Chapter 19 of 21 · 3989 words · ~20 min read

Part 19

Al primero le largó un bufido que heló la plañidera retahila en su gaznate abierto. Más abajo le tendió su arrugada diestra una anciana que estaba sentada á la sombra de un árbol. Entonces el barón, que parecía no fijarse en nada, después de llevar una mano al bolsillo, acercóse á la pobre y depositó algo en su regazo remendado. Miré hacia ello quedándome dos pasos atrás, y vi que eran monedas de plata. ¿Fué casual la acertada distinción que hizo entre los dos pobres, ó es que la costumbre de dar muchas limosnas le ha enseñado á distinguir los buenos de los malos, con una sola mirada?

Ya en Santander, ofrecímosle billete para concurrir al _Círculo de Recreo_. Aceptóle, y acompañámosle por si quería ver sus salones y encrucijadas. Preguntónos por el de lectura, llevámosle á él, y no quiso visitar los restantes, especialmente el de juego; enteróse de la lista de los periódicos que se recibían allí, dió un vistazo á la biblioteca, y después de decirnos que en aquel departamento había más pasto para el cuerpo que para el alma (señalando respectivamente á la mesa de los papeles y á los estantes de los libros), salimos hacia la calle, sin mirar él siquiera á los que jugaban á la baraja á cuarenta grados de calor, entre nubarrones de humo de tabaco.

Cuando le dejamos á la puerta de la fonda en que se había hospedado, nos dió el índice, se descubrió toda la cabeza con la otra mano, y ofreciéndonos con un ademán fino y expresivo su habitación, trepó hacia ella... no sin haber estrellado antes, con un resoplido, contra el suelo del portal, el medio tabaco que le quedaba entre los labios.

--¡Vaya un tipo!--dije á mi amigo, llevándome las manos á los riñones, que me dolían de correr tras él.

--Le conocí en Madrid el año pasado--me replicó mi amigo,--y puedo asegurarte, por lo que deduje de sus hechos y lo que de él me contaron los que le conocían mejor que yo, que es hombre que vale mucho. Tiene gran experiencia del mundo, y un ojo sutilísimo para conocer y apreciar las gentes. Es bueno y generoso, hasta el punto de que sería capaz de arrojarse al fuego por sacar de él á su mayor enemigo.

Posteriormente tuve ocasión de ver que no eran exagerados estos informes de mi amigo.

El barón de la Rescoldera, con todos los desabrimientos y resquemores, externos, de su título, es realmente un hombre de positivo valer.

De él puede decirse, como en resumen, que, al revés de tanto farsante y de tanto bribón como vive y medra, á expensas de la pública credulidad, es _un hombre que no tiene palabra buena ni obra mala_.

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NOTAS:

[1] No existe ya, como tampoco la _cambera_ que se cita más adelante, la cual ha sido convertida en cómoda y espaciosa carretera.--(_Nota de 1888._)

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EL MARQUÉS DE LA MANSEDUMBRE

Llegó á los cincuenta años sin haber salido de Madrid y sus contornos. El Retiro, la Virgen del Puerto, y á lo sumo el Pardo, eran para él las mayores espesuras y fragosidades de la Naturaleza. El mar podría tener, en cuanto alcanzase la vista, diez, veinte... hasta cien estanques como el _Grande_, si se quería. Estanque más ó menos, ¿qué más daba? Del Manzanares al Saja, ó al Deva, ó al Ebro, ó al Guadalquivir, habría la diferencia de algunas cántaras de agua en verano; en invierno, ninguna. En cuanto á praderas, no serían más verdes ni más extensas las del Norte que las que contemplaba él desde el cerrillo de San Blas cuando el trigo comenzaba á crecer. La temperatura estival de la corte no le afligía gran cosa, porque, además de estar formado en ella, no conocía otras más agradables.

