Chapter 11 of 21 · 3993 words · ~20 min read

Part 11

--Ya lo voy reparando,--observó aquél sonriendo.

--Es la fija, créame... ¡Jajajajaaaá!

Y lanzó una carcajada, llena, robusta, sonora, estrepitosa, interminable. Con la cual, dos reverencias, tres sombreradas y un apretón de manos, amén de algunas frases de cumplido, despidióse de don Serapio, que le acompañó hasta la puerta del escritorio, donde hubo todavía algunas ofertas recíprocas y no pocos cumplimientos.

Volvióse el comerciante á su despacho; llamó al tenedor de libros, y le dijo, examinando con escrupulosidad los billetes y las letras que había recibido del indiano.

--Abra usted una cuenta á don Romualdo Esquilmo...

Y como si hubiera cambiado repentinamente de parecer, añadió en seguida:

--Pero no se la abra usted _todavía_.

Con lo cual volvió el tenedor á su puesto, extrañando mucho que en semejantes circunstancias se le mandasen tales cosas; de lo cual dedujo que la visita del indiano podía llegar á tener alguna influencia en los futuros destinos de la casa.

Entre tanto, es de advertir que don Serapio se arrepintió de su primer mandato, porque se le ocurrió de pronto que habiendo sido los dos millones una embajada más ó menos ostentosa para autorizar la petición subsiguiente, si ésta llegaba á ser desairada, procediendo con decencia había que mandar retirar los embajadores, si es que no se retiraban ellos solos. Que la petición podía ser desairada, se lo hacían temer el carácter de su hija y las aparentes circunstancias, aun sin meterse á indagar las desconocidas, de su pretendiente; circunstancias y _peros_ que habían pasado inadvertidos para él cuando sólo se trataba de sus intereses materiales, y que le saltaron á los ojos tan pronto como aquél se declaró aspirante á la mano de Enriqueta. Conste, pues, como dato que honra á don Serapio, aunque no le salve en lo principal de su culpa, que, por de pronto, teniendo en su mano el talismán misterioso que podía regenerar su casa en un momento, estaba dispuesto á arrojarle por la ventana si esa regeneración había de ser al precio del sacrificio de su hija.

Y meditando así, envolvía los valores del indiano en una carpeta, sobre la cual escribió: «De don Romualdo Esquilmo», lacrándola y sellándola. Después guardó el paquete en el fondo de su caja embutida en la pared y defendida por maciza puerta que cerraba con barrotes y candados.

Volvió luego á su puesto; sentóse en el viejo sillón; estuvo meditando largo rato con la cabeza entre las manos; trancó después el atril y los cajones de la mesa, y con paso tranquilo y mesurado echó escalera arriba por la excusada.

X

Bien ajena estaba doña Sabina á lo que pasaba en el gabinete de su marido entre éste y el indiano, en el punto y hora en que ella y Enriqueta entretenían el tiempo, en un saloncito, con esas frivolidades de adorno que compradas en la calle valen una miseria, y llegan á costar un sentido hechas en casa por la aplicación y economía de una gran señora _hacendosa_.

Excusado es decir que ni esta ocasión ni otras parecidas desaprovechaba doña Sabina para predicar á su hija sobre el tema tan debatido ya de la _brillante proporción_. Y es la verdad que al llegar el _amén_ de la anteúltima homilía, Enriqueta, fuera por cansancio ó por haber agotado su caudal de excusas, epigramas y reparos, ó por otro motivo más grave, no dijo una palabra ni mostró en el más leve gesto señal alguna por donde su madre pudiera conocer el verdadero fruto que habían dado sus palabras. Pero como los sermones habían sido predicados en rigorosa gradación de efecto, hábilmente preparada, sin cuidarse mucho de aquella aparente impasibilidad, aguardó al próximo con gran confianza en el Cristo que reservaba como último argumento para mover hasta el corazón de su hija.

Así como así, desde la cabalgada de que ya tenemos noticia, don Romualdo no había vuelto á parecer por aquellos barrios, lo cual era un mal síntoma, y se hacía indispensable ganar á todo trance el terreno perdido.

