Chapter 3 of 21 · 3999 words · ~20 min read

Part 3

Pero esta fama no paraba en Madrid. Cándidos forasteros seguían de lejos la marcha triunfal de Frasco Pérez, y al tornar á sus hogares se creían muy honrados si llevaban una levita que se diera un aire á las que gastaba el famoso madrileño. Y de él le hablaban á usted en todas partes, y referían sus hazañas más ruidosas, y, aumentando el entusiasmo con la distancia, casi le ponían en la categoría de los grandes hombres de la época. De este modo, Frasco Pérez era tan popular en las capitales de provincia como en la de España; hasta el punto de que, provincianos que llegaban primerizos á Madrid, preguntaban dónde podrían conocer á Frasco Pérez, antes que por posada en que albergarse.

Cuando ya nada le quedó que ambicionar en punto á _gloria_, y cuando su caudal había sufrido no pequeña merma, acordóse de que existía otro campo en que espigar, en el cual podrían darle fácil entrada la fama de sus prodigalidades y su olvidado título nobiliario.

Así fué que, sin largas meditaciones, dejó la elegancia cursi con que tanto había brillado, los gabanes á media nalga, los tacones hiperbólicos, las corbatas de fantasía, los carruajes vaporosos, los lacayos macarenos, etc., etc., y se dió al boato serio: al saco de anchos vuelos, al severo frac, á la nívea corbata, al cochero asturiano de maciza pantorrilla, y á la grave carretela; olvidó las bailarinas por las marquesas, y se introdujo resueltamente en los salones del gran mundo, que se creyeron muy honrados al dar albergue á aquella oveja descarriada hasta entonces entre las escabrosidades y malezas de la vida airada.

Comenzaba á favorecerle también la fortuna en sus nuevas empresas, cuando se encontró con Isabel, y no tardó en conocer la diferencia que había entre este carácter y los que hasta entonces había tratado en la «buena sociedad». Parecióle su conquista, ya que no imposible, muy difícil, y trató de acometerla con los recursos de la estrategia más acreditada. Al efecto, estudió el terreno y estableció su principal batería en el de la marquesa del Azulejo, de facilísimo acceso, desde donde podía hostilizar á su gusto el objeto de sus afanes. Así se explica su familiaridad con Isabel, familiaridad que tanto había chocado á Ramón. Era el íntimo amigo y acompañante de la marquesa, y ésta no se separaba jamás de Isabel. Conocía perfectamente las horas á que estaban en casa y fuera de ella los distintos individuos de ambas familias, y sabía sacar gran partido de esta circunstancia.

Dígalo si no su falta de asistencia á la cita que le dió el marqués, según acabamos de oir á éste. Lejos de acudir á ella, observó desde sitio conveniente la salida de las personas que hemos visto despedirse de Isabel; subió á casa de la marquesa cuando estaba seguro de no hallarla en ella; bajó á la de su amiga, donde se coló como hemos dicho, y fingiendo sorprenderse mucho al encontrarla sola.

--Mil perdones--dijo:--me acaban de asegurar arriba que hallaría aquí al marqués, y me he permitido...

--El marqués--respondió Isabel con la mayor sequedad,--ha salido ya de aquí y le espera á usted.

--Efectivamente--repuso el vizconde, deseando entrar en conversación:--el marqués me necesitaba hoy...

--Como de costumbre.

--¡Tan temprano y tan satírica!

--No hay tal: él mismo acaba de confesármelo. Parece que le es usted indispensable, sobre todo en la elección de caballos para los carruajes de la marquesa.

--Cierto es que ha dado en el capricho de comprar ciertas cosas á mi gusto; y, consecuente en ese propósito, me citó para esta mañana, en su casa, á las diez y media; pero he venido algo más tarde y me he encontrado sin él.

--¡Contrariedad lamentable!

--No para mí, pues me proporciona el placer de ver á usted una vez más.

--Es usted incorregible.

--Y usted implacable.

--Soy buena amiga de usted, y quiero ahorrarle un trabajo inútil.

--Es usted muy compasiva--replicó con despecho el apasionado joven.--Lástima que no pueda yo corresponder con toda mi gratitud...

--¿Por qué no?

--Porque no es la compasión la recompensa que merece la pasión que usted me inspira.

