Part 12
--¿Y por respeto á esa canalla--le objetó doña Sabina,--habíamos de ofender la delicadeza de una persona tan respetable con preguntas impertinentes?
--Lo cierto es--indicó Enriqueta,--que tratándose de una persona tan delicada como ésa, no es muy cuerdo ir á molestarle con tales _menudencias_.
--Naturalmente, mujer--volvió á decir doña Sabina;--sino que tu padre algunas veces... Figúrate si _él_, resuelto á decirlo, no nos lo hubiera dicho ya. ¿Se calla? Pues eso prueba que no tiene para qué decírnoslo.
--¿Y lo dudo yo acaso?--replicó don Serapio.--Sólo que hubiera preferido... pues... ¡Si sabré yo lo que ciertas cosas ofenden dichas al tunturuntún y sin venir á pelo!
Ni más ni menos se había hablado, ni se volvió á hablar en aquella casa, de semejantes _pequeñeces_.
XIII
Pasaron los días, y continuó don Romualdo frecuentando el trato de la familia, y ésta volvió á abonarse al teatro y á presentarse en los paseos; pero esta vez acompañada del pretendiente, á quien miraba doña Sabina con ojos tiernos, volviéndolos después al público como para decirle:--«¿Ves cómo al fin esta ganga me la llevé yo?». Enriqueta escuchaba, así en el palco como en medio de la marejada del paseo, con los ojos lánguidos, la boca sonriente y las manos entre el varillaje de su abanico, las _ternezas_ que sin descanso le soltaba á la oreja su futuro; el cual, al ver el efecto que sus palabras causaban, _al parecer_, en su hechicera novia, alargaba el hocico, chupábase la lengua, se rascaba la peluca, y más de una vez dejó caer sobre su tersa pechera, sin percatarse de ello, larga, ondulante y cristalina hebra, como un niño en la primera dentición.
Es, pues, indudable que el _sacrificio_ de Enriqueta había tenido ya su galardón en el notorio placer con que á la sazón le aceptaba. Téngalo por consuelo el lector que la hubiere compadecido.
Con las dichas exhibiciones, el runrún del público llegó á tomar gran incremento, en especial entre las mujeres _de tono_. «Que al fin le atrapan; que el inocente, que el incauto; que la gazmoña, que la embustera, que la dengosa; que su madre, que serpiente, que víbora, que lagarta; que su padre, que la necesidad, que los apuros; que por algo quitaron de en medio al otro _pobre_; que si vende, que si hipoteca á su hija para levantar fondos; que si judío, que si bribón...».
Pero llegó el día en que doña Sabina se echó á la calle en deslumbrante arreo, y comenzó, casa por casa, á anunciar, en todas las _visibles_ de la ciudad, el casamiento de su hija con el señor don Romualdo Esquilmo; y ¡Virgen de la Soledad! ¡La tormenta que se armó desde aquel instante! Que el novio era un cerdo y además un ladrón; que había estado en presidio; que, por no tener nada suyo, hasta llevaba postizos el pelo, los dientes, media nalga y toda la nariz; que olía mal y no podía verse limpio de sarna; que de un momento á otro le embargarían el caudal y le enviarían á Ceuta, de donde se escapó para ir á América...
--Luego--dirá el sensible lector,--algo se sabía de la vida y milagros de ese hombre.
--Ni una palabra--digo yo.--En aquella ciudad se decía todo eso y mucho más de cada indiano rico y pretendiente, en cuanto dejaba de mariposear y se fijaba en una sola mujer para casarse con ella.
Si esto era envidia, yo no lo sé; pero es lo cierto que hasta el momento del parte oficial, todo se volvía elogios para el candidato tan vilipendiado después: para caridad, parece demasiado fuerte; para justicia seca, faltaban á menudo las pruebas. Por de pronto era una costumbre, ó más bien una necesidad _de raza_.
Y adelantando siempre el proyecto á despecho de las murmuraciones, como nave bien regida entre fieros huracanes, llegó la ocasión de encargarse las galas á París, y la de hacerse, de público, su inventario.
