Chapter 20 of 21 · 3997 words · ~20 min read

Part 20

Esto ya es otra cosa... aquí puedo decir que estoy en mi casa. ¡Qué toaletas; qué _negligés_ tan _chic_!... ¡Cómo se destacan las madrileñas!... y ¡cómo me destaco yo! Empecemos por buscar á los amigos; después á la rubia. La compañía le hace á uno más osado y hasta más elocuente... No los veo por ninguna parte... Pero en cambio veo á las de Potosí, que están aquí paseando. ¡Canastos! vienen solas... ¿Y la rubia?... Lo más acertado será preguntar discretamente por ella...--Señoritas...--Muy bueno, gracias...--Sí: la tarde está hermosa para eso...--Ayer estaban ustedes más acompañadas...--Palabra de honor: jamás había visto á esa señorita... Hermosa es, en efecto; pero ¿y qué?...--Ni tarde ni temprano...--¡Que se ha marchado ya?...--¡Oh! no me admiro por lo que ustedes creen, sino por lo poco que ha estado aquí...--De modo que veinticuatro horas escasas...--Pues no vi yo á su papá...--¡Barrizales! ¿Luego ella es Lola Barrizales, la que estaba en un colegio de Alemania? Y ¿qué va á hacer ahora en Madrid?...--¡Que va á casarse en cuanto llegue?...--Nada hay de raro, en efecto, sino que... en fin, que sea enhorabuena. Y hablando de otra cosa, ¿han visto ustedes á Casa-Vieja y demás amigos por aquí?...--Lo siento, porque andaba buscándolos para un asunto... Veré si en la galería... Á los pies de ustedes.

¡Horror y maldición! Conque era Lola Barrizales, y Barrizales es íntimo de papá, y ella supo quién era yo: luego aquellas miradas eran lo que yo me figuraba; y tal vez la sacrifican y ella quería decírmelo, y yo pude haberlo impedido con una sola entrevista... ¡Maldito coche en que se metieron ayer! ¡Lola Barrizales! ¡bella, rica y distinguida!... ¡Qué ocasión para mí! ¡qué ocasión perdida, dioses inmortales! Pero ¿tiene remedio ya este bárbaro contratiempo? Eso es lo que tengo que consultar con mis amigos, y voy á buscarlos ahora mismo á la galería... Entraré en ella muy pensativo y hasta cabizbajo, como quien lleva herido el corazón: esta actitud me irá muy bien. Entremos. ¡Cuánta gente elegante!... No están ellos aquí tampoco... En aquel extremo hay una silla desocupada... La ocupo... Dos chicas muy guapas se han fijado en mí. Buena ocasión para herirlas... Apoyo el codo en la barandilla, la cabeza sobre la palma de la mano, y me pongo muy triste y melancólico. Siguen mirándome... Y dirán ellas:--«Ese joven debe de tener una gran pesadumbre: ¡qué hermoso es!» y me compadecerán... Ahora miro al suelo, apoyando la frente en mi mano; y como si quisiera ocultar alguna lágrima que enturbiara mis ojos, doy golpecitos en el pie con el bastón. Pero la angustia va en aumento, el disimulo no alcanza y vuelvo la cara hacia la ermita. Para expresarlo mejor, muerdo el pañuelo... Estoy así un ratito, como sollozando. ¡Qué hermoso debo de estar!... Ahora, después de sonarme y guardar el pañuelo, debo levantarme y salir de prisa, ocultando la cara, como si mi dolor se aumentase entre la gente. Allá voy... Siguen mirándome las dos chicas, y creo que algunas más. No importa: yo no puedo, no debo, en esta situación, fijarme en nadie; á papá mismo negaría el saludo... ¡Magnífica salida he hecho! ¡Qué interesante he estado!... Me parece que he causado gran efecto. Á la noche indagaré si se habló algo de mí después que salí de la galería.

Aquí afuera hay demasiada gente también, y no debo permanecer entre ella estando tan triste como estoy. Me voy del Sardinero á buscar la soledad que me corresponde.--«Estuvo aquí un instante (debe decir la gente mañana) muy afectado, y se retiró en seguida sin saludar á nadie...». Y habrá hasta quien crea que fui á los Pinares á levantarme la tapa de los sesos. ¡Magnífico! Esto me pondrá de moda.

Me vuelvo á la ciudad, á pie, por la Magdalena, y me ayudarán á conllevar las fatigas del camino mis tristezas. En marcha, pues.

IV OTRA VEZ EN SU CUARTO

Resumen de mis meditaciones del camino: continuaré en Madrid la empresa malograda aquí. El destino me la arrebató soltera; yo haré que el diablo me la devuelva casada. (_Desnudándose enfrente del espejo_). ¡Qué interesante me han puesto la pena y el cansancio!... Un amor contrariado con los correspondientes azares y escándalos, debe ser la ambición de todo hombre de mundo. La suerte quiere, por lo visto, que yo empiece por donde tantos calaveras han concluido. ¡Cúmplase mi destino, y adelante! Pero entre tanto, yo padezco y necesito distraerme. Me distraeré... abusando un poquito de mis ventajas... Esta noche al teatro; mañana al baile de campo con todos los recursos de mi hermosura, de mi distinción y de mi ropero. No me contentaré ya con la mirada y con la sonrisa; usaré también el billete perfumado, y luego el soborno, y después el escalamiento, y, por último, hasta el rapto, y, si es preciso, la estocada... Comencemos por vestirme de serio... ¡Juro á Dios que no me detendrán en mi carrera ni lágrimas ni amenazas! Yo no he traído esta contrariedad fatal; yo no me he colocado por mi gusto en esta actitud que ha de dejar memoria eterna en Santander. No se me pregunte luego por qué dejo víctimas detrás de mí:

«Soy el león... perseguido Que sacude la melena».

Y pues al cielo plugo hacerme sentir el fuego de una pasión, y arrebatarme el objeto que me la inspirara, de las cenizas que deje á mi paso esta llama abrasadora,

«responda el cielo, yo no».

[Ilustración]

[Ilustración]

LAS DEL AÑO PASADO

Conoce el lector á _las de doña Calixta_? En un libro que anda por ahí con el rótulo de _Tipos y Paisajes_, se habla de ellas y de otras muchas cosas más. Si no las conoce, compre el libro. Si las conoce, con decirle que no se separan de ellas en todo el verano las aludidas en el título de este croquis, debe hallarlas en su memoria á poco que la registre.

Á mayor abundamiento, le daré algunas señas particulares. Son dos, madre é hija. La madre es achaparrada, con el pescuezo más bien embutido que colocado entre los hombros, y la cabeza ensartada en el pescuezo, como una calabaza en la punta de una estaca; tiene ancha y risueña la boca, fruncido el entrecejo, grises los ojos, poca frente, mucho pelo, mala dentadura y peor el cutis de la cara. La hija, por uno de esos inconcebibles caprichos de la naturaleza, es todo lo contrario de su madre: de bizarras líneas, de hermosas y correctísimas proporciones; modelo del arte clásico, mármol griego, y, como de tal substancia, fría é inanimada. Se llama Ofelia. Su madre no responde más que al nombre de Carmelita, aunque otra cosa se le grite al oído.

Los que lo entienden, dicen que Ofelia podría ser irresistible por la sola fuerza de su propia hermosura, con expresión en la fisonomía, flexibilidad en el talle y gusto en el vestir; pues además de rígida é inanimada, parece que es sumamente cursi. En cuanto á Carmelita, basta verla en la calle una vez para que el menos autorizado en la materia pueda decidir de plano que es un espanta-pájaros.

Táchase en las dos, como resabio de su mal gusto, un afán inmoderado de hacer ver á todo el mundo que siempre llevan zapatos nuevos, de los más relumbrantes ó de los más historiados.

