Part 8
Y corriendo el tiempo, sin mejorar en una peseta la situación económica de la casa, pero sin agravarse tampoco, llegó Enriqueta á los diez y siete años, creciendo sus bellezas en proporción de la edad, y César á los veinte. Para entonces era el dependiente más activo y diestro de su tío, que halló en él un gran descanso; se le había asignado un sueldo proporcionado á sus merecimientos y dado en la habitación un gabinete más cómodo que el cuarto obscuro de antes; vestía con suma elegancia, aunque con modestia; era siempre discreto en su conversación, y, sobre todo, agradecido á la protección recibida, pareciendo haber reconcentrado todo su cariño de hijo en su tío, desde la muerte de su madre, ocurrida al cumplir él diez y ocho años. En cambio un instinto de invencible repugnancia le alejaba cada vez más de su tía. Verdad es que no se apuraba ella gran cosa por conquistar el afecto de su sobrino; antes al contrario, siempre se mostraba con él fría y desdeñosa.
--Es un excelente muchacho este César,--decía don Serapio á su señora, muy á menudo, después de haber ensalzado alguna de sus cualidades, con el fin, sin duda, de ir dándole entrada en el corazón de aquella insensible mujer, quien, por todo elogio, contestaba:
--¡Quiera Dios que esa alhaja no nos dé que sentir algún día, en pago del hambre que le has quitado!
--Eres muy injusta, Sabina,--replicaba el bueno del comerciante, herido en sus más nobles sentimientos.
Y Enriqueta, que lo escuchaba todo en silencio, sentía, con las palabras duras de su madre, algo que helaba la sangre en su corazón, á la vez que hallaba en los elogios de su padre un consuelo para aquella impresión de escarcha.
Porque es de advertir (y no se sorprenderá el lector, seguramente, al decírselo yo) que la mutua simpatía entre los dos primos había ido creciendo con los años y transformándose poco á poco, sin advertirlo los interesados, en otro afecto más acentuado y de raíces más extensas y profundas. Enriqueta, al vestirse _de largo_, no sintió la alegría tan propia de todas las niñas en semejante caso, por la fútil ansia de que al presentarse en el paseo con los nuevos atavíos, dijera la gente: «una mujer más», sino porque viera César si se había cumplido su pronóstico, tantas veces repetido, de que ella iba á ser «una mujer hermosa». Por su parte, César, si se afeitaba con un cortaplumas á cada instante, no lo hacía por adquirir cuanto antes determinada patente que le permitiera codearse en el mundo con los hombres, sino por el inocente deseo de saber si, con un bigote bien poblado, se parecía su cara, como Enriqueta se lo tenía predicho, á la de un guerrero de las Cruzadas que ella había visto en una estampa, y considerado siempre como el tipo de la belleza varonil.
Si al tener veinte años y un bigote negro, suave y bien desmayado, se parecía César al guerrero de la estampa; si al cumplir Enriqueta los diez y siete era tan hermosa como su primo se lo había prometido, no quiero decirlo yo por si me equivoco así por carta de más como por carta de menos; pero es lo cierto que ninguno de los dos daba señales de haber perdido con los nuevos atributos las ilusiones, según que se comprendían y se adivinaban sin necesidad de hablarse ni de verse; hasta el punto de que la una desde su habitación, distinguía, entre todos los ruidos del escritorio, los pasos que en él daba el otro; á la vez que éste percibía claros y distintos, desde abajo, los menores movimientos de su prima: el roce de su vestido contra una puerta, ó el leve rumor de sus menudos pies al hollar la alfombra de su gabinete.
Una vez hablaban los dos de estos fenómenos, mientras Enriqueta, libre por entonces de la presencia de su madre, hacía labor de punto al calor de la chimenea en una de las largas noches de invierno.
--Y ¿por qué será eso?--preguntaba ella entre rubor y curiosidad.
--Pues ahí verás tú,--respondió él, por no meterse en mayores honduras; con lo cual ni la una ni el otro quedaron muy satisfechos.
Pasaron algunos instantes de silencio, y volvió á preguntar Enriqueta:
--Y ¿siempre vivirás tú con nosotros?