Desde el cándido de terso _moaré_, de desposada, hasta el severo y rico de pesado terciopelo, pasaron de dos docenas los vestidos; midióse por celemines la pedrería, y contáronse á montones los encajes de Flandes más preciados. Jamás se vieron en el pueblo nupciales agasajos más suntuosos; y puestos en exhibición durante quince días en adecuado anfiteatro, con la escolta de otros cien presentes de costumbre, fueron la admiración... y la envidia de todas las _visitas_ de la casa, y el objeto de largos, escrupulosos comentarios en toda la ciudad.
Mientras esto sucedía, un enjambre de trabajadores de todos los oficios imaginables, tumbaba los tabiques de tres habitaciones corridas de la mejor manzana del barrio, y transformaba el inmenso espacio resultante en fantástica morada, en la cual lo gótico, lo árabe y lo pompeyano se disputaban la primacía, y los mármoles, el oro, los estucos, andaban tirados por los suelos y estrellados en las paredes como si fueran miserable barro de cazuelas. Todo, por supuesto, en calidad de interino, porque ya se había encargado á Roma el plano y á París el ajuar de un palacio, punto menos maravilloso que los de Aladino.
Y corriendo los días, llegó el de los contratos, según los cuales don Serapio entregaba su hija con el dote profuso que recibió de la naturaleza, y la aceptaba don Romualdo muy gustoso, como lo demostraba dotándola en un miserable par de milloncejos y algunas otras frioleras que no enumero, porque no digan ustedes que me meto en lo que no me importa.
Todo era, pues, miel sobre hojuelas en medio de aquel grupo venturoso. Ya no sabía reñir doña Sabina; Enriqueta estaba aturdida, electrizada, y don Serapio se sonreía hasta con el _facistol_ del escritorio. Cuanto sus ojos y sus imaginaciones abarcaban, era del color de las auroras primaverales. No había pena que no se olvidara, ni pecado que no se perdonase; y la sonrisa alcanzaba tan allá como los recuerdos, habiéndolos para todo... menos para el pobre expatriado que andaba por el otro mundo conquistando una posición social para merecer á su prima, y de quien el mismo don Serapio no sabía una palabra desde seis meses antes, ni se curaba maldita de Dios la cosa de dos semanas atrás.
Para dos días después de los contratos se señaló la boda; y como en este paréntesis, de meros preparativos íntimos, no tiene el historiador nada que hacer, paréceme oportuno aprovecharle para subsanar el olvido de la familia, dedicando un capítulo al benemérito muchacho que quizá estaba á la sazón en la creencia de que su prima le esperaba, como ella se lo había prometido, en su casa... «ó en el cielo».
XIV
La acogida que se le hizo en la Habana, donde desembarcó, fué todo lo afectuosa que era de esperar de la recomendación que á la mano llevaba de su tío. Entre éste y la persona que debía acogerle había grandes y antiguas relaciones de amistad y mercantiles; y así fué que, no bien hubo pisado el suelo habanero, halló ventajosa colocación sin salir de la misma casa en que había entregado su carta credencial.
Con el carácter de César y los muchos conocimientos que llevaba adquiridos en el comercio, no le fué difícil obtener la confianza de su nuevo protector, á cuyo lado era indudable que hubiera hecho fortuna «por sus pasos contados».
Pero es preciso no olvidar que César llevaba en su pecho un aguijón que le obligaba á caminar de prisa, y en su imaginación una luz extraña que le hacía ver como interminable todo plazo por breve que fuera. Pensaba en su prima, y temía no hallarla esperándole en el mundo terreno, si tardaba él mucho en volver á su patria.
Por otra parte, era agradecido; y no queriendo regatear el tiempo y la ganancia á una persona que tanto le protegía, pasó cuatro años adquiriendo mucho, pero no todo lo que necesitaba en su afán de «acabar pronto».
