Chapter 16 of 21 · 3876 words · ~19 min read

Part 16

--«_Dios es el absoluto ser, en su total unidad é integridad, como lo que es y de lo que es, en la esencial sustantiva unión y composición del ser y del existir, del conocer y del pensar, dándose y determinándose en, dentro y debajo de la unidad, abiéndose de sí, para sí y consigo, congrua, individual y homogéneamente, antes y sobre toda determinación concreta de la materia caótica en tiempo y espacio, medio en que lo objetivo y lo subjetivo recíprocamente comulgan_».

En seguida apoya su aserto con la autoridad de los _santos_ padres, ó pontífices de _su_ iglesia, Krause, Sanz del Río y Salmerón; mira en derredor de sí con cara de lástima, y pasa á otra cosa.

Nada le _repugnaba_ tanto cuando él _era_ católico, «por no disgustar á su _pobre_ madre que creía como una _inocente_ todas _esas cosas_», como los milagros, lo sobrenatural; y lo del premio y el castigo inmediatos á la muerte del cuerpo, ni más ni menos que si Dios llevara una cuenta corriente á cada una de sus criaturas. Esto es empequeñecer la idea; agraviar á la razón humana, que es un destello divino, etc., etc.

Y he aquí que comienza á cantar endechas al _espiritismo_, secta de la cual se declara partidario y hasta miembro integrante. Y siendo espiritista, cree, por ende, y así lo manifiesta, que los espíritus vagan por el espacio, ramoneando de planeta en planeta, como carneros trashumantes, para purificarse por una serie de transmigraciones, hasta que Dios los llame junto á sí, después de juzgarlos dignos de Él: cree, por tanto, en los meta-espíritus, y que el hombre está en la tierra, de tránsito, procedente ya de otro planeta, ó de otra criatura de diferente condición social ó naturaleza, y ni siquiera niega que pueda él mismo haber sido asno tiempos atrás, por más que--¡otro contrasentido!--no le guste que se lo llamen. En fin, repugnándole todo lo sobrenatural, y hasta negándolo con indignación, nos cuenta entusiasmado que se pasa las horas muertas hablando mano á mano con el espíritu de Confucio... ó con el de Sancho Panza (pues inspirados _eruditos_ hay en la secta que se lo han tragado), si es _medium_, por su propia virtud, y si no, por el del hermano que la posea; y le cuentan que esto está perdido, y que la Iglesia caerá, y que prevalecerá lo que quieran Bassols, Solanot, Allan-Kardek y otros cuantos apóstoles de la doctrina famosa... Y todo esto y mucho más se lo cuentan en parábolas y rengloncitos entrecortados, que necesitan luego una interpretación no poco ingeniosa.

También en este trance tapa la boca á los incrédulos que se ríen al oirle, con nombres propios. En seguida enjareta una letanía de los más sonados en España entre políticos y militares, los cuales sujetos hacen lo mismo que él, y _aliquid amplius_, en esas conferencias con los espíritus; prueba que, aunque irrecusable, porque es la pura verdad, no levanta un ápice la cuestión ante el testarudo y arranciado sentido común que escucha al sabio; pues se obceca aquel inconquistable tribunal en sostener que en ninguna parte hay reunidas, en menos terreno, más extravagancias, más monomanías, más opuestas condiciones sociales que en un manicomio, y, sin embargo, á nadie se le ha ocurrido tomar por lo serio aquella algarabía de insensatos.

Indígnale también que existan _todavía_ hombres que se llaman ilustrados sosteniendo que la raza humana, entera y verdadera, procede de Adán. Parécele absurda esta _teoría_; y buscando otra más verosímil, y hasta solar más noble á la humanidad, agárrase á Darwin, y pónese muy hueco al declarar con este otro sabio que el hombre desciende del mono--cosa que muchos _ignorantes_ no negarían si todos los ejemplares de la especie fueran idénticos al preopinante.--Verdad es que el sustentar esta teoría le permite soltar la palabreja _antropiscos_ ó _antropoides_, que no es despreciable para un sabio de su calibre, y tapar con ella el resuello al que le pregunte por la raza que debió llenar el abismo que separa al cuadrumano famoso, del más estúpido de los hombres... Por eso me gustan á mí los sabios (y no aludo ahora al de mi cuento): se tropiezan en sus investigaciones con un abismo sin fondo, y le cubren con una palabra rimbombante; y saltando sobre ella, para no sentir el vértigo que les perdería, siguen adelante tan satisfechos como si la senda no tuviera un bache.

