Chapter 6 of 21 · 3996 words · ~20 min read

Part 6

Lo que aterraba á éste, antes de conocer aquellos datos, era la posibilidad de que le exhibieran una prueba de que Isabel no era ya dueña del corazón que jamás creyó él poseer por entero. En tal caso, el mal no tenía ya remedio. Isabel era mujer al cabo, y podía tener ésa y aun otras debilidades análogas. Pero lo que le decía Ramón era de un género incompatible con ella, y demasiado, por tanto, para tomado al pie de la letra. Isabel podría llegar á faltar á sus deberes, pero no de aquel modo; podría conquistar su virtud un hombre, pero no un hombre como el vizconde; podría vencérsela con una pasión, pero jamás con una dádiva, como á una esquiva niñera; podría, en fin, por una aberración de su talento y de su carácter, llegar á dejarse dominar por un acto semejante, y aun á recibir una expresión material de su cariño; pero hacer ostentación de ella á la faz del mundo, á la de su propio marido, jamás. Isabel podría serlo todo, menos vulgar y necia.

Arguyéndose así Carlos á medida que Ramón le hablaba, cuando tomó en sus manos el papel mencionado, asombróse el último al observar que no le producía el efecto que él temía. Carlos no estaba tranquilo, ni mucho menos; mas para el hombre que había llegado en sus recelos al punto á que él había llegado, la historia hecha por Ramón y el contenido ambiguo del billete eran, ya que no un consuelo, cuando menos una tregua en su posible desventura.

Así, pues, leído el papel con gran presencia de ánimo, dijo á Ramón:

--En todo esto hay un crimen indudablemente; una verdadera infamia, que no quedará impune; pero esta infamia no es, ni ser podía, de Isabel.

--¿De quién es entonces?--preguntó Ramón admirado.

--Del que firma este billete,--respondió Carlos estrujándole en su mano.

--Y ¿qué más da para ti?

--¡Mucho, Ramón! Pude haber perdido á Isabel á más de la honra; y hasta aquí no veo más que una apariencia de ello, tal vez preparada por ese miserable. Tremendo será esto para mí, pues rastros dejan tales apariencias que no se borran jamás; pero, al cabo, no es el peor de los dos males que me amenazaban.

--Pero ¿en qué puedes tú fundarte para aceptar esa idea?

--En tu propio relato, en este papel, en el carácter de tu cuñada... y en otras mil razones que tú no puedes alcanzar, porque no conoces como yo el mundo ni el corazón humano.

--¿Y en esa confianza vas á dormirte otra vez?

--¡Oh, eso no!--dijo fieramente Carlos, que ya se había puesto de pie.--Colocado para mis propósitos en la peor de las hipótesis, voy á proceder en todo, y sin pérdida de un solo instante, con la energía que tienes derecho á exigir de mí. ¡Yo te juro que no he de dar al mundo el triste espectáculo de un marido resignado!

Y esto dicho, y dejando á Ramón en su cuarto, se dirigió al de Isabel.

XI

Habíase ésta levantado rato hacía, porque su sueño de aquella noche no había sido tan tranquilo como los de costumbre, merced al recuerdo del lance de su cuñado; recuerdo á que, en la soledad de sus meditaciones, daba mil formas y colores diferentes, aunque, en honor de la verdad, le examinó por todas partes menos por donde debía, lo cual prueba la gran tranquilidad de su conciencia en ese particular, y hasta qué punto se embotan los espíritus más sutiles cuando sólo se alimenta la cabeza de pueriles vanidades.

Grande fué su sorpresa cuando vió entrar á Carlos, cuyo semblante disimulaba mal el estado de su alma.

--Isabel--la dijo, sentándose á su lado,--seguramente que no podrás tacharme, en buena justicia, ni de hombre egoísta ni de marido intolerante.

La sorpresa de Isabel rayó en asombro al oirle hablar así.

--Y ¿por qué me dices eso?--le preguntó.

--Porque no me califiques de importuno ni de ligero por lo que pienso decirte; porque entiendas que estás en este momento en el caso de hablarme con la lealtad que tengo derecho á esperar de tu carácter y de las consideraciones que te he guardado siempre.

