Chapter 9 of 21 · 3877 words · ~19 min read

Part 9

--Y ¿por qué he de confesar una falta tan grave si no la he cometido?

--Porque la cometiste. ¿Negarás que hay entre esa chiquilla sin experiencia y tú, cierta?... No quiero decirlo, porque me indigna; pero ya me comprendes.

--Cierta simpatía. ¿No es eso lo que usted quiere dar á entender?

--Y ¿cómo se adquieren esas «ciertas simpatías»?

--Eso es lo que yo no sé.

--¿Y nunca trataste de preguntárselo á tu prima?

Estas palabras hicieron bajar á César los ojos avergonzado. Jamás se le había ocurrido al sencillo muchacho que fuera un delito hablar de esas cosas con Enriqueta.

Doña Sabina aprovechó la ocasión que le ofrecía la actitud de delincuente de su sobrino, para continuar con más dureza sus apóstrofes.

--Y el acudir á tu prima con semejantes conversaciones, ¿no era tanto como tratar de interesarla en tus atrevidos propósitos?

--Le juro á usted, tía, que no comprendo lo que eso quiere decir.

--¡Miren el hipócrita!... ¿Si querrá también que le regale yo el oído!... ¿Cuándo pudiste soñar que la hija de su madre llegara jamás á ser la señora de un piojoso como tú?

Al oir este brutal apóstrofe creyó el pundonoroso muchacho que el corazón se le partía en pedazos; sintió como hielo fundido que circulaba con su sangre, y hasta cayó en la cuenta de que su tía hablaba llena de razón. ¿Qué títulos tenía él, ciertamente, para ocupar todo un corazón como el de Enriqueta? Antes de aventurar confianzas como las que había depositado en su prima; antes de prestar oídos á las palabras de ésta; antes, en fin, de dar fomento á ningún género de ilusiones como las que él se había forjado, debió considerar su pequeñez, su procedencia y su obscuro porvenir. Creyó de buena fe que su tía le apostrofaba llena de razón, y no teniendo valor para disculparse, echóse á llorar con todo el desconsuelo propio de un niño, como, no obstante la edad, era él todavía.

--Bueno es el arrepentimiento--díjole entonces doña Sabina aparentando ponerse más blanda;--pero eso no basta en este caso: se necesita mucho más. Y no vayas á creer que yo doy importancia á esas niñerías porque me proponga corregirlas á tiempo, como es deber mío. Por de pronto, no creo conveniente que, después de la formalidad que tu prima y tú habéis dado á ese juego, sigáis habitando la misma casa.

--Con lo que usted me ha dicho antes--contestó entre sollozos el maltratado chico,--hay más de lo suficiente para comprender que no debo vivir ya en esta casa, aunque fuera de ella me faltara pan que llevar á la boca.

--Bien; pero como de nada serviría que trocaras esta casa por otra si seguías frecuentando el escritorio...

--¿Pues de qué se trata entonces?--preguntó César aterrado.

--Tranquilízate, que no se te arrojará á la calle para que te recoja la caridad pública. Irás fuera de aquí, pero bien recomendado y adonde en poco tiempo puedas, con honradez y trabajo, crearte una posición.

--¿Y qué país del mundo es ése?--preguntó el atribulado joven, pálido como la cera.

--Por ejemplo... América,--respondió la despiadada mujer, estudiando en su sobrino el efecto de sus palabras.

Y mientras éste buscaba un punto de apoyo con su mano para sostenerse de pie, tras una breve pausa, durante la cual los ojos suplieron con ventajas á la lengua, concluyó su tía con estas palabras que no admitían réplica:

--Conque ve disponiéndote para el viaje, porque _estamos_ resueltos á que le emprendas en el primer buque que salga del puerto para la Habana.

Tras esto y una mirada rencorosa y torcida, salió de la habitación, dejando á su infeliz sobrino en el estado que puede figurarse el pío lector.

