Chapter 8 of 22 · 3983 words · ~20 min read

Part 8

Dos ó tres veces Anania sintió la mano de Margarita rozar la suya; pero el solo pensamiento de cogerla y estrecharla, le pareció un delito. Sentía como una especie de desdoblamiento moral. Hablaba, y le parecía callar y pensar en cosas bien lejanas de las que decía. Andaba y tropezaba, y le parecía que sus pies apenas tocasen el suelo. Reía, y se sentía triste y pronto á llorar. Veía á Margarita á su lado, tan cerca que le podía estrechar la mano, y la creía lejana, inaccesible como el soplo del viento que llegaba y pasaba.

Ella reía y bromeaba con él. Anania había visto su desdeñosa tristeza reflejada en los ojos de Margarita, pues le parecía que sólo podía considerarle como á un perro fiel. «Si ella,--pensaba,--pudiese imaginarse que me mata el deseo de cogerle una mano, gritaría horrorizada como si sintiera la mordedura de un perro rabioso».

¿Qué se dijeron aquella noche estrellada, andando por la calle oscura, hacia el viento perfumado? No lo recordó nunca; pero durante largo tiempo tuvo presente la conversación entre el señor Carboni y el asesor que hablaban de cosas indiferentes.

De pronto la voz nasal y aguda del médico calló. Margarita y Anania se pararon, saludaron y volvieron á emprender la marcha, pero el estudiante pareció despertar de un sueño. Volvió á sentirse solo, triste, tímido, vacilante en la soledad de la calle oscura.

--¡Muy bien, muy bien!--dijo el Alcalde, que se había colocado entre los dos jóvenes.--¿Te ha gustado la comedia?

--Es una estupidez,--sentenció Anania sin titubear.

--¡Braaavo!--exclamó maravillado el padrino.--¡Eres un crítico terrible!

--¡Son comedias que ya no deben ponerse! Pero como el director es un fósil, no podía escoger otra cosa. ¡La vida, la vida no es aquello, ni lo ha sido nunca! Y el teatro debe ser la vida; si no, resulta ridículo. Si quería poner una cosa de la Edad Media, podía encontrar algo menos estúpido, algo verdadero, humano, conmovedor. Leonor D'Arborea que muere asistiendo á los apestados después de haber...

--Me parece, sin embargo,--observó bonachonamente el señor Carboni, maravillado con la elocuencia de Anania,--y dispensa si te interrumpo... me parece que nuestro teatro no se prestaría mucho á una escena tan grandiosa.

--Podían haber puesto una comedia moderna, interesante. ¡Aquellas estúpidas condesas ya han pasado de moda!--dijo Margarita tomando el tono y acento de Anania.

--¡Bravo! ¡También tú! Sí, tenéis razón; debían haber puesto algo más interesante y conmovedor; por ejemplo: la comedia de aquellos americanos que cuando la mujer está de parto se meten en la cama, como si también ellos fueran parturientes... ¿No habéis oído al asesor cuando lo contaba?

Margarita se echó á reir. Anania también se rió, pero su risa se apagó de pronto, como truncada por un pensamiento triste. Siguieron andando en silencio.

--¡La verdad es que será preciso ocuparnos de los faroles! ¡Así no se puede andar!--dijo el señor Carboni hablando bajo, como consigo mismo. Después añadió en alta voz:--¿Qué has dicho que era el director?

--Un fósil.

--¡Bravo! ¡Y si voy y se lo digo!

--¡No me importa! De todos modos, el año que viene pienso marcharme.

--¿Ah, conque piensas marcharte? ¿Y á dónde?

Anania se puso colorado, recordando que no podía marchar sin la ayuda del señor Carboni. ¿Qué significaba su pregunta? ¿No recordaba su promesa? ¿Ó es que se burlaba? ¿Ó que quería hacer valer su protección, teniéndole en ansia, dándole á entender que sin su ayuda no podía hacer nada?

--No lo sé,--dijo en voz baja.

--¡Ah!--siguió diciendo el señor Carboni.--¿Quieres salir de aquí? ¿No ves la hora de marchar? Marcharás, marcharás; quieres volar, agitas las alas, ¡pobre pajarito! Pues bien, ¡sssst! ¡vuela!--Hizo el ademán de soltar un pájaro y golpeó cariñosamente la espalda de su ahijado. Y Anania dió un suspiro y se sintió ligero, alegre y conmovido como si verdaderamente hubiese alzado el vuelo.

Margarita reía; y en el silencio de la noche su risa vibrante parecía á Anania, convertido en pajarito, el misterioso temblor de una arboleda florida que convidaba á posarse en ella para cantar.

NOTAS:

[25] _Barbagia._ Región montañesa de la Cerdeña. (N. del T.)

[26] Un papel encarnado empleado para fabricar flores artificiales, con el cual se suelen teñir ó pintar la cara los muchachos mojándolo previamente con agua ó saliva.

[27] _Insectos garibaldinos_: expresión figurada para indicar toda clase de animales parásitos, piojos, chinches, pulgas, etc.

VII

Avanzaba el otoño.

Eran los últimos días que Anania pasaba en su casa, y un cúmulo de sentimientos le pesaba sobre el alma; sentía cada vez más intenso el alegre impulso del pájaro que va á emprender el vuelo, pero una secreta tristeza nublaba su alegría, le atormentaba un vago temor de lo desconocido. Mientras se preguntaba cómo era el mundo hacia el cual se lanzaba con el pensamiento, debía decir adiós lentamente, día por día, al mundo humilde y triste en donde había pasado su incolora infancia, sólo obscurecida por el lejano dolor del abandono de su madre, sólo iluminada por el fantástico amor á Margarita. La estación, lánguida y dulce, contribuía á ponerle más sentimental. El otoño velaba el cielo de infinita dulzura, el horizonte desvanecíase tras las montañas produciendo el efecto de un velo lácteo que medio ocultase, dejándolo adivinar, un mundo de ensueños inefables.

En los verdi-rojizos crepúsculos, aclarados por rosadas nubes que serpenteaban, desvanecíanse y volvían á aparecer sobre el cielo glauco, Anania sentía los chasquidos y el olor de hierba seca quemada por los labradores, y le parecía que algo de su alma se desvanecía con el humo de aquellas melancólicas hogueras.

¡Adiós, adiós, huertos que miráis al valle; adiós ruido lejano del torrente precursor del invierno; adiós canto del cuclillo anunciador de la primavera; adiós, gris y salvaje Orthobene, con tus encinas proyectadas sobre las nubes, como cabellos rebeldes de un gigante dormido; adiós, montañas lejanas, rosadas y azules; adiós, hogar tranquilo y hospitalario, cuartito perfumado de miel, de frutas y de ensueños! ¡Adiós, humildes criaturas inconscientes de la propia desdicha, viejo tío Pera vicioso, Efes y Nanna desventurados, Rebeca infeliz, maestro Pane extravagante, locos, mendigos, delincuentes, muchachas hermosas é ignorantes, chiquillos consagrados al dolor, gente infeliz ó despreciable á las cuales Anania no tiene cariño alguno, pero las siente unidas á su vida como el musgo á la roca, y que abandona con alegría y pena!

¡Adiós, dulzura y luz sobre tantos dolores obscuros, arco iris rodeando cual marco de perlas el agrietado cuadro de una miseria antigua y eterna! ¡Adiós, Margarita!

Se acercaba el día de la marcha. Tía Tatana preparaba una infinidad de cosas, y tenía presentes en la memoria muchas más; camisas, calcetines, dulces, frutas, hogazas brillantes como el marfil, piezas de queso, un pollo y doce huevos conservados en sal, vino, miel, y uvas pasas, llenaban alforjas, cestas y cajones.

--¡Diablo!--observaba Anania,--¡parece que debe partir todo un ejército!

--¡Cállate, hijo mío! Cuando estés allá ya verás cómo nada te sobra. Allá nadie se ocupará de ti, pobrecito mío; ¿cómo te arreglarás?

--No se preocupe, ya me arreglaré.

El almazarero y su mujer tenían largos coloquios secretos, y Anania adivinaba el motivo; una tarde les vió salir juntos y estuvo ansioso esperando su regreso.

Tía Tatana volvió sola.

--Anania,--dijo,--¿dónde has decidido marchar? ¿Á Cagliari ó á Sassari?

Hasta entonces había acariciado el sueño de pasar el mar; pero aquellas palabras le hicieron comprender que alguien había acordado no dejarle ir, por aquella vez, más allá de la costa sarda.

--¿Ha ido usted á casa del señor Carboni?--preguntó con cruel amargura.--No lo niegue. ¿Va usted á tener secretos conmigo? Lo sé todo. ¿Por qué no me deja marchar al continente? ¡Se lo restituiré todo!

--¡Bah! ¡bah! ¡bah!--exclamó tía Tatana, mortificada y adolorida por el ímpetu de fiereza del estudiante.--¡Santa Catalina de mi vida! ¿Pero qué cosas te figuras?

Anania suspiró, inclinó el rostro hacia un libro sin ver una sola letra. La buena mujer se le acercó y apoyó una mano sobre su espalda.

--¿Qué contestas, hijo mío, Cagliari ó Sassari? ¿No has estado diciendo siempre, hasta esta mañana misma, que querías ir á uno de estos dos puntos? ¿Por qué quieres ahora marchar más allá? ¡Jesús mío! El mar es una mala cosa. Dicen que se padece mucho y hasta pueden morirse. ¿Y si hay tormenta? ¿No piensas en las tormentas?

--No sabe usted ni una palabra...--dijo Anania, enfadado, con la vista fija en el libro y volviendo las páginas como si leyera vertiginosamente.

--¡Lo dices tú!--prosiguió tía Tatana.--¡Son caprichos tuyos! ¿No se estudia lo mismo en Cerdeña que en el continente? ¿Por qué quieres ir allá...?

¡Ay! ¿Por qué quería ir allá? ¿Qué sabían ellos? ¿Era sólo para estudiar que quería atravesar el mar? ¿Acaso, desde el primer día--aquel día del dulce otoño--en que Bustianeddu le había acompañado á la escuela, no había pensado en algo, que no era el estudio?

Las razones de tía Tatana calmaron algo su impaciencia.

--Mira, aún eres un chiquillo; ¿á los diez y siete años ya quieres correr por el mundo? ¿Quieres morir en el mar, solo, lejos de todos nosotros ó extraviarte en una ciudad que tú mismo dices que es más grande que un bosque? Ahora te vas á Cagliari; el señor Carboni te dará muchas cartas de recomendación; conoce á todo Cagliari; hasta conoce un marqués. Ten paciencia. ¡Santa Catalina mía! Ya irás, ya irás allá, cuando seas mayor. Tú eres como un lebrato apenas destetado, que primero deja la madriguera para dar una pequeña vuelta hasta el muro de la _tanca_; después vuelve, crece, se atreve á ir un poco más lejos, de cada vez un poco más lejos, mira por donde puede ir y examina el camino que debe recorrer. Ten paciencia. Piensa que estaremos muy cerca, que podrás venir con más facilidad si hace falta. En las vacaciones de Navidad podrás venir...

--¡Bueno, iré á Cagliari!--dijo Anania, ya calmado.

Al día siguiente empezó sus visitas de despedida. Al director del Gimnasio, á un canónigo amigo de tía Tatana, al médico, al diputado, y por último al sastre, al cafetero y al zapatero Francisco Carchide, aquel joven guapo que tiempos atrás frecuentaba la almazara. Carchide había hecho fortuna, no se sabía cómo ni cuándo; era dueño de una hermosa tienda; tenía cinco ó seis oficiales, vestía casi de señor, hablaba con afectación, ¡y se permitía bromear con las señoritas á quienes calzaba!

--Adiós--dijo Anania, entrando en la tienda;--pasado mañana salgo para Cagliari. ¿Quieres algo de por allá?

--¡Sí,--dijo uno de los oficiales, alzando su rostro risueño,--que le mandes un anillo de diamantes porque debe casarse con la hija del Alcalde!

--¿Y por qué no?--exclamó orgullosamente Carchide.--Siéntate, hombre.

Pero Anania, molestado por la broma, que le parecía un insulto á Margarita, no quiso sentarse, y se despidió en seguida.

Al salir encontró en el portal al joven que la voz pública señalaba como hijo del señor Carboni; un muchacho muy alto para su edad, algo encorvado, pálido, de quijadas salientes y ojos azules, tristes, ojerosos, muy parecidos á los de Margarita.

--Adiós, Antonino,--dijo el estudiante, mientras el otro le miraba fijamente, con un relámpago de odio en su melancólica mirada.

Al volver á casa, Anania informó de todo á tía Tatana, quien, sentada ante un hornillo, preparaba un dulce de corteza de naranja, almendras y miel[28] que tenía que llevar de regalo á un personaje importante de Cagliari.

--Oiga,--decía Anania,--el canónigo me ha regalado un escudo y el médico dos liras. Yo no las quería...

--¡Ay muchacho, muchacho! Es costumbre regalar dinero á los estudiantes cuando marchan por primera vez,--observó, removiendo y mezclando cuidadosamente, con dos tenedores, las delgadas tiras de corteza de naranja dentro del reluciente caldero de cobre.

Un fuerte olor de miel hirviente perfumaba la plácida cocina; por todas partes asomaban los cestos amarillos preparados con provisiones para el estudiante.

Anania sentóse junto á tía Tatana, puso el gato sobre sus rodillas y empezó á acariciarle.

--¿Dónde estaré de hoy en ocho?--preguntaba pensativo.--¡Estáte quieto, abajo la cola! El canónigo me ha echado un largo sermón.

--Te aconsejaría que confesaras y comulgaras antes de partir.

--Esto se hacía hace veinte años, cuando se iba á caballo á Cagliari, empleando tres días en el viaje... Ahora ya no se hace,--contestó maliciosamente.

--¡Ay hijito, qué malo eres! ¡Tú ya no crees en Dios! ¿Entonces, qué será de ti en Cagliari, Santa Catalina mía? Espero que por lo menos irás á visitar la Sea (catedral) donde, según dicen, hay tantos santos que hacen milagros. En Cagliari la gente es muy religiosa; ¿tú no hablarás mal de la religión, verdad que no?

--¡Me río yo de la gente de Cagliari!--protestó Anania.--Cada uno cree lo que le parece y quiere; en el fondo del corazón adoro á Dios mucho más que todos los hipócritas...

Estas palabras consolaron algo á la buena mujer, quien le contó el episodio bíblico de Elías. Después le preguntó:

--¿Qué visitas has hecho?

Mientras él empezó á contar, el gatito se le subió sobre los hombros y le lamía las orejas, produciéndole unas extrañas cosquillas que le hacían, sin saber por qué, pensar en Margarita.

Cuando contaba la estúpida broma de Carchide, entró Nanna, á quien tía Tatana había mandado á comprar confites chiquititos para adornar el dulce. Apestaba á vino, llevaba la falda rota, enseñando por sus agujeros las piernas leñosas y violáceas, y estaba más repugnante que de costumbre.

--Toma,--dijo, sacando del pecho el paquetito de los confites, quedándose para escuchar á Anania.

--¿Has oído?--exclamó ingenuamente tía Tatana.--Aquel asqueroso de Francisco Carchide quiere casarse con Margarita Carboni.

--¡No es eso!--dijo Anania enfadado.--¡No entiende usted las cosas!

--Sí,--dijo Nanna,--ya lo sé; está loco. Ha pedido la mano de la hija del médico: ¡quería una ú otra! Lo han echado á la calle á escobazos. Y ahora quiere á Margarita, porque ha ido á tomarle medida para unos zapatitos y le ha estrechado el pie...

--¡Debía haberle dado un puntapié!--gritó Anania levantándose de un salto, con el gatito agarrado al cuello.--¡Un puntapié en las narices!

Nanna le miró; sus ojillos brillaban de un modo extraño.

--Eso es lo que yo decía,--dijo, abriendo el paquetito con sus manos temblorosas.--También hay un militar, un oficial ó un general, que quiere casarse con Margarita. Pero yo digo: no, ella es una rosa y debe casarse con un clavel... Toma uno,--añadió acercándose á Anania y alargándole los confites; pero él dió un paso hacia atrás, mientras el gatito trataba de meter sus patitas en el paquete.

--¡Apesta usted como un tonel! ¡Fuera de ahí!

Nanna tropezó; algunos confites cayeron y rodaron por el suelo.

--¡Clavelito mío!--dijo cariñosamente, á pesar de las palabras duras de Anania.--¡Tú eres el clavel de Margarita! ¿De modo que te marchas? Ve, estudia y vuelve hecho un señor doctor.

Anania se inclinó hacia el suelo para recoger los confites; después se echó á reir y dijo todo contento:

--Así me cogerán las muchachas, ¿verdad?

Y se puso á bailar con el gatito entre los brazos. Pero de pronto se puso sombrío.

¿Quién sería el militar que quería casarse con Margarita? ¿Tal vez aquel capitán que en el teatro le había dicho con desprecio: «¡Á ver si se calla!»? De pronto pasó por su mente una visión horrible: Margarita esposa de un hombre joven y rico. ¡Margarita perdida para siempre!

Colocó el gatito en el suelo, huyó á encerrarse en su cuarto y se asomó á la ventana. Parecíale que se ahogaba. No había tenido celos jamás, ni nunca había pensado que Margarita pudiese casarse tan pronto.

--No, no,--pensaba, estrechando y sacudiendo su cabeza entre las manos;--no debe casarse. Es necesario que espere, hasta que... ¿Por qué debe esperar? Yo no podré casarme nunca con ella. Soy un bastardo, soy el hijo de una mujer perdida. Yo no tengo más misión que buscar á mi madre y sacarla del abismo en que se encuentra... Margarita no puede descender hasta mí; pero hasta que no haya terminado mi misión tengo necesidad de ella, como de un faro. _Después_ podré morir contento.

Pero no pensaba que su _misión_ podía prolongarse indefinidamente y sin éxito, y le parecía monstruosa la idea que renunciando á su _misión_ hubiese podido esperar en el amor de Margarita.

El pensamiento de encontrar á su madre crecía y se desarrollaba en él, palpitaba con su corazón, vibraba con sus nervios, se infiltraba en su sangre, sólo podía arrancarlo la muerte; y precisamente pensaba en la muerte de su madre, al desear que aquel encuentro no tuviese lugar; pero esta solución, mejor dicho, el deseo de esta solución, le parecía una gran vileza.

Más tarde se preguntaba si había sido su naturaleza sentimental quien había creado el pensamiento de su _misión_, ó si este pensamiento había formado su naturaleza sentimental; pero la víspera de su marcha aceptaba sus sensaciones y sentimientos sin analizarlos; y aceptándolos de este modo, como si fuera un chiquillo, arraigaban con más fuerza en su alma y en su cuerpo, de tal modo, que ninguna lógica y ningún razonamiento hubiesen podido arrancárselos después.

Pasó una noche febril. ¡Cuán lejos aquel tiempo en que se contentaba con ver á Margarita por los pequeños senderos del huerto, casi sin fijarse en el color de sus cabellos y en las formas de su cuerpo! Entonces soñaba cosas fantásticas, raptos, encuentros, fugas á lugares misteriosos, hasta á las blancas llanuras de la luna; pero si le hubiesen dado la noticia de su casamiento no habría sufrido. Una vez proyectó convencerla de que debía seguirle á lo alto de una montaña; allí tomarían un veneno que no deformase los cadáveres; se acostarían sobre una roca, sobre una alfombra de hiedra y flores, y morirían juntos; y durante aquel sueño no se había presentado ni siquiera el deseo de un beso, de un apretón de manos.

Después vino el sueño idílico de la fuente de Fonni, el beso, el abandono de Margarita; y más tarde la noche del teatro, durante la cual la proximidad de sus cabellos, de sus ojos, de su cuerpo, le habían producido embriagueces sutiles.

Y ahora sufría al pensar que podía ser de otro; y en su sueño febril, se afanaba por escribirle una carta desesperada, que no lograba terminar nunca, cuando recordó haber compuesto, en dialecto, un soneto para ella y pensó en mandárselo.

Despertó, se levantó y abrió la ventana. El alba se acercaba. En el cielo límpido, una estrella, grande, rojiza, tramontaba tras una punta negra del Orthobene, cual lucecita que se apaga sobre un candelabro de piedra. Cantaban los gallos, contestándose en una contienda de roncos gritos, y parecían enfadados unos contra otros por lo que cantaban, y todos juntos contra la luz que no acababa de llegar. Anania miraba el cielo bostezando; de pronto un calofrío le sacudió de pies á cabeza. ¿Qué le pasaba? Algo quería escapársele del alma, y quedar bajo aquel cielo, ante aquellas montañas salvajes cuyas crestas servían de candelabros á las estrellas. Cual caminante, que agobiado por una carga demasiado pesada, quiere dejar parte de ella para proseguir su camino, él sentía necesidad de confiar parte de su secreto á Margarita. Cerró la ventana y sentóse ante la mesita, temblando y bostezando.

--¡Qué frío!--dijo en voz alta.

El soneto estaba ya copiado, con su mejor letra, en una hoja de papel color de rosa con fajas transversales violadas: llevaba un título elocuente: «Margarita» y desarrollaba una especie de apólogo no menos elocuente.

«Una hermosísima margarita crecía en un verde prado. Todas las demás flores la admiraban, y más que ninguna un ranúnculo pálido y humilde, crecido á su lado y que moría de amores por su bella vecina. En un espléndido día de primavera, una chiquilla hermosísima se paseaba por el prado; de pronto arranca la margarita, la besa, la coloca sobre su mórbido seno, y sin fijarse, sin darse cuenta, aplasta al pobre ranúnculo que, viéndose sin su vecina adorada, recibe gustoso la muerte».

Al releer los versos el poeta sintió un triste despecho, al ver en lugar de la simbólica chiquilla un capitán de carabineros de largos bigotazos; dobló el papel, lo metió en un sobre, pero estuvo largo rato indeciso pensando si debía cerrarlo ó no. ¿Qué se figuraría Margarita? ¿Recibiría ella misma el soneto? Sí, porque siempre que el cartero llamaba al portón con tres golpes terribles, que parecían dados por la férrea mano del destino, Margarita corría á recibir el correo. El cartero pasaba al medio día y á la noche; era preciso buscar una hora en que ella estuviese en casa. Al medio día con toda seguridad estaba; entonces era preciso echar la poética carta en seguida.

Una agitación febril se apoderó de Anania; fuera de la determinación tomada, no veía ni entendía nada. Cerró la carta, salió y echó á andar como un sonámbulo por las callejas oscuras y desiertas. ¿Qué hora era? No lo sabía. Tras los muros de los patios, en los rústicos sotechados de las campesinas casas los gallos continuaban sus cantos despechosos; el aire húmedo olía á rastrojo; una pobre hornera de pan de cebada que iba ó volvía de cumplir su fatigoso oficio, atravesó una callejuela; las pisadas de dos carabineros, altos y negros, resonaron siniestramente en el empedrado del Corso; después nadie.

Anania iba pegado á la pared, por miedo de ser conocido á pesar de la oscuridad, y apenas hubo echado la carta apretó á correr. Volvió á ver los carabineros en el fondo de una calle, dió la vuelta y se encontró, casi sin advertirlo, en su prehistórico barrio. Pero no entró en su casa; se ahogaba, tenía necesidad de aire, de espacio, y echó á correr, con el sombrero en la mano, hacia la carretera; al llegar á ella no sintió alivio alguno; el horizonte estaba cerrado, el valle oscuro. Salió de la carretera monte arriba, y sólo cuando se encontró al pie del Orthobene respiró á sus anchas, abriendo las narices como un potrillo que ha escapado de un lazo. Tenía deseos de gritar de gusto y alegría. Clareaba; tenues velos azulados cubrían los grandes valles llenos de humedad, las últimas estrellas se apagaban. Sin saber por qué Anania repetía unos versos:

Caras estrellas de la Osa, yo no creía...

y procuraba apartar de su pensamiento lo que acababa de hacer, al propio tiempo que se sentía feliz por ello, feliz hasta el delirio.

Empezó la subida del Orthobene, arrancando hojas, lanzando piedras y riendo; parecía loco. El césped perfumaba el aire; tras el enorme acantilado cerúleo del monte Albo se teñía el cielo de un color rosa violáceo. Anania se paró sobre una roca, contemplando la intensa mancha azulada de las lejanas montañas heridas por el delicado reflejo de la aurora, y de pronto se quedó pensativo.

¡Adiós! Mañana estaría más allá de aquellas montañas, y Margarita pensaría en vano en quién podría ser el desconocido ranúnculo que tanto la amaba.

Un paro-carbonero cantó en su nido hecho en el corazón de una encina, poniendo en su nota temblorosa la impresión de soledad del lugar y de la hora; el muchacho sintió repercutir aquella nota en su interior, y recordó el canto de otro pajarito entre el húmedo follaje de un castaño, en una lejana mañana de otoño, allá, allá arriba, en una de aquellas montañas del horizonte, tal vez en aquella mancha de allá enfrente rosada por la aurora; y junto á una mujer melancólica, vió á un niño que bajaba el monte alegremente, ignorante de su triste porvenir.

--¡También ahora,--pensó entristeciéndose,--también ahora marcho alegremente, sin saber lo que me espera!

* * * * *

Volvió á su casa pálido y triste.

--¿Dónde has estado, _galanu meu_? ¿Por qué has salido antes del alba?--preguntó tía Tatana.

--¿Está el café?--dijo ásperamente.

--Toma el café. ¿Pero qué tienes, corazoncito mío? Estás pálido; tranquilízate, cálmate antes de ir á casa del padrino. ¿Cómo? ¿Dices que no? ¿No irás esta mañana á ver al padrino? ¿Qué miras? ¿Hay alguna hormiga en el café?