Part 15
Al fin del verano se le lleva un día á ver el Instituto, y otro á la Farola de Cueto, que, á lo que parece, es todo lo monumental que aquí tenemos, digno de que lo vean esos señores; y hasta el año que viene, si para entonces no está Su Excelencia en candelero... ó en las Marianas, que de todo se ha visto.
Cuando el personaje montó en el coche que le llevó á visitar la Farola, se notó que le acompañaba una señora, sobrado vulgar de aspecto y nada joven, por las trazas. Aquella señora era la suya, y entonces se la vió en público por primera vez.
Extrañó mucho la gente reparona que un señor de tal fachada y de tantos requilorios, hubiera elegido una compañera de tan vulgar modelo.
Pero estos reparones no reparan en que los hombres no nacen para ser personajes, como los príncipes para ser reyes; y así les sucede á muchos lo que al cosaco Kalmuff, que «como no esperaba llegar á sargento, descuidó un poco la letra»; es decir, que como al verse abogados sin pleitos, ó temporeros de una modesta tesorería de provincia, ó alféreces de reemplazo, no pudieron soñar que el viento de una revolución ó los caprichos de la fortuna los colocasen en las mayores alturas del presupuesto, no se les ocurrió entonces tomar una señora de majestuoso porte, para reflejar en ella en el día de la apoteosis los relumbrones del oficio.
Mas á esto dicen también las gentes que en España todos los hombres, en cuanto llegan á serlo, debieran prepararse para lo más grave, porque parece ser, y varios hechos lo atestiguan, que, por una rara excepción de la naturaleza, _todos los españoles servimos para todo_.
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LAS INTERESANTÍSIMAS SEÑORAS
Generalmente son dos: rubia la una, morena la otra; pero esbeltas y garridas mozas ambas. Arrastran las sedas y los tules como una tempestad las hojas de otoño. De aquí que unos las crean elegantísimas, y otros charras y amaneradas. Pero lo cierto es que los otros y los unos se detienen para verlas pasar, y las ceden media calle, como cuando pasa el rey.
Como nadie las conoce en el pueblo, las conjeturas sobre procedencia, calidad y jerarquía, no cesan un punto.
El velo fantástico de sus caprichosos sombrerillos, que llevan siempre sobre la cara, es el primer motivo de controversias entre el sexo barbudo. Si aquellos ojos rasgados, y aquellas mejillas tersas, y aquellos labios de rosa que se ven como entre brumas diáfanas, son primores de la naturaleza ó artificios de droguería.--Ésta es una de las cuestiones.--Pero aunque se resolviera en favor de la pintura, no sería un dato; porque ¿qué mujer no se pinta ya?
Otra duda: ¿dónde viven?--Se averigua que se hospedaron en una fonda muy conocida, á su llegada á Santander, y que permanecieron en ella tres días, durante los cuales las acompañó por la calle varias veces un inglés _cerrado_.
Primera deducción.--Que son inglesas.
Á esto replica un curioso que las siguió entonces muy de cerca, que siempre hablaban por señas á su acompañante, y que le decían «_aisé_» para llamar su atención. Dato feroz: de él se desprende que no son inglesas ni tienen la más esmerada educación, puesto que usan ese vocablo con que el tosco populacho bautiza á todo extranjero cuando quiere decirle algo.
Pero un joven optimista hace saber que esa palabra es compuesta de dos inglesas, muy usuales en la conversación, y que equivalen á _digo yo_, ó mejor aún, á nuestro familiar _oiga usted_.
Se desecha el dato desagradable.
Ignorándose dónde viven después que salieron de la fonda, se las sigue discretamente con objeto de averiguarlo. Trabajo inútil. Como si el pueblo fuera para ellas tramoya de magia, desaparecen en el punto y hora que les convienen.
Estas contrariedades excitan doblemente la curiosidad y multiplican la suma de los curiosos y de los admiradores, cuya voracidad fomentan ellas, sin pretenderlo quizás, exhibiéndose con nuevas y más llamativas galas y más sandunguero garbo.