Á lo cual contestó César, casi haciendo pucheros:
--Y ¿adónde quieres que vaya yo, pobre huérfano, sin otro amparo que tu padre, ni más porvenir que su casa?
--Qué sé yo...--dijo la joven algo aturdida al observar la emoción de su primo.
--¿Y tú?--preguntó á su vez éste.
--¡Oh, yo siempre aquí!--exclamó Enriqueta sin titubear.
--¿Lo crees así?--repuso César como asaltado de algún recelo.
--Y ¿por qué no he de creerlo?--dijo aquélla con mucha gravedad.--¿No me quiere papá con entusiasmo? ¿No dice mamá que no tiene otro pensamiento que mi porvenir?
--Pues por eso mismo que dice tu mamá...
--¡Cómo!
--¿Sabes tú, Enriqueta, á qué llaman las madres «porvenir» de sus hijas?
--No lo sé, por lo visto.
--Y ¿quieres que yo te lo diga?
--Es natural.
--Pues se llama porvenir de una hija á...
Y aquí le faltó la voz al pobre chico, que jamás se había visto en trance tan apurado. Su corazón hasta entonces no había hecho más que sentir, y en aquel momento comenzaba á hablar, y lo que su corazón le decía le daba miedo, á la vez que le embriagaba.
--Vamos, hombre--exclamó Enriqueta impaciente; ¿qué porvenir es ése?
--Ese porvenir es... es--respondió al cabo el atortolado mozo, cerrando los ojos de miedo y de vergüenza,--un matrimonio... ventajoso.
Calló César, bajó Enriqueta los ojos, paráronse las agujas entre sus manos, y quedó sumida en profunda meditación. Quizá también por primera vez le asaltaba á ella el temor de un riesgo en que jamás había pensado.
--Y ¿qué es un matrimonio ventajoso?--se atrevió á preguntar todavía, á poco rato.
--Matrimonio ventajoso--contestóle César--es el que se contrae con un hombre muy rico...
--¿Aunque no se le quiera?
--Aunque no se le quiera.
--¿Aunque no sea joven ni bello?
--Aunque no sea bello ni joven.
--No puede ser eso,--exclamó la joven con admirable ingenuidad.
--No puede ser--repitió el primito con un poco de amargura,--y, sin embargo, se ve muy á menudo.
--Pues, _por esta vez_, no lo verás, César,--concluyó con aire resuelto la inexperta chica.
--¡Que Dios te oiga... y te lo pague!...
--¿Por qué te alegra tanto mi resolución?
--Porque ahora he caído en que--y esto lo dijo dando diente con diente,--si yo te viera casada... con _otro_, me moriría.
Á la cual protesta correspondió la joven lanzando á su primo una mirada elocuentísima, y diciéndole al mismo tiempo:
--Pues mira, César, si quieres que yo viva, no _nos_ dejes nunca.
En aquel instante entró en escena doña Sabina, cuyos ojos de basilisco supieron leer toda una historia en la emoción reflejada en los candorosos semblantes de los dos jóvenes; emoción que llegó á su colmo y hasta rayó en espanto, cuando les acometió el recelo de que aquella dulcísima señora podía haberles descubierto su secreto.
¡Como si no le hubiera descubierto mucho antes que ellos mismos!
III
No sé si don Serapio había leído tanto como su mujer en los corazones de su hija y de su sobrino; pero lo cierto es que si no lo había leído, deseaba leerlo. Acaso en el mismo instante en que éstos se descubrían los misterios más ocultos de sus almas, acariciaba el atribulado comerciante, paseándose maquinalmente á lo largo de su gabinete, planes que podían llegar á ser el mejor complemento real y positivo de aquellas candorosas ilusiones.
