LIBRO CUARTO
LOS AMIGOS DEL A B C
I =Un grupo que le ha faltado poco para llegar á ser histórico=
En aquella época, indiferente en apariencia, corría vagamente cierta calentura revolucionaria. Emanaciones que salían de las profundidades de 1789 y 92 impregnaban el aire. La juventud, permítasenos la frase, estaba de muda. Se transformaba, casi sin saberlo, por el propio movimiento del tiempo. La aguja que recorre el cuadrante marcha igualmente en las almas. Cada uno daba hacia adelante el paso que debía dar. Los realistas se trocaban en liberales: los liberales en demócratas. Era aquello una especie de marea creciente, complicada con mil reflujos; y como es propio del reflujo mezclarlo todo, de ahí resultaban combinaciones de ideas singularísimas; se adoraba á la vez á Napoleón y á la libertad.
Nosotros escribimos historia pura. Tales eran los aspectos de aquel tiempo. Las opiniones tienen sus fases. El realismo volteriano, variedad extravagante, tuvo un contrapeso no menos extraño: el liberalismo bonapartista.
Otros grupos razonadores eran más serios. Ya se sondaba el principio; ya se aferraban en el derecho. Se apasionaban por lo absoluto; se entreveían las realizaciones infinitas; lo absoluto por su misma rigidez impulsa el ánimo hacia lo etéreo, y le hace flotar en los espacios ilimitados. Nada hay como el dogma para producir la meditación; y nada hay como la meditación para engendrar el porvenir. La utopía de hoy es la carne y hueso del mañana.
Las opiniones avanzadas tenían doble fondo. Un principio de misterio amenazaba al «orden establecido», el cual era suspicaz y receloso, signo altamente revolucionario. La intención oculta del poder, tropieza en la zapa con la intención oculta del pueblo. La incubación de las insurrecciones es la réplica á la premeditación de los golpes de Estado.
No había entonces todavía en Francia esas vastas organizaciones subterráneas, como el _tugenbund_ alemán y el carbonarismo italiano; pero acá y acullá se iban ya ramificando algunas minas obscuras. La _cougourde_ se esbozaba en Aix; y había en París, entre otras afiliaciones de este género, la sociedad de los amigos del A B C.
¿Qué era eso de los amigos del A B C? Una sociedad que tenía por objeto, en apariencia, la educación de los niños, y en realidad el mejoramiento de los hombres.
Declarábanse amigos del A B C[14]. El Abaissé, era el pueblo. Se le quería realzar. Retruécano del que haríamos mal en reirnos, porque estos retruécanos son muchas veces cosa grave en política; dígalo el _Castratus ad castra_, que hizo de Narsés un general de ejército; dígalo el _Barbari et Barberini_; dígalo también el _Fueros_ y _Fuegos_ como el _Tu es Petrus et super hanc Petram_, etc., etc.
Los amigos del A B C eran pocos; era una sociedad secreta en embrión; casi podríamos decir una pandilla, si las pandillas pudiesen producir héroes. Reuníanse en París en dos puntos: junto á los Mercados, en una taberna llamada de _Corinto_, de que hablaremos después, y cerca del Panteón, en un cafetucho de la plaza de San Miguel, llamado el _Café Musain_, hoy derribado; el primero de estos centros de reunión estaba en el barrio de los jornaleros, y el segundo en el de los estudiantes.
Los conciliábulos habituales de los amigos del A B C se celebraban en una sala interior del café Musain.
Esta sala, bastante separada del café, con el cual se comunicaba por un largo corredor, tenía dos ventanas y una puerta con escalera secreta, que daba á la callejuela de Gres. Allí se fumaba, se bebía, se jugaba y se reía. Se hablaba de todo en alta voz, y de algo en voz baja.
En la pared estaba clavado un antiguo mapa de Francia del tiempo de la República, indicio bastante para avivar el olfato de un agente de policía.
La mayor parte de los amigos del A B C eran estudiantes, en cordial inteligencia con algunos obreros. He aquí los nombres principales que pertenecen, en cierto modo, á la historia: Enjolrás, Combeferre, Juan Prouvaire, Feuilly, Courfeyrac, Bahorel, Lesgle ó Laigle, Joly, Grantaire.
Estos jóvenes componían una especie de familia, á fuerza de amistad. Todos, excepto Laigle, eran del Mediodía.
Este grupo, que fué notable, se ha desvanecido ya en las profundidades invisibles que están detrás de nosotros.
Al punto á que hemos llegado de este drama, no estará tal vez de más hacer penetrar un rayo de luz en aquella reunión de jóvenes, antes de que el lector los vea sumergirse en las sombras de una aventura trágica.
Enjolrás, á quién hemos nombrado el primero por la razón que se verá después, era hijo único y rico; mozo simpático, capaz de ser terrible, y angelicalmente hermoso; era Antinoo furioso. Hubiérase dicho, al ver la pensativa reverberación de su mirada, que había ya atravesado en alguna existencia anterior el apocalipsis revolucionario. Poseía la tradición como un testigo. Sabía todos los pormenores de la gran cosa. Era una naturaleza pontifical y guerrera, extraña en un adolescente; era celebrante y militante; bajo el punto de vista inmediato, soldado de la democracia, y por encima del movimiento contemporáneo, sacerdote de lo ideal. Tenía la pupila profunda, los párpados algo encarnados, el labio inferior grueso y dispuesto á expresar el desdén; la frente espaciosa. Mucha frente en un rostro, es lo mismo que mucho cielo en un horizonte. Como ciertos jóvenes de principios de este siglo y fines del pasado que han adquirido celebridad muy pronto, tenía él una mocedad excesiva, fresca como la de las muchachas, con sus correspondientes horas de palidez. Era ya hombre, y parecía niño todavía. Sus veintidós años aparentaban diez y siete; era grave, y parecía ignorar que hubiese en la tierra un ser llamado mujer. No tenía más que una pasión, el derecho; y un pensamiento, destruir obstáculos. En el monte Aventino hubiera sido un Graco, y en la Convención, Saint Just.
Apenas veía las rosas; desconocía la primavera; no oía cantar á los pájaros; la garganta desnuda de Evadné no le habría conmovido más que á Aristógiton; para él, como para Anmodio, las flores sólo servían para ocultar la espada. Era severo en las alegrías, y ante todo lo que no era la república bajaba castamente los ojos. Era el amante de mármol de la libertad. Su palabra era ásperamente inspirada, y tenía la vibración del himno. Á veces desplegaba sus alas de un modo inesperado. ¡Desgraciado el amorío que se hubiese atrevido á pasar por su lado! Si alguna griseta de la plaza de Cambrai ó de la calle de San Juan de Beauvais, al ver aquella fisonomía que parecía escapada del colegio, aquella figura de paje, aquellas prolongadas cejas rubias, aquellos ojos azules, aquella cabellera tumultuosamente entregada al viento, aquellas mejillas sonrosadas, aquellos labios vírgenes, aquellos dientes perfectos, hubiese sentido apetito por toda aquella aurora y tratado de probar los efectos de su belleza en Enjolrás, una mirada sorprendente y terrible le habría mostrado bruscamente el abismo, y enseñado á no confundir el querubín galanteador de Beaumarchais con el querubín formidable de Ezequiel.
Al lado de Enjolrás, que representaba la lógica de la revolución, Combeferre representaba su filosofía. Entre la lógica y la filosofía de la revolución hay esta diferencia: que la lógica puede ir á parar á la guerra, mientras que la filosofía no puede tener por última consecuencia más que la paz. Combeferre completaba y rectificaba á Enjolrás. Era más bajo y más grueso. Quería que se imbuyesen en los ánimos los principios extensos de ideas generales: revolución, decía, pero también civilización; y en derredor de la montaña abría á pico el vasto horizonte azul. De ahí, que en todas las teorías de Combeferre hubiese algo de accesible y practicable. La revolución era más respirable con él que con Enjolrás. Éste expresaba el derecho divino, y Combeferre el derecho natural. El primero se encadenaba con Robespierre, el segundo confinaba con Condorcet. Combeferre vivía más que Enjolrás la vida de todo el mundo. Si hubiera sido dado á estos dos jóvenes llegar á la historia, el uno hubiera sido el justo, el otro el sabio. Enjolrás era más viril, Combeferre más humano. _Homo_ y _Vir_; estas palabras los calificaban perfectamente. Combeferre, era tan dulce como severo Enjolrás, por candidez natural. Le gustaba la palabra ciudadano; pero prefería la palabra _homme_; y de buena gana hubiese dicho _Hombre_, como los españoles. Todo lo leía, iba á los teatros, seguía los cursos públicos, aprendía de Arago la polarización de la luz, se apasionaba por una lección en que Geoffroy Saint Hilaire había explicado la doble función de la arteria carótida externa, y de la arteria carótida interna; la una que constituye el rostro, y la otra que constituye el cerebro; estaba al corriente de todo lo que era estudio; seguía la ciencia paso á paso; confrontaba á San Simón con Fourier; descifraba los jeroglíficos; partía los guijarros que encontraba y discurría sobre geología; pintaba de memoria una mariposa _bombix_; señalaba las faltas de lenguaje en el diccionario de la Academia; estudiaba á Puységur y Deleuze; no afirmaba nada, ni siquiera los milagros; no negaba nada, ni aún las apariciones; hojeaba la colección del _Monitor_; meditaba. Decía que el porvenir está en manos del maestro de escuela, y se preocupaba mucho por las cuestiones de educación.