--Vuelve usted á olvidar que habla conmigo,--dijo Isabel con glacial desdén.

--Y ¿qué haría yo--exclamó el vizconde con creciente entusiasmo,--para demostrar á usted todo lo grande, todo lo profundo del afecto que la consagro?

--Ocultarle donde yo no le vea.

--¿Le teme usted acaso?

Isabel miró al títere con la sonrisa más despreciativa.

--No, me repugna,--contestó en seguida.

--¡Virtud sublime!--exclamó con cierto tono de ironía.

--Mujer honrada, y nada más,--contestó Isabel con firme acento.

--¡Oh, yo te humillaré!--se atrevió á pensar el mentecato.

--Me permitirá usted recordarle--añadió Isabel cambiando de tono y dando un paso hacia la puerta de su gabinete,--que le espera el marqués.

--En efecto--respondió el vizconde rebosando de despecho:--lo había olvidado ya... Así, pues... hasta la noche,--continuó sin moverse del sitio en que se hallaba.

--¡Cómo!

--Porque supongo que no faltará usted á la reunión de la Rocaverde.

--Es probable, en efecto, que asista á ella.

--Tengo noticias--continuó el impávido en su afán de prolongar la visita,--de que se hacen esfuerzos heroicos para que la fiesta exceda en brillo á cuantas la han precedido y puedan sucederla.

--Recursos no faltan á esa señora si quiere utilizarlos,--dijo Isabel por decir algo.

--Sin embargo--replicó el otro, deseando dar interés á la conversación,--de los que destina á su propia persona, puede faltarle uno.

--¿Pues cómo?

--Anda por medio cierto aderezo...

--¿Eh?--interrumpió Isabel picada de su demonio tentador.

--Un aderezo--continuó el vizconde más animado.--Un aderezo que...

Y se detuvo de repente, como si temiera decir algo más de lo que convenía.

Pero esta reserva excitó más la curiosidad de Isabel, que había comenzado á acariciar una esperanza.

--Veo--dijo con intención de obligar más al vizconde,--que ese aderezo encierra algún misterio, y me arrepiento de haber intentado descubrirle.

--¡Qué diablo!--exclamó el vizconde como si venciera un escrúpulo.--¿Por qué no lo ha de saber usted? Se trata de un aderezo que vale algo más de lo conveniente para esa señora.

--¿Tan económica se ha vuelto?--preguntó Isabel con aire de la más inocente sencillez.

--Ó tan necesitada. Vale la joya dos mil duros.

--¿Y cuánto da por ella?

--Treinta mil reales.

--¡Diferencia harto mezquina!

--Sin embargo, se disputa hace un mes.

--No lo comprendo.

--El joyero no vende más que al contado á ciertos parroquianos.

--¿Y qué?

--Que la Rocaverde, por más que exprime y combina, nunca saca más de treinta mil reales.

--Pero tendrá crédito.

--Hasta cierto punto,--dijo con sonrisa burlona el vizconde.

--¿Y tanto empeño muestra por la joya esa señora?

--Júzguelo usted: ha cometido la ligereza de enseñársela en el escaparate á algunas de sus amigas, como cosa ya de su pertenencia y comprada exclusivamente para estrenarla esta noche.

Isabel no podía ocultar su gozo porque la fortuna se mostraba con ella más que propicia. Se le venía á la mano la ocasión más oportuna que podía desear para satisfacer su mayor anhelo.

--¿De manera--insistió con ansiedad,--que todavía no es suyo ese aderezo?

--Ni mucho menos,--respondió el vizconde, sin acabar de comprender el interés que Isabel iba mostrando en el asunto.

--¿Y cree usted que llegará á serlo?--volvió á preguntar.

--Si yo no quiero, no.

--¡Cómo así!--dijo Isabel visiblemente disgustada con tal respuesta.

--Muy sencillo--replicó el vizconde perfectamente en su terreno ya.--He presenciado alguna de las infinitas luchas que han tenido el joyero (que precisamente es el de usted) y la compradora; y como conozco la dificultad material en que ésta se halla de vencer el obstáculo y la debo no pocas atenciones, he querido proporcionarla hoy un buen rato. Al efecto, he dicho al joyero: «envíe usted el aderezo á esa señora, diciéndola que acepta su oferta; y yo le respondo á usted de la diferencia, y aun del valor total si es necesario». De manera que á la hora presente esa joya es mía más que de la Rocaverde.

--¿Aunque yo se la pida al joyero?

--Aunque usted se la pida; porque precisamente para prevenirme contra toda eventualidad, le dije que puesto que el aderezo quedaba por mi cuenta, no dispusiera de él sin mi permiso verbal ó escrito.

Isabel se quedó pensativa, sin poder disimular el disgusto que esta contrariedad le causaba. El vizconde, por el contrario, veía en el afán de aquélla algo que le ofrecía una ocasión de serla necesario, y lo tomó en cuenta.

--Hablemos claros, Isabel--dijo sin preámbulos.--¿Usted desea adquirir ese aderezo?

--Sí--respondió Isabel sin escuchar más que á su capricho,--y á todo trance.

--Pues de usted será.

--¿Cómo?

--Haciendo que se le entregue á usted.

--¿Y qué dirá esa señora?

--Ya inventaremos una disculpilla.

--Entonces envío por él...

--¿Olvida usted que es indispensable que yo mismo dé la orden?

Isabel no pudo disimular un gesto de desagrado.

--¿Y por qué ese reparo?--dijo el vizconde tratando de vencerle para el mejor éxito del plan que se proponía.--Yo tengo que pasar ahora por la joyería necesariamente. Nada más sencillo que decirle al joyero que envíe el aderezo á su casa de usted en lugar de enviarle á la de esa otra señora. Él se alegrará mucho del cambio... y á mí me saldrá más barato el servicio,--añadió sonriendo maliciosamente el galante personaje.

Isabel vió cumplido su afán de tanto tiempo y no reflexionó más.

--Pues bien--dijo resuelta:--acepto ese favor, y prometo en pago de él explicar á usted esta noche la causa de este capricho.

--Y yo voy á dar el recado inmediatamente.

--Hasta la noche... y gracias,--dijo Isabel con amable sonrisa.

--Iré á recogerlas,--respondió el vizconde despidiéndose y saboreando el placer que sentía al considerar el arma que en sus manos colocaba Isabel.

--He aquí--pensaba ésta entre tanto,--cómo hasta del hombre más molesto y antipático puede sacarse un gran partido... ¡Oh! ¡no digo dos mil duros, diez años de mi vida me hubieran parecido hoy poco para comprar una ocasión como la que se me presenta de humillar la tonta vanidad de esa mujer!

IV

Una hora más tarde, y vueltos ya de paseo Carlos y Ramón, éste bostezaba aburrido y solo en el salón que ya conocemos, mientras su hermano despachaba un asunto urgente, de los mil que le ocurrían á cada instante, desde que había dado á sus negocios una extensión tan extraordinaria. De pronto apareció un criado, llevando un grande y vistoso estuche sobre una bandeja de plata.

--¿Adónde vas con eso?--preguntó maquinalmente Ramón.

--Acaban de traerlo para la señorita,--respondió el fámulo.

Ramón, que, como buen aldeano, era curioso, detuvo á éste, cogió el estuche, miróle por todas partes, le abrió al cabo, y entonces los rayos de un verdadero pedregal de diamantes le hirieron la vista.

--¡Santísimo Dios!--exclamó echándose hacia atrás.

Después volvió á observar _aquello_ con mayor detención, hasta que fué cayendo en la cuenta de lo que era.

--¡Y decir á Dios--pensó,--que por estos cuatro colgajos se habrá pagado un dineral!

En esto observó que por debajo de una de las piezas de la alhaja asomaban las puntas de un papel cuidadosamente plegado.

--Será la cuenta--se dijo.--Vamos á ver si asciende á tanto como las otras dos juntas.

Tiró del papel, le desdobló... y se quedó hecho una estatua al leer en él lo siguiente:

«Cumplo, Isabel, el más grato de mis propósitos, haciendo llegar á sus manos el disputado aderezo, y espero verle esta noche por corona sobre la reina de la belleza. Allí estará para recoger las prometidas gracias, su apasionado

VIZCONDE».

El primer cuidado de Ramón, después de leer esta fineza cursi, disimulando cuanto pudo la impresión que le causaba, fué despedir al criado.

--Yo se lo entregaré á mi cuñada,--le dijo.