Á todo esto, los que las suponen de _solar conocido_ alegan que las han visto en el teatro, en sendas butacas. Pero esto es poco y equívoco.
Otros, de mejor instinto investigador, declaran que las vieron, días antes, salir de la iglesia.--Éste es mejor dato, sin duda.
Pero otro mucho más elocuente se ofrece á los pocos días.
Se las ve en el baile campestre, lo cual, ya lo sabe el lector, constituye aquí casi una ejecutoria de limpia prosapia.
Sin embargo, todavía no resuelve ni aclara nada este dato.--Asistieron á la fiesta, aunque con intachable arreo, solas como de costumbre.--Se observó que no quisieron bailar, no obstante las muchas invitaciones que otros tantos despreocupados las hicieron.--La incipiente juventud no se atrevió á tanto desde que notó que las damas _distinguidas_ las miraban de reojo.
Esto era muy significativo.--No pudo averiguarse, por más que se registraron al otro día los billetes de convite entregados al portero del salón, qué socio las había dado la credencial para entrar allí.
Inútil es decir que estas nuevas confusiones excitan más y más el afán de las conjeturas acerca de las desconocidas.--Las señoras del pueblo comienzan á tratar de ellas con alguna vehemencia, y también se dividen en pareceres.
No falta ya quien asegura que son dos princesas rusas que se han propuesto darse, á todo gusto, un paseo por Europa. Pero como hay también quien afirma que hablan el castellano, y hasta con cierto dejillo andaluz, se conviene en que _serán_ dos sevillanas de buen humor, cuyos maridos llegarán de un momento á otro.
Esta suposición coincide con el aserto de un curioso, de que, según noticia de Pedro, tomada de Juan, que á su vez la tomó de Felipe, las dos incógnitas tienen letra abierta en una casa de comercio, de las más respetables de la plaza.
Y entonces es cuando empieza á vacilar la repugnancia que hacia ellas sentía la femenil sociedad indígena. Y tanto vacila y tanto decae, que si á la sazón no asisten aquéllas al más encopetado baile particular, ó á la tertulia más entonada, es ó porque no ha habido una disculpa para invitarlas, ó porque ellas no han querido aceptar la invitación.
Tal sube y baja en el humano criterio el concepto que en él se forjan los hombres... y las mujeres, dejándose seducir por las apariencias.
Un día se observa que al pasar junto á uno de esos forasteros bullidores y omniscientes, en lo que respecta á pueblos, tipos y costumbres, y de quien hablaré al lector más adelante, le sonríen con inusitada familiaridad, al cual agasajo corresponde él flagelando el vestido de la rubia con dos golpecitos de bastón.
Entonces se le asedia, se le acosa, se le marea con preguntas de todos los colores.
Asómbrase el interpelado del asombro de los interpelantes, y les da una respuesta brevísima.
--¡No es posible!--se le replica.
--Con verlo basta, caballeros.
Desde el día siguiente se las mira en la calle como á _gente conocida_, y se observa un hecho bien opuesto á todo lo usual y corriente en el trato social; y es á saber, que á medida que van ellas ensanchando sus relaciones entre los antes codiciosos de sus miradas y preferencias, van éstos escatimándoles sus atenciones en público, es decir, que más se aíslan cuanto más se comunican.
Muy poco tiempo después tiene lugar el completo eclipse de estos dos astros, que aparecieron entre los de primera magnitud.
Y llamo completo al eclipse, porque se necesita un ojo muy avezado á la observación para distinguirlos, de vez en cuando, en las alturas de un palco segundo del teatro, obscurecidos ya por la luz de una candileja, ó describiendo, como fuegos fatuos, caprichosos giros y recortes en el Muelle, al desembarcar en él los indianos de un vapor-correo.
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UN ARTISTA
--Gusta usted que le sirva, cabayero?
--Sí, señor.
--Sírvase usted tomar asiento aquí... ¿Qué va á ser?
--¿Cuál?
--Digo si gusta usted cortarse, rizarse...
--Quiero que me afeiten.
--Al momento, cabayero... ¿Le gusta á usted así el respaldo? ¿Quiere usted que le suba... que le baje?