--Por favor, Carlos--dijo Isabel angustiada:--si quieres que responda á tus propósitos, dime claro cuáles son éstos, y no me atormentes más con ese lenguaje tan extraño en ti.

--Voy á hacerlo. Respetos á la memoria, para mí siempre sagrada, de tu padre, y á tus propios merecimientos, me impidieron, desde que soy tu marido, decirte lo que, pesándome demasiado sobre el corazón, ha venido haciendo de mi vida un martirio insoportable.

--¡Carlos!

--Sí, Isabel: un martirio horrible, un calvario angustioso.

--Pero ¿por qué?

--Por no atreverme á decirte: «El género de vida que traes, el elemento en que vives, lejos de mí, lejos de toda verdad, es la senda que conduce más fácilmente al olvido de todos tus deberes».

--Pero ¿me hablas de veras, Carlos?

--Con el corazón en los labios, Isabel; y déjame continuar. No me atrevía á decirte: «La mujer que lo consagra todo á los triunfos livianos del mundo, está muy próxima á arrastrar por los salones su propio decoro y la honra de su marido».

--¡Pero eso es enorme, Carlos! Yo no te he autorizado ni con mis actos ni con mis palabras para que tan duras me las dirijas.

--Déjame concluir, Isabel, porque me abrasan los labios otras que necesitas oir por tu propio bien y para desahogo de mi corazón. No quise decirte nunca: «En la imposibilidad en que me hallo de ajustarme á tus costumbres, porque en ese mundo no quepo yo, porque me ahogo en él, amóldate tú á mis hábitos sencillos y tratemos de hacer en nuestro hogar una residencia de amor y de ventura, á lo que podemos aspirar por muchos títulos». Yo no podía decirte esto, porque, diciéndotelo, creía ofender la rectitud de tus miras y la nobleza de tu corazón, en las cuales creía con ciega fe. Pero al mismo tiempo que te creía incapaz de faltar á lo que á mí me debes y á lo que te debes á ti propia, temía las apariencias de ello; porque es ley de ese mundo que habitas, quemar lo que se le acerca ó manchar lo que quemar no puede... Desgraciadamente--añadió Carlos con voz sorda,--ya no es posible evitar que caigas en uno de estos dos peligros.

--¡Jesús!--exclamó Isabel fuera de sí.

--¡Es la verdad!

--Y después de decírmela de ese modo, ¿pretendes que te agradezca esas contemplaciones que me has guardado y han sido la causa de que lleguemos á ese extremo... que tú conocerás, porque yo no sé todavía de qué se trata?

--No busco tu agradecimiento, Isabel, sino tu lealtad. ¡Demasiado lamento y maldigo esas contemplaciones!

--¡Y bien?...

--Cálmate.

--¡Que me calme!--dijo Isabel con voz terrible, levantándose erguida;--¡que me calme cuando me acusas quizá de una infamia! ¡que me calme cuando me afrentas!

--¡Oh, repara, Isabel, que, al afrentarte á ti, me afrentaría á mí propio! Yo no soy, pues, quien te afrenta.

--Pero, Carlos, ¿me quieres volver loca, ó lo estás tú?... ¿Quién puede ser capaz de sospechar de la rectitud de mis acciones, ni siquiera de la de mis pensamientos?

--Óyeme un instante más. Anoche ocurrió un lance de mal género en los salones de la condesa de Rocaverde.

--Lo sé.

--Los protagonistas fueron mi hermano y el vizconde de siempre.

--¿Y qué tiene que ver?...

--¿Sabes por qué abofeteó Ramón á ese... infame?

--No... ¡Acaba!...

--Porque le oyó jactarse, entre otros como él, de haber vencido tu, por lo visto, proverbial esquivez.

--¡Virgen María!

--¿Sabes con qué probaba su aserto el procaz?

--¡Con qué?...

--Con un aderezo que tú lucías, y que, según parece, te había sido... enviado por él.

--Y ¡tú has podido creerlo, Carlos?--exclamó Isabel en el paroxismo de la desesperación, arrasados sus ojos en lágrimas.

--Yo--respondió Carlos sordamente,--no he tenido más remedio que leer lo que dice este billete.

Y alargó á Isabel el que le había dado Ramón.

