamente de ello. Llegaba el caso que los exentos encargados de la leva de chicos cogían algunos que tenían padres. Éstos, desesperados, perseguían y recurrían á los exentos. Intervenía entonces el tribunal, y mandaba ahorcar, ¿á quién? ¿Á los exentos? No, á los padres.

VII =El pilluelo tiene un lugar en las clasificaciones de la India=

La _gaminería_ parisién es casi una casta. Pudiera decirse: para serlo no basta quererlo.

La palabra francesa _gamín_, que traducimos no muy propiamente en la de pilluelo, se imprimió por primera vez, y pasó del lenguaje popular al literario. En 1834 apareció en un opúsculo titulado _Claudio Gueux_. Fué grande el escándalo, y la palabra pasó.

Los elementos que constituyen la consideración de los pilluelos entre sí son muy variados. Hemos conocido y tratado á uno que era muy respetado y admirado, por haber visto caer un hombre desde lo alto de las torres de Nuestra Señora; otro por haber conseguido penetrar en el patio interior donde estaban interinamente depositadas las estatuas de la cúpula de los Inválidos, y haber «robado» un poco de plomo; otro por haber visto volcar una diligencia; otro porque «conocía» á un soldado que por poco le saca un ojo á un paisano.

Esto explica perfectamente la siguiente exclamación de un pilluelo parisiense, epifonema profundo de que se ríe el vulgo sin comprenderle: _Dios de Dios; ¡tendré yo desgracia! ¡Decir que todavía no he visto caerse á nadie de un quinto piso!_

También es notable esta otra frase de campesino: «Tío Fulano, vuestra mujer ha muerto de su enfermedad; ¿por qué no me mandásteis llamar al médico? Qué queréis, señor; nosotros los pobres _nos morimos solos_». Pero si toda la posibilidad del lugareño se encierra en dicha frase, descúbrese indudablemente en la siguiente, la anarquía librepensadora del pilluelo de los arrabales. Un condenado á muerte ya en la carreta, oye á su confesor. El hijo de París lo ve, y exclama: _¡Habla el clerizonte! ¡Qué hipócrita!_

Cierta audacia en materia religiosa, realza mucho al pilluelo; ser espíritu fuerte, es lo importante.

Asistir á las ejecuciones es para ellos un deber. Se enseñan unos á otros la guillotina y se ríen. Danle diversos nombres:--Fin de la sopa.--Gruñona.--La tía de lo azul (del cielo).--La última boqueada, etc., etcétera. Para no perder nada del espectáculo, escala las paredes, trepa á los balcones, sube á los árboles, se suspende en las rejas, se abraza á las chimeneas. El pilluelo nace pizarrero, como nace marino. Un tejado no le asusta más que un mástil. No hay fiesta que iguale á la de la Grève (plaza de los ajusticiados). Sansón (el verdugo) y el padre Montes (capellán de la cárcel) son verdaderos nombres populares. Azuzan al paciente para darle valor. Á veces le admiran. Lacenaire, siendo pilluelo, al ver morir con valor al terrible Dautun, dijo esta frase que encierra un porvenir: _Le tengo envidia_.

En la pillería no se conoce á Voltaire, pero se conoce á Papavoine. Confúndese en la misma leyenda á los «políticos» y á los asesinos. Consérvase por tradición el recuerdo del último vestido de cada uno. Saben que Tollerón llevaba un gorro de chispero; Abril un casquete de nutria; Louvel un sombrero redondo; que el viejo Delaporte era calvo, é iba sin nada en la cabeza; que Castaing era sonrosado y muy guapo; que Bories llevaba una perilla romántica; que Juan Martín conservaba los tirantes y que Lecouffé y su madre iban riñendo.--_No os tiréis á la cara el cesto_, les gritó un pilluelo. Otro por ver pasar á Debaker, y siendo demasiado pequeñito, vió la farola del muelle y se encaramó en ella. Un gendarme, que estaba allí, frunció el entrecejo.

--Déjeme subir, señor gendarme,--dijo el pilluelo. Y para ablandar á la autoridad, añadió:--No me caeré.

--Y que me importa á mí que te caigas,--respondió el gendarme.

