Part 5
Cómo se pondría la vanidosa señora al entender que no solamente no existía ya la alhaja en venta, sino que la había adquirido Isabel, y por mediación del vizconde, adivínelo el lector. Todos sus talentos de mujer de mundo, todo su _don de gentes_, toda su experiencia en el trato de ellas, fueron necesarios para que no cometiera aquella noche cien inconveniencias al «hacer los honores» de su casa. Iba y venía sin tregua ni sosiego, aunque risueña y cortesana siempre, sus ojos lanzaban fuego y su lengua era un cuchillo. Observándola bien, había en ella, como diría un imitador ramplón de las extravagancias de Víctor Hugo, algo del viento que zumba, algo de la pólvora que se inflama, algo del perro que muerde... sobre todo cuando recibió á Isabel y la vió engalanada con el fatal adorno. Centellearon sus ojos, y al estrecharla las manos con exagerada pasión, cualquiera diría que pulverizaba entre sus dientes las duras piedras del aderezo.
Isabel, que se gozaba en aquel martirio, hízole la presentación de su cuñado; recibióle ella con la burla más fina y más punzante que pudo proporcionarla su deseo de vengarse de algún modo de la hermosa dama; y tomando de la mano al impávido lugareño, llevóle de persona en persona á todas las de la reunión, presentándole como «un hermano político de Isabel, que acababa de llegar de su pueblo».
Importábanle muy poco á Ramón aquellas exhibiciones ridículas, puesto que las aprovechaba para recorrer mejor todos los rincones de la casa en busca del objeto que á ella le había conducido: el vizconde. Le había visto una sola vez, pero estaba seguro de que le conocería donde quiera que le hallara. Así es que cuando la condesa, acabada la burlesca revista, le soltó de su mano, Ramón, convencido de que el vizconde no se hallaba aún en la casa, sólo se cuidó de elegir en ella un punto desde el cual pudiera observar la llegada de aquél.
Y llegó, en efecto, á las altas horas, seguido de una pequeña corte de admiradores, invadiendo el salón principal como terreno conquistado.
Conocióle en el acto Ramón, y disimulando cuanto pudo sus intenciones, púsose sobre sus huellas y procuró no perderle de vista un solo momento.
Nada de particular observó en mucho tiempo, sino algún que otro rumor al pasar, referente á cierto chasco dado á la condesa, y alguna que otra mirada al adorno de Isabel; rumores y miradas que convertía al punto en substancia la aprensiva obcecación del sencillo aldeano. Su cuñada, entre tanto, aunque objeto, como siempre, de las atenciones de todos, no fijaba su conversación con nadie, y el vizconde mismo no había hecho más que saludarla, como á otras muchas personas.
Continuó la reunión con sus peripecias de carácter; y al llegar el cansancio y el hastío, que son dos de ellas, fuéronse replegando á las orillas muchos tertulianos que antes parecían no caber en el salón entero ni tener, en todas las de la noche, horas suficientes para gastar los bríos que llevaban.
De estos retirados eran el vizconde y sus amigos, que se habían colocado á la embocadura de un gabinete. Ramón se instaló en el gabinete mismo, ocultándole los pliegues de la cortina á las miradas del primero, y no tardó en advertir que los calaveras, vamos á decir, colmaban de felicitaciones y plácemes á su jefe, que éste recibía con afectada solemnidad, como un héroe las coronas. Llamábanle «Cid de los salones», «Sansón de toda esquivez», «rey de la reina» y otras cosas semejantes; respondía á todas el _laureado_, que «había cumplido su palabra»; que «las montañas más altas tienen, tanteadas de cerca, algún sendero por el cual son accesibles», y así por el estilo.
Hasta allí, el diálogo, aunque muy malicioso é intencionado, era soportable para el que le escuchaba afanoso detrás de la cortina; pero bien pronto salió á relucir el nombre de Isabel con todas sus letras, y entonces sintió Ramón una cosa dentro de sí con la cual no contaba. Zumbáronle los oídos, y una nube sangrienta le obscureció los ojos. Había ido á aquella casa con el único objeto de observar, y veía venir sobre su temperamento impresionable algo que iba á poder más que su resignación.