Con tan loable propósito comenzó su exordio la buena predicadora en la ocasión á que nos referimos al principio de este capítulo; y preciso es confesar que nunca se mostró más elocuente ni más seductora.

--Mira, hija mía--la dijo entre otras cosas,--el hombre más antipático y repulsivo desde lejos, tiene, estudiado de cerca, condiciones que le hacen, si no encantador, por lo menos tolerable. Pues bien: tú misma me has dicho que, en rigor, no hay en el aspecto de don Romualdo nada de repugnante, aunque haya algo de vulgar y charro. ¿No es casi seguro que ese hombre, tratado en confianza, descubriría algunas virtudes que harían olvidar fácilmente aquellos defectos? Según fama, es campechano, afable y bondadoso hasta con los más extraños. Y siendo así con todos, ¿qué no sería contigo? Y siéndolo contigo, ¿qué prodigios no haría un hombre como ése por verte contenta y agradecida? ¿Has meditado alguna vez sobre esto, Enriqueta?... Pero me dirás que eres joven; pensarás, aunque no me lo digas por modestia, que eres hermosa; que tienes un corazón virgen, como quien dice, de todo sentimiento amoroso; que ese corazón aspira á llenarse con otro corazón que le comprenda y que se le parezca... Después el mundo, el fantasma del mundo que te viera unida á un hombre que, por su edad, más parecería tu padre que tu marido; que no es aristocrático en su aire, ni literato en su estilo, ni en sus contornos un modelo. Pero á estos reparos, hija mía, que te conteste ese mismo mundo por la boca de tantas mujeres, amigas tuyas las más de ellas, que también los hicieron en parecido trance. El uno era grosero; el otro sucio; éste carcomido de cuerpo; aquél, del alma; tal, de escandalosa conducta; cual, de infame procedencia. Y todos eran viejos, pero todos eran ricos. Ellas no eran pobres, y además todas eran jóvenes, y ninguna fea ni sin casto amor en el pecho. Gimieron al principio, protestaron, maldijeron; pero llegó la reflexión al cabo, venciéronse los escrúpulos... y vete á preguntarlas hoy si están arrepentidas, en medio de sus galas, entre el ruido de sus trenes y el vértigo de sus viajes y sus fiestas ostentosas; consulta sus corazones, y ve si queda en ellos la menor señal de que habitó allí por largo tiempo la imagen de un galán enamorado.

Aquí hizo una pausa doña Sabina y estudió con mirada escrutadora el efecto de sus palabras en el ánimo de Enriqueta; pero ésta seguía con los ojos sobre su labor, sin mostrar señal de asentimiento ni de desaprobación; duda que animó á la predicadora, la cual continuó así:

--Pues bien, hija mía, esta transformación, tan rápida que parece increíble, se ha obrado á merced de una fortuna que no pasa de lo ordinario entre las buenas, y de unas cuantas cualidades morales de pacotilla, que de ningún modo pueden contrapesar ni la carcoma del uno ni los públicos vicios del otro. Figúrate ahora lo que sucedería si llegaras á ser la señora de ese hombre que, tras de no tener nada de repugnante, reúne un caudal que excede á todo cálculo, y es además generoso y ama con delirio la sociedad y el trato de las personas distinguidas. ¡Deslumbra y ofusca, hija mía, la sola consideración de ello! Por de pronto, al mero anuncio de tu boda, lloverían sobre ti joyas y ricas telas, y vendrían del extranjero, para tu regalo, los más costosos y elegantes trenes. Una vez casada, no habría país en el mundo que no visitaras, ni capricho que en él no satisfacieras. Ya de retorno, te establecerías en espléndido palacio que se edificaría para ti, en el cual estarían las fiestas y la servidumbre á la altura de tu posición. Llevarías al gran mundo el ejemplo de tu esplendor y tu elegancia, y á las capas humildes de la sociedad la limosna de tu filantropía y el consuelo honroso de tu presencia. No habría asociación piadosa que no te diera la presidencia, ni huérfano que no te ensalzara, ni desvalido que no te bendijera. La prensa seguiría tus pasos, popularizaría tu nombre y tus riquezas, y desde la bordada silla de tu lujoso despacho, no tendrías que envidiar el poder ni los honores de un ministro en su poltrona. Y si todavía, en medio de estos resplandores y de estas armonías de la opulencia, trasluces ciertas horas de prosa y de tinieblas, necesarias á la vida íntima del matrimonio, repara á la vez, hija mía, que la existencia doméstica de una mujer del gran mundo está sujeta á leyes sabias que quitan todo el mal gusto que debían dejar necesariamente las costumbres patriarcales de nuestros progenitores. Una señora de tu jerarquía, con un palacio como el tuyo, no podría menos de vivir con entera independencia dentro de su propio hogar, sin tener que dar cuenta á _nadie_ de las horas que eligiera para entrar, para salir, para dormir ó para levantarse, lo cual ya es algo tratándose de escrúpulos de estética. De manera, hija mía, que puestos de un lado tan livianos inconvenientes, y del otro tan colosales ventajas, no es difícil adivinar hacia qué parte se inclinaría la balanza.