Isabel, que en un momento había comprendido la verdad de lo que pasaba, recordando la ligereza con que se fió el día antes del vizconde, tomó el papel y le leyó precipitadamente.

--Está--dijo á poco, regándole con sus lágrimas,--bien tendido el lazo. Pero ¿de dónde ha salido este papel que yo no he visto? ¿Cómo ha llegado á tus manos?

--Este papel venía dentro del estuche...

--Y cayó en poder de Ramón--continuó Isabel, que recordó entonces que éste fué quien le entregó á ella el aderezo;--y Ramón, como si también se conjurara contra mí, te le dió como una prueba de mi crimen.

--No culpes á Ramón todavía,--dijo Carlos intencionalmente.

--Tienes razón--repuso Isabel adivinándole:--mal puedo culparle cuando aún no me he disculpado yo. ¿No es así?

Carlos guardó silencio. Su mujer sollozaba. Á poco se enjugó ésta el llanto, miró á aquél serena y majestuosa, y

--Carlos--le dijo con voz entera,--comprendo que me sería imposible desvirtuar en este instante á tus ojos todas las pruebas con que me acusas: es ese tejido de infamias demasiado fuerte para que yo pueda deshacerle con una palabra. Sin embargo, antes de contarte la historia de ese que crees regalo, quiero, por lo que valga, hacerte una advertencia: si algún día hubiera sido yo capaz de faltar á lo que debo á tu honra y á la mía, mi propio decoro me hubiera obligado á decirte antes: «Carlos, me faltan fuerzas para resistirme; préstame las tuyas». Ahora, oye la verdad de lo ocurrido.

Y esto dicho, Isabel refirió punto por punto cuanto había pasado el día antes entre ella y el vizconde.

Carlos no podía tranquilizarse con aquella explicación ni con otra alguna, por muy palpable que apareciese la verdad: que en asuntos de honra, tanto duele perderla como el temor de que nos la crean perdida. Mas con respecto á la supuesta delincuencia de su mujer, daba más importancia á las aseveraciones, y sobre todo á la actitud de ésta, que á las alarmas y exageraciones de su hermano. Así, pues, no le sorprendieron los descargos de Isabel, porque los esperaba por el estilo desde que conoció los antecedentes del fatal asunto.

Pero quedaba en pie otro muy grave, para el que desgraciadamente no había disculpa ni remedio: el escándalo. Isabel y el vizconde eran demasiado conocidos en la alta sociedad para que el suceso dejara de haber transcendido ya á corrillos y salones. Éste era el verdadero clavo que atravesaba el corazón de Carlos. ¿Qué merecía el hombre que le había colocado á él en tan terrible situación? Por eso, desde que habló con su hermano, todos sus odios se convirtieron á un solo punto, á una sola persona: el vizconde.

Isabel, por su parte, era demasiado discreta para desconocer la inmensidad de su desdicha. No dudaba que ante Carlos, que la conocía bien, le sería dable justificarse; pero ¿cómo se justificaría ante el mundo? Esta idea le arrancó del corazón un torrente de lágrimas.

Carlos, que no le había contestado una palabra al oir sus explicaciones, la dejó intencionadamente sumida en aquel dolor, y salió del gabinete. Entró en el suyo, se vistió precipitadamente, rogó á su hermano que acompañase á Isabel, cuyo estado le refirió, mientras él volvía, que sería muy pronto; encargóle también que entre tanto no dijese á nadie que faltaba de casa, y salió de ella apresurado.

XII

Momentos después se hallaba Ramón al lado de su cuñada: ésta dolorida y sollozando; el otro con el corazón oprimido, pero sereno. Cuando Isabel notó la presencia de Ramón, le dijo con acento triste:

--¡Qué mal hiciste en no haberme advertido lo que pasaba, antes que á Carlos, desde que adquiriste la primera sospecha!

--Culpa fué de tu marido, que no me consintió hablarte de lo que me saltó á los ojos apenas llegué á esta casa.

--¡Cuánto dolor me hubieras evitado!

--¡Dejando que el mal extendiera sus raíces, y fueran mañana la afrenta y el escándalo más grandes! ¿Te parece?

--¿Luego tú también me crees culpada?