Tras el nombre de Isabel vinieron al diálogo las alusiones tan claras como injuriosas, y, por último, se evocó, por el mismo vizconde, con burla sangrienta, el de Carlos, «pacientísimo marido y predestinado borrego».
Al oir esto, Ramón no pudo sufrir más: ciego de ira, aunque conservando todavía una sombra de respeto al sitio en que se hallaba, cogió al vizconde, que hablaba desde el salón, por los faldones del frac; le metió de un tirón en el gabinete, y cuando allí le tuvo, le sacudió las dos bofetadas más sonoras que ha oído el presente siglo.
Terciaron los circunstantes, sujetaron al agresor, y empezaron en las inmediaciones los comentarios de costumbre: atribuyóse el lance por unos á alguna burla hecha por el vizconde al desentonado personaje; por otros á una disputa sobre política... por todos á todo menos á la verdad.
Entre tanto salió Ramón á la sala, no antes que la noticia del lance; buscó á Isabel, y al hallarla la soltó al oído un «vámonos de aquí» tan acentuado, tan entero, tan exigente, que no la permitió ni el tiempo necesario para avisar á la marquesa, que estaba lejos de ella.
Ya en el coche los dos, Isabel, que conocía algunos pormenores del suceso, atribuido por el rumor á una broma de mal género que se había querido dar á su cuñado, se atrevió á preguntarle:
--¿Y qué es lo que te ha ocurrido?
--Nada que pueda interesarte... por ahora,--respondió secamente Ramón.
No volvieron á hablar una palabra más en el trayecto que recorrieron juntos.
Al llegar á casa, preguntó Ramón por Carlos, y supo que estaba recogido ya. Dió las buenas noches á Isabel, y se encerró en su cuarto.
Arrojó lejos de sí el vestido opresor de etiqueta, sustituyéndole con el suyo cómodo y holgado; comenzó á pasearse como una fiera en su jaula, y de este modo pasó más de dos horas. Al cabo de ellas, rendido por su propia agitación más que por el sueño, tendióse vestido sobre la cama, y así dejó correr la noche.
¡Jamás le pareció otra más larga ni más penosa! Todo su afán era que viniera el día para hablar con Carlos.
VIII
Tan pronto como vió penetrar un rayo de luz por las vidrieras, saltó de la cama, dejó su habitación, se fué derecho á la de su hermano, en la cual entró sin anunciarse de modo alguno, y no se sorprendió poco cuando halló á Carlos paseándose y con señales de haber dormido tanto como él.
Al verle así, no tuvo valor para decirle de pronto toda la verdad. Sin embargo, juzgó preciso decírsela de alguna manera.
Carlos, por su parte, no pudo disimular el dolor que le causó la tan temprana visita de su hermano, cuyo aspecto sombrío no revelaba ninguna noticia tranquilizadora.
--Vengo--dijo Ramón por todo prefacio,--á que echemos un párrafo, y te ruego que te sientes.
Carlos se dejó caer como una máquina en un sillón, mientras su hermano se sentaba en otro á su lado.
El infeliz abogado se hallaba en la situación moral del reo á quien van á leer la sentencia que puede llevarle al patíbulo. El único resto de fuerza que le quedaba le empleó en sonreirse por todo disimulo. Después exclamó en son de broma:
--Bien está lo del párrafo; la hora es lo que me choca un poco.
--Pues no debe chocarte--repuso Ramón.--He dormido mal, porque no estoy acostumbrado á fiestas como la de anoche; y, por otra parte, ayer me autorizaste implícitamente, puesto que madrugas tanto como yo, á que entrara en tu aposento si me encontraba aburrido y solo en el mío.
--Corriente. ¿Y qué quieres decirme?
--Quiero... insistir en mis trece: en que eres poco venturoso.