Por lo cual, y sin mujer que le pidiera veraneos, y sin hijas que exhibir en las provincias, metódico y rutinario, amén de enemigo irreconciliable de toda lectura que á viajes y á novelas transcendiese, ni una sola vez sintió la tentación de meterse en alguna de las diligencias que salían de Madrid á varias horas y por todas las puertas de la villa, durante el verano, entre muchedumbres de curiosos que envidiaban la suerte de los pocos mortales que abandonaban aquel asadero implacable, y eso que él era uno de los curiosos. Antes al contrario, se compadecía de aquella carne embutida entre los cuatro inseguros tableros de la diligencia; carne cuyo destino era harto dudoso, considerando los riesgos que afrontaba, echándose á rodar por cuestas y desfiladeros, durante media semana, y á merced de bestias y mayorales. ¡Cuánto más higiénicos y menos arriesgados eran los paseos matinales que él se daba por los alrededores del estanque de las Campanillas; ó vespertinos, junto al pilón de la Fuente Castellana!

Antes que el sol levantara ampollas, se encerraba en su casa, lo bastante grande, vieja y desamueblada, para ser, relativamente, fresca, y sustituía su traje de calle con un chupetín y unos pantalones de transparente nipis; y si esta precaución contra el calor no le bastaba, se quedaba en calzoncillos y en mangas de camisa. De un modo ó de otro, se pasaba el día contemplando sus queridos pececillos.

Porque es de advertir que el señor marqués tenía la pasión de los peces de colores, y hasta seis redomas de cristal llenas de ellos.

Cambiarles el agua, desmigar pan sobre ella á horas determinadas, y estudiar en un tratado especial la manera de conservarlos y reproducirlos, eran sus únicas ocupaciones de recreo.

Posteriormente, dos viajes á Aranjuez en ferrocarril le demostraron que podía meterse un hombre en estos rápidos vehículos, sin el riesgo infalible de romperse las costillas ó el bautismo; por lo cual, hasta se atrevió á prometerse á sí propio que tan pronto como hubiera una línea abierta hasta un puerto de mar, la aprovecharía para admirar los grandes peces en su propio y natural elemento.--«Porque desengañémonos--se decía,--no puede asegurar que conoce la merluza ni el besugo, quien solamente ha visto sus cadáveres embanastados en la plazuela del Carmen».

Y cumpliendo su promesa, tan pronto como la línea del Norte empalmó en Alar del Rey con la nuestra, armóse de valor y de dinero, y se plantó de un tirón en el famoso puerto del mar cántabro.

Si ha encontrado aquí lo que se prometían sus ilusiones, dígalo la puntualidad con que, desde entonces, viene cada verano á Santander.

Cansados estarán ustedes de conocerle. Es de corta estatura, muy derecho, enjuto de carnes, redondito de cara, risueño y corto de vista; son rubios los pocos pelos de su cabeza, y casi blancos los del recortado bigote. Gasta, en público, levita, corbata y pantalón negros, y chaleco blanco, sombrero de copa alta y anteojos con armadura de oro.

Tal es, repito, en público, su arreo, ó, mejor dicho, _en tierra_, y con él le habrá visto el lector, no en las alamedas, ni en el Sardinero, ni _en la sociedad_, sino en los embarcaderos de todos los muelles, desde Maliaño hasta Puerto-Chico, ó en camino de alguno de ellos, en los cuales no faltan nunca pescadores de caña ó de _aparejo_.

Tras ellos está siempre, estando en tierra, con las manos á la espalda, el bastón entre las manos, el cuerpo inclinado hacia adelante, y la vista inmóvil, fija en el corcho flotante ó en la sereña tendida.

--¡Quieto, quieto!--exclama á lo mejor, si nota que el corcho se mueve y el pescador se apresura á tirar.--Ésa es picada falsa... Ahora, ahora muerde... ¡Fuera con él!

Y si el pescado sale coleando en el anzuelo, lanza un ¡bravo!; y si el pez no es _pancho_, bate además sus manezuelas; y de todos modos, sean panchos ó lobinas lo que se pesque, él lo _destraba_, confundiéndose entonces, en un solo ovillo, el pez, las manos, las gafas y el anzuelo.

