Part 4
--¡Extraña pretensión!--le dijo Carlos.
--Nada de eso--respondió su hermano:--he pensado que ver este pueblo en las calles, no es ver á Madrid; y como yo he venido á verle, de paso que á ti, quiero estudiarle una vez siquiera en los salones... aunque no sea más que por llevar algo curioso que referir en el lugar. Pero es difícil que vuelva yo á hallarme tan dispuesto como ahora á dar ese paso, y que se me presente una ocasión tan favorable como la reunión á que ustedes van esta noche. He aquí por qué me propongo asistir á ella, en la inteligencia de que Isabel no tendrá á desdoro presentar en la buena sociedad á un hermano tan rústico como yo.
--Pero ¿hablas de veras?--insistió Carlos lleno de extrañeza, mientras Isabel se hacía cruces y el marqués se pasmaba y la marquesa se daba á los demonios con aquella nueva contrariedad.
--Como si fuera á morirme,--respondió Ramón resueltamente.
--Entonces--dijo Carlos,--si estas señoras quieren tomarse la molestia de esperar un rato, yo me comprometo á transformarte en un elegante de primer orden.
--¿Y qué mayor gloria para mí--añadió Isabel riéndose de veras,--que contribuir á reconciliar con las vanidades del mundo á un filósofo como Ramón?
--Va á ser el gran acontecimiento de la noche,--observó el marqués con un poquillo de ironía.
--Será lo que usted guste--le dijo Ramón saliendo con su hermano;--pero me ha entrado ese antojo... y yo soy así.
Carlos tenía bien conocido el carácter de Ramón, refractario á toda sujeción, incompatible con todo género de etiquetas; habíale observado desde el mediodía, inquieto, sombrío, receloso; había notado también un repentino sobresalto al acercársele Isabel últimamente, y, por fin, su pretensión de asistir con ella á una fiesta del gran mundo, le parecía mucho hasta para soñado por un hombre como su hermano. ¿Qué pasaba, pues, por Ramón que quizá se relacionaba con su cuñada? Carlos no podía comprenderlo; pero que pasaba algo extraordinario, era para él evidente.
Con el objeto de averiguarlo, tanto como con el de servirle, acompañó á Ramón á su gabinete; pero en vano, mientras le vestía y acicalaba, le provocó la lengua: ésta no se movió sino para decir:
--He venido á Madrid á conocer de todo, y por eso voy esta noche al gran mundo. Si esto os desagrada, me quedaré en casa; pero si deseáis complacerme, no me contrariéis este capricho.
Carlos, que encontraba, hasta en las inflexiones de la voz de su hermano, algo de nuevo y aun de solemne, dejándose llevar sin disimulo de los impulsos de su corazón.
--No solamente--le dijo,--no te combato el propósito, sino que te aconsejo que persistas en él... y que procures aprovechar bien el tiempo esta noche.
--Gracias--respondió Ramón;--yo te juro que no te daré motivo para que te pese haberme aconsejado así.
¡Y qué ganas se le pasaban, entre tanto, de contar á su hermano todo aquel capítulo de iniquidades que estaban abrasándole la memoria y punzándole la lengua!
Á todo esto iba empaquetándose en un traje de etiqueta; y salvas algunas estrecheces de frac por razones de espaldas, el improvisado _gentleman_ no dejaba de estar presentable.
Faltábale únicamente lo que se llama, no sé por qué, _chic_ de buen tono; y esto lo confirmaron la risa de su cuñada, el mohín de la marquesa y el respingo del marqués, cuando Ramón apareció delante de ellos con marcial desenvoltura y diciendo por toda excusa:
--Me faltan los guantes blancos para acabar de ponerme en carácter; pero los compraré, al pasar, en una guantería. Conque, perdón por la tardanza, y cuando ustedes gusten...
--Andando, pues,--dijo Isabel, tomando alegremente el brazo de su cuñado.
El apreciable matrimonio salió detrás.