Cómo empezaron sus relaciones con las de doña Calixta, no lo sé yo: acaso hubo entre unas y otras esa atracción misteriosa que se explica en latín con aquello tan sabido de _similis_, _similem querit_; pero es indudable que desde que por primera vez llegaron á Santander á veranear, intimaron con la «coronela» y sus tres hijas, como dos gotas de agua con otras cuatro. Á sus reuniones van, á sus amigas visitan; con ellas recorren de día y de noche calles y paseos; _por_ ellas pagan sorbetes en el café, coches al Sardinero y lunetas en el teatro; y en su exclusiva compañía asisten á los bailes campestres, á las serenatas, á las procesiones y á las solemnidades públicas.

Desde la primera vez que se la vió en este pueblo, llamó la atención la hermosura de Ofelia; pero ni los hombres la codiciaron, ni las mujeres la temieron: sus ya enumerados defectos, y el contrapeso estrafalario que le hacía su madre constantemente, entibiaban hasta el frío el entusiasmo de los unos, y tranquilizaban hasta el desdén á las otras. Nadie, pues, supo su nombre, ni quiso cansarse en preguntar por él. El primer año, si se la citaba en una conversación, se decía únicamente: _ésa que anda con las de doña Calixta_. Desde el verano siguiente ya se las llamó, á ella y á su madre, _las del año pasado_; especie de mote que revela cierto cansancio de verlas y pocos méritos para murmurar de ellas más de una vez.

Las de doña Calixta están locas por Ofelia. En su presencia, la ensalzan hasta la adulación; ausente, aburren al lucero del alba hablando de su hermosura, de su elegancia, de su brillante posición, de sus relaciones entonadas en Madrid, de las magníficas proposiciones que desecha, de sus deseos de llevarlas á pasar el invierno á su lado, de las cartas que se escriben desde que se va de aquí, y de los encargos que se hacen mutuamente.

--Pero ¿quiénes son ellas?--se ha preguntado muchas veces á las de doña Calixta.--¿Qué pito tocan en Madrid, cuál es su verdadera posición social?

Á las cuales preguntas jamás han dado las interrogadas una respuesta satisfactoria; porque á decir verdad, no están ellas mucho más enteradas en el asunto que los preguntantes. Y bien sabe Dios que hacen todo lo posible por ajustar á sus amigas las cuentas al menudeo; pero sea porque el asunto es harto sencillo y no necesita explicaciones y está á la vista, ó porque realmente hay malicia para disfrazarle, es lo cierto que las de Madrid no acuden al interrogatorio con la claridad que desean las de Guerrilla.

--¡Dichosa de ti--dicen éstas á Ofelia en sus frecuentes confidencias con ella;--dichosa de ti que puedes vivir en la corte con todas las ventajas que te dan tu posición y tu figura!

--No tanto como creéis,--contesta Ofelia entre desdeñosa y presumida.

--¡Ay! no me digas eso... Di que Dios da nueces... ¡Aquí te quisiera yo ver todo el año!

--De modo que, mejor que aquí, desde luego os confieso que se pasa allí el tiempo; pero de esto á lo que vosotras pensáis...

--¡Madrid! con aquellos paseos, con aquellos teatros, con aquella tropa y aquellas músicas... Todo el día estarás oyéndola, ¿verdad?

--Psé... Como no sea alguna vez que voy á la parada con mamá...

--¡Á Palacio!... ¡qué hermosura!... estará la plaza llena de generales.

--Ni se _arrepara_ en ellos, chicas... La última vez que fuimos se empeñó el coronel _entrante_ en que tomáramos asiento en el pabellón...

--Y tú, con esa sequedad condenada, no querrías.

--Claro está que no.

--¡Uf, qué rara, hija!... ¡Me da coraje ese genio! No me extraña que te sucedan ciertas cosas.

--¿Qué cosas?

--Por de pronto, aburrir á tus proporciones y hacerlas creer que las desprecias, que es lo mismo que si las tiraras por la ventana... Ya ves cómo lo creyó aquél de quien nos hablabas ayer...

--¡Mira qué ganga!... Un simple _catredático_.

--Ya se ve, ¡como tienes otros adoradores de alto copete!

--No lo dirás por el _comendante_ que me echó la carta por debajo de la puerta.

--Ya sabes tú que voy por más arriba.

--Por el marqués de la esquina, ¿eh?

--¿Se llama así?