Entre la pillería, se tiene en mucho un accidente memorable. Se llega á la cúspide de la consideración, si sucede que uno se corta profundamente «hasta el hueso».

Los puños no son los peores elementos de respeto; una de las cosas que el pilluelo dice con más satisfacción es: _¡Yo soy más fuerte, vaya!_ Ser zurdo es cosa envidiable, y muy considerada el ser bizco.

VIII =Donde se leerá una buena frase del último rey=

Durante el verano, se metamorfosea en rana; y por la tarde, cuando cae la noche, delante de los puentes de Austerlitz y de Jena, desde lo alto de las barcas de carbón y de las barracas de las lavanderas, se arroja de cabeza en el Sena, infringiendo admirablemente todas las leyes del pudor y de la policía.

Sin embargo, como los municipales vigilan, resulta de ello una situación muy dramática, que dió lugar una vez á un grito fraternal y memorable; grito que fué célebre en 1830, y es un aviso estratégico de pilluelo á pilluelo; se mide como un verso de Homero con una notación casi tan inexplicable como la melopea eleusiaca de las Panateneas, hallándose reproducida en él la antigua Evohé. Hele aquí:

--«¡Eh, Tití, he, que hay moros en la costa; cuidado no te trinquen: coge la ropa y huye; huye enseguida, escápate por la alcantarilla». Algunas veces, este moscardón, como se califica él á sí mismo, sabe leer, otras sabe escribir, pero siempre sabe pintarrajear. No vacila un punto en adquirir, por medio de una misteriosa enseñanza mutua todas las habilidades que pueden ser útiles á la cosa pública: de 1815 á 1830 imitaba el graznido del pavo; de 1830 á 1848 garabateaba una pera en las paredes. Una tarde de verano, volviendo Luis Felipe de paseo á pie, vió á uno de aquellos chiquitines que sudaba y se empinaba para trazar con un carbón una pera gigantesca en uno de los pilares de la verja de Neuilly; el rey, con aquella bonachonería heredada de Enrique IV, ayudó al pilluelo, acabó de dibujar la pera, y dándole después un luis de oro, le dijo: _ahí también hay una pera_. Al pilluelo le gusta mucho la bulla, le agrada cierto estado violento. Detesta á «los curas». Cierto día, en la calle de la Universidad, uno de esos bribonzuelos le estaba haciendo un gesto grotesco de manos y nariz á la puerta-cochera del número 69. ¿Por qué haces eso á esa puerta? le preguntó un transeunte. El niño respondió: Porque vive ahí un cura. En efecto; allí vive el nuncio.

No obstante, cualquiera que sea el volterianismo del pilluelo, si se le presenta ocasión de hacerse monaguillo, casi siempre acepta, y entonces ayuda á misa debidamente. Hay dos cosas en que se parece á Tántalo, y que desea siempre sin conseguirlas nunca: derribar al gobierno y que le cosan el pantalón.

El pilluelo, en el estado perfecto, señala á todos los agentes de policía de París, y sabe siempre cuando encuentra á alguno darle su mote, pues los tiene presentes y los conoce á todos al dedillo. Estudia sus costumbres y tiene notas especiales sobre cada uno; lee como un libro abierto en las almas de la policía. Así os podrá decir inmediatamente y sin titubear: «Fulano es un _traidor_, Zutano es _muy malo_; éste es _grande_, aquél _ridículo_»; (y todas esas palabras, traidor, malo, grande, ridículo, tienen en sus labios una aceptación particular); «éste se figura que el Puente Nuevo es suyo, y prohíbe _á la gente_ pasearse por la cornisa fuera del parapeto; el otro tiene la manía de tirar de las orejas á las _gentes_, etc., etc».

IX =El antiguo espíritu de los Galos=

Se encuentran también muchachos de éstos en Poquelin, hijo de los mercados; y los hay también en Beaumarchais. La _pilluelería_ es una vanidad, un matiz del espíritu galo. Asociada al buen sentido, le da fuerza, como el alcohol al vino. Á veces es un defecto. Homero se repite, es verdad; también puede decirse que Voltaire hacía travesuras. Camilo Desmoulins era de los arrabales. Championnet, que tan brutalmente desenmascaraba los milagros, había salido de las calles de París; de pequeño había _inundado los pórticos_ de San Juan de Beauvais y de San Esteban del Monte; había tuteado mucho la urna de Santa Genoveva, para después dar órdenes á la redoma de San Genaro.