Al quedarse solo Carlos, dejó caer su cuerpo en una butaca y la cabeza entre sus manos.
Debo al lector la explicación de estas tristezas y la de algunas, al parecer, incongruencias de carácter de este personaje. Ninguna ocasión como ésta para echar un párrafo sobre el particular.
Carlos no engañó á su hermano cuando le dijo que al casarse con Isabel, no existía entre ambos una pasión ni mucho menos. Isabel conocía las brillantes cualidades morales de Carlos, que, por otra parte, era un mozo distinguidísimo y agradable. Un rival de más noble alcurnia y de mayor _lustre_ social, quizás hubiera hecho muy difícil, si no imposible, el proyectado enlace; pero ese rival no existía ni Isabel le echaba de menos, especialmente desde que conoció los deseos de su padre en favor de su joven protegido. El anciano letrado no podía ignorar, con su experiencia y su talento, que su hija, en poder de un hombre sin más título que los de una ejecutoria ni más ambiciones que las de los vanos triunfos del lujo y la ostentación, llevaba muchas probabilidades de ser desgraciada, contribuyendo á ello su mismo caudal, que había de servir, sin duda alguna, para sostener esas mismas vanidades, cuando no otras menos lícitas del vanidoso.
De aquí su idea de unirla á Carlos, cuya modestia, cuya laboriosidad, cuya hidalguía, cuyo talento, formaban raro contraste con la petulancia, con la ligereza, con la ignorancia, con el impudor de la juventud _brillante_ que en derredor veía.
En cuanto á Carlos, con la poco común hermosura de Isabel, su carácter noble y su fortuna inmensa, ¿cómo había de rechazar el pensamiento de su protector?
Cierto es que cuando consideraba con todos sus peligros la región que era el elemento natural de su novia y descendía á meditar sobre sus propias tendencias, tendencias al trabajo, al aislamiento del hogar y á la modestia en todo, cruzaban por su fantasía cuadros que no eran de color de rosa y horizontes nada risueños; mas ¿para qué servían el buen sentido y la previsión y tantas otras dotes que no le faltaban á él? Además, en todas partes hay media legua de mal camino, y no era mucho el contrapeso de estos imaginarios peligros tratándose de las positivas ventajas que se le iban á las manos.
Cuando, terminado el luto por la muerte de su padre, volvió Isabel al gran mundo, Carlos, que ya había formado su resolución de sostener su casa á expensas de su trabajo para evitar los inconvenientes que le hemos oído exponer á su hermano, la acompañó siempre; pero no tardó en comprender que, así por sus ocupaciones como por carácter, le era imposible continuar por semejante senda. Aquel mundo, sobre robarle las mejores horas de estudio y de meditación, le oprimía, le asfixiaba; sus vanidades le afligían y sus exigencias le repugnaban.
Entonces llegó para él la cuestión grave. Su retirada le era indispensable; pero al retirarse ¿dejaba á Isabel allí, ó se la llevaba consigo? Esto, ¿con qué derecho? Aquello, ¿con qué razón de buen sentido?
Isabel era buena y de muy nobles y honradas inclinaciones; pero tenía demasiados atractivos para dejarla sola en una región en que la lisonja, la galantería, el lujo y todas las vanidades imaginables, entran por lo más esencial.
Sin embargo, Isabel no había conocido otro elemento que aquél: trasplantarla á otro más humilde, era desorientarla, sofocarla, violentar su carácter, contrariar, tal vez, los deseos de su padre, que allí se la entregó, pues Carlos no desconocía que al pasar Isabel de la tutela de su padre á la suya, no había cambiado de terreno, digámoslo así, sino de pastor.
¿Cuál de todos estos inconvenientes era el más atendible?
En la posición de Carlos no era fácil decirlo.
He aquí el razonamiento que por conclusión se hacía después de una batalla por el estilo: «Mientras yo no tenga un motivo _serio_ que exponerla por disculpa, no debo alejarla del mundo; hablarla de precauciones, sería ofender su virtud, ó acaso despertar el enemigo que aún no conoce... En todo caso, dejemos pasar los días sin perder por completo de vista los acontecimientos, y... ello dirá».