--Creo, Isabel, lo que he visto ayer, lo que me pasó anoche y lo que está pasando hoy. Nada más, y es bastante.

Isabel se ahogaba bajo el peso de esta nueva indirecta acusación, remedo de las que le harían, fundadas en las mismas apariencias, aun las personas que más trataran de favorecerla. Buscando algún alivio á su pena, hizo, lo mismo que á Carlos, la relación de los hechos verdaderos; pero era Ramón bastante más aprensivo y obcecado que su hermano, y si bien oyó con gusto las disculpas, no las aceptó con la fe que hubiera deseado.

--Ya ves--prosiguió Isabel,--cómo me hubiera sido imposible evitar lo que está sucediendo.

--No tanto--dijo Ramón,--si hubieras sido un poco discreta en leer fisonomías.

--No comprendo...

--Porque no te dedicaste jamás á estudiar la de tu marido, como era tu deber.

En esto apareció la marquesa, en traje de confianza, afectuosísima, locuaz, hecha un brazo de mar, inaguantable.

Isabel apenas tuvo tiempo para secar sus ojos y tomar una actitud que revelara menos la tormenta que corría su alma.

--Buenos días, Isabel... señor don Ramón--dijo la invasora tendiendo la mano al aludido, que no podía comprender aquella explosión de repentino afecto hacia él,--doy á usted los más cumplidos y sinceros parabienes...

--¡A mí, señora! ¿Y porqué?

--¿Por qué? Por lo que hizo usted anoche... y eso que no debía perdonar el desaire que me dieron ustedes marchándose de allí sin decirme una palabra... Pero, en fin, algo había que dispensar en unas circunstancias como aquéllas... además de que, por otra parte, yo no soy rencorosa, y prueba de ello es que estoy aquí tan pronto como he dejado la cama.

--Muchas gracias,--dijo Isabel calando la intención de su amiga.

--¡Oh! no hay por qué, Isabel--continuó aquélla con una movilidad que mareaba.--La verdad es que el sitio, la ocasión y demás, no justificaban mucho un atentado semejante; pero, por otro lado, el señor guardaba el decoro debido, y no todos están obligados, por nacimiento, por educación ó por costumbre, á llevar el frac con todo el _chic_ de rigor. ¿No es cierto?... Yo no sabía nada de lo ocurrido más que el porrazo y el consiguiente barullo; pero cuando ustedes salieron, pude averiguar que el vizconde había querido reirse de usted á sus mismas barbas...

Isabel y Ramón se miraron, dudando ambos que la marquesa hablara de buena fe y que no les ocultase la verdad de los rumores esparcidos por el salón á raíz del suceso.

La charlatana continuó sin fijarse en aquella mirada ni en el rubor que asaltó las mejillas de Isabel.

--El caso es que el vizconde merecía un correctivo ejemplar, porque es vano y lenguaraz como él solo, y que al cabo le encontró donde menos podía esperarle. Y adviertan ustedes que lo que hizo anoche no vale nada en comparación de lo que suele hacer á cada instante... ¡Oh, algún día le van á costar aún más caras sus calaveradas; y á fe que lo tendría bien merecido! Para él no hay nada sagrado, y lo mismo atropella reputaciones que cambia de vestidos... Figúrense ustedes que ayer tarde entró en la tienda de un joyero cuando más llena estaba de ociosos; tomó un riquísimo aderezo que, por lo visto, deseaba adquirir la Rocaverde; llamó á un dependiente después de escribir un billete tiernísimo, cuyo contenido leyó á gritos; metió el billete en el estuche; entregó éste al dependiente, y le dijo con voz muy recia: «á casa de... Fulana (no se me ha dicho el nombre) y entrégasele á ella en propia mano». ¡Calculen ustedes qué rechifla se armaría allí, y cómo quedaría la honra de aquella mujer... y la de su marido, porque, según parece, es casada!...

Á medida que iba hablando la marquesa, las rosas de las mejillas de Isabel tornábanse poco á poco en lirios; íbanle faltando las fuerzas al mismo tiempo, y próxima estuvo á desplomarse bajo el peso de su vergüenza; pero la consideración de que la falsa amiga estaba más al tanto de la verdad que lo que aparentaba y de que se expresaba así por herir más impunemente, la prestó, en un acceso de indignación, los bríos que necesitaba.