Veía que sus fuerzas físicas iban debilitándose á medida que se agravaban sus padecimientos morales, y la suerte seguía mostrándosele esquiva. Entre tanto carecía de resolución para establecer radicales economías en su familia, y no creía fácil ni conveniente, por razón de crédito, apelar á medios extremos para sacar sus negocios de las apreturas en que habían caído mucho tiempo hacía, ni se le ocultaba que aquella situación tenía que resolverse más tarde ó más temprano en el sentido á que venía inclinándose. El trabajo constante quebrantaba de hora en hora su naturaleza física, y el reposo le era indispensable; pero ¡en qué ocasión! Y si la extrema necesidad le obligaba á retirarse, ¿en quién depositaría aquella carga pesada? El viejo tenedor de libros, tan diestro en hacer números y renglones casi _de molde_, carecía de toda iniciativa para conducir por sí solo los negocios más claros y corrientes, cuanto más para llevar á seguro puerto aquéllos que venían entregados, en frágil y desmantelada nave, á tantos y tan encontrados huracanes. Los otros dos dependientes ya hemos visto que eran meros instrumentos mecánicos de escribir y de copiar. César era el único entre todos que, por su precoz inteligencia, por su asiduidad y por su adhesión decidida á todo lo que era de la casa, podía encargarse de la dirección de ésta; pero _más adelante_, porque era todavía demasiado joven. Y así, conducido por una muy lógica asociación de ideas, llegó á pensar en el porvenir de su casa, dado que lograra sacarla del conflicto en que se hallaba, y en el de Enriqueta, tan problemático á la sazón. ¿Quién velaría por ella faltándole su padre, sobre todo si tras esta falta aparecía la de aquellos caudales que eran el blasón de la plaza, la honra de los comerciantes, el atractivo de los hombres y el alma toda de aquella sociedad metalizada, sin entrañas para los pobres y sin inteligencia para otra cosa que las empresas de lucro? Y entonces volvía á pensar en César; en César, educado á su mano, hecho á la manera de su carácter; César, honrado, modesto, laborioso, inteligente y bueno... ¡Si Dios quisiera infundir en el corazón de su hija el sentimiento de una atractiva simpatía! ¡Si no se fuera extinguiendo con el tiempo la que en los dos niños había observado él! ¡Si, lejos de eso, llegara á trocarse en afecto más profundo y duradero!... Dos ó tres años más, y tanto el uno como el otro podrían unirse en santo y perdurable vínculo. Entre tanto, bueno sería ir estudiando aquellos juveniles corazones y tratar de aproximarlos entre sí más y más, en vez de separar, como parecía proponerse la implacable aversión de su mujer, al desvalido huérfano. Era, pues, indispensable trabajar sobre este plan cuya realización le convenía por tantos conceptos. En consecuencia, se propuso hablar seriamente á aquélla, con el fin, no sólo de que cesara en sus rigores con su sobrino, sino de que le fuera halagando con cariño.
Por su parte, doña Sabina, que desde el principio venía dándose á todos los diablos con «los atrevimientos del pobrete que podía haberse permitido ciertas ilusiones», al ver confirmadas sus sospechas en la ocasión citada un poco más atrás, se propuso desahogar su indignación con su marido, en la fundada esperanza de que, no bien la oyera éste, pondría de patitas en la calle al ingrato descamisado. Su hija, así por razón de jerarquía como por razón de belleza, estaba llamada á cumplir grandes destinos (léase arrastrar grandes trenes), y no era tolerable, ni siquiera decente, exponerla de aquel modo á las asechanzas en que trataban de envolverla las insensatas ambiciones de un advenedizo desarrapado.
Y bajo esta impresión doña Sabina, y bajo la que también conocemos don Serapio, viéronse los dos aquella misma noche en el gabinete de la primera y entablaron el diálogo siguiente:
--Tengo que hablarte, Sabina.
--Digo lo mismo, Serapio.
--De los chicos.
--De los mismos.
--¡Extraña casualidad, mujer!--exclamó el marido que, por un momento, llegó á sospechar si, por uno de esos fenómenos inexplicable, estaría de acuerdo con su señora una sola vez siquiera.
--Ocúrreme lo propio, marido,--repuso doña Sabina siguiéndole el humor.
--Tengo un plan acerca de ellos.
--Y yo otro.
--¿Si será el mismo, Sabina?
--Lo dudo, Serapio. Pero, en fin, sepa yo el tuyo.
--Vas á saberle. Por razones que no son ahora del caso, tengo que ir pensando en buscar una persona que se encargue de mis negocios cuando yo no pueda con ellos.
--Es natural.
--Me alegro que lo conozcas. Pues bien: he discurrido largo tiempo y he buscado en todos los rincones de mi memoria...
--Y no has encontrado un hombre.