Del cuarto de César pasó como un chubasco al de Enriqueta, á quien habló del propio asunto y con la misma bondad que había usado con su primo. La pobre chica tampoco tuvo valor para disculparse. Á las primeras palabras de su madre cayó vencida, como débil arbusto á los embates del huracán. Pintóle hasta como pecado mortal su debilidad de corresponder al afecto profano de su primo, y lo creyó; pero no dejó por eso de recibir como una puñalada la noticia de que César iba á abandonar aquella casa, y hasta la patria, acaso para siempre.

Terminado este segundo sacrificio, doña Sabina corrió al lado de su marido, que continuaba paseándose meditabundo.

--Todo está ya _arreglado_--le dijo muy satisfecha.--César comprende la situación de las cosas y quiere marcharse á América cuanto antes. Conque ocúpale desde mañana en preparar su viaje.

--¿Y Enriqueta?--preguntó don Serapio sin dejar su paseo y sin mirar á su mujer.

--Enriqueta--contestó con desgarro doña Sabina,--es una chiquilla con quien no se consultan ciertas cosas: se le mandan y nada más. Está enterada y conforme; y esto te excusa de hablar una sola palabra con el uno y con la otra.

--Corriente--dijo don Serapio siguiendo su paseo. En seguida se detuvo, y mirando con fijeza á su señora, exclamó:--Pero vuelvo á repetirte que dejo á tu conciencia toda la responsabilidad de este acto.

Y volvió á pasearse, creyendo sin duda que con esto había dicho bastante y hecho cuanto le correspondía.

Doña Sabina entonces miró á su marido con despreciativo gesto.

--¡Majadero!--murmuró entre dientes, volviéndole la espalda.

En seguida tomó el rumbo de su gabinete, tan tranquila y tan serena como aparece el mar después de haber hundido en sus abismos cuanto halló al alcance de su furia desenfrenada.

V

Muy pocas semanas después de estos sucesos, salía de aquel puerto una fragata con rumbo á la Isla de Cuba. Entre los pasajeros de popa iba César que, con los ojos empañados por las lágrimas, miraba al pueblo que abandonaba, tal vez para siempre. En aquel pueblo quedaba todo cuanto le había hecho hasta entonces risueña la vida: Enriqueta y su tío.

Toda la vigilancia de doña Sabina no había podido impedir que el enamorado mancebo hallase un instante oportuno para decir algunas palabras de despedida á su prima.

--Por el delito de quererte--la había dicho,--me arrojan de tu lado, y por el de ser pobre se me prohibe pensar en el porvenir que los dos habíamos soñado. Pues bien: si para quererte se necesita tener mucho dinero, yo voy á trabajar para adquirirlo. Cuando lo adquiera, ¿dónde estarás tú, Enriqueta?

--Aquí... ó allá arriba,--había contestado la joven, muy bajito, estrechando con una de sus manos la que le tendía su primo y señalando al cielo con la otra.

--Entonces, _hasta luego_,--había añadido el animoso joven, con una entereza impropia de sus años, pero no del purísimo afecto que hacía latir su noble corazón.

Después se habían separado llorando.

Don Serapio, por su parte, había hecho en aquellos momentos, de prueba para él, cuanto un padre pudiera hacer por su hijo; y en rigor, al marchar César á América no hubiera debido quejarse de su suerte, sin las circunstancias que le obligaban á emprender el viaje y sin la consideración de que en su patria y junto á la única familia que le quedaba, podía haber hallado trabajando, la posición social que anhelaba en sus modestas ambiciones.

VI

Pudiera decirse que desde el mismo día en que César abandonó la patria, comenzó doña Sabina á poner en ejecución el plan que había ideado para arrancar del corazón de su hija hasta el recuerdo del malaventurado chico; y como aquella mujer todo lo subordinaba al fausto y al relumbrón, dicho se está que de este género fueron las armas que eligió para vencer al enemigo que la quitaba el sueño.