Volviendo ahora á nuestro sabio, digo que si se logra hacerle descender de esas alturas en que se mece tan á su gusto, y bajar al mundo terreno, se le ve lanzarse rápido sobre la memoria de los grandes hombres; porque ésta es de las águilas que no pierden el tiempo cazando moscas. La calidad del auditorio es lo que menos le importa.

Así, por ejemplo, al primer tratante en caldos que halla á mano, le enreda en una discusión sobre Cervantes.

--_Concedo_--dice el _generoso_ sabio,--que no fué el autor del _Quijote_ un hombre _enteramente vulgar_, teniendo en cuenta la época en que vivió; pero ¿qué materiales dejó preparados para la _arquitectónica_ de la ciencia moderna? ¿No están sus obras impregnadas del estúpido fanatismo religioso? Lo mismo á él que á Calderón les faltó la _filosofía de la estética_, que les hubiera enseñado lo poco que valían sus creaciones _por sí, mediante, en, con relación al idealismo transcendental, en cuanto, sobre, antes y después de_.

Por el mismo procedimiento demuestra el _idiotismo_ de Colón, la _candorosa_ ignorancia de _Agustín_ (como no cree en brujas, le suprime la santidad), el espíritu _mezquino_ de Raimundo Lulio, la _charlatanería_ de Balmes, y la sublime metafísica de las coplas de Mingo Revulgo.

Ninguno de estos hombres, ni otros infinitos que cita sin pararse en barras, hicieron cosa alguna en beneficio de la humanidad _progresiva_; les faltó la gran idea del símbolo, del _schema_, ó séase _la gráfica determinación en que la naturaleza y el espíritu se unen en forma de lenteja_.

¿Necesito añadir que la aspiración política de este mozo es ir tan lejos como puedan llevarle _las corrientes de la idea nueva_, ó los huracanes de la libertad de su altivo pensamiento?

Así es, en efecto; y conste que, según propia declaración, para colocarse en la senda que necesita su razón sin trabas ni cortapisas, ha comenzado por tomar en una logia masónica el nombre de _Wamba_, y por jurar, _á obscuras_, sacrificarse en cuerpo y alma á la voluntad de un superior á quien no conoce, sin que le sea lícito preguntar jamás el _por qué_ ni el _para qué_ de los esfuerzos que se le _impongan_.

En fin, lector ignorante, después de volcar este ollón de potaje religioso-filosófico-político en plazas, casinos, tiendas y cafés, es cuando el sabio, para rematar la obra, encaja este ribete, pespunteado con aires de protección y tono campanudo:

--Esto se llama, señores, estar penetrado del _ideal de la humanidad_; esa ciencia sublime, mediante la cual, el hombre, _artista de su vida, determinándose en todas las esferas de la actividad, se hace divino en, bajo, mediante Dios_.

Mas, á pesar de la substancia de este luminoso dato, oigo al asombrado lector preguntarme:--Pero ¿adónde va ese mozo con semejante grillera entre los cascos?

¿Adónde va?--En Madrid, al Ateneo, si hemos de creerle.

En Santander, á lo que hemos visto, á difundir la luz; á tomar el aire... y, muy á menudo, á la ruleta.

Mañana... (si antes no se cura) al Limbo, que es la mansión adonde van á parar los que en vida tuvieron la enfermedad debajo del pelo.

[Ilustración]

[Ilustración]

UN APRENSIVO

Puede ser de Rioseco, lo mismo que de Palencia ó de Zamarramala. No es viejo, ni tampoco joven, ni rubio ni moreno, ni alto ni bajo, ni rico ni pobre. Trajo baúl de cuero peludo y sombrerera de cartón. Hospedóse como pudo, y al día siguiente fué á entregar la carta de crédito que traía, á su orden, contra una casa mercantil de la plaza.

