Chapter 17 of 21 · 3785 words · ~19 min read

Part 17

--No lo crea usted... y por algo se dijo que «por lo más obscuro amanece». Hablando yo de estas cosas, á los tres días, con un compañero de posada, me dijo que él también había rodado mucho por el mundo buscando la salud, y que no la había encontrado hasta que se la dió un curandero ¡pásmese usted! un remendón que trabaja en un portal de esta misma ciudad. ¡Y decir á Dios que hay médicos que gastan coche! Pues, señor, que me alegró la noticia, que me animé y que fuí á consultar con el curandero... ¡Le digo á usted que es preciso verlo para creerlo! No hizo más que saber que yo estaba enfermo, y sin dejarme hacerle historia alguna de la enfermedad, me estiró los brazos hacia adelante, me juntó las manos, y poniéndome una de las suyas en la boca del estómago, me dijo:--«Usted tiene toda la maleza en el arca, motivado á que los güétagos se han arrimado mucho al padrejón, á causa--¡esto es lo más asombroso!--de que las dos paletillas no encajan bien en el espinazo...». Pues en esto, señor mío, no ha dado hasta hoy ningún facultativo.

--Lo creo sin dificultad. ¿Y qué remedio le dió para tan complicada enfermedad?

--Uno que me parece tan sencillo como cuerdo: dos parches y un haz de yerbas. Uno de los parches me coge desde la nuca hasta la curcusilla; el otro es para encima del estómago.

--¿Los tiene usted puestos ya?

--No, señor: los llevo para ponérmelos en cuanto llegue á casa; porque, tan pronto como me bizme, tengo que meterme en la cama y estar en ella veintisiete días, boca arriba, sin moverme.

--¿Y las yerbas?

--Las yerbas son para cocerlas. De este cocimiento he de tomar, mientras esté en la cama, dos azumbres por la mañana y otras dos por la tarde. De este modo dice el curandero que romperé en aguas abundantes, y que á la vez que con ellas sale toda la maldad, con los parches fortificaré el estómago y entrarán en sus propios gonces las paletillas... Conque sírvase usted darme lo que me resta del crédito que traía, porque ya me parece que tardo en llegar á casa para ponerme en cura, y mande lo que guste para aquellos señores.

--¿Resueltamente va usted á ejecutar el plan del curandero?

--Como estamos aquí los dos.

--En ese caso, venga un abrazo... y apriete usted bien.

--¿Por qué tan apretado?

--Por si no volvemos á vernos.

[Ilustración]

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UN DESPREOCUPADO

Se da un aire á todos los hombres que conocemos ó recordamos, de escasa talla, comunicativos, afables sin afectación ni aparato, limpios y aseados, que siempre parecen jóvenes y llegan á morirse de viejos sin que nadie lo crea, porque hasta el último instante se les ha llamado _muchachos_ y por tales se les ha tenido; hombres, por el exterior, insignificantes y vulgares hasta en el menor de sus detalles; hombres, en fin, de todos los pueblos, de todos los días y de todas partes.

Se llama Galindo, ó Manzanos, ó Cañales, ó Arenal... ó algo parecido á esto, pero á secas; y á nadie se le ocurre que tenga otro nombre de pila, ni él mismo le usa jamás.

--¡Ya vino Galindo!--se nos dice aquí un día al principiar el verano.--Y cuantos lo oyen saben de quién se trata, como si se dijera:

--Ya llegaron las golondrinas.

Tiene fama, bien adquirida, de fino y caballero en sus amistades y contratos, y no se ignora que vive de sus rentas, ó, á lo menos, sin pedir prestado á nadie, ni dar un chasco á la patrona al fin de cada temporada; y esto es bastante para que hasta los más encopetados de acá se crean muy favorecidos en cultivar su trato ameno.

Al oirle hablar de las cinco partes del mundo con el aplomo de quien las conoce á palmos, tómanle algunos por un aristocrático Esaú que ha vendido su primogenitura por un par de talegas «para correrla»; quien por un aventurero osado, sin cuna ni solar conocidos; quien por antiguo miembro del cuerpo consular, ó diplomático de segunda fila... Pero lo indudable es que ha viajado mucho, y con fruto; y que no teniendo en su frontispicio pelo ni señal que no sean comunes y vulgares, no hay terreno en que se le coloque del cual no salga airoso, cuando no sale en triunfo.

Tampoco, mirado por dentro, posee cualidad alguna que brillante sea.

No es elocuente, no es poeta, no es artista: no es perfecto ni acabado en nada.