Calló otra vez doña Sabina, observó á Enriqueta y vió, no sin alegría, que ésta iba levantando poco á poco los ojos hacia ella; que la expresión de su boca estaba muy lejos de ser desdeñosa, y que se disponía á romper su obstinado silencio.

--Vamos, hija mía--prosiguió la buena madre, en su deseo de sacar todo el partido posible de tan favorable situación,--dime, á lo menos, tu parecer con franqueza. ¿Qué juzgas de lo que te voy diciendo?

--Juzgo, mamá--respondió al cabo Enriqueta sin pizca de encono,--que estamos haciendo castillos en el aire; porque, después de todo, ¿quién nos ha dicho que ese señor ha pensado en semejante cosa?

La cual respuesta, si no era una explícita aprobación de las teorías de doña Sabina, tampoco envolvía una repulsa manifiesta; y esto era mucho tratándose de una boca como aquélla, que, para hablar de don Romualdo, no había usado más que burlas cáusticas y epigramas sangrientos. Podía creerse con algún fundamento que el sermón aprovechaba. Toda la virtud de un justo, de un Dios, fué necesaria para resistir la tentación del demonio que desde lo alto de una montaña le decía, mostrándole el mundo:--«Todo esto será tuyo si me adoras».

Frágil criatura Enriqueta; demonio doña Sabina, punto más sutil y tentador que el del Evangelio, ¿qué extraño sería que la incauta joven cayera de rodillas ante aquel ofrecido reino de placeres y riquezas?

Abundando en esta misma opinión la diabólica mujer, y creyendo ya en buena sazón el espíritu de su hija, juzgó llegado el caso de sacar el Cristo que había de rematar su obra.

--No creo--dijo, respondiendo á la observación de Enriqueta,--que me engañen ciertas apariencias; pero de todos modos, conviene colocarse en lo más cómodo y proceder en ese sentido. Porque has de saber, hija mía--y comenzó la habilidosa mujer á hacer dengues y pucheros,--que hay razones que yo no he querido decirte nunca, por las cuales ese enlace, además de hacer tu felicidad, sería para tu padre y para mí... ¡el manto de la Providencia!

Y la muy taimada se limpió los ojos con el pañuelo.

Como era de esperar, aquellas palabras capciosas y aquellas lágrimas vergonzantes llamaron vivamente la atención de Enriqueta.

--Pues ¿qué sucede?--exclamó alarmada.

--Sucede, hija mía--prosiguió entre sollozos doña Sabina,--que hace ya mucho tiempo (y perdona á una madre cariñosa que te lo ha venido ocultando por no afligirte), que el caudal de tu padre no es más que una apariencia; que la suerte le ha vuelto la espalda; que á duras penas y con indecibles fatigas, ha logrado hasta hoy ir sosteniendo su casa; que los contratiempos, lejos de estar vencidos, se van acumulando de día en día, y en fin, Enriqueta, que no está lejano el en que, sin un milagro de Dios... ó el amparo de un hombre como ése, nos veremos todos envueltos en la más espantosa miseria.