El pilluelo de París es respetuoso, irónico é insolente. Tiene los dientes feos, porque está mal alimentado, y su estómago sufre; pero buenos ojos, porque es ingenioso. Delante de Jehová saltaría á la pata coja las gradas del paraíso. Es fuerte en jugar el zapato. Todos los crecimientos le son posibles. Juega en el arroyo y se levanta en los motines; su tenacidad persiste ante la metralla; era un mocoso, y es un héroe; como el pequeño Tebano, sacude la piel del león. El tambor Barra era un pilluelo de París; grita: _¡Adelante!_ como el caballo de la Escritura dice: _¡Va!_ y en un minuto pasa de rapazuelo á gigante.

Es hijo del fango como del ideal; distancia que media desde Molière á Barra.

En suma, y para compendiarlo todo en una palabra, el pilluelo es un ser que se distrae, porque es desgraciado.

X =Ecce París, ecce homo=

Para resumir todavía más, diremos que el pilluelo de París, hoy, como en otros tiempos el _græculus_ de Roma, es el pueblo niño que lleva en su frente las arrugas del mundo viejo.

El pilluelo es una gracia de la nación al mismo tiempo que una enfermedad; enfermedad que es preciso curar; ¿de qué modo? con la luz.

La luz sanea.

La luz alumbra.

Todas las generosas irradiaciones sociales parten de la ciencia, de las letras, de las artes, de la enseñanza. Haced hombres, haced hombres. Iluminadlos para que os calienten.

Tarde ó temprano, el gran problema de la instrucción universal se establecerá con la irresistible autoridad de la verdad absoluta, y entonces los que gobiernen, bajo la protección de la idea francesa, tendrán que elegir entre los hijos de Francia ó los pilluelos de París; entre las llamas en la luz, ó los fuegos fatuos en las tinieblas.

El pilluelo representa á París, y París representa al mundo.

Porque París es un total: es la cúpula del género humano. Es la prodigiosa ciudad, compendio de todas las costumbres vivas y muertas. Quien ve á París, cree ver lo profundo de toda la historia con su cielo y constelaciones en los intervalos. París tiene un Capitolio, la Casa de la Villa; un Partenón, Nuestra Señora; un monte Aventino, el barrio de San Antonio; un Asinario, la Sorbona; un Panteón, el Panteón; una Vía Sacra, el boulevard de los Italianos; una torre de los Vientos, la opinión; y ha reemplazado las gemonías con el ridículo. Su _majo_ se llama majadero, su _transtiverino_ se llama arrabalero; su _hammal_ se llama matón de plazuela; su _lazzarone_ se llama pillastre; su _cockney_ se llama vago. Todo lo que se halla en cualquiera otra parte se encuentra en París.

La verdulera de Dumarsais puede competir con la vendedora de yerbas de Eurípides; el discóbolo Veyano revive en el bailarín de cuerda Furioso; Terapontigono Miles estaría muy bien del brazo con el granadero Vadeboncœur; Damasipo el buhonero, viviría feliz entre prenderos; Vincennes pondría la mano sobre Sócrates, del mismo modo que Agora encajonaría á Diderot; Grimod de la Reynière ha descubierto la manera de hacer el roastbeef con sebo, como Curtilo inventó el erizo asado. Vemos reaparecer bajo el globo del arco de la Estrella el trapecio de Plauto; el traga-espadas de Pœcilo encontrado por Apuleyo, es el engulle-sables del Puente-Nuevo; el sobrino de Rameau y Curculión el parásito, corren parejas; Ergasilo podría ser presentado en casa de Cambaceres por Aigrefeuille. Los cuatro petimetres de Roma, Alcesimarco, Phedromo, Diabolo y Argyripo bajan de la Courtille en la silla de posta de Labatut; Aulo Gelio no se detenía más tiempo ante Congrio, que Carlos Nodier ante Polichinela; Martón no es tigre, como ni tampoco Pardalisca era dragón. Pantolabio el bufón, recuerda en el café Inglés á Nomentano el vividor; Hermógenes es tenor en los Campos Elíseos, y en derredor suyo pide Trasio el mendigo, vestido de Arandela. El importuno que os detiene en las Tullerías por el botón de la levita, os hace repetir después de dos mil años el apóstrofe del Thesprion: _quis properantem me prehendit pallio?_ El vino de Surenne parodia el vino de Alba; el tinto del viñedo de Desaugiers corre parejas con la gran copa de Balatron.

El cementerio del padre Lachaise exhala con las lluvias nocturnas los mismos resplandores que las Esquilias, y la fosa del pobre comprada por cinco años, equivale al ataúd alquilado del esclavo.

Buscad alguna cosa que París no tenga. La cuba de Trofonio no contiene nada que no se encuentre en la cubeta de Mesmer; Ergafilao resucita en Cagliostro; el bracman Vasafanta se encarna en el conde de San Germán; el cementerio de San Medardo hace tan buenos milagros como la mezquita Uumoumié de Damasco.

París tiene un Esopo, que es Mayeux; y una Canidia, que es la señorita Lenormand. Agítase como Delfos en las fulgurantes realidades de la visión; hace girar las mesas como Dodona los trípodes. Sienta la griseta en el trono, como sentaba Roma á la cortesana; y en suma, si Luis XV es peor que Claudio, la señora Dubarry supera á Mesalina. París combina en un tipo inaudito, que ha existido, y con el cual nos hemos codeado, la desnudez griega, la úlcera hebraica y el equívoco gascón. Mezcla á Diógenes, á Job y á Paillasse; engalana un espectro con números viejos del _Constitucional_ y crea á Chodruc Duclós.

Por más que Plutarco diga: _el tirano no envejece_, Roma, en tiempo de Sila como de Domiciano, se resignaba mezclando de buen grado agua en su vino. El Tíber fué un Leteo si ha de creerse el elogio un tanto doctrinario que hizo de él Vario Vibisco: _Contra Gracchos Tiberim habemus. Bibere Tiberim, id est, seditionem oblivisci._ París bebe un millón de litros de agua diarios; pero esto no le impide, cuando llega el caso, de tocar generala y somatén.

Por lo demás, París es un buen chico; realmente, lo acepta todo, y no es escrupuloso en la elección de Venus; su Calipiga es hotentota; con tal de reirse, todo lo absuelve; la fealdad le alegra, la deformidad le entretiene, el vicio le distrae; decid gracias, y seréis gracioso; ni aún la hipocresía, ese cinismo supremo, le incomoda; es tan literario, que no se tapa la nariz ante Basilio, ni se escandaliza más del ruego de Tartufo, que Horacio del «hipo» de Priapo. No falta en París ninguno de los rasgos de la fisonomía universal. El baile de Mabille no es la danza polymnia del Janículo; pero la revendedora de tocados, atrae con sus miradas á la _loreta_, de igual manera que la encubridora Estafila acechaba á la virgen Planesia. La barrera del Combate no es un coliseo; pero hay allí tanta ferocidad como si lo presenciase el César.

La hospedera siríaca es más graciosa que la tía Saguet; pero si Virgilio frecuentaba la taberna romana, David de Angers, Balzac y Charlet se han sentado en la mesa del figón parisién. París reina; los genios brillan en su recinto; los colarojas prosperan en él. Adonai pasa por él en su carro de doce ruedas de truenos y relámpagos; Sileno hace su entrada montado en su asno; Sileno, léase, Ramponneau.

París es sinónimo de Cosmos; París es Atenas, Roma, Sibaris, Jerusalén, Pantin. Todas las civilizaciones están compendiadas en él, como también todas las barbaries. París sentiría mucho carecer de guillotina.

Un poco de plaza de Grève es bueno. ¿Qué sería toda aquella fiesta eternal sin esta salsa? Nuestras leyes son sabiamente previsoras y, gracias á ellas, la sangrienta cuchilla gotea continuamente sobre este prolongado carnaval.