--¿Los señores de Tal y Cual y Compañía?

--Servidores de usted.

--Tenga usted la bondad de enterarse de esta esquelita.

--Cúbrase usted y siéntese.

--Muchas gracias.

--¿Quiere usted recibir ahora la cantidad que los señores Morcajo y Compañía nos mandan poner á su disposición?

--No, señor: iré tomando á cuenta lo que necesite, si á ustedes les parece.

--Como usted guste. Y ¿cómo están aquellos señores?

--Tan guapamente... quiero decir, salvo el sobrehueso del don Atanasio, que no le deja moverse de la silla cuatro años hace.

--Eso es lo peor. Y usted, á lo que parece, ¿se ha venido por ahí á veranear?

--No fuera malo, señor mío. Por ese solo placer quedárame en casa, que los tiempos no están para moverse de ella. Vengo, créalo usted, por la necesidad que tengo de tomar los baños.

--¿Y ya está usted instalado?

--Sí, señor: ahí paro en cá de un paisano, en Santa Clara. Mucha bestia, mucha mosca y bastante ruido hay; pero como dicen que el olor de la cuadra es bueno para el pecho, no me pesa haber encontrado eso. Yo mejor querría un parador con vistas á la mar alta; pero ¡mire usted que llegué á dar hasta doce reales por un cuarto en el Sardinero, y el demontres del posaero se me echó á reir! Conque volvíme ahumando á la ciudad, donde pago medio duro. Le digo á usted que la vida cuesta aquí un sentido. Pero la pícara necesidad de los baños...

--Pues, hombre, el semblante de usted revela mucha salud.

--¡Calle usted, por Dios, que estoy hecho una carraca vieja!... Como que si en este mar no la compongo, no me queda más remedio que la huesera...

--¿Ha tomado usted ya algún baño?

--¡Si llegué ayer, de tardecita; y en un carricoche fuí al Sardinero, y en el mismo me volví, ya de noche, cuando vi lo caro que andaba por allí el hospedaje! Ahora vuelvo allá á enterarme de lo tocante al baño; porque pensar que me he de meter yo en lo que no conozco, siquiera de oídas, es pensar los imposibles. Conque, si ustedes no mandan otra cosa, me alegro de verlos tan buenos, reconózcanme por un servidor, y hasta otro día, que algunos he de volver, si Dios quiere y la salud me lo permite.

--Muchísimas gracias, y que aprovechen los baños.

--Pues si no me pintan, no será por falta de modo para tomarlos.

EN LA PLAYA

--¿Conque, según las trazas, es usted bañero?

--Ya ve usted.

--Vaya, pues lo celebro. Yo también vengo á tomar baños.

--Me alegraré que aprovechen.

--Así lo espero. Y diga usted, ¿está esto muy hondo?

--Hay de todo. Si se queda usted cerquita...

--¿Y si entro mucho?

--Si entra usted mucho, hallará más agua.

--Quiere decir, que según voy entrando...

--Le va á usted cubriendo, cubriendo...

--Eso es, hasta que ¡plaf! se va uno al hondo.

--Cuando no se sabe nadar...

--Pues es una broma pesada. Y diga usted, ¿estarán firmes estas cuerdas?

--Ya lo ve usted.

--De modo que, bien agarrado uno á ellas, aunque venga la ola de firme... Diga usted, ¿de qué lado suelen venir?

--Hombre, según sople el viento; pero, por lo común, de frente, como ahora.

--Quiere decirse... eso es, que poniéndome de cara hacia afuera, las recibiré en las espaldas... Pero entonces no veré lo que viene sobre mí. ¿Cuál le parece á usted lo mejor?

--Eso va en gustos.

--Como tiene usted la experiencia ya... ¿Y si me tiran?

--No suelte usted la cuerda.

--¿Y si la suelto?

--Le tiran á usted.

--¿Y qué hago entonces?

--Agarrarse á la arena.