Pero, en cambio, tiene un poco de todo... y algo más: es, por de pronto, un estuche de _cosas_. En manejarlas á tiempo consiste su habilidad.

Con ella y con su impenetrable _cara de vaqueta_, en su boca no se distingue la verdad de la mentira, y eso que las echa gordas; y en cuanto á sus _cosas_, ni es avaro ni despilfarrador de ellas; quiero decir, que ni es entremetido ni se hace rogar mucho. Como los buenos músicos, entra en el concierto en que hace falta, cuando le corresponde: ni antes ni después.

Cuando, por primera vez y solo, se presenta en una tertulia, nadie frunce el ceño ni le pregunta con gestos ó con palabras: «¿Qué busca usted por aquí?» Antes bien, se le recibe con palio y se le dice, entre sonrisas y agasajos:

--¡Oh... Galindo! ¡Acabará usted de llegar!

Ni más ni menos que si se le esperara y fuera antiguo contertulio de la casa. Y desde el mismo instante, Galindo es el alma de aquellas reuniones.

Una noche falta quien toque el piano para bailar. Galindo no conoce una nota de música; pero sabe de oído unas cuantas piezas de baile, y se sienta en el banquillo, y araña el teclado, y toca lo que se necesita.

No tiene voz ni condición alguna de cantante; y cuando llega el caso, acompañándose él mismo al piano, suelta un par de canciones picarescas, de acá ó de allá, que alborotan la reunión.--Si se trata de hacer coplas, nadie le gana á hacerlas pronto y al caso, aunque le ganen todos á poeta.

Que no se baila, ni se canta, ni se hacen coplas, y la gente se agrupa en los gabinetes, medio aburrida, medio soñolienta.--Allí está Galindo para reanimar los decaídos espíritus. Para entonces son las anécdotas frescas, ó los recuerdos de Calcuta ó de Constantinopla. Y tras esto y un sinnúmero de mentiras verosímiles sobre las mujeres del Cáucaso ó los hombres de Ceilán, llegará á hablarse, por ejemplo, de objetos raros, y habrá allí quien crea decir mucho diciendo que ha visto camisas de hoja de llantén, catalejos de trapo, ó chocolate sin cacao... y tantas cosas más como se anuncian todos los días, en éstos de extravagancias que corremos.

No dejará Galindo de admirar las citadas rarezas, con toda la expresión que cabe en su estilo lento y suave y en su cara impasible; pero hombre que ha corrido y visto tanto, no puede estar sin algo que citar á propósito de rarezas, y no lo está, en efecto; y saca un grueso anillo de uno de sus dedos, y se le presenta á la reunión, diciendo:

--¿Á que no saben ustedes qué piedra es ésta?

Y la gente se abalanza al anillo, y le da mil vueltas, y recorre la lista conocida de piedras buenas y malas, sin que falte la de Colmenar Viejo, á la cual se parece en el color la del anillo; pero nadie acierta. En vista de lo cual, dice Galindo:

--Eso que ustedes creen piedra, no lo es.

Nuevas ansiedades, nuevo examen y nuevas conjeturas.

--Pues ¿qué es, si no?--se le pregunta al cabo.

--Eso es--responde Galindo, lenta y dulcemente,--hígado de cocodrilo, endurecido al sol, en Pekín. Se lo compré al joyero que lo hace para la corte imperial; ó mejor dicho, me lo cambió por una zamarra fina que llevaba yo de España.

Para calmar el asombro que esta respuesta produce, muestra una bolsa de _tripa de un indio_, medio devorado por un tigre en una cacería á que asistió él, y se refiere á una corbata que tiene en casa, hecha de piel de culebra, por un indígena del Canadá.

Cuando se agota este catálogo, tiene Galindo á su disposición otro más abundante todavía. Por el procedimiento de las pajaritas de papel, hace, entre mil primores, catedrales y navíos de tres puentes; y de un tijeretazo solo, sobre el mismo papel convenientemente plegado, saca una procesión de Jueves Santo, con sus pasos, curas, monaguillos, autoridades, músicas y piquete. De sombras en la pared, no digo nada; ni tampoco de problemas de dibujo á lápiz, á punta de cigarro y hasta á moco de candil: así _pinta_ el día y la noche, el sol y la lluvia, de dos ó tres rasgos, y gatos y perros... y demonios colorados.

En la calle, no hay forastero á quien él no conozca de vista y de trato. Sabe las rentas ó las trampas de cada uno, y lo que antes tuvieron y lo que esperan, ó lo que temen, y la vida que hacen en Madrid, y quién de ellos trae señora propia, y quién pegadiza ó temporera, y dónde la ha adquirido y _á cómo_, y quién se la corteja y con qué éxito, y si el cortejo es andaluz ó salamanquino...