--Sí tal: uno solo.
--Y ¿quién es?
--César.
--¡César!
--El mismo.
--¡Serapio!... ¿Estás dejado de la mano de Dios?
--Creo que estás tú más lejos de ella, Sabina.
--¡César!... ¡Un chiquillo!
--Que sabe hoy más que todos mis dependientes juntos.
--Un mequetrefe.
--Apegado al trabajo como un ganapán.
--Por lo que le vale.
--No le conoces, Sabina. Además, no se trata de entregarle hoy mismo todo el fárrago de los negocios de la casa, sino de prepararle para dentro de dos ó tres años.
--¡Bah!... Para entonces ya habrá llovido, y sabe Dios hasta dónde le habrán soplado los vientos.
--Es que trato de atarle bien á la casa para que esos vientos no me le lleven.
--¡Oiga!... Eso parece grave.
--Como que lo es. Figúrate que, por de pronto, trato de ir sondeando poco á poco el corazón de Enriqueta para ver si cabe dentro de él el de su primo.
--¿Y después?--preguntó al oir esto doña Sabina, mirando á su marido, más bien que con los ojos, con dos puntas de puñal.
--Después, hija mía, si los corazones coinciden, dar á sus propietarios nuestra bendición y entregárselos al cura de la parroquia para que los una, como á ti y á mí nos unieron.
--¿Y ése es tu plan, Serapio?--volvió á preguntar doña Sabina luchando por contener la ira que se le escapaba por todos los poros de su cuerpo.
--Ese mismo,--respondió su marido, no poco turbado ya ante el fulgor de aquella mirada infernal, cuyos resultados conocía bien por una triste experiencia.
--¿Y para qué me le das á conocer?
--Para... para ver qué te parece... y para...
--¿Para qué más?... ¡Acaba!
--Para... para que me ayudes á realizarle... digo, si te parece bien.
Aquí temblaba ya la voz de don Serapio, y sus ojos no podían resistir las centellas que lanzaban los de su mujer. La verdad es que doña Sabina, al oir las últimas palabras de su marido, estaba espantosa. Permaneció un instante como vacilando entre responder á su marido con algunas frases ó con un silletazo; pero al último se decidió por exclamar, en el tono más depresivo y humillante que pudo:
--¡Estúpido!
--Bueno, mujer--replicó don Serapio asombrado de que aquella tempestad se hubiera desahogado con tan poca descarga.--Cada uno es como Dios le hizo. Si el plan no te gusta, en paz, y veamos el tuyo.
--No conoces siquiera el terreno que pisas.
--También puede ser eso. Como no me ocupo...
--¿Crees que á la altura en que están las cosas pueden esos chicos permanecer tanto tiempo _así_?
--Según eso, ¿juzgas preferible acortar el plazo?
--¡Animal!
--¡Echa, hija, echa!
--Un abismo es lo que hay que poner entre ambos, y ponerle inmediatamente.
--¡Hola! ¿Pues qué sucede?
--¿Todavía no lo has conocido?
--Te juro que no.
--¿No has sospechado siquiera que el pelón de tu sobrino se permite ciertas ilusiones sobre su prima?
--¿Y eso qué?...
--¡Y me lo dices con esa calma!
--¿Por qué no? Si ella se las fomentara...
--¿Y si se las fomenta?
--¡Cáscaras!
--Esto no es asegurarlo, ni siquiera creerlo--rectificó doña Sabina arrepentida de haber ido tan lejos en sus declaraciones.--¡Pues no faltaba más sino que nuestra hija descendiera desde la altura del rango que le corresponde, hasta la ignominia de ese miserable!... ¡Para eso la he educado yo! Pero al cabo es una niña todavía, sin experiencia, y ¿quién sabe hasta dónde puede llegar el tesón del otro, llevado del afán de salir de la miseria á expensas de un partido semejante?
--¿Partido, eh? No lo sabes tú bien.
--Sé que es de los más brillantes de la ciudad, si no el primero, y esto me basta.
--Haces bien en conformarte con eso. Pero volviendo al asunto principal: si á Enriqueta no le preocupa su primo, ¿á qué ese abismo entre ambos?
--Por si llega el caso.
--Eso es muy eventual, Sabina; y por una eventualidad tan remota, no voy yo á arrojar á la calle á un huérfano de mi hermana.
--Pues sábete--dijo entonces doña Sabina con visible repugnancia,--aunque la lengua se me atasque al decírtelo, que la una y el otro se... se ¡caramba! se quieren como dos bestias.
--¿Estás segura de ello, Sabina?
--Segurísima... Y ya ves que existiendo esa intimidad tan peligrosa entre ellos, no es decoroso tenerlos habitando bajo el mismo techo.
--Verdad es. Mejor estarían unidos como Dios manda... Quiero decir, separados. Pero ¿cómo?
--¿Cómo? ¿Y me lo preguntas á mí?
--Naturalmente. Al echar á César de casa no has de decir á todo el mundo por qué le echas; y si no lo dices, aun cuando se le vea á mi lado en el escritorio, como ha de vérsele...
--¿Y qué se adelantaría con echarle de casa si se le dejaba volver al escritorio? ¿Tanto dista el uno de la otra?
--¿Pues qué pretendes entonces, Sabina?--preguntó aquí don Serapio vivamente alarmado.
--Arrojarle más lejos.
--¡Abandonarle!... ¡Jamás!
--No he dicho semejante cosa.
--Pues explícate con dos mil demonios, porque tengo el alma que me cabe en el puño.
--Te ahogas en poca agua, Serapio.
--Tengo entrañas, Sabina.
--¿Y no las tenemos los demás?
--Te ruego que concluyas.
--Voy á concluir. ¿No tienes corresponsales... en América?
--¡Sabina!
--¡Serapio!
--¡Adónde vas á parar?
--Déjame concluir. Sobre todo, considera que este caso es caso de honra y de conciencia para todo padre que en algo se estime; que no es, aunque juego de niños, de los que te permiten echarte á dormir hasta que se acaben.
--¿Acabarás tú?
--Es que quiero que te penetres bien de toda la importancia del asunto, y que no le tomes, como acostumbras, por un vano capricho mío.
--Adelante. ¿Qué es lo que, en resumen, pretendes?
--Lo que pretendo es que envíes á César á América.
--Eso es inicuo, Sabina.
--Es necesario, Serapio.
--Me quitas mi brazo derecho; el mayor descanso en el último tercio de mi vida.
--Dios proveerá, como otras veces. Teniendo dinero no faltará quien te sirva.
--¡Teniendo dinero!
--Como lo tienes.
--¡Como lo tengo!... ¡Insensata! ¿Y el porvenir que arrebatas á tu hija?
--¿Qué porvenir?
--César.
--¿De cuándo acá es César un porvenir?
--Desde que es bueno, honrado é inteligente.
--No tiene un cuarto.
--Á mi lado podría hacer un caudal.
--Mejor le hará en América; y á fe que para mandarle volver, _si es rico_, siempre hay tiempo.
--Pero y tu hija, si es cierto que le ama, ¿qué será de ella?
--Mi hija... y la tuya, es una niña todavía, y con el mismo afán con que se entrega á un capricho, se olvidará de él. En todo caso, eso corre de mi cuenta, y yo te aseguro que antes de un año me dará las gracias por haberla separado de semejante peligro.
--¿Luego cuentas ya con esa separación?
--Resueltamente, porque es indispensable.
Don Serapio quiso todavía resistirse; pero con un carácter como el suyo y un enemigo como el que le acosaba, toda lucha era imposible. El asunto podía ser de inmensa transcendencia, y el apocado marido no le veía «bastante claro» para decidirse á hacer, en honor á la justicia, una hombrada que necesariamente había de ser causa de una serie infinita é insoportable de tempestades domésticas. La verdad es que reflexiones como ésta se las hacía él á cada dificultad que le ofrecía el genio diabólico de su mujer; y así se le iba pasando la vida sin hacer la hombrada que tan bien hubiera sentado á su autoridad, y tantos desastres le hubiera evitado, hecha á tiempo.
Armóse, pues, de toda la gravedad que juzgó del caso, y atrevióse únicamente á decir á su mujer:
--Puesto que tan necesario lo crees, hágase... Pero entiende que yo lavo mis manos; y echando sobre tu conciencia toda la responsabilidad de tan delicado asunto, á tu cargo dejo también la enojosa tarea de prevenírselo á ellos.