Solo ya con lo que él creía cuerpo de un delito, le dió cien vueltas entre sus manos; le leyó otras tantas; apostrofó á su cuñada de mil modos diferentes; imaginó cincuenta planes de castigo para la que así abusaba de la hidalga confianza de un hombre como su hermano, y concluyó por comprender que no había más que un partido que tomar: hacérselo saber á Carlos. Esto podía conseguirse de dos maneras: en el acto, ó esperando á que los acontecimientos hicieran más notoria la criminalidad de Isabel. Lo primero le pareció muy cruel para su hermano, que ni sospechaba siquiera la posibilidad de tamaño desastre. Lo segundo era, sin duda alguna, más prudente, y á ello se atuvo.

Por de pronto se guardó el papel en el bolsillo, y llamó á su cuñada.

Al salir ésta de su gabinete, la presentó el estuche.

--Esto han traído para ti,--le dijo observando cuidadosamente su semblante.

Isabel se abalanzó al estuche, le abrió, devoró con sus ojos el aderezo; pero no dijo una palabra.

--Creo que viene--añadió Ramón intencionalmente,--de parte de... del vizconde de... de no sé cuántos.

--Ya lo sé--respondió Isabel sin disimular su contento.--Le esperaba.

Y dando á Ramón las gracias con la más hechicera de las sonrisas, volvió á su gabinete y se encerró en él.

¡Calculen ustedes lo que pasaría entonces por el ánimo del sencillo montañés, que no conocía, como el lector y yo, la historia de aquel _regalo_! Pensó ver á su cuñada roja delante de la prueba de su pecado, y se la halló risueña, desenvuelta y hasta burlona, como si el pecar así fuera su oficio.

Este nuevo, gravísimo dato, estuvo á pique de dar al traste con su plan de prudencia. Púsole fuera de sí, y, como una fiera en su jaula, dió cien vueltas en la habitación; trató de penetrar en la de su hermano para contárselo todo; retrocedió arrepentido; volvió á leer el papel; tornó á guardarle en el bolsillo... hasta que felizmente le llamaron á almorzar cuando más enredado se hallaba entre tan opuestos pareceres; pero en la mesa observó á su cuñada más risueña, más amable y más expansiva que nunca con su marido, y ya no le quedó la menor duda de que le estaba engañando. Súpole á rejalgar cada bocado, y se encerró en el silencio más sombrío.

V

Poco tiempo después pasaba en el cuarto segundo una escena que merece referirse para mayor claridad de este asunto.

El marqués había llegado sin ver al vizconde, y la marquesa con el pleito perdido. Estaba, pues, la apreciable pareja dada á todos los demonios.

--¡Ya podía yo estar esperándole hasta el día del juicio!--exclamaba el pobre hombre dando vueltas por la habitación.

--¿Conque tampoco ha ido á la prueba?--le preguntó la marquesa.

--¡En eso pensaba!

--¡Vaya una formalidad!

--¡Cuando te digo que es un zascandil!...

--¡Cuando te digo que tienes muy poco aguante!

--¡Otra te pego!...

--Ya has oído que vino á casa después que tú saliste de ella. ¡Tenías tanta prisa!

--¡Ésta es más gorda! ¿Quién sino tú estaba de prisa? ¿Quién sino tú me hizo salir de casa á aquellas horas? Lo que te aseguro es que no tenía grandes deseos de encontrarme.

--Aprensiones tuyas.

--¿Aprensiones mías? ¡También es fuerte cosa que para todos has de hallar una disculpa siempre, menos para mí!...

--Eso te probará que no la mereces.

--Pues juzga tú misma la oportunidad con que se la aplicas ahora á tu amigo. Figúrate que, cansado de esperarle en la caballeriza y de pasearme por la acera de la calle y de mirar hacia todos los puntos por donde pudiera asomar, me acordé de que á aquellas horas solía hallársele en el bazar de su joyero haciéndole la tertulia con otros desocupados como él. Deseando concluir de una vez el enojoso asunto que me sacaba de casa, me voy en aquella dirección; llego á la joyería... y ¡te aseguro que tenía que ver aquello cuando yo entré!

Al decir esto cambió de tono el marqués adoptando un airecillo de maliciosa reserva; pero tan desgraciado, que no logró excitar la curiosidad de la marquesa.

--¿Y qué me importa eso?--repuso con el mayor desdén.