Quería que la sociedad trabajase sin descanso en la elevación del nivel intelectual y moral, en la monetización de la ciencia, en la circulación de las ideas, en el crecimiento de la inteligencia en la juventud, y temía que la pobreza de los sistemas actuales, la estrechez del punto de vista literario, limitado á dos ó tres siglos llamados clásicos, el dogmatismo tiránico de los pedantes oficiales, las preocupaciones escolásticas y la rutina, acabasen por hacer de nuestros colegios criaderos de ostras artificiales. Era sabio, purista, preciso, politécnico, trabajador, y al mismo tiempo pensativo «hasta la quimera», según decían sus amigos. Creía en todos los sueños: como, caminos de hierro, supresión del dolor en las operaciones quirúrgicas, fijación de la imagen en la cámara obscura, telégrafo eléctrico, dirección de los globos; y por otra parte le espantaban poco las ciudadelas levantadas en todas partes contra el género humano por la superstición, el despotismo y las preocupaciones. Era de los que piensan que la ciencia acabará por enseñorearse de todas las posiciones. Enjolrás era un jefe; Combeferre un guía. Se deseaba pelear con uno y marchar con el otro. Y no porque Combeferre no fuése capaz de pelear ni se negase á luchar cuerpo á cuerpo con el obstáculo y atacarle á viva fuerza y por explosión, sino porque prefería emplear la enseñanza de los axiomas y la promulgación de las leyes positivas, para ir poniendo poco á poco al género humano de acuerdo con sus destinos; y entre dos llamas, prefería la que iluminaba á la que abrasaba. Un incendio puede producir indudablemente una aurora; pero ¿por qué no se ha de esperar la salida del sol? Un volcán alumbra, pero alumbra mucho mejor el alba.
Combeferre prefería tal vez la blancura de lo bello á la brillantez de lo sublime. Una claridad turbada por el humo, un progreso comprado con la violencia, sólo satisfacían á medias su tierno y grave espíritu. La precipitación de un pueblo desde la cumbre al fondo de la verdad, un 93, le asustaba; sin embargo, el estancamiento le repugnaba más, porque veía en él la putrefacción y la muerte; y á todo trance prefería la espuma al miasma, el torrente á la cloaca, la caída del Niágara al lago de Montfaucon. En suma, no quería pararse ni precipitarse.
Mientras que sus bulliciosos amigos, caballerosamente prendados de lo absoluto, adoraban é invocaban las espléndidas aventuras revolucionarias, Combeferre se inclinaba á dejar obrar al progreso, al progreso verdadero, frío tal vez, pero puro; metódico, pero irreprensible; flemático, pero irreprochable. Combeferre se habría arrodillado, habría pedido, plegadas las manos, la llegada del porvenir con todo su candor, y que nada turbase la inmensa y virtuosa evolución de los pueblos. «Es preciso que el bien sea inocente», repetía de continuo. Y en efecto, si la grandeza de la revolución consiste en mirar fijamente al deslumbrador ideal, y volar al través de los rayos, llevando en las garras sangre y fuego, la belleza del progreso consiste en carecer de toda mancha. Entre Washington que representa lo uno, y Dantón que encarna lo otro, hay la misma diferencia que separa al ángel de alas de cisne del ángel con alas de águila.
Juan Prouvaire era un tipo más templado aún que Combeferre. Se llamaba Johan por un capricho pasajero que se mezclaba á ese poderoso y profundo movimiento, de donde ha salido el estudio tan necesario de la edad media. Juan Prouvaire era cariñoso, cultivaba un tiesto de flores, tocaba la flauta, hacía versos, amaba al pueblo, se compadecía de la mujer, lloraba por los niños, confundía en la misma esperanza el porvenir y Dios, y censuraba á la revolución por haber derribado una cabeza real, la de Andrés Chenier. Tenía la voz generalmente delicada, pero á veces viril. Era hombre de letras hasta la erudición, y casi orientalista. Era principalmente bueno, prefiriendo en poesía lo inmenso; lo cual se comprende fácilmente para quien sabe cuanto se hermanan la bondad y la grandeza. Sabía el italiano, el latín, el griego y el hebreo, lo cual le servía para no leer más que cuatro poetas: Dante, Juvenal, Esquilo é Isaías. En francés prefería Corneille á Racine, y á Agrippa d'Aubigné á Corneille. Le gustaba pasear á la ventura por los campos de avena silvestre y campanillas, y se ocupaba casi tanto de las nubes como de los acontecimientos. Su espíritu solía tener dos actitudes, una de parte del hombre, otra de la de Dios; estudiaba ó contemplaba. De día profundizaba las cuestiones sociales: el salario, el capital, el crédito, el matrimonio, la religión, la libertad de pensar, la libertad de amar, la educación, la penalidad, la miseria, la asociación, la propiedad, la producción y la repartición, el enigma de aquí abajo que cubre de sombra el hormiguero humano, y por la noche contemplaba los astros; esos seres enormes. Como Enjolrás, era rico é hijo único. Hablaba despacio, inclinaba la cabeza, bajaba los ojos, sonreía con dificultad, vestía sin aliño, era desmañado, se sonrojaba por nada, era también muy tímido; pero intrépido, por demás.
Feuilly era un oficial abaniquero, huérfano de padre y madre, que ganaba penosamente tres francos diarios, y que no tenía más que un pensamiento: emancipar el mundo. Tenía otra preocupación: instruirse, á lo cual llamaba también emanciparse. Había aprendido por sí sólo á leer y escribir; todo lo que sabía se lo había aprendido él mismo. Tenía el corazón generoso, y quería abrazar la inmensidad. Este huérfano había hecho hijos adoptivos suyos á los pueblos.
Faltándole una madre, había pensado en la patria, y no quería que hubiese en la tierra un hombre sin patria. Alimentaba en sí mismo, con la adivinación profunda del hombre del pueblo, lo que hoy llamamos _la idea de las nacionalidades_. Había estudiado expresamente la historia, tan sólo para indignarse con conocimiento de causa. En aquel cenáculo juvenil de utopistas, ocupados principalmente de Francia, él representaba el exterior. Su especialidad era la Grecia, la Polonia, la Hungría, la Rumania y la Italia. Pronunciaba sin cesar estos nombres, á propósito y fuera de propósito, con la tenacidad del derecho. La Turquía sobre la Grecia y Tesalia, la Rusia sobre Varsovia, el Austria sobre Venecia; estas violaciones le exasperaban; pero entre todas la gran violencia de 1772 le sublevaba.
La verdad en la indignación, es la elocuencia más soberana, y él era elocuente con esa elocuencia.
Era interminable, siempre que se trataba de la fecha infame de 1772, del noble y valiente pueblo suprimido por la traición, de aquel crimen de tres, de aquella asechanza monstruosa, prototipo y patrón de todas esas horribles supresiones de Estados, que después han venido á caer sobre varias nobles naciones, borrando, por decirlo así, su partida de bautismo. Todos los atentados sociales contemporáneos derivan de la repartición de Polonia. La repartición de Polonia es un teorema, cuyos corolarios son los actuales crímenes políticos. No hay un déspota ni un traidor desde hace un siglo que no haya visado, probado, firmado y rubricado, _ne varietur_, la repartición de Polonia. Cuando se examina el legajo de las traiciones modernas, ésa aparece la primera. El congreso de Viena consultó este crimen antes de consumar el suyo. 1772 es el grito. 1815 la consecuencia. Tal era el tema constante de Feuilly.
Ese pobre obrero se había hecho el tutor de la justicia, y ella le recompensaba haciéndole grande; porque, en efecto, algo hay de eternidad en el derecho. Varsovia no puede ser tártara, así como Venecia no puede ser tudesca: los reyes perderán el tiempo y el honor en esta empresa. Tarde ó temprano, la patria sumergida reaparece y flota en la superficie. La Grecia vuelve á ser Grecia y la Italia vuelve á ser Italia. La protesta del derecho contra el hecho persiste siempre; el robo de un pueblo no prescribe jamás. Estas grandes estafas no tienen porvenir; que no se borra la marca de una nación como se borra la de un pañuelo.
Courfeyrac tenía un padre que se llamaba el señor de Courfeyrac. Una de las falsas ideas de la clase media de la Restauración, en materia de aristocracia y de nobleza, era creer en la partícula _de_; y sabido es que la tal partícula no tiene significación alguna. Pero la clase media del tiempo de _la Minerva_ estimaba tanto este pobre _de_, que se creía obligada á abdicarle. El señor de Chauvelin se hacía llamar Chauvelin; el señor de Caumartin, Caumartin; el señor de Constant de Rebecque, Benjamín Constant; el señor de Lafayette, Lafayette. Courfeyrac no quiso quedarse rezagado, y se llamaba Courfeyrac á secas.
Podríamos detenernos aquí en lo referente á Courfeyrac, limitándonos á decir: Courfeyrac, véase Tholomyés.
Courfeyrac tenía, en efecto, esa verbosidad de joven, que podría llamarse la belleza del diablo del espíritu. Esta gracia se pierde después como la gracia del gatito, y va á parar, cuando tiene dos pies al burgués, y cuando tiene cuatro patas al gato padre.