--No; pero vive á la esquina de la calle, dos puertas más abajo que nosotros... como vive un duque tres puertas más arriba, y un conde enfrente.

--De modo que en tu calle todos sois personajes.

--Eso sí.

--¡Qué gusto! ¿Y lo del marqués será cosa hecha?

--Psé... Hay poco que fiar, si os he de decir la verdad; no porque él no esté bien apasionado, sino porque como en Madrid hay tantas proporciones y cambia una tantas veces de parecer... Esto nació del teatro Real... Como es muy amigo de papá, me acompañó hasta casa á la salida. Después me ha visitado muchas veces, y siempre ha tenido alguna cosa que decirme al oído.

--Y tú, ¿qué le has contestado?

--Que se lo diga á papá.

--¿Ve usted? ¿Á que desprecias también esa proporción?

--Allá veremos.

--¡Ay, qué sangre de chufas!... ¿De modo que vas muy á menudo al Real?

--Bastante.

--Estarás abonada.

--No quise que se abonara papá á turno con las _Consejeras_ del principal: ellas bien me lo rogaron; y desde entonces, porque no lo tomaran á desprecio, no me he abonado nunca.

--¡Buenas estarán aquellas funciones! ¡Qué concurrencia habrá allí!

--Mucho personaje... toda la corte... y muchísimo título; pero de confianza.

--Como que os conoceréis todos.

--La mayor parte son íntimos de papá.

--¿Por qué no tiene título tu papá?

--Porque, como él dice, está por lo positivo.

--¿Tendréis carruaje?

--¡Como hay tantísimos de alquiler!...

--Es verdad.

--Por supuesto, que te escribirás con el marqués.

--Anda, curiosa, picarona: ¿quieres saber tanto como yo? ¡Esas cosas no se dicen, ea!

Y con esto, ó algo parecido, y cuatro palmaditas sobre el hombro de la preguntona, corta Ofelia el interrogatorio á que todos los días se la somete, y cambia de conversación.

Entre su madre y doña Calixta pasa, en el ínterin, algo por el estilo.

--¿Y cómo no se anima su esposo de usted á acompañarlas algún verano?--pregunta á la de Madrid la coronela.

--Porque no puede, doña Calixta.

--¡Que no puede!... ¡un hombre de su posición!

--Pues por lo mismo. ¡Usté no sabe, doña Calixta, qué bregas y qué _laberientos_ trae ese hombre de Dios metidos en aquella cabeza! Ya se lo digo yo bien á menudo: «¡Cualquiera pensará que no tienes qué comer!».

--Lo mismo me pasa á mí con el coronel, Carmelita. Ahí le tiene usted metido en sus haciendas todo el año de Dios. Hoy, que está levantando la presa de una fábrica de harinas; mañana, que va á los cierros con un regimiento de cavadores; otro día, que está cercando una mies que compró la víspera; ahora, que construye una casa de labor; después, que entró la peste en la ganadería y ha tenido que visitarla con los albéitares; cuando que los colonos; cuando que el administrador... ¡Nunca jamás tiene un día para ver á su familia!... «Pero, hombre--le he dicho algunas veces,--sacrifica media semana siquiera para saludar á estas señoras tan buenas y que tanto nos quieren...». Como si callara, Carmelita...

--Pues sucediéndole á usted eso con su esposo, ¿cómo le extraña que el mío no nos acompañe jamás?

--Creía yo que los negocios de ese caballero no serían de los que amarran tanto como las aficiones de Guerrilla.

--¡Mucho más, doña Calixta! Figúrese usted que mi esposo no tiene hora libre. Estamos almorzando: carta del ministro de Hacienda para que se vea con él inmediatamente; nos sentamos á comer: volante del gobernador que tiene que hablarle _de continente_; vamos á salir al Prado, ó á la Castellana, ó al teatro, ó al baile de Palacio, es de suponer: pues el diputado, ó el ayudante del general, ó el diablo, está ya á la puerta para que se vea en el _azto_ con el presidente de las Cortes, ó con el capitán general, ó con el director de Beneficencia, sobre que la contrata, ó el suministro... Le digo á usted que él podrá ganar buenos caudales, pero buenos sudores le cuestan al pobre. Así es que algunos días tiene un humor que tumba de espaldas.

--Y ¿por qué no tiene un hombre de su confianza en quien descansar?

--Porque, como él dice, «hacienda, tu amo te vea». Lo mismo le pasará á su esposo de usted.

--Es verdad; pero ya que tan bien le ha ido y le va con los negocios, ¿por qué no se retira de una vez? La salud ante todo, Carmelita. Y para una hija sola que tiene...

--Cierto es eso; pero los negocios parece ser que están enredados unos con otros, y que no es tan fácil como se cree echar el corte cuando se quiere... Y si no, pregúnteselo usted al coronel.

--En verdad que algo de eso suele decirme á mí Guerrilla cuando le llamo codicioso, y le aconsejo que lo deje todo y se venga al lado de su familia.

--Pues velay, usté.

--Ya, ya; ya me hago cargo.

Y por más vueltas que dan la madre y las hijas á sus interrogatorios, no sacan otra cosa en limpio las de doña Calixta, con respecto á la verdadera posición social de sus amigas de Madrid.

Algo pudiera decirlas yo que les ahorrara más de la mitad del camino para llegar al asunto; pero ¡vaya usted á ponerlo en sus bocas! Toda la veneración que sienten por Ofelia, no alcanzaría á impedirlas que se lo contaran, _en secreto_, al primero que les manifestara el mismo afán que ellas tienen hoy. Y que ese _algo_ no debe publicarse después de haber ellas mismas ensalzado tanto la prosapia de Ofelia, es indudable. Y si no, que lo diga el imparcial lector, á quien hago juez en el asunto. Trátase de una carta que las de Madrid se dejaron olvidada, debajo de la cama, en la casa de huéspedes que habitaron el verano pasado; carta que llegó á mi poder, no diré cómo, y canta así:

«Mi más querida esposa Carmelita y amadísima hija Ofelia: Sus escribo la presente para decirvos que estoy bueno de salú, y para que me digáis cómo anda la vuestra; pus va diquiá dos semanas que no recibo carta de vusotras.--De paso sus alvertiré que, como la lezna no entra por onde señala, lo de la contrata de zapatos para el Hospicio no valió esta vez como las otras; y gracias que lo cuento en mi casa. Paece de que antier volvieron los chicos descalzos al establecimiento, porque, á resultas de la lluvia, se reblandeció el cartón de la suela y se descubrió el ajo.--Diréis que cómo otras veces ha pasado el engaño, y ahora no.--Sus diré á eso que, en primer lugar, esta vez, por guitonada de los oficiales, no se dió bien al cartón el unto que sabéis y con el que aguantaba un zapato siquiera tres posturas (no mojándose en la segunda); y después, porque ya no está allí el encargado de enantes, que además de recibir la obra por buena, echaba á los chicos la culpa de la avería, cuando se le quejaban de ella. Tomó cartas ahora el administrador, y me baldó. Por buena compostura, he consentido en perder todo el valor de lo entregado, que, por fortuna, de cartón era ello y de badana. ¡Bien haya los sofocos que me di cortando pares en el mostrador! ¡Y yo que pensaba calzar á medio ejército de tropa, por lo que, como sabéis, tenía echado un memorial en el menisterio! Me temo que lo del Hospicio no me ha de favorecer nada para el caso. Y lo peor es que, por atender con todos mis operarios á la tarea, los parroquianos de fino han estado mal servidos, y algunos me dejan.

«Á todo esto sus diré, que el marqués de la esquina se ha casado en Alicante con una viuda rica y vieja, para salir de trampas. Bien sus decía yo que estaba más tronado que una rata, y también sus dije que me debía los botitos de dos años; y ahora sus diré que además me debía siete duros que me pidió una noche al pasar por la tienda, porque no llevaba suelto. Cuando venga le pasaré la cuenta de todo; y si paga, que no pagará, eso saldremos ganando... ¡y gracias que no nos debe más, que bien hubiera podido ser! No hay que pensar en estos marqueses que soban mucho á los artistas que tenemos hijas guapas.