--Nada. Pero figúrate, para formarte una idea, que se trataba de cierto aderezo regalado por... cierto prójimo á... cierta mujer de su marido; que esta mujer le irá luciendo esta noche á la recepción de la Rocaverde, y que el podenco del marido irá quizás á su lado tan satisfecho y tan orondo...

--Todos son lo mismo.

--Hasta cierto punto, querida. Cosas hay que el más lince no las ve; pero hay otras tan gordas, que para dármelas á mí por corrientes, muy recio había de tronar.

--Porque tú eres una excepción... Pero, después de todo, ni ese lance tiene nada de raro, ni veo por qué me lo cuentas.

--De raro no tiene, en efecto, gran cosa, por lo que hace al fondo; pero hay algo en la forma que indigna. Bueno que cada hombre tenga un enredo, ó diez, ó veinte, si por ahí le arrastra el demonio, ya que hay mujeres que se prestan á ello; pero tenerlos de modo que todo el mundo los conozca y con el único afán de darse importancia, como le sucede á ese títere de vizconde... ¡Ay!... ya la solté.

Oirlo la marquesa y dar un brinco como si le hubiera picado un alacrán, fué todo una misma cosa.

--¿Conque según eso se trata del vizconde?--preguntó con ansiedad.

--Ya que lo dije...

--Y bien...

--Pues nada, que, por lo visto, llegó el vizconde á la tienda, que estaba llena de ociosos; pidió un magnífico aderezo, y después de hablar algunas palabras con el joyero, escribió en un papel algunos renglones, se los leyó por lo bajo á varios de los circunstantes, metió el papel en el estuche, puso éste en manos de un dependiente, y le dijo en voz recia:--«Á casa de...». Y pronunció un nombre muy conocido en Madrid. Después, volviéndose hacia los mismos á quienes había leído el papel, les dijo:--«Al vérsele puesto esta noche, me diréis si mis esfuerzos eran _escarceos ociosos_, como me asegurábais á cada instante». En este momento llegué yo, y chocándome estas palabras que cogí al vuelo, traté de que me las explicaran; pero sólo conseguí averiguar lo que te he contado. Ahora bien: como la dama es de copete y el vizconde hombre de ruido, calcula tú el que se armaría en la tienda con semejante suceso.

--Pero no me has dicho el nombre de esa dama,--repuso la marquesa echando lumbre por los ojos.

--En cuanto al nombre, hija mía--observó el marqués con la mayor ingenuidad,--no me fué dado averiguarle, por más esfuerzos que hice.

--Pues ¿qué me importa lo demás?--exclamó su dulce mitad en una verdadera explosión de ira.

--¡Ah! se me olvidaba lo más notable. Parece que el aderezo regalado á esa dama es uno que estaba destinado á la Rocaverde para esta noche.

--Le conozco entonces.

--¡Tú!

--Sí, porque ella me le enseñó en el escaparate al pasar, uno de estos días; pero me aseguró que era ya cosa suya, y en esta cuenta estaba yo.

--Pues ahí verás.

--¡Pero eso es una vileza!

--¡Bah! una de las viejas mañas de ese mozo, y nada más. Desengáñate, el vizconde no busca los triunfos sino por el escándalo, y le importa poco que existan con tal de que el público los acepte como hechos consumados.

--¿Y la honra de una mujer no merece más respeto?--dijo la ex-mística hecha una furia, como si ella fuese el guarda jurado del honor ajeno.

--Pues, hija mía, de tipos como el vizconde está lleno el mundo.

--¡Buen consuelo!

--Con tal de que os sirviera de gobierno...

--¿Para qué?

--Contesto á lo que preguntas.

--¡Estúpido!--murmuró la marquesa mirando á su marido con gesto despreciativo y volviéndole la espalda.

--Que se pierda por mala una mujer--pensó el marqués viendo alejarse á la suya,--vaya con Dios, si ése es su destino; pero que se la lleve el diablo, como á ésta, por averiguar lo que no le importa un rábano, no lo comprendo.

Y se quedó tan conforme.