Semejantes intrusiones y familiaridades no dejaron de costarle al principio algún disgusto, pues no son siempre los pescadores de caña tan pacientes como la fama supone; pero, poco á poco, fueron éstos acostumbrándose á las _cosas del señor marqués_ (que, por otra parte, no peca de roñoso con _los del oficio_), y hoy todos le toleran y hasta le encuentran _devertido_ y _celebre_.

Mas no son éstas sus ocupaciones de carácter; quiero decir, que no viene para sólo eso el señor marqués á Santander.

Cuando llega, ya le está esperando una _barquía_ perfectamente limpia y carenada, con los necesarios útiles de pesca, incluso la _guadañeta_ para _maganos_.--Prefiere la barquía, porque teniendo todas las condiciones de seguridad de la lancha y todas las de ligereza del bote, es bastante más grande que el uno y de más fácil manejo que la otra.--Dos marineros, condueños de la barquía, están, como ella, á su disposición; y según que el marqués prefiera las _porredanas_ ó las _llubinas_, le conducen á la boca del puerto, ó á las _puntas de arena_ de la bahía, todos los días, infaliblemente, si el tiempo no está tempestuoso; pues por chubasco más ó menos, no deja él de embarcarse para estar en el sitio conveniente al apuntar la marea.

Ancho pajero y desaliñado y viejo vestido de lanilla, lleva para el sol; y por si llueve, amplísimo impermeable y enorme paraguas de mahón. Por supuesto, no falta el acopio de vino y de fiambres para él y los marineros, el día en que la marea tercia de modo que no puedan volver á comer á casa á la hora conveniente.

Durante la pesca, transige con que los marineros le _ceben_ los anzuelos ó le reemplacen con otra nueva una _tanza_ rota, ó le _desengarmen_ el aparejo, cuando éste se le enreda entre peñas ó en la caloca; pero se guardarán muy bien de tocar el pez que él saque preso en el hierrecillo traidor.

Un día quiso lanzarse á correr aventuras fuera del puerto, seducido por las pinturas que sus marineros le hacían del tamaño y abundancia del pescado en aquellas honduras: y salió, en efecto; mas apenas comenzó la barquía á mecerse en pleno mar, y á columpiarse desde «el lomo altivo al seno proceloso de las ondas» (como acontece allí, aun en las ocasiones en que se dice de la mar que está _como un plato_), pensó que la costa bailaba el fandango, _cambió la peseta_, y tuvieron los dos marineros que llevarle á puerto seguro, antes que se les quedara entre las manos.

Esta lección le sirvió para no intentar siquiera «el estudio del besugo y de la merluza en su propio y natural elemento», contentándose, hasta mejor ocasión, con el _anfiteatro_ de la Pescadería, donde los veía tan cadáveres como en la plazuela del Carmen, aunque un poco más frescos.

Por lo demás, entregándose, como se entrega, con verdadera embriaguez, al placer de la pesca menor, y poseyendo _el arte_ como cree él poseerle, es, durante la temporada, casi completamente feliz. Y digo casi, porque no ha podido adiestrarse mayormente en el manejo especialísimo de la guadañeta.

--Aquí hay algún misterio que yo no penetro todavía--dice con desconsuelo á sus remeros é instructores, cada vez que éstos, predicando con el ejemplo, van sacando maganos.--Esta pesca es _al vuelo_, digámoslo así: hay que robar más bien que pescar; y necesito yo estudiar, ante todo, la marcha y la estrategia de la banda.

Y estudia, en efecto; y cuando ya se le rinde la muñeca de tanto menearla, la caridad, sin duda, medio le traba un magano que, al salir al aire libre, le lanza á la cara toda la tinta, dejándosela más negra que la del negro Domingo, sin que falte su abundante rociada para la camisa y cuanto blanquea sobre su cuerpo. Pero como esta tinta es la sangre de aquellas batallas, lejos de creerse afrentado con el tizne, lúcele orgulloso al desembarco, y toma las risas de la gente por muestras de admiración á sus proezas.

Tal es el verdadero _punto negro_ de su felicidad; y eso que, generalmente, pesca poco, ó no pesca nada, si no se le cuentan como pesca tal cual dolor de cabeza, ó romadizo, que de esto no le falta, gracias á Dios, durante la temporada.

