Chapter 24 of 30 · 6228 words · ~31 min read

LIBRO CUARTO

LA CASUCHA DE GORBEAU

I =Maese Gorbeau=

Hace cuarenta años, el transeunte solitario que se aventuraba entre los extraviados barrios de la Salpêtrière y que subía por el boulevard hasta la barrera de Italia, llegaba á donde se hubiera podido decir que París desaparecía. No era por la soledad, puesto que había transeuntes; no era por el campo, puesto que había casas y calles; no era aquello una ciudad, pues las calles tenían baches como las carreteras, y la yerba nacía en ellas; no era una aldea, pues las casas eran demasiado altas. ¿Qué era pues? Era un lugar habitado donde no había nadie; era un lugar desierto donde había alguien; era un boulevard de la gran población, una calle de París, más espantosa de noche que una selva, más triste de día que un cementerio.

Era el antiguo barrio del Mercado de Caballos.

Si el transeunte se arriesgaba á ir más allá de las cuatro paredes ruinosas del Mercado de Caballos, si consentía siquiera en pasar de la calle del Petit Banquier, después de haber dejado á su derecha un corral cercado de elevadas tapias, y un prado en que se levantaban montones de casas de tenería parecidas á chozas de castores gigantescas, y una cerca llena de pilas de madera de construcción, al lado de montones de troncos, aserraduras y virutas, sobre las cuales ladraba un gran perrazo, y una larga pared, baja, ruinosa, con una puertecita negra y enlutada, cubierta de musgo que se llenaba de flores en primavera; luego en el sitio más desierto un horrible y decrépito edificio en cuya fachada leíase en grandes y gruesas letras: SE PROHÍBE PONER CARTELES, aquel paseante aventurero llegaba al ángulo de la calle de Vignes Saint-Marcel, latitudes casi desconocidas. Allí, junto á una fábrica y entre dos tapias de jardín, se veía en aquel tiempo una casucha, que, al primer golpe de vista, parecía pequeña como una choza, y que era en realidad grande como una catedral. Presentábase á la vía pública de lado, por un cubo angular, y de ahí su aparente exigüedad. Casi todo el edificio estaba oculto, y no se veía más que la puerta y una ventana.

Esta casucha no tenía más que un solo piso.

Al examinarla, el detalle que chocaba desde luego, era que aquella puerta no había podido ser nunca más que la puerta de un tabuco, mientras que aquella ventana, si hubiera sido de piedra de sillería en vez de piedra bruta, habría podido ser la ventana de un palacio.

La puerta no era otra cosa que un conjunto de tablas carcomidas, groseramente unidas por travesaños parecidos á troncos mal igualados. Daba esta puerta acceso inmediato á una escalera áspera de altos peldaños, llenos de lodo, yeso y polvo, del mismo ancho que la puerta, y que se veían desde la calle empinarse derechos como una escala, y desaparecer en la obscuridad entre dos paredes. Lo alto de la abertura informe que cerraba aquella puerta estaba cubierta con una tablilla estrecha, en medio de la cual habían aserrado un agujero triangular, que servía al propio tiempo de tragaluz y ventanillo cuando la puerta estaba cerrada. Sobre la hoja de esta última, un pincel mojado en tinta, había trazado de dos brochazos el número 52, y por encima de la tablilla el mismo pincel había borroneado el número 50; de suerte que nacía esta duda: ¿Dónde se está? La parte superior de la puerta dice: en el 50; la inferior replica: no, en el 52. Varios trapos de color de polvo colgaban como cortinajes del postiguillo triangular.

La ventana era ancha, suficientemente elevada, provista de persianas y hojas vidrieras con grandes cristales; sólo que estos grandes cristales tenían varias heridas, ocultas á la vez y descubiertas por un ingenioso vendaje de papel; y las persianas, desunidas y desencajadas, mejor amenazaban á los transeuntes que resguardaban á los habitantes.

Las tabletas horizontales que faltaban, estaban cándidamente reemplazadas con tablas clavadas á lo largo, tanto, que lo que comenzaba por persiana acababa por postigo.

Aquella puerta, de aspecto inmundo, y aquella ventana, de aspecto decente, aunque deteriorada, vistas así en la misma casa, producían el efecto de dos mendigos desaparejados, que fueran juntos y caminaran codo á codo, con dos caras distintas bajo iguales andrajos, habiendo sido el uno siempre mendigo y el otro, en otros tiempos, un hidalgo.

La escalera conducía á un cuerpo de edificio vastísimo, que se parecía á un cobertizo convertido en casa.

Este edificio tenía por tubo intestinal un largo corredor, en el cual se abrían, á derecha é izquierda, aposentos ó compartimientos de varias dimensiones difícilmente habitables, puesto que mejor parecían barracas que celdas. Estas habitaciones recibían la luz de los solares baldíos de los alrededores.

Todo aquello era obscuro, incómodo, apagado, melancólico, sepulcral; cruzado, según estaban las rendijas en el techo ó en la puerta, por ráfagas frías ó corrientes heladas. La particularidad interesante y pintoresca de esta clase de viviendas, es la enormidad de las arañas.

Á izquierda de la puerta de entrada, dando al boulevard, á la altura de un hombre, un tragaluz que estaba tapiado, dejaba un hueco ó nicho cuadrado, lleno siempre de piedras que arrojaban los muchachos al pasar por allí.

Una parte de este edificio ha sido demolida últimamente; mas por lo que resta todavía puede aún formarse idea de lo que fué. El todo, en conjunto, apenas cuenta un siglo. Cien años son la juventud de una iglesia y la vejez de una casa. Parece que el asilo del hombre participa de su brevedad, y el asilo de Dios de su eternidad.

Los carteros llamaban á aquella casucha el número 50-52; pero era conocida en el barrio por el nombre de la Casa de Gorbeau.

Explicaremos el origen de este nombre.

Los colectores de pequeños hechos que se convierten en herborizantes de anécdotas y que fijan con un alfiler en su memoria las fechas fugaces, saben que hubo en París, en el último siglo, hacia 1770, dos procuradores en el Chatelet, llamados Corbeau (Cuervo) el uno, y Renard (Zorro) el otro: dos nombres previstos por Lafontaine. La coincidencia era harto graciosa para que no sirviese de alegre divertimiento á la gente de golilla. Recorrió inmediatamente la parodia, en versos algo cojos, las galerías del palacio de Justicia.

De un proceso en la rama, muy ufano y contento, ejecutoria en pico estaba el señor Cuervo. Del olor atraído un Zorro muy maestro, etc...[10]

Los dos honrados curiales, incomodados por los epigramas y mortificada su dignidad por las carcajadas que les seguían á todas partes, resolvieron desembarazarse de sus apellidos tomando el partido de dirigirse al rey. La súplica fué presentada á Luis XV el día mismo en que el nuncio del papa por un lado y el cardenal de La Roche Aymon por otro, devotamente arrodillados ambos, calzaron, en presencia de Su Majestad, cada uno con una chinela, los pies desnudos de madama Du-Barry al salir de la cama. El rey, que reía, continuó riendo; pasó alegremente de los dos obispos á los dos procuradores, é hizo á estos golillas gracia de su nombre ó poco menos.

Y por S. M. el rey fuéle permitido á maese Corbeau añadir un rabillo á su inicial y llamarse Gorbeau; pero maese Renaud fué menos afortunado, porque sólo pudo obtener agregar una P delante de la R y llamarse Prenard; tanto, que el segundo nombre, con ser á la vista una antítesis del primero, no dejaba de parecer en sustancia lo mismo.

Ahora bien: según la tradición local, este maese Gorbeau había sido propietario del edificio numerado 50-52 del boulevard del Hospital, siendo él mismo el autor de la monumental ventana.

De ahí el ser conocida aquella casucha con el nombre de casa Gorbeau.

Frente al número 50-52 descollaba, entre los árboles del boulevard, un gran olmo, muerto en sus tres cuartas partes; casi enfrente empezaba la calle de la barrera de los Gobelinos, calle entonces sin casas, sin empedrar, plantada de árboles raquíticos, verde ó llena de barro según la estación, la cual iba á parar precisamente á la muralla que cercaba á París. El olor de caparrosa salía á bocanadas de los tejados de una fábrica vecina.

La barrera estaba allí mismo. En 1823 el muro de circunvalación existía aún.

Esta misma barrera llenaba el espíritu de figuras siniestras. Era el camino de Bicêtre.

Era por allí, donde en tiempo del Imperio y de la Restauración, entraban en París los condenados á muerte el día de la ejecución. Allí fué donde se cometió hacia 1829 aquel misterioso asesinato llamado «del portillo de Fontainebleau», cuyos autores no pudo descubrir la Justicia, problema fúnebre que no ha podido aclararse, enigma pavoroso que no se ha descifrado. Dando algunos pasos, se encuentra la fatal calle de Croulebarbe, donde Ulbach dió de puñaladas á la cabrera de Ivry entre el ruido de los truenos como en un melodrama. Algunos pasos más adelante, se llega á los abominables olmos descabezados de la barrera de Saint Jacques, el expediente de los filántropos para ocultar el suplicio, la mezquina y vergonzosa plaza de Grève de una sociedad mercachifle, que retrocedió ante la pena de muerte, sin atreverse á abolirla con grandeza ni á mantenerla con autoridad.

Hace treinta y siete años, al dejar á un lado esa plaza Saint-Jacques, que estaba predestinada y que ha sido siempre horrible, el punto más triste tal vez de todo este triste boulevard era, el punto tan poco atractivo aún hoy mismo, donde se encontraba la casucha 50-52.