--No, señor.
--Muy bien. ¿Fría ó caliente?
--Como á usted le dé la gana, con tal que me afeite pronto y bien.
--¡Oh! como una seda, cabayero... Un poquito más alta la barbiya, si usted gusta... Así... ¡Qué calores tenemos, eh? ¡Cómo se estará asando aquel Madrí!... ¿Hace mucho que no ha estado usted por Madrí, cabayero?
--Y ¿qué sabe usted si yo he estado allá alguna vez?
--¡Oh! yo le conozco á usted.
--Pues que sea por muchos años.
--Sí, señor. Cuando vino usted á cortarse el pelo anteayer, me lo dijo el chico que le sirvió á usted.
--Es decir, que es usted nuevo en esta peluquería.
--Ocho días hace que llegué de Madrí.
--Como en verano se aumenta la parroquia...
--No, señor: yo he venido de placer; quiero decir, á baños.
--Vamos, afeita usted por recreo.
--Hágase usted cuenta que sí; porque lo que sucede es _de_ que al saberse que yo había venido, me solicitó el maestro; y yo, por hacerle un favor...
--Ya lo comprendo.
--Como á mí, en dejándome tiempo para bañarme, una hora para el café y otras dos para ir con los amigos al paseo, no me hace falta el resto del día...
--¿Y todos los años viene usted á bañarse aquí?
--No, señor. Ésta es la primera vez; pero otros amigos de mi arte han venido otros veranos, y me han hablado muy bien de este pueblo. Lo demás, yo siempre he salido á San Sebastián. Hay muy buena sociedad allí.
--¿De modo que usted no piensa quedarse todo el año en esta barbería?
--¡Qué ha dicho usted! ¡Dejar yo aquel Madrí... Madrí de mi alma!... Desengáñese usted, cabayero: nosotros, los artistas, acostumbrados á aquel mundo, no servimos para provincias.
--Según eso, nacería usted allí.
--Naturalmente, cabayero.
--Lo supongo; y supongo también que será extremada la necesidad que tiene usted de los baños de mar, cuando sale usted todos los veranos á una miserable provincia para tomarlos.
--Yo le diré á usted lo que hay. Mi papá estuvo en Ultramar muchísimo tiempo desempeñando un buen destino; y á los dos años de venir él de allá, nací yo... Por cierto que mi mamá tuvo un parto atroz... ¿Hace daño?
--¿Cuál, hombre?
--La navaja.
--Va «como una seda».
--Es claro... Pues verasté. Yo me crié muy delicadito, y los médicos decían que unos tumores como puños que me salían en salva la parte, eran _escrúfulas_ ínticas á las que papá había traído de América.
--Pero las llevaría ya de España.
--No, señor: las cogió allá.
--Yo creía que las escrófulas no se adquirían así tan de repente.
--Por eso decían los médicos, cabayero, que cuando las escrófulas se cogen de golpe y á esa edad, ya no se sueltan; y á más á más, se pegan.
--Ya me voy enterando.
--Como que mamá, que nunca las había tenido de joven, se fué á la sepultura llena de ellas... Pues verasté: y criándome yo tan delicadito, dijeron los médicos que necesitaba poco trabajo y mucho baño de mar. Por eso nunca pude ir al colegio; que, por lo demás, mi papá quería que yo estudiara para ingeniero. Pero papá era muy liberal, y murió en la Plaza de la Cebada... de un tiro, cuando la revolución del cincuenta y cuatro. Entonces mi mamá no pudo con el susto; se le metieron en el cuerpo las escrófulas, y murió también. Quedándome yo huérfano y con pocos recursos, me dediqué á este arte, y con él voy viviendo, gracias á los baños de mar que tomo todos los veranos... ¿Quiere usted que le descañone?
--Haga usted todo lo de costumbre.
--Y usted, cabayero, ¿no se da luego una vuelta por Madrí? Conocerá usted allí mucha gente.
--No tanta como usted.
--¡Oh! yo conozco á todo el mundo... Sobre todo, artistas y literatos.
--¡Anda!
--No sé si vendrá este año por aquí Benito.