Hablando de parecidas cosas conmigo en una ocasión iba delante de nosotros el aludido, sin haberle visto yo.

--En suma--me dijo:--el duque de los Frijoles es un perdido, y la duquesa, tan perdida como el duque.

Y en esto volvió la cara el tal; y cuando yo creí que iba á romper el bautismo al maldiciente, rióse hacia él, le tendió la mano y le dijo afectuosísimo:

--¡Ah, tuno! ¿conque venía usted detrás?

--¿En qué lo ha conocido usted?--le preguntó Galindo muy sereno.

--En la voz. Y apuesto á que estaba usted despellejando á alguien.

--Precisamente.

--Amigo de usted, por supuesto.

--Cabal... Como que hablaba de usted.

--¡Ah, mala lengua!

Dijo, y dándole al propio tiempo un golpecito en el hombro, como si aún tuviera que agradecerle mucho, alejóse el señor duque y se quedó Galindo tan fresco.

No desconoce uno solo de los secretos _íntimos_ de la política. Él os dirá, con pruebas, cuando menos verosímiles, por qué se sustituyó tal ministro con cual otro; á qué móvil obedeció la evolución de aquel periódico, ó la cesantía de cierto personaje, ó el encumbramiento de esotra vulgaridad, ó por qué no puede salir de apuros el Tesoro... Y sus _causas_ jamás son las causas que conoce ó que sospecha el vulgo: siempre son particularísimas, personales y microscópicas, con relación á sus efectos.

De cómicos y toreros, no se diga: á todos los trata y los tutea, y habla con ellos de la escena ó del _redondel_ con el aplomo y la autoridad de Romea ó de Costillares.

En lo físico, es sano y duro como un diamante: jamás se constipa ni se queja del estómago, y eso que no se abriga más que lo de costumbre, y come tanto como habla, si la ocasión se le presenta.

Y digo esto de la ocasión, porque aun cuando ordinariamente es sobrio y metódico, come cuanto le pongan por delante, aunque haya comido ya, si á comer se le convida, ó si se acepta el convite que él proponga, pues hace á todo.

Como no viene á bañarse, sino á veranear, y tampoco le es muy simpático el ceremonial del Sardinero, vive en la ciudad en una fonda, ó en una de las mejores casas de huéspedes; lo cual no obsta para que dé cuenta, si se le pide, de cuantas personas habitan en aquellos _hoteles_, con sus correspondientes vidas y milagros.

En agosto hace una escapadita á ver las corridas de Bilbao, y en septiembre arregla su marcha definitiva en combinación con las ferias de Valladolid y la apertura de los teatros de la corte, donde, por lo visto, se pasa gran parte del invierno, no sé cómo ni con quién.

Qué familia y qué patria son las suyas, se ignora siempre; y se ignora, porque jamás se le ha preguntado por ellas; y no se le ha preguntado, porque se prefiere ignorarlo; y se prefiere esto, porque desde el instante en que estos hombres tienen patria y familia, y nombre como otro cualquier nieto de Adán, ya no son Galindos, ni Manzanos, ni Arenales á secas, y pierden su peculiar carácter de universalidad, en lo que estriba la mayor parte de su mérito.

[Ilustración]

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LUZ RADIANTE

Un si es no es macilento, desmayado de barba, corto de vista y regularmente ataviado.

Tal es su facha. En cuanto á su fecha, lo mismo puede venderse por hombre que parece un joven, que por joven que parece ya un hombre... y cuenta que hablo en vulgo limpio, por lo cual ha de entenderse esto de hombre, por _hombre de cierta edad_.

Le habréis visto, con un libro en la mano, en la braña del _Cañón_, sentado á la sombra de un bardal; ó en idéntica postura é igual ocupación, sobre escueta roca entre los dos Sardineros; ó á la entrada de los Pinares; ó en un rincón de la galería, con los pies sobre la balaustrada y el tronco desencuadernado en una silla; ó paseándose por el arenal, absorto en la lectura, como joven alumno repasando la lección en el patio del colegio.

Y aseguro que le habréis visto, porque aunque jamás abandona el libro y parece la meditación su natural elemento, siempre elige para el estudio las horas de más ruido y busca la soledad á orillas de todo movimiento.

Es de Madrid, vive en un _hotel_ del Sardinero, y á juzgar por lo que se ve, priva mucho con todas las señoras circunvecinas.

Lo cual no es de extrañar, visto lo docto que es en todos esos tiquis-miquis que forman el arte de agradar en la sociedad _distinguida_.