XI =Reir es reinar=

París no tiene límites. Ninguna otra ciudad ha ejercido esa dominación que se ríe á veces de los que subyuga. _¡Complaceros, oh atenienses!_ exclamaba Alejandro. París hace algo más que la ley, hace la moda; y hace más que la moda, la rutina.

Puede hacer el tonto si le parece, y alguna vez se permite este lujo; pero en tal caso todo el mundo hace el tonto con él. Pero luego vuelve París en sí, se restrega los ojos y exclama. ¡Soy un estúpido! Y suelta la carcajada á las barbas del género humano. ¡Qué admirable ciudad! ¡Cuán extraño parece que lo grandioso y lo burlesco hagan tan buen consorcio, que toda su majestad no resulte empañada por la parodia, y que la misma boca pueda soplar un día en la trompeta del juicio final y otro en el silbato de un tallo de cebolla! París tiene una jovialidad soberana. Su alegría es el rayo, su farsa lleva un cetro, sus huracanes surgen muchas veces de una mueca. Sus explosiones, sus jornadas, sus obras maestras, sus prodigios, sus epopeyas, llegan al fin del mundo como sus despropósitos. Su risa es la boca de un volcán que salpica toda la tierra; sus bufonadas son chispas. Impone á los pueblos sus caricaturas, como sus ideales; los más encumbrados monumentos de la civilización humana aceptan sus ironías, prestando su eternidad á su truhanería.

Es soberbio: con su prodigioso 14 de julio liberta al mundo y obliga á todas las naciones á repetir el juramento del juego de pelota; su noche del 4 de agosto destruye en tres horas mil años de feudalismo; hace de su lógica el músculo de la voluntad unánime; se multiplica bajo todas las formas de lo sublime; llena con sus resplandores á Washington, á Kosciusko, á Bolívar, á Botzaris, á Riego, á Bem, á Manin, á López, á Juan Browu, á Garibaldi. Está en todas partes donde el porvenir brilla, en Boston en 1779: en la isla de León en 1820; en Pesth en 1848; en Palermo en 1860; murmura la poderosa consigna: _libertad_, al oído de los abolicionistas americanos agrupados en la barca de Harpers's Ferry, y al oído de los patriotas de Ancona reunidos á la sombra en los Arcos, ante la posada Gozzi, á orillas del mar; crea á Canaris; crea á Quiroga; crea á Pisacane; irradia todo lo grande sobre la tierra, yendo allí donde su soplo los empuja; muere Byron en Missolonghi, y Masset en Barcelona.

Es tribuno bajo los pies de Mirabeau y cráter bajo los de Robespierre; sus libros, su teatro, sus artes, sus ciencias, su literatura, su filosofía, son los manuales del género humano. Tiene á Pascal, á Regnier, á Corneille, á Descartes, á Rousseau, á Voltaire para cada minuto, á Molière para todos los siglos. Hace hablar su lengua á la boca universal, y esta lengua llega á ser el verbo. Construye en todos los espíritus la idea del progreso; los dogmas libertadores que forja son para las generaciones espadas flameantes, y con la inspiración de sus pensadores y poetas se han formado desde 1789 todos los héroes de todos los pueblos. Esto no le impide, sin embargo, hacer chiquilladas. Y este genio enorme que se llama París, transfigurando el mundo con su luz, dibuja con carbón la nariz de Bouginier en la pared del templo de Teseo, y escribe _Credeville ladrón_ en las pirámides.

París enseña de continuo los dientes; cuando no gruñe, ríe.

Tal es París. Las columnas de humo de sus tejados son las ideas del universo. Montón de barro; piedras, si se quiere; pero por cima de todo es un ser moral; es más que grande; es inmenso. ¿Porqué? Porque es audaz.

La audacia es el precio del progreso.

Todas las conquistas sublimes son, en más ó en menos el premio del atrevimiento. Para que la revolución sea, no basta que la presienta Montesquieu, ni que Diderot la predique, que Beaumarchais la anuncie, que Condorcet la calcule, que Arout la prepare, ni que Rousseau la premedite; es preciso que Dantón se atreva.

El grito _¡Audacia!_ es un _Fiat lux_.

