LIBRO SEGUNDO
LA CAÍDA
I =La tarde de un día de marcha=
En uno de los primeros días del mes de octubre de 1815, como cosa de una hora antes de ponerse el sol, un hombre que viajaba á pie, entraba en la pequeña ciudad de D***. Los pocos habitantes que se encontraban en aquel momento en las ventanas ó puertas de sus casas, fijábanse en el viajero con cierta inquietud. Difícil hubiera sido dar con un transeunte de aspecto más miserable. Era éste un hombre de mediana estatura, rechoncho y fuerte, en la robustez de su edad. Podía tener como unos cuarenta y seis ó cuarenta y ocho años. Un casquete con visera de cuero barnizado cubría una buena parte de sus facciones tostadas por el sol y el aire, sudando por todos sus poros. Su camisa de gruesa y amarillenta tela, sujetada al cuello por un pasador de plata, dejaba ver su velludo pecho; llevaba la corbata retorcida en cuerda; un pantalón de cutí azul, viejo y usado, blanco en una de las rodillas y roto en la otra; una blusa vieja que había sido gris, hecha jirones, remendada por uno de los codos con un pedazo de paño verde cosido con bramante: llevando á la espalda un morral de soldado, lleno y muy bien cerrado, completamente nuevo; traía en la mano un enorme y nudoso palo, y los pies sin medias, calzados en zapatos claveteados, la cabeza rapada y la barba larga.
El sudor, el calor, el viajar á pie y el polvo del camino prestaban un tinte sórdido y siniestro á aquel aspecto destrozado y roto.
Sus cabellos cortados al rape, estaban erizados en lo que cabía, puesto que empezaban ya á crecer.
Nadie le conocía. No era evidentemente más que un pasajero. ¿De dónde venía? Del Mediodía; de las orillas del mar tal vez, puesto que hacía su entrada en D*** por la misma calle que siete meses antes había presenciado la del emperador Napoleón yendo de Cannes á París. Aquel hombre debía haber andado todo el día. Parecía muy fatigado. Algunas mujeres del antiguo arrabal de la parte baja de la ciudad, le habían visto pararse bajo los árboles del boulevard Gassendi y beber en la fuente situada al extremo del paseo. Había de por fuerza tener mucha sed, porque los niños que le seguían le vieron pararse á beber nuevamente, doscientos pasos más arriba, en la fuente de la plaza-mercado.
Al llegar á la esquina de la calle Poichevert, tomó por la izquierda dirigiéndose á la Alcaldía, donde entró; volviendo á salir después de un cuarto de hora. Un gendarme estaba sentado junto á la puerta, en el mismo banco de piedra en el que el general Drouot subió el 4 de marzo, para leer á la espantada multitud de los habitantes de D***, la proclama del golfo Juan. El hombre llevó la mano á su casquete, saludando humildemente al gendarme.
El gendarme, sin contestar al saludo fijó su atención en él, siguiéndole algún tiempo con los ojos y entrando luego en la casa de la ciudad.
Existía á la sazón en D*** una buena posada llamada de _La Cruz de Colbes_. El dueño de la tal posada se llamaba Joaquín Labarre, muy considerado en la ciudad por su parentesco con otro Labarre, dueño en Grenoble de la posada de los _Tres Delfines_, el cual había servido en los batallones de Guías. Cuando el desembarco del Emperador, había dado lugar la tal posada á muchas habladurías. Decíase que el general Bertrand, vestido de carretero, había hecho allí frecuentes viajes durante el mes de enero, y que había distribuido cruces de honor á los soldados, y puñados de napoleones á los paisanos. Lo cierto es, que el Emperador, al entrar en Grenoble, había rehusado instalarse en el palacio de la perfectura, después de haber dado las gracias al alcalde, diciendo: _Voy á casa de un bello sujeto á quien ya conozco_: instalándose en _Los tres Delfines_. Aquella gloria del Labarre de _Los tres Delfines_ se reflejaba á veinticinco leguas de distancia en el Labarre de _La cruz de Colbes_. Y se decía de él en la ciudad: _Es primo del de Grenoble_.
Dirigióse nuestro hombre hacia dicha posada, que era la mejor de la comarca. Entró en la cocina, la cual abría una de sus puertas á la calle. Todos los hornillos estaban encendidos; en la chimenea ardía alegremente una gran llama. El hostelero, que era al mismo tiempo el jefe de cocina, iba muy atareado del hogar á las cacerolas, ocupado en servir una gran comida á unos carreteros, á quienes se oía reir y hablar á grandes voces en la pieza inmediata. Cualquiera que haya viajado, sabe que nadie come á mejor precio que los carreteros. Una gran marmota acompañada de perdices blancas y de pollos silvestres, volteaban en un largo asador junto á la lumbre; en los hornillos estaban cociéndose dos grandes carpas del lago de Lauzet, y una trucha del de Alloz.
El hostelero, al oir que se abría la puerta y que entraba un nuevo huésped, dijo sin separar los ojos de sus hornillos:
--¿Qué se os ofrece?
--Comer y dormir,--dijo el hombre.
--Nada más fácil,--contestó el hostelero. En aquel momento volvió la cabeza, abarcando de una ojeada todo el conjunto del viajero, y añadió:--En pagándolo...
El hombre sacó un gran bolsón de cuero de la faltriquera de su blusa y contestó:
--Tengo dinero.
--En este caso, estoy á vuestras órdenes,--dijo el hostelero.
El hombre volvió á meter su bolsa en el bolsillo; dejó el morral en tierra junto á la puerta, quedóse con el palo en la mano y fué á sentarse junto al hogar. D*** está en las montañas y las veladas de octubre son ya frías.
Entretanto, yendo y viniendo de una parte á otra iba el posadero observando al nuevo huésped.
--¿Comeremos pronto?--preguntó el hombre.
--Enseguida,--contestó el patrón.
Mientras el recién llegado se estaba calentando vuelto de espaldas al posadero, el digno Joaquín Labarre sacó un lápiz de su faltriquera, luego rasgó un pedazo de un periódico viejo que estaba sobre una mesa junto á la ventana. Escribió en lo blanco del margen una ó dos líneas, doblólo sin cerrarlo, y mandó aquel papel por un muchacho que le servía á la vez de lacayo y marmitón, no sin decirle antes al chico unas palabras al oído. Éste salió corriendo en dirección á la Alcaldía.
EL viajero no vió nada de esto.
Volviendo á preguntar de nuevo:
--¿Comeremos pronto?
--Al momento,--repitió el hostelero.
Volvió el muchacho. Entrególe un papel que el hostelero desdobló precipitadamente como el que espera ansioso una contestación. Pareció leerlo con mucha atención, luego meneó la cabeza, y después de estar como pensativo unos instantes, se dirigió resuelto al viajero, quien parecía estar sumido en un mar de reflexiones no muy serenas.
--Señor mío,--le dijo,--no puedo recibiros.
El hombre se medio incorporó sobre su asiento.
--¡Cómo! ¿teméis que no os pague? ¿queréis que os adelante el gasto? Ya os he dicho que tengo dinero.
--Nada de esto.
--¿Entonces qué?
--Tenéis dinero...
--Sí,--dijo el hombre.
--Y yo,--dijo el hostelero,--no tengo habitación.
--Acomodadme en la cuadra,--repuso el hombre tranquilamente.
--No puedo.
--¿Por qué?
--Porque los caballos la tienen ocupada.
--No importa,--dijo el hombre,--un rincón del granero... sobre un poco de paja. Ya veremos eso luego de haber comido.
--Es que tampoco puedo daros de comer.
Esta declaración, hecha en tono comedido, pero firme, parecióle muy grave al viajero, quien levantándose dijo:
--¡Ah! ¡Bah! me estoy muriendo de hambre. He salido al despuntar el día. He andado doce leguas. Pago. Quiero comer.
--No tengo qué daros,--dijo el hostelero.
El hombre lanzó una carcajada, y señalando la chimenea y los hornillos, exclamó:
--¡Nada! ¿y todo esto?
--Es todo de encargo.
--¿Para quién?
--Para estos señores arrieros.
--¿Cuántos son?
--Doce.
--Aquí hay comida para veinte.
--Lo han encargado y pagado anticipadamente.
El hombre sonrió y dijo sin levantar la voz:--Estoy en la hostería, tengo hambre y me quedo.
El hostelero se le acercó entonces y le dijo al oído, con acento que le hizo estremecer:
--Salid de aquí.
El viajero estaba en aquel momento, encorvado; empujando unas brasas hacia el fuego con la ferrada contera de su bastón, y al volver la cabeza é ir á abrir la boca para replicar, miróle fijamente el hostelero, repitiendo en voz baja:
--Mirad, basta de palabras. ¿Queréis que os diga vuestro nombre? ¿Os llamáis Juan Valjean? ¿Queréis además que os diga lo que sois? En cuanto os he visto entrar ya me he sospechado yo algo parecido; he mandado á la alcaldía, y he aquí lo que se me ha contestado. ¿Sabéis leer?
Y así diciendo, presentaba al viajero el papel desdoblado que acababa de recorrer el trayecto que iba desde la posada á la alcaldía y desde la alcaldía á la posada. El hombre le dirigió una mirada, y el hostelero repuso, después de una pausa:
--Tengo la costumbre de ser cortés con todo el mundo. Idos enhorabuena.
El hombre bajó la cabeza, recogió el morral que había dejado en el suelo y salió.
Tomó por la calle mayor, caminando al azar, rozando las fachadas de las casas como hombre humillado y triste, sin volver la cabeza una sola vez. Si la hubiera vuelto, habría visto al hostelero de _la Cruz de Colbes_ junto al umbral de la puerta, rodeado de todos los viajeros de la posada y de todos los transeuntes de la calle, hablando con viveza y señalándole con el dedo; y en las miradas de desconfianza y horror de aquel grupo, hubiera adivinado que antes de poco sería su llegada el acontecimiento de la ciudad.
Él nada de esto vió. Las personas agobiadas no miran nunca tras de sí. Están demasiado ciertas de que es la mala suerte quien les sigue.
Caminó en esta forma un buen espacio, andando siempre á la ventura y cruzando calles que no conocía, olvidándose de la fatiga, como acontece á las personas tristes. De súbito, se sintió vivamente aguijoneado por el hambre. La noche estaba encima, miró á su alrededor en busca de un asilo cualquiera.
La rica hostería le había cerrado sus puertas, buscaba pues una humilde taberna, cualquier miserable figón.
Precisamente vió brillar una luz al fin de la calle; una rama de pino colgada de una horquilla de hierro se destacaba sobre los blancos celajes del crepúsculo. Allá se dirigió.
Era efectivamente una taberna, la taberna de la calle de Chaffaut.
El viajero se paró un momento, miró por las vidrieras el interior de los bajos de la taberna, alumbrados por una lamparilla puesta sobre la mesa, y por un gran fuego en el hogar. Varios hombres estaban bebiendo. El tabernero se calentaba. La llama estaba haciendo hervir una marmita de hierro colgado de las llares.
Entrábase en la taberna, que tenía al mismo tiempo algo de posada, por dos puertas. La una daba á la calle y la otra á un pequeño patio lleno de basura. El viajero no se atrevió á entrar por la puerta de la calle. Deslizóse por el patio, vaciló todavía un momento; luego, levantó tímidamente el pestillo y empujó la puerta.
--¿Quién va?--preguntó el tabernero.
--Alguien que quisiera cenar y dormir.
--Está bien. Aquí se cena y se duerme.
Entró el hombre. Todos los que estaban bebiendo se volvieron. La lámpara le daba luz por una parte, el fuego por la otra. Todos le examinaron de arriba abajo, mientras se descargó de su morral.
Díjole el tabernero:
--Ahí tenéis fuego. La cena se está cociendo en la marmita. Venid y os calentareis, camarada.
Fué á sentarse el hombre junto el patrón, acercando al hogar sus pies estropeados por la fatiga; un olor agradable salía de la hirviente marmita. Todo lo que podía distinguirse de su fisonomía bajo su encasquetada gorra, tomó una vaga apariencia de bienestar, mezclado al doloroso y punzador aspecto que produce la costumbre del sufrimiento.
Era, por lo tanto, su semblante, firme, enérgico y triste. Aquella fisonomía presentaba un compuesto bastante extraño, pues comenzaba por parecer humilde y acababa por semejar severa. Su mirada brillaba bajo sus cejas, como debajo de malezas la llama.
No obstante, uno de los hombres sentados á la mesa era un pescadero que antes de entrar en la taberna de la calle de Chaffau, había ido á dejar su caballo en la cuadra de la hostería de Labarre. La casualidad había querido que aquella misma mañana se hubiese encontrado con aquel forastero de mala catadura, caminando entre Bras d'Asse y... (he olvidado el nombre: creo que sería Escoublon). Al encontrarle, el hombre que parecía ya muy fatigado, le había pedido que le permitiera subir á la grupa; á lo que el pescadero había contestado redoblando el paso. El pescadero formaba parte, media hora antes, del grupo que rodeaba á Joaquín Labarre, y asimismo había contado su desagradable encuentro de por la mañana á los viajeros de _la Cruz de Colbes_. Hizo á la sazón, desde su asiento, una seña imperceptible al tabernero. Éste se le acercó. Cambiáronse entre ambos algunas palabras en voz baja. El hombre estaba abismado en sus reflexiones.
El tabernero se acercó de nuevo á la chimenea, puso bruscamente su mano sobre la espalda del hombre, y le dijo:
--Vete de aquí.
El viajero volvió la cabeza y dijo dulcemente:
--¡Ah! ¿Sabéis vos?...
--Sí.
--¿Que me han despedido de otra posada?
--Como se te echa de ésta.
--¿Dónde queréis que vaya?
--Á otra parte.
El hombre tomó su palo y su morral, y se fué.
En cuanto salió, algunos muchachos que habían venido siguiéndole desde _La Cruz de Colbes_ y que parecían esperarle, le tiraron algunas piedras. Volvió el hombre colérico, sobre sus pasos, amenazándoles con el palo; los muchachos se dispersaron como una bandada de gorriones.
Pasó por delante de la cárcel. Á la puerta pendía una cadena de hierro unida á una campana. Llamó.
Abrióse un postigo.
--Señor portero,--dijo quitándose respetuosamente la gorra,--¿queréis hacer el favor de abrirme y dejarme pasar aquí la noche?
Una voz respondió:
--Una cárcel no es una posada; haceos prender y se os abrirá.
El postigo volvió á cerrarse.
Penetró entonces en una callejuela á la que dan muchísimos jardines. Algunos no están cerrados más que por sencillas cercas, lo cual embellece la calle. En medio de aquellos jardines y cercas, vió una casita de un solo piso, cuya ventana estaba iluminada. Miró entonces por entre los cristales como había hecho antes en la taberna. Vió una grande habitación blanqueada con cal, con una cama cuyo cobertor era de indiana rameda, una cuna en un ángulo, algunas sillas de madera y una escopeta de dos cañones colgada de la pared. Una mesa servida ocupaba el centro de la estancia. Un velón de cobre alumbraba el blanco mantel de grosera tela, una jarra de estaño, brillante como de plata, y llena de vino y la humeante sopera de caldo obscuro. Estaban sentados á la mesa, un hombre de unos cuarenta años, de aspecto abierto y jovial, haciendo saltar un chiquillo sobre sus rodillas. Junto á él una mujer muy joven daba de mamar á otra criatura. El padre reía, reía el muchacho y sonreía la madre.
El forastero estuvo un momento contemplando aquel espectáculo tierno y apacible. ¿Qué pasó por él? Él sólo hubiera podido decirlo. Es muy posible que creyese que aquella alegre morada había de ser hospitalaria, y que allí donde veía tanta dicha, encontrara, tal vez, un poco de piedad.
Dió, para llamar, un ligero golpe con la mano en la vidriera.
No fué oído.
Llamó por segunda vez.
Oyó que decía la mujer: creo que han llamado.
--No,--contestó el marido.
Llamó entonces por tercera vez.
Levantóse el marido, tomó el velón y abrió la puerta.
Era un hombre de elevada estatura, mitad campesino y menestral; llevaba un gran delantal de cuero que le subía hasta su hombro izquierdo, debajo del cual guardaba, marcándose perfectamente el bulto, un martillo, un pañuelo encarnado, un frasco de pólvora y varios otros objetos retenidos por la cintura, como dentro de un bolsillo. Volvió, inmutado, la cabeza hacia atrás; su camisa, muy abierta y desabrochada, dejaba ver un cuello de toro, blanco y desnudo. Tenía las cejas muy pobladas y grandes patillas negras; los ojos á flor de frente, y el resto de la cara formando hocico; y sobre todo esto, tenía el aire inexplicable de quien se encuentra en su casa.