¡Qué donaire tiene el indino y qué remilgado pespunteo de palabra, para revolver un corrillo de pizpiretas jovenzuelas! ¡Qué mirar de ojos, qué rasgar de boca y accionar de índice para decir, por ejemplo:--«Vamos, Conchita, ya se ha descubierto por qué esperaba usted el correo anoche con tanta impaciencia!». Ó: «¿Saben ustedes por qué está Soledad tan preocupada?... ¿Lo ven ustedes? Ya se sonroja». Ó: «Carmela, en mi solitario paseo de esta madrugada me han revelado las _ondinas_ el secreto que usted me ocultaba ayer. ¡Ah, picarilla!...».

...¿Dicen ustedes que éstas son impertinentes y sobadas vulgaridades?... Séanlo enhorabuena; pero atrévase un buen Juan á hacerse con ellas solas hombre ameno y travieso, y verá cómo le plantan en seco. Hay que desengañarse: para decir ciertas cosas y brillar en ciertos terrenos, hay que ser mozo de cierta catadura.

La del de quien vamos hablando parece cortada para el oficio. Como ramo de su ciencia, conserva en la memoria muchas anécdotas rechispeantes de la última campaña del _gran mundo_, y anuncia el desenlace de más de un suceso interesante, para la próxima. Y como todos los del corrillo son de Madrid, dicho se está que las agudas murmuraciones y los retorcidos discreteos no languidecen un punto, por falta de interés.

Posee otra cualidad, muy importante para esto de veranear con éxito en una provincia entre las personas que lo han por oficio: sabe de corrido toda la fraseología literaria y musical de moda entre la gente madrileña.

Y cuidado, que esto no es grano de anís. Figúrense ustedes que por allí anda muy en boga Dante, como anduvo un invierno, porque un orador del Parlamento dijo, á cuento de no sé qué:

_Nom ragioniam di lor, ma guarda e passa_,

cosa, por lo visto, hasta entonces no oída en Madrid, según la prisa que se dió todo el mundo, en papeles y en corrillos, á traducir la cita, á estudiar el pasaje entero, á desentrañar el intríngulis, á hablar de la _Divina Comedia_, y hasta á poner en perverso castellano el inmortal poema. En tal caso, ¿qué joven que se precie de _ilustrado_, ha de salir á provincias el verano siguiente sin saber decir, por ejemplo, cuando se le cae de la boca la punta del cigarro, ó de la mano el bastón, que se le cayeron

_...como corpo morto cade?_

ó cuando quiere bromearse con alguno que no encuentra lo que busca, ó que llega tarde:

_Lasciate ogni speranza?..._

ó si trata de pintar el abismo en que se han hundido sus ilusiones:

_Nel mezzo del camin di nostra vita me ritrovai per una selva oscura?..._

Si el de moda es Goethe, porque se cantó en _el Real_ una ópera cuyo argumento está tomado de su célebre poema, no hay más remedio que llamar _Fausto_ á todo viejo galanteador y acicalado, _Margarita_ á toda joven que suspira, y _Mefistófeles_ á todo señor que tenga la nariz afilada, rasgada la boca, trigueña la color y zurda la mirada.

Si es Flotow el que priva, hay que saber, por lo menos, entonar á media voz, con los ojos fruncidos, las uñas clavadas en el pecho y mucho arrastre de amargura, aquello de

_¡Marta Marrrrrrrrrrta!_

como nos cantaban en una ocasión todos los señoritos que venían de Madrid, empeñándose en que había uno de llorar oyéndolos, porque en _el Real_ lloraba toda la gente cuando lo cantaban Talini... ó Cualini, tenores de mucho _sentimiento_.

Cuando reinan estas epidemias en el pueblo, no hay más remedio que aguantarlas como mejor se pueda, y resignarse á exclamar en cada _caso_, siquiera por no hacerle más grave: ¡Admirable, magnífico, arrebatador!

Pues iba diciendo yo que para evocar estas reminiscencias, citar aquellos textos y cantar las otras ternezas, nadie como el amigo de quien vamos hablando.

No sé si he dicho, ó ustedes lo han comprendido ya, que es literato, ó que cree serlo.

Por de pronto escribe quintillas en el arenal con la punta del bastón, y en la tertulia de la noche lee á las señoras tal cual balada tierna ó alusivo soneto.

Si hemos de creerle, conoce á todos los literatos, y se tutea con los más talludos.