Las casas regulares de la clase media no han comenzado á aparecer allí sino veinticinco años más tarde. El sitio era melancólico. Por las ideas fúnebres que inspiraba, conocía cualquiera que se hallaba entre el hospital de la Salpêtrière, cuya cúpula se divisaba, y la cárcel de Bicêtre, que tocaba al portillo; es decir, entre la locura de la mujer y la locura del hombre. En todo lo que la vista podía extenderse, no se distinguían más que los mataderos, el muro de circunvalación y algunas raras fachadas de fábricas, parecidas á cuarteles ó á conventos; por todas partes barracas y casuchas de tapia, viejos muros negros como mortajas, ó hileras de árboles paralelos, edificios tirados á cordel, construcciones monótonas, líneas frías y prolongadas, la tristeza lúgubre de los ángulos rectos. Ni un accidente de terreno, ni un capricho de arquitectura, ni un solo pliegue; era aquello un conjunto glacial, regular, feo. Nada oprime tanto el corazón como la simetría. Y es que la simetría es el pesar, y el pesar es el fondo mismo del duelo. La desesperación bosteza.

Si pudiera soñarse algo más horrible que el infierno en que se sufre, sería el infierno en que se fastidiara uno. De existir semejante infierno, su entrada habría podido ser ese trozo del boulevard del Hospital.

Así pues, al caer de la noche, en el momento en que la claridad desaparece, sobre todo en invierno, á la hora en que el cierzo crepuscular arranca á los olmos sus postreras y tostadas hojas, cuando la obscuridad es profunda y sin estrellas, ó cuando la luna y el viento clarean las nubes, este boulevard resultaba espantoso. Las líneas negras se hundían y perdíanse en las tinieblas como pedazos del infinito. El transeunte no podía abstenerse de recordar las innumerables tradiciones patibularias del lugar.

Aquella soledad, en la que se habían cometido tantos crímenes, tenía algo de horrible. Creía uno presentir lazos tendidos en aquella obscuridad; todas las formas confusas de la sombra parecían sospechosas; y los largos huecos cuadrados que se distinguían entre los árboles parecían tumbas abiertas. De día era aquello feo; por la tarde lúgubre; de noche siniestro.

En verano, á la hora del crepúsculo, veíanse aquí y allí algunas viejas, sentadas al pie de los olmos en bancos enmohecidos por las lluvias. Aquellas buenas viejas pedían limosna cuando pasaba alguien.

Por lo demás, aquel barrio, que más bien tenía el aire de envejecido que de antiguo, propendía ya desde aquella fecha á trasformarse. Ya entonces, quien hubiera querido verle debía apresurarse. Cada día iban desapareciendo detalles de aquel conjunto. En la actualidad, y desde hace veinte años, la estación del ferrocarril de Orléans está allí junto al viejo arrabal y le va acorralando. Doquiera que se levante en el límite de una capital una estación de ferrocarril, resulta la muerte de un arrabal y el nacimiento de una ciudad. Parece que alrededor de esos grandes centros del movimiento de los pueblos, con el rodar de las poderosas máquinas, con el respirar de los monstruosos caballos de la civilización, que comen carbón y vomitan fuego, tiembla la tierra llena de gérmenes y se abre para tragarse las antiguas moradas de los hombres para dejar paso franco á las nuevas. Las casas viejas se derrumban y las nuevas se elevan.

Desde que la estación del ferrocarril de Orléans ha invadido los terrenos de la Salpêtrière, las antiguas calles estrechas, inmediatas á los fosos de Saint Victor y al Jardín Botánico, se conmueven violentamente cruzadas tres ó cuatro veces al día por esas corrientes de diligencias, coches y ómnibus que, en un tiempo dado, hacen retroceder las casas á derecha é izquierda; pues hay cosas que parecen peregrinas cuando se anuncian, que son rigurosamente exactas. Y así como puede decirse en verdad, que en las grandes ciudades el sol hace vegetar y crecer las fachadas de las casas al medio día, también es cierto que el paso frecuente de carruajes hace ensanchar las calles. Los síntomas de una vida nueva son evidentes. En aquel antiguo barrio provinciano, en los recodos más salvajes aparece el empedrado, comienzan á extenderse, y prolongarse aceras, hasta allí mismo donde no transita nadie todavía. Una mañana, mañana memorable, en un día de julio de 1845, viéronse de repente humear allí las negras calderas de asfalto; aquel día puede decirse que llegó la civilización á la calle de la Oarcine, y que París entró en el arrabal de San Marcelo.

II =Nido para búho y curruca=

Delante de la casucha de Gorbeau fué donde Juan Valjean se detuvo. Como las aves selváticas, había elegido aquel lugar desierto para hacer su nido.

Buscó en el bolsillo, y sacó una especie de llave maestra, abrió la puerta, entró, la cerró después con cuidado, y subió la escalera, siempre con Cosette en brazos.

En lo alto de la escalera sacó del bolsillo otra llave, con la cual abrió otra puerta. El cuarto en que entró, y que cerró inmediatamente, era una especie de desván bastante espacioso, amueblado con un colchón puesto en el suelo, una mesa y algunas sillas. Una estufa encendida, cuyas ascuas se veían, estaba en un rincón.

El farol del boulevard alumbraba vagamente aquel pobre interior. En el fondo había un gabinete con una cama de tijera. Juan Valjean dejó la niña en aquella cama, colocándola en ella sin despertarla.

Echó yescas, y encendió una vela; todo esto estaba preparado de antemano; y del mismo modo que lo había hecho la víspera, púsose á contemplar á Cosette con una mirada llena de éxtasis, en la que la expresión de la bondad y del enternecimiento llegaba casi al extravío. La pequeñuela, con aquella confianza tranquila que no pertenece sino á la fuerza extrema, ó á la extrema debilidad, se había dormido sin saber con quién iba, y continuaba durmiendo sin saber dónde estaba.

Juan Valjean se inclinó y besó la mano de aquella criatura.

Nueve meses antes había besado la mano de la madre, cuando también acababa de dormirse.

El mismo sentimiento de dolor, religioso y punzante, llenaba su corazón.

Arrodillóse junto al lecho de Cosette.

Ya era muy entrado el día, y la niña seguía durmiendo.

Un pálido rayo del sol de diciembre atravesaba la ventana del desván, esparciendo por el techo largas ráfagas de sombra y luz. De repente, una carreta de cantero, pesadamente cargada, que pasaba por la calzada del boulevard, conmovió la casucha como un trueno prolongado, haciéndola temblar de arriba abajo.

--¡Sí! ¡Señora!--gritó Cosette, despertándose sobresaltada.--¡Allá voy! ¡Allá voy!

Y arrojándose del lecho, con los párpados medio cerrados todavía por la pesadez del sueño, extendió el brazo hacia el ángulo de la pared.

--¡Ay Dios mío! ¡Y mi escoba!--dijo.

Abrió entonces del todo los ojos, y vió el semblante risueño de Juan Valjean.

--¡Ah! ¡Calle! ¡Es verdad!--exclamó la niña.--Buenos días, señor.

Los niños aceptan, y se familiarizan inmediatamente con la alegría y la felicidad, siendo como son ellos naturalmente felicidad y alegría.

Cosette vió á Catalina á los pies de su cama, se apoderó de ella, y empezó á jugar. Y estando jugando, todo se le volvía hacer preguntas á Juan Valjean: ¿Dónde estaba?... ¿Era grande París?... ¿Estaba bien lejos la Thénardier?... ¿No volvería á verla? etc., etc. De pronto exclamó:

--¡Qué bonito es esto!

Era una horrible buhardilla; pero ella se sentía libre.

--¿Tengo que barrer?--preguntó por último.

--Juega, le dijo Juan Valjean.

Así se pasó el día. Cosette, sin inquietarse por comprender nada, se consideraba inexplicablemente feliz entre aquella muñeca y aquel buen hombre.

III =Dos desgracias mezcladas producen la felicidad=

Á la mañana siguiente al rayar el día, Juan Valjean estaba todavía al lado de la cama de Cosette. Esperó allí, inmóvil, y la vió despertarse.

Algo de nuevo penetraba en su alma.

Juan Valjean no había amado nunca nada. Hacía veinticinco años que estaba sólo en el mundo. No había sido nunca padre, amante, marido ni amigo. En presidio era malo, sombrío, casto, ignorante y feroz. El corazón de aquel antiguo presidiario estaba lleno de virginidades. Su hermana y los hijos de su hermana no le habían dejado más que un recuerdo vago y lejano, que había acabado por extinguirse casi enteramente. Había hecho cuantos esfuerzos había podido para encontrarlos, y no habiéndolo conseguido, los había olvidado. La naturaleza humana es así. Las demás tiernas emociones de su juventud, si es que las tuvo, habían caído en un abismo.

Cuando vió á Cosette, cuando la tuvo consigo, la llevó y la libertó, sintió removérsele las entrañas. Todo lo que de pasión y afecto habían en su alma, se despertó y precipitó hacia aquella criatura. Acercábase á la cama en que ella dormía, y temblaba de gozo; experimentaba arranques de madre, y no sabía lo que eran; porque es cosa muy obscura y dulcísima ese grande y extraño movimiento que se efectúa en un corazón que empieza á amar. ¡Pobre corazón, viejo y nuevo á la vez!