No hay para qué decir que es uno de sus grandes placeres obsequiar á las personas de su mayor aprecio con el producto de sus bregas de pescador. Que cuando no pesca habla de lo que ha pescado y de lo que piensa pescar, y que miente en la mitad de lo que habla entonces, también por sabido se calla. La afición desmedida á ésos y otros parecidos entretenimientos, lleva consigo esa pequeña debilidad. Que lo digan los cazadores, y no se ofendan por ello.

La temporada de este tipo concluye cuando los noroestes se hacen crónicos, y la bahía, incitada por ellos, dice que no tolera más bromas en sus aguas. Entonces, curtida su cara por las brisas y el sol, apestando su equipaje á brea y á parrocha, gratifica generosamente á sus dos camaradas de _campaña_, después de pagarles el alquiler de la barquía, y sale para Madrid con el temor de que han de parecerle siglos los meses del invierno, aunque lleno de satisfacción por haber cumplido ampliamente el propósito que le trajo á Santander.

Un dato muy expresivo, que se me olvidaba:

Le vi en una ocasión pararse delante de una tienda donde yo estaba sentado. Plantóse á la puerta; dió en las losas dos golpecitos con la contera de su bastón, en el que apoyó en seguida su diestra mano; oprimió suavemente con la otra sus gafas contra el entrecejo; carraspeó tres veces; levantó mucho sus cejas y los correspondientes párpados, como si se maravillara de algo, y exclamó, por todo saludo, encarándose con mi amigo, y también de ustedes probablemente, el dueño de la tienda:

--Señor don Juan: pic... pic... pic... pic... pic... pic... pic... (y marcaba cada uno de estos sonidos con la mano izquierda, unidos índice y pulgar). Siete veces picó, y yo quieto... quieto... quieto... Picadas falsas... Tú te clavarás... En efecto: un poco después, ¡zas!... ¡zas!... (y aquí frunció el ceño el buen señor, y marcó los golpes á puño cerrado)... Ahora muerdes, dije yo; y ¡rissch! tiro en firme... ¡Dos libras y media pesó! ¡Una porredana como un bonito!... Ayer tarde, á dos brazas de la _Horadada_... Esta noche tendemos el esparavel... Ya diré á usted la carnicería que resulte... Adiós, señor don Juan.

Y se fué.

Así conocí yo al inofensivo, al dulce, al apacible, al venturoso marqués de la Mansedumbre.

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UN JOVEN DISTINGUIDO (VISTO DESDE SUS PENSAMIENTOS)