«Esto me alcuerda que ya van cinco veranos que veraneáis en ésa, sin el menor apego de _indiano_, como sus figurestes. Con un par de negocios como el del Hospicio, sacabó la tela, y, como el otro que dice, el veraneo de moda. Mucho sus quiero, pero no sé si podréis ripitir.

«Venisius pronto, que ya me hacéis falta para el ribeteo de fino: alcordarvos de que pierdo dinero pagando, más de mes y medio, oficialas que hagan vuestra labor.

«Tocante á lo demás, devertisius mucho, pues bien sabéis sus ama y sus estima vuestro esposo rendido y amante padre,

«CRISPÍN DE LA PUNTERA».

[Ilustración]

EN CANDELERO

Que va á Alicante; que prefiere á Valencia; que acaso se decida por Barcelona.

--»Que ya no va á Barcelona, ni á Valencia, ni á Alicante, porque viene á Santander.

--»Que ya no va á ninguna parte.

--»Que le son indispensables los baños de mar, y que tiene que tomarlos.

--»Que se decide por la playa del Sardinero.

--»Que vendrá en julio; que acaso no pueda venir hasta principios de agosto; que lo probable es que ya no venga hasta muy cerca de septiembre.

--»Que ya no viene ni en julio, ni en agosto, ni en septiembre.

--»Que, por fin, viene, y se cree que se hospedará en una fonda del Sardinero.

--»Que es cosa resuelta que llegará el tantos de julio, y que no se hospedará en el Sardinero, sino en la ciudad.

--»Que no se sabe si le tendrá en su casa el marqués de X, ó el conde de Z, ó D. Pedro, ó D. Juan, ó D. Diego.

--»Que resueltamente se hospedará en casa del señor de Tal».

Eso, y mucho más por el estilo, cuentan, corrigen, desmienten, rectifican y aseguran todos los días estos periódicos locales, con el testimonio de los de Madrid y algunas correspondencias particulares, desde mayo á fin de julio, casi en cada año, refiriéndose á alguno de los personajes que á la sazón se hallen _en candelero_.

Un día vemos conducir á hombros, por la calle, una lujosa sillería, un espejo raro, una mesa de noche muy historiada... algo, en fin, que no se ve en público á todas horas; observamos que las señoras indígenas transeúntes se quedan atónitas mirando los muebles, y hasta las oímos exclamar:--«Son para el gabinete que _le_ están poniendo. El espejo es de Fulanita, la mesa de Mengano y la sillería de Perengano».

Y llega el tantos de julio; y por la tarde se ven fraques, levitas y tal cual uniforme, camino de la Estación, y además el carruaje que envía el señor de Tal, propio, si le tiene, y si no, prestado.

Poco después estallan en el aire, hacia el extremo del andén, media docena de cohetes, y casi al mismo tiempo se oye el silbido de la locomotora que entra en la Estación. Luego salen de ella los viajeros vulgares, y puede verse en el fondo, enfrente de la puerta, un grupo de personas apiñadas, confundiéndose en él, con el oro de los uniformes, el negro paño de la media etiqueta; el cual grupo se cimbrea de medio arriba muy á menudo, dejando ver, á tiempos, en su centro, una persona erguida é impasible, como ídolo que recibe la incensada; después el del centro del grupo, con otros tres de la circunferencia, toman asiento en el carruaje; sale éste al trote de sus caballos; síguenle, echando los pulmones por la boca, dos docenas de granujas impertinentes, y una pareja de guardias municipales que llevan los paraguas y los abrigos de algunos de los que van en el coche, y vuelven á verse los mismos fraques y galones de antes camino de la Dársena, pero dispersos y en desorden.

Y andando, andando, el carruaje llega al punto de su destino.

--¿Cuál de ellos es?--pregunta algún curioso, al ver apearse á los del coche.

--Ése que va enmedio...

--Pues no tiene la mejor traza,--replica el preguntante, con cierto desaliento, en la creencia, sin duda, de que el hombre está obligado á embellecerse á medida que asciende en la escala de los empleos.