Las generaciones que atraviesan las escuelas y las promociones sucesivas de la juventud, se trasmiten ese género de numen, pasándosele de mano en mano, _quasi cursores_, y casi siempre el mismo; de modo que, como acabamos de indicar, cualquiera que hubiese oído á Courfeyrac en 1828, habría creído oir á Tholomyés en 1817; solo que Courfeyrac era un buen muchacho. Bajo las aparentes semejanzas exteriores, la diferencia entre Tholomyés y él era grande. El hombre latente que existía en ellos era en el primero distinto del segundo. En Tholomyés se adivinaba un curial; en Courfeyrac un paladín.
Enjolrás era el jefe, Combeferre el guía, Courfeyrac el centro. Los otros daban más luz, él daba más calor; tenía todas las cualidades de un centro, la redondez y la irradiación.
Bahorel había figurado en el tumulto sangriento de junio de 1822, con motivo del entierro del joven Lallemand.
Bahorel era un individuo de buen humor y de mala compañía, bravo, maniroto, pródigo hasta la generosidad, hablado hasta la elocuencia, atrevido hasta el descaro; la mejor pasta de diablo que pueda encontrarse; llevaba chalecos _temerarios_, y tenía opiniones de _escarlata_; era pendenciero en grande, es decir, nada le gustaba tanto como una riña, á no ser un motín; y nada tanto como un motín, á no ser una revolución; estaba siempre dispuesto á romper una vidriera, luego á desempedrar una calle, después á derribar un gobierno, sólo para ver el efecto. Llevaba once años de estudiar leyes, y aún no había llegado al tercero. Olfateaba el derecho, pero no lo aspiraba; tenía por divisa: _abogado nunca_, y por escudo una mesa de noche, sobre la cual se veía un gorro cuadrado. Siempre que pasaba por delante de la Escuela de Jurisprudencia, lo que sucedía pocas veces, se abotonaba la levita, pues todavía no se había inventado el gabán, y tomaba precauciones higiénicas.
Decía de la fachada de la escuela: ¡qué hermoso viejo! Y del decano señor Delvincourt: ¡qué monumento! Veía en los cursos asunto para canciones, y en los profesores objetos para la caricatura. Gastaba en no hacer nada una gran pensión, una suma casi de tres mil francos al año.
Sus padres eran unos lugareños, á quienes había sabido inculcar el respeto hacia su hijo. Decía de ellos: «Son lugareños y no ciudadanos; por eso tienen entendimiento».
Bahorel, hombre caprichoso, concurría sin fijeza á varios cafés; los demás tenían sus costumbres; él no tenía ninguna. Vagaba al azar. El andar errante es propio de todos los humanos; pero el vagar á la ventura es muy parisiense. En el fondo, sin embargo, era un talento penetrante, y pensador más de lo que parecía.
Servía de lazo entre los amigos del A B C y otros grupos todavía informes, pero que debían acabar de delinearse más adelante.
Había además en aquel cónclave de jóvenes una cabeza calva.
El marqués de Avaray, á quien Luis XVIII hizo duque por haberle ayudado á subir en un coche de alquiler el día en que emigró; contaba que en 1814, á su vuelta á Francia, cuando el rey desembarcó en Calais, le presentó un hombre un memorial. ¿Qué pedís?--dijo el rey.--Señor, una administración de correos. ¿Cómo os llamáis? L'Aigle (el Águila).
El rey frunció el entrecejo, miró la firma del memorial, y vió el nombre escrito así: _Lesgle_.
Esta ortografía poco bonapartista tranquilizó al rey, y le hizo sonreir.--Señor, continuó el hombre del memorial, tengo entre mis antepasados un perrero, á quien llamaban Lesgueules (Bocaza). De este mote viene mi nombre. De Lesgueules han hecho por contracción Lesgle, y por corrupción L'Aigle. Esto hizo que el rey acabara de sonreirse; y por fin, le dió la administración de correos de Meaux, no sabemos si por inadvertencia ó á propósito.
El individuo calvo del grupo era hijo de este Lesgle ó Legle, y se firmaba Legle de Meaux. Sus camaradas, para abreviar, le llamaban Bossuet; pues sabido es que al gran obispo Bossuet se le apellidaba de esa suerte, _L'Aigle (el Águila) de Meaux_.
Bossuet era un guapo chico, que tenía desgracia en todo. Su especialidad consistía en que nada le saliese bien; pero él se reía de todo. Á los veinticinco años era calvo. Su padre había conseguido comprar una casa y un campo; pero él por nada había tenido tanta prisa como por perder en una falsa especulación el campo y la casita; y no le había quedado nada. Tenía ciencia y talento, pero sus planes abortaban.
En todo fracasaba, en todo se engañaba; cuanto levantaba se venía abajo aplastándole. Si partía leña se cortaba un dedo; si tenía una querida, le salía enseguida un rival. Á cada paso le sucedía una desgracia; de ahí su jovialidad. Solía decir: «_Vivo debajo del tejado cuyas tejas se caen_». Se admiraba muy poco, porque para él el accidente era cosa prevista; recibía con serenidad la mala suerte, y se reía de los reveses del destino como quien oye llover. Era pobre, pero su bolsillo de buen humor era inagotable. Llegaba con facilidad á su último céntimo, pero nunca á su última carcajada. Cuando la adversidad entraba en su casa, la saludaba cordialmente como á un amigo antiguo; daba cariñosas palmadas á la catástrofe; tenía franqueza con la fatalidad hasta el punto de llamarla por su nombre familiar: «Buenos días, Mala suerte!» le decía.
Estas persecuciones de la fortuna le habían dado cierta inventiva, abundante en recursos. No tenía dinero; pero encontraba medio de hacer despilfarros cuando le parecía bien. Una noche llegó á devorar cien francos en una cena con una cotorrera, lo cual le inspiró en medio de la orgía esta frase memorable: «_Hija de cinco luises, sácame las botas_».
Bossuet se encaminaba lentamente hacia la profesión de abogado; estudiaba el derecho como Bahorel. No tenía domicilio, y á veces ni lecho. Vivía, ya en casa de uno, ya en casa de otro; y con más frecuencia con Joly, que estudiaba medicina, y tenía dos años menos que Bossuet.
Joly era el joven enfermo de aprensión. Lo único que había conseguido estudiando medicina, era hacerse más enfermo que médico. Á los veintitrés años se creía valetudinario, y pasaba la vida mirándose la lengua en el espejo. Afirmaba que el hombre se imanta como una aguja, y ponía la cama en su alcoba con la cabecera al Mediodía y los pies al Norte, para que durante la noche no contrariase la circulación de la sangre la gran corriente magnética del globo; y cuando había tempestad, se tomaba el pulso. Por lo demás, era el más alegre de la compañía. Todas estas incoherencias, de mozo, de maníaco, de aprensivo y de buen humor, se avenían perfectamente juntas, y formaban un ser excéntrico y divertido á quien sus camaradas, pródigos de consonantes aladas, llamaban Jolllly. «Puedes volar en cuatro L», le decía Juan Prouvaire.
Joly tenía la costumbre de tocarse las narices con el puño del bastón, lo cual es indicio de espíritu sagaz.
Todos estos jóvenes tan diferentes, y de los cuales no puede hablarse en suma, sino seriamente, tenían una misma religión: el Progreso.
Todos eran hijos directos de la revolución francesa. Los más frívolos, llegaban á ser solemnes cuando se pronunciaba esta fecha: 89. Sus padres, según la carne, eran ó habían sido fuldenses, realistas, doctrinarios; importaba poco. Esta mezcla anterior á ellos, que eran jóvenes, no les concernía para nada; por sus venas corría en toda su pureza la sangre de los principios. Consagrábanse sin intermisión alguna al derecho incorruptible y al deber absoluto.
Afiliados é iniciados, bosquejaban subterráneamente el ideal.
En medio de todos aquellos corazones apasionados, y de todos aquellos espíritus llenos de convicción, había un escéptico. ¿Cómo se encontraba allí? Por juxtaposición. Este escéptico se llamaba Grantaire, y se firmaba habitualmente con este jeroglífico: R.--Era un hombre que se guardaba bien de creer en nada, y uno de los estudiantes que más habían aprendido durante sus cursos en París. Sabía que el mejor café era el del café Cemblin, y el mejor billar el del café Voltaire; que había buenos bizcochos y buenas chicas en el Ermitage del boulevard del Maine, pollos con salsa picante en casa de la tía Saguet, excelentes pasteles de pescado en el portillo de la Cunette, y cierto vinillo blanco en la puerta del Combate. Sabía los buenos sitios para todo; además, conocía algo el baile y el manejo de la chancleta y del zapato, lo mismo que el del palo; y siendo por contera, gran bebedor. Era además desmesuradamente feo.
La pespunteadora de botinas más linda de aquel tiempo, Irma Boissy, indignada de su fealdad, había dicho esta sentencia: _Grantaire es imposible_; pero la fatuidad de Grantaire no se desconcertaba. Miraba tierna y fijamente á todas las mujeres, como diciéndolas: _¡Si yo quisiera!_ y trataba de hacer creer á sus compañeros que se veía generalmente solicitado.