I EN UN CUARTO DE UNA FONDA

No me digan á mí (_enfrente del espejo y en ropas menores_) que aquellos hombres de anchas espaldas y robusto pecho, que gastaban gabanes de acero y pantalones de hierro colado, eran el tipo de la belleza varonil... Serían, todo lo más, forzudos; pero ¿elegantes?... ¡bah!... Hay que desengañarse: es mucho más hermosa la juventud de ahora... ¿Qué hay que pedir á esta pierna larga y delgada, como un mimbre? ¿á este brazo descarnado y suelto, como si no tuviera coyunturas? ¿y á este talle que se cimbrea? ¿y á este pescuezo de cisne?... ¡Si no fuera por esta pícara nuez! Pero se me ha corregido mucho, y á la hora menos pensada desaparece por completo. De todas maneras, la cubriré con la barba... cuando la tenga... Y en verdad que sentiré tenerla, porque con ella perderá el cutis su frescura: ¡cuidado si es fresco y sonrosado mi cutis! ¡Si estuviera la cara un poco más llena de carnes y fueran los dientes algo más blancos y menudos!... porque con estos ojos rasgados, este bigotillo de seda y este pelo negro echado hacia atrás... ¡Qué hermosa frente tengo!... Y eso que no es muy ancha... Bien. Ahora el traje _amelí_ de _negligé_. ¡Qué bien cae el pantalón sobre los pies! Me gustan estas campanas tan anchas, porque tapan los juanetes. ¡Pícaros juanetes! ¿Por qué he de tener yo juanetes como un hombre vulgar?... No sé si me ponga el sombrero de paja á la marinera, ó el de fieltro. Como es por la tarde... Me decido por el de paja. No viste tanto, pero me va muy bien... Ahora los guantes de piel de Suecia, el bastón de espino ruso... y á la calle... Vaya antes una mirada general... ¡Intachable!... ¡Cómo se nos conoce en el aire á los chicos distinguidos!... ¡Por cierto que estos provincianos de Santander tienen un afán de arrimarse á uno!... y luego serán capaces de quejarse si se les da un desaire... Pues no me hace gracia esta corbata: no juega bien con el traje. La cambiaré... Afortunadamente tengo en qué escoger. Papá se propuso sin duda que en esta primera salida mía á provincias dejara yo el pabellón bien puesto, y nada me ha escaseado. Corresponderé, papaíto, á tus propósitos, y la fama te dirá luego quién es tu hijo. Así están más en armonía los colores; y hasta las puntas sueltas dicen mejor á este traje que el nudo armado... Probablemente me estarán esperando en el Sardinero Casa-Vieja, Monteoscuro, Pradoverde y Manolo Cascajares... y hoy me hacen suma falta para que me ayuden á averiguar quién es aquella hechicera y distinguida rubia que paseaba ayer tarde con las de Potosí. Cuando quise acercarme á ellas para saberlo, se metieron en un carruaje, y perdí la pista... Tres veces me miró, ¡tres! pero ¡con qué intención!... Lo raro es que yo no la conocía hasta entonces... Acaso ella me haya visto antes en alguna parte: esto es lo más probable... En lo que no cabe duda es en que las de Potosí la habrán dicho quién es papá: por consiguiente, tengo andada la mayor parte del camino, y mis relaciones con ella son seguras... Lo siento por el desengaño que van á llevarse mis dos conquistas del Muelle. ¡Pobres chicas! Pero ellas se lo han querido. Á la tercera vez que pasé bajo sus balcones, ya me devoraban con los ojos... Y el caso es que son muy bonitas... Si se conformaran con el segundo puesto que les corresponde en mi corazón. ¡Corazón! Pero ¿le tienes tú, acaso, joven voluble?... ¡Y ellas que aspiran á conquistar el primero! Tendría que oir lo que se dijera de mí en Madrid este invierno, si me presentara en el gran mundo con la historia de dos conquistas provincianas por botín de mi campaña veraniega. ¡Yo que soy uno de los chicos de moda y de más porvenir!... En fin, por de pronto martiricémoslas un poco, y enseñemos á estos cursis montañeses algo de lo que vale y puede un joven de la buena sociedad madrileña.

II EN LA CALLE

Antes de acometer el asunto principal de mi empresa de hoy, hagamos un poco de prólogo por el interior de la ciudad. Éntrome por la calle de San Francisco... ¡Vulgo, vulgo todo! Modistillas, horteras, traficantes que van y vienen, y algunas señoras cursis... Aquellos tres chicos con humos de elegantes van á querer arrimarse á mí... Haré que no los veo, poniéndome á mirar esta vidriera... Ya pasaron... Me carga esta gente por lo pegajosa que es... No sé por qué se les figura que el darle á uno billete para el Círculo, ó para los bailes de campo, les autoriza para tomarse ciertas libertades... Todos los que pasan á mi lado me miran. Dirán para sus adentros: «¡Qué chico tan elegante y tan distinguido! Ése es de Madrid...». porque se nos conoce á la legua... Se me figura que por más allá de San Francisco viene algo que no es vulgo... ¡Oh, fortuna! son las de Cascajares. Bien decía yo que ese aire no era de por acá. Voy á saludarlas...--Á los pies de ustedes...--Perfectamente, gracias...--Pues por aquí matando el aburrimiento...--Lo comprendo sin que ustedes me lo digan...--Ni tampoco sociedad...--Qué quieren ustedes, les falta _chic_...--También yo, en cuanto se marchen las amigas del Sardinero...--Creo que van primero á Ontaneda...--Y Pilar erisipela...--¡Qué maliciosas son ustedes!...--Y Manolo, ¿dónde anda?...--Entonces le veré en el Sardinero...--Á los pies de ustedes.