Arreglado á este modo de pensar, Carlos adoptó un sistema conciliador, dejando de ir á la sociedad sin retirarse de ella por entero.
Y así las cosas, crecieron las necesidades de su casa, y para cubrirlas todas tuvo precisión de aumentar las horas de su trabajo; pero á costa de su salud. Isabel no reparó siquiera en ello.
Éste fué el golpe más rudo que sufrió la resignación de Carlos; pero tampoco tenía derecho á quejarse de él. Su mujer podía decirle siempre: «¿por qué trabajas?» y á él no le era dable, decentemente, responderla: «porque no puedas decirme nunca que vivo á expensas de tu dinero».
Falto de salud y recargado de trabajo y de disgustos, se retiró por completo de la sociedad, y entonces empezaron sus grandes amarguras; porque al considerarse lejos del peligro, dió en verle en su fantasía con proporciones colosales, y á su mujer caminando hacia él, vencida por una atracción irresistible.
Pensó en conjurarle de una vez para siempre, apelando á su indisputable autoridad de marido. Para ello era preciso hablar á Isabel, con cierto cuidado sí, pero hablarla al alma. La ocasión era la que jamás se presentaba. La misma mujer que, considerada lejos de él, le inspiraba tan serios cuidados, ¡le parecía de cerca tan incapaz de faltar á sus deberes! ¡Mostrábase siempre tan serena, tan digna, tan en posesión de sí misma! ¡Inspirábale tal confianza cuando la comparaba con la marquesa, su vecina é inseparable amiga; cuando observaba el efecto de burla y aun de lástima, que en ella causaban las trivialidades y flaquezas de la fatua cortesana!
Y así se le pasaban las horas y los días, y jamás llegaba la ocasión de realizar los propósitos que formaba en sus soledades.
Para hacer éstas más angustiosas todavía, representábasele, sobre todas sus meditaciones, el desvío de Isabel. ¿Qué significaba aquella glacial indiferencia al dejarle solo y dolorido cada vez que concurría á las fiestas del mundo?
«Y ese mismo mundo--pensaba para colmo de amarguras,--¿qué juzgará de mí cuando me ve, al parecer, tranquilo en mi bufete, mientras mi mujer, mi propia honra, anda á su libertad conquistando el aplauso de los salones»?
Y en éstas y otras, sufriendo siempre acerbo martirio en el alma, pasóse más de un año y llegó Ramón á Madrid.
Tampoco á él se le habían ocultado los tenaces galanteos del vizconde; pero en este punto estaba tranquilo, porque jamás creyó á un tipo semejante capaz de hacer vacilar la virtud de Isabel.
Sin embargo, fué aquel mequetrefe uno de sus mayores sufrimientos, por ser el único hombre á quien había visto intentar siquiera tamaño ultraje á su honra.
Estaba, pues, con esta disculpa más resuelto que nunca á establecer en su propia casa la honrada tranquilidad á que le daba derecho su cualidad de jefe de familia, máxime desde que su hermano estaba siendo testigo de ciertas apariencias que sólo con serlo le afrentaban.
Sensible en este punto y hasta visionario, no hay para qué decir con qué cuidado observó hasta el menor movimiento de los producidos en su casa desde el mediodía, por la aparición en ella del dichoso aderezo, especialmente al presentarse su mujer adornada con él; tanto, que sin la inesperada resolución de su hermano, acaso hubiera tomado el mismo partido, cuando no el de prohibir á Isabel salir de casa aquella noche. Ignorante de lo que ocurría, pero en el firme convencimiento de que ocurría algo extraordinario y tal vez grave, el mejor remedio era cortar por lo sano y tomar en el acto el partido que estaba resuelto á tomar muy pronto. Esto no sería muy diplomático, pero sí muy saludable.