Es indispensable para el progreso del género humano, que haya sobre las cumbres permanentes altivas lecciones de valor. Las temeridades deslumbran la historia, y son, para el hombre, una gran luz. La aurora es audaz cuando aparece.

Intentar, desafiar, persistir, perseverar, ser fiel á sí mismo, luchar cuerpo á cuerpo con el destino, asombrar á la catástrofe con el poco miedo que nos produce, así afrontando á los poderes injustos, como insultando á la victoria ebria, tener razón y fuerza: he ahí los ejemplos que necesitan los pueblos; he ahí el fuego que les electriza. El mismo formidable relámpago enciende la antorcha de Prometeo que el botafuego de Cambronne.

XII =El latente porvenir del pueblo=

En cuanto al pueblo parisién, aun cuando sea un hombre hecho, es siempre el pilluelo; pintar el muchacho es pintar la ciudad; por esto hemos estudiado el águila en el gorrión libre.

En los arrabales sobre todo, es donde aparece la raza parisién; allí conserva su pureza de sangre; allí está su verdadera fisonomía; allí el pueblo trabaja y sufre, y el sufrimiento y el trabajo son las dos faces del hombre. Allí existen cantidades inmensas de seres desconocidos, en que hormiguean los tipos más extraños, desde el descargador de la Râpée hasta el descuartizador de Montfaucon. _Fex urbis_, exclama Cicerón; _mob_, añade Burke indignado; turba, multitud, populacho. Palabras son éstas que se dicen muy pronto. Enhorabuena; pero ¿qué importa? ¿Qué tiene que ver que anden con los pies descalzos? ¿Que no sepan leer? Tanto peor. ¿Se les abandonará por esto? ¿Se hará de su desgracia una maldición? ¿Acaso no puede la luz penetrar en esas masas? Volvamos á nuestra exclamación: ¡Luz! y obstinémonos en ella; ¡luz, luz! ¿Quién sabe si esos seres opacos no se volverán transparentes? Las revoluciones, ¿no son por ventura transfiguraciones?

Andad, filósofos, enseñad, ilustrad, iluminad, pensad alto, hablad alto, corred alegres hacia el vivo sol, fraternizad en las plazas públicas, anunciad la buena nueva, prodigad los alfabetos, proclamad los derechos, cantad la marsellesa, sembrad el entusiasmo, arrancad verdes ramas de la encina. Haced de la idea un torbellino. Esta multitud puede llegar á ser sublime.

Sepamos ser útiles á esa vasta hoguera de principios y virtudes que chisporrotea, estalla y se conmueve á ciertas horas. Esos pies descalzos, esos brazos desnudos, esos andrajos, esa ignorancia, esa abyección, esas tinieblas, pueden emplearse en conquistar lo ideal. Mirad á través del pueblo, y descubriréis la verdad.

La vil arena que oprimís con los pies, la echáis en el horno, y se funde, y cuece, para trocarse en brillante cristal; y gracias á él, Galileo y Newton descubren los astros.

XIII =El niño Gavroche=

Ocho ó nueve años próximamente, después de los acontecimientos que hemos referido en la segunda parte de esta historia, veíase en el boulevard del Temple, y en las regiones del Chateau d'Eau, un chicuelo de once á doce años, que habría realizado perfectamente el ideal del pilluelo que hemos bosquejado más arriba, si con la sonrisa propia de su edad en los labios no hubiera tenido el corazón absolutamente vacío y opaco. Este muchacho aparecía como envuelto en un pantalón de hombre, que no era de su padre, y en una camisa de mujer, que tampoco era de su madre.

Algunas personas caritativas le habían socorrido con harapos, y sin embargo, tenía un padre y una madre; pero su madre no pensaba en él, ni su madre le amaba. Era una de esas criaturas dignas de lástima entre todos los que teniendo padre y madre, resultan huérfanos.

Este muchacho no se encontraba en ninguna parte tan bien como en la calle. El empedrado era menos duro que el corazón de su madre.

Sus padres le habían lanzado al mundo de un puntapié.

Había empezado por sí mismo á volar.