Todas estas palabras: derechos del pueblo, derechos del hombre, contrato social, revolución francesa, república, democracia, humanidad, civilización, religión, progreso, carecían, para Grantaire, casi completamente de significación. Se reía de ellas. El escepticismo, esa carie de la inteligencia, no le había dejado ni una idea entera en la cabeza. Vivía con ironía, y su axioma era éste: «No hay más que una certidumbre: mi vaso, lleno». Se burlaba de todos los sacrificios en todos los partidos; lo mismo del hermano que del padre; lo mismo de Robespierre joven, que de Loizerolles: «¡Bastante han adelantado con haber muerto!» exclamaba. Decía del crucifijo: «He ahí una horca que ha triunfado». Trasnochador, jugador, libertino, embriagado con frecuencia, disgustaba á aquellos jóvenes pensadores, cantando sin cesar: _Me gustan las muchachas: me gusta el vino_, con el tono del «Viva Enrique IV».
No obstante tenía este escéptico un fanatismo; fanatismo que no era ni una idea, ni un dogma, ni un arte, ni una ciencia; era un hombre: Enjolrás. Grantaire admiraba, amaba y veneraba á Enjolrás. ¿Á quién se avenía aquel incrédulo anarquista en aquella falange de espíritus absolutos? Al más absoluto. ¿De qué modo le subyugaba Enjolrás? ¿Por las ideas? No; por el carácter. Fenómeno observado frecuentemente. Un escéptico uniéndose á un creyente, es una cosa tan sencilla como la ley de los colores complementarios. Siempre nos atrae lo que nos falta; nadie ama la luz como el ciego; los enanos adoran al tambor mayor; el sapo tiene siempre los ojos en el cielo; ¿para qué? Para ver volar á los pájaros. Grantaire, en quien se arrastraba la duda, se complacía en ver cernerse la fe en Enjolrás. Tenía necesidad de Enjolrás. Sin explicárselo, y aún sin tratar de averiguarlo, aquella naturaleza casta, sana, firme, recta, dura, cándida, le atraía. Admiraba instintivamente á su contrario.
Sus ideas débiles, flexibles, dislocadas, enfermas, deformes, se adherían á Enjolrás como á una espina dorsal. Su raquitismo moral se apoyaba en aquella firmeza. Grantaire al lado de Enjolrás era alguien. Además, estaba compuesto de dos elementos, en apariencia incompatibles. Era irónico y cordial. Su indiferencia era cariñosa; su mente podía pasarse sin creencias, pero su corazón no podía prescindir de la amistad. Contradicción profunda, porque un efecto es una convicción; pero así era su naturaleza. Hay hombres que parecen nacidos para ser el verso, el anverso y el reverso; que son al mismo tiempo Polux y Patroclo, Niso y Eudamidas, Efestión y Pechmeya. Sólo viven á condición de estar unidos á otro; su nombre es una continuación, y sólo se escribe precedido de la conjunción _y_; su existencia no les pertenece; es el otro lado de un destino que no es el suyo. Grantaire era uno de estos hombres; era el revés de Enjolrás.
Casi podría decirse que las afinidades principian con las letras del alfabeto. En esa serie, la O y la P son inseparables.
Podéis á vuestro gusto pronunciar O y P, ó sea Orestes y Pilades.
Grantaire, verdadero satélite de Enjolrás, frecuentaba aquel círculo de jóvenes; allí vivía, allí gozaba, y los seguía á todas partes. Su placer consistía en verlos ir y venir como sombras entre los vapores del vino. Le toleraban por su buen humor.
Enjolrás, creyente y sobrio, despreciaba á este escéptico y á este borracho; sólo le concedía un poco de piedad altanera. Grantaire era un Pilades no aceptado. Tratado siempre duramente por Enjolrás, rechazado y alejado bruscamente, volvía sin cesar, y decía de Enjolrás: ¡Qué hermoso mármol!
II =Oración fúnebre de Blondeau por Bossuet=
Una tarde que tenía, como vamos á ver, alguna coincidencia con los sucesos que hemos relatado más arriba, Laigle de Meaux estaba sensualmente recostado en las jambas de la puerta del café Musain. Tenía el aspecto de una cariátide en vacaciones. No llevaba consigo más que sus ensueños, y estaba mirando á la plaza de San Miguel. Estar recostado es una manera de estar echado de pie, que no es impropia de los soñadores. Laigle de Meaux pensaba sin melancolía en un percance que le había sucedido el día anterior en la Escuela de Derecho, y que modificaba sus proyectos personales para el porvenir; proyectos, por otra parte, bastante vagos.
La meditación no se opone á que pase un cabriolé, ni á que el que medita se fije en él. Laigle de Meaux, cuya vista erraba en una especie de difusa vagancia, vió, al través de su sonambulismo, un vehículo de dos ruedas que andaba por la plaza al paso y como indeciso. ¿Á quién pertenecía aquel cabriolé? ¿Por qué iba al paso? Laigle le observó. Iba dentro, al lado del cochero, un joven, y delante del joven un abultado saco de noche. El saco dejaba ver á los transeuntes este nombre escrito con gruesas letras negras en un papel cosido á la tela: MARIO PONTMERCY.
Este nombre hizo cambiar de posición á Laigle. Se enderezó y gritó al joven del cabriolé:
--¡Señor Mario Pontmercy!
El cabriolé interpelado se detuvo.
El joven, que también parecía ir meditando, levantó los ojos.
--¡Eh!--dijo.
--¿Sois el señor Mario Pontmercy?
--Sin duda.
--Os buscaba,--repuso Laigle de Meaux.
--¿Cómo es eso?--preguntó Mario, porque era él, en efecto, quien salía de casa de su abuelo y tenía delante de sí un rostro que no había visto nunca.--No os conozco.
--Tampoco os conozco yo,--dijo Laigle.
Mario creyó haberse topado con un burlón, y al principio de una broma en medio de la calle; y no estaba por cierto de humor para ello en aquel momento. Frunció el entrecejo; pero Laigle de Meaux, imperturbable, prosiguió:
--¿No estabais anteayer en la cátedra?
--Es posible.
--Es cierto.
--¿Sois estudiante?--preguntó Mario.
--Sí, señor, como vos. Anteayer fuí á cátedra por casualidad; ya comprendéis que alguna vez le da á uno esa idea. El profesor estaba pasando lista, y no ignoráis cuán ridículos son todos los profesores en tal momento. Á las tres faltas le borran á uno de la matrícula; sesenta francos perdidos.
Mario empezó á escuchar. Laigle continuó:
--Era Blondeau quien pasaba lista. Ya le conocéis; tiene una nariz muy puntiaguda y muy maliciosa, con la que olfatea á su sabor los que faltan á clase. Principió socarronamente por la letra P. Yo no escuchaba, porque no estaba comprometido en esa letra. La cosa no iba mal; no había raya que poner; el universo entero estaba presente. Blondeau estaba triste, y yo me decía: Blondeau, amor mío, hoy no harás ninguna ejecución. Pero de repente llama á _Mario Pontmercy_. Nadie responde. Blondeau, lleno de esperanza, repite más fuerte: _Mario Pontmercy_, y coge la pluma. Señor mío, yo tengo corazón y me dije rápidamente. Ése es un buen muchacho, á quien van á borrar de la lista. Atención. Es un verdadero vividor, y es poco exacto; no es un buen discípulo, posaderas de plomo, estudiante que estudia, barbilampiño pedante, profundo en ciencias, letras, teología y sapiencia; uno de esos talentos rudos, prendido con cuatro alfileres á alfiler por facultad. Es un respetable perezoso que anda vagando, que hace novillos, que cultiva las modistas, que corteja las bellas, y que quizá en este momento esté en casa de mi querida. Salvémosle. ¡Muera Blondeau! En aquel instante, mojaba Blondeau en el tintero su negra pluma de faltas, paseó su mal intencionada pupila por el auditorio, y repitió por tercera vez: _¡Mario Pontmercy!_ Yo respondí: _¡presente!_ Y esto hizo que no se os tildara.
--¡Caballero!...--dijo Mario.
--Y que el tildado fuése yo,--añadió Laigle de Meaux.
--No os entiendo,--dijo Mario.
Laigle continuó:
--Nada más sencillo. Yo estaba cerca de la cátedra para responder, y cerca de la puerta para escapar. El profesor me miraba con cierta fijeza. De repente Blondeau, que es indudablemente la maligna nariz de que habla Boileau, salta á la letra L. La L es mi letra, porque soy de Meaux, y me llamo Lesgle.
--¡L'Aigle!--interrumpió Mario.--¡Bonito nombre!
--Caballero, el tal Blondeau llega á este bonito nombre, y grita: _¡Laigle!_ Yo respondo: _¡Presente!_ Entonces Blondeau me mira con la benevolencia del tigre, se sonríe, y me dice: Sois vos Pontmercy, no es Laigle (el Águila). Frase que parece no muy cortés para vos, pero era muy lúgubre para mí. Dicho esto, se sirvió borrarme.
Mario exclamó:
--¡Siento muchísimo!...