--Señor,--dijo el viajero,--perdonad; pero, pagando, ¿podríais darme un plato de sopa, y dejarme un rincón donde pasar la noche en este cobertizo del jardín? Decidme: ¿podéis darme, pagando, lo que os pido?
--¿Quién sois?--preguntó el amo de la casa.
El hombre contestó:
--Vengo de Puy Moyssoon. He andado todo el día; he hecho doce horas de camino. ¿Podéis, como os he dicho, pagando?...
--Yo no rehusaría,--dijo el menestral,--en dar lo que pedís, pagando. Pero, ¿porqué no habéis ido á la posada?
--No hay sitio en ella.
--¡Bah! Es imposible, no siendo hoy, como no es, día de feria, ni de mercado. ¿Habéis estado en casa Labarre?
--Sí.
--¿Y qué?
El viajero turbado contestó:
--No sé, pero no me ha recibido.
--¿Habéis estado en la taberna de... la calle de Chaffaut?
La turbación del viajero iba en aumento; entonces balbuceó:
--Tampoco han querido recibirme.
La fisonomía del menestral tomó toda la expresión de la desconfianza; y fijándose en el recién llegado de los pies á la cabeza, exclamó de súbito como extremecido:
--¿Seríais por ventura el hombre?...
Y después de dirigir otra mirada al forastero, retrocedió tres pasos, dejó el velón sobre la mesa y descolgó su escopeta de la pared.
Mientras el artesano decía: _¿seriáis por ventura el hombre?_... habíase levantado la mujer, y tomando en brazos ambas criaturas, se refugiaba precipitadamente detrás de su marido, mirando al forastero horrorizada, desnudo el pecho, espantosos los ojos, murmurando por lo bajo:--_Tso-maraude_[1].
Todo esto tuvo lugar en menos tiempo del que es necesario para figurárselo. Después de haber examinado por algunos instantes al hombre, como se examina una víbora, el amo de la casa se acercó nuevamente á la puerta y dijo:
--Vete.
--Por favor,--repuso el hombre,--un vaso de agua.
--¡Un tiro!--exclamó el artesano.
Luego cerró violentamente la puerta y el hombre oyó como corría dos grandes cerrojos. Un momento después, cerráronse también las hojas de la ventana, oyéndose además el ruido de una barra de hierro que las afirmaba.
La noche avanzaba. El frío viento de los Alpes soplaba con furia. Á la luz del expirante día, advirtió el forastero dentro de uno de los jardines que bordean la calle una especie de barraca que le pareció hecha de pedazos de césped. Franqueó resueltamente la empalizada y se encontró en el jardín. Llegóse á la barraca; tenía ésta por puerta una estrecha abertura, bastante baja, pareciéndose á esas construcciones que los peones camineros levantan junto á las carreteras. Creyóse en efecto que era aquella la barraca de algún peón; sentía frío y hambre; estaba resignado al hambre, pero á lo menos quería aprovechar aquel abrigo contra el frío.
Semejantes barracas no acostumbran á estar habitadas por la noche. Agachóse cuanto pudo, y arrastrándose sobre el suelo logró deslizarse dentro de la barraca. Estaba caliente y tenía además un buen lecho de paja. Estuvo unos instantes echado sobre aquel lecho sin poder hacer un sólo movimiento, tal era su cansancio. Luego, como el morral entre ambas espaldas le incomodaba y podía por otra parte servirle de almohada, empezó á desatar una de las correas que le sujetaban. En aquel momento creyó oir un gruñido feroz. Levantó los ojos. La cabeza de un enorme perro de presa se dibujó en la sombra de la abertura de la barraca. Era aquella barraca una perrera.
El hombre era igualmente vigoroso y fuerte; armóse con su palo, hizo de su morral broquel, y salió de la perrera como pudo, no sin aumentar los jirones de su harapiento traje.
Salió igualmente del jardín, caminando hacia atrás, obligado para tener el perro á distancia, á recorrer al manejo del palo, que los maestros en semejante esgrima llaman _el molinete_.
Cuando hubo no sin trabajo, franqueado de nuevo la empalizada y volvió á encontrarse otra vez en la calle; sólo, sin cama, sin techo, sin abrigo, rechazado igualmente de aquel lecho de paja y de aquella miserable barraca, dejose caer, mejor que se sentó, sobre una piedra, y parece que no faltó transeunte que le oyó exclamar:
--¡Soy menos que un perro!
Luego se levantó de nuevo y echó á andar. Salía de la ciudad en la esperanza de encontrar algún árbol ó algún pajar del campo, que le diese abrigo.
Caminó así, por algún tiempo, siempre con la cabeza baja. Cuando se vió lejos de toda morada humana, levantó los ojos mirando á su alrededor. Se encontraba en el campo; levantábase delante de él una de estas colinas bajas, cubiertas de rastrojo, que parecen, después de la siega, cabezas rapadas.
Veía el horizonte completamente negro, no sólo por las sombras de la noche, sí que también á causa de algunas nubes muy bajas que parecían apoyarse en la misma colina, y que se elevaban llenando todo el cielo. No obstante, como iba á salir la luna y flotaba todavía en el zénit un rayo de luz crepuscular, formaban aquellas nubes en lo alto del cielo una especie de bóveda blanquecina que lanzaba sobre la tierra cierto resplandor.
La tierra resultaba, pues, más iluminada que el cielo, lo cual es de un efecto particularmente siniestro, y aquella colina de pobres y mezquinos contornos, se dibujaba vaga y blanquecina sobre el horizonte tenebroso. Todo aquel conjunto resultaba horroroso, pequeño, lúgubre y limitado. Nada se veía en el campo ni en la colina mas que un árbol deforme, que se retorcía como tembloroso á pocos pasos del viajero.
Aquel hombre se encontraba evidentemente muy lejos de poseer aquellos delicados hábitos de inteligencia y de espíritu que nos hacen sensibles á los misteriosos aspectos de las cosas; no obstante, había en aquel cielo y en aquella colina, en aquella llanura y en aquel árbol, algo tan profundamente desconsolador, que después de un instante de inmovilidad y de contemplación, el hombre aquel retrocedió, dejando el camino bruscamente. Hay momentos en que la misma naturaleza nos parece hostil.
Volvió sobre sus pasos. Las puertas de D*** estaban cerradas. D***, que sostuvo largos sitios durante las guerras religiosas, estaba todavía circuida en 1815 de antiguas murallas flanqueadas de torreones cuadrados, que han sido demolidas después. Pasando por una brecha, se encontró de nuevo en la ciudad.
Serían como las ocho de la noche. Como las calles le eran desconocidas, empezó nuevamente su paseo á la ventura.
Dió, andando así, con la prefectura, después con el seminario. Al pasar junto á la catedral, mostró á la iglesia su puño cerrado.
Existe en un ángulo de esta plaza una imprenta. Es en la que fueron impresas, por primera vez, las proclamas del emperador y de la guardia imperial al ejército, traídas de la isla de Elba y redactadas por Napoleón mismo.
Agobiado por el cansancio y sin esperar nada, acostóse sobre el banco de piedra que existía junto á la puerta de la imprenta.
Una anciana que salía en aquel momento de la iglesia, observó á aquel hombre echado en la sombra.
--¿Qué hacéis aquí, buen amigo?--le dijo.
Él contestó rudamente encolerizado:
--Ya lo veis, buena mujer, me acuesto.
La buena mujer, bien digna en efecto de tal nombre, era la señora marquesa de R.
--¿Sobre este banco?--repuso ella.
--He dormido durante diez y nueve años en colchón de madera,--dijo el hombre;--hoy le tengo de piedra.
--¿Habéis sido soldado?
--Sí, buena mujer, soldado.
--¿Por qué no vais á la hostería?
--Porque no tengo dinero.
--¡Ay!--exclamó la señora de R.,--no tengo en mi bolsa mas que cuatro sueldos.
--Dádmelos.
El hombre tomó los cuatro sueldos.
La marquesa de R. continuó:
--Con tan poco dinero no podréis encontrar alojamiento. ¿Lo habéis solicitado? Es imposible que paséis así la noche. Sentís indudablemente frío y hambre. Pudieran haberos alojado por caridad.
--Ya he llamado á todas las puertas.
--¿Y qué?
--De todas me han echado.
La «buena mujer» tocó el brazo del hombre, y señalando hacia la otra parte de la plaza una pequeña casa junto al palacio del obispo.
--¿Habéis,--repuso ella,--llamado á todas las puertas?
--Sí.
--¿Habéis llamado á aquélla?
--No.
--Llamad pues.
II =La prudencia aconseja á la Sabiduría=
Aquella noche, el señor obispo de D***, después de su paseo por la ciudad, se estuvo hasta muy tarde encerrado en su cuarto. Andaba ocupado en un gran trabajo acerca de los _Deberes_, el cual quedó desgraciadamente sin concluir. Consistía en extractar cuidadosamente todo cuanto los Padres y los Doctores han dicho sobre materia tan grave. Su libro estaba dividido en dos partes: primeramente trataba de los deberes de todos, y en segundo lugar, de los deberes de cada uno, según la clase á la cual pertenezca. Los deberes de todos son los grandes deberes. Éstos son cuatro. San Mateo los designa así: Deberes para con Dios (Math., VI), deberes para nosotros mismos (Math., V, 29, 30), deberes para con el prójimo (Math., VII, 12), deberes para con las criaturas (Math., VI, 20, 25). Para los demás deberes, había el obispo encontrado indicaciones y prescripciones en diversas partes: para los soberanos y los súbditos, en la Epístola á los Romanos; para los magistrados, las esposas, las madres y los jóvenes, en san Pedro; para los maridos, padres, hijos y servidores, en la Epístola á los Efesios; para los fieles, en la Epístola á los Hebreos; para las doncellas, en la Epístola á los Corintios. Estaba haciendo trabajosamente de todas estas prescripciones reunidas, un conjunto armonioso que quería presentar á las almas.
Á las ocho estaba trabajando todavía, escribiendo muy incómodamente en pequeñas cuartillas de papel, con un gran libro abierto sobre las rodillas, cuando la señora Magloria entró, según costumbre, para sacar la plata del armario que había junto á la cama. Un instante después, comprendiendo el obispo que estaba ya servida la mesa y que su hermana le estaría esperando tal vez, cerró su libro, dejó su mesa de escribir y entró en el comedor.
Era el comedor una pieza oblonga con chimenea, con una puerta en la calle, como hemos dicho, y ventana al jardín.
La señora Magloria acababa efectivamente de poner los cubiertos.
Mientras iba poniendo la mesa conversaba con la señorita Batistina.
Sobre la mesa había una lámpara; la mesa estaba junto á la chimenea, en la cual ardía una gran llama.
Puede uno figurarse fácilmente aquellas dos mujeres que habían ambas atravesado los sesenta: la señora Magloria, pequeña regordeta, vivaracha; y la señorita Batistina, dulce, delicada, pálida, un poco más alta que su hermano, con su vestido de seda marrón, color muy de moda en 1806, que ella había comprado á la sazón en París y que le duraba todavía. Por valernos de una locución vulgar, que tiene el mérito de expresar con una sola palabra una idea para la cual no basta á veces una página, la señora Magloria tenía el aire de una _mujer_ y la señorita Batistina el de una _señora_. La señora Magloria llevaba gorra blanca acanalada; al cuello una crucecita de oro, única joya de mujer en aquella casa; un pañuelito blanquísimo asomaba debajo de un vestido de buriel negro de mangas anchas y cortas; un delantal de tejido de algodón á cuadros encarnados y verdes, sujetado al talle con una cinta verde, con su pitillo prendido á los hombros con alfileres; calzaba zapatos gruesos y medias amarillas, como las mujeres de Marsella.
El vestido de la señorita Batistina, cortado sobre patrones de 1806, tenía el talle corto, falda estrecha, mangas de hombreras con picos y botones. Cubría sus cabellos grises con una peluca de rizos llamada _de niño_. La señora Magloria tenía el aire inteligente, vivo y bueno; los dos ángulos de su boca desigualmente levantados, y el labio superior, algo más grueso que el inferior, le prestaban cierto carácter testarudo é imperioso. Tanto, que cuando monseñor se callaba, hablaba ella resueltamente, mezclando al respeto la libertad; pero desde que monseñor empezaba á hablar, trocábase aquella libertad en una obediencia pasiva muy parecida á la de la señorita Batistina, sin decir una palabra más. Ésta se limitaba sencillamente á obedecer y complacer. Ni aún de joven, había sido bonita; tenía grandes ojos azules al nivel de la frente y la nariz larga y aplastada, pero el todo de su fisonomía, toda su persona, ya lo hemos dicho al principio, respiraba inefable bondad. Siempre había sido como predestinada á la mansedumbre; pero la fe, la caridad y la esperanza, estas tres virtudes que prestan dulce calor al alma, habían elevado poco á poco aquella mansedumbre hasta la santidad. La naturaleza había hecho de ella una simple oveja; la religión la había elevado á ángel. ¡Pobre y santa mujer! ¡Dulce recuerdo desvanecido!
La señorita Batistina ha contado después tantas veces lo que tuvo lugar aquella noche en casa del obispo, que muchas personas que viven todavía, recuerdan perfectamente los menores detalles.
En el momento en que entró el señor obispo, la señora Magloria estaba hablando con alguna vivacidad. Referíase en su conversación con _la señorita_ de cierto asunto que le era muy conocido, y del cual estaba Su Ilustrísima muy enterado. Tratábase del pestillo de la puerta de entrada.
Parece que al ir por algunas provisiones para la cena, había oído hablar de ciertas cosas, en diferentes sitios. Se trataba de un vagamundo de mala catadura; decíase que este vagamundo sospechoso acababa de llegar, que había de estar en una parte ú otra de la ciudad, y que era muy posible tuviese un mal encuentro, cualquiera de los que aquella noche se viese obligado á retirarse tarde á casa. Que la policía estaba muy mal atendida; por otra parte, gracias á que el señor Prefecto y el señor alcalde eran muy poco amigos, buscando perjudicarse mutuamente con el resultado de los acontecimientos que pudiesen sobrevenir. Y que debían, por lo tanto, las personas prudentes, cuidar por sí mismas de lo que descuidaba la policía, guardándose mucho, y teniendo buen cuidado de echar cerrojos y atrancar _y cerrar bien las puertas_.
La señora Magloria marcó mucho la última frase; pero el obispo que venía de su cuarto, en el que se sentía mucho el frío, se sentó delante de la chimenea y empezó á calentarse, pensando tal vez en algo muy distinto. No se fijó pues para nada en la frase que la señora Magloria acababa de pronunciar. Ésta volvió á repetirla. Entonces la señorita Batistina, queriendo complacer á la señora Magloria, sin disgustar á su hermano, se aventuró á decir tímidamente:
--Hermano mío, ¿has oído lo que dice la señora Magloria?
--He oído vagamente algo,--respondió el obispo.
Luego, dando media vuelta á la silla, puestas ambas manos sobre sus rodillas, y elevando hacia su antigua servidora la mirada con aire cordial y sencillamente risueño, é iluminado desde abajo por la llama del hogar:
--Veamos. ¿Qué hay? ¿Qué sucede? ¿Nos amenaza algún peligro grave?
Entonces la señora Magloria volvió á repetir la historia exagerándola algún tanto, sin duda. Parece, según dijo, que un gitano, un descamisado, una especie de mendigo peligroso, se encontraba á la sazón en la ciudad. En vano había pretendido alojarse en casa de Juoaquín Labarre, quien no había querido recibirle. Se le había visto después por el boulevard Gassendi, y vagar por varias calles al anochecer. Un hombre de morral y garrote, de horrible catadura.
--¿De veras?--exclamó el obispo.
Esta condescendencia en interrogarla alentó á la señora Magloria pues ello parecía indicarle que el obispo no andaba muy lejos de alarmarse; prosiguió entonces en ademán triunfante:
--Sí, monseñor. Como os lo digo. Esta noche va á pasar alguna desgracia en la ciudad. Todo el mundo lo dice. Además como la policía está tan descuidada (repetición útil). ¡Vivir en un país montañoso como éste, y no tener de noche faroles en las calles! Sale uno. ¿Dónde está la seguridad? Y decía yo, monseñor, y la señorita decía igualmente...
--Yo,--interrumpió la hermana,--yo no digo nada. Lo que haga mi hermano es lo bien hecho.