Si antes iba al teatro dos veces por semana, desde entonces fué siete; á cada cambio, no ya de estación, sino de temperatura, nuevos trajes para la niña... y para su madre; recepciones suntuosas en su casa; asistencia á cuantas se celebraban en las del gremio, sacrificando al objeto viejas antipatías é inveterados odios. En el otoño, á Madrid; por Semana Santa, á Sevilla; en el estío, á _las Provincias_; en invierno, á París, y en París y en las Provincias y en Sevilla y en Madrid, el oro á torrentes y las galas á montones.

--Ya ves, hija mía--decía con frecuencia á Enriqueta la _amorosa_ madre,--el rey del mundo es el dinero: por él brillas en la sociedad; por él acuden adoradores al resplandor de tu belleza; por él viajas, gozas y aprendes; eres la admiración de las pobres y la envidia de tus iguales. Con una posición menos brillante que la tuya, estarías metida en el rincón de tu casa; llegarías á ser la esposa de un modesto traficante, ó de un abogado de talento; pasarías la vida sufriendo la pesada carga de tus hijos, y acabarían por hastiarte las virtudes de tu marido, si no te llevaba al mundo y no podías hacer compatibles las tareas de la madre con los triunfos de la gran señora. Por eso te encargo como madre _tierna_ y te aconsejo como amiga _cariñosa_, que no te dejes vencer nunca de los impulsos de tu corazón de mujer; que estudies bien á los hombres que se te acerquen, y que, en la duda, si duda puede caber en esto, te decidas siempre por el más rico, sin que por eso te hagas esclava de ninguno. Á esto te obligan tus conveniencias, la sociedad en que vives y el nombre que llevas.

¿Labraban algo estos peregrinos consejos en el ánimo de Enriqueta, ó seguía ésta llenando su corazón con el recuerdo del _pobre_ César? No es prudente llegar ahora á tales profundidades con el escalpelo de las conjeturas. Baste declarar, y eso porque _se veía_, que Enriqueta, en la plenitud entonces de su belleza, no mostraba la menor repugnancia á seguir la senda en que la había colocado su madre. El continuo trato de tan diversas gentes, habíala hecho perder el natural encogimiento de sus años primaverales, su aire meditabundo y su aversión á la bulla y á la agitación de los centros del mundo elegante. En cambio, había ganado una multitud de recursos atractivos, hijos del arte de agradar á los hombres y desesperar á las mujeres menos _artistas_; recursos que, por de pronto, revelan en quien los posee afición y desenvoltura. Sabía como ninguna hacer crujir, andando, la seda de su vestido; entretener largo tiempo con agudezas y discreteos una corte de aduladores; cantar al piano una _romanza_ sentimental ó unas seguidillas picantes, con todo el donaire de una consumada artista, aun cuando la escuchara un público desconocido; y, por último, esgrimir los ojos, la morbidez del brazo, la pequeñez del pie y la flexibilidad del talle, con una fuerza de encanto irresistible. Pero, á la vez, preciso es confesarlo si hemos de ser escrupulosos historiadores, no perdía ocasión de preguntar á su padre si César escribía, si estaba bueno y si andaba ya en camino de llegar pronto á la fortuna. Á lo cual respondía siempre el pobre hombre que su sobrino continuaba siendo tan cariñoso; que no tardaría en ser rico y en volver al país, y que en sus cartas siempre le preguntaba por todos y _cada uno_. ¿Quería don Serapio (que sin embargo decía la verdad) mantener vivo en su hija el fuego de la combatida pasión, para llevar adelante su contrariado proyecto, ó simplemente responder á las preguntas que se le hacían? Y estas preguntas, ¿eran hijas de un sencillo deseo de ver cuanto antes al ausente, ó de un afán de que éste fuera muy rico para, en caso muy probable, preferir, en la necesaria elección, lo que, sin salir de los preceptos de su madre, no repugnase á su corazón? Vaya usted á adivinarlo.