VI

Aquella misma noche se hallaban alrededor de la chimenea en casa de Isabel, esperando á que ésta diera la última mano á su prendido, la marquesa, su marido, Carlos y Ramón. La primera, hecha una verdadera lástima de encajes y pedrería; el segundo, de rigurosa etiqueta; Carlos, de bata y pantuflas, y Ramón como siempre. El marqués revolvía los tizones; su mujer miraba sin pestañear los monigotes de la chimenea; Ramón no cabía en la butaca, de desasosiego, y Carlos, más pálido y ojeroso que nunca, miraba cómo se retorcían las cintas de fuego entre los tizones, que se iban consumiendo á su contacto, como la humana vida entre las malas pasiones. Ninguna conversación llegaba á formalizarse allí, por más que el marqués las apuntaba de todas clases, y Carlos trataba de conjurar aquella monotonía recordando á la marquesa su perdido pleito. Así se pasó una hora.

Al cabo de ella apareció Isabel.

Y aquí lamento yo mi falta de erudición indumentaria, pues por ello me es imposible decir al lector de qué tela era el vestido de la hermosa dama, cómo se llamaba cada pieza de adorno, cuántas eran estas piezas, á qué época de la historia respondía la falda, ó á cuál las ondulaciones ó escabrosidades del peinado, y tantísimos otros interesantes pormenores que no se le escaparían en este caso al último de los cronistas del «buen tono».

Únicamente diré, y eso por decir algo, que los altos del cuerpo del vestido iban sumamente bajos, y que los bajos de las mangas subían hasta muy cerca del sitio que debían ocupar los altos del cuerpo, merced á lo cual Isabel llevaba al aire libre mayor cantidad de carnes que la que autorizan una moral severa y los usos ordinarios de la sociedad. Esto aparte, Isabel estaba deslumbradora de hermosura... y de diamantes. Llevábalos sobre el pecho, sobre la cabeza, en las orejas y en los brazos; y aunque tan desparramados iban, Ramón reconoció en ellos los mismos que por la mañana había visto amontonados en un estuche. Este reconocimiento le hizo dar un brinco sobre la butaca, brinco que sacó á la marquesa de sus meditaciones y la obligó á volver la cabeza hacia Isabel: fijóse entonces en el aderezo, que brillaba como un incendio con los fuegos cruzados del salón y de la chimenea, y lanzó á poco un ¡Jesús! que hizo abrir un palmo de boca al marqués, que iba, con los ojos, de la marquesa á Isabel, de Isabel á Carlos y de Carlos á Ramón, sin acabar de comprender la causa de aquellos ademanes extremosos.

Carlos, entre tanto, observaba el cuadro con la mayor serenidad. Su rostro, como de costumbre, era un pedazo de mármol sobre el cual no asomaba el menor destello de la situación de su ánimo.

Isabel, objeto entonces del escándalo de unos y de la curiosidad de otros, se calzaba los guantes risueña; y de seguro era el personaje, de cuantos formaban el grupo, que tenía el alma, más en reposo.

Á todo esto, la marquesa había dejado la butaca; Ramón se paseaba por la sala hecho un veneno, y el marqués, acercándose disimuladamente á su mujer, le preguntaba por lo bajo:

--¿Qué pasa?

--El aderezo,--respondió ella con ira reconcentrada.

--¿Qué aderezo?

--¡El de tu cuento, imbécil!

--¿Dónde está?

--Sobre Isabel.

--¡Zambomba!--exclamó el meleno abriendo medio palmo de boca y mirando á Carlos con ojos de compasión.

--¡La gazmoña! ¡La virtud de bronce!--murmuraba trémula su mujer.

--¡Qué fortuna la de ese pillo!--se atrevía á pensar el marqués.

--Cuando ustedes gusten,--dijo Isabel, echando sobre sus hombros túrgidos un elegante abrigo.

Y mientras la marquesa se ponía el suyo y el marqués se vestía un gabán sobre el frac, Ramón, trocando en apacible su gesto de hiel y vinagre, se acercó al grupo diciendo:

--Un momento más, si ustedes me le conceden. En estos salones de Madrid, ¿se admite á los hombres honrados en su traje habitual?

--Según sea el traje,--contestó Isabel riendo.

--El mío, por ejemplo,--dijo Ramón muy serio.

--Tanto como eso...--observó Carlos movido de cierta curiosidad.

--Entonces--añadió Ramón dirigiéndose á éste,--te ruego que me prestes un frac con todas sus inherentes zarandajas.

Imagínense ustedes la sorpresa que causaría en los circunstantes tan inesperada salida.