Al fin su impaciencia febril pudo más que sus miramientos. Recogió sus utilidades; púsolas, como quien dice, á una carta, en una especulación de la casa; tuvo la suerte de duplicarlas, y conociendo su protector, por éste y otros rasgos, el gusanillo de la prisa que le roía, y no desconociendo ni menospreciando las buenas dotes que adornaban al impaciente, propúsole pasar á Méjico, donde podría, con la recomendación que él le diera, hacer doble negocio en la mitad del tiempo, si bien con triples fatigas.
Aceptó César con entusiasmo; diéronsele eficaces recomendaciones para una casa de Veracruz, cuyo principal negocio era la explotación de dos minas de plata, y allá se fué con sus ilusiones y sus ahorros.
No se le había engañado en las promesas. Dos años le bastaron para llegar á reunir un capitalejo, limpio y morondo, de cuarenta mil duros.
En sus expansiones amistosas no ocultaba á nadie el afán que le devoraba; pero jamás declaró su verdadera patria ni sus parentescos en ella, en previsión de un lance desgraciado que pudiera obligarle un día á buscar un porvenir por vías más humildes y azarosas que las hasta entonces recorridas con tan buena suerte. Hasta ese punto llevaba sus propósitos de hacer fortuna honradamente, y sus repugnancias pueriles á deslustrar el brillo de que tanto se pagaba la vanidad de su tía. Por lo demás, hablaba hasta con exceso de sus frecuentes relaciones con la casa de la Habana, aunque siempre con el fin de ponderar lo mucho que la debía, y se curaba muy poco, como joven y de escasas malicias, de ver si todos los que le rodeaban en sus momentos de expansión eran dignos de sus candorosas confianzas.
Á menudo tenía noticias de su tío, y por éste sabía que «todo seguía en casa como él lo había dejado»; es decir, que Enriqueta seguía esperándole allí, según su traducción al lenguaje de sus amorosos anhelos.
De la Habana tampoco le faltaban cartas, en las cuales se le deseaba siempre rápida fortuna, y se le prometía no dejar de recomendarle cualquiera ocasión que se presentara por allí de conseguirlo, si antes no lo había conseguido él donde se hallaba.
Un día recibió una carta de esta procedencia, y de puño y letra de su afectuoso protector, en la que se le dijo que la ocasión tan deseada había llegado al fin; que, con otra carta suya á la mano, se le presentaría en Veracruz un don Cleofás Araña, gran amigo del recomendante, que pasaba á Méjico á continuar la explotación de dos minas de oro, de su propiedad; que por una deferencia singularísima se había prestado á darle la participación que quisiera tomar en la empresa, en la seguridad de duplicar el capital en menos de seis meses, y que el tal don Cleofás era riquísimo, honrado, etc., etc.
Pocos días después llegó efectivamente este señor, tipo de hombre entre campesino y culto, de aire franco y resuelto, como el de aquél que más bien ofrece que necesita protección. Entregó la anunciada credencial á César, y le mostró además títulos de pertenencia, muestras de oro nativo, etc., etc., con lo cual el iluso mozo, creyéndose más que satisfecho, realizó cuanto tenía y puso en manos de aquel potentado hasta treinta mil pesos, quedándose sólo con otros diez mil para las eventualidades. Extendióse un proyecto de contrato; diósele á César, mientras aquél se formalizaba, un resguardo en toda regla; hubo no sé qué dificultades mecánicas que duraron tres días; al cuarto avisó el socio que se había quedado en la cama un poco indispuesto; al quinto pasó César á visitarle... y el socio había desaparecido de la casa y de la ciudad. Llamó el incauto al cielo; siguió la pista del fugitivo la gente que lo entiende, y, como de costumbre, no dió con él.