Lo cierto es que si llega al Sardinero alguna celebridad de este género, él es quien le presenta á las damas y se compromete á que el presentado les lea _alguna cosa_; al cual compromiso corresponde éste (después de asegurar que viene enteramente _desprevenido_) leyendo una comedia resobada, ó una oda que ya reluce de tanto manoseo, las cuales saca de un enorme cartapacio de poesías que ya han sido leídas por el autor trescientas veces en Ontaneda ó las Caldas, mientras tomó aquellas aguas.

Como piensa hacer algunas investigaciones históricas, arqueológicas y geográficas en la provincia, ha traído con su equipaje una mochila, un grueso garrote con agudo regatón de hierro, y borceguíes ingleses de ancha y claveteada suela. Parece ser que todas estas cosas ayudan mucho á recoger noticias sobre aquello que se trata de conocer y describir, especialmente en un país como éste, en el cual hay un pueblecillo á cada cuarto de legua, una casa en qué dormir regularmente, y comer, aunque no muy bien; buenos senderos para cabalgaduras de alquiler, cuando no excelentes caminos para carruajes; poquísimas antigüedades, y ésas á la vista y muy estudiadas ya; nada de historias del otro mundo, y ninguna montaña que escalar á uña y puntera, porque todas son cómodamente accesibles por algún costado. Y la prueba de que este atalaje debe servir de mucho al _tourista_ para sus exploraciones, es que el nuestro, aunque le lleva á cuestas, no camina á pie, ni come de la fiambrera, ni duerme al socaire de los torreones; antes aprovecha el mullido vagón de primera hasta donde le conviene, y luego la diligencia, y hasta los caballejos y carros del país, como hacemos los hombres vulgares, y las fondas y las tabernas y los figones. Luego la mochila y el báculo y los borceguíes, que evidentemente no sirven para lo que en rigor significan, tienen alguna virtud de carácter, que atrae, combina y depura todo lo que va buscando en sus peregrinaciones un erudito á la flamante usanza, cuando con ellos carga, como con el fardo de sus pecados. Que es lo que yo quería demostrar, recelándome alguna observación maliciosa de tal ó cual lector demasiado _montañés_.

Y ahora continúo diciendo que este ilustrado mortal, en los ratos que le dejan libres sus baños, sus abstracciones solitarias, sus discreteos públicos, sus inscripciones poéticas en los arenales, en las rocas duras y hasta en los troncos resinosos de los Pinares, escribe correspondencias á un periódico de Madrid, que las agradece mucho y quizá las paga.

La última que yo leí impresa, después de haberla leído el autor manuscrita y recién nacida, á sus bellas contertulias, decía, entre otras muchas cosas, _plus minusve_, lo siguiente:

* * * * *

«¡El mar!... ¡¡La mar!!... ¡¡¡Los mares!!!... ¡¡¡¡Las mares!!!!... ¡Ah!... ¡Ohhh!...

«Perdone usted, señor director; perdonadme vosotros, mis queridos compañeros: faltan palabras á mi pluma para expresar cuanto la mente concibe en este horizonte sin medida, sobre este abismo sin fondo. ¡El mar! Pero ¿por qué son verdes sus aguas? ¿por qué son salobres? ¿qué fuerza las precipita contra la roca dura que ahora me sirve de pedestal? ¿por qué suben? ¿por qué bajan? ¡Inescrutables misterios de la Naturaleza!... Pero ¡qué espectáculo, gran Dios!... Contemplándole, el corazón palpita, la mano tiembla, los ojos se turban. El sol sin una nube que empañe sus fulgores; la brisa rizando la inquieta superficie de las aguas sin fin; la blanca gaviota, cerniéndose voluptuosa en el espacio; bajo la gaviota, la esbelta nave de tajante proa; allá el puerto; acá el escollo; allí la espuma; aquí las flores, y en todo y sobre todo, un torrente de luz y una embriaguez de aromas... ¡Ah!... Mas ¿qué es esto? el trueno ruge; cruzan la atmósfera rayos y centellas; se respira el hálito abrasador de la tempestad; desgájase el secular peñasco; húndese en el abismo, y se elevan hasta mí los pliegues espumantes del salobre sudario que le envuelve... Se columbra un punto en el horizonte. _¡Helás!_ Es una nave. Distingo perfectamente al angustiado nauta que implora el auxilio de los hombres... Muchos son los que pueblan la orilla, pero ninguno acude. El que va á _hacer naufragio_ no implora el auxilio para él solo... también le necesitan sus tiernos camaradas de _equipaje_... Yo me arrojo á la mar, y los salvo á todos, entre los saludos y los aplausos de este querido bello sexo, regulador de todas mis acciones, inspirador de mis más elevados pensamientos, y fin y exclusivo objeto adonde hasta el menor de mis intentos se endereza.