Lo que no ofrece duda es que al cabo de seis años pasados por doña Sabina en constante despilfarro, la casa de su marido no pudo con ellos: llegó don Serapio á no hallar ya puntales con qué sostenerla, y no tuvo más remedio que armarse de valor y decidirse, por primera vez en su vida, á hacer la consabida _hombrada_, convencido de que antes de pocos meses tendría que presentarse ante sus acreedores y declararles toda la verdad.

En tan amargo trance, cerró los ojos y abordó á su mujer con estas palabras, por toda introducción:

--¿No se te ha ocurrido jamás la idea de que podía llegar un día en que, por la adversidad de la suerte, ó por la imprudencia de los hombres... y de las mujeres, ese filón que viene surtiéndote de oro sin tasa se agotara de repente?

--Nunca se me ha ocurrido semejante idea--respondió con la mayor serenidad doña Sabina. Pero tornándose luego hosca y altanera, preguntó á su vez:--Y ¿por qué se me había de ocurrir?

--¿Por qué? Porque es una idea muy puesta en razón.

--Una idea como tuya, y nada más.

--Una idea que puede realizarse á la hora menos pensada.

--¡En tu casa! ¿Es ella, por ventura, de apariencia? ¿Somos nosotros ricos de pega, ó de ayer acá? ¿No es tu fortuna la primera del pueblo?

--Pero las fortunas se quebrantan... y se concluyen.

--¡No la tuya!

--Como otra cualquiera, Sabina.

--Pero aunque eso sea, ¿por qué quieres, así tan de repente, que me ponga yo á meditar sobre ese ridículo tema?

--Porque es indispensable, no solamente que medites, sino también que ajustes tu conducta á esa meditación.

--¿Estás loco, Serapio?

--¡Ojalá lo estuviera!

--Pero ¿qué sucede?

--Que esos temores están á punto de ser un hecho, Sabina.

--¡Jesús nos ampare!

--Y que si no pones coto á tus despilfarros, y acaso aunque le pongas, antes de seis meses me presento...

--¡Acaba!

--En quiebra.

--¡Imposible!--gritó doña Sabina en un arrebato de soberbia.--Tu casa no puede quebrar... Yo no puedo dejar de ser rica... Yo no puedo reducirme á las estrecheces de una mujer cualquiera... Tú tienes obligación ¡entiéndelo bien! de vencer todas las dificultades que se opongan al brillo de tu familia.

--He aquí el fruto de mis contemplaciones... He aquí bien patente la mano de Dios,--exclamó el desdichado comerciante dejando caer su cabeza sobre el pecho.

--Pero ¿y el mundo? ¿Qué dirá el mundo si nos ve caer de tan alto?--insistió la soberbia mujer, mirando como una fiera á su marido.

--¡Ahora te acuerdas del mundo!... ¡ahora le temes? ¿Por qué no le temiste antes? ¿Por qué te dejaste seducir por él?

--¿Serás capaz también de echarme la culpa de tus torpezas?

--¡De mis torpezas!

--¡Sí, de tus torpezas!... Una mala dirección, una inteligencia tan... tan estúpida como la tuya, son siempre la causa de los malos negocios; no los miserables gastos de una pobre mujer, esclava de sus deberes.

Y la insensata lloraba de ira.

--¡Mientes!--gritó fuera de sí el manso don Serapio, oyéndose tratar con tan negra injusticia.--Los azares de la suerte las menos veces, y las más el constante, espantoso saqueo que has estado haciendo en mi caja, han sido la causa del desastre... ó pueden llegar á serlo, si mis temores, bien fundados, se realizan.

--¿Luego todavía no ha llegado ese caso?--exclamó anhelante y menos ensoberbecida ya doña Sabina.--Quizá podrá evitarse...

--Pues ¿qué estoy diciéndote, mujer diabólica?

--Y ¿crees tú--prosiguió ésta sin darse por entendida del piropo,--que con alguna economía en casa?...

--No creo que eso sólo pueda bastar; pero en el trance en que me veo, quiero, aunque me haya acordado tarde, echar mano de todos los recursos que estén á mi alcance.

--Y el de las economías...

--El de las economías es el primero que exijo, hasta por razones de delicadeza.