Solamente que, como él tenía cincuenta y cinco años y Cosette ocho, todo el amor que él hubiera podido tener en toda su vida se fundió en una especie de claridad inefable. Era la segunda aparición pura y diáfana que encontraba. El obispo había hecho alzar en su horizonte el alba de la virtud. Cosette hacía levantar en el mismo, el alba del amor.

Los primeros días se pasaron en este deslumbramiento.

Por su parte, Cosette, también se volvía otra sin ella saberlo. ¡Pobre criatura! Era tan pequeñita cuando su madre la dejó, que ya no se acordaba de ella. Como todos los niños, semejantes á los renuevos de la vid que se agarra á todo, había procurado amar y no había podido conseguirlo. Todos la habían rechazado: los Thénardier, sus niñas y otros niños. Había amado al perro que murió, después de lo cual, nada ni nadie había querido amarla.

Triste cosa es decirlo, como hemos ya indicado, á los ocho años tenía frío el corazón. No era culpa suya, no era la facultad de amar la que le faltaba: ¡ay! era la posibilidad. Por eso desde el primer día, todo cuanto sentía y pensaba en ella se empleó en amar á aquel buen hombre. Experimentaba lo que nunca había conocido, una sensación expansiva.

El buen hombre no le hacía el efecto de viejo ni de pobre. Parecíale Juan Valjean tan hermoso como linda le había parecido la buhardilla.

Son ésos los efectos de la aurora, de la infancia, de la juventud, de la alegría. La novedad de la tierra y de la vida tienen en ello buena parte. Nada es tan risueño como el reflejo vivificante de la dicha en una buhardilla. Todos hemos tenido en nuestro pasado algún desván poético.

La naturaleza y cincuenta años de intervalo habían marcado una separación profunda entre Juan Valjean y Cosette; esta separación la llenó el destino. El destino unió, y enlazó con su irresistible poder, aquellas dos existencias desarraigadas, distintas por la edad, semejantes por el duelo. La una, efectivamente, completaba á la otra. El instinto de Cosette buscaba el padre como el instinto de Juan Valjean buscaba un hijo. Verse, fué encontrarse. En el momento misterioso en que sus dos manos se trocaron, quedaron unidas. Cuando aquellas dos almas se divisaron mutuamente, se reconocieron como necesarias una á otra, y se abrazaron estrechamente.

Tomando las palabras en su sentido más comprensible y absoluto, podría decirse que, separados de todo por muros sepulcrales, Juan Valjean era el viudo, como era la huérfana Cosette. Esta situación hizo que Juan Valjean viniese á ser de un modo providencial el padre de Cosette.

Y en verdad, la impresión misteriosa producida en Cosette en el fondo del bosque de Chelles, por la mano de Juan Valjean cogiendo la suya en la obscuridad, no era una ilusión, sino una realidad. La entrada de aquel hombre en el destino de aquella criatura había sido la llegada de Dios.

Por lo demás, Juan Valjean había escogido bien su asilo. Estaba allí en una seguridad que podía parecer completa.

El cuarto con gabinete que ocupaba con Cosette era aquél cuya ventana daba al boulevard. Siendo única esta ventana en la casa, no había que temer miradas de vecinos, de lado ni de frente.

El piso bajo del número 50-52, especie de cobertizo derruido, servía de cuadra á hortelanos, y no tenía ninguna comunicación con el principal. Estaba separado de él por el suelo, que no tenía ni trampas ni escalera, y que venía á ser el diafragma de la casa. El primer piso contenía, como hemos dicho, muchos cuartos y algunos desvanes, de los cuales solamente uno estaba ocupado por una vieja que cuidaba de la habitación de Juan Valjean. El resto estaba desocupado.

Aquella vieja era quien, adornada con el nombre de _inquilina principal_, y en realidad encargada de las funciones de portera, le había alquilado aquel aposento el día de Nochebuena.

Se le había él dado á conocer como un rentista arruinado por los bonos de España, que se iba á vivir ahí con su nieta. Había pagado seis meses adelantados y encargado á la vieja de amueblar el cuarto y el gabinete como se ha visto. Fué esta buena mujer quien encendió la estufa y lo preparó todo la noche de su llegada.

Pasaban las semanas. Aquellos dos seres llevaban en aquel miserable tabuco una existencia feliz.

Desde el amanecer, Cosette reía, charlaba y cantaba. Los niños tienen su canto matinal como los pájaros.

Sucedía á veces que Juan Valjean tomaba sus manecitas, enrojecidas y acribilladas de sabañones, y se las besaba. La pobre niña, acostumbrada á llevar golpes, no sabía lo que esto quería decir, y se retiraba toda avergonzada.

Á veces se ponía seria contemplando su vestido negro. Cosette no llevaba ya andrajos, llevaba luto. Salía de la miseria y entraba en la vida.

Juan Valjean se había propuesto enseñarle á leer.

Á veces, mientras hacía deletrear á la niña, recordaba que había sido con el propósito de hacer daño con el que él había aprendido á leer en presidio. Y aquel propósito se había convertido en el fin de enseñar á leer á una niña. Entonces el viejo presidiario sonreía, con la sonrisa meditabunda de los ángeles.

Tenía el sentimiento de que era ello una premeditación del cielo, una voluntad de alguien que no es el hombre, y se perdía en meditaciones. Los buenos pensamientos tienen sus abismos como los malos.

Enseñar á leer á Cosette y dejarle jugar, á eso se reducía casi toda la vida de Juan Valjean. Después le hablaba de su madre, y la hacía rezar.

Ella le llamaba _padre_ sin saber ni conocerle otro nombre.

Él se pasaba horas enteras contemplándola cómo vestía y desnudaba su muñeca, oyéndola gorjear. La vida le parecía ya en lo sucesivo llena de interés, los hombres parecíanle ya buenos y justos; en su imaginación no reprochaba ya nada á nadie, no veía, por lo tanto, razón alguna para no envejecer mucho, toda vez que aquella criatura le amaba. Veía para sí todo un porvenir iluminado por Cosette como por una luz simpática. El hombre mejor no está exento del todo de egoísmo; á veces reflexionaba con cierta alegría que Cosette sería fea.

Esto no pasa de ser una opinión personal; pero para decir todo lo que pensamos al punto á que había llegado Juan Valjean cuando se puso á amar á Cosette, nada nos prueba que no le fuera ello menester para mejor perseverar en el bien. Acababa de ver bajo nuevos aspectos la maldad de los hombres y las miserias de la sociedad, aspectos incompletos y que no mostraban fatalmente sino una parte de lo verdadero, la suerte de la mujer resumida en Fantina, la autoridad pública personificada en Javert; él había vuelto á presidio últimamente por haber hecho el bien; nuevas amarguras le habían abrumado; el disgusto y la fatiga apoderábanse nuevamente de él; el recuerdo mismo del obispo llegaba quizás á eclipsarse algunos momentos, salvo empero su reaparición luminosa y triunfante; pero sea como fuere, es lo cierto que aquel recuerdo sagrado se iba debilitando. ¿Quién sabe si Juan Valjean no estaba en vísperas de descorazonarse y recaer? Pero amó, volvió á ser fuerte. ¡Ay! era bien poco menos débil que Cosette. Él la protegió y ella le fortaleció. Gracias á él, ella pudo seguir el curso de la vida; gracias á ella, pudo él continuar en la virtud. Él fué sostén de la niña aquella, y aquella niña fué su punto de apoyo. ¡Oh misterio insondable y divino de los equilibrios del destino!

IV =Lo que observó la inquilina principal=

Juan Valjean tenía la precaución de no salir jamás de día. Todas las tardes, al obscurecer, se paseaba una hora ó dos, algunas veces solo, frecuentemente con Cosette, buscando los extremos retirados de los boulevares más solitarios y entrando en las iglesias á la caída de la noche. Iba gustoso á San Medardo, que era la iglesia más cercana. Cuando no acompañaba á Cosette, ésta se quedaba con la vieja; pero era la alegría de la niña salir con el buen hombre. Prefería una hora de ir con él, á sus mismas conversaciones con Catalina. Él la conducía de la mano dirigiéndole palabras dulces.

Así es que Cosette estaba muy contenta.

La vieja cuidaba de la casa y de la cocina, é iba por las provisiones.

Vivían sobriamente, teniendo siempre un poco de fuego, pero como gentes necesitadas. Juan Valjean no había cambiado nada del mobiliario del primer día; únicamente había sustituido por una puerta toda de madera la vidriera del gabinete de Cosette.

Llevaba siempre su levitón amarillo, sus calzones negros y su sombrero viejo. En la calle le tomaban por un pobre. Sucedía á veces que alguna buena mujer se volvía y le dada un céntimo. Juan Valjean recibía el céntimo y saludaba profundamente. Sucedía también otras veces que encontraba á algún pobre pidiendo limosna, y entonces miraba detrás de sí por si le veía alguien, se acercaba furtivamente al infeliz, le ponía en la mano una moneda, generalmente de plata, y se alejaba rápidamente. Esto tenía sus inconvenientes. Empezaba á conocérsele en el barrio por el nombre de _el mendigo que da limosna_. La vieja _inquilina principal_, mujer ceñuda, poseída con respecto al prójimo de la atención de los envidiosos, examinaba mucho á Juan Valjean, sin que él lo sospechase. Era un poco sorda, y esto la hacía ser muy habladora. Quedábanle dos dientes de su pasado, uno arriba y otro abajo, que se tropezaban continuamente. Había hecho diversas preguntas á Cosette, la que, no sabiendo nada, nada había podido decir, sino que venía de Montfermeil. Una mañana, acechando como siempre á Juan Valjean, le vió entrar en uno de los cuartos deshabitados de la casucha, con cierto aire que le pareció singular. Siguióle á paso de gata vieja, y pudo observar sin ser vista, por la rendija de la puerta de otro cuarto que venía enfrente. Juan Vadean, para mayor precaución sin duda, estaba de espaldas á esta puerta. Entonces vió la vieja cómo sacaba él de sus bolsillos un estuche con hilo y tijeras, y se ponía á descoser el forro de uno de los faldones de su levita, de cuya abertura sacó un pedazo de papel amarillo que desdobló. La vieja reconoció asombrada que era un billete de mil francos. Era el segundo ó tercero que había visto en toda su vida. Huyó toda asustada.