--¿Es seguro eso?

--Á veces.

--Pero ¿no están ustedes para sacar de tales apuros?

--Cuando se nos manda.

--¿Y si no se lo mandan á ustedes?

--Nos estamos, como ahora, paseando por el arenal.

--¿Aunque yo me esté ahogando?

--Si le viéramos á usted, y hubiera tiempo...

--¿Es decir, que puede no haberle?

--¡Yo lo creo!

--¡Canastos! Pues ¿cómo hay ahora otros bañeros con aquellas mujeres?

--Porque los han pedido y pagado.

--¡Ah! vamos. Pues yo también tomaré uno... ¿Tiene usted mucha fuerza?

--¿Para qué la necesita usted?

--Hombre, para un apuro de ésos de que íbamos hablando.

--¿Va usted á empezar hoy á bañarse?

--No, señor: mañana. Ahora vengo á tomar informes de esto, porque á mí no me hace gracia meterme en lo que no conozco... Por de pronto, me gustaría más la playa si fuera llana, siquiera media legua adentro.

--¡Tendría que ver!

--Dicen que algunas son así.

--Valientes playas serán ésas.

--¿Quiere decir que ésta es mejor?

--Como ésta no la hay, hombre.

--Y el agua, ¿también es buena?

--De lo mejor que se conoce.

--Pues eso es lo esencial para los que venimos á bañarnos por necesidad. Y á propósito: yo quisiera ver al médico del establecimiento. ¿Andará por acá?

--Cabalmente está ahora en la galería... Mírele usted.

--¿Quién es?

--Aquel señor de la barba negra que está hablando con otro joven delgadito.

--Pues voy á verle antes que alguno le comprometa... Conque, amigo, muchas gracias por todo, y hasta mañana; porque yo desearía bañarme con usted.

--Si estoy desocupado entonces, con mucho gusto.

--Pues lo dicho, dicho.

--(Como yo te eche la zarpa, menudo remojón vas á chuparte... Yo te diré de qué lado viene la mar).

CON EL MÉDICO

--Saludo á usted, caballero.

--Beso á usted la mano.

--Me han dicho que es usted el facultativo del establecimiento.

--Tengo en él mi gabinete de consultas.

--Es igual. Pues yo quería consultar.

--Cuando usted guste...

--Ahora mismo.

--Pase usted á esta habitación... Sírvase usted tomar asiento.

--Muchísimas gracias, señor de... ¿de qué, si no le incomoda?

--Zorrilla.

--¡Hombre! Como ése que hace coplas. ¿Son ustedes parientes, por si acaso?

--Sospecho que no.

--Es que es paisano mío ese Zorrilla, y podría usted serlo también.

--Pues hágase usted la cuenta de que no lo soy.

--Vaya, pues lo siento; porque cuando se halla uno con gente de la misma tierra, le parece que no ha salido de casa... Pero es igual, con tal que la salud... Pues yo quería consultar sobre la mía.

--Usted dirá.

--¿Cuántos baños cree usted que debo tomar yo, de cuánto tiempo y á qué hora?

--Si usted no me dice antes por qué los necesita...

--Pues por la salud.

--Ya lo supongo; pero la salud se quebranta por mil causas: cada causa puede dar origen á una enfermedad, y cada enfermedad necesita un tratamiento determinado.

--Es verdad, y voy á decirle á usted de contado lo que padezco. Pues, amigo de Dios, ha de saberse usted que todo ello resulta de un susto que cogió mi madre el día en que se casó.

--¡Es raro eso, hombre!

--¿Por qué?

--Porque no hallo concomitancia... Si el susto le hubiera cogido algún tiempo después...

--Es que yo soy sietemesino.

--¡Vamos! Eso ya varía de especie.