Cruzáronse exhortos; escribióse mucho; crecieron los autos á montones, y vino á saberse en limpio que el ladrón se había largado á los Estados Unidos, y que ya era conocido por los siguientes fragmentos de su edificante historia:
Entre los primeros buscadores de oro en los _placeres_ famosos de California, se contaba un mallorquín, marinero desertor de un buque llegado á aquellas costas con víveres y utensilios. Sabido es por demás que los susodichos explotadores eran lo peor de cada casa, y que no habiendo entonces en el país ni ley, ni rey, ni roque, todo era en él _primi ocupantis_, por lo cual, antes que la herramienta del trabajo, todo buscador precavido adquiría un revólver y un puñal; porque no es necesario decir que lo que se adquiría arañando las costras de la tierra durante el día, había que defenderlo á menudo, por la noche, á tiros y á puñaladas. Con tan suaves entretenimientos, hijos de la necesidad, hasta el hombre más bondadoso tenía que convertirse en una fiera. ¿Qué llegaría á ser el que antes de pisar aquel suelo no tenía ya entrañas? De éstos era el mallorquín.
Cansándose muy pronto de escarbar la tierra para buscar el oro, y siendo muy diestro en los juegos de azar, trocó la herramienta por la baraja. Ganó mucho en pocos días; pero se le conoció el juego y estuvo á pique de pagar con el pellejo las ganancias. Salvó las unas y el otro; mas no queriendo exponerse á nuevos trances por el estilo, convenció á media docena de perdidos como él, y se lanzaron los siete á la montaña más próxima, de la cual descendían cada vez que se les presentaba una ocasión de hacer un buen agosto, sin arredrarles el riesgo de andar á puñaladas con los desvalijados. Estos atentados y otros parecidos que se hicieron de moda, sugirieron á otros buscadores menos bandoleros la idea de formar entre ellos rondas y tribunales con el fin de hacerse la justicia por su mano. La medida dió por resultado inmediato el que un día amanecieran seis ladrones colgados por el pescuezo en medio de la colonia de aventureros. Cuando estos ejemplares castigos se hicieron muy frecuentes, el mallorquín, que ya había visto colgados á tres de su cuadrilla, tuvo miedo en todas partes.
Huyó, pues, de California, con el rico botín de sus rapiñas, y se cree que se refugió en Méjico, porque, tiempo andando, se le ve aparecer, al frente de una docena de bandidos, asaltando una _conducta_ de varios millones que iba de la capital á Tabasco; conducta que, merced á la fortuna de los salteadores, torció de rumbo con éstos, sin saberse á qué parte del mundo.
Tiempo después vuelve á vérsele en la isla de Cuba hecho un gran personaje, tratando con un criollo, separatista de nota, de una invasión filibustera. Habíale presentado cartas credenciales del centro conspirador de New York, en las cuales se le autorizaba para recoger una fuerte suma recaudada con el fin de reclutar gente y adquirir pertrechos de guerra. Los filibusteros cubanos no pusieron en duda la autenticidad de las cartas, sellos y contraseñas; entregáronle los millones recaudados en valores de pronta y fácil realización, y ni de éstos ni de su conductor volvieron más á saber aquellos sempiternos _laborantes_.
Su última hazaña conocida fué la que llevó á cabo en Méjico, siendo la víctima César.
Nada quiso decir éste del caso á su tío, hasta conocer el resultado de sus pesquisas, ni tampoco escribir á la Habana; pues sobre estar convencido de la falsedad de las cartas de recomendación, temía que por aquel conducto llegara á saberlo su familia, y al saberlo ésta corría el riesgo él de que se desalentara Enriqueta, que le estaría esperando «de un momento á otro». En todo caso, para empezar á trabajar de nuevo y dar la triste noticia, siempre estaba á tiempo.
Cuando se convenció de que el fugitivo no parecía, buscado por la nariz de la justicia, sintióse acometido de una comezón febril y quiso él mismo correr tras él para arrancarle lo robado, ó para matarle si se lo negaba. Con este propósito, y sin decir á nadie una palabra, salió para los Estados Unidos, depósito inmenso de todos los grandes ladrones del mundo, y se consagró con alma y vida á buscar el de sus ahorros.