--Ante todo--dijo Laigle--deseo embalsamar á Blondeau con algunas frases de sentido elogio. Le supongo muerto; para lo cual no había mucho que cambiar en su flacura, en su palidez, en su frialdad, en su rigidez y en su fetidez. Y yo digo: _Erudimini qui judicatis terram_. Aquí yace Blondeau le Blondeau Nariz, el Blondeau Nasica, el buey de la disciplina, _bos disciplinæ_, el perro de la consigna, el ángel de la lista: que fué recto, cuadrado, exacto, rígido, honrado y repugnante. Dios le borró como él me borró á mí.
Mario repitió:
--Siento mucho...
--Joven, le dijo Laigle de Meaux, sírvaos esto de lección. Sed más puntual en lo sucesivo.
--Os pido mil perdones....
--No os expongáis á que borren á vuestro prójimo.
--Lo siento en verdad...
Laigle soltó una carcajada.
--Y yo muy satisfecho. Estaba á punto de ser abogado, y esta raya me salva. Renuncio á los triunfos del foro. No defenderé á la viuda, ni atacaré al huérfano. Nada de toga, nada de estrados. Ya he obtenido que me borren; y es á vos á quien os lo debo, señor Pontmercy. Debo haceros solemnemente una visita de reconocimiento. ¿Dónde vivís?
--En este cabriolé,--dijo Mario.
--Señal de opulencia,--respondió Laigle con calma.--Os doy mi parabién. Pagáis un alquiler de nueve mil francos anuales.
En este momento salía Courfeyrac del café.
Mario sonrió tristemente.
--Estoy pagando este alquiler desde hace dos horas, y aspiro á dejarlo luego; pero esto es una historia, y no sé adónde ir.
--Caballero,--dijo Courfeyrac,--veníos á mi casa.
--Tengo la prioridad,--observó Laigle;--pero no tengo casa.
--Cállate, Bossuet,--repuso Courfeyrac.
--Bossuet,--prorrumpió Mario,--creía que os llamabais Laigle (el Águila).
--De Meaux,--respondió Laigle,--y por metáfora, Bossuet.
Courfeyrac subió al cabriolé.
--Cochero,--dijo,--fonda de la Puerta de Santiago.
Y aquella misma tarde se instaló Mario en uno de los cuartos de la fonda de la Puerta de Santiago, contiguo al de Courfeyrac.
III =Admiraciones de Mario=
En pocos días se hizo Mario amigo de Courfeyrac. La juventud es la época de soldaduras fáciles y de las cicatrizaciones rápidas. Mario, junto á Courfeyrac, respiraba libremente, cosa novísima para él. Courfeyrac no le interrogaba; ni siquiera soñaba en ello. Á su edad, la expresión del rostro lo dice todo; y no hay necesidad de la palabra.
Hay jóvenes de los cuales podría decirse que tienen una fisonomía charlatana. Se les mira y conoce desde luego.
Sin embargo, una mañana le dirigió bruscamente esta pregunta:
--Á propósito: ¿tenéis opinión política?
--¡Pues no he de tenerla!--dijo Mario,--casi ofendido de la pregunta.
--¿Qué sois?
--Demócrata bonapartista.
--Matiz gris de ratón, asegurado,--dijo Courfeyrac.
Al día siguiente, Courfeyrac acompañó á Mario al café Musain, murmurando á su oído: Es preciso que os introduzca en la revolución. Condújole á la sala de los amigos del A B C, y le presentó á sus camaradas, diciendo, á media voz, esta sencilla frase que Mario no comprendió: un discípulo.
Mario acababa de caer en un avispero de talentos, pero aunque silencioso y grave, no era el menos alado ni el peor armado.
Mario, hasta entonces grave y aficionado al monólogo y al aparte, por costumbre ó por inclinación, se quedó como amilanado por aquella bandada de jóvenes que le rodeaba. Todas aquellas iniciativas le llamaban y atraían á un tiempo en diversos sentidos. El tumultuoso vaivén de todos aquellos espíritus libres en acción, envolvían sus ideas como un torbellino, tanto, que en medio de su turbación se llevaba tan lejos alguna de ellas, que le costaba trabajo recogerlas. Oía hablar de filosofía, de literatura, de artes, de historia y de religión de una manera inesperada. Vislumbraba extraños aspectos, y como no los colocaba en perspectiva, no estaba seguro de no encontrar el caos. Al dejar las opiniones de su abuelo por las de su padre, había creído adquirir ideas fijas; pero entonces llegó á suponer con inquietud, y sin atreverse á asegurarlo, que no las tenía. El prisma desde el cual lo veía todo empezaba de nuevo á moverse. Ciertas oscilaciones conmovían todo el horizonte de su cerebro. Raro batiburrillo interior que en realidad le mortificaba.
Parecía que para aquellos jóvenes no «había nada sagrado». Mario oía, en primer lugar, un lenguaje singular, que mortificaba su espíritu tímido todavía.
Se le presentaba un cartel de teatro, adornado con un título de tragedia del antiguo repertorio llamado clásico:--¡Abajo la tragedia favorita de los burgueses!--exclamaba Bahorel. Y Mario oía cómo Combeferre replicaba:
--Te equivocas, Bahorel; los burgueses gustan de la tragedia, y debemos en este punto dejarlos tranquilos. La tragedia de peluca tiene su razón de ser, y yo no soy de los que, á nombre de Esquilo, le disputan el derecho á la vida. En la naturaleza hay esbozos, como hay en la creación parodias hechas y derechas; un pico que no es pico, alas que no son alas, aletas que no son aletas, patas que no son patas, y un grito doloroso que mueve á risa: tal es el pato. Pero, supuesto que la volatería existe al lado del ave, no veo la razón por que la tragedia clásica no pueda vivir frente á frente de la tragedia antigua.
Y quiso la casualidad que Mario pasase por la calle de Juan Jacobo Rousseau entre Enjolrás y Courfeyrac.
Courfeyrac le tomó del brazo diciéndole:--Oye bien. Ésta es la calle Plâtrière, llamada hoy de Juan Jacobo Rousseau, por haber vivido en ella una familia muy original, hace unos sesenta años. Esta familia se componía de Juan Jacobo y Teresa. De cuando en cuando nacía aquí alguna criatura, Teresa los daba á luz y Juan Jacobo los iluminaba.
Y Enjolrás respondía á Courfeyrac:
--¡Silencio ante Juan Jacobo! ¡Es hombre á quien admiro! Renegó de sus hijos, es verdad, pero prohijó al pueblo.
Ninguno de aquellos jóvenes pronunciaba esta palabra: el emperador. Juan Prouvaire solamente decía alguna vez: Napoleón; todos los demás decían Bonaparte, y Enjolrás pronunciaba _Buonaparte._
Mario se admiraba vagamente. _Initium sapientiæ._
IV =La sala interior del café Musain=
Una de las conversaciones entre aquellos jóvenes, conversaciones á las cuales asistía Mario, tomando en ellas parte alguna vez, produjo un verdadero sacudimiento en su espíritu.
Pasaban estas escenas en la sala interior del café Musain. Casi todos los amigos del A B C se encontraban aquella noche reunidos allí. El quinqué era la única luz de la sala. Se hablaba de unas cosas y de otras, pero sin pasión y con ruido. Excepto Enjolrás y Mario que se callaban, cada cual echaba su discursejo. Las conversaciones entre camaradas son muchas veces pacíficamente tumultuosas. Era aquello tanto como una conversación, un juego y una confusión. Lanzábanse unos á otros frases que eran inmediatamente recogidas. Se hablaba en los cuatro extremos.
Ninguna mujer podía ser admitida en aquella sala interior, como no fuése Luisita, la fregona de la vajilla del café, que de cuando en cuando la cruzaba para ir del fregadero al «laboratorio».