Por eso aplaudió en su interior el deseo de su hermano, que, sin hacerle á él sospechoso ni violento, podía contribuir á descubrirle la verdad sin menoscabo de la honra; por eso, dejándose llevar de sus impresiones del momento, pero guardando siempre el debido respeto á su propia dignidad, le hizo aquella advertencia mientras le vestía; advertencia que, aunque vaga en los términos, quizá fué comprendida por Ramón, por esa intuición misteriosa que une á dos seres á quienes afecta un mismo infortunio ó sonríe una misma felicidad.
En tal situación de ánimo, y enfermo más que nunca del cuerpo, le dejó Isabel aquella noche, sin fijarse siquiera en los estragos que en su semblante iban haciendo tantas horas robadas al sueño y al reposo, para adquirir las enormes sumas que ella despilfarraba sin duelo en caprichos y frivolidades.
VII
La condesa viuda de Rocaverde luchaba ya, con la desesperación del vencido, contra los rigores del tiempo, y en vano reparaba con artificios de tocador las brechas que á cada momento abría en su cara el implacable enemigo. Verdadero monumento en ruinas, quedábale tal cual vestigio de su pasada hermosura, que celebraban los solterones, sus contemporáneos, y estudiaban los jóvenes aficionados á la humana arqueología.
El conde de Rocaverde fué muy rico; y aunque no tan pródigo como su mujer, cuando á los pocos años de casado murió... «por no enfadarse» como decía la fama, no dejó al mundo más que una triste memoria de su carácter, algunas deudas de consideración y sus salones muy acreditados entre los más famosos de la buena sociedad madrileña.
Pasó algún tiempo, y cuando la gente de pro esperaba ver á la viuda pidiendo una plaza en un asilo de caridad, desechando rumores de mal género, á propósito de no sé qué banquero, hete aquí que se la ve reaparecer en el gran mundo, más rumbosa, más elegante y más cortesana que nunca.
La maledicencia es como el hambre: dándole lo que le gusta, se calla... por de pronto. Y tal sucedió con la de Rocaverde. Entretuvo agradablemente y con inusitada frecuencia en sus salones á la gente del buen tono, y ya cesó ésta de ocuparse en averiguar de dónde salían aquellas misas, dado que la sacristía la había dejado á secas el difunto.
¡Y qué período aquél de fiestas, á las que concurría todo lo más selecto y granado de la aristocracia, de la banca, de la prensa y de las artes!
Allí _se hacía_ música; allí se declamaba, poniéndose en escena á veces, en un teatrito al caso, por las jóvenes más pudorosas y los hombres más formales, lo más aplaudido del repertorio contemporáneo... francés, por supuesto; y allí, finalmente, se celebraban esos bailes pintorescos que tanto dieron que hacer á los sastres, á las modistas y al sentido común, en la _confección_ de trajes alegóricos: trajes de crepúsculo, trajes de tempestad, trajes de luna, trajes de ira, trajes de compasión... trajes de todo lo imaginable, pues la gracia estaba en representar una estación del año, ó una hora del día, ó una efeméride, ó una pasión, ó una virtud, ó una enfermedad, ó el Mississipi, ó el cable submarino, de cuatro tijeretadas sobre algunas varas de tul ó de _satén_, entretenimiento que tomaban y suelen tomar por lo serio nuestros hombres de Estado y nuestra prensa grave.
Pasaron así algunos años, al cabo de los cuales se fué observando que el tiempo hacía los mismos estragos en la cara de la condesa que en sus salones; es decir, que éstos dejaban de revestirse con el lujo y la frecuencia de costumbre, á medida que aquélla se marchitaba.
Poco á poco fueron disminuyendo en número las fiestas, y llegó un día en que dejaron éstas de ser periódicas, y se convirtieron en extraordinarias, en casos raros.