Iba á continuar sus irónicas lamentaciones la marquesa, gozándose en el martirio de su amiga; pero ésta, levantándose airada,

--¡Basta!--la dijo.

--¿Por qué me interrumpes en ese tono?--preguntó la marquesa dulcificando el suyo y fingiéndose sorprendida.

--Porque tu conducta en este momento está siendo más vil que la de tu vil amigo al hacer lo que nos has referido.

--¡Isabel!...

--Sí, porque estás abusando villanamente del arma que ha puesto en vuestras manos una desdichada casualidad; porque estás sirviendo admirablemente los fines de ese infame calumniador, avezado á los triunfos fáciles que mujeres... como tú, le han procurado, haciéndole creer que todas somos lo mismo; porque estoy resuelta á no consentir que siga adelante esa criminal burla, y á hacer que comprendan los que hoy me difaman la diferencia que hay entre una mujer de honor y una despreciable... cortesana.

Verde, amarilla, azul, jaspeada se ponía la marquesa al oir á Isabel; quería contestar, y le faltaba la voz; quería imponerse con un ademán, y le faltaba el movimiento: estaba allí clavada, rígida como una estatua, condenada á oir sin replicar aquellos apóstrofos de acero.

Ramón desconocía á su cuñada; aplaudía en silencio su actitud, y comenzaba á creer en su inocencia.

Entre tanto, Isabel, no creyéndose satisfecha con lo que había dicho, cogió el malhadado aderezo, que aún estaba sobre su tocador, conforme le había dejado al quitársele la noche antes, y arrojándole en el suelo á los pies de la marquesa,

--¡Toma!--le dijo con ira y desprecio, mientras saltaba la alhaja hecha pedazos,--por si, creyéndola debida á tu adorador, es esa prenda la que mueve á esgrimir contra mí el puñal de tu despecho... ¡Pero vete, y no encones más con tu presencia los recuerdos del tiempo que he estado concediéndote una amistad que no merecías!

La marquesa, que seguía siendo, más que una mujer, un autómata, miró á Isabel como una hiena, y echando espumarajos por la boca, y lágrimas de rabia por los ojos, salió como una exhalación.

--¡Esto es demasiado, Ramón!--exclamó Isabel al quedarse sola con éste, dejando correr de nuevo el llanto por sus mejillas.

--Y ¡qué has de hacerle ya, desdichada?--la dijo Ramón vivamente conmovido.

--¡Cómo!--replicó Isabel fuera de sí.--¿Será posible que una mujer como yo no pueda demostrar su inocencia; que una mujer que no tiene que arrepentirse ni siquiera de un pensamiento indigno, haya de verse obligada á bajar su frente ante el mundo como una criminal? ¿Con qué justicia, Ramón?

--Con la de ese mismo mundo, Isabel, en que se confunden tan fácilmente las honradas con las perdidas.

--¡Es que yo desharé esas apariencias que hoy me condenan!

--No lo dudo; pero ¿cómo?

--No lo sé; pero necesito hacer algo con ese fin... Por de pronto, salir de aquí... ir á... ¿Me quieres acompañar, Ramón?

--Sin duda... Y ¿adónde vamos?

--¡Qué sé yo!

Y tiró del cordón de la campanilla. Presentóse un criado, y le mandó que pusiesen al momento un coche.

Mientras se vestía precipitadamente, recogía Ramón del suelo los pedazos dispersos del aderezo, y murmuraba al propio tiempo:

--¡He aquí un caudal despilfarrado, que, como todos los despilfarros y por castigo de Dios, no ha traído sobre el despilfarrador más que desventuras y tardíos arrepentimientos!

XIII

Veamos ahora qué hacía Carlos entre tanto.

Cuando se vió en la calle, y á pie, porque su afán no cabía en ningún carruaje, pensó que todos los transeuntes le señalaban con el dedo, y leían cuanto pasaba por su corazón. Con ésta y otras análogas preocupaciones, aceleró el paso, y en muy pocos minutos llegó á casa del vizconde. Hízose conducir á su presencia inmediatamente, y le halló departiendo con los dos personajes que habían ido poco antes á conferenciar con Ramón.

