LIBRO TERCERO
EN EL AÑO 1817
I =El año 1817=
Éste fué el año que Luis XVIII, con una especie de aplomo real, que no carecía de vanidad, calificó de vigésimo segundo de su reinado. Fué también el año de la celebridad del señor Bruguiére de Sorsum. Todas las tiendas de los peluqueros, esperando el polvo y la vuelta del ave real, aparecían estucadas de azul y flor delisadas. Era aquélla la época inocente y cándida en que el conde Lynch sentábase todos los domingos como mayordomo, en el banco de la obra de San Germán de los Prados vistiendo el uniforme de par de Francia, con su cordón rojo y su larga nariz, y aquel majestuoso perfil propio de un hombre que ha hecho algo famoso. El algo famoso realizado por el señor Lynch fué el siguiente: haber, siendo alcalde de Burdeos el 12 de marzo de 1814, entregado la ciudad antes de tiempo al señor duque de Angulema. De ahí su dignidad de par. En 1817, la moda embutía los niños de cuatro á seis años en sendas gorras de cordobán con orejeras muy parecidas á las mitras de los esquimales. El ejército francés fué vestido de blanco á la austríaca; los regimientos se llamaron legiones, y en lugar del número correspondiente, tomaron los nombres de los departamentos. Napoleón se encontraba en Santa Elena, y como Inglaterra le negaba el paño verde, hizo que fuesen vueltos del revés sus viejos uniformes.
En 1817, Pellegrini cantaba, la señorita Bigottini bailaba, Potier reinaba, y Odry no existía aún. La señora Saqui sucedía á Forioso. Había aún prusianos en Francia. El señor Delalot era un personaje. La legitimidad acababa de afirmarse cortando la muñeca, y luego la cabeza, á Pleignier, á Carbonneau y á Tollerón.
El príncipe de Talleyrand, gran chambelán, y el cura Luis, designado para ministro de Hacienda, se contemplaban mutuamente riendo como dos augures; ambos habían celebrado, el 14 de julio de 1790, la misa de la federación en el campo de Marte; Talleyrand había oficiado de obispo, Luis le había ayudado como diácono.
En 1817, en las travesías de las alamedas de aquel mismo campo de Marte (Marzo), veíanse grandes cilindros de madera, expuestos á la lluvia, y pudriéndose entre la yerba, pintados de azul, con restos de águilas y de abejas desdorados. Habían sido las columnas que dos años antes habían sustentado el solio del emperador en el campo de Mayo. Estaban esparcidos aquí y allí, y ennegrecidos además por el fuego de los vivacs, de los austríacos acampados junto á Gros Caillou. Dos ó tres de aquellas columnas habían desaparecido en las hogueras de los vivacs, habiendo calentado las grandes manos de los Kaiserlicks.
El campo de Mayo tenía de notable, que había sido celebrado en el mes de junio en el campo de _Marzo_.
Durante el año 1817 se habían popularizado dos cosas: el Voltaire Touquet, y la tabaquera de la Carta.
La emoción parisién más reciente había sido el crimen de Dautun, quien había tirado la cabeza de su hermano al pilón del mercado de las flores.
Comenzaba á inquietarse el ministro de Marina por no tener noticias de la desgraciada fragata _Medusa_, que debía cubrir de mengua á Chaumareix y de gloria á Géricault. El coronel Selves había ido á Egipto para trocarse en Soliman Pachá. El palacio de las Termas, de la calle de La Harpe, servía de tienda á un tonelero. Veíase todavía en la plataforma de la torre octógona del palacio de Cluny, la casilla de madera que había servido de observatorio á Messier, astrónomo de la marina de Luis XVI.
La duquesa de Duras leía á tres ó cuatro amigos, en su gabinete tapizado de raso azul celeste, la Ourika inédita. Raspábanse las N. del Louvre. El puente de Austerlitz abdicaba, intitulándose puente del Jardín del Rey, doble enigma que encerraba á la vez el puente de Austerlitz y el jardín de Plantas.
Luis XVIII, preocupado en marcar con la uña en Horacio los héroes que se hacen emperadores, y los zapateros que se hacen delfines, tenía además dos inquietudes constantes, Napoleón y Mathurin Bruneau.
La Academia francesa daba como tema de premio: _la dicha procura el estudio_. El señor Bellart era elocuente oficialmente. Veíase germinar á su sombra al futuro abogado general de Broë, entre los sarcasmos de Pablo-Luis Courier. Había también un falso Chateaubriand llamado Marchangy, esperando á que saliese un falso Marchangy llamado Arlincourt. _Clara de Alba y Malek-Adel_ eran grandes obras; la señora Cottin había sido declarada primer escritor de la época. El Instituto dejó borrar de su lista al académico Napoleón Bonaparte. Un real decreto erigía Angulema en escuela de marina, porque siendo el duque de Angulema gran almirante, era evidente que la ciudad de Angulema acreditaba de derecho todas las cualidades de puerto de mar, sin lo cual el principio monárquico hubiera podido menoscabarse.
Presentóse en consejo de ministros la proposición de averiguar si debían tolerarse las viñetas que representaban volatines, que adornaban los carteles de Franconi, porque agrupaban los pilluelos y vagabundos de las calles.
El señor Paër, autor de _Inés_, buen hombre, de cara cuadrada, con una verruga en la mejilla, dirigía los conciertos continuos de la marquesa de Sassenaye, calle de la Ville l'Evèque. Todas las jóvenes cantaban _l' Ermite de Saint-Avelle_, letra de Edmundo Géraud. _El enano amarillo_ se trasformaba en _espejo_. El café Lemblin estaba por el emperador, con el café Valois que estaba por los Borbones.
Llegaba el señor duque de Berry de casarse con una princesa de Sicilia, y ya le venía Louvel pisando la sombra. Hacía un año que había muerto madama Staël. Los guardias de corps silbaban á la señorita Mars. Los periódicos grandes se habían trocado en pequeños. El tamaño se había reducido, pero la libertad era grande. _El Constitucional_ era constitucional. _La Minerva_ llamaba á Chateaubriand _Chateaubriant_. Esta _t_ daba mucho que reir á los artesanos acomodados á costa del gran escritor.
En periódicos vendidos, había periodistas degradados que insultaban á los proscritos de 1815; David carecía de talento, Arnault de ingenio y Carnot de probidad; Soult no había ganado ninguna batalla, es verdad también que Napoleón carecía de genio. Nadie ignora que es muy raro que las cartas dirigidas por el correo á los desterrados lleguen á sus manos; la policía tiene á religioso deber interceptarlas. El hecho no es nuevo; Descartes, desterrado, se lamenta de ello. Luego, habiendo David, en un periódico belga, manifestado su disgusto por no recibir las cartas que se le escribían, hizo ello tanta gracia á los periódicos realistas, que llegaron á bufonear groseramente con semejante pretexto al desterrado.
Decir: _los regicidas_, ó decir: _los votantes_: decir: _los enemigos_, ó decir: _los aliados_: decir: _Napoleón_, ó decir: _Buonaparte_, separaba á dos hombres más que un abismo. Las gentes de buen sentido convenían en que la era de las revoluciones estaba para siempre cerrada por el rey Luis XVIII, apodado de «inmortal autor de la Carta». En el terraplén del puente nuevo, se esculpía la palabra: _Redivivus_, en el pedestal que esperaba la estatua de Enrique IV. El señor Piet esbozaba, en la calle Thérèse, N.º 4, en conciliábulo para consolidar la monarquía. Los jefes de la derecha decían al encontrarse en coyunturas graves: «Es preciso escribir á Bacot». Los señores Canuel, O'Mahony y de Cheppedelaine, borroneaban, un tanto apoyados por el señor (hermano y heredero del rey), lo que había de ser más tarde «la conspiración de Bòrd de l'eau». El alfiler negro conspiraba por su lado. Delaverderie se inclinaba á Trogoff. El señor Decazes, espíritu hasta cierto punto liberal, dominaba.
Chateaubriand, de pie todas las mañanas junto á su ventana del número 27 de la calle Saint Dominique, en mangas de camisa y zapatillas, sus cabellos grises sujetados por un pañuelo, fijos los ojos en un espejo, y un estuche completo de cirujano dentista, abierto ante sí, limpiábase los dientes, que los tenía por cierto muy hermosos, al propio tiempo que dictaba «_La monarquía según la Carta_» al señor Pilorge, su secretario.
La crítica, admitida como autoridad, prefería Lafon á Talma. El señor de Feletz firmábase A., Hoffmann Z, y Carlos Nodier suscribía _Teresa Aubert_. El divorcio había sido abolido. Los liceos se llamaban colegios. Los colegiales, adornando su cuello con una flor de lis, de oro, se daban de cachetes á propósito del rey de Roma. La contra policía de palacio denunciaba á Su Alteza real, La Señora (la hermana del rey), el retrato, expuesto por todas partes, del señor duque de Orléans, el cual estaba mejor de uniforme de coronel general de húsares, que el señor duque de Berry de coronel-general de dragones, gravísimo inconveniente. La ciudad de París hacía dorar nuevamente á su costa la cúpula de los Inválidos. Los hombres serios se preguntaban qué es lo que haría en tal ó cual circunstancia el señor de Trinquelague; el señor Clausel de Mantals divergía en algunos puntos del señor Clausel de Coussergues: el señor de Salaberry no estaba contento.
El cómico Picard, que formaba parte de la Academia en la que no había podido entrar el cómico Molière, hacía representar _Los dos Filibertos_, en el Odeón, sobre cuyo frontispicio, á pesar de haber sido arrancadas las letras se leía aún claramente: TEATRO DE LA EMPERATRIZ. Se formaban partidos en pro y en contra de Cugnet de Montarlot. Fabvier era faccioso, Bavoux revolucionario. El librero Pelicier publicaba una edición de Voltaire bajo este título: _Obras de Voltaire_, de la Academia francesa. «Esto llama á los compradores», decía aquel infeliz editor.
Era opinión general que el señor Charles Loyson, iba á ser el genio del siglo; así es que la envidia comenzaba ya á morderle, signo de gloria; escribiéndose sobre ello este verso:
Por más que Loyson vuele, se echan de ver sus patas.
El cardenal Fesch negábase á dimitir. El señor de Pins, arzobispo de Amasie, administraba la diócesis de Lyon. La cuestión del valle de Dappes, comenzábase entre Suiza y Francia por una memoria del capitán Dufour, más tarde general. Saint-Simón, ignorado, meditaba su sublime teoría. Había en la Academia de ciencias un Fourier célebre que la posteridad ha olvidado, y no sé en qué buhardilla un Fourier obscuro de quién se acordará el porvenir. Lord Byron empezaba á despuntar; una nota de cierto poema de Millevoye lo anunciaba á Francia en estos términos: _un tal lord Barón_.
David de Angers ensayaba dar formas al mármol. El abate Carón hablaba con elogio, en las reuniones íntimas de seminaristas del callejón (sin salida) de Feullantines, de un presbítero desconocido llamado Felicité-Robert, que fué más tarde Lamennais.
Una cosa que humeaba andando fatigosamente por el Sena metiendo el ruido de un perro que nada, iba y venía bajo las ventanas de las Tullerías, del puente Real al puente de Luis XV; era una máquina de poquísima utilidad, por cierto, una especie de juguete, una visión de un inventor fantástico, una utopía; un buque de vapor: Los parisienses veían indiferentes semejante inutilidad.
El señor de Vaublanc, reformador del Instituto por el golpe de Estado, hornada y decreto á la vez, autor distinguido por varios académicos á quienes había hecho tales, no podía llegar á serlo. El arrabal de San Germán y el pabellón Marsan querían para prefecto de policía al señor Delaveau, á causa de su devoción. Dupoytren y Recamier querellábanse y discutían en el anfiteatro de la Escuela de Medicina, amenazándose con los puños con motivo de la divinidad de Jesucristo.
Couvier, puesto un ojo en el Génesis y otro en la naturaleza, se esforzaba para complacer á la santurona reacción, en poner los fósiles de acuerdo con los textos sagrados y en hacer adular á Moisés por los mastodontes. Francisco de Neufchâteau, loable cultivador de la memoria de Permantier, hacía mil esfuerzos para que _pomme de terre_ (patata) se llamase _parmentiere_, sin conseguirlo. El abate Gregoire, antiguo obispo, antiguo convencional y antiguo senador, llegó á pasar dentro la polémica realista, al estado «di infame Gregoire». Esta locución que acabamos de usar, _pasar al estado de_, fué denunciada como neulogismo por Royer-Collard.
Podía aún distinguirse por su blancura bajo el tercer arco del puente de Jena, la piedra nueva con la cual dos años antes se había tapado el boquete de la mina practicada por Blücher para volar el puente. La justicia llevaba á la barra un hombre que, al ver entrar al conde de Artois en Nuestra Señora, había dicho en alta voz: _¡Vive Dios! que deploro los tiempos en que veía á Bonaparte y á Talma entrar, dándose el brazo, en Bal Sauvage._ Dicho sedicioso. Seis meses de cárcel.
Los traidores se presentaban desembozados: hombres que se habían pasado al enemigo la víspera de una batalla no ocultaban nada de la recompensa, presentándose impúdicamente en pleno día con el mayor cinismo haciendo gala de sus riquezas y sus dignidades; desertores de Ligny y de Quatre Bras, con todo el desenfado de su torpeza pagada, ostentando al desnudo su abnegación monárquica; olvidados de lo escrito en Inglaterra, en las paredes interiores de los retretes públicos: _Please adjust your dress before leaving_. (Sírvase usted abrocharse antes de salir).
He aquí, en revuelta confusión, lo que sobresalió más ó menos del año 1817, hoy día olvidado.
La historia es negligente con semejantes particularidades, porque no puede hacer otra cosa; la invadiría el infinito. No obstante, estos detalles, llamados equivocadamente pequeñeces, no hay en la humanidad pequeños hechos, como no hay en la vegetación hojas pequeñas. De la fisonomía de los años, se compone la figura de los siglos.
Durante este año de 1817, cuatro jóvenes parisienses hicieron «una linda gracia».
II =Doble cuarteto=
Los tales parisienses eran uno de Toulouse, otro de Limoges, el tercero de Cahors y el cuarto de Montauban; pero eran estudiantes; y quien dice estudiante dice parisino: estudiar en París es nacer en París.
Aquellos jóvenes no tenían significación alguna; todo el mundo les ha visto alguna vez; cuatro muestras del primero con quien nos topemos; ni buenos ni malos, ni sabios ni ignorantes, ni genios ni imbéciles; bellezas del alegre abril que se llama veinte años. Eran cuatro oscares cualesquiera, porque en aquella época los Arturos no existían aún. _Quemad para él los perfumes de la Arabia_, dice el romance, _¡Oscar viene, Oscar, voy á verle!_ Salíamos de Ossian; la elegancia era escandinava y caledoniana, el género inglés puro no debía prevalecer hasta más tarde, y el primero de los Arturos Wellington, acababa apenas de ganar la batalla de Waterloo.
Estos Oscares, se llamaban el uno Félix Tholomyés, de Toulouse, el otro Listolier, de Cahors, el tercero Fameuil de Llimoges, y el último Blachevelle, de Montauban. Naturalmente, cada uno tenía su damisela. Blachevelle amaba á Favorita, llamada así por haber estado en Inglaterra; Listolier adoraba á Dalia, la cual había tomado por nombre de guerra el nombre de una flor; Fameuil idolatraba á Zefina, contracción de Josefina, y Tholomyés tenía á Fantina, llamada la Rubia, por sus hermosos cabellos color de sol.
Favorita, Dalia, Zefina y Fantina, eran cuatro graciosas muchachas perfumadas y alegres; modisteaban todavía un poco, porque no habían aún abandonado la aguja del todo, algo distraídas por amorcillos pasajeros, pero conservando en su aspecto, restos de la serenidad del trabajo y en el alma aquella flor de la honestidad que en la mujer sobrevive á la primera caída. Había una de las cuatro á la que llamaban la joven, porque era la menor; y otra á la que llamaban la vieja; la vieja tenía veinte y tres años. Para no ocultar nada, diremos que las tres primeras eran más experimentadas, más indiferentes y más acostumbradas á volar entre el torbellino de la vida, que Fantina, la Rubia, que vagaba todavía entre su primera ilusión.
Dalia, Zefina, y sobre todo Favorita, no hubieran podido asegurar otro tanto. Había ya más de un episodio que consignar en la leyenda de su vida apenas comenzada, y el amante llamado Adolfo en el primer capítulo, resultaba ser Alfonso en el segundo y Gustavo en el tercero. Pobreza y coquetería son dos consejeras fatales; la una regaña, la otra lisonjea; y las hermosas jóvenes del pueblo las llevan siempre en su compañía, hablándoles al oído por lo bajo, una á cada lado. Son almas mal guardadas. De ahí las caídas que dan, y las piedras que se les arrojan. Se las agobia con el explendor de cuanto existe inmaculado é inaccesible. ¡Ay si la joven aristocrática tuviese hambre!
Favorita; habiendo estado en Inglaterra, tenía por admiradoras á Zefina y Dalia. Había tenido oportunamente su buena casa. Su padre, antiguo profesor de matemáticas, brutal y fanfarrón; solterón y vividor ambulante á pesar de su edad. Este profesor, siendo aún joven, vió en cierta época el vestido de una doncella de servicio cogido de la rejilla de una chimenea; y por este accidente se enamoró. De ello resultó Favorita. Ella encontraba de cuando en cuando á su padre que la saludaba. Cierta mañana una mujer, ya entrada en años, de apariencia mística, entró en su casa y le dijo:
--¿No me conocéis, verdad, señorita?
--No.
--Pues soy tu madre.
Luego abrió la vieja la alacena, comió lo que le pareció bien, hizo que le trajeran un colchón que tenía y se quedó instalada en la casa. Aquella madre gruñona y devota jamás le decía una palabra á Favorita, se pasaba las horas sin hablar; almorzaba, comía y cenaba por cuatro, descendiendo luego á la tertulia de la portería, hablando de continuo mal de su hija.
Lo que había atraído á Dalia hacia Listolier, ó hacia otros tal vez, y hacia la ociosidad, fué el tener demasiado bonitas y rosadas las uñas. ¿Cómo había de hacer trabajar aquellas uñas? La que quiera ser virtuosa no puede tenerles piedad á sus manos. En cuanto á Zefina, había conquistado á Fameuil por su graciosa manera viva y cariñosa de decir: «sí, señor».
Los jóvenes eran camaradas, las jóvenes fueron amigas. Semejantes amores van siempre acompañados de tales amistades.
Sabio y filósofo son dos cosas distintas, y la prueba está en que, salvando todas las pequeñeces de detalle, Favorita, Zefina y Dalia, eran unas muchachas filósofas y Fantina una muchacha sabia.
¡Sabia! se dirá, ¿y Tholomyés? Salomón contestaría que el amor forma parte de la sabiduría. Nosotros nos concretamos á decir que el amor de Fantina era un primer amor, un amor único, un amor fiel.
Ella era la única de las cuatro á quien no tuteaba más que un hombre.
Fantina era uno de esos seres que había brotado, por así decirlo, del fondo del pueblo. Salida de las insondables espesuras de la sombra social, llevaba en su frente el sello del anónimo y lo desconocido. Había nacido en M*** sobre M*** ¿de qué padre? ¿Quién sabe? Nadie le conoció jamás padre ni madre. Se llamaba Fantina. ¿Por qué se llamaba así? Nadie le conocía por otro nombre. En la época de su nacimiento existía aún el Directorio. Nada de apellido de familia, como no la tenía; nada de nombre de pila, puesto que no estaba allí la Iglesia. Se llamaba, pues como le plugo al primer transeunte que se la encontró de pequeñita andando descalza por la calle. Recibió aquel nombre, como recibía el agua de las nubes sobre su frente cuando llovía. Llamábanla la pequeña Fantina. Nadie sabía más. Aquella criatura humana había entrado así en la vida. Á los diez años dejó Fantina la ciudad y se puso á servir en las casas de campo de las cercanías. Á los quince se fué á París á «probar fortuna». Fantina era hermosa, y fué pura todo el mayor tiempo que pudo. Era una hermosa rubia de bellísimos dientes. Traía, pues, el oro y las perlas en dote; pero su oro estaba en su cabeza y en su boca las perlas.
Trabajaba para vivir; después, siempre para vivir, porque tiene también el corazón su hambre, amó.
Amó á Tholomyés.
Amorío para él, pasión para ella. Las calles del barrio latino, llenas por el continuado hormigueo de estudiantes y grisetas, vieron los principios de aquel delirio. Fantina, en los dédalos de la colina del Panteón, donde tantas aventuras se enlazan y se rompen, había huido mucho tiempo de Tholomyés, pero encontrándole cada día de nuevo. Existe una manera de huir que se parece mucho al buscar. Pronto se realizó la égloga.
Blachevelle, Listolier y Fameuil, formaban un grupo del que era Tholomyés la cabeza. Él era, pues, el alma.
Tholomyés era el antiguo, el verdadero estudiante; era rico; tenía cuatro mil francos de renta; cuatro mil francos de renta, explendidez escandalosa en la montaña de Santa Genoveva. Tholomyés era un vividor de treinta años, mal conservado, arrugado y mellado; empezaba á tener calvicie, con motivo de lo cual decía de sí mismo alegremente: _coronilla á los treinta, rodilla á los cuarenta_. Digería ya bastante mal, y le lacrimeaba un ojo. Pero á medida que su juventud se extinguía, iba en aumento su alegría; suplía sus dientes por gestos, sus cabellos con chistes, su salud con ironías, y el ojo llorón con risa continuada. Era un montón de ruinas del que brotaban flores por todas partes. Su juventud, liando el petate antes de tiempo, batíase en retirada, pero en buen orden, reventando de risa y llena de fuego. Le habían rechazado una pieza en el Vaudeville. Á cada paso y á cualquier objeto escribía versos. Por otra parte, dudaba de todo á cierta altura, lo que da mucha fuerza á los ojos de los débiles. Siendo irónico y calvo, era el jefe. _Iron_ es una palabra inglesa que quiere decir hierro. ¿Será de ella que procederá la palabra ironía?
Cierto día Tholomyés llamó á sí á los otros tres, y haciéndose el oráculo, les dijo:
--Hace cerca de un año que Fantina, Dalia, Zefina y Favorita nos están pidiendo que les demos una sorpresa. Se la tenemos prometida solemnemente. Siempre nos están hablando de ello, á mí sobre todo. Así como en Nápoles piden las viejas á san Enero _Faccia gialluta, fa o miracolo_, «¡cara amarillenta, haz el milagro!» nuestras queridas me dicen sin cesar: «Tholomyés, ¿cuándo _darás á luz_ tu sorpresa?». Al mismo tiempo nos escriben nuestras familias. Acosados por todas partes. Creo que ha llegado el momento. Hablemos.
Al decir esto, bajó Tholomyés la voz, articuló alguna frase tan chocante que se manifestó el efecto entusiasta que había producido en los cuatro, con una carcajada común, al mismo tiempo que exclamaba Blachevelle: ¡Vaya una idea!
Hallándose junto á un café lleno de humo, entraron en él, perdiéndose entre aquella neblina el resto de la conferencia.
El resultado de aquellas tinieblas fué una brillante partida de campo que tuvo lugar el domingo siguiente, á la cual los cuatro estudiantes invitaron á las muchachas.
III =Cuatro y cuatro=
Lo que era una partida de campo entre estudiantes y grisetas hace cuarenta años, es muy difícil figurárselo hoy. París no tiene los mismos alrededores; el aspecto de lo que podría llamarse vida circumparisien, ha cambiado por completo después de medio siglo; en lugar del coche está el vagón, y en el de los lanchones el buque de vapor; decíase entonces Saint Cloud como se dice hoy Fécamp. El París de 1862 es una ciudad que tiene la Francia entera por alrededores.
Las cuatro parejas realizaron cumplidamente todas las locuras campestres posibles en aquellos tiempos. Era al comenzar las vacaciones, en un caluroso y despejado día de verano. Á la víspera, Favorita, la única que sabía escribir, había escrito lo siguiente á Tholomyés, en nombre de las cuatro: «El salir temprano augura un buen día». Sería por ello que se levantaron á las cinco de la mañana. Fueron en coche á Saint-Cloud; contemplaron la gran cascada en seco y exclamaron: ¡Esto ha de ser una gran cosa cuando salta el agua! Almorzaron en la _Tête Noire_, donde Castaing no había pasado todavía; jugaron una partida á la sortija en las arboledas del grande estanque; subieron á la linterna de Diógenes, jugaron barquillos en la ruleta del puente de Sévres, hicieron ramos con flores cogidas en Puteaux, compraron silbatos en Neuilly; comieron en todas partes pastelillos de manzana, en fin, fueron dichosos por completo.
Las chicas corrían, y chillaban como cotorras escapadas, que era un delirio. Á cada paso repartían cariñosos pescozones á los muchachos con regodeo verdaderamente infantil. ¡Oh matinal embriaguez de la vida! ¡Dichosa edad en la que se agita temblorosa y alegre el ala de las ilusiones!
¡Oh! quien quiera que seáis, ¿no es verdad que recordáis perfectamente haber ido alguna vez triscando en la espesura, separando las ramas, á fin de que pudiese pasar libremente una linda cabeza que sobre un cuerpo gallardo y airoso os venía siguiendo? Os habréis deslizado riendo alegremente por alguna cuestecilla recién mojada por la lluvia, en compañía de una mujer amada, que asiéndose á vuestra mano, os detiene á lo mejor para exclamar: ¡Ay! ¡mis botitas nuevas, cómo se han puesto!
Digamos desde luego; que la alegre contrariedad de un chaparrón no se presentó á completar la alegría de aquella cuadrilla de buen humor, por más que Favorita hubiese dicho al salir con acento maternal y sentencioso: _Las babosas andan por los suelos. Lluvia segura, hijos míos._
Las cuatro estaban locamente hermosas. Un buen anciano, poeta clásico, en boga á la sazón, un buen hombre que tenía su correspondiente Leonor, el caballero de Labouïsse, paseante aquel día de los castañares de Saint-Cloud, les vió pasar á eso de las diez de la mañana y exclamó: _Hay una demás_, pensando en las (tres) Gracias. Favorita, la amiga de Blachevelle, aquélla de los veinte y tres años, la vieja, corría ante todos bajo las grandes ramas verdes, saltando barrancos, traspasando valerosamente los matorrales, presidiendo la alegría general con el entusiasmo de una fauna; Zefina y Dalia, á las cuales la casualidad las había hecho bellas, de modo que aumentaba su hermosura estando juntas, acercábanse una á otra para contemplarse, sin separarse un punto, más que por amistad por instinto de coquetería y apoyándose mutuamente una á otra, tomaban actitudes de gusto inglés. Los primeros _keepsakes_ acababan de aparecer á la sazón, la melancolía empezaba por las mujeres, siendo lo que más tarde, el byromismo de los hombres, así es que los cabellos del sexo débil comenzaban á destrenzarse. Zefina y Dalia peinaban tirabuzones. Listolier y Femeuil, enredados en una discusión acerca de sus profesores, querían hacer entender á Fantina la diferencia que mediaba entre el señor Delvincourt y el señor Blondeau.
Blachevelle parecía haber sido criado á propósito para llevar del brazo los domingos, el chal de colores claros é indefinibles de Favorita.
Venía Tholomyés dominando el grupo. Estaba alegrísimo, pero dejaba entrever su instinto de mando; encerraba cierto espíritu de dictadura en su jovialidad; era la prenda principal de su traje un ancho pantalón de color mahón con travillas de tejido metálico; llevaba en la mano un magnífico roten de doscientos francos, y, como se lo permitía todo, una cosa rara llamada cigarro, en la boca. Y como no había para él nada sagrado fundaba al mismo tiempo.
--Este Tholomyés es admirable,--decían los otros con cierta veneración.--¡Qué pantalones!, y ¡qué energía!
En cuanto á Fantina, era ella la alegría misma. Su espléndida dentadura había evidentemente recibido de Dios una obligación, la de reir.
Llevaba en su mano mejor que en la cabeza, su sombrerillo de paja cosida, con largas cintas blancas; su poblada cabellera rubia, acostumbrada á flotar y destrenzarse fácilmente, obligándola continuamente á recogérsela; parecía hecha de intento para representar la fuga de Galata entre los sauces. Sus labios de rosa charlaban de un modo encantador; los extremos de su boca, voluptuosamente levantados como los de los antiguos mascarones de Erígone, parecían animar á los audaces, pero sus largas pestañas sombreaban discretamente este atractivo de la parte inferior de su rostro como diciendo, ¡cuidado! Todo su tocado tenía un no sé qué de encantador y vaporoso. Llevaba un vestido de bares color de malva, zapatitos acoturnados color de castaña, sujetados con cintas que subían formando X sobre su blanquísima y calada media; y aquella especie de pañoleta de muselina, invención marsellesa, cuyo nombre, canesú, corrupción de la frase _quinze août_ (quince agosto) pronunciada en la Cannebière, significa buen tiempo, color y medio día. Las otras tres, menos escrupulosas, como hemos dicho, iban completamente descotadas, lo cual en verano, bajo sombreros adornados de flores, resulta siempre gracioso y atractivo; pero al lado de ese vestir provocativo, el canesú de la rubia Fantina, con sus transparencias, sus ligeras indiscreciones y sus reticencias, velando y enseñando á la vez, parecía un hallazgo incitativo de la decencia, y en el famoso certamen del amor, presidido por la vizcondesa de Cette, con sus ojos verde-mar, hubiera tal vez concedido el premio de la coquetería á aquel canesú compitiendo en nombre de la castidad. Lo más sencillo resulta muchas veces lo mejor. Es lo lógico.
Deslumbradora presencia, delicado perfil, ojos de azul perfecto, grandes párpados, pies elásticos y diminutos, las muñecas y tobillos admirablemente torneados, la piel blanquísima, dejando ver aquí y allá las ramificaciones azules de las venas, las mejillas aniñadas y frescas, el cuello robusto de las Junos eginéticas, la nuca fuerte y suave, los hombros como modelados por Coustou, teniendo en su centro un voluptuoso hoyuelo, visible al través de la muselina; un goce velado por el delirio; belleza, escultural; tal era Fantina; adivinándose fácilmente bajo aquellos pliegues de muselina y aquellas cintas, una estatua, y en la estatua un alma.
Fantina era bella, sin saberlo apenas. Los raros soñadores, sacerdotes misteriosos de lo bello, que buscan cuidadosamente la perfección en todo, hubieran encontrado tal vez en aquella joven obrera, al través de la gracia y transparencia parisién, la antigua, eufonía sagrada. Aquella hija de las sombras tenía su raza. Era bella bajo ambos aspectos; el estilo y el ritmo. El estilo es la forma de lo ideal; el ritmo es el movimiento.
Hemos dicho que Fantina era la alegría; Fantina era igualmente el pudor.
Para el observador que la hubiese estudiado detenidamente, lo que de ella se desprendía al través de toda la embriaguez propia de la edad, de la estación y de los amoríos, era una invencible expresión de modesto recato. Siempre estaba como asombrada. Aquél su casto asombro era la nube que separa á Psiquis de Venus. Fantina tenía los dedos largos, blancos y finos de la vestal que remueve las cenizas del fuego sagrado con un alfiler de oro. Por más que no hubiese ella rehusado nada, como veremos luego, á Tholomyés, su aspecto, en el reposo, aparecía soberanamente virginal; una especie de dignidad seria, tal vez austera, la embargaba súbitamente en ciertos momentos, y nada tan singular y vago, como ver que la alegría y la ternura se sucedían rápidamente en ella, pasando sin transición aparente, del recogimiento á la expansión. Aquella gravedad súbita, acentuada severamente á veces, tenía mucho del desdén de una diosa. Su frente, su nariz y su barba presentaban un equilibrio de líneas, muy distante del equilibrio de la proporción, del cual resulta la armonía del rostro; en el característico espacio que separa la base de la nariz del labio superior, tenía aquel pliegue imperceptible y gracioso, signo misterioso de la castidad, que rindió amoroso á Barbarroja á los pies de una Diana encontrada en las excavaciones de Iconia.
Si es falta el amor, era Fantina la inocencia sobrenadando en la falta misma.
IV =Tholomyés está tan alegre, que canta una canción española=
Aquel día fué desde el principio al fin una aurora continuada. Toda la naturaleza parecía saludar y reir. Los parterres de Saint-Cloud embalsamaban el ambiente, el airecillo del Sena movía vagamente el follaje; las ramas gesticulando en el viento, las abejas entregadas al saqueo de los jazmines; toda una _bohemia_ de mariposas se precipitaban sobre los trebolados y las avenas; habiendo, en el augusto parque del rey de Francia, una multitud de vagamundos, los pájaros.
Las cuatro alegres parejas, mezcladas ante el sol, en el campo, entre las flores y los árboles, resplandecían.
Y en aquella comunidad de paraíso, hablando, cantando, corriendo, bailando, cazando mariposas, cogiendo campanillas, mojándose los bajos con el rocío matinal de las yerbas crecidas, frescas y locas ellas, recibían sin la menor malicia, donde quiera que fuése, los besos de ellos, excepción hecha de Fantina, encerrada en la vaga resistencia meditabunda y esquiva que le era propia.
--Tú,--le decía Favorita,--tú tienes siempre algo.
Esto son los placeres. El paso de aquellas alegres parejas era un llamamiento profundo á la vida y á la naturaleza, haciendo surgir por do quiera el amor y la luz. Existió en otros tiempos una hada, que hizo expresamente praderas y árboles para los enamorados. De ahí esa eterna costumbre de hacer novillos amorosos, que renace incesantemente, y que durará tanto cuanto existan praderas y estudiantes. De ahí la popularidad de la primavera entre los pensadores. El patricio y el ganapán, el duque y el par y el botarate, la gente de la corte como el populacho, según se decía en otros tiempos, todos están subordinados á esa hada.
Se ríe, se busca; ¡existe en el aire una luz de apoteosis, una transfiguración de amor! Los pasantes de escribano son allí dioses. Y los chillidos, y las cogidas al vuelo, aquellas ocurrencias que parecen melodías, aquellas adoraciones que estallan en la manera de soltar un vocablo, aquellas cerezas arrancadas por una á otra boca, todo irradia y pasa entre celestiales alegrías. Las muchachas hacen un grato despilfarro de sí mismas. Se imaginan que aquello no ha de tener fin. Los filósofos, los poetas, los pintores admiran aquellos éxtasis sin saber qué hacer, tanto se deslumbran. ¡El rapto de Citerea! exclama Watteau; Lancret, el pintor de la plebe, contempla sus artesanos envueltos en lo azul; Diderot tiende los brazos á todos sus amoríos, y de Urfé los mezcla con los druidas.
Después de almorzar, las cuatro parejas fueron á ver, allí donde se conocía á la sazón por Jardín del rey, una planta recién venida de la India, cuyo nombre no recordamos en este instante, y que en aquella época atraía á todo París á Saint-Cloud; un caprichoso y bello arbolito de un tallo, cuyas innumerables ramas, finas como hilos, enmarañadas y sin hojas, aparecían cubiertas por millares de rositas blancas; lo cual hacía que el arbolito se pareciese á una cabellera sembrada de flores. Siempre estaba cercado de admiradores.
Visto el arbusto, exclamó Tholomyés,--¿demos una carrera en burros?--y ajustado precio con un burrero, regresaron por Vanvres é Issy. En Issy tuvieron un incidente. El parque, perteneciente á bienes nacionales, posesión entonces del asentista Bourguin, estaba por casualidad abierto de par en par. Atravesaron la verja, visitaron al maniquí anacoreta en su gruta, gozáronse en los misteriosos efectos del famoso gabinete de los espejos, lasciva trampa digna de un sátiro hecho millonario, ó de Turcaret metamorfoseado en Priapo. Sacudieron fuertemente el gran columpio de mallas sujeto á los dos castaños celebrados por el abate de Bernis. Al par que columpiaba á las lindas muchachas una tras otra, lo que hacía, en medio de la risa general, volar los pliegues de las faldas, en lo cual Greuze hubiera deseado extasiarse, el tolosano Tholomyés, algo español, puesto que Toulouse es prima-hermana de Tolosa, cantó en melancólico acento una antigua canción _gallega_, inspirada probablemente por alguna linda muchacha lanzada á todo vuelo sobre una cuerda entre dos árboles:
Soy de Badajoz. Amor me llama. Toda mi alma, Es en mis ojos, Porque enseñas Á tuas piernas.
Fantina solamente, se negó á ser columpiada.
--No gusto de semejante género,--murmuró agriamente Favorita.
Al dejar los burros, dieron con una nueva diversión; embarcándose, siguieron por el Sena hasta Passy, desde cuyo punto fueron á pie hasta la barrera de la Estrella. Estaban levantados, según ya sabemos, desde las cinco de la mañana; pero ¡ay! _¿existe por ventura, quien se canse en domingo_, decía Favorita; _el trabajo del domingo no fatiga._ Á eso de las tres, las cuatro parejas, azoradas de dicha, precipitábanse por las montañas rusas, construcción singular que ocupaban entonces las alturas de Beaujon, cuya línea tortuosa se veía serpentear por cima de los árboles de los Campos Elíseos.
De cuando en cuando, Favorita exclamaba:
--¿Y la sorpresa? Espero la sorpresa.
--Paciencia,--respondió Tholomyés.
V =En casa de Bombarda=
Cansados ya de montañas rusas, pensaron en comer, y la radiante octava, á paso no muy ligero, caminó hasta chocar con el bodegón Bombarda, sucursal que había establecido en los Campos Elíseos el famoso fondista Bombarda, cuya muestra brillaba á la sazón en la calle de Rivolí junto al pasaje Delorme.
Una pieza grande pero desmantelada, con alcoba y cama al fondo (á causa de la gran concurrencia dominguera en el figón, les fué preciso contentarse con semejante albergue); dos ventanas desde las cuales se podía contemplar, al través de los olmos, el muelle y la corriente; un magnífico rayo del sol de agosto penetraba por ambas ventanas; dos mesas, hízose sobre una de ellas una montaña de ramilletes y sombreros de hombre y de mujer, y en la otra las cuatro parejas sentadas al rededor de un montón de platos, de bandejas, de vasos y botellas; jarros de cerveza mezcladas con botellas de vino; poco orden sobre la mesa, y no escaso desorden debajo:
Bajo la mesa había Un barullo de pies que estremecía.
dijo Molière.
He aquí el estado, á eso de las cuatro y media de la tarde, de aquella gira empezada á las cinco de la mañana. El sol declinaba y el apetito se extinguía.
Los Campos Elíseos, llenos de sol y de gentío, no eran otra cosa que luz y polvo, los dos componentes de la gloria. Los caballos de Marly, aquellos mármoles relinchadores, caracoleaban entre una nube de oro. Los carruajes iban y venían. Un escuadrón de vistosos guardias de corps, con su clarín al frente, descendía por la avenida de Neuilly; la bandera blanca, vagamente coloreada por el sol poniente, flotaba sobre la cúpula de las Tullerías. La plaza de la Concordia, llamada nuevamente, á la sazón, plaza de Luis XV, rebosaba de alegres paseantes. Llevaban muchos la flor de lis, de plata, pendiente de una cinta blanca moaré que, en 1817, no había todavía desaparecido siquiera de los ojales. Aquí y allí, entre los paseantes formando corro y recogiendo aplausos, veíanse grupos de muchachas, dando á los vientos una canción borbónica, célebre entonces, escrita para atacar los Cien Días, la cual tenía el siguiente estribillo:
Devolvednos nuestro padre de Gante; Devolvednos nuestro padre.
Muchos habitantes de los arrabales vestidos de fiesta, algunos igualmente flordelisados como los vecinos del centro, esparcidos entre el gran cuadro, así como también por el de Marigny, jugaban sortijas y daban vueltas en los caballos de madera; otros bebían; no faltaban tampoco algunos aprendices de imprenta, con sus gorras de papel; oíanse mil carcajadas. Todo aparecía radiante. Era aquél un tiempo de paz innegable y de profunda seguridad realista; era época en la cual en una memoria especial é íntima del prefecto de policía Anglés, dirigida al rey acerca de los arrabales de París, venían escritas al final estas palabras:
«Considerándolo todo bien, señor, no hay nada que temer de tales gentes. Son apáticos é indolentes como gatos. La plebe de provincias es turbulenta, la de París no. Estos son todos hombrecillos. Señor, se necesitarían dos de éstos, uno sobre otro, para hacer uno de vuestros granaderos. No hay, por lo tanto, que temer nada del populacho de la capital. Es muy de notar lo que la talla ha decrecido en esta población en los últimos cincuenta años; el pueblo de los arrabales de París es más desmedrado que antes de la Revolución. No es, pues temible. En suma, es una canalla bastante buena».
Que pudiese un gato convertirse en león, es lo que no creían posible los prefectos de policía; y sin embargo lo es, y es éste el milagro del pueblo de París. Por otra parte, el gato, tan menospreciado por el conde de Anglés, era muy estimado de las antiguas repúblicas; encarnaba á sus ojos la libertad, y como para hacer juego con la Minerva áptera del Pireo, había en medio de la plaza pública de Corinto, el coloso de bronce de un gato. La inocente policía de la restauración juzgaba demasiado «bueno» al pueblo de París. Éste no es, tanto como se creía, «buena canalla». El parisién es al francés, lo que el ateniense al griego; no hay quien duerma mejor que él; no hay quien sea más francamente frívolo y perezoso que él; no hay quien aparente saber mejor que él, olvidar; no obstante, no hay que fiar en ello; es muy propenso á toda clase de negligencia; pero, cuando al fin distingue la gloria, es verdaderamente admirable en su furia. Dadle una pica, y realizará el 10 de agosto; dadle un fusil, y os dará un Austerlitz. Es el punto de apoyo de Napoleón y el recurso de Dantón. ¿Se trata de la patria? se alista; ¿se trata de la libertad? desempiedra. ¡Cuidado! sus cabellos llenos de cólera son épicos; su blusa se despliega en clámide. ¡Mucho cuidado! De la primera calle Grenetant que encuentre, hará horcas caudinas. Si la hora suena, ese hombre de los arrabales se crecerá, ese hombrecillo se elevará; su mirada será terrible, y de su soplo surgirá la tempestad, y de sus pobres y débiles pechos, saldrá bastante aire para trastornar las sinuosidades de los Alpes. Gracias á estos hombrecillos de los arrabales de París, que la revolución mezcló en sus ejércitos, conquistó la Europa. Canta, ésta es su alegría. Adaptad la canción á su naturaleza, y ya veréis. Mientras su canto no tiene más estribillo que la _Carmañola_, no hace sino derribar á Luis XVI; pero hacedle cantar _la Marsellesa_, y libertará el mundo.
Escrita esta observación al margen de la memoria de Anglés, volvamos á nuestras cuatro parejas. La comida, como hemos ya dicho, terminaba.
VI =Capítulo de amor=
Proyectos de sobremesa y proyectos de amor; desvanécense unos y otros con la misma facilidad; los proyectos de amor son nubes, los proyectos de sobremesa humo.
Fameuil y Dalia tarareaban; Tholomyés bebía; Zefina reía, y sonreía Fantina. Listolier soplaba en una trompetilla de madera que había comprado en Saint-Cloud. Favorita contemplaba tiernamente á Blachevelle, y le decía:
--Blachevelle, te adoro.
Lo cual dió por resultado la siguiente pregunta de Blachevelle:
--¿Qué es lo que harías, Favorita, si yo dejara de amarte?
--¡Yo!--exclamó Favorita.--¡Ah! no digas tal cosa, ni aun en broma. Si dejaras de amarme, te me echaría encima, te agarraría, te arañaría, te remojaría y te haría prender...
Blachevelle sonrió con la voluptuosa fatuidad de un hombre halagado en su amor propio. Favorita repuso:
--Sí, chillaría, llamaría á la guardia.
--¡Ah! ¿Creías que iba á acobardarme? ¡Bribón!
Blachevelle, extasiado, se revolvió en su silla, y cerró orgullosamente sus ojos.
Dalia, sin dejar de comer, díjole por lo bajo á Favorita entre el murmullo:
--Es decir, ¿que tú idolatras de verdad á tu Blachevelle?
--¿Yo? le detesto,--respondió Favorita en el mismo tono, cogiendo nuevamente su tenedor.--Es avaro. Á quien yo amo, es al pequeñín que vive enfrente de mi casa. Es muy guapo aquel chico; ¿tú le conoces? Se ve desde luego que tiene trazas de actor. Me agradan mucho los actores. Siempre, cuando entra en su casa, le dice su madre:--¡Ah, Dios mío! ya se acabó la tranquilidad. ¡Ay, ay! que va á cantar. Pero, hijo mío, ¿no ves que me estás partiendo la cabeza?--Porque, eso sí, en cuanto llega á casa, en el desván, en la guardilla, donde quiera que pueda encaramarse, cuanto más alto mejor. Allí canta, declama, y qué sé yo, pero tan fuerte, que se le oye desde abajo perfectamente. Se gana ya veinte sueldos diarios en casa de un abogado copiando enredos. Es hijo de un antiguo chantre de Saint-Jacques-du-Haut-Pas. ¡Oh! ¡magnífico! Me quiere tanto, que un día que me vió haciendo masa para un frito, me dijo: _Señorita, si hacéis buñuelos con vuestros guantes, me los como_. No hay como los artistas para tener salidas de este jaez. ¡Magnífico! ¿verdad? Temo que voy á volverme loca por este pequeñín. No obstante, yo digo á Blachevelle que le adoro. ¡Cómo miento! ¿eh? ¡cómo miento!
Favorita se paró un momento, y prosiguió:
--Dalia, ¿qué quieres? estoy triste. No ha hecho este verano más que llover, el viento me excita, el viento no desencoleriza nunca; Blachevelles no tiene pies ni cabeza; ni siquiera sabe si hay guisantes en el mercado, así es que una no sabe qué comer; tengo _spleen_, como dicen los ingleses; ¡la manteca está cara! y luego, ya ves, ¡es horroroso! estamos comiendo en un lugar donde hay una cama: esto me hace aborrecer la vida.
VII =Sabiduría de Tholomyés=
Mientras cantaban algunos, hablaban los otros tumultuosamente, todos al mismo tiempo; lo cual no era en conjunto más que ruido. Tholomyés intervino.
--No hablemos todos sin ton ni son, ni demasiado aprisa,--exclamaba.--Meditemos antes si queremos deslumbrar. Basta de improvisaciones, que debilitan brutalmente el espíritu. Cerveza que se derrama, nada solidifica. Señores, no hay que precipitarse. Mezclemos la seriedad á la broma; comamos comedidamente, banqueteemos poquito á poco. Nada de prisas. Ved la primavera; cuando se adelanta está perdida, es decir, helada. El exceso de celo pierde los melocotones y los albaricoques. El exceso de celo, quita la alegría y la gracia de los festines. Nada de celo, señores. Grimod de la Reyniére es del parecer de Talleyrand.
Una sorda rebelión recorrió el grupo.
--¡Tholomyés, déjanos en paz,--dijo Blachevelle.
--¡Abajo el tirano!--exclamó Fameuil.
--¡Bombarda[3], Bombance y Baboche!--gritó Listolier.
--El domingo existe,--repuso Fameuil.
--Somos todos sobrios,--añadió Listolier.
--Tholomyés,--observó Blachevelle,--contempla mi calma _(mon calme)_.
--Eres el marqués de ella,--respondió Tholomyés.
Este vulgar juego de palabras, hizo el efecto de una piedra arrojada á un charco. El marqués de _Montcalm_ era un realista célebre á la sazón. Todas las ranas se quedaron mudas.
--¡Amigos!--exclamó Tholomyés, con el acento de quien recobra su imperio,--tranquilizaos. No era necesario tanto estupor para acoger este equívoco llovido del cielo. Todo lo que así brota de la casualidad no es necesariamente digno de entusiasmo ni respeto. El equívoco es el fiemo del ingenio que vuela. Lo lacio cae, no importa donde; pero el ingenio después de haber soltado una tontería, se eleva y pierde de vista en el espacio. Una mancha blancucha que se aplasta contra una roca, no le impide al cóndor cernerse en el espacio. ¡Lejos de mí insultar el equívoco! Le honro en relación á sus méritos; nada más. Cuanto ha existido de más augusto, más sublime ó más bello en la humanidad, y aún tal vez fuera de ella, ha producido sus juegos de palabras. Jesucristo hizo un equívoco, acerca de San Pedro, Moisés acerca de Isaac; Esquilo acerca de Polinice; Cleopatra acerca de Octavio. Y es de advertir, que el equívoco de Cleopatra precedió á la batalla de Accio y que sin él nadie recordaría la ciudad de Toryne, palabra griega que significa cucharón.
Concedido lo dicho, vuelvo á mi exhortación. Hermanos míos, os lo repito, nada de celo, nada de confusión, nada de excesos; así en agudezas como en bromas, libertades y juegos de palabras. Atended, yo reúno á la prudencia de Anfiarao la calvicie de César. Es indispensable un límite en todo hasta en lo jeroglífico. _Est modus in rebus._ Siempre es indispensable el límite, aun en las comidas. Gustáis de los pasteles de manzanas, señoras, no abuséis de ellos. Aun tratándose de pasteles, es indispensable el arte y el buen sentido. La glotonería castiga al glotón. _Gula punit Gulam._ Las indigestiones tienen el encargo divino de moralizar los estómagos. Y tened esto bien presente; cada una de nuestras pasiones, incluso el amor, tiene su estómago que es preciso no rellenar. En todo lo mundanal es preciso escribir á tiempo la palabra _finis_; es preciso saber contenerse cuando aparece urgente, echar el cerrojo sobre el apetito, aprisionar la fantasía, y ser uno mismo quien la lleve á la cárcel. El sabio es aquél que sabe, en momento oportuno, contenerse á sí mismo. Tened alguna confianza en mí. Porque á menudo yo he estudiado algo el derecho, según rezan mis exámenes, por más que yo sepa la indiferencia que media entre la cuestión incoada y la cuestión pendiente, porque yo haya sostenido, en latín, una tesis sobre la manera con la cual se daba en Roma tormento, en los tiempos en que Munatius Demens fué cuestor de parricidio, porque yo voy á ser doctor, según parece, no se sigue de todo ello la indispensable consecuencia de que sea yo un imbécil. Os recomiendo la moderación en vuestros deseos. Tan cierto como me llamo yo Félix Tholomyés, que estoy en lo justo. ¡Dichosos aquéllos que al sonar la hora de la oportunidad saben tomar el partido heroico de abdicar como Sila ú Orígenes.
Favorita escuchaba con profunda atención.
--¡Félix!--exclamó ella,--¡bonito nombre! Me gusta. Es latino. Quiere decir Próspero.
Tholomyés prosiguió:
--_¡Quirites, gentlemen, mes amis, caballeros!_ ¿Queréis no sentir ningún aguijón, y prescindir del lecho nupcial riéndoos del amor? Nada más sencillo. He aquí la receta: limonadas, mucho ejercicio, trabajar á la fuerza, derrengarse, trajinar piedra, no dormir, velar: tragar en gran cantidad bebidas nitradas, y tisanas nínfeas: saboread emulsiones de adormideras y de agnus castus, sazonad todo esto de una dieta rígida; reventad de hambre: añadid además baños fríos, cinturones de yerbas, la aplicación de una plancha de plomo, las lociones con licor de saturno y reparaos con oxicrato.
--Prefiero una hembra á todo ello,--dijo Listolier.
--¡Las hembras!--repuso Tholomyés,--no son de fiar. ¡Desgraciado del que se entrega al mudable corazón de la hembra! La hembra es pérfida y torcedora. Detesta á la serpiente por celos de su industria. La serpiente es para ella el tendero de enfrente.
--Tholomyés,--gritó Blachevelle,--¡tú estás bebido!
--¡Cáspita!--dijo Tholomyés.
--Entonces, alégrate,--repuso Blachevelle.
--¡Consiento!--respondió Tholomyés.
Y levantóse llenando nuevamente su vaso.
--¡Gloria al vino! _¡Nunc te, Bacche, canam!_ Con permiso, damiselas, esto es español. Y la prueba, _señoras_, vedla ahí: Tal pueblo tal tonel. La arroba de Castilla tiene diez y seis litros, el cántaro de Alicante doce, el almud de Canarias veinticinco, el cuartal de las Baleares veintiséis, la bota del zar Pedro, treinta. ¡Viva aquel gran zar; y viva su bota, que era aún más grande! Señoras, un consejo de amigo: equivocad la pareja, si os parece, la esencia de los amores está en el error. El amorcillo no se ha hecho para acurrucarse y embrutecerse como las criadas inglesas que llegan á encallecerse de las rodillas. El amorcillo, repito, no se ha hecho para eso, sino para errar vagamente, entre dulces y ligeros amoríos. Alguien ha dicho: el error es humano, y yo digo: el error es enamorado. Señoras, á todas os adoro. ¡Oh Zefina! ¡oh Josefina cara más que achatada; seríais encantadora á no estar de perfil. Tenéis las trazas de una hermosa fisonomía, sobre la cual, por equivocación, se hubiese sentado alguien. En cuanto á Favorita, ¡oh ninfas y musas! un día Blachevelle, por el arroyo de la calle Guérin-Boiseau, vió una linda muchacha de medias blancas y ajustadas, que dejaba entrever muy buenas piernas. Semejante prólogo le agradó, y Blachevelle amó. Aquélla á quien amó, fué Favorita. ¡Oh, Favorita, la de los labios jónicos! Hubo un pintor griego llamado Euforión, á quien se daba el nombre de pintor de los labios. Solamente aquel griego hubiera sido digno de pintar tu boca. Óyeme: antes que tú, no hubo jamás criatura digna de tal nombre. Tú has sido hecha para recibir, como Venus, la manzana, ó para comértela como Eva. La belleza comienza en ti. He hablado de Eva, pero eres tú quien la creó. Tú mereces el privilegio de invención de la mujer hermosa. ¡Oh! Favorita, dejo de tutearos porque voy á pasar de la poesía á la prosa. Hace poco teníais en vuestra linda boca mi nombre. Esto me ha enternecido; pero sea quien fuere, nadie debe fiarse de su nombre. Puede uno equivocarse. Yo me llamo Félix, y sin embargo soy un infeliz. Las palabras son de los mentirosos. No debemos aceptar jamás sus indicaciones ciegamente. Sería un disparate escribir á Lieja pidiendo tapones, y á Pau pidiendo guantes. Miss Dalia, yo, á ser de vos, me llamaría Rosa. Es preciso que la flor huela bien; y que la mujer sea ingeniosa. De Fantina, nada debo decir; es una soñadora, una visionaria, una delirante, una sensitiva: es un fantasma, en forma de ninfa y con el pudor de beata, extraviada en la senda de las grisetas, pero refugiándose en sus ilusiones; que canta, que reza, que contempla el cielo sin saber lo que mira ni lo que hace, y que con sus ojos fijos en el espacio, vaga errante por un jardín, en el cual cree haber más pájaros que no existen. ¡Oh! ¡Fantina! hazte cargo de lo que voy á decirte: yo, Tholomyés, soy una ilusión; pero ¡ay que la bellísima rubia, hija de las quimeras no me entiende! Por lo demás, todo es en ella frescura, suavidad, juventud, dulcísima luz de la mañana. ¡Oh Fantina! muchacha digna de llamarse Margarita ó Perla, sois una mujer del bellísimo Oriente. Señoras, otro consejo: no os caséis jamás; el casamiento es un injerto, que prende bien ó mal, huid el peligro: Pero ¡ay! ¿á quién se lo estoy contando? Esto son palabras perdidas. Las mujeres son todas incurables tratándose de matrimonio; y todo cuanto podamos decirles, nosotros los sabios, no ha de impedir que las chalequeras, y las pespunteadoras de borceguíes sueñen en maridos llenos de diamantes. En fin, sea; pero, hermosas, recordad bien esto: vosotras coméis demasiado azúcar. Vosotras, no tenéis más que una sola falta, ¡oh mujeres! la de estar siempre con el dulce en la boca. ¡Oh! sexo roedor, tus hermosos y diminutos dientes blancos, adoran el azúcar. Pero, atended: el azúcar es una sal. Toda sal es secante, y es el azúcar la más secante de todas las sales. Absorbe, al través de las venas, los líquidos de la sangre; de ahí la coagulación y luego la solidificación de la sangre; de ahí los tubérculos en el pulmón; de ahí la muerte. He aquí porque la diabetes linda con la tisis. ¡Por lo tanto, no comer mucho dulce, y á vivir! Ahora me dirijo á los hombres: señores, haced muchas conquistas. Robaos los unos á los otros, sin el menor remordimiento, vuestras queridas. Cazad, cruzad. En amor no hay amigos. Do quiera que exista una mujer hermosa están siempre rotas las hostilidades. ¡Nada de cuartel, guerra á todo trance! Toda hermosura femenil es un _casus belli_; toda mujer bella, un flagrante delito. Todas las invasiones históricas, están señaladas por las faldas. La mujer es el derecho del hombre. Rómulo se llevó las sabinas, Guillermo las sajonas, César las romanas. El hombre que no es amado, se cierne como un buitre sobre las amantes de los demás; y, por mi parte, á todas las infortunadas que andan en la viudez, lanzo la sublime proclama de Bonaparte al ejército de Italia: ¡Soldados, estáis faltos de todo. El enemigo lo tiene».
Tholomyés se paró un momento.
--Respira, Tholomyés,--dijo Blachevelle.
Y al mismo tiempo, Blachevelle, acompañado de Listolier y de Fameuil entonó sobre un aire lastimero, una de estas canciones de taller, compuesta con las primeras palabras que se ocurren, bien ó mal rimadas, vacías de sentido como el movimiento de los árboles y el ruido del viento, que nacen al calor de las pipas y se elevan y desvanecen como el calor mismo.
He aquí la canción con la cual el grupo replicó la arenga de Tholomyés:
Los pavos padres le dieron Dinero á un agente Para hacer, por San Juan, papa Á Clermont Tonerre. Pero Clermont no fué papa Porque no era clérigo; Y el agente regañando Devolvió el dinero.
No fué la canción á propósito para calmar á la improvisación de Tholomyés; apuró pues su vaso, y volviendo á llenarlo comenzó de nuevo:
--¡Abajo la sabiduría! olvidad cuanto os he dicho. No seamos ni poderosos, ni prudentes, ni hombres de pro. Dedico un brindis á la alegría. ¡Sed alegres! Completamos nuestro curso de derecho con la locura y el alimento. Indigestión y Digesto. ¡Que sea Justiniano el varón y Francachela la hembra! ¡Júbilo en los profundos! ¡Rueda creación! El mundo es un gran diamante. Soy feliz. Los pájaros son admirables. ¡Cuánta fiesta en todas partes! El ruiseñor es un Elleviou gratis. ¡Estío, yo te saludo! ¡Oh Luxemburgo! ¡Oh Geórgicas de la calle Madame y de la Alameda del Observatorio! ¡Oh pollos pensativos! ¡Oh todas aquellas lindas muchachas, que mientras cuidan de guardar los niños, se entretienen bosquejándolos! Las pampas de América me complacerían si careciésemos de los arcos del Odeón. Mi alma se eleva y se extasía en los bosques vírgenes, florestas y praderas. ¡Todo es bello! Las moscas zumbando entre los rayos del sol. El sol ha estornudado el colibrí. ¡Abrázame, Fantina!
Y equivocándose, abrazó á Favorita.
VIII =Muerte de un caballo=
--Se come mejor en casa Edón que en casa Bombarda,--dijo Zefina.
--Yo prefiero Bombarda á Edón,--contestó Blachevelle.--Hay más lujo. Es más asiático. Ved los comedores de abajo. Tienen espejos en las paredes.
--Prefiero tenerlos ante mis ojos,--añadió Favorita.
Blachevelle insistió:
--Ved los cuchillos: los mangos de los de casa Bombarda son de plata, y de hueso los de casa Edón. Y la plata es mucho más preciosa que el hueso.
--Si exceptuamos á los que tienen de plata la barba,--observó Tholomyés.
En este instante, tenía puesta la mirada en la cúpula de los inválidos, visible desde las ventanas de casa Bombarda.
Hubo una pausa.
--Tholomyés,--exclamó de repente Fameuil;--Listolier y yo estábamos discutiendo...
--Bueno es el discutir,--respondió Tholomyés, pero mejor es reñir.
--Disputábamos sobre filosofía.
--¿Y era?
--Sobre quién tú prefieres, ¿si á Descartes ó á Espinosa?
--Á Desaugiers,--dijo Tholomyés.
Dada esta sentencia, bebió y continuó.
--Yo consiento en vivir. No ha terminado todo aún en la tierra, puesto que todavía se puede disparatar. Doy pues gracias á los dioses inmortales. Se miente, pero se ríe. Se afirma, pero se duda. Lo inesperado surge del silogismo. Esto es magnífico. Existen todavía aquí abajo seres humanos que saben abrir y cerrar alegremente la caja de sorpresas de la paradoja. Esto, señoras mías, que estáis bebiendo con aire tan tranquilo, es vino de Madera; sabedlo, de la cosecha de Coural das Freiras, que está á trescientas diez y siete toesas sobre el nivel del mar. ¡Cuidado al beber! ¡trescientas diez y siete toesas! y el señor Bombarda, espléndido fondista, os da estas trescientas diez y siete toesas por cuatro francos y cincuenta sueldos.
Fameuil interrumpió nuevamente:
--Tholomyés, tus opiniones hacen ley. ¿Cuál es tu autor favorito?
--Ber...
--¿Quién?
--No, Choux.
Tholomyés prosiguió:
--¡Honor á Bombarda! él igualaría á Munofis de Elefanta si pudiera cogerme una almeja, y á Thygelion de Cheronée si pudiera traerme una hetaira! porque ¡oh señoras! hubo también Bombardas en Grecia y Egipto. Apuleyo es quien nos lo enseña. ¡Ay! siempre lo mismo, nada nuevo jamás. ¡Nada hay inédito del Creador, en la creación! _Nil sub sole novum_, dijo Salomón: _amor omnibus idem_, ha dicho Virgilio; y Carabine se embarca con Carabin en la barca de Saint-Cloud, como se embarcaba Aspasia con Pericles en la flota de Samos. La última palabra. ¿Sabéis lo que era Aspasia, señoras? Por más que viviera en tiempo en que las mujeres no tenían alma todavía, era un alma; un alma de tinte rosa y púrpura, más ardiente que el fuego, más fresca que la aurora. Aspasia era una criatura en la cual se encontraban los dos extremos de la mujer; era la prostituta diosa; Sócrates, más Manón Lescaut. Aspasia fué creada para el caso de que le hiciese falta una concubina á Prometeo.
Tholomyés, engolfado, difícilmente se hubiera parado, si un caballo no se hubiese caído en la calle en aquel momento. De un solo golpe, la carreta y el orador quedaron parados. Era una pobre yegua vieja y flaca, digna por más de un concepto del desolladero, que tiraba de una carreta harto pesada. Al llegar delante de la casa de Bombarda, el escuálido animal, extenuadas sus fuerzas, negóse á dar un paso más. El incidente había atraído multitud de curiosos. Apenas el carretero, jurando indignado, había tenido tiempo de pronunciar con la energía acostumbrada la sacramental palabra _¡arre!_ apoyada en un implacable latigazo, cuando dió la yegua con su cuerpo en el suelo, para no volverse á levantar. Al ruido de los transeuntes agrupados, el alegre auditorio de Tholomyés volvió la cabeza, y Tholomyés aprovechó, para terminar su alocución, la siguiente melancólica estrofa:
Pertenecía á un mundo que da, en coches y carros Destino semejante; Fué rocín, y ha vivido lo que todo caballo, El espacio de un: «arre».
--¡Pobre caballo!--suspiró Fantina.
Y Dalia exclamó:
--¡He aquí á Fantina compadeciéndose de los caballos! ¡Puede darse mayor tontería!
En el mismo instante, Favorita, cruzándose de brazos, echando la cabeza hacia atrás y dirigiendo una mirada resuelta á Tholomyés, exclamó:
--¡Bien! ¿Y la sorpresa?
--Precisamente ha llegado el instante,--respondió Tholomyés.--Señores, la hora de sorprender á estas señoras ha llegado. Señoras, esperaos un momento.
--Esto comienza por un beso,--dijo Blachevelle.
--En la frente,--añadió Tholomyés.
Cada uno depositó gravemente un beso en la frente de su querida; luego, alineados los cuatro y con un dedo en la boca, se dirigieron á la puerta.
Favorita palmoteó aplaudiendo aquella salida.
--Esto es ya divertido,--dijo.
--No tardéis mucho,--murmuró Fantina.--Quedamos esperando.
IX =Gracioso fin de la alegría=
Las muchachas, al quedarse solas, acopláronse dos á dos, y apoyándose en los antepechos de ambas ventanas, sacaban la cabeza y hablaban unas con otras.
Vieron salir á los cuatro jóvenes de casa de Bombarda dándose el brazo; volvieron ellos la cabeza haciendo algunas señas y riéndose, hasta que desaparecieron entre aquella polvorienta multitud dominguera que invade semanalmente los Campos Elíseos.
--¡No tardéis mucho!--gritó Fantina.
--¿Qué es lo que van á traernos?--dijo Zefina.
--Va á ser, de seguro, algo bonito,--dijo á su vez Dalia.
--Yo,--replicó Favorita,--quiero que sea de oro.
Pronto se distrajeron con el movimiento y barullo del gentío que circulaba junto al río y que distinguían por entre el follaje de los grandes árboles, lo cual no dejaba de ser para ellas muy divertido. Era aquella la hora de salida de correos y diligencias. Casi todas las mensajerías del Mediodía y del Oeste pasaban entonces por los Campos Elíseos. La mayor parte seguían por el muelle hasta salir por la barrera de Passi. Á cada instante, algún gran carruaje pintado de negro y amarillo, pesadamente cargado, ruidosamente arrastrado, deforme á fuerza de baúles, maletas, sacos y cajones, lleno de cabezas que desaparecen inmediatamente, tronchando el empedrado y convirtiendo en pedernales los adoquines, abríanse paso entre la multitud, en medio del chisporroteo de una fragua cuyo humo era el polvo y el aliento de una furia. Aquel estrépito parecía alegrar á las jóvenes, mientras Favorita exclamaba:
--¡Vaya un ruido! Cualquiera diría que son montañas de cadenas que el diablo las lleva.
Llegó un momento en que uno de aquellos carruajes, que se distinguía fácilmente por entre la espesura de los olmos, pareció pararse, volviendo luego á partir al galope. Esto le llamó la atención á Fantina.
--Es particular,--dijo.--Yo creía que las diligencias no se paraban jamás.
Favorita se encogió de hombros.
--Es admirable esta Fantina. Vale la pena de fijarse en ella por curiosidad. Se admira de la cosa más sencilla del mundo. Suponte tú que yo soy un viajero, y le digo al mayoral: sigo adelante, subiré cuando paséis por el muelle. Pasa la diligencia, me ve, para y subo. Eso se ve todos los días. Tú no sabes lo que es la vida, querida mía.
Pasóse así un ratito. De pronto Favorita hizo un movimiento como de quien despierta.
--¡Y bien!--exclamó.--¿Y la sorpresa?
--Tiene razón,--repuso Dalia.--¿Y la famosa sorpresa?
--¡Hace ya mucho que se han ido! dijo--Fantina.
Cuando acabó este suspiro, el mozo que había servido la comida entró en la sala.
Traía algo en la mano que parecía una carta.
--¿Qué hay de nuevo?--preguntó Favorita.
El mozo respondió:
--Es un papel que han dejado aquellos señores, para las señoras.
--¿Y por qué no lo habéis traído desde luego?
---Porque aquellos señores,--repuso el chico,--han encargado que dejáramos pasar una hora antes de entregarlo.
Favorita arrancó el papel de las manos del mozo. Era, efectivamente, una carta.
--¡Toma!--dijo ella,--va sin dirección; pero ved lo que tiene escrito en el sobre:
AQUÍ ESTÁ LA SORPRESA
Rompió vivamente el sobre de la carta, abrióla y leyó: (sabía leer).
«¡Amadas nuestras!
«Sabed que nosotros tenemos familia, vosotras no conocéis apenas lo que es esto; se llama familia, en primer lugar, según el código civil, sencillo y honrado, á los padres y madres. Ahora bien, nuestras familias, es decir, nuestros padres llorando, estos ancianos nos reclaman, estos buenos hombres y estas buenas mujeres nos llaman hijos pródigos; esperando nuestra vuelta, nos ofrecen agasajarnos matando sus mejores reses. Debemos obedecerles, siendo virtuosos. Á la hora en la cual leeréis esto, cinco fogosos caballos nos llevarán hacia donde estén nuestros padres y nuestras madres. Levantamos el campo, como dice Bossuet. Partimos, ó mejor, hemos partido. Huimos en brazos de Laffitte, y sobre las alas de Crillard. La diligencia de Toulouse nos saca del abismo; el abismo sois vosotras, ¡oh bellísimas chicas! Nosotros volvemos á entrar en la sociedad, en el deber y en el orden, al trote largo, á razón de tres leguas por hora. Importa á la patria que seamos como todo el mundo perfectos padres de familia, guardias rurales ó consejeros de Estado. Veneradnos. Nosotros nos sacrificamos. Lloradnos aprisa y reemplazadnos inmediatamente. Si esta carta os molesta, rompedla. Adiós.
«Cerca de dos años, os hemos hecho felices. No nos guardéis, por lo tanto, rencor.
«Firmado: BLACHEVELLE, FAMEUIL, LISTOLIER, FÉLIX THOLOMYÉS.
_Post scriptum._--La comida está pagada».
Las cuatro jóvenes se quedaron mirando.
Favorita rompió el silencio la primera.
--¡Y qué! De todas maneras no deja de ser una broma.
--Muy graciosa,--dijo Zefina.
--Debe haber sido Blachevelle el autor de la idea,--repuso Favorita.
Esto hace que le ame de nuevo. Tan presto ido, como querido. Ésta es la historia.
--No,--dijo Dalia;--la idea ha sido de Tholomyés. Se conoce desde luego.
--En tal caso,--replicó Favorita,--¡muera Blachevelle y viva Tholomyés!
--¡Viva Tholomyés!--exclamaron Dalia y Zefina.
Y echáronse á reir.
Fantina rió como las otras.
Una hora después cuando se encontró nuevamente en su cuarto, lloró.
Era aquél, como ya hemos dicho, su primer amor; se había entregado á Tholomyés como á un marido, y la pobre muchacha tenía una hija.
NOTAS:
[3] _Bombance_, comilona. _Bambeche_, títere.