Poco después se acercó á ella Juan Valjean, rogándole que fuése á cambiar aquel billete de mil francos, añadiendo que era el semestre de su renta que había cobrado á la víspera.

--¿Dónde?--pensó la vieja. No salió hasta las seis de la tarde, y la caja del gobierno no está por cierto abierta á semejantes horas. La vieja fué á cambiar el billete haciendo naturalmente sus conjeturas. Aquel billete de mil francos, comentado y multiplicado, produjo infinidad de conversaciones y aspavientos entre las comadres de la calle de Vignes-Saint Marcel.

Después de algunos días sucedió que Juan Valjean, en mangas de camisa, aserró unos maderos en el corredor.

La vieja estaba dentro arreglando el cuarto, y se hallaba sola, porque Cosette se había puesto á contemplar la madera aserrada; la vieja advirtió entonces la levita colgada de un clavo, y la escudriñó. El forro había sido cosido de nuevo. La buena mujer la palpó cuidadosamente, y creyó sentir entre los faldones y entre las escotaduras de las mangas el tacto de buen número de papeles doblados. ¡Otros billetes de mil francos sin duda!

Observó además que había muchas otras cosas en los bolsillos; no sólo las agujas, hilo y tijeras que había visto, sino una cartera abultada, una gran navaja, y, detalle sospechoso, algunas pelucas de colores varios. Cada faltriquera de aquel levitón parecía tener su destino particular en el caso de acontecimientos imprevistos.

Los habitantes de la casucha alcanzaron así los últimos días del invierno.

V =Una moneda de cinco francos que cae al suelo hace ruido=

Había cerca de San Medardo un pobre que se acurrucaba en el brocal de un pozo de vecindad, cegado, y á quien Juan Valjean hacía limosna de muy buena fe. Apenas pasaba nunca por delante de él sin darle algunos sueldos. Á veces le hablaba también. Los envidiosos decían de este mendigo que era _de la policía_. Era un antiguo bedel de sesenta y cinco años que siempre estaba murmurando oraciones.

Una noche que Juan Valjean pasaba por allí y no llevaba á Cosette consigo, vió el mendigo en su puesto ordinario bajo el farol que acababan de encender. Aquel hombre, según su costumbre, parecía rezar, y estaba completamente encorvado. Juan Valjean se le acercó poniendo en su mano la limosna acostumbrada. El mendigo alzó bruscamente los ojos, miró fijamente á Juan Valjean, bajando rápidamente la cabeza. Aquel movimiento fué como un relámpago; Juan Valjean sufrió un extremecimiento. Parecíale que acababa de entrever á la luz del farol, no el semblante plácido y santurrón del antiguo bedel, sino un rostro espantoso y conocido. Experimentó la impresión que sentiría cualquiera que se encontrase de repente en la sombra, cara á cara con un tigre.

Retrocedió aterrado y petrificado, no atreviéndose ni á respirar, ni á hablar, ni á huir, ni estarse quieto, contemplando al mendigo, que había bajado su cabeza cubierta con un harapo, y pareciendo no darse cuenta de que estuviera allí. En aquel extraño momento un instinto, quizá el instante misterioso de la conservación, hizo que Juan Valjean no pronunciase una sola palabra. El mendigo tenía la misma estatura, los mismos andrajos, y la misma apariencia de todos los días. ¡Bah! dijo Juan Valjean. ¡Estoy loco! ¡Yo sueño!... ¡Imposible! Y entró nuevamente en su casa profundamente turbado.

Apenas se atrevía á confesarse á sí propio que aquel rostro que había creído ver era el de Javert.

Pensando en ello toda la noche, le pesaba no haber interrogado al hombre para obligarle á levantar la cabeza segunda vez.

Al día siguiente, al caer la noche, volvió. El mendigo estaba en su puesto.

--Guardeos Dios, buen hombre--dijo resueltamente Juan Valjean, dándole un céntimo. El mendigo levantó la cabeza respondiendo con voz lastimera:--Gracias mi buen señor.--Era realmente el antiguo bedel.

Juan Valjean se sintió completamente tranquilizado. Echóse á reir.--¿Dónde diablos había ido yo á ver á Javert?--pensó para sus adentros.--¿Iré yo ahora á tener visiones?--Y no pensó en ello más.

Algunos días después, serían como las ocho de la noche, cuando estando en su cuarto haciendo deletrear á Cosette en alta voz, oyó abrir y después volver á cerrar la puerta de la casucha. Esto le pareció singular. La vieja, única persona que habitaba con él la casa, se acostaba siempre al anochecer para no gastar vela. Juan Valjean, hizo seña á Cosette para que se callara, y oyó que subían la escalera. En rigor, bien podría ser que la vieja se hubiese puesto mala y hubiese ido á la botica. Juan Valjean escuchó.

Las pisadas eran pesadas y sonaban como las de un hombre; pero la vieja usaba zapatos gruesos, y nada se parece tanto al paso de un hombre como al paso de una mujer vieja. Sin embargo, Juan Valjean dió un soplo á su luz.

Había mandado á Cosette á la cama, diciéndole muy por lo bajo:

--Acuéstate muy quedito;--y mientras la besaba en la frente se detuvieron las pisadas.

Juan Valjean permaneció en silencio, inmóvil, vuelto de espaldas á la puerta, sentado en una silla, de la que no se había movido, reteniendo su respiración en la obscuridad.

Después de un buen rato, no oyendo ya nada, volvióse sin hacer ruido, y al dirigir los ojos hacia la puerta de su cuarto, vió una luz por el ojo de la llave. Aquella luz dibujaba una especie de estrella siniestra en lo negro de la puerta y de la pared. Evidentemente había allí alguien que tenía una luz en la mano y estaba escuchando.

Pasaron así algunos minutos, y desapareció la luz. Solamente que no oyó ningún ruido de pasos, lo cual parecía indicar que el que había venido á escuchar á la puerta se había quitado los zapatos.

Juan Valjean se echó completamente vestido sobre su colchón, no pudiendo cerrar los ojos en toda la noche.

Al despuntar el día, cuando comenzaba á dormitar rendido de fatiga despertóle el rechinar de una puerta que se abría en alguna buhardilla del fondo del corredor; después oyó los mismos pasos de un hombre que habían subido la escalera durante la víspera. Los pasos se iban acercando.

Levantóse de su cama, y aplicó un ojo al agujero de la cerradura, que era bastante grande, esperando ver al cruzar, cualquiera que fuése, el ser que se había introducido por la noche en la casucha y escuchado á su puerta.

Era, en efecto, un hombre, que pasó esta vez sin pararse por delante del cuarto de Juan Valjean. El corredor estaba todavía muy obscuro para poder distinguir sus facciones, pero cuando llegó el hombre á la escalera, un rayo de luz de afuera hizo resaltar su opaca silueta, y Juan Valjean le vió de espaldas completamente. El hombre era de elevada estatura, vestido con un largo levitón, y un grueso palo bajo el brazo. Era la formidable facha de Javert.

Juan Valjean habría podido intentar verle de nuevo por la ventana que daba al boulevard. Pero para ello era menester abrirla, y no se atrevió.

Era evidente que aquel hombre había entrado con una llave y como en su casa. ¿Quién le había dado la llave? ¿Qué es lo que aquello significaba?

Á las siete de la mañana, cuando la vieja entró para arreglar la habitación, Juan Valjean le dirigió una mirada penetrante, pero sin interrogarla. La buena mujer estuvo como de ordinario.

Mientras iba barriendo, dijo:

--¿Habéis tal vez oído entrar alguien esta noche?

En aquella época y en aquel boulevard, las ocho de la noche era noche cerrada.

--Á propósito, es verdad,--respondió él con el acento más natural.--¿Quién era?

--Es un nuevo inquilino,--dijo la vieja,--que tenemos en la casa.

--¿Y que se llama?...

--No sé bien si Dumont ó Daumont. Un nombre así.

--¿Y qué es ese señor Dumont?

--Un rentista como vos.

Ella tal vez dijo estas palabras sin doble intención, pero Juan Valjean creyó descubrir alguna.

Cuando hubo salido la vieja, hizo él un rollo de un centenar de francos que tenía en un armario, y se lo metió en el bolsillo. Por mucho cuidado que pusiera en aquella operación para que no se le oyera remover dinero, escapósele de las manos una moneda de cien sueldos, que fué rodando ruidosamente por el suelo.

Al anochecer, bajó y miró atentamente arriba y abajo del boulevard.

No vió á nadie. El boulevard parecía absolutamente desierto. Es verdad que podía cualquiera ocultarse detrás de los árboles.

Volvió á subir.

--Ven,--dijo á Cosette.

Y tomándola de la mano, salieron los dos.

NOTAS:

[10] Traducción de Samaniego.