Al verle el vizconde enfrente de sí, sintió algo, como escalofrío, que subiendo del pecho le puso el semblante más pálido que lo de costumbre. No diré que aquello fuese señal de miedo, pero tampoco que se pareciese al color de la arrogancia.

Cuando dos hombres se hablan por primera vez, en las circustancias ordinarias de la vida, siempre la mirada del uno domina á la del otro, porque es muy raro que los dos valgan lo mismo, y desde aquel instante queda el dominado á merced de la razón del dominante. Cuando los que se encuentran son el juez y el reo, no hay para qué decir quién vence á quién. Por eso no digo yo cómo miraba Carlos al vizconde y cómo miraba el vizconde á Carlos.

--¿Me esperaba usted?--le preguntó éste con voz entera y en una actitud en que jamás se le había visto.

--No por cierto--respondió el interrogado, menos seguro de sí mismo.--Ningún asunto había pendiente entre nosotros, y ésta es la primera vez que he tenido el gusto de ver á usted en mi casa.

--Es que quizá me reservaba para pagar en una sola visita todas las que usted me ha hecho.

--No comprendo...

--Va usted á comprenderme.

--Advierto á usted que estos dos caballeros son de confianza.

--Me importa poco que lo sean ó dejen de serlo.

--Es que puede usted decir delante de ellos cuanto guste.

--Pienso que nos han de oir algunos más.

--Tampoco lo entiendo; pero, en fin, usted se explicará.

--Vengo á decirle á usted que necesito su sangre y su vida...

--Me permitirá usted que le advierta--observó muy mesuradamente el apostrofado,--en primer lugar, que no es usted con quien yo tengo que arreglar un asunto de esa especie; y, en segundo, que si usted insiste en hacer suya la cuestión de su hermano, aquí tengo dos personas de mi confianza: entiéndase usted con ellas, ó nombre otras dos que le representen, y cuando se hayan entendido me tendrá usted á sus órdenes. Entre tanto, hemos concluido.

Y dicho esto, el vizconde trató de salir del aposento afectando aires de altivez, que sólo contribuyeron á encender más la cólera de Carlos; pero éste le cerró el paso, mientras le decía enfurecido:

--Y yo, en cambio de esas advertencias, sólo tengo que repetir que, en cuestiones de honra propia, no delego mis poderes en nadie; que yo soy la ley, el juez y el ejecutor, y que no abrigue usted la más remota esperanza de que este compromiso pueda terminarse como tantos otros lances mal llamados _de honor_.

--Y yo insisto en que no tengo con usted ninguno pendiente.

--Es decir, que usted rehusa...

--Repito que no tengo satisfacción alguna que dar.

--Si no son satisfacciones lo que yo busco. Ya le he dicho que quiero arrancarle la vida...

--Pues yo no quiero, no debo proporcionarle á usted ese gusto sin un motivo justificado.

--¿Luego no es bastante el que usted conoce y aquí me trae?

--¡No!

--¿Ni éste tampoco?--dijo Carlos sacudiendo tan estupenda bofetada al vizconde, que le hizo caer hecho un ovillo entre un sillón y la puerta.

--¡Oh!--rugía el insensato al verse en tan humillante situación.--¡Mi revólver!... ¡Mis espadas!

Echáronse en esto sobre Carlos los dos, hasta entonces, mudos testigos de aquella escena. Levantóse el caído, y quiso, en un momento de exaltación nerviosa, arrojarse sobre su agresor; pero al hallarse otra vez con aquel rostro de mármol y con aquella mirada de acero, faltáronle los bríos, y corrido y acobardado cayó en brazos de uno de sus amigos, llorando como un niño.

--Bien le está llorar como una mujer á quien ofende como las víboras,--dijo Carlos mirándole con desprecio.

--Hasta aquí--observó entonces el que le sostenía,--hemos respetado la actitud en que respectivamente se iban colocando ustedes; mas desde ahora estamos resueltos á impedir todo género de violencias, indignas de dos personas que se precian de bien nacidas.

--Lo verdaderamente indigno--respondió Carlos con altivez,--es atacar traidoramente el honor ajeno, y buscar después la impunidad en la propia cobardía.