Tres meses de investigaciones en aquel laberinto de cosas grandes y de cosas horrendas, diéronle por resultado la convicción de que su hombre había pasado á Inglaterra, donde, por lo visto, tenía acumuladas, y en lugar seguro, sus incalculables riquezas tan honradamente adquiridas.
Tomó, pues, pasaje para Liverpool, y esto es todo lo que por ahora tenemos que decir de César al lector.
XV
Volviendo al asunto que dejamos pendiente para hacer esta ligera excursión por el otro mundo, digo que llegó el día de la boda y que acudió á ella medio pueblo, unos como invitados y otros como curiosos. Enriqueta, con su traje blanco, su corona de azahar y su rubor de costumbre en tales lances, podía habérsela tomado por una vestal que iba al sacrificio, ó por una virgen cristiana conducida al martirio; y en cuanto á don Romualdo, más parecía, aunque vestido de rigorosa etiqueta, el administrador de la casa, que el Polión de aquella Norma ó el Eudoro de aquella Cimodocea. Los carruajes se atropellaban á la puerta de la iglesia, y lo más granadito y cogolludo de la población invadía el templo, mientras en el altar mayor se celebraba la ceremonia religiosa.
Dos horas más tarde se servía en casa de la desposada espléndido almuerzo presidido por Enriqueta y don Romualdo, unidos ya ante Dios y los hombres en eterno indisoluble lazo.
Aquella misma noche, y no á hora más cómoda, por exigirlo así las leyes de la naturaleza, que no había querido alterar el orden de las mareas ni por los doblones del opulento indiano, debían salir los recién casados para el extranjero en un vapor fletado y dispuesto con este objeto exclusivo.
Llegaron las cuatro de la tarde, y desfiló el último de los convidados; levantáronse los manteles y los cachivaches, y se quedó sola la familia, ocupada en algunos preparativos para el viaje. Don Romualdo, con el mismo fin, necesitó darse una vuelta por su habitación de soltero; y si no por el desorden que reinaba en algunos departamentos de la casa, el cansancio que se reflejaba en los rostros de los amos y las galas que aún vestían los criados, nadie diría á las cinco que allí se había celebrado una fiesta ruidosa con la ocasión más transcendental de todas las ocasiones de la corta y achacosa vida humana.
Descansaban en silencio, bostezando don Serapio, pensativa Enriqueta y risueña doña Sabina, como quien saborea gratísimas ilusiones, cuando apareció en escena, y sin anunciarse, otro personaje desconocido en aquel teatro. Era joven, y vestía con elegancia un cómodo traje de camino; su tez era ligeramente morena, y negros el pelo y la barba. Fuera por natural timidez, ó porque se vió contrariado con la expresión de extrañeza que notó en aquella familia, es lo cierto que el recién llegado, al verse en medio de ella, apenas se atrevió á hacer una ligerísima salutación. Levantóse maquinalmente don Serapio al reparar en el intruso, y antes de desplegar los labios para corresponder á su saludo, observó que su mujer, como picada por una víbora, se incorporaba de repente con los puños y los labios apretados y los ojos centellantes, y que Enriqueta, pálida como un cadáver, se apoyaba con las dos manos en los brazos de su butaca. Entonces don Serapio, fijándose más en el recién llegado, abrió inmensamente los ojos y la boca; después le tendió los brazos, y cayendo en ellos el otro, exclamaron los dos á la vez:
--¡César!
--¡Querido tío!
Cántico que tuvo por acompañamiento esta salmodia rechinante de doña Sabina:
--¡Así le ahogaras!
--Y usted, señora--dijo á ésta César cuando se desprendió de los brazos de su tío,--no dude que la veo con sumo placer. Y á ti también, Enriqueta.
--Muchas gracias--contestó aquélla con ira mal disimulada.--Y ¿se puede saber cuál es la causa de esa venida tan intempestiva?
--En efecto--añadió don Serapio.--¿Cómo no nos lo has anunciado previamente?