--¡Otra vez!
--Otra vez y ciento.
--Pues yo insisto en que te equivocas... y te suplico que no volvamos á hablar del asunto. Soy rico, tengo algún nombre, Isabel es bella... en una palabra, tengo hasta el derecho de que se me crea feliz.
--Todo lo tienes, en efecto, menos una mujer que lea en tu corazón y se amolde á tus hábitos.
--Ya te he dicho que Isabel...
--Isabel no te comprende, ó, por mejor decir, no se toma la molestia de estudiarte. Tú te desvelas, tú consumes la vida miserablemente por ella; y ella, entre tanto, triunfa y despilfarra, y jamás tiene en sus labios una palabra de cariño en pago de tu abnegación.
--Pero Isabel es muy honrada...
--Y por ventura, ¿te atreverás á asegurarlo? ¡Harto hará si lo parece!
--¡Ramón!...
--No te amontones, y escúchame: tu mujer vive en una atmósfera en que la vanidad, la lisonja, las rivalidades del lujo y la coquetería entran por mucho, si no por todo; tu mujer es libre en esa atmósfera, como el pájaro en la suya; en esa atmósfera vive perpetuamente la seducción, y tu mujer es muy hermosa. ¿Tendría nada de extraño que, mientras tú duermes descuidado en la soledad de tu casa, tendieran en la del vecino redes á tu honra? ¿Y sería tu honra la primera que ha sido presa en esas redes?
--¡Por caridad, no me atormentes más!
--¿Luego lo crees posible?
--Sí--exclamó Carlos con voz terrible y con los puños crispados, dejando ya todo disimulo;--hay momentos en que hasta eso creo, y... ¡sábelo de una vez! padezco horriblemente. Mi dignidad, mi carácter, la gratitud que debo á su padre, el amor que he llegado á sentir por ella, su desvío aparente ó cierto hacia mí, su sistema de vida, el mundo, mi conciencia, mis deberes... todo esto junto, en revuelta y agitada lucha, es un puñal que tengo clavado en el corazón, y me va matando poco á poco.
--¡Desdichado! ¿Y por qué no le arrancaste?
--Porque no pude... ni puedo.
--Eres un niño débil, Carlos, y esa debilidad no te la perdonará Dios, ni el mundo tampoco.
--Y ¿qué he de hacer?
--¿Qué? Tener carácter. Tenle una vez, si aún es tiempo, ó te pierdes.
--¡Ay, Ramón!--exclamó Carlos con amargura:--eso mismo me lo digo yo cien veces al día; pero al llegar el momento decisivo; al recurrir á mi carácter; al imponerme con mi autoridad y mis derechos, me faltan las fuerzas, y, te lo confieso, hasta llego á creer que soy yo el reprensible, porque no me ajusto á sus costumbres.
--Pero ven acá, alma de Dios--dijo Ramón, ensañado contra aquella inaudita manera de discurrir.--¿No has pensado nunca en que lo que es hoy en Isabel un descuido, hijo de la agitación en que la trae el mundo, podrá trocarse mañana en indiferencia, y otro día en olvido, y después en desprecio... y, por último, en una afrenta para ti, porque ya no será el recuerdo de sus deberes ni el de tu honra valladar suficiente de su virtud, si hay quien sepa asediarla?
--Pero ¿por qué insistes tú con tan horrible tenacidad en ese tema, pregunto yo á mi vez?--repuso Carlos con mal reprimida desesperación.
--Porque me enciende la sangre el ver cómo te desvives por contemplar á tu mujer, y cómo haces traición á tu carácter y á tu talento para disculparla, cuando yo tengo pruebas de que Isabel... no lo merece.
Al oir esto Carlos, pensó ver abierto á sus pies el abismo de todos los dolores y de todas las afrentas. Faltáronle las fuerzas y el valor para preguntar cuanto le ocurría en su natural deseo de descubrir la amarga y temida realidad, y sólo pudo decir con voz ahogada, y mirando á su hermano con expresión de anhelo, de angustia, de horror y de esperanza, todo junto:
--¡Pruebas!... ¿De qué?
