Part 16
_Portate, venti, questi dolci versi Dentro all'orecchie della Ninfa mia; Dite quante per lei lacrime versi, E la pregate que crudel non sia; Dite che la mia vita fugge via, E si consuma come brina al sole..._[44]
Recitando, sentía la impresión de ser ágil y ligero como el gorrión que se mecía en el extremo de una rama. Más tarde fué á la huerta donde pudo entregar á la criada de Margarita la carta que tenía preparada.
El huerto, húmedo aún por la lluvia nocturna, exhalaba un fuerte olor de tierra mojada y de hierba seca. Las orugas habían reducido las coles á manojos de extraños encajes grisáceos; las flores amarillas, parecidas á copitas de oro, de los higos chumbos se deshojaban; los malvaviscos salpicados de capullos y flores moradas, sin tallo, recortaban el fondo azulado del cielo con sus extraños dibujos. En el nacarado horizonte las montañas surgían vaporosas, sumergidos sus picos más altos en nubes de oro. En un rincón del huerto encontró Anania á Eíes Cau, borracho, envejecido, convertido en un montón de andrajos y le tocó con el pie; el infeliz alzó la cabeza, dejando ver su cara que parecía una máscara de cera ennegrecida, abrió un ojo vítreo, murmuró sus versos favoritos:
Cuando Amelia tan pura y tan blanca;
y dejó caer su cabeza, sin haber conocido al estudiante. Un poco más allá el tío Pera, completamente ciego, se obstinaba en extirpar las malas hierbas, que conocía por el tacto y el olor.
--¿Cómo se encuentra?--gritó Anania.
--Soy un cadáver, hijo mío--contestó el viejo.--No veo, ni oigo.
--Ánimo... se pondrá bien...
--En el otro mundo, donde todos nos curaremos, donde todos veremos y oiremos; ¡ah, hijo mío! no me importa no ver; cuando veía con los ojos de la cara, mi alma era ciega; y ahora en cambio, _yo veo_, veo con los ojos del alma. Pero cuéntame; ¿has visto al Papa?
Al salir del huerto, Anania siguió vagando por todo el barrio; ¡aquel rincón del mundo era siempre el mismo! El loco seguía sentado sobre una piedra, recostado en las paredes amenazando ruina, esperando el paso de Jesucristo; la mendiga miraba de reojo la puerta de Rebeca, sobre cuyo umbral la pobre criatura temblaba de fiebre y se vendaba sus llagas; maestro Pane, entre telarañas, aserraba tablas hablando en alta voz; en la taberna, Ágata, guapa como siempre, coqueteaba con jóvenes y viejos; Antonino y Bustianeddu se emborrachaban y de cuando en cuando desaparecían durante unos meses y volvían á aparecer con la cara algo más blanca, por _haber estado á la sombra_[1]; la tía Tatana preparaba dulces para su querido _pequeño_, soñando en el día en que tomaría el grado, y pasando revista á los _presentes_ que enviarían los amigos y parientes; y Anania _grande_, en los días de descanso, sentado en medio de la calle bordaba un cinturón de cuero, y pensaba en los tesoros escondidos en los _nuraghes_.
No, nada había cambiado; pero el estudiante veía las cosas y los hombres como no los había visto nunca, y todo le parecía bello, de una belleza triste y salvaje. Pasaba y miraba como si fuera un extranjero; y en el cuadro cristalizado de aquellos tugurios negros y amenazando ruina, de aquellos seres primitivos, le parecía ser un gigante. Sí, gigante y pájaro al mismo tiempo; gigante por su superioridad, pájaro por su alegría.
* * * * *
Á últimos de Agosto, después de dudar mucho, Margarita consintió que Anania revelase sus relaciones al señor Carboni.
--Me parece que tu padre me trata de otra manera--dijo el estudiante;--estoy cohibido y tengo remordimientos. Me mira con mirada fría, escrutadora; no puedo soportar su mirada.
--Entonces, si te atreves, cumple... con tu deber--contestó Margarita, algo maliciosamente.
--¿Qué debo decirle?--preguntó el joven, completamente turbado.
--Lo que quieras; cualquier cosa que digas estará bien; cuanto más te confundas más efecto producirás. ¡Mi padre es tan bueno!
--¡De modo que puedo esperar!--exclamó Anania conmovido, como si hasta entonces hubiese dudado.--¿Es de veras? ¿Es de veras?
--¡Síí...!--dijo ella, con voz mimada, acariciándole el pelo de un modo casi maternal.
Él la estrechó entre sus brazos, cerró los ojos, escondió su cara sobre su espalda, concentrándose para ver toda la inmensidad de su fortuna. ¿Era posible? ¿Margarita sería suya? ¿De veras suya? ¿Suya en la vida real como lo había sido en sueños? Recordó aquel tiempo en que no se atrevía á confesar ni á sí mismo su amor; ¿y ahora?...
--¡Cuántas cosas pasan en el mundo!--pensó.--¿Pero qué es el mundo? ¿Qué es la realidad? ¿Dónde empieza el sueño y dónde la realidad? ¿Y no es posible que todo sea un sueño? ¿Quién es Margarita? ¿Y yo quién soy? ¿En qué consiste esta alegría misteriosa que me eleva, como la luna á las olas? ¿Y el mar qué es? ¿_Siente_ el mar? ¿Vive? ¿Y la luna qué es? ¿Y todo esto es real?
Alzó la cara y se rió de sus preguntas. La luna iluminaba el patio; y en el silencio profundo de la noche diáfana, el canto trémulo de los grillos le hizo pensar en un pueblo de duendes pequeñísimos, sentados sobre las hojas humedecidas por el rocío y plateadas por la luna, que sonaban una cuerda sola de invisibles violines.
Todo era sueño y todo realidad. Anania creía ver los duendes músicos y al propio tiempo distinguía claramente la blusa color de rosa, la cadenita y las sortijas de Margarita. Le apretó la muñeca, puso un dedo sobre la perla de un anillo que llevaba en el dedo meñique, se puso á contemplar las uñas de las cuales distinguía las manchitas blancas; sí, todo era verdad, visible, tangible. La realidad y el sueño no tenían límites que les separaran; todo se podía ver, tocar y alcanzar, desde el sueño más disparatado al objeto menos visible...
En aquel momento le parecía que así como tocaba el anillo de Margarita, hubiese podido, con sólo alargar la mano, coger la luna, ó apretar dentro su puño el canto de los grillos.
Unas cuantas palabras de Margarita le señalaron, de nuevo, los límites entre el sueño y la realidad.
--¿Qué dirás á mi padre?--preguntó, siempre un poco burlona.--Vamos á ver, qué le vas á decir. «Padrino mío... yo... yo y... y su hija... su hija Margarita... tene... tenemos...».
--¡Cállate!--dijo él, avergonzándose al comprender que nunca tendría el valor suficiente para presentarse á su protector, y confesarle su amor...--No me atreveré jamás... confesó.--Se lo escribiré.
--¡Oh! ¡esto sí que no!--dijo Margarita, poniéndose seria.--Es preciso decírselo de palabra; se convencerá más fácilmente. Si tú no puedes, mandas á alguien.
--¿Y quién voy á mandar?
Margarita pensó un instante, y después dijo tímidamente:
--Á _tu madre_.
Comprendió que se refería á la tía Tatana, pero su pensamiento corrió á _la otra_, y le pareció que Margarita también pensaba en _aquella mujer_. Una sombra densa, una oleada de angustia le envolvió el alma; ¡ah, sí! la realidad y el sueño estaban bien separados por confines terribles; un abismo insuperable, igual al que existe entre la tierra y el sol, les separaba.
--Si por lo menos...--pensó rápidamente,--¡si pudiera hablar ahora! ¡Éste es el momento; si se me escapa, no lo encuentro otra vez! Tal vez aquel abismo se podría salvar. ¡Ahora! ¡ahora!
Abrió los labios. Sintió que el corazón le palpitaba con fuerza, pero no pudo hablar; pasó aquel momento.
La tarde siguiente, la tía Tatana, muy turbada, pero mucho más orgullosa que turbada, y confiando en la ayuda del Señor, después de haber rezado muchísimo y _fatta la salita_ arrastrándose de rodillas desde el portal hasta el altar de la iglesia del Rosario, fué á desempeñar su _embajada_.
Anania se quedó en casa, esperando ansiosamente el regreso de la anciana. Durante un largo rato estuvo tumbado en la cama, leyendo un libro del cual no recordaba ni siquiera el título.
--¡Estoy tranquilo!--pensaba.--¿Por qué temer? El buen éxito es más que seguro...
Y entre tanto leía palabra por palabra, pasaba las líneas, pasaba las páginas; pero su mente no retenía ni una sola de las sílabas impresas. El pensamiento, como un ojo omnividente, corría detrás de la anciana y veía...--La tía Tatana camina lentamente, convencida de la solemnidad de su misión. Tiene algo de miedo, la buena viejecita, paloma blanca y suave: ¡pero paciencia! Con la ayuda del Señor, de Santa Catalina y de María Santísima del Rosario, algo podrá hacerse... Se ha puesto su mejor vestido; la _túnica_ adornada con tres lacitos, verde, blanco, verde, el corpiño de brocado verdoso, el cinturón de plata, el delantal bordado, el pañuelo de la cabeza ligeramente teñido de azafrán. Y no se ha olvidado de los anillos; no faltaba más que olvidara sus grandes anillos prehistóricos, adornados de camafeos sobre piedras amarillas y verdes, y de cornalinas incrustadas. Y de este modo, grave y compuesta, parecida á una imagen antigua de Nuestra Señora, avanza lentamente, saludando con solemnes ademanes á las personas que encuentra en su camino. Anochece; es la hora dedicada á estas graves misiones de amor. Al caer de la tarde la paraninfa está segura de encontrar en casa al jefe de la familia á la cual lleva el arcano mensaje...
La tía Tatana va andando... andando, cada vez más grave y más lentamente... Parece que tiene miedo de llegar; ha llegado al límite fatal, ante el portalón cerrado, callado y obscuro como la puerta del destino; duda un momento, se compone los anillos, el lazo del delantal, el cinturón; se aprieta el pañuelo bajo la barbilla, y por fin se decide y llama á la puerta...
Aquel golpe parece repercutir en el pecho de Anania. Se puso de pie de un salto, cogió una vela y se miró al espejo.
--¡Ya lo decía! Estoy pálido. ¡Si seré estúpido!--murmuró.--¡Ea! no quiero pensar más en ello...
Se asomó á la ventana. Los últimos resplandores del día apenas alumbraban el corral; el saúco inmóvil proyectaba una mancha oscura. Silencio absoluto. Las gallinas ya dormían y también dormía el lechón. Las estrellas brotaban, cual chispas de oro, entre la azulada ceniza del crepúsculo caluroso. Más allá del corral, en el silencio de la callejuela, pasaba á caballo un pastorcillo, cantando en dialecto:
La noche convierto en día Cantando á mi _palma dorada_...[45]
Anania recordó su infancia, la viuda, Zuanne. ¿Qué estaría haciendo su hermano adoptivo en un convento, sobre aquellos montes?
--¡Y pensar que quería hacerse bandido! ¡Cuánto me agradaría verle!--pensó--Un día de este mismo mes me llegaré á Fonni.
¡Ah! De pronto su pensamiento volvió á donde se resolvía su destino.--La vieja paloma está en el despacho sencillo y tan ordenado del señor Carboni. Allí, allí está la mesa escritorio que una noche el estudiante estuvo registrando y... ¡Oh Dios mío! ¿pero es posible que él haya cometido acción tan vil? Sí; los chiquillos no son conscientes; todo resulta fácil, todo posible. ¡Cuántas locuras cometemos de chiquillos! ¡Hasta podríamos cometer un delito con la mayor inconsciencia! Basta; la tía Tatana está allí; y también el señor Carboni, gordo, tranquilo, con la cadena de oro brillando sobre su pecho.
--¿Qué cosas estará diciendo la viejecita?--pensó Anania, sonriendo nerviosamente.--Me gustaría ver cómo se las compone. ¡Si pudiera estar presente, sin que me vieran! Si tuviese el anillo que hace á uno invisible, me lo pondría y... pum... en seguida llegaba... ¿Y si el portalón estuviese cerrado? ¡Qué diablo! ¡Llamaría! Mariucha saldría á abrirme, y, al ver que no había nadie, se enfadaría contra los chicos que llaman á las puertas y escapan corriendo; mientras tanto yo... ¡Pero qué chiquillo soy! ¡Pues no me paso el tiempo pensando en estas tonterías! ¡Ea! ¡no quiero pensar más en ello!...
Se apartó de la ventana, cogió la vela, bajó á la cocina, donde estaba encendido el fuego, é inconscientemente se sentó ante el hogar. En seguida se acordó de que era el verano y echóse á reir; después se puso á contemplar durante largo tiempo el gatito rojo que estaba en acecho delante del horno, inmóvil, con los bigotes erizados y la cola tiesa, pronto á lanzarse sobre el primer ratón que se presentara.
--No--dijo para sí Anania, pensando en el pobre ratoncito;--esta noche no dejo que lo caces; soy demasiado feliz para que nadie, ni siquiera un ratón, sufra esta noche en esta casa.
--_¡Usciu, usssciuu!_[46]--gritó, corriendo hacia el gatito que se estremeció y saltó sobre el horno.
Agitado por una nerviosa inquietud, Anania se puso á dar vueltas por la cocina; y parándose de cuando en cuando junto á los sacos llenos de cebada, la manoseaba murmurando:
--Mi padre no es tan pobre como parece; es un arrendatario del señor Carboni, aun cuando se obstine en llamarle «amo». No, él no está pobre; pero seguramente no podría restituirle lo... que gasto, si no sucediese lo que... debe suceder. ¿Pero qué pasará? ¿Qué está pasando en este momento?
La tía Tatana ha hablado... ¿Qué ha dicho? ¡Ah! no, no, no, mejor es no pensar en ello... Pensemos, por lo contrario, en la respuesta que dará, que está dando el padre... ¿Qué dirá aquel hombre, el más leal del mundo, al enterarse de que su protegido se ha atrevido á burlar su buena fe? Empieza, pensativo, á dar paseos por el despacho; la tía Tatana le mira, pálida, oprimida...
--¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué pasará?--exclamó Anania apretándose la cabeza entre las manos. Creía ahogarse; salió al patio, se asomó á la tapia, prestó oído atento, escuchó. Nada, nada.
Volvió á la cocina, y viendo al gatito de nuevo en acecho, lo volvió á espantar; recordó los gatos durmiendo entre las columnas del Panteón; pensó en la tía Bárbara y en el cirio que debía llevar en su nombre á la Basílica de los Mártires; pensó en su padre que estaba terminando de recoger la paja del trigo en las _tancas_ del amo; pensó en el pino sonoro que murmuraba como un gigante iracundo, rey de un solitario reino de rastrojos y matas; pensó en el _nuraghe_ y en las visiones de la tía Bárbara, reflejadas en él, durante su fiebre, y recordó un brazalete de oro que había visto en el Museo de las Termas de Diocleciano... Y después de todos aquellos recuerdos fugitivos, dos pensamientos profundos se cruzaron y compenetraron, cual si fueran dos nubes--una tétrica y otra luminosa--que en el espacio se hubiesen encontrado. El pensamiento de _aquella mujer_. El pensamiento de lo que estaba pasando en el despacho del señor Carboni.
--¡No! ¡Ya he dicho que no quiero pensar en ello!--murmuró con rabia. Y echó fuera al gatito, como hubiese querido hacer con las ideas que le asaltaban felinamente, contra su voluntad.
Volvió á salir al patio; miró, escuchó. Nada. Un cuarto de hora después resonaron dos voces detrás de la pared; después una tercera, una cuarta; eran los vecinos que se reunían cada noche ante la tienda del maestro Pane, para disfrutar del fresco y charlar.
--¡Virgen santa!--decía Rebeca con su voz estridente.--He visto caer del cielo cinco estrellas. ¡Oh! ¡Y eso no sucede porque sí!... Sucederá alguna desgracia...
--¡Que tú vas á parir el Anticristo!--dijo la voz irónica de un labriego.--Dicen que tiene que nacer de un animal.
--El Anticristo lo parirá tu mujer ¡bicho asqueroso!--contestó airada la muchacha.
--¡Vuelve á por otra!--dijo la hermosa Ágata, que comía, reía y hablaba al mismo tiempo.
El labriego empezó á soltar insolencias; hasta que el viejo carpintero se enfadó y gritó:
--Si no te callas, te rompo las narices.
Pero el labriego prosiguió su _hermosa misión_; entonces las mujeres se levantaron y fueron á sentarse sobre el murete del patio, y la tía Sorichedda--una viejecita que cuarenta años antes había servido en casa del Intendente--empezó á contar por milésima vez la historia de su ama.
--Era una marquesa. Su padre era amigo íntimo del rey de España, y le había dado mil escudos de oro de dote. ¿Cuánto son mil escudos?
--¿Y qué son mil escudos?--dijo Ágata despreciativamente.--Margarita Carboni tiene cuatro mil...
--¿Cuatro mil?--observó Rebeca.--¡Más de cuarenta mil!
--¡No sabéis lo que estáis diciendo!--gritó la tía Sorichedda.--Mil escudos de oro no los tiene ni siquiera don Frasquito.
--¡Váyase á paseo! Parece usted una chiquilla--gritó Ágata acalorándose.--¿Qué se figura que son mil escudos? ¡Sólo en suela los tiene Francisco Carchide!
La cuestión se puso seria; las mujeres empezaron á insultarse.
--Tú lo dices para alabar á tu Francisco Carchide; ¡aquella porquería con su traje nuevo!...
--La porquería lo será usted, vieja pecadora.
--¡Ah!
Piensa el ladrón Que todos son de su condición...
Anania escuchaba, y de pronto, á pesar de las inquietudes que le agitaban, se echó á reir.
--¡Oh!--exclamó Ágata, asomándose á la pared.--¡Que tenga felices noches su Señoría! ¿Qué estás haciendo á oscuras como un murciélago? Deja que veamos tu hermoso rostro.
--¡Por favor!--contestó, acercándose y pellizcándola en un brazo, mientras Rebeca, que al oir la carcajada del joven se había acurrucado en el suelo como queriendo esconderse, pellizcaba á Ágata en una pierna.
--¡Al diablo que os ha parido!--exclamó la muchacha.--¡Esto es demasiado! ¡Dejadme... ó lo digo!
Los dos siguieron pellizcando más fuerte.
--¡Ay, ay! ¡Demonio! Rebeca, es inútil que tengas celos... ¡ay! La tía Tatana esta noche... ha ido á pedir... ¿hablo ó no hablo? ¡Ah!...
Anania la dejó, preguntándose cómo aquel diablo de chica había...
--¡Corazoncito, otra vez respeta á la tía Ágata!--dijo con retintín, mientras Rebeca, que había comprendido, callaba y la tía Sorichedda preguntaba:
--Haz el favor, Nania Atonzu; ¿crees que en Nuoro puede haber mil escudos de oro?
El labriego también se acercó.
--Oye, Nania; ¿es verdad que el Papa tiene setenta y siete mujeres para su servicio? ¿Eh?...
El joven no contestó, tal vez ni siquiera los había oído; veía acercarse una persona desde el fondo de la callejuela, y sentíase desfallecer. Era ella, la vieja paloma mensajera, era ella que volvía llevando en sus labios, como una flor de vida ó de muerte, la palabra fatal.
Anania se retiró cerrando la puertecita del patio, al propio tiempo que la tía Tatana entraba por la otra parte y cerraba la puerta principal. Ella suspiraba y aún estaba un poco pálida y oprimida, como Anania la había visto con la imaginación; al reflejo del hogar, las alhajas primitivas, los bordados, el cinturón, los anillos, brillaron vivamente.
Anania corrió á su encuentro y la miró ansioso, y como ella callase, le preguntó con impaciencia:
--¿Qué han dicho?
--¡Ten paciencia, hijo! Ahora te diré...
--No. Dígalo en seguida. ¿Consienten?
--¡Sííí...! ¡Consienten, sí, consienten!--exclamó la vieja abriendo los brazos.
Anania sentóse, aturdido, cogiéndose la cabeza entre las manos; la tía Tatana le miró piadosamente meneando la cabeza, mientras con las manos temblorosas se desabrochaba.
--¡Consienten! ¡consienten! ¿Es posible?--repetía para sí Anania.
Ante el horno, el gatito seguía esperando el paso del ratón, y debía oir algún ruido, porque agitaba la cola; en efecto, poco después, Anania oyó un chillido, un pequeño grito de muerte; pero en aquel momento su felicidad era tan completa, que no le consentía pensar que en el mundo pueda existir dolor.
* * * * *
La detallada relación de la tía Tatana echó un poco de agua fría sobre aquel inmenso incendio de dicha.
La familia de Margarita no se oponía á los amores de los dos jóvenes, pero, naturalmente, no daba aún un consentimiento completo, irrevocable. El «padrino» había sonreído, restregándose las manos y meneado la cabeza como diciendo: «¡buena me la han jugado!». Había dicho: «¡Pronto echan á volar estos chicos de hoy en día!», pero después se puso serio y pensativo.
--Pero por fin, ¿qué habéis acordado?--exclamó Anania, poniéndose también serio y pensativo.