Calló doña Sabina y ocultó la cara entre sus manos, lanzando de su pecho angustiosos quejidos; y Enriqueta, que había ido devorando cada una de sus palabras con la ansiedad fácil de adivinar, al oir los sollozos de su madre inclinó su hermosa cabeza, y exclamó también con lágrimas en los ojos y con verdadera angustia en el corazón:

--¡Pobre padre mío!

¡Cosa extraña! Ni éste ni su hija se habían acordado de doña Sabina en el instante de saber que la miseria llamaba á las puertas de aquella casa.

Después que hubieron pasado los primeros desahogos del verdadero dolor de Enriqueta, y la parte de farsa que había en el de su madre, disponíase aquélla á dirigirle la palabra, cuando entró una doncella á decir que «el señor» esperaba en su gabinete á la señorita.

Serenóse la joven cuanto pudo, é impresionada hasta el extremo con aquel casual recuerdo de su padre, acudió rápida al llamamiento, sin pararse á considerar la sorpresa que en su madre causó el recado.

XI

Entrañable fué siempre el afecto que la hermosa joven había profesado á su padre; pero desde la noticia que acababa de darle su madre, se sentía unida á él por un nuevo vínculo y por una deuda más.

Su vida dispendiosa y descuidada había contribuido sin duda á precipitar la ruina de aquella casa, antes rica y envidiada; y aquel dolor impreso de continuo en la fisonomía del atareado comerciante; aquel sello de tristeza que la obscurecía, no eran el efecto natural de una salud quebrantada por el trabajo, sino la huella de una gran pesadumbre, hija quizá del temor de que algún día tuviera ella que conocer la causa. ¿Qué sacrificio podría imponérsela que no aceptase por salvar á su padre del abismo en que iba á caer? ¿Qué valían, pues, los escrúpulos que _aún_ oponía como excusas, si su unión con el hombre que se los inspiraba podía devolver á su padre la fortuna que éste había sacrificado al placer de su familia?

Con estas reflexiones, motivadas por la noticia funesta dada por su madre y la repentina llamada de su padre, presentóse delante de éste, cariñosa y expresiva como jamás lo estuvo.

--Hija mía--le dijo el pobre hombre, sentándola á su lado,--los asuntos que personalmente te interesan, sólo contigo debo consultarlos, antes de discutirlos en familia, si esto fuese necesario también. En este supuesto, y con la formal protesta que te hago de que, al someter á tu juicio ese asunto, te dejo en la más amplia libertad de resolverle, te advierto que hace un instante estuvo en este mismo gabinete un hombre que ocupa una gran posición social, á pedirme tu mano.

--Y ¿qué le contestó usted?--dijo Enriqueta sin mostrarse sorprendida del suceso, ni más ni menos que si le esperara.

--Que te haría saber la pretensión, y que tú resolverías.

--¿Pero usted no ha formado juicio alguno?...

--Supongamos que no.

--¿Ni hay siquiera una razón por la cual pudiera usted desear que yo aceptara ese pretendiente?

--No hay razón para mí que alcance á obligarme á violentar tu voluntad, ni siquiera á influir en ella, en asunto tan importante.

Si, como no lo dudaba Enriqueta, la noticia que tuvo por su madre sobre la triste situación de la casa, era cierta, su padre le estaba dando otra prueba más de cariñosa abnegación, prueba que merecía de su parte un esfuerzo de voluntad para corresponder á ella dignamente. Y en tal propósito, y sin detenerse á considerar que en lances de tanta transcendencia es mal consejero el entusiasmo, contestó sin vacilar:

--Dígale usted que sí.

--¡Cómo!... ¿sin saber aún de quién te hablo?

--Lo presumo: ¿no es del famoso indiano don Romualdo?

--Del mismo, en efecto. Pero ¿tú le conoces?

--De fama y de vista.

--Bien; pero ignoras de dónde viene, qué ha sido, qué es y, según sus antecedentes, qué podrá ser en adelante.