En este período fué cuando la de Rocaverde, como si quisiera reconcentrar las débiles fuerzas de sus recursos agonizantes, según la fama, para consagrarlas á un solo objeto de más fácil logro, se dedicó, con la saña propia de una beldad en ruinas, á quemar fuera de su casa los últimos fuegos de su esplendor. Por eso la hemos visto, según Isabel y la marquesa, luchando con la elegancia de la primera, y conquistando el supuesto amante de la segunda; brillo y adoraciones que el tiempo la iba negando.
Á esta misma época pertenece la reunión á que vamos á asistir como espectadores el lector y yo; fiesta trabajosa, como preparada con las rebañaduras de la antigua abundancia, y decidida entre angustias de bolsillo y exigencias de acreedor.
No por eso ofrecía su casa aquella noche triste aspecto: había rodado por ella demasiado la abundancia, para que no quedara en días de apuro algo con que cubrir las apariencias.
En cuanto á la concurrencia, se componía, como siempre, de lo mejor de la «buena sociedad» madrileña.
Allí estaba la encanijada solterona aristocrática, verdadera gaviota imponderable, envuelta en muelle plumaje de céfiros y encajes; la robusta matrona de plateados rizos y sonora voz, égida, guía y maestra de su pimpollo, aspirante á cortesana, fresca y delicada criatura que, viendo del revés sus conveniencias, buscaba aquel agosto sofocante para desarrollar sus abriles risueños; _las_ del jubilado funcionario X***, de quienes se contaba que, puestas por su padre en la alternativa de comer patatas y vestir con lujo, ó comer de firme y vestir indiana, optaron sin vacilar por lo primero; la rolliza codiciada heredera de un banquero de nota, buscando con ojos de diamantes una ejecutoria de primera clase para ennoblecer las peluconas de su padre; la _sublime_ viuda, de rostro dolorido, que entretenía allí sus penas mientras labraba en un claustro retirada celda para enterrarse en vida; la dama esplendorosa y rozagante que movía un huracán con sus vestidos y muchas tempestades con sus coqueterías; la inofensiva esclava del buen tono, que se exhibía así por cumplir un deber de su «posición»; la pudorosa beldad que recitaba arias de Norma y cantaba monólogos de Racine...
Pululando, culebreando, plegándose como mimbres ó irguiéndose como alcornoques (no siempre han de ser palmeras los términos de comparación), veíase al «distinguido» pollo, osado, enjuto y con el emblema de su linaje hasta en los faldones de la camisa; al joven sentimental que cantaba de tenor, y aguardando á que se lo suplicasen, lanzaba miradas de agonía á las mujeres sensibles; al «hombre de mundo» que cifra sus glorias en herborizar en la mies del vecino mientras abandona la propia á la rapacidad de otros _botánicos_; al _ferviente_ demócrata, cuya sátira implacable era en cafés y en periódicos el azote de _las clases_ de levita; pero que solía reconciliarse algunas veces con el frac y los guantes blancos, cuando le invitaban á codearse con la aristocracia, y, sobre todo, á cenar con ella; y por último, cruzando los salones, ó retorciéndose el mostacho enfrente de cada espejo, ó adoptando posturas académicas en cada esquina, al hombre parco en saludar, de ancho tórax y pescuezo corto, de buenas carnes y soberbia estampa, que no hablaba á nadie, pero que parecía decir á todo el mundo: «caballeros, esto es lo que se llama un buen mozo»; hombres felices si los hay, que al volver á casa esperan siempre oir llamar á su puerta al discreto lacayo que les trae perfumado billete en que la marquesa, su señora, les pide una cita y su amor.
Al paño, es decir, medio oculto entre los de una _portière_, el literato viejo, aplaudido autor dramático que buscaba en aquel cuadro modelos para sus caracteres, ó que gustaba de que creyesen los demás que eso es lo que hacía; el anciano papá que devoraba un bostezo, mientras sus hijas devoraban más afuera con los ojos otros tantos acomodos de ventaja; el recién presentado, joven de pocas malicias y menos resolución, que ardía en deseos de lanzarse á aquel mundo en que recreaba su vista, y no se atrevía, porque no conocía á nadie ni confiaba gran cosa en su travesura.
Más atrás, el hombre de Estado departiendo sobre la última sesión de Cortes ó preparando una combinación ministerial; el flamante gobernador de provincia, que le escuchaba á respetuosa distancia porque le debía el destino... y quizás el frac novísimo que vestía, y que concurría allí, según él, para dar un adiós al mundo de los placeres; según otros, á tomar aires de importancia y un poco de escuela que implantar en los salones del alcázar de su ínsula.
Hojeando los álbumes en los gabinetes, ó chupando los puros de la casa en las salas de fumar, el hombre de negocios, el rico banquero, el general encanecido en cien pronunciamientos, digo batallas, el periodista de nota, etc., etc., etc.
Y sobre todos estos grupos, por encima de tanto personaje, dominándolo todo, el tipo por excelencia, el hombre indispensable, la verdadera necesidad del presente siglo en las altas regiones de la moda: _Lucas Gómez_. Por eso su entrada en el salón era una entrada triunfal; y aunque indigesto de faz y mal cortado de talle, saludábanle las viejas, sonreíanle las mamás, mirábanle tiernas las solteronas y buscaban con ansia sus lisonjas las beldades más altivas.
_Lucas Gómez_ era el cronista, el trompetero de aquellas fiestas; el mejor y más digno cultivador de esa literatura de patchoulí que ha fijado la reputación de ciertas publicaciones serias entre la gente «de importancia». De él eran, y nadie se las disputaba, ciertas frases _felices_ de «buen tono»; de él eran los _chocolates bullangueros_, los _tés bailantes_, los colores _fanés_, los abriles _de tul_, las pasiones _de popelina_, y tantísimos otros neologismos con que se enriqueció la literatura _elegante_, que devoraban y devoran con especial deleite los nobles herederos de las glorias de aquellos grandes hombres cuyos hechos asombraban al mundo. Él, erudito de guardarropía, con una paciencia admirable hacía la historia y describía los mil detalles de cuanto llevaba sobre su persona cada mujer; él restauraba á las feas llamándolas _simpáticas_; él sahumaba á las hermosas comparándolas con el arrebol de la aurora ó con un _bouquet_ de violetas, lirios y rosas de Alejandría; él adulaba á la obesa mamá llamándola _gentil matrona_, y mal había de andar el asunto para que la enjuta y acartonada solterona de ojos de basilisco y hocico de merluza, no alcanzara en sus crónicas, cuando menos, la cualidad de _espiritual_; hacía á todos los hombres de negocios, _opulentos_; á todos los militares, _bizarros_; á todos los periodistas, _eminentes_; á todos los títulos de Castilla, _preclaros varones_; á todos los artistas, _inspirados_, y á todos los gacetilleros, _populares literatos_.
Para aquel hombre todo se subordinaba á las leyes del buen tono: hasta la muerte; pues al gemir sobre la fresca tumba de una dama noble, no recordaba sus virtudes, ni las fingía siquiera, sino que inventariaba sus roperos, sus joyas, sus carruajes, sus admiradores y sus talentos para brillar en aquel mundo que perdía en ella el mejor de sus atractivos, el más esplendente de sus astros.
Tal era _Lucas Gómez_, el mimado y lisonjero cronista de las fiestas del gran mundo cuyos _buffets_ le engordaban.
Pues bien: hallándose reunidos todos los enumerados y otros muchos elementos por el estilo; estando, como si dijéramos, en pleno la reunión, fué cuando aparecieron en ella nuestros conocidos: radiante de satisfacción y de hermosura Isabel, descompuesta y febril la marquesa, en babia su marido, y hecho un mártir Ramón en su postizo traje de etiqueta.
Tres embestidas había dado aquella mañana la de Rocaverde al aderezo consabido, y ya se disponía el joyero á enviársele, de acuerdo con el encargo que, después de la segunda, le había hecho el vizconde, cuando se presentó éste otra vez en la tienda con la contraorden que sabemos.