--Pues sí, señor: se escapó un novillo que se había de correr aquella misma tarde en la plaza, y arremetió á mi padre en el momento de salir de la iglesia con mi madre, después de casados. Mi madre se desmayó al verlo, vino gente, salvaron á mi padre como de milagro, recogieron á mi madre; y sobre si tuviste tú la culpa ó la tuve yo, armóse después en el pueblo una de palos que el mundo ardía. Mi madre tardó en volver en sí, pero no echó el susto del cuerpo en mucho tiempo; y puede asegurarse que en todo el embarazo no fué ya mujer: un soponcio le iba y otro le venía. De resultas de todo esto, nací yo hecho una miseria, y hágase usted la cuenta que el verme vivo á los siete años le costó á mi padre un sentido. El ruido de una puerta me tumbaba en el suelo; el aire me hacía toser; con el frío, sabañones; con el calor, agonías; con el agua fresca, pasmos; con la templada, vómitos... en fin, que llegué de milagro á los diez y ocho años. Á esa edad me entoné un poco ya; y como quedé huérfano y tuve que atender á mis haciendas, el trabajo y la distracción me arreglaron el cuerpo algo más, y así estoy; pero, créame usted, aborrecido de cambiar de médicos y de medicinas. Tan pronto que baños calientes de esta clase; tan pronto que de la otra; tan pronto que los de río; hoy que friegas, y mañana que restregones; hasta que un médico de regimiento que pasó por el pueblo y que venía recomendado á un amigo mío, me aconsejó que tomara los baños de mar... y aquí me tiene usted.

--Bien está; pero todavía no me ha dicho usted qué dolencia es la que principalmente le aflige.

--Pues todas esas de que le he hablado.

--¿Cuáles?

--Mire usted, por de pronto, el estómago.

--¿Le duele á usted?

--No, señor.

--¿Hace usted malas digestiones?

--¡Por ahí!

--¿Siente usted ardores?...

--¡Quiá! Lo que me pasa es que yo soy de mucho comer, y que en cuanto como algo más que lo de costumbre, siento aquí un peso...

--¿Y repugnancia?

--No, señor: nada más que el peso, que me dura como un par de horas... hasta que...

--¿Vomita usted, eh?

--No, señor: me quedo como un reló... y con un hambre de dos mil demonios.

--¡Hola!

--Y eso es lo que á mí me hace cavilar, porque parece mentira que con lo que yo como no se me quite el hambre... y, sobre todo, el peso.

--Y la cabeza, ¿qué tal?

--La cabeza... ¡ésa es otra más gorda! Cuando tenía veinte años, resistía yo el sol de la era toda la mañana, en pelo, sin que uno de ellos me doliera; pues ahora ¡ya te quiero un cuento! á las dos horas de estar al sol, ya sudo y me entran los desperezos... Y esto es lo que también me va dando cuidado.

--Y es grave, en efecto.

--¡Lo ve usted?

--Sí, señor, bastante grave... ¡muy grave!

--¡Cuando le digo á usted que paso la vida en una agonía!... Y lo que más rabia me da es que todo el mundo dice que me quejo de vicio, y que patatín y que patatán... ¡Hasta los facultativos se han reído de mí!... Conque ¿le parece á usted que me sentarán estos baños?

--Están indicadísimos.

--Y ¿cuántos?

--Lo mismo una docena que dos.

--Yo creí que siempre se tomaban nones.

--Tome usted nones.

--Así me parece mejor. Y ¿de cuánto tiempo?

--Hasta que usted tirite de frío.

--Y mientras esté de baños, ¿podré tomar fresco?... porque á mí me gusta mucho.

--Á mí también en este tiempo.

--¿Luego cree usted que podré tomarlo?

--Á todas horas.

--¿Antes del baño también?

--Y después del baño.

--¿Y también para el desayuno?

--También para el desayuno.

--¡Caramba!... Y ¿qué fresco elegiré?

--El que corra.

--¿Y si corren varios?

--Los toma usted todos.

--¡Hombre, será mucho! Yo prefiero la merluza sola.

--¡Ah! vamos. Usted me hablaba del pescado.

--Sí, señor: le llamamos fresco en mi tierra.

--Pues, en ese caso, tengo que corregir... El mejor pescado para usted es el atún.

--No me disgusta; pero yo creía que era más pesado que la merluza. Y ¿á qué hora lo tomaré?