¡Qué amables, qué discretas y qué distinguidas! Pues tampoco yo he sido rana... ¡Aquello de la erisipela lo dije con una travesura y un retintín!... Á estos gomosos provincianos quisiera yo ver tiroteándose con las señoras del gran mundo. ¿Qué idea tendrán de él aquí? ¡Pobre gente!

Pues, señor, esta región ya está explorada. Ahora al Muelle. Allí lanzaré un par de flechazos á mis dos montañesitas, y en seguida tomo el tranvía para el Sardinero. De más tono sería un carruaje abierto, en que fuera yo recostado con esa indolencia voluptuosa que tan bien me va; pero no hay que hablar de eso en este pueblo atrasadísimo... Echo por los atajos para llegar primero.

¡Oh, qué brisa tan oportuna corre por aquí!... ¡Cómo juguetea con mis cabellos y con las puntas sueltas de mi corbata!... ¡Debo de estar hermosísimo en este instante!... Andaré un poco más de prisa, no se figure algún mentecato indígena que la Ribera ni las que en ella viven son capaces de llamar mi atención... ¡Voy de paso, sí, señores, nada más que de paso!... aunque demasiado conocerá la gente que, á estas horas, no puede venir por aquí con otro objeto un chico distinguido de Madrid.

Me parece que aquel mirador es el de una de ellas. Justamente... ¡como que está esperándome en él!... Pero no está sola... ¡Anda! pues es _la otra_ quien la acompaña. Serán amigas... Tanto mejor: así despacho de un solo viaje. ¡Hermosa carambola voy á hacer con cada mirada!... ¿qué digo carambola? la discordia es lo que van á producir mis miradas, como la manzana del otro... ¡Suerte más provocativa!... Vayan, ante todo, un par de estirones de puño, haciendo, de paso, como que el sombrero me sofoca, para meter los dedos entre el pelo... Á esos dos provincianillos que vienen por la otra acera, les haré un saludo desdeñoso; y dirán las chicas: «¡con qué desdén tan distinguido los trata! ¡cómo los domina!...». ¡Agur!... ¡Qué fachas van!... Las del mirador me han visto... Pues allá va la mirada... Ya la pescaron... Me miran de reojo y se sonríen y cuchichean. ¡Cómo disimulan la una con la otra! Luego será ella, cuando tratéis de ver quién se le lleva. Para vosotras estaba, inocentes... La verdad es que son monísimas... ¡Válgame Dios, qué estragos podía yo hacer en este pueblo si me lo propusiera! No miro á una que no me corresponda... Otro golpe de brisa. Todo me favorece hoy. ¡Es que estoy graciosísimo con estas arremetidas del aire!... Antes de perder de vista el mirador, voy á volver la cara... ¿No lo dije? Devorándome están con los ojos... Y para disimular más, se meten corriendo en casa, haciendo que ríen á carcajadas... ¡De cuánto fingimiento es capaz la mujer! Pues, señor, este fruto está ya sazonado; y aunque sea para entreplato, se aprovechará.

El _Suizo_. Con la disculpa de buscar á alguien, voy á darme un par de golpes de espejo... Perfectamente. ¡Qué hermoso estoy esta tarde!... Es que nunca ha sido mi cutis más blanco, ni han tenido mis ojos más hechicera languidez. ¡No me extraña que las del mirador hayan quedado fascinadas!... ¡Es mucho ese Madrid para chicos distinguidos!

Ahora, á tomar el tranvía y buscar á mi gente al Sardinero... ¡Ah, rubia! te compadezco...

Me cargan á mí estos tranvías de provincia, por la morralla que va en ellos... Por supuesto que, como de costumbre, tendré que ir de pie en la imperial, porque en el interior es un poco pesado llevar tanto tiempo el ceño fruncido y la cara de asco... Y de otro modo no puede ir un chico distinguido como yo. Arriba, con la disculpa de mirar al mar, puede uno siquiera volver la espalda á todo el mundo sin violencia y sin que choque... Debería haber departamentos especiales en estos carruajes.

III EN EL SARDINERO