Grantaire, completamente ebrio, ensordecía el rincón del que se había apoderado, razonando y anterazonando á toda voz, decía:
--Tengo sed. Mortales, esto es un sueño: estoy soñando que el tonel de Heidelberg sufre un ataque apoplético, y que yo soy una sanguijuela de la docena que van á aplicarle. Quisiera beber. Deseo olvidar la vida. La vida es una invención repugnante de no sé quién. Es una cosa que no vale nada ni nada dura, por dura que sea, y á pesar de ello se cansa uno viviendo. La vida es una decoración muy poco practicable. La felicidad es solamente una ventana antigua pintada sólo por un lado. El Eclesiastés dice: Todo es vanidad, y yo pienso como este buen hombre que, tal vez, no ha existido jamás. El cero, no queriendo ir desnudo, se ha vestido de vanidad. ¡Oh vanidad, que todo lo revistes de palabras grandes! Una cocina es un laboratorio; un bailarín, un profesor; un saltimbanqui, un gimnasta; un boxeador es un pugilista; un boticario, un químico; un peluquero, un artista; un albañil, un arquitecto; un jockey, un sportman; un escarabajo, un pterobranquio. La vanidad tiene derecho y revés; el derecho es tonto, es el negro con sus chucherías; el revés es necio, es el filósofo con sus andrajos. Lloro por el uno y me río del otro. Los que se llaman honores y dignidades, como la dignidad y el honor mismos, son generalmente oropeles. Los reyes juegan con el orgullo humano. Calígula hizo cónsul á un caballo; Carlos II hizo caballero á un filete de vaca. Enorgulleceos pues ahora entre el cónsul Incitatus y el barón Roastbeef. Tampoco el valor intrínseco de las personas es más respetable. Oid el panegírico que hace el vecino del vecino. Lo blanco contra lo blanco es cosa horrible; si la azucena hablare, ¡cómo saldría de su lengua la paloma! Una mojigata, hablando de una devota, es más virulenta que el áspid y que el bungarus azul. Lástima que yo sea un ignorante, porque os haría una porción de citas; pero no sé nada. Siempre he tenido ingenio; por ejemplo, cuando era discípulo de Gros, en vez de embadurnar cuadritos, pasaba el tiempo robando manzanas; rapaz es el masculino de rapiña. Esto en cuanto á mí. En cuanto á vosotros valéis otro tanto. Yo me río de vuestras perfecciones, excelencias y cualidades. Toda cualidad se hunde en un defecto; la economía linda con la avaricia; la generosidad con la prodigalidad; el valor con la fanfarronería; mucha piedad equivale á fanatismo: hay tantos viejos en la virtud como agujeros en el manto de Diógenes. ¿Á quién admiráis, al matador ó al muerto? ¿Á César ó á Bruto? Generalmente al matador. ¡Viva Bruto! puesto que mató. Ésta es la virtud. Virtud, sí, pero también locura. Estos grandes hombres tienen faltas muy especiales. El Bruto que mató á César estaba enamorado de la estatua de un niño. Esta estatua era del escultor griego Estrongilión, que había modelado igualmente aquella figura de amazona llamada Bella Pierna, Eucnemos, que Nerón llevaba consigo en sus viajes. Estrongilión no dejó más que dos estatuas que pusieron de acuerdo á Bruto y á Nerón. Bruto se enamoró de una y Nerón de otra. La Historia no es sino una repetición continuada. Un siglo plagia á otro. La batalla de Marengo es copia de la Pydna; el Tolbiac de Clodoveo y el Austerlitz de Napoleón, se parecen como dos gotas de sangre. Yo doy poca importancia á la victoria. No hay nada tan estúpido como vencer; la verdadera gloria está en convencer. Pero ¡tratad de probarme alguna cosa! Os contentáis con el éxito: ¡qué medianías! Con la conquista, ¡qué miseria! ¡Ah! Vileza y vanidad en todo. Todo obedece al éxito, incluso la gramática: _Si volet usus_, dice Horacio. Por lo tanto, desprecio al género humano. ¿Descenderé ahora del todo á la parte? ¿Queréis que admire á los pueblos? ¿Qué pueblo queréis? ¿Grecia? Los atenienses; es decir, los parisienses de entonces, mataban á Foción, como si dijéramos Coligny, y adulaban á los tiranos hasta el punto de que Anacéforo dijera de Pisístrato: su orín atrae las abejas. El hombre más notable de Grecia, en el espacio de cincuenta años, fué el gramático Filetas, que era tan diminuto, que tenía que ponerse plomo en los zapatos para que no se lo llevase el viento. En la gran plaza de Corinto había una estatua esculpida por Silarión, y citada por Plinio en su catálogo; representaba á Epístato. ¿Y qué había hecho Epístato? Había inventado la zancadilla. Esto resume la Grecia y la gloria. Pasemos á otros pueblos. ¿Admiraré á Inglaterra? ¿Admiraré á Francia? ¡Á Francia! ¿Y por qué? ¿Porque tiene un París? Acabo de deciros mi opinión con respecto á Atenas. ¿Á Inglaterra? ¿Y por qué? ¿Porque tiene un Londres? Odio á Cartago. Además, Londres, metrópoli del lujo, es capital de la miseria. Solamente en la parroquia de Charing Cross, mueren anualmente cien personas de hambre.
Tal es la Albión. Y para terminar, añado, que he visto bailar á una inglesa con corona de rosas y anteojos azules. Así pues, ¡una higa para Inglaterra! Si no admiro á John Bull, ¿admiraré á su hermano Jonathan? Me hace muy poca gracia este hermano que tiene esclavos. Salvo el _Time is money_, ¿qué queda de Inglaterra? Salvo el _cotton is King_, ¿qué queda de América? Alemania es la linfa: Italia la bilis. ¿Nos extasiaremos ante Rusia? Voltaire la admiraba; pero también admiraba la China. Convengo en que Rusia tiene sus bellezas, entre otras, un gran despotismo; pero compadezco á los déspotas: son delicados de salud. Un Alejo decapitado, un Pedro asesinado á puñaladas, un Pablo estrangulado, otro Pablo aplastado á trancazos, varios Juanes, muchos Nicolases y Basilios envenenados; todo lo cual indica que el palacio de los emperadores de Rusia está en flagrantes condiciones de insalubridad. Todos los pueblos civilizados ofrecen á la meditación del pensador un hecho: la guerra. Pero la guerra civilizada agota y generaliza todas las formas del bandolerismo: desde el asalto del ladrón de trabuco, en las gargantas del monte Jaxa, hasta el merodeo de los indios Comanches en Paso Dudoso. ¡Bah! me diréis: Europa vale más que Asia. Convengo en que Asia es una farsa; pero no sé por qué os reís del gran lema; vosotros, pueblos de occidente, que habéis mezclado con vuestras modas y vuestra elegancia, todas las inmundicias complicadas de la majestad, desde la camisa sucia de la reina Isabel, hasta la silla retrete del Delfín. Señores humanos, yo os lo digo: ¡Naranjas! Bruselas es el pueblo que consume más cerveza, Estocolmo más aguardiente, Madrid más chocolate, Amsterdam más ginebra, Londres más vino, Constantinopla más café, y París más ajenjo. Á esto quedan reducidas todas las naciones más útiles: París sobresale. En París, hasta los traperos son sibaritas; Diógenes hubiera preferido ser trapero de la plaza Maubert, á filósofo del Pireo. Ahora debéis saber aún más: las tabernas de los traperos se llaman _bibinas_; las más célebres son la _Cacerola_ y el _Matadero_. Pero ¡oh! figones, bodegones, tapones y tabernas; Chiscones, cachimares, bibinas de traperos, caravanserrallos de los califas, yo os pongo por testigos: yo soy voluptuoso; como en casa Richard á cuarenta sueldos el cubierto, y quiero tapices de Persia, y que sean dignos de que ruede por ellos Cleopatra desnuda. ¿Dónde está Cleopatra? ¡Ah! eres tú, Luisita. Buenos días.
Así se deshacía en palabras, abrazando á la fregona de la vajilla, en su rincón de la sala interior del café Musain, nuestro Grantaire, algo más que _bebido_.
Bossuet extendió la mano hacia él, probando de imponerle silencio, pero Grantaire continuó en su valeroso entusiasmo:
--Águila de Meaux, ¡abajo esas patas! No me hace el menor efecto tu ademán de Hipócrates rechazando los presentes de Artajerjes. Te dispenso de calmarme. Además estoy triste. ¡Qué queréis que os diga! el hombre es malo, es deforme; la mariposa es un ser completo; el hombre fracasó. Dios la erró al hacer este animal. Una multitud es una colección de fealdades. El primer recién llegado es un miserable. _Femme_ rima con _infame_. Sí, tengo spleen complicado con melancolía, con nostalgia, con hipocondría. Me desespero, rabio, se me abre la boca, me fastidio, me incomodo, me aburro, me vuelvo loco. ¡Qué sabe Dios de dónde está el diablo!
--¡Silencio pues R mayúscula!--dijo Bossuet que estaba discutiendo un punto de derecho con otros, y que se había metido hasta medio cuerpo en una frase de la jerga forense, cuyo fin era el siguiente:
--...En cuanto á mí, que apenas soy legista y á lo más puedo pasar por procurador de afición, sostengo, que conforme á la costumbre de Normandía, el día de san Miguel, y cada año, debería pagarse un equivalente al señor, salvo los demás derechos, por todos y cada uno, tanto propietarios como herederos, por todos los enfiteusis, arrendamientos, alodios, contratos periciales hipotecarios é hipotecables...
--Ecos, ninfas plañideras,--murmuró Grantaire.
Junto á éste, y en una mesa casi silenciosa, un pliego de papel, un tintero y una pluma entre dos vasos, anunciaban que se estaba bosquejando un vaudeville.
Este importante negocio se trataba en voz baja, rozándose las dos cabezas trabajadoras:
--Empecemos por buscar los nombres. Cuando se tienen los nombres se encuentra el asunto.
--Es verdad; dicta: ya escribo,
--¿Señor Dorimón?
--¿Rentista?
--Naturalmente.
--Su hija Celestina.
--...tina. ¿Y luego?
--¿El coronel Sainval?
--Sainval es muy gastado: yo le llamaría Valsain.
Al lado de los aspirantes á vaudevillistas, había otro grupo que aprovechaba también el ruido para hablar bajo; concertaban un duelo. Un viejo de treinta años aconsejando á un joven de diez y ocho, le explicaba con qué especie de adversario tenía que habérselas.
--¡Diablo! No os fiéis. Es un gran espadachín. Juega muy limpio. Conoce el ataque; no pierde golpe; tiene puño, impetuosidad y golpe de vista; presto al quite, y contestación matemática. ¡Vive Dios! y es zurdo.
En el ángulo opuesto á Grantaire, estaban Joly y Bahorel jugando al dominó, y hablando de amores.
--Eres feliz,--decía Joly.--Tienes una querida que siempre se ríe.
--Pues no deja de ser una falta,--respondió Bahorel.--Las queridas hacen mal en reirse. Esto da valor para engañarlas. Verlas alegres quita el remordimiento; al revés de si uno las ve tristes, entonces parece caso de conciencia.
--¡Ingrato! ¡Es tan buena una mujer que se ríe! ¡Y nunca os peleáis!
--Esto depende del trato que tenemos hecho. Al hacer nuestra santa alianza, nos hemos designado los términos de nuestras respectivas fronteras, que no pasamos nunca. La que está situada al cierzo, pertenece á Vaud; y la que está de la parte del viento, á Gex. De aquí la paz.
--La paz es la satisfacción de la digestión.
--Y tú, Jolllly, ¿cómo van tus desavenencias con la damisela?... ¿Sabes á quién aludo?
--Me rechaza con una paciencia verdaderamente cruel.
--Y sin embargo, eres un enamorado tierno y débil.
--¡Ah!
--Yo en tu lugar la plantaba.
--Esto es muy fácil de decir.
--Y de hacer. Se llama Musichetta, ¿no es eso?
--Sí. ¡Ah! pobre Bahorel; es una soberbia chica, muy leída, de pies pequeños, y diminutas manos, apuesta, blanca, torneada, con unos ojos más gitanos. ¡Me tiene loco!
--Pues, amigo mío, no hay más remedio que complacerla, ser elegante, y producir efectos de rótulo. Cómprate en casa Staub un buen pantalón de cuero, de lana. Esto da carácter.
--¿Á qué precio?--gritó Grantaire.
En el tercer rincón se discutía sobre poética. La mitología pagana disputaba con la teología. Se trataba del Olimpo, y lo defendía Juan Prouvaire por romanticismo.
Juan Prouvaire solamente era tímido en los momentos de calma. Una vez excitado, estallaba; cierto sello de satisfacción acentuaba su entusiasmo, siendo á un tiempo lírico y risueño.
--No insultemos á los dioses,--decía.--Los dioses no se han ido tal vez. Júpiter dista mucho de causarme el efecto de un muerto. Los dioses son sueños, decís vosotros. Pues bien, en la misma naturaleza, tal como es hoy, después de la desaparición de aquellos sueños, se hallan de nuevo todos los antiguos mitos del paganismo. Una montaña con las apariencias de ciudadela, como Viquemale, por ejemplo, es todavía, para mí, el peinado de Cibeles; no hay quien me haya probado que Pan no venga por la noche á soplar en los troncos huecos de los sauces, tapando á su vez con los dedos los agujeros; y he creído siempre que para algo está en la cascada de Pissevache.
En el último rincón se hablaba de política. Se maltrataba la Carta otorgada. Combeferre la defendía débilmente, y Courfeyrac la atacaba con dureza y energía. Estaba sobre la mesa un malhadado ejemplar de la famosa Carta Touquet. Courfeyrac la había cogido y la sacudía, mezclando á sus argumentos, el ruidoso temblor del papel.
--En primer lugar, yo no quiero reyes; aunque no sea más que desde el punto de vista económico, no los quiero; un rey es un parásito. No existen reyes gratis. Atended: carestía de los reyes. Al morir Francisco I, la deuda pública en Francia era de treinta mil libras de renta; á la muerte de Luis XIV, ascendía á dos mil seiscientos millones, á veintiocho libras el marco, lo que equivaldría en 1760, según Desmarets, á cuatro mil quinientos millones, llegando hoy á doce mil millones. En segundo lugar, con permiso de Combeferre, una Carta otorgada es un pobre expediente de civilización. Salvar la transición, dulcificar el pase, amortiguar la sacudida, trasladar insensiblemente la nación, de la monarquía á la democracia, por lo práctica de las ficciones constitucionales, son razones muy poco apreciables. ¡No, y mil veces no! ¡No alumbremos nunca al pueblo con la luz falsa. Los principios se debilitan y amortiguan en vuestra bodega constitucional. Nada de bastardías, nada de compromisos, nada de concesiones del rey al pueblo. Todas estas concesiones tienen su artículo 14. Al lado de la mano que da, aparece la garra que arrebata. Rechazo vuestra Carta. Una Carta es una máscara, detrás de la cual se esconde la mentira. Un pueblo que acepta una Carta, abdica. El derecho debe ser siempre el derecho, de lo contrario, deja de ser tal derecho. ¡No! ¡Nada de Carta!
Era en invierno; dos leños chispeaban en la chimenea. Ésta fué la irresistible tentación de Courfeyrac. Estrujó entre sus manos la desdichada Carta-Touquet, y la echó al fuego. El papel produjo llama; Combeferre contempló filosóficamente cómo ardía la obra maestra de Luis XVIII, limitándose á decir:
--La Carta metamorfoseada en llama.
Y los sarcasmos, las ocurrencias, los equívocos, y esta cosa francesa llamaba _entrain_, como la cosa inglesa llamada _humour_, el bueno y el mal gusto, las buenas razones y las malas, los locos chispazos del diálogo, creciendo á cada paso, y cruzándose en la sala por mil encontradas direcciones, formaban sobre las cabezas allí reunidas una especie de alegre bombardeo.
V =Dilatación del horizonte=
El choque de los ingenios entre mozos, ofrece la admirable particularidad de que no se puede nunca prever la chispa, ni adivinar el relámpago. ¿Qué va á brotar en un momento dado? Nadie lo sabe. La carcajada parte de la ternura; la gravedad surge de una bufonada. Los impulsos provienen de la primera palabra que se oye. La vena de cada uno es soberana. Un chiste basta para abrir campo á lo inesperado. Estas conversaciones son, pues, entretenimientos mudables en que la perspectiva varía de súbito. La casualidad es el maquinista de tales conversaciones.
Un pensamiento severo que surgió caprichosamente de un juego de palabras, atravesó de pronto aquella escaramuza de frases en que se tiroteaban confusamente Grantaire, Bahorel, Prouvaire, Bossuet, Combeferre y Courfeyrac.
¿De qué modo brota una frase en un diálogo? ¿Cuál es la causa de que quede escrita con letra bastardilla en la imaginación de los que la oyen? Ya lo hemos dicho: nadie lo sabe. En medio del ruido, Bossuet terminó uno de sus apóstrofes, dirigido á Combeferre, con esta fecha:
--18 de junio de 1815: Waterloo.
Al nombre de Waterloo, Mario, apoyado de codos en una mesa, y cerca de un vaso de agua, se quitó el puño de la barba, y empezó á mirar fijamente al auditorio.
--¡Vive Dios!--exclamó Courfeyrac (_Pardiez_ iba estando en desuso en aquellos tiempos),--¡que es extraña la tal cifra 18! y me choca. Es el número fatal de Bonaparte. Poned á Luis delante y á brumario detrás, y tendréis todo el destino del hombre, con la particularidad significativa de que el principio es pisoteado por el fin.
Enjolrás, que hasta entonces había permanecido callado, rompió el silencio, dirigiendo esta frase á Courfeyrac:
--Tú quieres decir el crimen por la expiación.
Esta palabra _crimen_ pasaba los límites de lo que podía tolerar Mario, muy conmovido ya por la brusca evocación de Waterloo.
Levantóse, dirigiéndose lentamente hacia el mapa de Francia que colgaba de la pared, en cuya parte inferior se veía una isla en un cuadrito separado, y poniendo el dedo en aquel cuadrito dijo:
--Córcega, isla pequeña, que ha engrandecido á la Francia.
Fué esto un soplo de aire helado. Todos se interrumpían. Conocíase que iba á empezar algo.
Bahorel, replicando á Bossuet, estaba disponiéndose á tomar una actitud de torso, muy de su agrado; pero renunció á ella para oir.
Enjolrás, cuyos ojos azules en nadie se fijaban, pareciendo contemplar el vacío, respondió sin dirigirse á Mario:
--Francia no ha menester de ninguna Córcega para ser grande. Francia es grande porque es Francia. _Quia nominor leo._
Á Mario no se le ocurrió siquiera que pudiese retroceder. Volvióse hacia Enjolrás, dejando oir su voz con una vibración proveniente del extremecimiento de sus entrañas:
--No quiera Dios que yo deprima á la Francia. Pero no es deprimirla asociarla á Napoleón. ¡Vamos á ver! Discutamos: yo soy nuevo entre vosotros, pero os confieso que me asombráis. ¿Dónde estamos? ¿Quiénes somos? ¿Quiénes sois? ¿Quién soy yo? Hablemos del emperador. Os oigo decir Buonaparte acentuando la _u_ como los realistas; y os advierto que mi abuelo la acentúa mejor aún, pues dice ¡Buonaparte! Yo os creía jóvenes. ¿Dónde colocáis el entusiasmo? ¿Qué hacéis de él? ¿Qué admiráis, sino admiráis al emperador? ¿Qué más necesitáis? Si no consideráis grande á éste, ¿qué grandes hombres deseáis?
«Napoleón lo tenía todo. Era un ser completo. Su cerebro era el cubo de las facultades humanas. Hacía códigos como Justiniano; dictaba como César; en su conversación mezclaba el relámpago de Pascal con el rayo de Tácito; hacía la historia y la escribía; sus boletines son Ilíadas; combinaba las cifras de Newton con las metáforas de Mahoma; dejaba detrás de él, en Oriente, palabras grandes como las pirámides; en Tilsit enseñaba la majestad á los emperadores; en la Academia de Ciencias replicaba á Laplace; en el consejo de Estado se hombreaba con Merlín; daba alma á la geometría de los unos y á la argucia de los otros; era legista con los procuradores, y sideral con los astrónomos, como Cromwell, apagando una vela de dos, é iba al Temple á regatear unas borlas de cortina; todo lo veía, todo lo sabía; y esto no le impedía sonreir como el padre más bonachón al lado de la cuna de su hijo. Y de súbito, la Europa asustada escuchaba: Poníanse en marcha los ejércitos; rodaban los parques de artillería; puentes de barcas cubrían los ríos; nubes de caballería galopaban en el huracán; por todas partes gritos, trompetas, temblor de tronos; oscilaban las fronteras de los reinos en el mapa; se oía el ruido de una espada sobrehumana salir de la vaina; veíasele á él elevándose sobre el horizonte con una llama en la mano, y un fulgor en los ojos, desplegando en medio del trueno sus dos alas, es decir, el grande ejército y la guardia veterana. ¡Era el arcángel de la guerra!».
Todos callaban, y Enjolrás bajaba la cabeza. El silencio produce siempre alguna aquiescencia, ó por lo menos una especie de tregua. Mario, casi sin tomar aliento, continuó con un entusiasmo creciente:
--¡Seamos justos, amigos míos! ¡Qué brillante destino el de un pueblo, ser el imperio de semejante emperador, cuando ese pueblo es Francia, y asocia su genio al genio del grande hombre! Aparecer y reinar, marchar y triunfar, tener por etapas todas las capitales, hacer reyes de sus granaderos, decretar caídas de dinastías, transfigurar la Europa á paso de carga; que sientan, cuando amenazáis, que ponéis la mano en el pomo de la espada de Dios; seguir en un solo hombre á Aníbal, á César y á Carlo Magno; ser el pueblo de un hombre que mezcla en todas vuestras auroras la noticia deslumbrante de una victoria, tener por despertador el cañón de los Inválidos; arrojar en abismos de luz palabras prodigiosas que han de brillar siempre: Marengo, Arcole, Austerlitz, Jena, Wagram; hacer á cada instante aparecer en el zénit de los siglos constelaciones de nuevos triunfos, dar el imperio francés por contrapeso al imperio romano; ser la gran nación y producir el gran ejército; hacer volar las legiones por todos los pueblos, así como una montaña envía á todas partes sus águilas; vencer, dominar, fulminar; ser en medio de Europa, una especie de pueblo dorado á fuerza de gloria; tocar al través de la historia un redoble de titanes; conquistar el mundo dos veces, por conquista y deslumbramiento; esto es sublime. ¿Hay algo más grande?
--Ser libre,--dijo Combeferre.
Mario bajó á su vez la cabeza; esta palabra sencilla y fría, atravesó como una hoja de acero su épica efusión, y la sintió desvanecerse dentro de sí. Cuando alzó los ojos, Combeferre ya no estaba allí. Satisfecho indudablemente de su réplica á la apoteosis, acababa de salir, y todos, excepto Enjolrás, le habían seguido.
La sala se quedó vacía. Enjolrás, á solas con Mario, le miraba gravemente. Mario, sin embargo, habiendo ordenado un poco sus ideas, no se daba por vencido. Había en él un resto de entusiasmo que iba á traducirse sin duda, en silogismos desplegados contra Enjolrás, cuando se oyó cantar en la escalera á uno que se retiraba. Era Combeferre, y he aquí lo que cantaba:
Si César me hubiera dado La gloria de las batallas, Obligándome á dejarle El cariño de mi madre, Le hubiera dicho al gran César: Recoge el cetro y el carro, Que yo prefiero mi gusto, Como prefiero á mi madre.
El tierno y severo acento con que cantaba Combeferre, daba á su canción cierta grandeza particular. Mario, pensativo, mirando al techo, repitió casi maquinalmente: ¡Mi madre!...
En este momento sintió sobre el hombro la mano de Enjolrás.
--Ciudadano,--le dijo Enjolrás,--mi madre es la república.
VI =Res augusta=
Aquella velada produjo en Mario una sacudida profunda y una obscuridad triste en su alma. Experimentó lo que tal vez experimenta la tierra en el instante que la abre el hierro para depositar en ella el grano de trigo; sólo siente la herida; la sacudida del germen y el placer del fruto, vienen más tarde.
Mario se quedó sombrío. ¿Acababa apenas de abrazar una fe y debía rechazarla? Díjose resueltamente á sí mismo que no. Declaróse que no quería dudar; pero comenzaba á dudar á pesar suyo. Vivir entre dos religiones, no habiendo dejado todavía la una ni entrado aún en la otra, es insoportable. Y los crepúsculos sólo agradan á las almas de murciélago. Mario tenía abiertas sus pupilas y necesitaba la verdadera luz. La media luz de la duda le hacía daño. Por más deseos que tenía de quedarse donde estaba, y de permanecer firme, se veía obligado irresistiblemente á avanzar, á examinar, á pensar, á ir más adelante, sin cesar ni cejar. ¿Adónde debía esto llevarle? Temía, después de haber dado tantos pasos que le habían aproximado á su padre, dar otros nuevos que le alejasen de él. Aumentábase su malestar con todas las reflexiones que se le ocurrían. Todo se le hacía escarpado á su alrededor. Ya no estaba de acuerdo ni con su abuelo ni con sus amigos; temerario para el uno, retrógrado para los otros, vióse doblemente aislado por el lado de la vejez y por el de la juventud. Dejó de ir al café Musain.
En esta turbación de su conciencia, apenas pensaba en ciertos detalles serios de la existencia; pero las realidades de la vida no se dejan olvidar, y fueron á acometerle bruscamente.
Una mañana, entró en su cuarto el amo de la fonda, y le dijo:
--El señor Courfeyrac ha respondido por vos.
--Sí.
--Pues me hace falta dinero.
--Decid al señor Courfeyrac que me haga el favor de venir; tengo que hablarle,--dijo Mario.
Al entrar Courfeyrac, el patrón los dejó solos.
Mario le refirió lo que no había pensado decirle todavía, esto es, que estaba como solo en el mundo y sin parientes.
--¿Y qué va á ser de vos?--dijo Courfeyrac.
--No lo sé,--respondió Mario.
--¿Qué pensáis hacer?
--No lo sé.
--¿Tenéis dinero?
--Quince francos.
--¿Queréis que os preste?
--Jamás.
--¿Tenéis ropa?
--Ésta.
--¿Y alhajas?
--Un reloj.
--¿De plata?
--De oro. Éste.
--Yo sé de un prendero que os comprará la levita y un pantalón.
--Corriente.
--No os quedará más que un pantalón, un chaleco, un sombrero y un frac.
--Y las botas.
--¡Cómo! ¿No habéis de ir con los pies descalzos? ¡Qué opulencia!
--Tendré bastante.
--Conozco un relojero que os comprará el reloj.
--Bueno.
--No, no es bueno. ¿Qué haréis después?
--Lo que fuere menester. Todo lo que sea honrado al menos.
--¿Sabéis inglés?
--No.
--¿Sabéis alemán?
--No.
--Tanto peor.
--¿Por qué?
--Porque un librero amigo mío está publicando una especie de enciclopedia, para la cual podríais traducir artículos alemanes ó ingleses. Lo paga mal, pero se vive.
--Aprenderé el inglés y el alemán.
--¿Y entretanto?
--Entretanto me comeré mi ropa y mi reloj.
Llamaron al prendero, y le compró la ropa en veinte francos.
Fueron á casa del relojero, y les compró por cuarenta y cinco francos el reloj.
--Esto no va mal,--decía Mario á Courfeyrac al entrar de vuelta ya en la fonda;--con los quince francos que tenía reúno ochenta.
--¿Y la cuenta del patrón?--observó Courfeyrac.
--Es verdad; la olvidaba ya,--dijo Mario.
El patrón presentó su cuenta, y hubo que pagársela enseguida. Ascendía á setenta francos.
--Me quedan diez francos,--dijo Mario.
--¡Diablo!--exclamó Courfeyrac.--Os comeréis cinco francos mientras aprendáis el inglés, y otros cinco mientras aprendáis el alemán. Esto será tragar una lengua muy pronto, ó gastar una moneda de cien sueldos muy lentamente.
En el entretanto, su tía Gillenormand, bastante buena en el fondo en los momentos tristes, había concluido por averiguar la morada de Mario.
Una mañana, cuando Mario volvía de clase, se encontró con una carta de su tía y las _sesenta pistolas_, es decir, seiscientos francos en oro, en una cajita cerrada.
Mario devolvió los treinta luises á su tía acompañados de una carta muy respetuosa, en la cual le declaraba que tenía medios de existencia suficientes para atender á sus necesidades. En aquel momento le quedaban tres francos.
La tía no dijo nada de aquella devolución al abuelo por miedo de acabarle de exasperar. Además, ¿no había dicho que no le hablasen nunca de aquel bebedor de sangre?
Mario dejó la fonda de la puerta de Santiago, no queriendo contraer deudas.
NOTAS:
[14] A B C suena en francés como _Abaissé_ = rebajado, inferior.