Era un chiquillo amigo de bulla, descolorido, listo, despierto, chancero, de aire vivo y enfermizo. Iba, venía, cantaba, jugaba al chito, escarbaba en los arroyos; robaba un poco, pero como los gatos y los gorriones, alegremente; se reía cuando le llamaban galopín, y se incomodaba cuando le llamaban granuja. No tenía casa, ni pan, ni hogar, ni cariño, pero estaba contento porque era libre.

Cuando estos pobres seres son ya hombres, casi siempre la rueda del orden social los encuentra y los pulveriza, pero mientras son muchachos se escapan, porque son pequeños. El menor hueco los salva.

Sin embargo, por muy abandonado que estuviese este muchacho, alguna que otra vez, cada dos ó tres meses, exclamaba: ¡Calla! ¡Voy á ver á mi madre! Entonces dejaba el boulevard, el Circo, la Puerta de San Martín; bajaba al muelle, atravesaba los puentes, entraba en el arrabal, llegaba á la Salpêtrière, y se paraba ¿dónde? precisamente ante el número duplicado 50-52, que el lector conoce ya, en la casa de Gorbeau.

En aquella época, la casa del número 50-52, generalmente desierta, y adornada siempre con el letrero: «Cuartos desalquilados», estaba, cosa rara, habitada por ciertos individuos, que, como sucede siempre en París, no tenían ningún vínculo ni relación entre unos y otros. Todos pertenecían á esa clase indigente que principia en el último burgués entrampado, prolongándose de miseria en miseria por las últimas capas de la sociedad, hasta esos dos seres en que vienen á parar todas las cosas materiales de la civilización, á saber, el barrendero, que limpia el fango de la vía pública, y el trapero, que recoge los harapos.

La «inquilina principal» del tiempo de Juan Valjean había muerto, habiéndola reemplazado otra por el estilo. No sé qué filósofo ha dicho: Nunca faltarán mujeres viejas.

Esta nueva vieja se llamaba la señora Burgón, sin tener nada notable en su vida, más que una dinastía de tres papagayos que habían reinado sucesivamente en su alma.

Los más miserables entre los habitantes de la casucha, eran una familia de cuatro personas, padre, madre, y dos hijas, ya bastante crecidas, los cuatro se alojaban en un mismo desván, ó sea en una de aquellas celdas de que hemos hablado anteriormente.

Aquella familia no ofrecía al pronto nada de particular, más que su extremada desnudez; el padre al alquilar el cuarto, dijo llamarse Jondrette.

Algún tiempo después de su instalación, semejante por cierto, según una frase memorable de la inquilina principal _á la entrada de la nada_, el Jondrette había dicho á la vieja, la cual, como su antecesora, era portera al mismo tiempo y barría la escalera: Tía Fulana, si viniese alguien por casualidad á preguntar por un polaco, ó por un italiano, ó tal vez por un español, ése seré yo.

Esta familia, era la familia del alegre pilluelo. Llegaba allí, encontraba los apuros, y lo más triste aún, no veía una sola sonrisa; el frío en el hogar, el frío en los corazones. Cuando entraba le preguntaban:

--¿De dónde vienes?--Y respondía:--De la calle.

Cuando se iba le preguntaban:

--¿Adónde vas?--Y respondía:--Á la calle.

Su madre le decía:

--¿Pues qué vienes á hacer aquí?

Aquel muchacho vivía en la más completa carencia de afectos, como esas yerbas descoloridas que se crían en las cuevas; pero el ser así no le molestaba, ni quería tampoco mal á nadie. No tenía idea cabal de lo que debían ser un padre y una madre.

Por lo demás, su madre amaba á sus hermanas.

Nos hemos olvidado de decir que en el boulevard del Temple le llamaban á este muchacho el pequeño Gavroche. ¿Por qué le llamaban Gavroche?

Probablemente por lo mismo que á su padre le llamaban Jondrette.

Parece ser instinto de ciertas familias miserables el romper los hilos que unen á sus individuos.

El cuarto que los Jondrette ocupaban en la casa del Gorbeau, era el último al extremo del corredor.

La celda contigua la ocupaba un joven pobrísimo, que se llamaba Mario.

Digamos ahora quién era este Mario.