--Mi presencia no ha de estorbar á ustedes mucho tiempo--replicó César, hondamente herido con aquella frialdad con que se le recibía.--Hace una hora llegué de Inglaterra á este puerto, y me he desembarcado para venir aquí con el exclusivo objeto de saludar á la única familia que me queda en el mundo. Tengo, en hacerlo, una inmensa satisfacción, y lo creí, además, como un sagrado deber mío; especialmente siendo, como han de ser, muy pocos los días que he de permanecer en esta ciudad.
--Y ¿quién te ha dicho que nos estorbes ó dejes de estorbarnos?--repuso doña Sabina en el tono más despreciativo que pudo.--Ya veo--añadió,--que te has curado muy poco de tus achaques románticos.
--En esta casa hay siempre una habitación para ti, y corazones, no lo dudes, César, que se interesan por tu felicidad,--dijo don Serapio queriendo enmendar las demasías de su señora.
--Ya lo veo,--contestó César con doble intención, mirando á su tía, y sobre todo á Enriqueta, que no desplegaba sus labios ni levantaba los ojos de la falda de su vestido.
--Y por cierto--prosiguió doña Sabina, resuelta á dar á su sobrino la última puñalada,--que si tardas un poquito más, te encuentras con dos habitaciones en vez de la que te ofrece la generosidad de tu tío.
--¿Cómo así, mi buena tía?
--Porque dentro de dos horas sale Enriqueta para Francia.
--¿Con usted acaso?
--No, señor: con su marido.
Y esto lo dijo doña Sabina recalcando mucho la última palabra.
--¡Con su marido!--exclamó Cesar aturdido, como si el suelo se abriera bajo sus pies.
--Con su marido,--insistió aquélla.
--Pero ¿desde cuándo le tiene?
--Desde esta mañana.
--¡Es posible eso?... digo, ¿es cierto, Enriqueta?--preguntó César dirigiéndose á su prima, y queriendo en vano dominar el dolor, la ira y el despecho que á la vez estaban atormentándole.
--Creí que tú lo sabías...--respondió Enriqueta con voz apenas inteligible.
--¡Que lo sabía yo! ¡Y te has casado esta mañana!
Al desencantado joven ya no le quedaba la menor duda de que ni la misma Enriqueta, cuyas protestas de eterno cariño conservaba él escritas en su corazón como un consuelo en sus tribulaciones, había guardado en su alma el más leve recuerdo del pobre huérfano arrojado de casa á merced de la suerte.
--Es de advertir, César--díjole don Serapio, quizá deseoso de disculpar su propia conducta,--que no sabemos de ti hace algunos meses, y que he tratado en vano de averiguar tu paradero.
Estas palabras sacaron al joven del estupor en que había caído.
--Cierto es--dijo,--que durante ese tiempo no he querido dar á usted noticias mías.
--Y ¿por qué has hecho eso?
--Porque en ese período de mi vida, la suerte ha puesto el colmo á sus rigores conmigo. Y para que no se atribuya á olvido ni á ingratitud lo que acaso es efecto de todo lo contrario, impondré á ustedes de los tristes sucesos que fueron causa de que se interrumpiese nuestra correspondencia.
Aquí relató cuanto ya sabe el lector sobre el robo de sus economías.
Enriqueta hubiera querido hallarse á cien leguas de allí cuando su primo se detenía á hablar de su vehemente afán de llegar pronto á ser _algo_, pues no se le ocultaba que este afán era hijo del propósito de _merecerla_... ¡á ella que tan dócil había sido para olvidarle, y tan fácil para entregarse, con una venda en los ojos, aunque con disculpas de sacrificio, á los azares de un porvenir dudoso en brazos de un desconocido!
Comparaba entonces la delicadeza, la hermosura de su primo, con las chocarrerías y el aspecto grosero y vulgar de su marido, y tal vez maldijo á la casualidad que no había traído á César doce horas antes á aquella casa.
Entre tanto, éste concluía así su relato: