Chapter 19 of 22 · 3969 words · ~20 min read

Part 19

El viento pasaba aullando sobre el techo con rumor de mar tempestuoso, y su voz retumbante recordaba á Anania su infancia melancólica, sus terrores lejanos, las noches de invierno, el contacto de su madre que se acercaba á él más por miedo que por cariño. No, no le había amado nunca, ¿á qué forjarse ilusiones? no le había amado: y tal vez esta había sido su más horrible desventura y causa de la pérdida inexorable de Olí. Él lo veía, lo sabía; y sentía una tristeza morbosa, sentía una imprevista piedad de sí mismo, víctima del destino y de los hombres.

Si ella hubiese llegado aquella noche, en uno de aquellos momentos de terror y piedad que la voz del viento despertaba en el joven, la habría acogido tiernamente y perdonado; pero pasó la noche y amaneció un día que el viento hacía melancólico, y pasaron las horas más tristes y ansiosas de su vida. Durante aquellas horas dió vueltas por las callejuelas como impulsado por el viento, entró en algunas casas, bebió aguardiente, volvió á casa de la viuda y sentóse junto al fuego, asaltado por calofríos y dominado por una aguda nerviosidad.

La tía Grathia tampoco podía estarse quieta; iba de un lado á otro de la casa y, apenas terminaron la modesta comida, salió al encuentro de Olí, después de haber rogado á Anania que se tranquilizara.

--Ten en cuenta que ella te tiene miedo...

--¡Pierda cuidado, santa mujer!--contestó con desprecio.--Ni siquiera la miraré; sólo le diré unas cuantas palabras.

Transcurrió más de una hora. El estudiante recordaba con amargura aquellos momentos en que esperaba la vuelta de tía Tatana; y al propio tiempo que anhelaba la llegada de Olí, la triste llegada que debía de una vez poner fin á sus tormentos, se sentía devorado por un profundo deseo: ¡que no llegase nunca, que hubiese huido, desaparecido para siempre!

Y pensaba con triste resignación:--¡Está muy enferma, se morirá pronto!

La viuda entró, sola, apresurada.

--¡Cuidado, no te encolerices!--le dijo en voz baja, rápidamente.--¡Viene, viene! Ya está ahí; se lo he dicho todo. ¡Mucho cuidado! Tiene un miedo atroz. ¡No la maltrates, hijo mío!

Salió de nuevo, dejando abierta la puertecita que el viento empezó á sacudir, empujándola, atrayéndola, cual si jugara con ella. Anania esperaba pálido, inconsciente.

Cada vez que la puerta se abría, el sol y el viento penetraban en la cocina, lo iluminaban y sacudían todo, y desaparecían para volver á presentarse de nuevo. Durante uno ó dos minutos Anania siguió inconscientemente el juego del sol y del viento, pero de pronto se cansó y levantóse para cerrar la puerta, nervioso, colérico y con el rostro ceñudo.

De este modo apareció ante la pobre mujer que avanzaba temblorosa, tímida y cubierta de andrajos como una mendiga. Él la miró; ella le miró: el espanto y la desconfianza se reflejaban en los ojos de ambos. Ni él ni ella pensaron en tenderse los brazos, ni en saludarse: todo un mundo de dolor y culpa se interponía entre ellos y les dividía inexorablemente, mucho más que si fuesen dos enemigos mortales.

Anania sujetaba la puerta, apoyándose en ella, todo inundado de sol y de viento, y seguía con los ojos á la desdichada Olí, que, casi empujada por la tía Grathia, avanzaba hacia el hogar. Sí; era ella, la pálida y descarnada aparición entrevista en la negra ventana de la caseta del peón; en aquel rostro amarillo-grisáceo, los ojazos claros, sin brillo por la debilidad y el miedo, parecían los ojos de un gato salvaje enfermo. Apenas se sentó, la viuda tuvo una magnífica idea; ¡dejó solos á los dos huéspedes! Pero Anania, dando un portazo y muy irritado, corrió detrás de la tía Grathia.

--¿Dónde va? ¡Venga, vuelva en seguida, si no, yo también me marcho!--dijo ásperamente, alcanzando á la vieja mientras subía la escalerilla.

Olí debió oir la amenaza, porque cuando Anania y la viuda volvieron á la cocina, estaba llorando junto á la puerta pronta á marcharse. Ciego de vergüenza y dolor, el joven corrió hacia ella, la cogió por un brazo, la echó hacia dentro y cerró con llave la puerta.

--¡Nooo...!--gritóle, mientras la pobre se acurrucaba, formando casi una bola y llorando convulsivamente.--¡No, no partirá V.! No volverá á dar un solo paso sin mi consentimiento. Puede llorar todo lo que quiera, pero de aquí no saldrá jamás. Los alegres días se han acabado.

Olí lloró más fuerte, sacudida toda ella por un temblor de espasmo; y sus sollozos fueron como una frenética irrisión á las últimas palabras de Anania; y él lo advirtió, y la vergüenza sentida por las monstruosas palabras pronunciadas, aumentó su furor.

¡Ay! el llanto de aquella mujer le irritaba en vez de conmoverle; vibraban en sus nervios temblorosos todos los instintos del hombre primitivo, bárbaro y cruel; y él lo veía, pero no sabía dominarse.

La tía Grathia le miraba aterrada, comprendiendo que Olí tenía razón en temerle; y sacudía la cabeza, amenazaba con sus manos levantadas, se agitaba pronta á todo con tal de impedir una escena violenta; pero no sabía qué decir, no podía hablar... ¡Ah! ¡Era endiablado aquel hermoso muchacho, tan bien vestido; era peor y más terrible que un pastor _orgolense_ con la _mastrucca_[51], más terrible que los bandidos que había conocido en la montaña! ¡Ella se había imaginado una escena bien distinta de aquella!

--Sí--continuó diciendo Anania, bajando la voz y parándose frente á Olí:--sus viajes han acabado. Hablemos con calma y razonemos; es inútil que llore; por lo contrario, debe alegrarse de haber encontrado un buen hijo que le restituya bien por mal, porque debe esperar de él mucho bien. De aquí no se moverá mientras no ordene lo contrario. ¿Entendido? ¿entendido?--repitió, alzando de nuevo la voz y golpeándose el pecho.--Ahora yo soy el amo; ya no soy el chiquillo de siete años á quien se engaña y abandona vilmente; ya no soy la inmundicia que echó V. á la calle; ahora soy un hombre ¿entiende? y sabré defenderme, sí, sabré defenderme, sabré defenderme, porque hasta ahora no ha hecho V. más que ofenderme, matarme un día y otro siempre á traición ¡siempre! ¡siempre! y echarme por el suelo, ¿entiende? echarme por el suelo de cada día más y más, como se derriba una casa, un muro; así, piedra á piedra, piedra á piedra...

Y hacía el ademán de derribar un muro imaginario, encorvándose, sudando, casi oprimido por un verdadero esfuerzo físico; pero de pronto, improvisamente, mirando á Olí que lloraba sin cesar, sintió su ira calmarse, desvanecerse. Se quedó frío, helado. ¿Quién era aquella mujer á quien insultaba? ¿Quién era aquel montón de andrajos, aquel bicho asqueroso, aquella mendiga, aquel ser sin alma? ¿Era capaz de comprender lo que le estaba diciendo? ¿Lo que había hecho? Además ¿qué podía haber de común entre él y aquella criatura inmunda? ¿Era verdaderamente su madre aquella mujer? ¡Y aunque lo fuera! No es madre una mujer que realiza el acto material de dar á luz una criatura, fruto de un momento de placer, y después lo abandona en medio de la calle, en brazos del pérfido Acaso que lo hizo nacer. No, aquella mujer no era su madre, no era _una madre_, ni aun inconsciente; nada le debía. Tal vez no tenía el derecho de reprocharla, pero tampoco tenía el deber de sacrificarse por ella. Su madre podía ser tía Tatana ó tía Grathia, tal vez María Obinu, tal vez tía Bárbara ó Nanna la borrachona: todas, excepto la miserable criatura que tenía delante.

--Hubiese hecho divinamente no ocupándome de ella, como me aconsejaba la tía Grathia--pensó.--Tal vez sería mejor que emprendiese de nuevo su camino. ¿Qué puede importarme su persona? No, no me importa nada.

Olí seguía llorando.

--Á ver si terminamos--dijo fríamente, sin cólera alguna; y viendo que seguía llorando con más fuerza, se volvió hacia la viuda y le hizo una señal para que tratara de consolarla y acallarla.

--¿No ves que tiene miedo?--murmuró la viuda al pasar por su lado.

--¡Vamos! ¡vamos!--dijo golpeando suavemente la espalda de Olí.--No llores más, hija mía. Ten valor, ten paciencia. Es inútil que llores; no te comerá; después de todo, es el hijo de tus entrañas. ¡Vamos! ¡vamos! Toma un poco de café y después hablaréis con más calma. Hazme el favor, hijo mío, Anania, sal un poco á la calle; después hablaréis con más calma. Sal, sal fuera, alhaja de la casa.

Él no se movió, pero Olí se calmó bastante y, cuando la tía Grathia le trajo el café, cogió la taza con sus manos temblorosas y lo sorbió ávidamente, mirando por todas partes con los ojos aún espantados, temerosos, y que sin embargo reflejaban de cuando en cuando relámpagos de placer. Le gustaba con delirio el café, como á casi todas las mujeres sardas de la clase baja, y Anania, que había heredado algo esta pasión, la miraba y contemplaba, habiendo recobrado por completo el equilibrio; y le parecía ver una bestia salvaje y tímida, una liebre mordisqueando uvas en la viña, estremeciéndose por el placer del pasto y por el miedo de ser sorprendida.

--¿Quieres un poco más?--preguntó la tía Grathia, inclinándose hacia ella y hablándole como á una chiquilla.--¿Sí? ¿No? Si quieres un poco más lo dices. Dame la taza y levántate, lávate los ojos, tranquilízate. ¿Has oído? ¡Ea, arriba!

Olí se levantó, ayudada por la vieja, y fué derecho á la tinaja del agua donde acostumbraba lavarse veinte años antes; primero quiso lavar la taza, después se lavó la cara y se enjugó con el delantal agujereado. Sus labios temblaban, algún sollozo sacudía aún su pecho, y sus ojos, enrojecidos y profundos, enormes en su pequeño rostro más pálido después de haberse lavado, huían la mirada fría de Anania.

Éste miraba el delantal agujereado y pensaba:

--Será preciso hacerle en seguida un vestido; verdaderamente va asquerosa. Aún me quedan sesenta liras de las clases que he dado en Nuoro; ¡qué bien hice en darlas!... Aun podré encontrar otras. Venderé los libros... Es preciso vestirla y calzarla en seguida... De seguro tendrá hambre...

Como si adivinara su pensamiento, la tía Grathia preguntó á Olí:

--¿Tienes hambre? Si tienes hambre dilo en seguida; no te dé vergüenza; _quien tiene vergüenza no come_. ¿Tienes hambre? ¿No?

--No--contestó Olí con los labios temblorosos.

Anania se turbó al oir aquella voz; era la voz de un tiempo, sí, la voz lejana, la voz de _ella_. ¡Sí, aquella mujer era _ella_, era _ella_, era la madre, la sola, la verdadera, la única madre! Era la carne de su carne, el órgano enfermo y podrido que le mataba, pero del cual no podía separarse sin perder la vida; el órgano que debía curar, sobreponiéndose á todos los espasmos de la terrible cura.

--Entonces siéntate aquí--dijo la tía Grathia, acercando dos escabeles al hogar;--siéntate aquí, hija mía, y tú siéntate también, alhaja de la casa. Sentaos juntos y hablad...

Hizo sentar á Olí y pretendía hacer otro tanto con Anania: pero éste se desprendió bruscamente.

--Dejadme en paz; ¡ya he dicho que no soy ningún chiquillo!

--Además--siguió diciendo, andando de un lado á otro de la cocina,--tenemos poco que hablar. Ya he dicho cuanto quería decir. No se moverá de aquí mientras yo no lo disponga; le comprará V. unos zapatos y un vestido... yo daré el dinero para ello... de todo esto ya hablaremos más tarde... Y ahora--y alzó la voz para indicar que se dirigía á Olí--conteste: ¿qué tiene V. que decir?

Olí no contestó creyendo que seguía hablando con la viuda.

--¿No has oído?--le dijo la tía Grathia con voz dulce.--¿Qué tienes que decir?

--¿Yo?--dijo ella en voz baja.

--Sí, tú.

--Yo... nada.

--¿Tiene deudas?--preguntó Anania.

--No.

--¿No debe nada al peón caminero?

--No. Me han cogido todo lo que tenía.

--¿Qué le han cogido?

--Los botones de plata de la camisa, los zapatos nuevos, doce liras.

--¿No le queda á V. nada?

--Nada, _Come mi vedi, mi scrivi_[52]--dijo ella pasando las manos por el delantal.

--¿Conserva algunos papeles?

--¿Qué papeles?

--¿Si tienes la fe de nacimiento ó algún otro papel importante?--dijo la tía Grathia.

--Sí, tengo la fe de nacimiento--contestó palpándose el pecho.--La llevo aquí.

--Á ver.

Sacóse un papel amarillento, manchado de grasa y sudor, mientras Anania recordaba amargamente las pesquisas hechas para ver si María Obinu poseía documentos reveladores.

La tía Grathia cogió el papel y lo entregó al joven, que lo desdobló, le pasó la vista por encima y lo devolvió.

Era de fecha reciente.

--¿Para qué la ha sacado?--preguntó.

--Para casarme con Celestino...

--El ciego--dijo la viuda, y añadió murmurando:--¡aquel mal bicho!

Anania se calló, siempre andando de un extremo á otro de la cocina; el viento aullaba sin descanso al rededor de la casita; de las rendijas del techo caían oblicuamente rayos de sol que echaban fantásticas monedas de oro sobre el negro pavimento. Anania se entretenía automáticamente poniendo los pies sobre aquellas monedas como cuando era chiquillo; se preguntaba qué le quedaba que hacer y le parecía haber cumplido una parte de su grave misión, pero que aún le quedaba mucho que realizar.

--Llamaré aparte á la tía Grathia--pensaba--y le entregaré el dinero necesario para que le compre zapatos y un vestido y le dé de comer, y después partiré y veré... Aquí ya no tengo nada que hacer; todo está hecho...

--¡Todo está hecho!--repetía entre dientes con infinita tristeza.--¡Todo ha terminado!

Pasó por su mente la idea de sentarse un rato cerca de su madre, de que le contara su vida, de dirigirle una sola palabra de piedad y de perdón; pero no podía, no podía; sólo mirarla le causaba profundo disgusto; le parecía que apestaba (y verdaderamente emanaba de su cuerpo el olor desagradable especial de los mendigos), y no veía llegar la hora de marcharse, de huir, de quitarse de la vista aquel espectáculo doloroso. Y sin embargo, algo le sujetaba allí; veía que aquello no podía terminar de aquel modo, con unas cuantas frases; pensaba que tal vez Olí sentía, mezclado con el miedo y la vergüenza, la alegría de tener un hijo hermoso, fuerte, ilustrado y que esperaba con ansia unas dulces palabras, la mirada compasiva que no podía dirigirle; y en medio de su repugnancia, en medio de su dolor encontraba algo de consuelo pensando:

--Por lo menos no es descarada; tal vez aún pueda redimirse. Es inconsciente, pero no descarada. No se rebelará.

Y sin embargo, se rebeló.

--Bueno--empezó diciendo Anania, después de un largo silencio,--no se moverá de aquí hasta que arregle mis asuntos. La tía Grathia le comprará zapatos y vestidos...

La voz de Olí, aún fresca, pero llorosa, resonó claramente:

--Yo no quiero nada. Yo no...

--¿Cómo no?--preguntó él, parándose de repente ante el hogar.

--No me quedaré aquí.

--¿Qué?--gritó, avanzando hacia ella, con los puños cerrados y los ojos desencajados.--¿Qué quiere V. decir?

¡Ah! ¿De modo que aún no había terminado todo? ¿Se atrevía á oponerse? ¿Por qué se atrevía? ¿De modo que no comprendía que su hijo había sufrido y luchado durante toda su vida para conseguir un fin: el de retirarla de la vía del pecado y del vagabundeo, sacrificándole si fuera preciso todo su porvenir? ¿Por qué se atrevía á rebelarse? ¿por qué quería escaparle de nuevo? ¿No comprendía que era capaz de impedírselo aun á costa de un delito?

--¿Qué quiere V. decir?--repitió, dominando con mucho trabajo su cólera.

Y se puso á escuchar, tembloroso, exaltado, clavándose las uñas puntiagudas en la palma de la mano, mientras su cara iba poco á poco transformándose á causa de un dolor indefinible.

La tía Grathia no le quitaba la vista de encima, pronta á interponerse, si se atrevía á tocar á Olí. En medio de aquellos tres seres salvajes, reunidos al rededor del hogar, la llama de un tizón surgía azulada y crepitante; parecía llorar.

--Escucha--dijo Olí animándose;--no te encolerices, pues ahora ya es inútil. El mal está hecho y nadie puede remediarlo; puedes matarme, pero no conseguirás con ello ningún beneficio. Lo mejor que puedes hacer es no ocuparte más de mi persona. Yo no puedo quedarme; me marcharé lejos y nunca más volverás á saber noticias mías. Figúrate que no me has encontrado nunca...

--¿Dónde vas á ir?--preguntó la viuda.--También yo _le_ dije lo mismo, pero _él_ no lo comprende; habría un medio aún mejor... Te quedas aquí, en vez de seguir rodando; no diremos quién eres y _él_ vivirá tranquilo, como si tú estuvieses muy lejos. Porque si te vas de aquí, pobrecita, ¿dónde irás?

--Donde Dios quiera...

--¿Dios?--exclamó Anania, golpeándose fuertemente el pecho.--Dios ahora le manda que me obedezca. No se atreva á repetirlo que no quiere quedarse. No se atreva á repetirlo--dijo casi delirando.--¡No crea V. que bromee! No se atreva á dar un solo paso sin mi permiso, ó de lo contrario seré capaz de cualquier cosa...

--Escúchame, escúchame por tu bien--insistió, afrontando la cólera del joven.--No seas cruel conmigo, que he sido víctima de toda maldad humana, cuando me han dicho que eres indulgente con tu padre, con aquel miserable que fué la causa de mi desgracia...

--¡Tiene razón!--dijo la viuda.

--¡Á callar!--exclamó Anania.

Olí siguió tomando más ánimo.

--Yo no sé hablar--dijo,--yo no sé expresarme porque las desgracias me han entontecido; pero voy á decirte una sola cosa: ¿no saldría ganando quedándome aquí? ¿si quiero marcharme no es por tu bien? Responde. ¡Ah! ¡ni siquiera me escucha!--dijo, volviéndose hacia la viuda.

Anania había empezado de nuevo á dar paseos por la cocina y verdaderamente parecía no escuchar las palabras de Olí; pero de pronto estremecióse y gritó:

--¡Escucho!

Ella siguió hablando humildemente, contenta en el fondo de que ya no la amenazase:

--¿Por qué quieres que me quede? Déjame seguir mi camino; y así como un día te causé un mal, deja ahora que te haga un bien. Déjame marchar; yo no quiero servirte de estorbo; déjame marchar... por tu bien...

--¡Nooo...!--exclamó.

--Déjame marchar, te lo suplico; aún puedo trabajar. Tú no volverás á saber nada de mí; desapareceré como hoja arrastrada por el viento...

Se puso pensativo; una terrible tentación le asaltó. ¡Dejarla marchar! Durante un fugaz momento una alegría loca resplandeció en su alma, al solo pensamiento que todo podía convertirse en una triste pesadilla; una palabra sola y el sueño se desvanecía y volvía la dulce realidad... Pero de pronto tuvo vergüenza de sí mismo; y su cólera aumentó y sus gritos resonaron de nuevo en la tétrica cocina.

--¡No!

--Eres una fiera--murmuró Olí;--no eres una persona; eres una fiera que muerde sus propias carnes. Déjame marchar, por Dios, déjame...

--¡No!

--¡Verdaderamente eres una fiera!--confirmó la tía Grathia, mientras Olí callaba y parecía vencida.--¿Qué necesidad tienes de berrear de este modo? ¡Nooo...! ¡Noo...! ¡Noo...! Desde la calle te oyen y creerán que aquí dentro hay un toro encerrado. ¿Esto es lo que te han enseñado en la escuela?

--En la escuela me han enseñado esto y otras cosas--contestó bajando la voz que se le había puesto ronca.--Me han enseñado que el hombre antes que dejarse deshonrar debe morir... ¡Pero no me podéis comprender! Terminemos de una vez y á ver si os calláis las dos...

--¿Que yo no te entiendo? ¡Pues te entiendo perfectamente!--protestó la vieja.

--_Nonna_, ¿de veras me entiende? Pues acuérdese... Pero ¡basta! ¡basta!--exclamó él, agitando las manos, fatigado, asqueado de sí mismo y de todos.

Las palabras de la vieja le habían impresionado; volvía á ser consciente, recordaba que siempre se había considerado como un ser superior y quería poner fin á la escena dolorosa y vulgar.

--Basta--se repetía á sí mismo, dejándose caer sentado en un rincón de la cocina y cogiéndose la cabeza entre las manos.--He dicho que no, y basta. Acabemos de una vez--añadió con voz ronca.

Pero Olí vió que por lo contrario había llegado el momento de luchar; ya no tenía miedo y se atrevió á todo.

--Óyeme--dijo con voz humilde, siempre más humilde,--¿por qué quieres labrar tu desgracia «hijo mío»? (Sí, ella tuvo el valor de llamarle así, y él no protestó). Lo sé todo... Sé que debes casarte con una muchacha rica y guapa; si se entera de que tú no reniegas de mí, te rechazará. Y tendrá razón; porque una rosa no puede vivir en medio de podredumbre... Hazlo por ella; déjame marchar, y creerá siempre que ya no existo. Ella es inocente ¿por qué debe sufrir? Yo marcharé lejos, cambiaré de nombre, desapareceré arrastrada por el viento. Ya basta el mal que te hice involuntariamente... sí... involuntariamente; no, hijo mío, no quiero causarte más daño. ¡Ah! ¿cómo es posible que una madre pueda causar daño á su hijo? Déjame, déjame marchar.

Él tuvo ganas de gritar: «Y sin embargo, sólo me ha causado daño en su vida», pero se dominó. ¿Á qué gritar? Era inútil é indecoroso; no, no quería gritar; con la cabeza cogida entre las manos, y con voz al propio tiempo quejumbrosa é iracunda, seguía diciendo:--No, no, no.

Comprendía que Olí tenía razón en el fondo, y que quería marcharse sólo para no hacerle desgraciado; pero precisamente la idea de que en aquel momento se mostraba más generosa y consciente que él, le irritaba y la hacía aún más odiosa. Ella se había transformado; sus ojos relucientes le miraban suplicantes y amorosos; y cuando repetía «Déjame marchar», su voz aún juvenil vibraba con dulzura infinita y todo su rostro expresaba indefinible tristeza.

Tal vez un sueño suave, que hasta entonces nunca había iluminado el horror de su existencia, acariciaba su alma: quedarse, vivir para _él_, encontrar por fin la paz. Pero desde lo más hondo del alma primitiva el instinto del bien--la chispa que se oculta hasta en la sílice--la impulsaba á no hacer caso de aquel sueño. Una sed de sacrificio la devoraba, y Anania lo comprendía y veía por fin que ella también quería, á su modo, cumplir con su deber, del mismo modo que él quería cumplir con el suyo. Pero él era el más fuerte y quería y debía vencer por todos los medios, haciendo uso de la violencia, con la necesaria crueldad del médico que para curar al enfermo raja y corta.

De pronto ella se echó á sus pies, empezó á llorar, á suplicar y gritar. Anania siguió siempre contestando que no.

--¿Qué debo hacer entonces?--decía sollozando.--Virgen María ¿qué debo hacer? ¿Será preciso que te abandone otra vez engañándote? ¿que te haga el bien á la fuerza? Sí, yo te abandonaré, me marcharé. Tú no puedes mandar en mí. No sé quién eres... Soy libre... y me marcharé.

Él alzó la cabeza y la miró.

Ya no se mostraba colérico; pero sus ojos fríos y su rostro pálido, envejecido repentinamente, infundían espanto.

--Oiga--dijo con voz firme;--acabemos de una vez. Está todo decidido y no hay más que hablar. No dará un solo paso sin que yo lo sepa. Y tenga bien presentes mis palabras cual si fueran pronunciadas por un moribundo: si hasta ahora he podido soportar la deshonra y el dolor de su vida vergonzosa, era porque no podía impedirlo y porque esperaba poner fin á tal estado de cosas. Pero de hoy en adelante ya será otra cosa. ¡Si se atreve á marcharse de aquí, la perseguiré, la mataré y me mataré después! ¡Por lo que me importa la vida!...

Olí le contemplaba con una especie de terror; en aquel momento era parecidísimo al tío Miguel, á su padre, cuando la había echado de la caseta: los mismos ojos fríos, el mismo rostro tranquilo y terrible, la misma voz cavernosa, el mismo acento inexorable. Creyó ver el fantasma del viejo que resucitaba para castigarla y sintió á su alrededor todo lo horrible de la muerte. No dijo una palabra más, y se acurrucó en el suelo, temblando de espanto y desesperación.

* * * * *

Una noche triste cubrió el pueblecito barrido por el viento.