--¿Qué Benito?
--Galdós.
--Parece que le trata usted con mucha confianza.
--Muchísima. Cuando salí de Madrí quedaba él dando las últimas plumeadas á un libro muy bonito que va á publicar en seguida.
--Se le leería á usted.
--Porque yo no quise que se molestara, no me le leyó; pero hablamos de él, así, por encima.
--Vamos, le gustará su parecer de usted.
--Aunque yo no debiera decirlo... ¿No ve usted que no se riza con nadie más que conmigo?
--Es extraño eso; porque yo juraría que gasta el pelo rapado.
--Efectivamente; pero yo me refería á la barba.
--Siempre se la vi afeitada.
--Pues se la afeito yo, cabayero.
--¡Ah, ya!
--Y la misma intimidad tengo con Adelardo Ayala. Pues ¿y con Campoamor?... El primero que le dió la mano cuando se echó el último dracma suyo, fuí yo.--«Gracias, chico, me dijo, y créete que estimo tu enhorabuena como la mejor».
--De modo que trata usted á toda la literatura por debajo de la pata.
--Hágase usted cuenta que á toda... ¡Qué chicos! Tienen la gracia de Dios... Pues ahí está _Lagartijo_, que dice en el _Imperial_ á voz en cuello que la tarde que no estoy yo en la plaza no sabe dar un volapié. ¡Ése sí que tiene sombra!
--¿El _Imperial_?
--No, señor, _Lagartijo_... Así decimos en Madrí... Cosas de esos chicos del _Gil Blas_. Aquí, en provincias, tiene uno que mirarse mucho para hablar, porque en seguida se escama la gente...
--Ya ve usted, la ignorancia...
--Es natural; porque no están, como uno, al tanto de las cosas del día... pero allí, aunque no se quiera, hay que estruirse... Misté, cabayero: yo estoy todo el año en la peluquería de Prats, que es la mejor de Madrí. Allí el literato, allí el músico, allí el diputado... Para que usted vea: ocho días antes que Salaverría leyera en las Cortes los presupuestos últimos, sabía yo todo aquello del recargo que tanto dió que hablar. Lo mismo me sucedió con lo de los fueros. Así es que yo tengo á montones las papeletas para las trebunas de orden; y si no voy á todas las sesiones, es porque, para mí, todo lo que no sea hablar Emilio ó Roque Barcia...
--De modo que es usted de los que llaman «de la cáscara amarga».
--¡Pues ahí verá usted!... No, señor. Por de pronto, yo no soy _ya_ hombre de opinión, porque los desengaños me han hecho ateo en política; pero, de estar por alguno, más bien estoy por los de guante blanco, que, al cabo, se peinan y se afeitan, y son, como el otro que dice, parroquianos de uno. Es que esos oradores yo no sé que tienen para mí: bien séase que no los entiendo, ó que lo dicen con cierto... Vamos, ello es que me llevan detrás, como si me dechizaran... Aquí, en provincias, estarán ustedes poco al tanto de esas cosas.
--Nada, hombre, nada.
--Es natural. Les falta el roce y la... Allí da gusto: de todo se trata y en todo se ilustra la persona... ¿Descañono más?
--Está bastante.
--¿Fría ó caliente?
--De la más fría.
--Tenga usted la bondad de ensugarse con esta toballa. Le daré á usted unos golpes de peine.
--¿En dónde?
--En el pelo... ¡Oh, cabayero! ¡qué antigua es ya esa moda que usted yeva! Ahora, en Madrí, todos los chicos distinguidos llevan el pelo en bandós...
--¿Sí, eh? Pues deje usted el mío como está, y así seré mucho más distinguido.
--Como usted guste, cabayero... ¿Conque también tienen ustedes ya tranvía?
--Así parece.
--Han querido imitar al de Madrí. ¡Aquél sí que es tranvía!
--¿Mejor que éste, eh?
--¡Qué tiene que ver! Sin embargo, cabayero, para una provincia, éste es todo lo que se puede pedir.
--Ya me hago cargo. Además, aquél recorre sitios más amenos.
--¡Muchísimo más! Recoletos, la calle de Alcalá, la Mayor, Palacio, el barrio de Pozas... todo Madrí; conque, figúrese usted.
--Al paso que aquí, Molnedo, San Martín, la Magdalena, el Sardinero...
--Eso es: mucho prado, mucha mar... rústico todo. Pero no hemos de pedir en una provincia las ventajas de un Madrí. ¡Cuántas tiene usted en España todavía mucho más atrasadas que ésta! Pero ya irán ustedes entrando poco á poco. Por de pronto, la buena sociedad madrileña que les visita todos los veranos, ya adorna esto y algo ilustra. Misté: el domingo fuí yo en el tranvía, y se me figuraba que estaba en Madrí. Todos los pasajeros éramos de allá, y todos conocidos. Así es que la gente se nos quedaba mirando cuando nos apeamos.
--¡Qué le parece á usted!
--Lo mismo me sucede cuando voy por las mañanas á tomar el baño. Toda la gente que anda por el arenal y por la galería, somos de Madrí. De modo que todo se le vuelve á uno saludar. Le digo á usted, cabayero, que algunas veces me parece que estoy en el Prao, y me da tristeza.
--¿Por qué, hombre?
--Ya ve usted la diferiencia: cuatro peñascos, un arenal y un poco de agua. Compáreme usted esto con aquel gentío de carruajes, con aquellos palacios y aquel vaivén de sociedad, que á veces no cabemos en el salón... porque, créame usted, cabayero, aquello es la mar de elegancia... Esto no es decir que el Sardinero sea del todo malo, pues, para una provincia, no puede pedirse más; pero desengáñese usted, á los que estamos hechos á aquel Madrí... ¡Ay, Madrí de mi alma!... Está usted servido, cabayero.
--Muchas gracias, amigo.
--Me alegraré haberle dado gusto.
--Pues vaya usted alegrándose.
--Ya lo sabe usted: por ahora, desgraciadamente, aquí; desde el mes que viene, calle del Carmen, peluquería de Prats, para cuanto se le ocurra.
--No olvidaré las señas. Conque agur, y aliviarse de las _escrúfulas_.
--Tantísimas gracias... Beso á usted su mano, cabayero.
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UN SABIO
Al siguiente día de su llegada á Santander, ó acaso sin sacudirse el polvo del camino, dase á conocer en tertulias y corrillos diciendo, con la mayor impavidez, que España es un país de estúpidos, y que la capital de la Montaña es el último rincón del país, puesto que no hay un solo montañés que conozca _la telematología_, ni la _filosofía del sentimiento estético en sus relaciones con la actividad del yo pensante, en, dentro, sobre, sobre en y por debajo de la conciencia universal_. Pero esta ignorancia no le sorprende en un pueblo en que _todavía_ oyen misa los hombres que se llaman ilustrados, y desconocen á _Jeeéguel_ (muy arrastrada la J) ó Hegel, como decimos las personas vulgares.
Y ahora que el lector sabe algo sobre la venida de este huésped, voy á decirle otro poco acerca de su procedencia.
La humana debilidad tiende, por instinto, á lo más cómodo, hacedero y comprensible.
Por eso á los grandes apóstatas, aunque arrastrados á la apostasía por el demonio de la soberbia, ó de la codicia, ó de la concupiscencia, nunca les han faltado inocentes que formen su cortejo.
Pero llegó el siglo XIX, hijo legítimo de la glacial filosofía del XVIII, y la masa dócil á tantas voluntades durante tantos siglos de controversias y de charlatanes, endurecióse como el mármol, y hasta el más lerdo se convenció de que en estos días esplendorosos, de luz y de _pronunciamientos_, ya no cabe el cisma, por la sencilla razón de que el que se separa de la verdad católica no es para proclamar otra _creencia_, sino para dudar de todas; y dudar de todas equivale á carecer de entusiasmo, que es hijo de la fe; y careciendo de fe y de entusiasmo, no cabe la disputa ni, por consiguiente, la escuela. Es decir, que los disidentes de la verdad «ya no creen en brujas», ó, hablando más en «carácter de época», están «curados de espantos», en plena _despreocupación_. Deducción lógica de esto: no puede darse una ocasión que sea menos á propósito que la presente, para fundar sectas religiosas y sistemas filosóficos.
Pues bien, lector: en ninguna otra, desde que el mundo es mundo, se han hecho mayores esfuerzos para arrastrar á la razón humana á los extremos que más la repugnan; jamás se ha visto mayor cúmulo de desatinos presentados como armas de seducción, unos en el campo religioso, otros en el filosófico y otros en el de la política; siendo inútil advertir que todas estas agrupaciones, tan diferentes entre sí, coinciden en un punto: el consabido odio _á las viejas instituciones y creencias_.
Ni de los fundadores, ni de los pontífices, ni de los apóstoles (aunque todo ello suele andar en una sola pieza) de estas doctrinas, ni siquiera de los adeptos que lo sean _de veras_, voy á tratar aquí, gracias á Dios.
Pero es el caso que alrededor de estas colmenas de insípida melaza, bulle de continuo un enjambre de zánganos impresionables, que, so pretexto de un amor desmedido á lo _nuevo_ y á lo _fuerte_, pero incapaces de elaborar cosa propia, aunque sea mala, van chupando, á hurtadillas, cien desatinos de la filosofía, cincuenta extravagancias de lo religioso y doscientas majaderías de la política; y con estas provisiones en el buche, mal digeridas, así por falta de jugos como por la indigesta condición de lo engullido, échanse zumbando por esos mundos de Dios, y aun pretenden elevar su vuelo hasta las águilas, porque les han dicho que aquello que les nutre el menguado entendimiento se llama _ciencia moderna_.
Uno de estos _sabios_ es el huésped consabido.
Y ya que tampoco ignoras de dónde viene, continúo leyéndote todas las señas particulares de su pasaporte.
Generalmente es _tipo_ por su figura, ó por el corte de su vestido, y joven; porque no se concibe que pueda llegar nadie á la edad de las canas con tantos grillos en la cabeza.
Ni la experiencia, ni la erudición más vasta en el campo de los _viejos sistemas_, le merecen el menor respeto; porque él ha asistido durante dos meses á una cátedra de filosofía krausista en la universidad de Madrid, y sabe, por boca de uno de los oráculos españoles de esta escuela alemana, que «_cada filósofo debe construir su propia ciencia sin necesidad de abrir un libro_». Y tan al pie de la letra ha tomado el consejo; á tal extremo ha llevado el asco á los libros, que ni siquiera conoce la gramática castellana.
Ya hemos visto, al dársele á conocer al lector, qué desparpajo le presta ó le infunde esta _ilustrada_ ignorancia; mas como aquella tesis la repite donde quiera que halla tres hombres reunidos, y como no es raro que entre tantos haya muchos á quienes sobre de buen sentido lo que les falte de _ciencia moderna_, su temporada de verano es una pelea sin tregua ni sosiego.
Porque es de advertir que, aunque de pronto se le escucha como quien oye llover, una vez _metido en barro_ ya no hay paciencia que sufra tantas salpicaduras al sentido común, única _ciencia_, á mi entender, que se _construye_ sin abrir un libro, por la sencilla razón de que no hay libro que enseñe á construirla cuando Dios ha negado á alguno la _materia prima_.
Sin ese lastre en la cabeza, claro es que, como todo lo henchido de aire, ó menos pesado que él, este sabio, no bien se agita un poco, ya está dando tumbos por el espacio y perdiéndose de vista en el infinito. Por eso lo primero que _discute_, y con doble afán si hay mujeres en el auditorio, es á Dios, es decir, al _Dios de las viejas creencias_.
Eso de _Dios Trino y Uno_, tiénelo él por _logomaquia_.
La _conciencia humana_ no siente este concepto _absurdo_; la mente, por tanto, no le penetra, no le alcanza.
Entonces es la ocasión de echar atrás las solapas del levisac, poner la cara hosca y lanzarse sobre los ignorantes con este párrafo que, según el sabio, es claro, perceptible y concluyente: