Part 1
NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
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El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas vigentes de la Real Academia Española cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.
En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está en mayúsculas.
Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores tipográficos y de ortografía.
La portada incluida en este libro electrónico fue modificada por el transcriptor y se cede al dominio público.
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BIBLIOTECA DE NOVELISTAS DEL SIGLO XX
GRACIA DELEDDA CENIZAS
TRADUCCIÓN DE MIGUEL DOMENGE MIR
[Illustration]
BARCELONA--1906 IMPRENTA DE HENRICH Y Cª--EDITORES Calle de Córcega, 348
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NUESTRA AMÉRICA, por CARLOS OCTAVIO BUNGE, con un prólogo de RAFAEL ALTAMIRA. (_Agotada._)
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CENIZAS
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CENIZAS
TRADUCCIÓN DE MIGUEL DOMENGE MIR
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ES PROPIEDAD
PRIMERA PARTE
I
Era la víspera de San Juan al anochecer. Olí[1] salió de la caseta de peón caminero, situada á la orilla del camino que va de Nuoro á Mamojada, y marchó campo á través. Tenía unos quince años. Era alta y hermosa, con grandes ojos felinos, glaucos, un poco oblicuos, y boca voluptuosa, cuyo labio inferior, algo hendido en su mitad, parecía formado por dos cerezas. De la cofia encarnada, atada bajo la puntiaguda barbilla, salían dos mechones de negros y relucientes cabellos, ensortijados alrededor de las orejas. Este peinado y lo pintoresco del traje, falda roja y corpiño de brocado terminado por dos puntas recurvadas que sostenían el seno, daban á la chiquilla una gracia oriental. Entre los dedos, llenos de anillitos de metal, llevaba cintas y lazos escarlata, para _señalar las flores de San Juan_[2], ó sean matas de gordolobo, tomillo y asfódelo, que, cogidas á la madrugada del día siguiente, servían de medicina y amuletos.
Aun cuando Olí no hubiese _señalado_ las plantas que quería arrancar, no había peligro de que alguien las tocara. Todo el campo, alrededor de la caseta donde vivía con su padre y hermanitos, estaba completamente desierto. Sólo á lo lejos las ruinas de una casa de labranza sobresalían entre un campo de trigo, cual escollo en un verde lago. En la campiña agonizaba la salvaje primavera sarda; se deshojaban las flores del asfódelo, se desgranaban los dorados racimos de la retama; las rosas palidecían en los matorrales, amarilleaba la hierba; un fuerte olor de heno perfumaba la pesada atmósfera.
La vía láctea y los últimos resplandores del horizonte, que parecía una faja de mar lejano, daban á la noche claridad de crepúsculo. Cerca del río, cuyas escasísimas aguas reflejaban las estrellas y el cielo violáceo, encontró Olí á dos de sus hermanitos que cazaban grillos.
--¡Á casa! ¡De prisa!--les dijo con su hermosa voz aún infantil.
--¡No quiero!--contestó uno de los chiquillos.
--¡Mira que esta noche no verás abrirse el cielo! ¡Los niños buenos, en la noche de San Juan, ven abrirse el cielo y ven el Paraíso y Nuestro Señor y los ángeles y el Espíritu Santo!... Pero vosotros veréis unos cuernos, si no marcháis á casa. ¡Pronto, en seguida!
--Vámonos, dijo pensativo el mayor de los hermanos. El otro protestó algo, pero concluyó por dejarse llevar.
Olí siguió andando. Pasó el cauce del río, pasó el sendero, pasó el bosquecillo de olivos; allá y acullá se encorvaba y ataba con un lazo las ramas de algún matojo, después erguía el cuerpo y sondaba la noche con la penetrante mirada de sus ojos felinos.
El corazón le palpitaba fuertemente, de ansia, de temor y de alegría. La fragante noche invitaba al amor, y Olí amaba. Olí tenía quince años, y con el pretexto de _señalar_ las flores de San Juan, iba á una cita amorosa.
Seis meses atrás, una noche de invierno, un joven campesino había entrado en la caseta á pedir lumbre. Era quintero de un rico propietario de Nuoro, y estaba sembrando los campos, alrededor de la casa en ruinas que se distinguía desde la caseta. Joven, alto, con largos cabellos negros, relucientes de aceite; sus ojos negrísimos apenas se dejaban mirar ¡tanto brillaban! Solamente Olí se atrevía á mirarlos con los suyos, que no se bajaban delante de nadie.
El peón caminero, joven aún, pero ya canoso, consumido por la fatiga, sufrimientos y miseria, le acogió benévolamente, le alargó la piedra y el pedernal, le interrogó sobre su amo, y le invitó á volver siempre que quisiera.
Desde entonces el campesino frecuentó asiduamente la casa. En las veladas de lluvia contaba cuentos á los chiquillos reunidos junto al humoso hogar; y enseñó á Olí los sitios en que mejor crecían los hongos y demás plantas comestibles.
Un día llevó á la muchacha hasta las ruinas de un _nuraghe_[3] situado sobre una altura, rodeado de matorrales cubiertos de rojas bayas, y le dijo que entre las grandes piedras de aquella tumba gigantesca, estaba escondido un tesoro.
--Además, conozco otros muchos _accusorgios_[4]--añadió con voz grave, mientras Olí cogía hinojo;--acabaré por encontrar uno, y entonces...
--¿Entonces, qué?--preguntó Olí algo burlona, alzando los ojos, que parecían verdes, por el reflejo del paisaje.
--Entonces marcharé muy lejos; y si quieres venir te llevaré conmigo al Continente. Conozco bien el Continente, porque hace poco he vuelto del servicio militar. He estado en Roma y en Calabria, y en otros muchos sitios. Allí todo es hermoso... Si tú lo vieras...
Olí se reía, muy bajito, contenta y feliz, aunque algo irónica. Detrás del _nuraghe_ dos de sus hermanitos, escondidos en unas matas, silbaban fingiendo el reclamo de un gorrión. En la inmensidad del paisaje no se oía voz humana, no pasaba nadie.
El joven cogió á Olí por la cintura, la levantó y la besó cerrando los ojos. Desde aquel momento se amaron con amor salvaje, revelando el secreto de su pasión á las espesuras más silenciosas, al césped de la orilla del río, y á los obscuros escondrijos de los solitarios _nuraghes_.
Impulsada por la soledad y la miseria, Olí amaba al joven por las tierras maravillosas que había visto, por la ciudad de donde venía, por el rico amo á quien servía, por los fantásticos proyectos que trazaba para el porvenir; y él amaba á Olí, porque era hermosa y ardiente. Ambos inconscientes, primitivos, impulsivos y egoístas, se amaban por exuberancia de vida y necesidad de goce.
También la madre de Olí, según decía la hija, había sido una mujer fantaseadora y ardiente.
--Su familia estaba en buena posición--contaba Olí--y tenía parientes nobles que querían casarla con un viejo propietario. Mi abuelo, el padre de mi madre, era un poeta; en una noche improvisaba tres ó cuatro canciones, y eran tan hermosas, que apenas un ciego las cantaba por las calles, todo el pueblo las aprendía y repetía con entusiasmo. ¡Ah, sí, mi abuelo era un gran poeta! Yo sé algunas de sus poesías, me las enseñó mi madre. Escucha, escucha esta.
Olí recitaba algunas estrofas en dialecto logodorense[5], y después continuaba:
--El hermano de mi abuelo, tío Merzioro Desogos, pintaba en las iglesias y esculpía los púlpitos. Se mató por no tener que sufrir una condena. Sí; los parientes de mi madre eran nobles é ilustrados; pero ella no quiso casarse con el viejo propietario. En cambio vió á mi padre, que entonces era hermoso como un sol[6], se enamoró y huyó con él. Recuerdo que á veces decía: «Mi padre me ha desheredado, pero no me importa. ¡Que tengan los otros sus riquezas, yo tengo á Miguel y me basta!».
* * * * *
Un día el peón caminero marchó á Nuoro á comprar trigo, y volvió más triste y abatido que de costumbre.
--¡Olí, mucho ojo!--dijo á la hija, amenazándola con el puño.--¡Si aquel hombre se atreve á poner los pies en esta casa, pobre de él! Hasta en el nombre nos ha engañado. Dijo que se llamaba Quirico y se llama Anania. Es oriundo de Orgosolo, de mala casta, pariente de bandidos y presidiarios. Mucho ojo, pequeña: ¡Está casado!
Olí lloró, y sus lágrimas cayeron, mezcladas con el trigo, en el arca de madera negra; pero apenas se cerró el arca y tío Miguel volvió al trabajo, la chiquilla corrió junto al amante.
--¡Te llamas Anania! ¡Y estás casado!--le dijo, echando lumbre por los ojos.
Anania acababa de sembrar el grano en el campo recién arado; dos mirlos cantaban revoloteando en las frondas de un olivar. Grandes nubes blancas hacían más intenso el azul del cielo. Todo respiraba dicha, silencio, olvido.
--Sí,--dijo el joven, que aún tenía las alforjas sobre la espalda,--estoy casado con una vieja. Me obligaron por fuerza... como á tu madre que querían casarla con aquel viejo... porque yo soy pobre y _ella_ tiene muchos cuartos. ¿Pero qué importa? Es vieja y morirá pronto; nosotros somos jóvenes, y te quiero á ti solamente. Si tú me dejas, me muero.
Olí se enterneció y le creyó.
--¿Ahora qué haremos?--preguntó.--Mi padre me pegará si sigo amándote.
--Ten paciencia, corderita mía. Mi mujer se morirá pronto; y aun cuando no se muera, yo encontraré un tesoro, y marcharemos al Continente.
Olí protestó, lloró, no confió mucho en el tesoro, pero continuó sus amores con el joven.
Había terminado la siembra, pero Anania iba con frecuencia al campo á ver si el grano despuntaba, y á cavar y arrancar las malas hierbas. En las horas de descanso, en vez de echarse un rato, derribaba el _nuraghe_ con la excusa de construir una pared con las piedras arrancadas del monumento, pero en realidad para buscar el tesoro.
--¡Si no aquí, en otro sitio; pero yo lo encontraré!--decía á Olí.--Mira, en Maras, un joven como yo, encontró un manojo de varillas de oro. No se dió cuenta que eran de oro y las vendió á un herrero. ¡Estúpido! No me pasará á mí esto... En los _nuraghes_,--seguía diciendo,--habitaban los gigantes, que tenían todos los utensilios de oro. Hasta los clavos de sus zapatos eran de oro. ¡Oh, buscando bien, siempre se acaba por encontrar algún tesoro! En Roma, cuando era soldado, vi un sitio en donde se conservan las monedas de oro y los objetos escondidos por los antiguos gigantes. Ahora mismo, en otras partes del mundo, hay gigantes, y son tan ricos, que tienen los arados y las hoces de plata.
Hablaba muy seriamente, con los ojos brillantes por tanto sueño áureo; pero si alguien le hubiese preguntado qué pensaba hacer de los tesoros que buscaba, probablemente no hubiera sabido contestar. Por de pronto se preocupaba solamente de la fuga con Olí; en el porvenir sólo pensaba de un modo fantástico.
Por la Pascua, la muchacha tuvo ocasión de ir á Nuoro y tomar informes acerca de la mujer de Anania. Le dijeron que era de alguna edad, pero no vieja y mucho menos rica.
--Pues bien,--dijo, cuando Olí le echó en cara sus mentiras,--sí, ahora es pobre, pero cuando me casé era rica. Después de casado marché al servicio, enfermé y gasté mucho dinero; también enfermó mi mujer. ¡Oh, tú no sabes lo que cuesta una larga enfermedad! Además, nos pidieron dinero prestado y no nos lo devolvieron. Y luego, yo creo una cosa: que mi mujer, mientras yo estaba fuera, vendió las tierras y tiene el dinero escondido. ¡Te juro que es verdad!
Hablaba siempre muy seriamente y Olí le creía. Le creía porque tenía necesidad de creer, y porque Anania la había acostumbrado á creer en todo, sugestionado, él mismo, por lo que inventaba. Un día, á principios de Junio, cavando en el huerto de su amo, encontró un grueso anillo de un metal rojizo que creyó oro.
--De seguro hay aquí un tesoro,--pensó;--y corrió en seguida á contar á Olí sus nuevas esperanzas.
Reinaba la primavera en la silvestre campiña. El río, azul, reflejaba las flores del saúco; la cálida hierba exhalaba voluptuosas fragancias. En las noches, templadas y silenciosas, alumbradas por la luna ó por la vía láctea, parecía difundirse por el aire un filtro embriagador.
Olí vagaba por aquellos campos, los ojos velados por la pasión; y en los largos y luminosos crepúsculos, y en las siestas deslumbradoras, cuando las lejanas montañas se confundían con el cielo, seguía con mirada triste á sus hermanitos medio desnudos, parecidos á pequeñas estatuas de bronce, que animaban el paisaje con sus gritos de pájaros salvajes, y pensaba en el día que tendría que abandonarles para siempre.
Había visto el anillo encontrado por el joven, y esperaba y confiaba, mientras la ardiente primavera hacía hervir la sangre en sus venas.
* * * * *
--¡Olí!--gritó Anania, escondido en un matorral.
Estremecióse Olí, avanzó cautamente y cayó en los brazos del joven. Sentáronse sobre la hierba aún caliente, al lado de unos poleos y laureles silvestres que exhalaban su fuerte perfume.
--Creí no poder venir,--dijo el joven.--El ama está de parto esta noche, y mi mujer, que tiene que asistirla, quería que yo me quedase en casa. «No, le he dicho; esta noche debo coger el poleo y el laurel; ¿no te acuerdas que mañana es San Juan?» Y he venido, y aquí estoy.
Estaba buscando algo que llevaba escondido en el pecho, mientras Olí, tocando el laurel, preguntó para qué servía.
--¿No lo sabes? El laurel cogido esta noche sirve de medicina y para muchas otras cosas; por ejemplo, si tú esparces las hojas de este laurel por las paredes que cercan una viña ó un corral de ovejas, ningún animal podrá entrar para comerse las uvas ó robar un corderito.
--Pero tú no eres pastor.
--Pero he de guardar las viñas del amo; además echaré hojas alrededor de la era para que las hormigas no me roben el grano. ¿Vendrás, cuando la trilla? Habrá mucha gente, y por la noche cantaremos y nos divertiremos mucho.
--¡Mi padre no querrá!--dijo ella, suspirando.
--¡Qué hombre más raro! Ya se ve que no conoce á mi mujer; _es más vieja que una roca_,--dijo Anania, siempre buscando algo en el pecho.--¿Dónde la habré puesto?
--¿Á quién? ¿Á tu mujer?--preguntó maliciosamente Olí.
--¡Quiá! ¡Una cruz! He encontrado una cruz de plata.
--¡Una cruz de plata!--¡Donde encontraste el anillo! ¿Y no me lo decías?
--¡Hela aquí! Sí; es de plata de veras.
Y sacó del pecho un pequeño envoltorio. Olí lo desenvolvió, cogió la crucecita y preguntó ansiosa:
--¿Pero es verdad? ¿Hay un tesoro?
Parecía estar tan contenta que, aun cuando Anania había encontrado la crucecita en el campo, no quiso quitarle la ilusión.
--Sí, allí, en el huerto. ¡Quién sabe cuántos objetos preciosos habrá! Tendré que ir todas las noches á ver si encuentro algo.
--Pero el tesoro es del amo.
--¡No; es de quien lo encuentra!--contestó Anania.
Y para dar mayor fuerza á su afirmación, cogió á Olí entre los brazos y empezó á besarla.
--¡Si encuentro el tesoro ya verás!--le dijo temblando.--¿Vendrás, di, rosita de Abril? Es preciso que lo encuentre en seguida porque no puedo vivir más sin ti. ¡Ah! Mira, cuando veo á mi mujer, siento ganas de morir, y en cambio quisiera vivir mil años contigo, capullito mío.
Olí escuchaba y temblaba. Á su alrededor un silencio profundo; las estrellas brillaban como piedras preciosas, como ojos embriagados de amor; y de cada vez más suaves se difundían por el aire los perfumes de las hierbas aromáticas.
--Mi mujer morirá pronto,--decía Anania.--¿Qué hacen aquí abajo los viejos? ¡Quién sabe! Tal vez dentro de un año seremos marido y mujer.
--¡Que San Juan lo haga!--suspiró Olí.--Pero no hay que desear la muerte á nadie. Y ahora déjame marchar.
--Quédate un poquitín,--suplicó él con voz infantil.--¿Por qué quieres marcharte? ¿Qué haré sin ti?
Ella se levantó toda palpitante.
--Nos veremos mañana á la madrugada, porque yo vendré á coger las hierbas antes de que salga el sol. Te haré un amuleto contra las tentaciones...
Para tentaciones estaba. Se arrodilló, cogió á Olí entre sus brazos y se puso á suplicar:
--¡No, no te vayas, no te vayas, vida; quédate un poquito nada más! ¡Olí, corderita mía; tú eres mi vida; mira, beso la tierra en donde pones los pies, pero quédate, un poquito nada más; mira que si te marchas me muero!
Y gemía, y temblaba, y su voz conmovía á Olí hasta hacerla llorar.
No se marchó.
* * * * * * *
Hasta el otoño no se enteró el tío Miguel de que su hija había pecado. Una cólera feroz se apoderó de aquel pobre hombre, aniquilado y enfermo, que había conocido todos los dolores de la vida, menos la deshonra. No pasó por ello. Cogió á Olí por un brazo y la echó de su casa. Ella suplicó y lloró, pero el tío Miguel fué inexorable. Se lo había advertido mil veces; había fiado demasiado en ella. Tal vez la hubiese concedido el perdón si hubiera faltado con un hombre libre; pero con aquél, no se lo podía perdonar.
Durante unos días, Olí vivió en las ruinas, alrededor de las cuales Anania había sembrado el grano. Sus hermanitos le llevaban algún pedazo de pan, pero lo advirtió el tío Miguel y les zurró.
Entonces Olí, viendo que el otoño empezaba á cubrir el cielo de grandes nubes grises y llovía con frecuencia, y el viento húmedo soplaba á través del matorral rociado por la fría niebla, para no morirse de hambre y frío, marchó á Nuoro á pedir protección á su amante. Fuese casualidad ó presentimiento, á mitad del camino encontró á Anania que la consoló, la cubrió con su capote, y la condujo á Fonni, pueblo de la montaña, más allá de Mamojada.
--No tengas miedo,--le decía,--ahora te llevo á casa de una parienta mía, en donde estarás muy bien; no tengas cuidado, que yo no te abandonaré jamás.
La llevó á casa de una viuda que tenía un chiquillo de cuatro años. Al verle tan morenucho, mal alimentado, todo ojos y orejas, Olí pensó en sus hermanitos y lloró. ¿Quién cuidaría á los pobrecitos huérfanos? ¿Quién les daría de comer y beber? ¿Quién amasaría el pan? ¿Quién lavaría la ropa en el río azul? ¿Qué sería del tío Miguel, solo, enfermo y desgraciado? Olí lloró un día y una noche; después miró á su alrededor con mirada hosca.
Anania se había marchado. La viuda _fonnense_, pálida y descarnada, con cara de espectro, con una venda amarilla alrededor de su cabeza, hilaba, sentada ante una pobre llama de menudas ramas; por todas partes miseria, andrajos y hollín. De las tablas del techo, ennegrecidas por el humo, pendían, temblorosas, grandes telarañas; algunos muebles de madera formaban todo el ajuar de la pobre casa. El chiquillo de las orejas grandes, vestido á la usanza del país, con un gran gorro de piel lanuda, no hablaba ni reía nunca; se divertía únicamente asando castañas en las calientes cenizas.
--Ten paciencia, hija mía,--decía la viuda á la muchacha, sin quitar los ojos del huso.--Son cosas del mundo. ¡Oh! Ya verás cosas peores, si vives. Hemos nacido para sufrir; también de muchacha he reído; después he llorado: ahora todo se acabó.
Olí sintió helársele el corazón. ¡Oh, qué tristeza! ¡Qué inmensa tristeza! Era de noche, hacía frío; el viento retumbaba con fragor de agitado mar. Á la amarillenta luz de la llama, la viuda hilaba y recordaba; y también Olí, acurrucada en un rincón, recordaba la noche cálida y voluptuosa de San Juan, el perfume del laurel, las luces de las sonrientes estrellas...
Las castañas estallaban, esparciendo la ceniza por el hogar. El viento golpeaba furiosamente á la puerta, cual monstruo correteando de noche por las calles del pueblo.
--También yo,--dijo la viuda, después de un largo silencio,--también yo soy de buena familia. El padre de este chiquirritín se llamaba Zuanne; porque mira, hija mía, á los hijos es preciso darles siempre el nombre del padre, para que se le parezcan. ¡Ah, sí; mi marido era muy hábil! Alto como un álamo; mira, mira allí su capote, que aún está colgado de la pared.
Olí se volvió y vió colgado de la pared color de tierra, un largo capote de _orbace_[7] negro, entre cuyos pliegues las arañas habían tejido sus polvorientos velos.
--Nunca lo tocaré,--continuó la viuda,--aun cuando tuviese que morirme de frío. Mis hijos se lo pondrán cuando sean hábiles como su padre.
--¿Pero qué oficio tenía el padre?--preguntó Olí.
--¿Qué oficio?--dijo la viuda, sin cambiar de tono, pero con ligera animación en su cara de espectro,--era bandido. Diez años fué bandido, sí, diez años. Tuvo que echarse al campo pocos meses después de nuestra boda. Yo iba á verle en los montes del Gennargentu; cazaba ovejas salvajes, águilas y buitres, y cada vez que yo iba, mandaba asar una pierna de oveja. Dormíamos al descubierto, á la intemperie, en lo alto de los montes; nos cubríamos con aquel capote, y las manos de mi marido ardían siempre, aunque nevase. Á veces teníamos compañía...
--¿De quién?--preguntó Olí, que escuchando á la viuda olvidaba sus penas.
El chiquillo también escuchaba con sus grandes orejas muy atentas; parecía una liebre que oye el aullido lejano del zorro.
--...De los otros bandidos. Eran hombres diestros, ágiles, prontos á todo y sin miedo á la muerte. ¿Crees tú que los bandidos son gente mala? Te engañas, hija mía; son hombres que tienen precisión de ejercer su habilidad y nada más. Mi marido decía: «¡Antiguamente los hombres iban á la guerra; ahora no hay guerras, pero como los hombres tienen necesidad de combatir, cometen rapiñas, salteamientos, _bardanas_[8], no por hacer mal, sino para demostrar de alguna manera su fuerza y su habilidad!».