--Eso no es de mi incumbencia, papá. Me dice usted que resuelva, y resuelvo que sí.

Como aquél que ve visiones se quedó don Serapio al oir hablar de este modo á su hija. No había mostrado la menor vacilación, ni un reparo, ni un escrúpulo. El demonio de la ambición la dominaba también como á su madre: jamás lo hubiera creído en aquel corazón tan sensible y tan noble en apariencia. Por el vano afán de unas cuantas joyas, no le aterraban los riesgos de lo desconocido. Este desencanto le afligió en extremo, como padre cariñoso; pero, preciso es confesarlo, no dejó de animarle como comerciante necesitado. Las buenas tragaderas de su hija hacían la tramitación más fácil y el resultado más claro, supuesto que estaba decidido á no _sacrificarla_ á los apuros de la casa.

Y entre tanto no reparaba el bendito de Dios que sin estar también él devorado, aunque en otra forma, por la misma sed de oro, no hubiera tomado en serio la pretensión del indiano sin preguntarle en seguida todo aquello que, en su concepto, debió preguntar Enriqueta antes de resolver afirmativamente la demanda; ni hubiera transmitido ésta á su hija sin poder añadir en seguida: «me consta que el pretendiente es hombre honrado y que honradamente ha ganado lo que posee». Por eso no cayó en la cuenta de que las últimas palabras de Enriqueta, si parecían el reflejo de un corazón frío y metalizado, también podían tomarse como una amarga censura á la irreflexión y la ligereza despiadadas con que un padre colocaba á su hija en la necesidad de elegir á ciegas entre la muerte y la vida.

Pero esto no podía leerlo don Serapio en la respuesta, porque había hecho en el asunto cuanto _debía_ hacer; es decir, respetar ciertas particularidades de aquel hombre que, siendo tan rico y tan espléndido y, sobre todo, tan considerado en el pueblo, no podía ser _cosa mala_; y, en cambio, podía _resentirse_ de una fiscalización impertinente que diera por resultado una brusca retirada en el momento en que más falta le hacía su amparo. De todos modos, si le engañaban las apariencias, ya se iría viendo poco á poco, antes de que fuera imposible evitar los peligros de una equivocación.

Tal fué el criterio de don Serapio en aquel asunto delicado; pero como ni tú ni yo, lector benévolo, estamos llamados, que se sepa, á sentar jurisprudencia en la materia, dejo la digresión y vuelvo al asunto.

--De manera--prosiguió el padre, acentuando mucho sus palabras y observando el efecto que causaban en su hija,--que puedo decir á ese señor que, por tu parte, aceptas gustosa.

--Gustosísima,--añadió Enriqueta.

--¿Sin el menor recelo siquiera de que acuda á tu memoria ni la sombra de un recuerdo más agradable?...--insistió don Serapio, creyendo, con esto, quedar bien cumplido con el último de sus escrúpulos de conciencia.

--Sin el menor recelo... ni aun de esa sombra.

--¿Luego no hay más que hablar sobre el asunto?

--Absolutamente nada, por mi parte.

Y los dos se despidieron y se separaron: el padre admirado de la despreocupación de la hija, y la hija asombrada de la buena fe de su padre.

Don Serapio bajó al escritorio, y llamando al viejo dependiente, volvió á decirle:

--Abra usted una cuenta á don Romualdo Esquilmo.

Pero esta vez no le dió contraorden; antes bien, llegóse á la caja, sacó el paquete sellado, recontó y clasificó los valores que contenía, y dijo al dependiente, que le observaba con impasibilidad, después de haber escrito el encabezado de la cuenta:

--Abónele usted, por entrega que me hace hoy en efectivo y letras que me endosa, aceptadas en esta plaza, reales vellón...

--Reales vellón...--repitió el dependiente pluma en mano.

--Un millón doscientos treinta y dos mil.

--Un millón doscientos treinta y dos mil,--murmuró el tenedor de libros apuntando en el suyo aquella cantidad.

--Nada más,--dijo luego el comerciante recogiendo los valores del indiano.

--Nada más,--repitió el dependiente cerrando el libro, después de haber colocado cuidadosamente una hoja de papel secante sobre lo recientemente escrito.

--Ya habrá usted comprendido--añadió don Serapio á media voz,--que la situación de la casa ha mejorado mucho en pocas horas.

--Lo sospeché desde la primera vez que me mandó usted abrir esta misma cuenta.

--Hay una Providencia, don Braulio.

--Pues bendigámosla, señor don Serapio.

Y el uno volvió á su puesto con la misma impasibilidad que cuando acababa de demostrar con números que la casa estaba hundida, y el otro á la caja, en la cual guardó el caudal ofrecido por la Providencia.

Entre tanto, Enriqueta informaba á su madre de todo lo tratado y acordado con su padre.

--Ya lo ves, hija mía... ¡La Providencia divina!--exclamó ebria de gozo, loca de entusiasmo doña Sabina.

Es maña ya muy vieja ésa de atribuir á la Providencia todo cuanto nos favorece y nos halaga, aunque sea inicuo, y de imputar á la desgracia lo que nos humilla y desconcierta, aunque lo tengamos bien merecido.

XII

Cuatro días después de lo referido en el capítulo anterior, la casa de don Serapio volvía á presentar el aspecto de sus mejores tiempos. En el escritorio no cesaba un instante el ruido seductor de la moneda; montones de ella aparecían en mesas y tableros con la matemática regularidad de un ejército en parada; y al comenzar el desfile, con la misma iban pasando á acuartelarse en la insondable caja que, en menos de tres días, se tragó, contantes y sonantes, no menos de cien mil pesos. Años hacía que en aquel rincón del mundo no se había visto tanto dinero junto. Don Serapio lo palpaba y no lo creía. El achacoso comerciante parecía haber rejuvenecido medio siglo en media semana. Su aire era más suelto, su mirada más viva, su color más animado; daba tal cual golpecito sobre el hombro á su dependiente de confianza, quien ¡para que se vea hasta qué punto era chocante la revolución que allí se había verificado! pagaba con una sonrisa verdadera cada caricia de su principal; los dos dependientes se permitían entre sí ciertos equivoquillos, aunque á media voz; y hasta el almacenero, cuando subía con algún recado, tarareaba unas manchegas ó silbaba el himno de Riego. Aquello parecía un contagio de misteriosa enfermedad: todos se sentían atacados de ella, y sólo don Serapio y el tenedor de libros conocían las causas.

¡Pues no les digo á ustedes nada de cómo andaban los ánimos y las cosas por la habitación! Doña Sabina era un argadillo; Enriqueta se reía sola; las doncellas andaban en un pie, y la cocinera no daba golpe sin romper un cacharro, asombrada de ver que su señora, lejos de echarla un sermón por cada siniestro, la decía por todo desahogo:--«Ande usted, que rica es la orden».

Porque es preciso que el lector entienda que no se trataba ya, únicamente, en el escritorio de una lluvia de talegas, como caídas del cielo, ni en la habitación del próximo ingreso en la familia de un hombre «poderoso»: es que éste había sido ya presentado á su futura, y había comido «en la casa», y el padre y la madre y la hija habían convenido sin dificultad en que, «después de bien tratado y ataviado, el novio era hasta _simpático_, y que no tenía maldita la comparación con Fulano, ni con Zutano, ni con Perengano, que evidentemente eran unos groseros, palurdos y asquerosos»; y había habido lo de «tonta hubieras sido en pararte en remilgos, ¡qué ganga te perdías!» y lo de «la verdad es, mamá, que no debe uno pagarse de impresiones á lo lejos», ó «te digo que nos echamos tu madre y yo un yerno, y tú un marido, que no le merecemos».

Por un descuido se le ocurrió una vez á don Serapio decir:

--Para que la dicha fuera completa, no nos falta más que conocer algunos antecedentes de _él_; porque aunque necesariamente han de ser buenos, esto de tener uno con qué tapar la boca á cuatro maldicientes...