--Enhorabuena--exclamó gozosa y triunfante doña Sabina:--verás cómo no me muerdo la lengua ni me paro en remilgos de colegiala.
Y salió como un cohete, dejando á su marido agobiado bajo el peso de aquella nueva desdicha con que quizás el cielo castigaba su falta de carácter, fuente y origen de todas cuantas le abrumaban y consumían.
IV
No es difícil imaginarse la situación de ánimo en que se encontraría César después del diálogo, que ya conocemos, con su prima. Veinte años, rosas y tomillo por ilusiones, y un corazón que, á la edad en que otros estallan al contacto de vulgares desengaños y prosaicas realidades, encuentra en otro, también puro, también virgen, eco dulce y tierna correspondencia para todas sus impresiones y para todos sus más sublimes anhelos. Huérfano sin más porvenir en el mundo que la caridad de su tío, y en una época de la vida en que sentando ya muy mal el trompo en su mano, todavía no caía bien en su cuerpo la librea de los hombres formales, era dueño, absoluto dueño del misterioso impulso de las primeras emociones de un alma como la de Enriqueta, cuyos raros atractivos, como los rayos del sol, nadie ponía en duda. Figurábase que todos los ángeles del cielo habían bajado á buscarle y á buscar á Enriqueta, y que después de colocar á los dos sobre nubes de nácar y arreboles, los mecían en el espacio sin límites, lejos, muy lejos de la tierra miserable, hasta darles por morada venturosa región de perpetua primavera, en la cual correrían sus vidas sin término y sin dolores.
Por tales alturas andaba la imaginación del pobre mozo, cuando entró en su cuarto doña Sabina, punzante la mirada, airado el continente y violento el paso.
De un solo brinco puede decirse que descendió de su risueño paraíso, tan pronto como vió á su lado aquella serpiente, y desde luego creyó que semejante nube no podía menos de aparecerse para tapar el cielo de color de rosa en cuyos horizontes sin medida acababa de perderse su alma enamorada.
--Escúchame, César, y advierte que yo no hablo nunca en broma,--dijo doña Sabina por todo saludo y en ademán airado.
--Diga usted, señora,--contestó el joven, aturdido y trémulo, dando por seguro que su conversación con Enriqueta había sido oída por alguien más que ellos dos y los angelitos del cielo.
--Vivías pobre y miserable al lado de tu madre hambrienta.
--Lo sé, tía; y tampoco ignoro que la pobreza no es deshonra.
--Y ¿qué entiendes tú de eso, mentecato?... Repito que vivías pobre y hambriento en el último rincón de una aldea.
--Y yo insisto en que no lo he olvidado, y no me avergüenzo de recordarlo.
--Añado que tu madre vivía á expensas de una limosna que le pasaba tu tío.
--Mi madre ha muerto ya, señora--replicó César llorando de indignación y de pena,--y no recuerdo que en vida la ofendiera á usted jamás.
--¿Y por ventura la ofendo yo ahora en algo?... ¡Ha visto usted, las almas tiernas?--recalcó la víbora con una sorna verdaderamente inhumana.--Ea, límpiese usted los mocos y escuche con el respeto que me debe.
--Ya escucho, señora,--dijo César conteniendo mal su emoción.
--Compadecidos de tanta miseria--prosiguió la implacable mujer,--te trajimos á nuestro lado, te dimos generoso albergue y te colocamos á las puertas de un brillante porvenir.
--Nunca he dejado de agradecerlo: bien lo sabe Dios.
--¡Mucho!
--¿Lo duda usted?
--No lo dudo, lo niego.
--¡Pero, tía!
--Lo dicho, señor sobrino.
--¡Yo ingrato!
--Tú, sí. Ingrato es, y de la peor especie, el que paga los favores con agravios.
--¡También eso, señora!... ¿Es posible que yo haya podido agraviar á ustedes!
--Te repito que sí.
--Pero ¿cómo?
--¿Cómo? Por de pronto, soliviantando el inocente corazón de tu prima.
--¡No es cierto eso!
--¡Mocosuelo! ¿Aún te atreves á desmentirme?