Ramón se disponía á responder algo que fuera la verdad, sin lo cruel de la verdad misma, cuando apareció un criado anunciando la llegada de dos personas que deseaban hablarle con urgencia, y no pudo menos de bendecir en sus adentros aquella casualidad que alejaba un poco más el momento de dar á Carlos el golpe fatal. Carlos, por el contrario, la maldecía, porque á la altura á que habían llegado las explicaciones, no podía permanecer más tiempo sin conocer la verdad. Entre tanto, uno y otro extrañaban aquella visita, supuesto que Ramón, fuera de su familia, no conocía á nadie en Madrid.
De pronto asaltó á éste el recuerdo del lance de la noche anterior, y antes que Carlos pudiera adquirir la menor sospecha, se levantó rápido y se hizo conducir por el criado á la presencia de los dos visitantes.
IX
--¿Es reservado lo que ustedes tienen que decirme, caballeros?--les preguntó sin más saludos.
--Cabalmente,--le contestaron.
--Entonces, pasemos á mi cuarto.
Y en él los introdujo, cerrando después cuidadosamente la puerta.
Carlos, mientras esto sucedía, estaba en ascuas. En ciertas situaciones de la vida, todos los ruidos, todos los movimientos, todos los colores, todo lo imaginable responde á un mismo objeto: al objeto de la preocupación que nos domina. Aquellos dos personajes preguntando por su hermano, á quien nadie conocía en Madrid; su ida «al mundo», su inesperada é intempestiva visita á su cuarto, la interrumpida conversación, todo esto era muy grave y todo le parecía íntimamente ligado con la tempestad que destrozaba su alma desde la noche anterior, y más especialmente desde las últimas palabras que le había dirigido su hermano. Ciego y desatentado salió tras él, vióle encerrarse en su cuarto con los dos recién llegados, á quienes tampoco conoció, y pareciéronle siglos los minutos que duró la secreta entrevista.
Veamos lo que pasó en ella.
Tan pronto como se sentaron los tres, dijo Ramón:
--Sírvanse ustedes manifestarme cuál es el objeto de su venida, pues yo no tengo el gusto de conocerlos.
Los desconocidos eran personas de gran pelaje: mucho gabán, mucha patilla, mucho guante, mucho olor á pomada y afeites, y, sobre todo, mucha afectada lobreguez de fisonomía.
Uno de ellos respondió á Ramón después de carraspear:
--Usted, caballero, no habrá olvidado el lance de anoche.
--¡Ni mucho menos!--exclamó ingenuamente Ramón.--Pero juraría que no les había visto á ustedes ni á cien leguas de él.
--Es lo mismo para el caso--dijo el otro en tono muy lúgubre.--Nosotros no venimos aquí por nuestra propia cuenta, sino por la del señor vizconde del Cierzo.
--¿Y qué se le ocurre tan temprano á ese señor?
--Lo que es natural que se le ocurra después del suceso de anoche.
--Pero como lo más natural en ese caso sería un dentista, y yo no lo soy...
--Nos permitirá usted que le advirtamos--dijo el hasta entonces silencioso embajador,--que hay ocasiones en que ciertas bromas no están justificadas.
--Respondo sencillamente á la observación que me ha hecho este otro caballero--replicó Ramón;--y como hasta ahora nada me han dicho ustedes que exija mayor solemnidad, no veo por qué ha de tomarse á broma mi respuesta.
--Pues bien--dijo el señalado por Ramón,--para abreviar y para entendernos de una vez: venimos de parte del señor vizconde del Cierzo á pedir á usted una satisfacción.
--¡Satisfacción á mí!--exclamó Ramón haciéndose cruces.--¿Por qué y para qué?
--Por lo ocurrido anoche, y para vindicar sin honor nuestro representado.
--¿Les ha dicho á ustedes ese señor por qué le abofeteé yo?
--Lo sabemos perfectamente.
--¿Y aún se atreve á pedirme satisfacciones?
--Es natural.
--¡Natural! ¿Por qué ley? ¿Con qué criterio?
--Por la ley que rige en toda sociedad decente, y con el criterio de todo el que se tenga por caballero.
--Pase la decencia de esa sociedad, siquiera porque estuve yo en ella; en cuanto á que el vizconde sea un caballero, lo niego rotundamente.
--Señor mío--exclamó el más soplado de los dos representantes,--hemos venido aquí á pedir á usted cuenta de un agravio hecho públicamente á un caballero, y no es esa respuesta la que á usted le cumple dar.
--Efectivamente; pero la doy porque la que procede no puedo dársela más que al interesado, que se ha guardado muy bien de ponerse á mis alcances.
--Es decir, que rehusa usted...
--¡Pues no he de rehusar?
--En ese caso, nombre usted otras dos personas que se entiendan con nosotros.
--¿Para qué?
--Para arreglar los términos en que usted y el señor vizconde...
--¿De cuándo acá necesito yo procuradores para esas cosas?
--Desde que no están autorizados los duelos sin ese requisito.
--¡Acabaran ustedes con mil demonios!... ¡Conque se trata de un duelo?
--Como usted se resiste á dar una satisfacción cumplida...
--Vamos, es ésa la costumbre... Y no extrañen ustedes ésta mi ignorancia, porque allá, en mi pueblo, no se gastan tantas ceremonias para romperse el bautismo dos personas que desean hacerlo.
--Ya lo suponíamos. De manera que, ahora que está usted al corriente de todo, no se resistirá á nombrar esas dos personas...
--Respecto á eso, señores míos, lo mismo que antes.
--¿Es decir, que tampoco quiere usted batirse?--dijo el emisario de más aire matón, mirando al desafiado con un poquillo de menosprecio.
--En manera alguna,--insistió Ramón muy templado.
--Me parecía á mí--objetó con desdeñoso gesto,--que cuando se abofeteaba á un hombre en público, habría valor suficiente en el agresor para responder más tarde con las armas en la mano.
--Poco á poco, señor mío--saltó Ramón muy amoscado.--Tengo mi opinión formada sobre eso que se llama entre ustedes _lances de honor_, opinión que no juzgo necesario exponer ahora; mas esto á un lado, y aún considerada la cuestión con el criterio de ustedes, creo que el único hombre que no tiene derecho para acudir á ese terreno es aquél á quien, como al vizconde, abofetea otro por haberle infamado cobardemente, y por lástima no le mata.
--¡Rancias ideas!...--exclamaron riendo ambos padrinos.
--Y ¿á quién hace usted creer--añadió uno de ellos,--que rehusa un lance por eso y no por otra cosa peor?
--¿Y á mí qué me importa que se crea ó que se deje de creer?--contestó Ramón con la mayor naturalidad.--Lo que puedo asegurar á ustedes es que á media vara de mis barbas no se reirá nadie de mí sin que le meta yo las suyas hacia adentro... Y esto les baste á ustedes.
--Ya se ve, cada uno tiene de su propia honra la idea que mejor le parece, por más que...
--¿Por más que, qué?--preguntó Ramón muy en seco.
--Por más que á la sociedad no le parezca tan bien.
--En pocas palabras, caballeros, y por si á ustedes les va pasando por la cabeza que puede ser miedo lo que me hace hablar así. Que tengo el corazón en su lugar, lo he visto ante cien peligros algo más graves que el que ofrece el cañón de una pistola de desafío, que acierta una vez por cada ciento que dispara; y en cuanto á lo demás... sin jactancia, no sería para mí, ni siquiera empresa difícil, echar á cada uno de ustedes por el balcón, ó á los dos juntos si me pusieran en ese caso.
--¡Caballero!--exclamaron los dos embajadores poniéndose muy foscos y de pie.
--Aseguro á ustedes--se apresuró á decir Ramón con la mayor ingenuidad,--que no he dicho eso en son de amenaza, ni mucho menos, sino para indicarles de algún modo que no es miedo ni debilidad lo que me domina... y para que les vaya sirviendo de gobierno.
--Pues bien--observó uno de los padrinos más dulcificado en tono y en gesto,--quiere decir, que usted ni da satisfacciones ni acepta un lance.
--Cabales.
--De manera que implícitamente autoriza usted á nuestro representado para que, donde quiera que le encuentre, pueda declararlo así...
--Su representado de ustedes--dijo Ramón ya muy cargado,--puede hacer eso y cuanto guste, porque corre de mi cuenta arrancarle á bofetadas los dientes que le dejaron en la boca las dos de anoche, donde le encuentre, con eso... y sin eso.
Miráronse los padrinos y no con gesto de burla; fingieron lamentarse del mal éxito de su cometido, porque conocían el carácter del señor vizconde y _temían las consecuencias_, y salieron haciendo reverencias á Ramón, que los condujo á un medio trote hasta la escalera, por temor de que oliera algo Carlos, que andaba rondando por las inmediaciones.
X
Reunidos otra vez los dos hermanos, enardecido más y más Ramón con la escena en que acababa de figurar, é inquieto como nunca Carlos con lo que aquél le había dicho al separarse de él, se hacía indispensable para ambos una explicación terminante de todo lo ocurrido. Bajo tal supuesto, Carlos dijo á su hermano, despojándose ya de todo miramiento:
--Ramón, no puedo dudar de lo entrañable del cariño que me tienes. Pues bien: ese cariño y el interés que, como nacido de él, debe inspirarte mi felicidad, te ponen en el caso de decirme, sin duelo ni consideración, _cuanto pasa_. Si lo que pasa es grave, para poder obrar yo en consecuencia; si son aprensiones mías, para mi tranquilidad... ¡Todo menos esta situación de horribles temores! ¿Qué significa esa visita; qué las últimas palabras que me dijiste al ir á recibirla; qué tu ida inesperada á la sociedad... qué, en fin, tantos otros sucesos raros que estoy observando desde ayer?
--Nada... y mucho--respondió Ramón, que siempre temía herir demasiado directamente el corazón de su hermano.--Nada, si aún es tiempo de atajar el mal en su progreso; mucho, si lo que he visto no son amagos, sino la enfermedad misma.
--Pero ¿qué has visto?--preguntó Carlos con ansiedad.--¿No reparas que en la situación en que se encuentra mi espíritu, más daño que la realidad misma me hacen los miramientos con que me la ocultas?
--¡Tienes razón, voto al demonio!--dijo Ramón conmovido.--¿Á qué tantos rodeos ni preparativos cuando el enfermo puede morirse entre tanto? Escucha. Las dos personas que acaban de estar conmigo, venían á pedirme una satisfacción en nombre del vizconde del Cierzo; esa satisfacción me la pedía el vizconde porque anoche le di dos bofetadas en casa de la condesa de Rocablanca, ó negra, ó verde, ó como se llame; le pegué las dos bofetadas allí, porque le oí jactarse de merecer de Isabel más atenciones de las que á tu honra convienen; se jactaba de ello, porque Isabel lucía unos diamantes que le había regalado él aquel día; y, por último, fui yo á la reunión aquélla, porque, después de sorprender por la mañana el regalo en tu propia casa, vi por la noche que Isabel le llevaba á la fiesta, lo cual era señal de que le aceptaba de buen grado, y quise ver en qué términos daba tu mujer á ese hombre las gracias que, por lo visto, le había prometido. Ésta es la historia compendiada de los sucesos. He aquí ahora la prueba del más grave.
Y esto dicho, Ramón, sacándole del bolsillo, puso en las manos trémulas de Carlos el billete que había encontrado en el estuche del aderezo.
Á medida que el primero iba acercándose al fin de su relato, se producía una notable transformación en el ánimo de Carlos.