--¡Que es preciso esperar! ¡Santa Catalina mía! ¿Pero no has comprendido? El «ama» dijo: es preciso que interroguemos á Margarita.--Me parece inútil, contestó el padrino, restregándose las manos. Yo me sonreí.
También Anania se sonrió.
--Hemos acordado... ¡Fuera de ahí!--gritó la tía Tatana, tirando de la falda, sobre la cual el gatito se había cómodamente tumbado, lamiéndose los bigotes con gran satisfacción.--Hemos acordado que es preciso esperar. El amo me dijo:--Que el «muchacho» piense en estudiar mucho y conseguir triunfos. Cuando haya conseguido una posición le daremos la mano de nuestra hija; entretanto, que sigan amándose y que Dios les bendiga.--¡Y ahora me parece que puedes cenar tranquilo!
--Pero ¿puedo presentarme en su casa como prometido?
--Por ahora no; ¡por este año no! ¡Corres demasiado, _galanu meu_! La gente diría que el señor Carboni se ha vuelto un chiquillo; antes debes licenciarte...
--¡Ah!--exclamó Anania airado--de modo que es mejor...--Iba á decir: ¿de modo que es mejor que nos veamos de noche, á escondidas, para que su susceptibilidad no padezca?--pero en seguida pensó que, en efecto, era mejor verse de noche, á escondidas y solos, que de día y en presencia de los padres, y se calmó por completo. ¡Peor para ellos! De este modo no tendría remordimientos si se veía obligado á visitar secretamente á su prometida.
Para consolarse reanudó las entrevistas la misma noche; la criada, apenas le abrió la puerta, le dió la enhorabuena como si las nupcias ya se hubiesen celebrado, y él le dió una propina y esperó temblando á la que consideraba como esposa. Ella llegó, poco á poco, sin hacer ruido, perfumada de lirio, con un traje claro, blanqueando en la diáfana noche, y al verla y oler el perfume, sintió el joven una impresión grande, violenta, cual si vislumbrase por vez primera el misterio del amor. Se abrazaron largamente, callados, temblando, ebrios de dicha; el mundo les pertenecía.
Por vez primera Margarita, segura ahora de poderse abandonar sin miedo ni remordimiento al amor intenso que su guapo novio sentía por ella, se mostró apasionada y vehemente, como Anania no se atrevía ni á soñarlo; así es que salió de la cita, tambaleándose, ciego, fuera de sí.
La noche siguiente la entrevista fué aún más larga, más delirante. La tercera noche, la criada, que vigilaba desde la cocina, probablemente cansada de esperar, hizo la señal convenida para el caso _de sorpresa_ y los enamorados se separaron algo asustados.
Al día siguiente Margarita escribió: «Tengo miedo de que ayer noche papá se enterara de algo. Procuremos no comprometernos, ahora precisamente que somos tan felices; es preciso, por lo tanto, que no nos veamos durante unos días. Ten paciencia, y ten valor como yo lo tengo, pues hago un sacrificio enorme renunciando, por unos días, á la felicidad inmensa de verte; me parecerá morir, porque te amo ardientemente, porque no podré vivir sin tus besos», etc., etc., etc.
Él contestó: «Adorada de mi alma, tienes razón: eres una santa por buena y por sabia, y en cambio yo soy un loco, loco de amores por ti. No sé, no veo lo que hago. Ayer noche pude haber comprometido todo nuestro porvenir y no me daba cuenta de ello. Perdóname; cuando estoy á tu lado pierdo la razón. Se apodera de mí la fiebre; me consumo, me parece que dentro de mí arde un fuego devastador. Renuncio dolorosamente á la felicidad suprema de verte durante unas cuantas noches; y como siento necesidad de ejercicio, de distracción, de alejarme algo de tu lado, para calmar un poco este fuego que me devora y me pone inconsciente y enfermo, he pensado emprender la excursión al Gennargentu de la cual te hablé la otra noche. ¿Lo permites, verdad? Contéstame en seguida, querida, adorada, mi encanto y mi gloria. Te llevaré en el corazón; desde la más alta montaña sarda te enviaré un saludo, gritaré al cielo tu nombre y mi amor, como quisiera proclamarlo desde la montaña más elevada del mundo para que toda la Tierra se enterara y asombrara. Te abrazo, te llevo conmigo, junto á mí, formando un solo cuerpo, por toda una eternidad».
Margarita concedió el permiso para el viaje.