--Un poco antes de meterse en el baño.

--¡Hombre! ¿Y en qué cantidad?

--Un par de libras, si caben.

--¡Yo lo creo!

--Pues á ello.

--¿En seco?

--De ningún modo.

--Entonces, clarete.

--Nada de eso: aguardiente es mejor digestivo.

--Es verdad. Y diga usted, ¿cómo aprovecha más el baño, entrando poco á poco ó de sopetón?

--Ni de un modo ni de otro: á usted le conviene el trote.

--Y después me acurruco, agarrado á la cuerda.

--No, señor; después de darse usted una trotada por el arenal...

--¡Ah! ¿conque ha de ser por el arenal?

--Precisamente: se echa usted de cogote...

--¿Al agua?

--Naturalmente.

--Pero ¿cómo?

--¿Sabe usted nadar?

--Como un canto.

--Entonces véngase usted á la galería, y desde allí le enseñaré yo... ¿Ve usted, á la derecha, aquel peñasco que se mete más que los otros en el mar?

--Sí que le veo.

--Pues desde allí se tira usted de cabeza.

--¡Zambomba!... ¿Y después?

--¿Después?... después va usted á contárselo á su abuela.

--Jajajá... ¡qué buen humor tiene este señor de Zorrilla!... ¡Pues anda, que se ha largado... y sin cobrar la consulta! Á bien que todos los días he de verle después del baño para explicarle el resultado y pedirle el plan para el siguiente.

EN LA DESPEDIDA

--Conque, vaya usted mandando lo que se le ofrezca para mi tierra.

--¿Tan pronto?

--Y la mitad me sobra.

--Como vino usted á bañarse...

--Á matarme, dirá usted.

--Es decir, que no han sentado los baños.

--En la misma boca del estómago... y eso tan sólo con olerlos. Conque, ¡figúrese usted si llego á probarlos!

--No comprendo.

--¿No se acuerda usted que le dije que el médico me había mandado tomar, antes de bañarme, dos libras de?...

--Mucho que sí.

--... Y usted se empeñaba en que era una broma del señor de Zorrilla para darme á entender que yo era un aprensivo, y que torna y que vira. ¡Mal rayo me parta!... Pues bueno: yo que tomo al pie de la letra todo lo que toca á la salud y al modo de recobrarla, porque la tengo perdida, aunque diga lo contrario el mundo entero, el día siguiente al de la consulta me bajé por la mañana al Sardinero, después de haberme envasado las dos libras de bonito y el medio cuartillo de aguardiente. Vestíme de bañista, salíme al arenal y comencé á trotar en redondo. La gente me miraba. Eran las diez, y no parecía sino que Dios echaba rescoldo por el cielo abajo, según las ampollas que sacaba el sol. Á la media vuelta ya sudaba, y á los cinco minutos hubiera jurado yo que el aguardiente estaba en llamas y el bonito hecho una lumbre... ¡Le digo á usted que aquello era abrasarse vivo! Así es que, á las pocas vueltas, porque las daba por largo, me caí redondo en el arenal. Acudió la gente, y también el médico, que andaba por allí; hízome echar por la boca hasta los hígados; y después de llamarme bárbaro muy serio, contó á la gente lo de la consulta, y acabaron todos por reirse de mí. ¿Le parece á usted que el lance era de risa?... Pues toda esa falta de caridad la enmendó el facultativo con decirme que cómo él pudo imaginarse nunca que hubiera un hijo de Adán tan... adán, que tomara en serio lo del bonito y lo del trote antes del baño; que si lo que yo había tenido en el cuerpo lo mete él debajo de una peña, la levanta en vilo; que si, hallándome vivo después de lo ocurrido, no me convencía de que mi salud era de bronce; y, por último, que no tentara más á Dios, que me volviera á mi pueblo á cuidar de mis haciendas, y que no aburriera más al prójimo llorando males que no tenía... Con esta rociada por todo consuelo, me vestí, volvíme á la posada y me metí en la cama á sudar, que poco me costó con el calor que hacía.

--¿De manera que ha hecho usted el viaje en balde?