--No comprendo esas razones.

--Ni lo necesitas. Lo indispensable son las economías, y éstas, yo te lo aseguro, las habrá desde hoy.

--¿Y Enriqueta?

--Enriqueta no necesita saber nada por ahora.

--¿Y si desea vestirse... ó tiene un capricho?

--¡Vestirse!... ¡cuando tiene su ropero abarrotado! ¡Caprichos! Enriqueta no los tendrá si su madre no se los sugiere.

--¡Serapio!

--Me tienen ya sin cuidado tus furores. ¡Ojalá me hubiera pagado siempre de ellos lo que me pago en este instante!

--¡Éstos son los hombres honrados!--exclamó aquí doña Sabina, llorando, no sé si de despecho ó de dolor.--Crueles, sin corazón, cuando nos ven agobiadas por la desgracia.

--Estos martirios, Sabina, no los damos los hombres. Suelen venir de más alto. ¡Harto será que en esta ruda prueba no estemos pagando todos el mayor de tus pecados y la más indigna de todas mis debilidades!

--¿Qué pecado tan horrendo puedo haber cometido yo que merezca el infamante castigo de ser pobre?--rugió doña Sabina en un arrebato de desesperación.

--Muchos--le replicó don Serapio indignado:--por de pronto, el de la soberbia que te dicta esas palabras insensatas, y después, el de arrojar de tu casa inicuamente á mi pobre sobrino, porque no era rico y estorbaba á tus planes.

--¿Por qué lo consentiste?

--Ése es precisamente el pecado de mi debilidad, pecado que, con el tuyo, ha traído el desastre sobre mi casa. Ésta es la verdad. Cuida ahora de no perderla de vista si hemos de evitar mayores desventuras.

Dicho esto, salió don Serapio y cayó su señora en un estupor casi de idiota, del cual no volvió sino para meterse en la cama y pasarse en ella dos días, alimentándose el alma con haraposas visiones, y el cuerpo con tisanas.

VII

Por aquel entonces había llegado al pueblo, como un aerolito, sin saberse de dónde ni por dónde, un personaje que, por más de un concepto, estaba siendo el tema obligado de todas las conversaciones y el objeto de la conversación de todos los círculos, tertulias y corrillos de la ciudad.

Según _unas_, pasaba de los cincuenta; según _otras_, no llegaba á los treinta y ocho. Según éstas, era elegante; según aquéllas, era charro, aunque todos convenían en que era espléndido y ostentoso. Algunos aseguraban que venía á comprar media provincia para titularse; _algunas_, que sólo trataba de casarse. Las costureras y modistas le suponían de humildes aspiraciones; las señoritas, de aristocráticos humos.

Unas decían que, _bien mirado_, era feo; otras que, _después de todo_, era gracioso; tal, que se pintaba las patillas y gastaba peluca; cual, que no era verdad; aquí, que sus chistes eran ingeniosísimos; allá, que chocarreros; aquende, que su carácter era vulgar; allende, que, _después de tratado_, era simpático y hasta _distinguido_... Pero todas, chicas y grandes, altas y bajas, morenas y rubias, aristocracia y plebe, al pasar á su lado se ponían tiernas y trataban de llevarse sus miradas por conquista, pues convenían, _nemine discrepante_, en que era soltero é _inmensamente rico_.

Vivía en la mejor fonda y ocupaba la mitad de un piso de ella. Á los quince días de llegar á la ciudad, todo el mundo le conocía y él conocía á todo el mundo. Jamás paseaba ni asistía al café ni al teatro, sino entre los jóvenes más en boga y más revoltosos.

Tenía lujosa carretela para las grandes ocasiones; para lo ordinario, _volanta_ habanera, esa especie de cascarón entre dos inmensas ruedas, en la cual entraba, así como en la guarnición del caballo, la plata maciza por arrobas; y un brioso trotón con montura mejicana, cuajada también de ricos metales, no siendo menos rico ni apropiado el traje con que cabalgaba sobre aquel aparejo. Generalmente este último era su placer favorito. Á caballo, y aunque rodeado de jinetes de la población vestidos á la europea, él nunca abandonaba su pintoresco vestido mejicano. Por lo común aprovechaba su tránsito por delante del paseo más concurrido para lucir sus habilidades á la usanza de los _gauchos_ de las Pampas, tales como rayar el suelo con un dedo ó recoger su sombrero _jarano_, previamente arrojado, á todo correr de su caballo.

Excusado es decir que con estas exhibiciones acrobáticas hasta los chicos de la calle se chupaban los dedos al verle; y es seguro que más de una vez le hubieran largado tal cual tronchazo, á no tomarle por cosa medio sagrada, según le veían garantido y obsequiado por todo lo más pudiente de la ciudad.

Cuando iba á pie se distinguía por la extensión y la riqueza de sus pecheras; y como era en verano, ora vistiera de dril, ora de lana, todo su traje parecía no pesar medio cuarterón: tan fino, vaporoso y reluciente era. En tales casos llevaba en la cabeza rico jipijapa, al cuello leve corbata de batista con grueso solitario, y en los pies zapatos de charol sobre media de seda. Por supuesto que sus cadenas y relojes y sus anillos entraban por docenas, y había formas y tipos para cada día y para cada gusto.

Cuando vestía de serio, su traje no era menos rico ni mucho más pesado; pero siempre era la pechera el principal objeto de sus cuidados y el punto en que se fijaba la curiosidad de los transeúntes: era, como si dijéramos, su plaza pública adoquinada con diamantes.

No se sabía á punto fijo dónde había nacido, pues solía decir en chanza, cuando se le preguntaba eso, que para hombres como él todo el mundo era patria. Algunas veces dijo, poniéndose muy serio, y hasta triste, que procedía de una de las aldeas de aquella provincia, y de una familia pobre hasta la miseria; pero que no quedando ya ningún individuo de ella sobre la tierra, quería olvidar hasta el nombre de su pueblo por tener una pesadumbre menos.

Entre tanto, he aquí su retrato fidelísimo: su estatura no llegaba á mediana; su cabeza era gruesa y su cara ancha, la cual aparecía como embutida en espesa patilla corrida á la catalana, con tornasoles entre verde y chocolate, señal del tinte que la cubría con la pretensión de hacerla pasar por negra. Sus ojos eran pequeños y garzos, la nariz roma, los labios gruesos, la boca muy rasgada, los dientes pocos, pero grandes; el cutis áspero y no libre de toda marca, y el color moreno obscuro, las piernas gruesas y estevadas, y las manos anchas y velludas. Sin embargo, no puede decirse que por su fisonomía era antipático: había en ella, por el contrario, cierta expresión de viveza y jovialidad que atraía. Su voz era de gran cuerpo; reía siempre á carcajadas y hablaba muy recio, aunque con las cadencias propias del estilo americano. Era, en suma, en todo y por todo, un hombre verdaderamente _estrepitoso_, y además se llamaba don Romualdo. En cuanto á la edad, me consta que se acercaba más á los sesenta que al medio siglo.

No tenía nada que hacer, le sobraba el dinero, había prometido á sus amigos casarse en la ciudad en todo aquel año, y todo esto lo sabían allí hasta los perros de la calle.

Calcúlese ahora la sensación que estaría causando su presencia en medio de una sociedad cuyos miembros más legítimos eran las mujeres como la perínclita doña Sabina.

Por de pronto se abonó el teatro hasta los topes, aunque representaba en él una perversa compañía; el mismo teatro que jamás se vió lleno, ni por mostrar en su escenario las más ilustres celebridades del arte; pobláronse los paseos públicos aun en los días en que no era _de moda_ asistir á ellos, y hasta hubo amagos de declarar también de moda la misa de cierta hora en determinada iglesia; pero se supo luego que don Romualdo no asistía á ella... ni á otra tampoco, y en este particular siguieron las cosas como estaban.

VIII