La señora Magloria prosiguió como si no hubiese oído la protesta:
--Decíamos nosotras, que no es esta casa muy segura; que si lo permite monseñor, iré yo misma á decir á Paulino Musebois, el cerrajero, que venga á poner de nuevo los antiguos cerrojos á la puerta, que están ahí; es obra de un instante; repito que es preciso reponer los cerrojos aunque no sea más que por esta noche; porque, digo yo, que una puerta que puede abrirse desde fuera, con sólo levantar el pestillo, el primer recién llegado, es muy de temer; y con la costumbre que tiene monseñor de decir siempre: entrad, y que luego, como á media noche. ¡Dios mío! no hay necesidad de pedir permiso...
En aquel momento llamaron á la puerta dando un golpe violento.
--Adelante,--dijo el obispo.
III =Heroísmo de la obediencia pasiva=
La puerta se abrió.
Abrióse vivamente, por completo como si alguien la hubiese empujado con resolución y energía.
Entró un hombre.
Á este hombre lo conocemos ya. Era el viajero á quien hemos visto andar en busca de un asilo.
Entró, dió un paso y se quedó parado, dejando tras sí la puerta abierta. Llevaba su morral á la espalda, el garrote en la mano; su expresión era ruda, atrevida, fatigada y violenta la mirada. El fuego de la chimenea le alumbraba. Estaba horrible. Era una siniestra aparición.
La señora Magloria no tuvo siquiera la fuerza necesaria para dar un grito. Estremecióse, quedando inmóvil.
La señorita Batistina volvió la cabeza, vió al hombre que entraba, y se levantó medio espantada: después, volviendo poco á poco la cabeza hacia la chimenea, levantó los ojos mirando á su hermano, tomando entonces su fisonomía el aspecto de profunda calma y severidad.
El obispo fijó en el hombre su mirada tranquila.
Al abrir la boca para preguntar sin duda al recién llegado qué se le ofrecía, éste, apoyando ambas manos sobre su garrote, dirigió una mirada alternativa al anciano y á las dos mujeres, y sin atender á que el obispo hablase, dijo en voz alta y ruda:
--Heme aquí. Me llamo Juan Valjean. Soy un presidiario. He pasado en presidio diez y nueve años. Estoy libre desde hace cuatro días y me dirijo á Pontarlier, donde voy destinado. Cuatro días que camino desde Tolón acá. Hoy he hecho doce leguas á pie. Esta tarde al llegar á la población, he estado en una posada de la cual he sido echado á causa de mi pasaporte amarillo, que había ya presentado á la Alcaldía, como era mi deber. He ido á otra posada. Se me ha dicho: ¡Vete! En una y otra parte me han repetido lo mismo. Nadie quiere recibirme. He ido á la cárcel, el portero no me ha querido abrir. Me he metido en la barraca de un perro, y el perro me ha mordido y me ha echado, como si fuera un hombre. Hubiérase dicho que sabía quién yo era. He salido al campo para dormirme á la luz de las estrellas; no hay estrellas esta noche. Temiendo que iba á llover y que no hubiese un buen Dios que impidiera la lluvia, he vuelto á entrar en la ciudad, para buscar el hueco de una puerta. Allá, en la plaza, íbame á echar sobre una piedra; una buena mujer me ha enseñado esta casa y me ha dicho: Llamad ahí. He llamado. ¿Qué casa es ésta? ¿una posada? Tengo dinero; el de mis alcances. Ciento nueve francos y quince sueldos, que he ganado en presidio con mi trabajo de diez y nueve años. Yo pagaré, no importa, tengo dinero. Estoy rendido, doce leguas á pie, tengo hambre. ¿Queréis que me quede?
--Señora Magloria,--dijo el obispo,--poned en la mesa otro cubierto.
El hombre dió tres pasos, y se acercó á la lámpara que estaba en la mesa.
--Mirad,--repuso,--como si no hubiese comprendido bien, esto no es esto. ¿Me habéis entendido? Soy un presidiario. Un forzado. Vengo de presidio: Y sacando de su bolsillo un gran pliego de papel amarillo, que desdobló--ved, dijo, mi pasaporte. Amarillo, como estáis viendo. Sirve para que se me eche de todas partes. ¿Queréis leer? ¿Yo sé leer también; he aprendido en presidio. Hay allí una escuela para los que quieren. Mirad, ved lo que han escrito en mi pasaporte: «Juan Valjean, presidiario cumplido, natural de...». Esto os es indiferente. «Ha estado diez y nueve años en presidio. Cinco años por robo con fractura. Catorce años por haber intentado evadirse cuatro veces distintas. Es hombre muy peligroso». ¡Ya lo sabéis! Todo el mundo me echa. ¿Queréis vos recibirme? ¿Es esto una posada? ¿Queréis darme cena y cama? ¿Tenéis caballerizas?
--Señora Magloria,--dijo el obispo,--poned sábanas limpias en la cama de la alcoba.
Hemos ya explicado qué clase de obediencia era la de aquellas dos mujeres.
La señora Magloria salió para cumplir lo que se le había mandado.
El obispo se volvió hacia el hombre:
--Amigo mío, sentaos y calentaos. Dentro un momento vamos á cenar, y se os arreglará la cama mientras...
El hombre acabó por comprender. La expresión de su rostro, sombría y dura hasta entonces, impregnóse de estupefacción, de duda, de alegría, de asombro, tartamudeando como un loco:
¿Es verdad que me recibís? ¡no esquiváis á un presidiario! ¡me llamáis amigo! y ¿no me tuteáis? y no me echáis diciendo: ¡Vete, perro! como me dice todo el mundo. Yo creía que no me recibiríais. Por esto os he dicho enseguida quién soy. ¡Oh! ¡qué buena mujer la que me ha dirigido aquí! ¡Voy á cenar! ¡á dormir en cama con sábanas y colchón! ¡como todo el mundo! ¡una cama! ¡hace diez y nueve años que no he descansado en ella! ¿queréis de veras que no me vaya? ¡Oh! ¡qué buenos sois! Por lo demás, ¡tengo dinero! Pagaré bien. Permitidme, señor posadero, ¿cómo os llamáis? Pagaré todo lo que queráis. Sois un gran hombre. ¿Sois posadero, no es verdad?
--Soy,--dijo el obispo,--un cura que vive aquí.
--¡Un cura!--repuso el hombre.--¡Oh! ¡un gran cura! ¿Entonces no me pediréis dinero? ¿El párroco, no es verdad? ¿El párroco de esta gran iglesia? ¡Y es verdad! ¡qué torpe! no me había fijado en vuestro solideo.
Así hablando, había dejado su palo y su morral en un rincón, había vuelto á meterse su pasaporte en el bolsillo, y se había sentado. La señorita Batistina le contemplaba con cierta dulzura. Él prosiguió:
--Sois muy humano, señor cura; vos no despreciáis. ¡Qué bueno es un buen cura! ¿Entonces, no tenéis necesidad de que yo os pague?
--No,--dijo el obispo.--guardaos vuestro dinero. ¿Cuánto tenéis? Creo que me habéis dicho ciento nueve francos?
--Y quince sueldos,--añadió el hombre.
--Ciento nueve francos y quince sueldoos. ¿Y cuánto tiempo habéis empleado para ganar eso?
--Diez y nueve años.
--¡Diez y nueve años!
El obispo suspiró profundamente.
El hombre prosiguió:--Conservo aún todo mi dinero. En cuatro días no he gastado sino veinte y cinco sueldos, que me gané ayudando á descargar unos carros en Grasse. Y ya que sois sacerdote, voy á deciros, que en el presidio teníamos un limosnero. Y luego, un día vi un obispo, un monseñor, como allí le llaman. Era el obispo de la Mayor de Marsella. Es el cura que manda á los curas, ¿entendéis? Dispensad si me equivoco; ¡pero yo entiendo tan poco de eso! ¡Ya os haréis cargo! Aquel obispo dijo su misa en medio del patio, en un altar, llevaba una cosa puntiaguda, de oro, en la cabeza. Al sol del medio día brillaba aquello. Nosotros estábamos colocados en tres filas á los dos lados y al centro, teniendo los cañones con las mechas caladas frente de nosotros. No le veíamos muy bien. Habló, pero como lo hizo desde el fondo, no le entendimos. Ya sabéis lo que es un obispo.
Mientras hablaba el hombre, el obispo se levantó y entornó la puerta que había quedado abierta del todo.
La señora Magloria reapareció. Traía un cubierto que dejó sobre la mesa.
--Señora Magloria,--dijo el obispo,--colocad este cubierto lo más cerca posible del fuego.--Y volviéndose á su huésped:--El aire de la noche es muy crudo en los Alpes. Y vos, señor mío, tendréis necesidad de calentaros.--Cada vez que el obispo decía la palabra _señor_, con su acento dulcemente grave y familiar, la fisonomía del hombre se iluminaba. _Señor_ á un presidiario, esto es dar un vaso de agua á un náufrago de la _Medusa_. La ignomia está sedienta de consideraciones.
--He aquí,--dijo el obispo,--una lámpara que no alumbra apenas.
La señora Magloria entendió enseguida, y fué á buscar, sobre la chimenea del cuarto de monseñor, los dos candeleros de plata, que encendió y puso sobre la mesa.
--Señor cura,--dijo el hombre,--sois muy bueno; no me despreciáis. Me recibís en vuestra casa. Encendéis estos cirios para mí. Y eso que no os he ocultado de donde vengo y que yo soy un hombre despreciable.
El obispo, sentado junto á él, golpeó suavemente su mano.--Podíais no haberme dicho quien vos erais. Esta no es mi casa, es la casa de Jesucristo. Aquella puerta no pregunta jamás al que entra por su nombre, pero sí, si tiene alguna pena. Vos sufrís; vos tenéis hambre y sed; sed bienvenido. No me debéis gracias, ni digáis que os recibo en mi casa. Esta casa no es de nadie, sino del que necesita asilo. Yo os digo, caminante; estáis en vuestra casa estando aquí, mejor que yo mismo. Todo lo que hay aquí os pertenece. ¿Qué necesidad tengo de saber vuestro nombre? Y luego que, sin que vos me lo dijeseis, tenéis uno que ya me lo sabía yo.
El hombre abrió los ojos admirado.
--¿De veras? ¿Sabéis cómo me llamo?
--Sí,--respondió el obispo,--os llamáis mi hermano.
--¡Caramba, señor cura!--exclamó el hombre,--tenía mucha hambre al entrar aquí; pero sois tan bueno, que ya no sé ahora lo que tengo. Creo que se me ha pasado.
El obispo le miró de nuevo y dijo:
--¿Habéis sufrido mucho?
--¡Oh! la chaqueta roja, el grillete al pie, una tarima para dormir, el calor, el frío, el trabajo, la chusma, los palos, la doble cadena por cualquier cosa, el calabozo por una palabra, ¡y siempre la cadena aun en la misma cama estando enfermo! ¡Los perros, los perros son mucho más felices! ¡Diez y nueve años! tengo cuarenta y seis. Y además pasaporte amarillo. Ya lo veis.
--Sí;--repuso el obispo,--salís de un lugar de tristezas. Oídme: existe más gloria en el cielo por las lágrimas de un pecador, que por la blanca túnica de cien justos. Si habéis dejado aquel lugar de pena y de dolor, con propósitos de odio y de cólera contra los hombres, sois digno de compasión; si habéis salido de él con intenciones benévolas, de dulzura y de paz, valéis más que cualquiera de nosotros.
Entretanto, la señora Magloria había servido la cena; una sopa hecha de agua, aceite, pan y sal; un poco de tocino, un pedazo de carnero, higos, queso tierno y un gran pan de centeno. Habiéndose añadido á la comida ordinaria del obispo, una botella de vino de Mauves.
La fisonomía del obispo tomó de pronto esa expresión de alegría propia de las naturalezas hospitalarias.--¡Á la mesa!--exclamó con viveza! Como tenía por costumbre siempre que algún forastero cenaba con él, hizo sentar al hombre á su derecha. La señorita Batistina, perfectamente apacible y natural, colocóse á su izquierda.
El obispo bendijo la mesa, y luego sirvió por sí mismo la sopa, conforme su costumbre. El hombre empezó á comer con avidez.
[Ilustración: El obispo bendijo la mesa, y luego sirvió por sí mismo la sopa]
De pronto dijo el obispo:--Me parece que falta algo en la mesa.
La señora Magloria no había puesto en la mesa más que los tres cubiertos absolutamente indispensables. Según costumbre de la casa, siempre que tenía el señor obispo algún convidado, se colocaban sobre el mantel los seis cubiertos de plata; inocente vanidad. Esta chocante apariencia de lujo, venía á ser una especie de gozo infantil, verdaderamente encantador, en aquella morada tranquila y severa, que elevaba la pobreza hasta la dignidad.
La señora Magloria, comprendiendo desde luego la observación, salió sin decir una palabra, y un momento después, los tres cubiertos reclamados por el obispo brillaban ya sobre el mantel, simétricamente colocados delante de cada uno de los tres comensales.
IV =Detalles acerca de las queserías de Pontarlier=
Para dar ahora una idea de lo que pasó en aquella mesa, no sabemos hacer nada mejor que transcribir aquí, un pasaje de cierta carta que la señorita Batistina dirigió á la señora Boischevron, en la cual la conversación del presidiario y el obispo está detallada con minuciosa sencillez:
«...Aquel hombre no hacía el menor caso de las personas. Comía con hambrienta voracidad. No obstante, después de cenar, dijo:
«--Señor cura del Dios bueno, todo esto es todavía demasiado bueno para mí, pero debo deciros, que los carreteros que no han querido dejarme comer con ellos, lo hacen mejor que vos.
«Para entre nosotros, la observación me chocó un poco. Mi hermano le contestó:
«--También se cansan más que yo.
«--No, repuso el hombre, tienen más dinero. Vos sois pobre, se ve desde luego. Vos, tal vez, ni siquiera sois cura. ¿Lo sois? ¡Ah! ¡segurísimo! si Dios fuése justo, seríais á lo menos cura-párroco.
«--Dios es más que justo,--dijo mi hermano.
«Un instante después añadió:
«--Señor Juan Valjean, ¿es á Pontarlier que os dirigís?
«--Con itinerario obligado.
«Creo que fué esto lo que dijo el hombre. Después continuó:
«--Es preciso que esté ya nuevamente en camino mañana al rayar el alba. Es muy cansado el viajar ahora, pues si las noches son frías, son los días calurosos.
«--Es allí donde vais,--repuso mi hermano,--un gran país. Durante la Revolución, y estando mi familia arruinada, me refugié en el Franco-Condado, á la sazón, donde viví algún tiempo con mi trabajo manual. Tenía buena voluntad y encontré luego en qué ocuparme. No había más que escoger, entre las fábricas de papel, las tenerías, destilatorios, almazaras, fábricas de relojes al por mayor, fundiciones de acero y de cobre, veinte herrerías, cuando menos, de las cuales las hay muy importantes en Lods, Châtillon, Audincourt y Beure.
«Creo no haberme equivocado, y que son estos los nombres citados por mi hermano; después de lo cual, se interrumpió á sí mismo para dirigirme la palabra.
«--Querida hermana, ¿no hemos de tener algunos parientes por allá?
«Yo le contesté:
«--Los tenemos, entre otros, el señor de Lucenet, que había sido jefe de puertas en Pontarlier durante el antiguo régimen.
«--Sí, repuso mi hermano, pero durante el 93 no había otros parientes que nuestros brazos. Y yo trabajé. Existe en la comarca de Pontarlier, donde os dirigís vos, señor Valjean, una industria verdaderamente patriarcal y de resultado, hermana mía. Me refiero á las queserías ó fruteras, como allí las llaman.
«Entonces mi hermano, mientras instaba á comer al hombre, le explicó muy detalladamente lo que venían á ser las fruteras de Pontarlier, las cuales se dividen en dos clases:--las _grandes granjas_, que pertenecen á los ricos, y en las que hay cuarenta ó cincuenta vacas que producen siete ú ocho mil quesos por verano; y las _fruteras por asociación_, que son de los pobres, es decir, de los aldeanos de la montaña que reúnen sus vacas en común, y parten luego sus productos.--Toman á jornal un quesero, al que llaman _grurin_; el grurin recibe la leche de los asociados, tres veces al día, y marca las cantidades en una doble tarja; á últimos de abril es cuando empiezan los trabajos de quesería, hasta mediados de junio, que los queseros vuelven con sus vacas á la montaña.
«El hombre se iba reanimando á medida que comía. Mi hermano le hacía beber de aquel excelente vino de Mauves, del que no bebe él porque dice que resulta muy caro. Mi hermano le advertía de todos estos detalles, con aquella sencilla jovialidad que ya conocéís, mezclando á sus palabras aquella graciosa espresión que le es peculiar, y que yo comprendía perfectamente. Tuvo expecial cuidado en pintar el lisonjero modo de ser del _grurin_ como si hubiese querido que aquel hombre comprendiera sin aconsejárselo directa y claramente, que podía encerrar aquello un porvenir para él. Una cosa me chocó. Era aquel hombre lo que os he dicho. Pues bien, mi hermano, ni durante la cena y durante toda la noche, á escepción de algunas palabras sobre Jesús, al darle entrada, dijo una sola frase que pudiera recordarle al hombre aquel lo que había sido, ni que le diera á entender quién era mi hermano. Y, sin embargo, era aquella una ocasión muy apropósito para echarle un sermón, y de apoyarse el obispo en el presidiario para imprimir en él el sello de su paso. Á otro cualquiera le hubiera parecido tal vez, que dado el caso de tener á mano aquel desgraciado, era conveniente alimentar su alma al par del cuerpo y de hacerle alguna observación razonada de moral y de buen consejo, ó bien alguna conmiseración exhortándole á que mejorase su conducta para el porvenir. Mi hermano no le preguntó siquiera de dónde procedía, ni cuál era su historia. Porque en su historia ha de estar su falta; parece que mi hermano tuvo empeño en alejar todo lo que pudiera recordársela. Tanto, que es cierto que mi hermano, hablando de los montañeses de Pontarlier que tienen _un trabajo dulce junto al cielo_, y añadía, _son felices porque son inocentes_, se paró de súbito, temiendo que no hubiese en esta frase que se le escapaba, algo que pudiese herir al hombre. Á fuerza de reflexionar, creo haber entendido lo que pasaba en el corazón de mi hermano. Él creía, sin duda, que aquel hombre que se llama Juan Valjean no tenía presente en su espíritu mas que su miseria, que era lo mejor distraerle de ella y hacerle creer, aunque no fuése más que de momento, que era una persona como otra cualquiera, siendo todo en él natural y corriente. ¿No es esto, en efecto, comprender perfectamente la caridad? ¿No hay, señora mía, algo de esencialmente evangélico en la delicadeza que se abstiene del sermón, de las moralejas y de las alusiones, siendo mayor la compasión cuando un hombre siente un gran dolor el no tocar el punto que lo produce? Creo que éste debió ser el pensamiento oculto de mi hermano. En todo caso, lo que yo puedo decir, es que si realmente tuvo semejantes ideas, no las dió á conocer; en mi concepto, estuvo, al parecer, como las demás noches, y de la misma manera, y con la misma naturalidad cenó con Juan Valjean, que lo hubiera hecho con el señor Gedeón, el preboste, ó con el señor cura de la parroquia.
«Al terminar, cuando estábamos comiendo los postres, llamaron á la puerta; era la buena Gerbaud, con su hijo en brazos. Mi hermano besó al niño en la frente, y me pidió quince sueldos que yo tenía allí para dárselos á la tía Gerbaud. El hombre, durante este espacio de tiempo, no se fijaba al parecer ni decía una sola palabra; parecía fatigado. La pobre Gerbaud salió, mi hermano rezó las _gracias_; y luego volviéndose al hombre, le dijo: Tendréis mucha necesidad de ir á la cama. La señora Magloria levantó la mesa inmediatamente. Comprendiendo ser necesario que nos retirásemos pronto para dejar dormir al viajero, nos subimos al piso las dos juntas. Poco después, mandé á la señora Magloria que bajara y colocara en el lecho del forastero, una piel de corzo de la Selva Negra que tengo en mi cuarto. Las noches son glaciales y esta piel conforta. Lástima que sea ya tan vieja; todo el pelo se le cae. Mi hermano la compró cuando estuvo en Alemania, en Tottlingen, junto á los orígenes del Danubio, al propio tiempo que mi cuchillito con mango de marfil, del que me sirvo en la mesa.
«La señora Magloria volvió á subir inmediatamente, y después de rezar nuestras oraciones en la sala donde tenemos la ropa blanca, nos fuímos cada una á nuestro dormitorio sin decir una palabra».
V =Calma=
Después de haberle dado las buenas noches á su hermana, monseñor Bienvenido tomó de encima la mesa uno de los dos candeleros de plata, y entregando el otro á su huésped, le dijo:
--Señor mío, voy á acompañaros á vuestro cuarto.
El hombre le siguió.
Como se ha podido ver en lo que antes hemos dicho, las habitaciones estaban distribuidas de manera, que para ir al oratorio donde estaba la alcoba, ó para salir, era indispensable atravesar el dormitorio del obispo. En el momento en que atravesaban este cuarto, la señora Magloria estaba guardando la plata en el armario de la cabecera de la cama. Esta era su última operación cada noche antes de acostarse.
El obispo instaló á su huésped en la alcoba. Una cama blanca y limpia le estaba esperando. Dejó el hombre su candelero sobre una mesita.
--Vamos,--dijo el obispo,--que paséis bien la noche. Mañana por la mañana, antes de emprender de nuevo vuestro viaje, tomareis una taza de leche de nuestras vacas; calentita.
--Gracias, señor cura,--dijo el hombre.
Apenas pronunciadas estas palabras de paz, cuando de súbito y sin transición, hizo un extraño movimiento, que hubiera llenado de espanto á las dos buenas mujeres si hubiesen estado presentes. Hoy mismo nos sería difícil dar cuenta de lo que pasó por él en aquel momento. ¿Quería hacer una advertencia ó lanzar una amenaza? ¿Obedecía simplemente á una especie de impulso instintivo y desconocido por él mismo? Volvióse bruscamente hacia el anciano, cruzó los brazos, y, fijando sobre éste una mirada salvaje, exclamó con voz ronca:
--¡Ah! ya, ¡decididamente! me alojáis vos mismo en vuestra casa, junto á vos; ¿cómo es eso?
Interrumpióse á sí mismo un instante, y añadió luego con una sonrisa especial, en la que se encerraba algo monstruoso:
--¿Habéis reflexionado bien? ¿quién os ha dicho que no sea yo un asesino?
El obispo respondió:
--Esto basta con que lo sepa Dios.
Después, gravemente, y moviendo los labios como quien reza ó habla consigo mismo, levantó los dos dedos de su mano derecha y bendijo al hombre, quien no se inclinó siquiera, y, sin mover la cabeza, ni mirar tras sí, entró nuevamente en su cuarto.
Cuando la alcoba estaba ocupada, una gran cortina de sarga, corrida de parte á parte del oratorio, cubría el altar. El obispo se arrodilló, al pasar delante de esta cortina, y oró un momento.
Poco después estaba ya paseando y meditando en su jardín, absorbida el alma y la imaginación en los grandes misterios de la noche, que muestra Dios á los ojos que continúan abiertos.
En cuanto al hombre, se encontraba, en verdad, tan fatigado, que ni siquiera trató de aprovechar las blancas sábanas que le esperaban. Había apagado su vela soplando con la nariz, según acostumbran á hacerlo los presidiarios, dejándose caer sin desnudarse sobre la cama, y quedando enseguida profundamente dormido.
Daba la media noche cuando el obispo volvía del jardín y entraba en su cuarto.
Algunos minutos después, dormía todo el mundo en aquella pequeña y santa casa.
VI =Juan Valjean=
Á eso de la media noche, Juan Valjean despertó.
Juan Valjean era hijo de una pobre familia de campesinos de la Brie. Durante su infancia, nadie cuidó de enseñarle á leer. Cuando empezó á ser hombre se hizo podador en Faverolles. Su madre se llamaba Juana Mathieu; su padre se llamaba Juan Valjean ó Vlajean, apodo probablemente y contracción de _voilà Jean_.
Juan Valjean tenía el carácter meditabundo sin ser triste, lo cual es muy común en las naturalezas afectuosas. Era, por lo tanto, naturalmente taciturno, y al menos en apariencia, indiferente. Había perdido de muy pequeño á su padre y á su madre. Su madre había muerto de una fiebre láctea mal cuidada. Su padre, podador como él, murió de una caída de un árbol. No le quedó á Juan Valjean más que una hermana mucho mayor que él, viuda y con siete hijos entre varones y hembras. Esta hermana había criado á Juan, pues mientras vivió su marido le tuvo en su casa y le dió de comer. El marido murió. El mayor de los siete hijos tenía ocho años y el más pequeño uno. Juan Valjean iba á cumplir los veinte y cinco. Reemplazó pues al padre, manteniendo á su vez á la hermana que le había criado. Hízose esa sustitución como un simple deber, si bien con cierta caprichosa rudeza por parte de Juan. Su juventud se iba gastando así en un trabajo duro y mal pagado. Nadie le conoció jamás una novia en toda la comarca. Es verdad que tampoco le dejaba su trabajo tiempo para el amor.
Volvía por la noche fatigado de todo el día, y comía su sopa sin decir palabra. Su hermana, Juana, mientras él comía, tomaba frecuentemente de su escudilla, lo mejor de su cena, el pedazo de carne, la lonja de tocino, el cogollo de la col, para dárselo á alguno de sus hijos; él comía siempre inclinado sobre la mesa, con la cabeza casi metida en el plato, cubriéndolo casi con sus largos cabellos esparcidos alrededor de su comida y sus ojos. Parecía que nada veía, y dejaba hacer. Había en Faverolles, no lejos de la casucha de Valjean, á la parte opuesta de la calle, una vaquera llamada María Claudia; los sobrinos de Valjean, generalmente necesitados, iban muchas veces á pedir, en nombre de su madre, una pinta de leche á María Claudia, que bebían luego detrás de una tapia ó en cualquier rincón de la calle, arrancándose mutuamente el jarro; y con tal afán, que los más pequeños la derramaban sobre el delantal y en el arroyo; si la madre hubiese tenido noticia de este abuso, hubiera corregido severamente á los delincuentes. Juan Valjean, brusco y regañón, pagaba á espaldas de la madre, las pintas de leche á María Claudia, y los niños no eran castigados.
Él ganaba, durante la época de la poda, diez y ocho sueldos diarios, después se ocupaba en la siega, en guardar bueyes, de jornalero y aun de peón albañil. Hacía cuanto se le presentaba. Su hermana trabajaba también por su parte, pero, ¿qué había de hacer con siete hijos?
Era aquél un tristísimo grupo que la miseria iba rodeando y estrechando poco á poco.
Vino un invierno crudísimo. Juan no tenía qué hacer. La familia no tuvo por lo tanto, pan. ¡Sin pan! ¡Tal como suena! ¡Y siete criaturas!
Cierto domingo por la noche, Maubert Isabeau, panadero de la plaza de la Iglesia de Faverolles, se estaba disponiendo á acostarse, cuando oyó un golpe violento en la ventana vidriera y enrejada de su tienda. Llegó á tiempo de ver una mano pasando por entre la reja después de haber abierto un boquete en el cristal de un puñetazo. La mano cogió un pan, y desapareció. Isabeau salió inmediatamente; el ladrón huía á todo correr; Isabeau corrió tras él y le alcanzó. El ladrón había tirado el pan, pero tenía aún la mano ensangrentada. Era Juan Valjean.
Esto acaeció en 1795. Juan Valjean fué denunciado por los tribunales de aquel tiempo «por robo con fractura, de noche y en casa habitada». Juan tenía una escopeta de la cual se servía como el primer tirador del mundo, pues solía cazar furtivamente; lo cual le perjudicó. Existe contra los cazadores furtivos cierta legítima prevención. El cazador furtivo, lo mismo que el contrabandista, anda muy cerca del salteador. No obstante, debemos decir de paso, que media un abismo entre esta clase de hombres y el miserable asesino de las ciudades. El cazador furtivo vive en la selva; el contrabandista vive en la montaña ó en el mar. Las ciudades producen hombres feroces y crueles, porque producen hombres corrompidos. Las montañas, el mar y las selvas, producen sencillamente hombres salvajes, pero sin destruir, por lo general, su parte humana.
Juan Valjean fué declarado culpable. Los preceptos del código eran terminantes. Existe en nuestra civilización horas terribles; son éstas los momentos en que la ley penal pronuncia una condena. ¡Fúnebre instante aquél en que la sociedad se aleja y lanza en irreparable abandono un ser pensador!
Juan Valjean fué condenado á cinco años de presidio.
El 22 de abril de 1796, mientras se aclamaba en París la victoria de Montenotte ganada por el general en jefe del ejército de Italia, que el mensaje del Directorio de los Quinientos, del 2 de floreal del año IV, llama Buona Parte, aquel mismo día, repetimos, se remachó en Bicêtre una larga cadena de presidiarios. Juan Valjean formaba parte en esta cadena. Un antiguo portero de la cárcel, que cuenta hoy cerca de noventa años, recuerda todavía perfectamente á aquel desgraciado cuya cadena fué clavada al extremo del cuarto cordón en el ángulo norte del patio. Estaba sentado en el suelo como los demás. Parecía no darse cuenta de nada relativo á su estado, sino que era terrible. Es probable que entendiera al través de las vagas ideas de un hombre ignorante del todo, algo excesivo. Mientras remachaban á grandes martillazos detrás de su cabeza, la bala de su cadena, él lloraba, las lágrimas le ahogaban, impidiéndole hablar, exclamando solamente de cuando en cuando con gran pena y dificultad: _Yo era podador en Faverolles_. Después, sollozando y levantando su mano derecha, la bajó gradualmente como si tocase sucesivamente siete cabezas desiguales con cuyo gesto parecía querer indicar que todo lo que había hecho, fuése lo que fuere, lo había hecho para vestir y alimentar á siete infelices pequeñuelos.
Fué conducido á Tolón, donde llegó después de un viaje de veinte y siete días, en una carreta, con la cadena al cuello. En Tolón se le vistió la chaqueta roja. Todo lo que existía de su vida, incluso su nombre, fué borrado; ya no fué más Juan Valjean; fué desde entonces el número 24.601. ¿Qué fué de su hermana? ¿Qué fué de sus siete hijos? ¿Quién había de ocuparse de ellos? ¿Qué es del puñado de hojas del árbol aserrado por el tronco?
La historia es siempre la misma. Aquellos pobres seres vivientes, aquellas pobres criaturas de Dios, sin apoyo alguno, sin guía, sin asilo, quedaron entregadas al azar. ¿Quién sabe? tal vez cada cual por su parte se fué precipitando poco á poco en el fondo de la fría bruma que devora los destinos solitarios, negrísimas tinieblas en las que se envuelven y desaparecen sucesivamente, tantas infortunadas cabezas durante la sombría marcha del género humano. Lo cierto es que abandonaron el país. El campanario del que había sido su pueblo les olvidó; el límite de la que había sido su tierra les olvidó también; y después de algunos años de estar en presidio, les olvidó á su vez el mismo Juan Valjean. En aquel corazón y en el lugar en que hubo una llaga, se hizo una cicatriz. Esto fué todo. Apenas durante todo el tiempo que estuvo en Tolón, oyó hablar de su hermana una sola vez. Creo que fué al terminar el cuarto año de su cautiverio. Ignoro de todo punto por qué conducto llegó hasta él algún indicio. Tal vez alguien que les había conocido en su pueblo había visto á su hermana. Ella estaba en París, habitando en una miserable calleja junto á San Sulpicio, la de Gindre. No tenía consigo más que un muchacho, un niño, el último. ¿Dónde habían ido á parar los demás? Tal vez ni aún ella misma lo sabía. Todas las mañanas iba la pobre mujer á una imprenta de la calle de Sabot, número 3, en la cual estaba empleada de plegadora y encuadernadora á la rústica. Debía estar allí todos los días á las seis de la mañana, mucho antes de amanecer, en invierno. En la misma imprenta había una escuela á la cual mandaba ella á su hijo, que tenía á la sazón unos siete años. Solamente que como ella entraba en el taller á las seis, y no se abría la escuela hasta las siete, era preciso que la criatura esperara en el patio la hora que tardaba en abrirse la escuela; ¡en invierno, una hora de noche y al aire libre! No se le permitía al niño entrar en la imprenta porque era un estorbo, decían. Los obreros veían al pasar, todas las mañanas, aquella pobre criatura sentada en el suelo, rendida de sueño, dormida muchas veces entre las sombras y acurrucada en el rincón más sucio. Cuando llovía, una pobre vieja, la portera, se apiadaba del niño y lo recogía en su chiribitil, en donde no había más que una pobre cama, un torno y dos sillas de madera; el pequeñuelo se dormía allí en un rincón, arrimándose cuanto podía, al gato, por sentir menos frío. Á las siete se abría la escuela y el niño entraba.
He aquí lo que le dijeron á Juan Valjean.
Esto le preocupó un día, fué un instante, un relámpago, como una ventana abierta bruscamente ante el destino de aquellos seres que él había amado, volviéndose á cerrar inmediatamente; no volviendo jamás á oir hablar de ellos una palabra. Nada más de ellos supo, jamás los volvió á ver, ni les encontró jamás, ni en el doloroso curso de esta historia llegará á encontrarlos.
Á últimos de este mismo cuarto año llególe á Juan Valjean el turno de evadirse. Sus camaradas le ayudaron, como acostumbra á hacerse en aquel triste lugar. Y se evadió. Vagó dos días libre por el campo; si es ser libre el andar perseguido, volviendo la cabeza á cada instante, y al menor ruido, tener miedo de todo; del tejado que humea, del hombre que pasa, del perro que ladra, del caballo que galopa, de la hora que suena, del día porque todo se ve, de la noche porque no se ve nada, del camino, de la senda, de las sombras, del sueño. Al anochecer del segundo día volvieron á prenderle. Había estado sin comer ni dormir treinta y seis horas. El tribunal marítimo le condenó por este delito á tres años más de presidio; total ocho años. El sexto año volvió á tocarle el turno de evadirse; quiso probarlo, pero no consiguió su objeto. Faltó á la lista. Después del cañonazo de la puesta de sol, le encontraron las rondas escondido bajo la quilla de uno de los buques en construcción; resistióse á los guardias que le prendieron. Evasión y rebelión. Por este hecho, previsto en el código especial, fué castigado con un aumento de cinco años, dos de ellos á doble cadena. Trece años. El décimo año volvió á tocarle el turno, quiso aprovecharlo también. Tampoco salió mejor librado. Tres años más por esta nueva tentativa. Diez y seis años. En fin, creo que fué durante el año décimo tercero, que volvió á probar fortuna nuevamente, y no consiguió sino que volviesen á prenderle á las cuatro horas. Tres años más por estas cuatro horas. Diez y nueve años. En octubre de 1815 fué puesto en libertad; había entrado en presidio en 1796, por haber roto un vidrio y tomado un pan.
Necesitamos hacer aquí un corto paréntesis. Ésta es la segunda vez que en sus estudios acerca de la cuestión penal y sobre la condena legal, el autor de este libro da cuenta del robo de un pan, como punto de partida del desastre de un destino. Claudio Gueux robó un pan; Juan Valjean había robado un pan también; una estadística inglesa prueba que en Londres, cuatro robos, de cada cinco, son causa inmediata del hambre.
Juan Valjean había entrado en presidio temblando y sollozando; salió de allí impasible. Entró desesperado; salió sombrío.
¿Qué es lo que había pasado por su alma?
VII =La desesperación por dentro=
Probemos de explicarnos.
Es preciso que la sociedad se fije en estas cosas, puesto que es ella quien las hace.
Era Valjean, como tenemos dicho, un ignorante, pero no un imbécil. La luz natural estaba encendida en él. La desgracia, que también tiene su luz, aumentó la poca claridad que existía en aquel espíritu. Bajo el palo, bajo la cadena, en el calabozo, en el trabajo; bajo el ardiente sol del presidio, en el lecho de tablas del penado, replegóse en sí mismo y reflexionó.
Él se constituyó en tribunal.
Empezó por juzgarse á sí mismo.
Reconoció que no era un inocente castigado con injusticia. Confesó haber cometido una acción atrevida y vituperable; que no se le hubiera, tal vez, negado aquel pan, si lo hubiese pedido; que siempre hubiera sido mejor esperarlo de la piedad ó del trabajo; que no es siempre un argumento sin réplica el decir: ¿puede uno esperar cuando tiene hambre? Que es además rarísimo el caso de que muera alguien literalmente de hambre; luego que, desgraciada ó afortunadamente, el hombre está hecho de manera que pueda sufrir largo tiempo y mucho, moral y físicamente, sin morir; que le faltó pues la paciencia; que el tenerla hubiera sido más provechoso para aquellas pobres criaturas; que fué un acto de locura en él, desgraciado y miserable ser, el agarrarse violentamente al cuello de la sociedad entera y figurarse que podía salvarse de la miseria en el robo; que es ésta, en todo caso, una mala puerta para salir de la miseria, puesto que se entra por ella en la infamia; en fin, que había faltado.
Luego se preguntó:
¿Si había sido él sólo el que había cometido falta en tan fatal historia? Si ante todo no había sido una cosa grave que hubiese quien como él, trabajador, careciese de trabajo, él, laborioso, careciese de pan. Sí, luego de cometida y confesada la falta, no había sido el castigo feroz y exagerado. Si no era mayor el abuso de la ley en la pena, que el abuso por parte del culpable en la falta. Si no había exceso de peso en uno de los platillos de la balanza, en el de la expiación. Si la enmienda de la pena no era bastante á borrar el delito y no llegaba al extremo de reemplazar la falta del delincuente por la falta de la represión, en hacer del culpable la víctima, y del deudor el acreedor, y de colocar definitivamente el derecho en favor del mismo que lo había violado. Si aquella pena, complicada con agravaciones sucesivas por las tentativas de evasión, no acababa por ser una especie de atentado del más fuerte contra el más débil, un crimen de la sociedad contra el individuo, un crimen que comenzaba de nuevo diariamente, un crimen que duró diez y nueve años.
Él se preguntaba, si la sociedad humana puede tener el derecho de hacer sufrir legalmente á sus miembros, en ciertos casos, su imprevisión irracional, y en otros su imprevisión cruel: y de apoderarse para siempre de un desgraciado, cerrándolo entre un defecto y un exceso; defecto de trabajo, exceso de castigo.
Si no era por cierto exorbitante, que la sociedad tratase así precisamente á aquellos sus miembros peor favorecidos en la repartición de bienes que hace la casualidad, y por consecuencia los más dignos de conmiseración y respeto.
Hechas y resueltas semejantes consideraciones, juzgó á la sociedad y la condenó.
La condenó á su odio.
Hízola responsable de su triste suerte, y se dijo que no desistía de pedirle cuenta más tarde ó más temprano. Se declaró así mismo que no existía equilibrio entre el daño que él había causado y el daño que se le causaba á él; concluyendo finalmente, que su castigo no había sido, en verdad, una injusticia, pero no era indudablemente una iniquidad.
La cólera puede ser loca y absurda; el hombre puede irritarse por equivocación; pero jamás se indigna si no le asiste en una parte ó otra la razón. Juan Valjean estaba verdaderamente indignado.
Y luego, que la sociedad humana no le había hecho sino daño, jamás había visto de ella otra cosa que el semblante ceñudo, de lo que llama ella justicia, y que muestra siempre á los que castiga. Los hombres no le habían tocado sino para martirizarle. Todo contacto entre ellos y él había sido un golpe. Nunca, desde su niñez, después de su madre y de su hermana, nunca, repetimos, había encontrado una voz amiga ni una mirada de benevolencia.
De sufrimiento en sufrimiento, había llegado poco á poco á tener la convicción de que la vida, es una lucha continuada; y de que en esta lucha él era el vencido.
No tenía otra arma que su odio. Resolvió aguzarla en presidio, y llevarla consigo á su salida.
Había en Tolón una escuela para la chusma, sostenida por los hermanos _Ignorantinos_, en la cual se enseñaba lo más necesario, á aquellos desgraciados que tenían mejor voluntad. Él fué del número de estos hombres de buena voluntad. Comenzó á ir á la escuela á los cuarenta años, y aprendió á leer, escribir y contar. Al sentir fortificarse su inteligencia, sintió fortificarse también su odio. En ciertos casos la instrucción y la luz pueden servir de alimento al mal.
Es triste confesarlo; después de haber juzgado á la sociedad que había hecho su desgracia, juzgó á la Providencia que había hecho la sociedad, condenándola también.
Así, durante aquellos diez y nueve años de tormento y de esclavitud, elevóse aquella alma y se precipitó á un tiempo mismo. Penetró la luz por una parte y las tinieblas por otra.
Juan Valjean no tenía, como hemos visto, una naturaleza malvada. Era todavía bueno cuando entró en presidio. Condenó á la sociedad, y sintió que se volvía malo; condenó á la Providencia sintiendo que se volvía impío.
Aquí es casi imposible no meditar un instante.
¿Puede la naturaleza humana trasformarse por completo? ¿El hombre bueno creado por Dios puede ser maleado por el hombre? ¿Puede ser el alma reformada completamente por el destino, y volverse mala si el destino es malo? ¿El corazón puede deformarse y adquirir defectos y enfermedades incurables, bajo la presión de una desdicha desproporcionada, como la columna vertebral bajo una bóveda muy baja? ¿No hay, por ventura, en el alma humana, no había en la de Juan Valjean particularmente, un primer rayo de luz, un elemento divino, incorruptible en este mundo é inmortal en el otro, que el bien puede desarrollar, atizar, engrandecer y hacer que irradie esplendoroso, y que el mal no pueda jamás, extinguir por completo?
Graves y tenebrosas cuestiones, detrás de las cuales todo fisiologista respondería probablemente _no_, y sin tartamudear, si hubiese visto en Tolón, durante las horas de reposo que eran para Juan Valjean horas de meditación, sentado y cruzado de brazos sobre la caña de algún cabrestante, el cabo de su cadena metido en el bolsillo para impedir que arrastrara; aquel galeote triste, serio, silencioso y pensativo, paria de las leyes, que contemplaba colérico á los hombres, condenado de la civilización, que miraba severamente al cielo.
Es verdad, y no pretendemos nosotros disimularlo; el fisiologista observador hubiera visto allí una grande é irremediable miseria; hubiérase dolido tal vez del mal causado por la ley, pero no hubiera tampoco cuidado de curarlo; hubiera vuelto quizá el rostro separando la mirada de las cavernas que hubiera entrevisto en aquella alma; y como Dante, de las puertas del infierno, hubiera borrado de aquella existencia esta palabra, escrita por el dedo de Dios en la frente de todos los hombres: _¡Esperanza!_
El estado de su alma que hemos intentado analizar, ¿era tan claro y patente para Juan Valjean, como nosotros hemos procurado pintarlo para quien nos leyera? ¿Juan Valjean veía distintamente después de su formación, y había visto también distintamente, á medida que se formaban todos los elementos de que se componía su miseria moral? Aquel hombre rudo é ignorante ¿se había dado cuenta clara de la sucesión de ideas por la cual había ido, grado á grado subiendo y bajando hasta los lúgubres espacios que formaban desde hacía tantos años el horizonte interior de su espíritu? ¿Tenía él conciencia completa de todo lo que había pasado por él, y de cuánto había removido? Esto es lo que nosotros no nos atrevemos á decir; esto es lo que nosotros no podemos creer. Había demasiada ignorancia en Juan Valjean, por que, á pesar de tanta desgracia, no le quedase todavía mucha vaguedad. Momentos había en los que ignoraba por completo lo que por él pasaba. Juan Valjean andaba en tinieblas, sufría en tinieblas, y odiaba en tinieblas; hubiera podido decirse que aborrecía cuanto tenía delante. Vivía comúnmente en esta sombra, á tientas como un ciego y como un visionario. Solamente á intervalos sentíase de súbito procedente de sí mismo y del exterior, sacudido por un rayo de cólera, un acrecentamiento de dolor, un pálido y breve relámpago que iluminaba su alma por completo, haciendo aparecer bruscamente á su alrededor, á los resplandores de una luz espantosa, los horrorosos precipicios y las sombrías perspectivas de su destino.
Pasado el relámpago, caía nuevamente la noche; ¿dónde estaba él? lo ignoraba.
Es propio de las penas de esta naturaleza, en las cuales domina la crueldad, es decir, lo que embrutece, el ir trasformando poco á poco por una especie de transfiguración estúpida, el hombre en un animal salvaje, muchas veces feroz. Las tentativas de evasión de Juan Valjean, sucesivas y obstinadas, serían bastantes á probar este extraño trabajo operado por la ley sobre el alma humana. Juan Valjean hubiera renovado aquellas tentativas, tan inútiles como locas, tantas veces como se le hubiera presentado la ocasión, sin soñar un instante en el resultado, ni en la experiencia de las anteriores. Se escapaba impetuosamente como el lobo que encuentra abierta la jaula. Decíale el instinto: ¡Sálvate! La razón le hubiera dicho: ¡Aguarda! Pero ante una tentación violenta, el raciocinio había desaparecido y no le quedaba más que el instinto. La bestia únicamente obraba. Cuando le prendían de nuevo, las nuevas crueldades con que se le afligía, servían solamente para aumentar su furia.
Un detalle que no debemos omitir, es el de que poseía una fuerza física superior á todos sus compañeros de presidio. En el fatigoso trabajo de arriar un cable, de empujar la palanca de un cabrestante, valía Juan Valjean por cuatro hombres. Levantaba y sostenía pesos enormes sobre sus hombros, reemplazando en muchos casos aquel instrumento llamado vulgarmente _cric_ (gato), conocido antiguamente con el nombre de _orgueil_ (orgullo), de donde tomó el nombre, sea dicho de paso, la calle Montorgueil junto á los mercados de París. Sus compañeros le llamaban de ordinario Juan _gato_. Una vez que se estaba reparando el balcón de la Casa Consistorial de Tolón, una de las admirables cariátides de Puget, que le sustentan, se desencajó, é iba á caer; Juan Valjean, que se encontraba allí, sostuvo sobre sus hombros la cariátide dando tiempo á que llegasen los obreros para reponerla.
Su agilidad excedía aún á su vigor. Algunos presidiarios, soñadores perpetuos de evasiones, acaban por hacer de la fuerza y la destreza combinadas, una verdadera ciencia. Es la ciencia de la musculatura. Una completa estática misteriosa, practicada diariamente por los penados, envidiosos eternos de las moscas y de los pájaros. Trepar por una vertical y encontrar puntos de apoyo allí donde se veía apenas un ligero desnivel, era para Juan Valjean cosa de juego. Dado el ángulo de un muro, con la tensión de la espalda y de las corvas, con los codos y talones pegados á las asperezas de la piedra, subíase como por magia hasta un tercer piso. Muchas veces subía de este modo hasta los techos del penal.
Hablaba muy poco. No reía jamás. Era indispensable una grande emoción para arrancarle, una ó dos veces al año, aquella lúgubre risa del penado, que viene á ser como el eco de una carcajada infernal.
Al verle parecía preocupado en mirar continuamente algo terrible.
Estaba efectivamente absorto.
Al través de las percepciones enfermizas de una naturaleza incompleta y de una inteligencia agobiada, sentía confusamente que existía algo monstruoso sobre él. En aquella penumbra obscura é incolora donde se encaramaba cada vez que volvía la cabeza y que intentaba elevar su mirada, veía con terror mezclado de rabia, apoyarse, subir y elevarse hasta perderse de vista sobre él, lleno de escabrosidades horribles, una especie de espantoso y sombrío castillo de cosas, de leyes, de precauciones, de hombres y de hechos, cuyos contornos no alcanzaba á ver, cuya mole le aterrorizaba, y que no era sino la prodigiosa pirámide que nosotros llamamos civilización.
Distinguía perfectamente aquí y allá en aquella movediza y deforme unidad, tan pronto junto á él, como lejos ó sobre alturas inaccesibles, algún grupo, algún detalle claramente iluminado; aquí el cabo con su vara; allá el gendarme con su sable; más allá el arzobispo mitrado; en lo más alto y junto á una especie de sol, el emperador coronado y radiante. Pareciéndole que estos esplendores lejanos, en vez de disipar su noche, la tornaban más fúnebre y más negra. Toda aquella movediza mole de leyes, preocupaciones, hechos, hombres y cosas, iba y venía sobre su cabeza conforme al movimiento complicado y misterioso que imprime Dios á la civilización, caminando sobre él y aplastándole con no sé qué apacibilidad cruel, é inexorable indiferencia. Almas caídas en el fondo del infortunio posible; hombres desgraciados, perdidos en lo más bajo de los limbos donde no llega nunca una mirada, en cuyos senos los réprobos de la ley sienten gravitar con todo su peso sobre su cabeza esta sociedad humana, tan formidable por quien se encuentra fuera como implacable con quien está debajo.
En semejante situación, Juan Valjean meditaba: ¿cuál había de ser la naturaleza de sus meditaciones?
Si el grano de mijo, oprimido por la piedra del molino, pudiese pensar, pensaría sin duda como pensaba Juan Valjean.
Todas aquellas realidades llenas de espectros, fantasmagorías llenas de realidades, habían acabado por crear en él una especie de estado interior, casi inexplicable. Á cada momento, en medio de su trabajo en el penal, se quedaba parado, meditando. Su razón, cada día más madura y más turbada que antes, se rebelaba. Todo lo que había pasado por él le parecía absurdo; todo lo que le rodeaba le parecía imposible. Decíase él; ¿es esto un sueño? Y veía al cabo de vara de pie á pocos pasos de él, y el cabo le parecía un fantasma; de pronto aquel fantasma le pegaba un palo. La naturaleza visible apenas existía para él. No sería imposible aseverar que no había para Juan Valjean, sol, ni hermosos días de verano, ni cielo trasparente, ni deliciosas auroras de abril. Ignoro que día de amargura iluminaba su alma. Reasumiendo para terminar, lo que pueda reasumirse y ser traducido en resultados positivos de todo cuanto acabamos de indicar, nos limitaremos á hacer constar que en diez y nueve años, Juan Valjean, el inofensivo podador de Faverolles, el terrible penado de Tolón, había llegado á ser capaz, gracias á la manera que en el presidio se le había tratado, de dos clases de malas acciones: primera, de una acción mala, rápida, irreflexible, llena de aturdimiento, todo instinto, especie de represalia del mal sufrido; y segunda, de una mala acción grave, seria, calculada conscientemente, y basada en las ideas falsas que pueden engendrar semejante desdicha. Sus premeditaciones pasaban por las tres fases sucesivas, que las naturalezas de cierto temple pueden solamente recorrer: razonamiento, voluntad y obstinación. Tenía por móviles la indignación habitual, la amargura del alma, el profundo sentimiento de las iniquidades sufridas, la reacción, igualmente contra los buenos, los inocentes y los justos, si los hay.
El punto de partida como el de llegada de todos sus pensamientos, era el odio á la ley humana; este odio que, si no es detenido en su desarrollo por cualquier incidente providencial, llega dado un tiempo determinado, á trocarse en odio á la sociedad, luego en odio al género humano, después en odio á la creación, traduciéndose en un vago, incesante y brutal deseo de dañar, sea á quien fuere, con tal de que sea el objeto de su saña instintiva un ser viviente.--Como hemos visto, no deja ella de tener su razón de ser, puesto que el pasaporte de Juan Valjean le calificaba de _hombre muy peligroso_. De año en año, aquella alma se había ido desecando más y más, lentamente, pero fatalmente. Á corazón enjuto, ojo seco. Á su salida de presidio, se habían pasado diez y nueve años desde que vertió la última lágrima.
VIII =Ola y sombra=
¡Hombre al agua! ¡Qué importa! la nave no por esto se para. Sopla el viento, la sombría nave tiene trazada su ruta que es preciso seguir. Y pasa. El hombre desaparece, luego vuelve á aparecer; sumérgese y se remonta á la superficie; grita, pide auxilio, tiende la mano, nadie le oye; la nave, temblando impedida por el huracán, atiende sólo á su maniobra; los marineros ni los pasajeros ven al hombre sumergido; su miserable cabeza no es mas que un punto en la enormidad del vacío. Lanza gritos desesperados desde las profundidades. ¡Qué espectro el de aquella vela que se aleja! Él la mira y la remira frenéticamente. Ella se aleja, se ofusca, se achica. Él estaba allí hace un momento, formaba parte de la dotación; él iba y venía sobre el puente como tantos otros; tenía entre ellos su parte de respiración y de luz; era un viviente. Ahora ¿qué ha pasado por él? Ha resbalado, ha caído, ha terminado. Está en los senos del agua monstruosa. No siente bajo sus pies mas que la huida y el derrumbamiento. Las olas rasgadas y rotas por el viento le envuelven terriblemente; el espantoso vaivén del abismo se lo lleva; todos los andrajos del agua se agitan al rededor de su cabeza, un inmenso populacho de olas escupe sobre él; mil confusas cavernas le medio devoran; cada vez que se hunde, entrevé nuevos precipicios llenos de obscuridad; espantosas y desconocidas vegetaciones le asen y anudan los pies tirando de ellos; él siente abismarse, formar parte de la espuma; las olas se lo arrojan unas á otras; bebe la amargura; el lacio océano se goza en ahogarle; la enormidad juega con su agonía. Parece que toda aquella agua sea odio.
Él lucha por lo tanto.
Intenta defenderse, procura sostenerse, se esfuerza, nada, Él, aquella pobre fuerza agotada en un instante, combate lo inagotable.
¿Dónde está la nave? Allá á lo lejos. Apenas visible entre las pálidas tinieblas del horizonte.
Las ráfagas soplan; todas las espumas le abruman. Levanta los ojos y no ve más que la palidez de las nubes. Asiste agonizando á la inmensa demencia de los mares. Es ajusticiado por aquella locura. Oye ruidos extraños al hombre, que parecen venir de más allá de la tierra y de no se sabe qué espantosas exterioridades.
Encuéntranse pájaros en las nubes; de igual manera que ángeles sobre las miserias humanas; pero ¿qué pueden hacer por él? Esto: volar, cantar y llorar y él estertorea.
Siéntese envuelto á un tiempo por esos dos infinitos, el océano y el cielo; el uno es una tumba y el otro un sudario.
La noche desciende, cuantas horas que nada, sus fuerzas se agotan; la nave, aquel punto lejano en que hay hombres, se ha borrado; y él está solo en el formidable abismo crepuscular; se hunde, se entumece, se retuerce y siente debajo de él los vagos monstruos del infinito y exclama:
--¡No hay ya hombres! ¿Dónde está Dios?
Y exclama nuevamente: ¡uno! ¡uno cualquiera! ¡cualquiera! y sigue exclamándose:
--Nada en el horizonte. Nada en el cielo.
Implora al espacio, á la honda, al alga, al escollo; todo es sordo á sus gritos. Suplica á la tempestad misma; la tempestad imperturbable no obedece más que al infinito.
Á su alrededor, la obscuridad, la bruma, la soledad, el tumulto tempestuoso é incresciente, los pliegues indefinidos de las feroces olas. En sí mismo el horror y el cansancio. Á sus pies el abismo. Ni un punto de apoyo. Imagínase el tenebroso acaso del cadáver entre la ilimitada obscuridad. El frío sin roce le paraliza. Sus manos se crispan y se cierran apretando la nada. Vientos, nubes, torbellinos, resoplidos, estrellas, ¡todo inútil! ¿Qué hacer? Abandonarse desesperado; que ha tomado el partido de morir, y se deja llevar, deja hacer, suelta la presa; y helo rodando para siempre en las lúgubres profundidades de la absorción.
¡Oh marcha implacable de las sociedades humanas! ¡Pérdidas de hombres y de almas en su carrera! Océano en el cual se precipita todo lo que deja caer la ley! ¡Desaparición siniestra de todo socorro! ¡Muerte moral!
El mar es la inexorable noche social en la cual lanza la penalidad sus condenados. El mar es la miseria inmensa.
El alma, abandonada á semejante precipicio, puede convertirse en cadáver. ¿Quién la resucitará?
IX =Nuevos agravios=
Al llegar la hora de la salida del penal, al oir Juan Valjean junto á su oído esta extraña frase. _¡Eres libre!_ el momento fué para él inverosímil, inaudito; un rayo de luz viva, un rayo de la verdadera luz de los vivientes penetró súbitamente en él. Pero este rayo tardó bien poco en palidecer. Juan Valjean se había desvanecido con la idea de la libertad. Había creído en una vida nueva. Pronto pudo ver lo que venía á ser una libertad á la cual se le da pasaporte amarillo, rodeada naturalmente de amarguras. Había él calculado que sus alcances, durante su permanencia en presidio, habían de sumar unos ciento setenta y un francos. Pero es del caso advertir que se había olvidado de incluir en sus cálculos el reposo forzoso de los domingos y días festivos que, en los diez y nueve años acusaban una disminución de veinte y cuatro francos poco más ó menos. Fuése por lo que fuere, semejantes alcances habían sido reducidos, por diversas retenciones locales, á la suma de ciento nueve francos quince sueldos; que le habían sido entregados á su salida.
No acertando á explicarse esto, se creyó perjudicado, ó mejor dicho, robado.
Al día siguiente de su libertad en Grasse, vió delante de la puerta de un destilatorio de flores de naranjo, algunos hombres que descargaban fardos. Ofrecióles sus servicios. El trabajo convenía y fueron aceptados. Púsose á trabajar. Era inteligente, robusto y diestro; cumplió perfectamente: el dueño pareció quedar satisfecho. Mientras estaba trabajando pasó un gendarme, fijóse en él y le pidió sus papeles. Fuele indispensable mostrar su pasaporte amarillo. Hecho esto, Juan Valjean emprendió nuevamente su tarea. Poco antes, había interrogado á uno de sus compañeros para saber cuánto ganaban diariamente en semejante trabajo, el cual le contestó: _treinta sueldos_. Llegada la noche y como viniese obligado á proseguir su marcha al día siguiente, por la mañana presentóse al dueño de la fábrica rogándole que le pagara. El fabricante de agua de azahar, no dijo una palabra y le dió quince sueldos. Reclamó él. Pero se le contestó: _Demasiado es esto para ti_. Insistió. El dueño de la fábrica le dirigió una mirada amenazadora, diciéndole: _¡Cuidado con la cárcel!_
Á pesar de lo cual creyó que se le había robado.
La sociedad, el Estado, mermándole sus alcances, le habían robado en grande. Entonces le correspondía su turno al individuo que le robaba, también, en pequeño. Licenciamiento dista mucho de ser redención. Se sale del penal, pero sigue la condena.
Véase lo que le sucedió en Grasse. Ya sabemos de qué manera había sido recibido en D***.
X =El hombre desvelado=
Luego que sonaron las dos de la madrugada en el reloj de la catedral Juan Valjean despertó.
Lo que le despertó fué el tener la cama demasiado buena. Hacía como veinte años que no se había acostado en una cama; y, por más que lo hubiese hecho sin desnudarse, la sensación había sido demasiado nueva para no turbar su sueño.
Había dormido más de cuatro horas. El cansancio se le había pasado. Estaba acostumbrado á no conceder muchas horas al descanso.
Abrió los ojos y miró un momento en la obscuridad alrededor de sí; luego volvió á cerrarlos para dormir de nuevo.
Cuando muchas sensaciones diversas han agitado el día; cuando hay cosas que preocupan el espíritu, se duerme el hombre, pero no puede volver á dormirse después de despertar. El sueño viene mucho más fácilmente que vuelve. En esto se hallaba Juan Valjean. No pudiendo volver á dormirse, se puso á pensar.
Estaba en uno de los momentos en que todas las ideas que llenan el espíritu son vagas. Sentía una especie de obscuro vaivén dentro del cerebro. Sus antiguos recuerdos y sus recuerdos nuevos flotaban en él y se cruzaban confusamente, perdiendo sus formas, agrandándose desmedidamente, y desapareciendo de súbito como dentro el agua agitada de un lodazal. Muchos eran los pensamientos que se le acudían, pero había uno sobre todos que se le presentaba de continuo y que alejaba todos los demás. Este pensamiento, vamos á decirlo enseguida.--Habíase fijado él, especialmente, en los seis cubiertos y cucharón de plata que la señora Magloria había puesto sobre la mesa.
Aquellos seis cubiertos de plata le acosaban.
--Estaban allí.--Casi á la mano.--Cuando había atravesado el cuarto contiguo para entrar en el que se encontraba, la antigua sirvienta los estaba guardando en un pequeño armario junto á la cabecera de la cama.--Se había fijado mucho en aquel armario.--Á la derecha, entrando por el comedor.--Eran macizos.--Y de plata vieja.--Con el cucharón, bien valían al menos doscientos francos.--El doble de lo que él había ganado en diez y nueve años.--Es verdad que él hubiera ganado mucho más si «la _Administración_ no le hubiese _robado_».
Su espíritu osciló por espacio de más de una hora entre fluctuaciones, en las cuales se mezcló también algo de lucha. Dieron las tres. Abrió nuevamente los ojos, incorporóse bruscamente sobre la cama, alargó la mano buscando el morral que había dejado en un rincón de la alcoba, después dejó caer las piernas y se puso luego de pie á tierra, pero enseguida, y sin darse cuenta del cómo, se encontró sentado otra vez sobre el lecho.
Estuvo un buen rato pensativo en esta actitud, que tenía algo de siniestro para quien le hubiese observado entre aquellas sombras, solo, vestido y despierto mientras todo dormía en la casa. De pronto se deja caer sobre el suelo, descalzóse los zapatos, que dejó cuidadosamente sobre la esterilla, junto al lecho, tomando después nuevamente su actitud meditabunda é inmóvil. En medio de aquella meditación imaginativa, las ideas que venimos indicando removían incesantemente su cerebro, entrando, saliendo y volviendo á entrar, amontonando sobre él una especie de peso; y luego recordaba también, sin saber por qué y con aquella obstinación maquinal del delirante, á un presidiario llamado Brevet, á quien había conocido en el penal, el cual llevaba sujeto el pantalón por un solo tirante de randa de algodón. El dibujo, formando cuadros, de aquel tirante, se le presentaba sin cesar en la imaginación.
Continuaba en semejante situación, y hubiera tal vez seguido indefinidamente en ella hasta hacerse de día, si el reloj no hubiese dado una campanada--el cuarto ó la media.--Pareció que esta campanada le dijese: ¡Anda!
Púsose de pie, vaciló un instante, y escuchó; todo era silencio en la casa; entonces se encaminó directamente, á cortos pasos, hacia la ventana que vislumbraba. La noche no era del todo obscura; había luna llena, ante la cual corrían extensas nubes acosadas por el viento. Esto producía afuera, las naturables alternativas de sombra y luz, de claridad y eclipse, y por dentro una especie de crepúsculo. Semejante crepúsculo, suficiente para servir de guía, intermitente á causa de las nubes, se parecía á la pálida luz que penetra por el respiradero de una cueva, delante del cual van y vienen los transeuntes. Llegado á la ventana Juan Valjean, la examinó. Vió desde luego que no tenía reja, que daba al jardín, y que no estaba cerrada, según costumbre del país, más que por una insignificante clavija. Abriola, pero como penetrara bruscamente en la estancia un aire frío y vivo, volvió á cerrar inmediatamente. Fijó en el jardín una mirada atenta, de examen más que de contemplación. El jardín estaba cercado por una pared blanca, bastante baja y fácil de escalar. Al fondo, y á la otra parte, distinguió las copas de algunos árboles colocados á distancias regulares, lo cual le indicaba que aquella cerca separaba el jardín de una alameda ó de una calle arbolada.
Después de lanzar esta mirada, tomó el ademán de hombre resuelto y se dirigió á su alcoba, tomó su morral, lo abrió y registró, sacando de él un objeto que tiró sobre la cama; metióse los zapatos en los bolsillos, volvió á cerrar el morral, se lo cargó á la espalda, encasquetóse su gorra cubriéndose los ojos con la visera, tomó su garrote á tientas y lo colocó en el ángulo de la ventana; después volvió á la cama y cogió resueltamente el objeto que había dejado allí. Parecía una barra de hierro, corta, aguzada por uno de sus extremos como un venablo.
Hubiera sido difícil distinguir entre aquellas tinieblas á qué empleo podía estar destinado semejante pedazo de hierro. ¿Era tal vez una palanqueta? ¿era una clava?
Á la luz hubiera podido reconocerse que no era otra cosa que una barrena de cantero. Empleábanse entonces algunas veces los penados en extraer piedra de las elevadas colinas que rodean á Tolón; no era pues extraño que tuviese á su disposición útiles de cantero. Las barrenas de cantero son de hierro macizo, terminando en su extremo inferior en punta, por medio de la cual se clavan en la roca.
Tomó la barrena en su mano derecha, y reteniendo el aliento y á paso quedo, dirigióse á la puerta de la estancia próxima, que era, como sabemos, la del obispo.
Llegó á la puerta, y la encontró entornada solamente. El obispo no había cuidado de cerrarla.
XI =Lo que hacía=
Juan Valjean escuchó. No oyó el menor ruido.
Empujó la puerta.
Empujábala con sólo un dedo, ligeramente, con aquella suavidad furtiva é inquieta del gato que desea entrar.
La puerta, cediendo á aquella presión, movióse imperceptiblemente en el silencio, ensanchando un poco la abertura.
Esperó un momento, volviendo luego á empujar la puerta por segunda vez, con mayor fuerza.
Ésta continuó cediendo silenciosamente. La abertura era ya bastante grande para darle paso. Pero había junto á la puerta una mesita que formaba ángulo con la misma, é impedía el paso.
Juan Valjean reconoció la dificultad. Era indispensable que la abertura se ensanchara más.
Resolvióse á ello, y empujó la puerta por tercera vez; con mayor energía que las otras dos. Entonces un gozne mal engrasado, lanzó de repente en la obscuridad un chirrido prolongado y ronco.
Juan Valjean se estremeció. El ruido de aquel gozne resonó en su oído como un eco que tenía algo de formidable y alarmante, como el clarín del juicio final.
En los fantásticos temores del primer momento, llegó casi á figurarse que aquel gozne se iba animando para tomar de súbito una vida terrible, y que ladraba como un perro, para advertir á todo el mundo y despertar á los que dormían.
Detúvose tembloroso y espantado, cayendo de la punta del pie sobre el talón. Sentía latir en sus sienes las arterias como dos martillos de fragua, pareciéndole que su aliento salía de su pecho con el ruido del viento que sale de una caverna. Le parecía imposible que el horrible clamor de aquel gozne irritado, no hubiese removido toda la casa como la sacudida de un terremoto; la puerta, empujada por él, se había alarmado y había llamado; el anciano iba á levantarse, las dos mujeres iban á gritar, serían auxiliados; y antes de un cuarto de hora, la población estaría alarmada, y la gendarmería en pie. En aquel momento se creyó perdido.
Quedóse donde estaba, petrificado como la estatua de sal, no atreviéndose á hacer el menor movimiento. Pasáronse algunos minutos. La puerta estaba completamente abierta. Aventuróse á mirar dentro del cuarto. Nada se había movido. Aplicó el oído. Nada se movía en la casa. El ruido del gozne enmohecido no había despertado á nadie.
El primer peligro había desaparecido, pero conservaba aún dentro de sí mismo, cierto espantoso encogimiento. Sin embargo, no retrocedió. No pensaba más que en acabar pronto. Dió un paso y penetró en el cuarto.
En aquel cuarto reinaba la calma más perfecta. Distinguíanse aquí y allí algunas formas vagas y confusas, que de día, eran varios papeles esparcidos sobre una mesa, infolios abiertos, volúmenes apilados sobre un taburete, un sillón lleno de vestidos y un reclinatorio, pero que á semejante hora no presentaban más que ángulos tenebrosos y espacios blanquecinos. Juan Valjean avanzó sigilosamente evitando tropezar con los muebles. Oía perfectamente en el fondo de la estancia la respiración tranquila y regular del obispo dormido.
Paróse de repente. Estaba junto al lecho. Había llegado antes de lo que creía.
La naturaleza mezcla algunas veces sus efectos y sus espectáculos á nuestras acciones, con una especie de oportunismo sombrío é inteligente, como si quisiera hacer que reflexionásemos. Después de una media hora, de estar el cielo cubierto por una gran nube, y en el preciso momento en que Juan Valjean se paró junto al lecho, rasgóse la nube como hecho á propósito, y un rayo de luna, atravesando la alta ventana, fué á iluminar de súbito las pálidas y apacibles facciones del obispo. El venerable anciano dormía tranquilamente. Estaba casi vestido dentro del lecho, á causa de la crudeza de las noches de invierno en los Bajos-Alpes, con un traje talar de lana obscura, que le cubría también los brazos por completo. Su cabeza descansaba sobre la almohada, en la actitud del abandono natural de reposo; dejando caer fuera del lecho su mano adornada con el anillo pastoral, y con la que practicaba tantas y tan buenas obras y acciones. Estaba su semblante bañado por completo de una vaga expresión y satisfacción, esperanza y beatitud. Aquella expresión era, más que una sonrisa, una aureola. Brillaba en su frente la inexplicable transparencia de una luz oculta. El alma de los justos, durante sus sueños, contempla indudablemente un cielo misterioso.
Un reflejo de este cielo brillaba sobre el obispo.
Era al mismo tiempo una transparencia luminosa, porque aquel cielo estaba dentro de él; era su conciencia.
En el mismo instante en que el rayo de luna fué á sobreponerse, por así decirlo, aquella luz interior, apareció el dormido obispo como en la gloria, pero, endulzados no obstante, sus resplandores, por una media luz inefable. Aquella luna en el cielo, aquella naturaleza adormecida, el jardín sin murmullos, la casa toda en calma, la hora, el momento y el silencio general, reunían no sé qué de solemne é indecible al venerable reposo de aquel hombre, envolviendo con una especie de aureola majestuosa y serena, sus blancos cabellos y sus ojos cerrados; aquel semblante en el cual todo era esperanza, todo confianza; aquella cabeza de anciano en el sueño de un niño.
Había, al parecer, algo de divino en aquel hombre augusto, hasta el punto de ignorarlo.
Juan Valjean permanecía en la sombra, con su barrena de hierro en la mano, de pie, inmóvil, espantado ante aquel anciano venerable y radiante. Jamás había visto nada parecido. Aquella confianza le aterraba. El mundo moral no puede presentar un espectáculo más imponente, que aquél; una conciencia turbada é inquieta, próxima á cometer una mala acción y contemplando el sueño de un justo.
Semejante sueño, en aquella soledad, y teniendo quién tenía á su lado, encerraba algo de sublime, que él sentía vagar en torno suyo imperiosamente.
Nadie hubiera acertado á decir lo que en aquel momento pasaba por él. Para probar de darse cuenta, sería preciso imaginarse lo que pueda existir de más violento junto á lo más suave. En su misma expresión no había nada que leer claramente. Manifestaba una especie de asombro salvaje. Miraba, miraba; y nada más. Pero, ¿qué pensaba? Hubiera sido imposible adivinarlo. Lo único cierto, es que estaba conmovido y trastornado. Pero, ¿de qué provenía aquella emoción?
Su mirada no se separaba del anciano. Lo único que se desprendía claramente de su actitud y de la expresión de su fisonomía, era una extraña indecisión. Hubiérase dicho que vacilaba entre dos abismos; era el uno el de su perdición, y el de su salvación el otro. Ya parecía dispuesto á romper aquel cráneo, ya á besar aquella mano.
Después de unos instantes, su mano izquierda se elevó vacilando hasta la frente, y cogió su gorra, luego volvió á bajar el brazo con igual lentitud, volviendo nuevamente á su contemplación con la gorra en la mano izquierda, el hierro en la derecha y erizados los cabellos de su feroz cabeza.
El obispo continuaba durmiendo en la paz más profunda, bajo aquella espantosa mirada.
Un rayo de luna hacía destacar confusamente sobre la chimenea el crucifijo que parecía abrir los brazos á los dos, para bendecir al uno y perdonar al otro.
De pronto, volvió Juan Valjean á cubrir su cabeza con la gorra, atravesó precipitadamente la distancia de la cama sin mirar al obispo, dirigiéndose al armario que vislumbraba junto á la cabecera; levantó el hierro, como para forzar la cerradura, pero se encontró puesta la llave, abrió; la primera cosa que encontró fué la canastilla de los cubiertos; tomola, atravesó la estancia á grandes pasos, y sin curarse apenas del ruido que pudiera hacer; gana la puerta, entra de nuevo en el oratorio, abre la ventana, coge su palo, salta por el antepecho, guarda los cubiertos en su morral, tira la canastilla, atraviesa el jardín, salta la tapia con la agilidad de un tigre, y huye.
XII =El obispo trabaja=
Al día siguiente, al salir el sol, estaba monseñor Bienvenido paseando por el jardín, cuando la señora Magloria fué corriendo hacia él toda azorada.
--Monseñor, monseñor,--gritaba ella,--¿sabe Su Ilustrísima, dónde está la canastilla de los cubiertos?
--Sí,--dijo el obispo.
--¡Jesús! ¡Dios sea loado!--repuso ella.--Yo no sabía dónde había ido á parar.
El obispo acababa de encontrarse con la canastilla, en uno de los paseos del jardín. Y se la presentó á la señora Magloria.
--Aquí está.
--Es verdad,--dijo ella,--pero vacía. ¿Dónde está la plata?
--¡Ah!--exclamó el obispo,--¿era la plata lo que os preocupaba? Ignoro dónde está.
--¡Gran Dios! ¡ha sido robada! el hombre de ayer noche es quién la ha robado.
En un santiamén, con toda la inteligencia de una vieja lista, la señora Magloria corrió al oratorio, entró en la alcoba y volvió hasta donde estaba el obispo. Éste acababa de bajarse y examinar, suspirando, una mata de cochlearia de Guillons que la canastilla había destrozado al ser arrojada contra la planta. Levantóse á los gritos de la señora Magloria.
--¡Monseñor! ¡el hombre no está! ¡la plata ha sido robada!
Al lanzar esta exclamación, sus ojos se fijaron en uno de los ángulos del jardín, en el que había señales evidentes de escalamiento. El cabriol de la cerca había sido arrancado.
--¡Ved! ¡por allí debe haber salido! ¡Habrá saltado al callejón de Cochefilet! ¡Qué atrocidad! ¡habernos robado los cubiertos!
El obispo guardó silencio unos instantes, y levantando luego los ojos, dijo suavemente, mirando con seriedad á la señora Magloria:
--¿Es verdad que esta plata era nuestra?
La señora Magloria se quedó admirada. Hubo otro instante de silencio; enseguida continuó el obispo:
--Señora Magloria, yo guardaba injustamente, hace algún tiempo, estos cubiertos, porque eran de los pobres. ¿Quién era este hombre? Un pobre, indefectiblemente.
--¡Ay Dios mío!--dijo la señora Magloria.--No es por mí, ni por la señorita Batistina, esto nos es igual. Pero por vos. Monseñor. ¿Con qué vais á comer ahora?
El obispo se fijó en ella con aire de asombro.
--¡Ah, ya! ¿no hay por ventura cubiertos de estaño?
La señora Magloria se encogió de hombros.
--El estaño despide olor.
--Entonces, de hierro.
La señora Magloria hizo un gesto expresivo.
--El hierro sabe peor.
--¡Bien!--dijo el obispo,--cubiertos de palo.
Algunos instantes después, Su Ilustrísima almorzaba en la misma mesa en que se había sentado Juan Valjean la noche anterior. Durante el almuerzo, monseñor Bienvenido hizo notar alegremente á su hermana, que nada decía, y á la señora Magloria, que murmuraba entre dientes, que no eran de absoluta necesidad las cucharas ni los tenedores, ni aún de palo, para mojar un pedazo de pan en una taza de leche.
--¡Vaya una ocurrencia!--exclamaba la señora Magloria para sus adentros yendo y viniendo,--¡recibir un hombre como aquél, y hacerle dormir á su lado, por añadidura! ¡Y gracias á Dios que no ha hecho más que robar! ¡Ay Dios mío! ¡extremece solamente el pensarlo!
Cuando iban los dos hermanos á levantarse de la mesa, llamaron á la puerta.
--Entrad,--dijo el obispo.
Abrióse la puerta; un grupo extraño y violento apareció en el umbral. Tres hombres traían agarrotado á un cuarto. Los tres eran gendarmes: el cuarto, Juan Valjean.
El sargento de gendarmería, que parecía mandar el grupo, estaba junto á la puerta. Entró, adelantándose hasta el obispo, y saludándole militarmente:
--Monseñor...--dijo el sargento.
Á esta palabra, Juan Valjean, que estaba como taciturno y abatido al parecer, levantó la cabeza con aire admirado.
--¡Monseñor!--murmuró.--¿No es éste el cura?
--¡Silencio!--dijo un gendarme.--Es monseñor el obispo.
Entre tanto, monseñor Bienvenido se había adelantado con toda la prisa que le permitían sus años.
--¡Ah! ¡vos aquí!--exclamó mirando á Juan Valjean.--Me alegro de veros.
Pero yo os había dado también los candeleros, que son de plata como lo demás, y de los que podréis sacar muy bien doscientos francos. ¿Por qué no os los habéis llevado con los cubiertos?
Juan Valjean abrió los ojos mirando al venerable prelado con una expresión que ninguna lengua humana pudiera pintar.
--Monseñor,--dijo el jefe de los gendarmes,--¿entonces lo que dice este hombre es la verdad? Le hemos encontrado. Iba como quien huye. Le hemos detenido para ver. Llevaba esta plata...
--Y él os habrá dicho,--interrumpió el obispo sonriendo,--¿que se la había dado un buen viejo, un cura, en casa del que había pasado la noche? ¡Ya comprendo! ¿Y le habéis conducido aquí? ¡Caramba! En fin, ha sido un error.
--Siendo así,--repuso el sargento,--¿le podemos dejar en libertad?
--Naturalmente,--respondió el obispo.
Los gendarmes dejaron á Juan Valjean, quien retrocedió.
--¿Luego es verdad que se me deja?--dijo él con acento inarticulado y como en sueños.
--Sí, se te deja. ¿No lo has entendido?--dijo un gendarme.
--Amigo mío,--repuso el obispo,--antes de iros, aquí están vuestros candeleros. Recogedlos.
Y yendo á la chimenea, tomó los dos candeleros de plata y se los entregó á Juan Valjean. Las dos mujeres contemplaban aquella acción sin decir una sola palabra, sin hacer un gesto, sin dar una mirada que pudiese disgustar al obispo.
Juan Valjean temblaba de pies á cabeza. Tomó los candeleros maquinalmente y en ademán dudoso.
--Ahora,--dijo el obispo, id en paz.--Á propósito,--añadió dirigiéndose á Juan: Cuando volváis, amigo mío, no tenéis necesidad de pasar por el jardín. Podéis siempre y á todas horas entrar y salir por la puerta de la calle. No está cerrada más que por el pestillo, así de noche como de día.
Luego, volviéndose á los gendarmes:
--Señores, os podéis retirar.
Los gendarmes salieron.
Juan Valjean estaba como quien va á desmayarse.
El obispo se le acercó y le dijo en voz baja.
---No olvidéis nunca jamás que me habéis prometido emplear el valor de esta plata para haceros bueno y honrado.
Juan Valjean que no tenía el menor recuerdo de haber prometido nada, seguía admirado. El obispo había acentuado mucho aquellas palabras al pronunciarlas. Entonces repuso solemnemente:
--Juan Valjean, hermano mío, ya no pertenecéis al mal, sino al bien. Es vuestra alma la que yo compro; yo la separo del espíritu del mal para entregársela á Dios.
XIII =Gervasillo=
Juan Valjean salió de la ciudad como escapado. Internóse precipitadamente por los campos, tomando los caminos y sendas que se le presentaban, sin advertir que volvía á cada instante sobre sus pasos. Anduvo errante de este modo toda la mañana, sin comer ni sentir necesidad. Era presa de un sinnúmero de sensaciones nuevas. Sentía una especie de cólera, é ignoraba contra quién. No hubiera podido asegurar si estaba conmovido ó humillado. Sentíase por instantes dominado por una ternura extraña, que procuraba combatir oponiéndole todo el endurecimiento de sus últimos veinte años. Semejante situación le fatigaba. Advertía, no sin inquietud, que se debilitaba á pesar suyo en su interior la calma espantosa que la injusticia de su desgracia le había dado. Preguntábase á sí mismo qué era lo que debía reemplazarla. Á veces hubiera preferido verdaderamente haber sido preso por los gendarmes, y que no hubieran pasado las cosas de aquella manera; pues, de seguro, no se hubiera trastornado tanto. Por más que la estación estuviese ya muy adelantada, había aún entre las enramadas alguna que otra flor tardía, cuyo olor, que iba él aspirando durante su marcha, le traía á la memoria sus recuerdos de la infancia. Tales recuerdos le eran casi insoportables, tanto tiempo hacía que no los había probado.
Mil pensamientos inexplicables de semejante índole le acosaron durante todo el día.
Cuando el sol declinaba ya al poniente, prolongando sobre el suelo la sombra del más insignificante guijarro, sentóse Juan Valjean detrás de un matorral sobre una extensa llanura rojiza, absolutamente desierta. No tenía otro horizonte que los Alpes. Ni siquiera un solo campanario de aldea próxima ni lejana. Juan Valjean podía estar á la sazón como á unas tres leguas de D***. Una senda que atravesaba la llanura, pasaba á pocos pasos del matorral.
En medio de aquel lugar de meditación, que podía contribuir un poco á hacer más espantoso con sus harapos, para cualquiera que le hubiese encontrado, oyó una especie de ruido alegre.
Volvió la cabeza, y vió venir por la senda un niño saboyano como de unos diez años, que venía cantando, con su gaita pendiente de un costado y la caja de su marmota á la espalda.
Uno de esos tiernos y alegres muchachos que van de un país á otro, enseñando las rodillas por los rotos del pantalón.
Sin dejar el canto, interrumpía el chico de cuando en cuando su marcha, jugando con algunas monedas que llevaba en la mano, toda su fortuna probablemente. Entre aquellas monedas había una pieza de cuarenta sueldos[2].
El muchacho se paró junto al matorral sin ver á Juan Valjean, tirando al aire sus monedas, que hasta entonces había venido recibiendo juntas, con bastante destreza, sobre el dorso de la mano.
Pero esta vez la pieza de cuarenta sueldos se le escapó, y se fué rodando entre la hojarasca hasta Juan Valjean.
Juan Valjean le puso el pie encima.
Sin embargo, el muchacho, que había seguido la moneda de reojo, vió perfectamente donde había ido.
Se fué el niño, sin detenerse, derecho al hombre.
Era aquel un lugar del todo solitario. Tanto como pudiera extenderse la mirada, no había una sola persona en la senda ni en la llanura. Sólo se oía el débil piar de una nube de pájaros que cruzaban el cielo á grande altura. El muchacho, vuelto de espaldas al sol que entretejía sus rayos de oro con sus cabellos, y que pintaba de un rojo sangriento las salvajes facciones de Juan Valjean.
--Señor,--dijo el chiquillo saboyano, con aquella confianza de la niñez, mezcla de ignorancia é inocencia,--¡mi pieza!
--¿Cómo te llamas?--le dijo Juan Valjean.
--Gervasillo, señor.
--Vete,--dijo Valjean.
--Señor,--repuso el chico,--devolvedme mi moneda.
Juan Valjean bajó la cabeza sin contestar palabra.
El niño repitió:
--¡Mi moneda, señor!
La mirada de Juan Valjean seguía fija en tierra.
--¡Mi pieza!--gritó el muchacho,--¡mi pieza blanca! ¡mi moneda de plata!
Parecía que Juan Valjean no entendía una palabra. El niño le cogió del cuello de la blusa y sacudióle. Al mismo tiempo se esforzaba cuanto podía para hacer que se separase de donde estaba, el grosero zapato claveteado que cubría su tesoro.
--¡Quiero mi moneda! ¡mi moneda de cuarenta sueldos!
El niño lloraba. Levantó Juan Valjean la cabeza. Permaneció, no obstante, sentado y sin moverse. Sus ojos estaban velados. Contempló al muchacho como asombrado, luego alargó la mano hasta su garrote, gritando con acento terrible:
--¿Quién anda ahí?
--Yo, señor,--respondió el muchacho,--¡Gervasillo! ¡yo! ¡yo! ¡Devolvedme mis cuarenta sueldos si os place!
Después, irritado, pequeño y todo como era y en tono de amenaza:
--Á ver, quitad el pie de ahí; ¡quitadlo os digo!
--¡Ah! eres tú todavía,--dijo levantándose bruscamente Juan Valjean y en tono amenazador, pero sin mover el pie de sobre la moneda, añadiendo:
--¡Quieres irte de aquí!
El muchacho le dirigió una mirada de espanto, y luego comenzó á temblar de pies á cabeza, y después de algunos segundos de estupor, echó á correr con todas sus fuerzas, sin atreverse á volver la cabeza ni lanzar un grito.
No obstante, á no larga distancia la fatiga le obligó á pararse, y Juan Valjean, al través de sus meditaciones, creyó oirle llorar.
Después de unos instantes, el muchacho había desaparecido.
El sol se había puesto.
Las sombras se aumentaban al rededor de Juan Valjean. No había comido en todo el día; es muy probable que tuviera fiebre.
Continuaba todavía en pie sin haber cambiado de actitud, desde que había desaparecido el muchacho. La respiración agitaba su pecho á largos y desiguales intervalos. Su mirada, fijada á unes diez ó doce pasos delante de él, parecía estudiar con profunda atención la forma de un tiesto viejo de barro pintado de azul que estaba entre la yerba. De pronto pareció estremecerse; acababa de sentir la impresión del frío de la noche.
Encasquetóse su gorro hasta cubrir la frente por completo, buscó maquinalmente la manera de abrochar su blusa, dió un paso, y se agachó para tomar su garrote del suelo.
En aquel momento, vió la moneda de cuarenta sueldos que había medio hundido en el suelo con su pie, y que brillaba en medio de las piedras. Esto produjo en él una especie de emoción galvánica.
--¿Qué es esto?--murmuró entre dientes. Retrocedió tres pasos, parándose de repente sin poder separar los ojos del punto en que había sentado la planta hacía un momento, como si aquello que brillaba en medio de la obscuridad hubiese sido un ojo abierto que le mirase fijamente.
Después de unos instantes se precipitó convulsivamente sobre aquella moneda de plata, tomola, levantándose enseguida, y comenzó á mirar á lo lejos, por toda la llanura, dirigiendo á un tiempo sus miradas hacia todos los puntos del horizonte, anhelante y tembloroso como una fiera que busca un asilo.
Nada alcanzó ver. La noche estaba encima, la llanura fría y vaga, algunas grandes brumas violadas acudían entre las luces del crepúsculo.
--¡Ah!--exclamó de pronto, y se alejó rápidamente en determinada dirección por allí donde el muchacho había desaparecido. Después de haber andado unos treinta pasos, paróse nuevamente á mirar, pero nada vió.
Entonces gritó con todas sus fuerzas:
--¡Gervasillo! ¡Gervasillo!
Callóse y escuchó.
No le respondió nadie.
El campo estaba tétrico y desierto. Estaba solo rodeado por la extensión. No tenía Juan en torno suyo más que sombras, entre las que se perdía su mirada, y el silencio en el que se perdía también su voz.
Soplaba un airecillo glacial, que daba á las cosas de su alrededor una especie de vida lúgubre. Los arbustos agitaban sus desmedradas ramas con increíble furia. Hubiérase dicho que amenazaban y perseguían á alguien.
Volvió á emprender su marcha nuevamente; luego empezó á correr; de cuando en cuando se paraba para gritar entre aquellas soledades con una voz que encerraba á la vez la expresión y el tono más formidable y desolado que puede imaginarse. «¡Gervasillo! ¡Gervasillo!».
Es bien seguro que si el muchacho hubiese oído aquellas voces, hubiera guardado de acudir. Pero el muchacho estaba, á no dudarlo, ya muy lejos. Topóse con un cura que venía á caballo. Acercósele y díjole:
--Señor cura, ¿habéis visto pasar un muchacho?
--No,--contestó el clérigo.
--¿Uno que se llama Gervasillo?
--No he visto á nadie.
Entonces sacó dos monedas de cinco francos de su bolsa y se las dió al cura.
--Señor cura, esto para los pobres. Señor cura, es un muchacho de unos diez años, que lleva una marmota, creo, y también una gaita. Iba de paso. Uno de esos saboyanos, ¿entendéis?...
--No, no le he visto.
--¿Gervasillo? ¿No hay algún pueblecillo por aquí? ¿Podéis decírmelo?
--Si es como vos decís, amigo mío, será uno de tantos chiquillos extranjeros que atraviesan el país, y á quienes nadie conoce.
Juan Valjean tomó violentamente otras dos monedas de cinco francos y se las dió también al cura.
--Para vuestros pobres,--dijo.
Después añadió como azorado:
--Señor cura, haced que me prendan. Soy un ladrón.
El cura picó á un tiempo ambas espuelas, y huyó despavorido.
Juan Valjean se puso á correr en la misma dirección que había tomado antes.
Caminó así, á la ventura, un buen espacio, mirando, llamando, y gritando, pero sin encontrar persona alguna. Dos ó tres veces corrió por la llanura hacia algo que le hizo el efecto de una persona tendida ó acurrucada; pero veía luego que no eran sino malezas ó rocas á flor de tierra. Por fin, en un punto en el cual se cruzan tres senderos, se paró. La luna había salido. Dirigió una mirada á lo lejos, llamando por última vez: «¡Gervasillo! ¡Gervasillo! ¡Gervasillo!». Sus gritos se perdieron entre la bruma, sin ni siquiera devolver un eco. Murmuró todavía: «¡Gervasillo!», pero con voz débil y casi inarticulada. Éste fué su último esfuerzo; sus piernas vacilaron bruscamente bajo su peso, como si un poder invisible le anonadara con todo el peso de su siniestra conciencia; cayendo desvanecido sobre una gran piedra, los puños entre sus cabellos, y la cabeza entre ambas rodillas, gritando desolado:
«¡Soy un miserable!».
Abrióse á este grito su corazón y rompió á llorar. Fué ésta la primera vez que lloró después de diez y nueve años.
Cuando Juan Valjean salió de casa del obispo, como hemos visto, estaba muy distante de todo cuanto había pensado hasta entonces. No podía acertar con lo que estaba pasando por él. Resistíase contra la angelical acción y contra las dulces palabras del anciano. «Me habéis prometido ser un hombre digno. Yo compro vuestra alma. Yo se la retiro al espíritu del mal y la entrego al Dios bueno». Esto lo estaba oyendo sin cesar. Pero oponía á esta celestial indulgencia el orgullo, que viene á ser en nosotros la fortaleza del mal. Sentía él clara y distintamente que el perdón de aquel sacerdote, era el mayor y más formidable ataque allí donde estaba aún abroquelado; que su endurecimiento sería infinito si alcanzaba á resistir aquella clemencia; que si cedía le sería forzoso renunciar á aquel odio en el cual las acciones de los demás hombres habían llenado su alma durante tantos años, y en el cual se gozaba; que esta vez era preciso vencer ó ser vencido, y que la lucha, una lucha colosal y definitiva, estaba entablada entre su maldad y la bondad de aquel hombre.
En presencia de todas aquellas luces, caminaba él como un hombre ebrio. Mientras andaba de esta manera, los ojos extraviados, ¿había en él una percepción distinta de la que podría resultar para el de su aventura de D***? ¿tenía él todos aquellos murmullos misteriosos que advierten ó importunan el espíritu en ciertos momentos de la vida? Una voz le decía al oído que acababa de atravesar el momento solemne de su destino; que ya no había otro medio para él; que si no era en lo sucesivo el mejor de los hombres, sería el peor; que era preciso, por decirlo así, que se elevara á la sazón más alto que el obispo, ó descendiese más bajo que el presidiario; que si él quería ser bueno, era preciso que fuése un ángel, y que si quería permanecer malo, era indispensable que fuése un monstruo.
Aquí debemos aún volver á interrogar sobre lo que ya lo hemos hecho otra vez: ¿guardaba, aunque fuése confusamente, alguna sombra de todo esto en su memoria? Ciertamente, la desgracia, ya lo hemos dicho, educa la inteligencia; pero es muy de dudar que Juan Valjean estuviese en estado de comprender todo cuanto dejamos indicado aquí. Si aquellas ideas se le presentaban, él las entreveía mejor que las veía; y servían únicamente para producir en él una turbación inexplicable y casi dolorosa. Al salir de aquel antro negro y deforme que se llama presidio, el obispo le había herido el alma, como una voz demasiado viva le hubiera herido los ojos al salir de las tinieblas. La vida futura, la vida posible que se le presentaba desde luego puro y radiante, le llenaba de pesadumbre y ansiedad. Él no sabía, en verdad, dónde se hallaba. Como un mochuelo que viera bruscamente la luz del sol, el presidiario había sido deslumbrado y cegado por la virtud.
Lo verdaderamente cierto, y sobre lo cual no tenía la menor duda, era que había ya dejado de ser el mismo hombre, que todo había cambiado en él, puesto que no estaba en su mano, hacer que el obispo no le hubiese hablado ni le hubiese conmovido.
En semejante estado de ánimo, había encontrado á Gervasillo, y le había robado aquellos cuarenta sueldos. ¿Por qué? Él no hubiera, de seguro, alcanzado á explicarlo; ¿había sido un postrer esfuerzo y como á supremo esfuerzo de la maldad de pensamientos que había aportado del penal, un resto de impulsión, un resultado de lo que se llama en estática _fuerza adquirida_? Era esto, y era menos todavía que esto, tal vez. Digámoslo simplemente, no era él quien había robado; no había sido el hombre, había sido la bestia que, por costumbre ó por instinto, había puesto sencillamente el pie sobre la moneda, mientras la inteligencia luchaba entre innumerables observaciones desconocidas y nuevas.
Cuando la inteligencia despertó y comprendió lo brutal de la acción, Juan Valjean retrocedió angustiado y dió un grito de espanto.
Y era que por un extraño fenómeno, solamente posible en una situación como la en que se hallaba, al robar aquel dinero á aquel niño, había hecho una cosa de la que no era ya capaz.
Fuése lo que fuere, aquella postrera mala acción produjo en él un efecto decisivo; atravesó bruscamente el caos que existía en su inteligencia, disipándolo, separó y puso aparte las espesas obscuridades, y de otra la luz, agitó su alma, en el estado en que se hallaba, como agitan ciertos reactivos químicos, una mezcla turbia, precipitando un elemento y clarificando otro.
Desde luego, y antes de reflexionar y examinar, desatentado como el que busca la manera de salvarse, trató de encontrar al muchacho para devolverle su dinero; cuando hubo reconocido que era aquello inútil é imposible, detúvose desesperado. En el momento en que exclamaba: «¡soy un miserable!» acababa de reconocerse tal cual era, estando ya entonces separado de sí mismo, hasta el punto de figurarse no ser más que un fantasma que tenía delante de sí, en carne y hueso, con el garrote en la mano, la blusa andrajosa, el morral lleno de objetos robados á la espalda, el semblante tétrico y resuelto, con su imaginación llena de proyectos abominables, al repugnante presidiario Juan Valjean.
Su excesiva desventura, como hemos dicho, le había hecho un tanto visionario. Fué esto por consiguiente una visión. Llegó á ver verdaderamente á Juan Valjean, con su siniestra catadura delante de sí. Hubo un momento en que quiso preguntar quién era aquel hombre que le horrorizaba.
Su cerebro se hallaba en uno de aquellos momentos violentísimos, y sin embargo, horriblemente tranquilos, en los cuales la ficción imaginativa es tan profunda que absorbe la realidad. En cuyos momentos no ve uno lo que tiene delante y junto á sí, y en los que vemos como fuera de nosotros, las figuras que llenan nuestro espíritu.
Contemplábase, pues, así mismo, por así decirlo, frente á frente, y al mismo tiempo, al través de aquella alucinación, estaba viendo, en ciertas misteriosas profundidades, una especie de luz que llegó á tomar por una antorcha. Mirando luego con mayor atención aquella luz que surgía de su conciencia, reconoció que tenía forma humana, y que aquella antorcha era el obispo.
Su conciencia comparó á su vez aquellos dos hombres, colocados ante ella: el obispo y Juan Valjean. Era indispensable que no fuése otro que el primero para confundir al segundo. Por uno de aquellos efectos singulares propios de semejante clase de éxtasis, á medida que su ilusión se prolongaba, iba el obispo agrandándose y resplandeciendo á sus ojos, y Juan Valjean se achicaba y desvanecía. Llegó un punto en que no era él más que una sombra. Luego desapareció por completo. Quedaba sólo el obispo llenando de clarísimos resplandores los espacios del alma de aquel miserable.
Juan Valjean, lloró mucho, lloró ardientísimas lágrimas, lloró sollozando con mayor debilidad que una mujer, y más miedo que un niño.
Á medida que lloraba, iba produciéndose más y más en su cerebro una extraordinaria claridad, una claridad maravillosa y terrible á la vez. Su vida pasada, su primera falta, su larga expiación, su embrutecimiento exterior, su interior dureza, su misma libertad unida á sus planes de venganza, lo que le había pasado en casa del obispo, la última cosa que había hecho, aquel robo de cuarenta sueldos á un chiquillo, crimen tanto más infame, tanto más monstruoso, cuanto que había sido cometido después de la absolución del obispo; todo lo cual se le presentaba claramente en medio de una luz que hasta entonces jamás había visto.
Estaba viendo su vida, y le parecía horrible: su alma, espantosa. Sin embargo, una dulcísima luz se derramaba sobre aquella vida y sobre aquella alma. Le parecía ver á Satanás á la luz del paraíso.
¿Cuántas horas estuvo así llorando? ¿Qué hizo después dé haber llorado? ¿Adónde fué? nadie lo ha sabido jamás. Parece solamente averiguado que, durante aquella misma noche, el carretero, que hacía en aquella época el servicio de Grenoble y que llegó á D*** á eso de las tres de la madrugada, vió, al atravesar la calle del Obispado, un hombre en actitud de orar, arrodillado sobre el pavimento y en la sombra junto á la puerta de la casa donde vivía monseñor Bienvenido.
NOTAS:
[1] Patuá de los Alpes franceses. _Gato de ladrón._
[2] Dos pesetas moneda española.