Chapter 18 of 22 · 3971 words · ~20 min read

Part 18

--¡Porque te aliviaría, hijo mío! Sí, hijo, sí ¡por experiencia sé cuánto alivian las lágrimas! Cuando llamaron á mi puerta, en una noche terrible, y una voz que parecía la de la Muerte me dijo: «¡Mujer, no esperes más!» me quedé de piedra. Durante horas y horas no pude llorar; fueron éstos los momentos más horrorosos que pasé; me parecía que el corazón se había convertido, dentro del pecho, en un hierro al rojo y me quemaba, me quemaba las entrañas, y con su punta aguda me desgarraba el pecho. Pero después el Señor me concedió las lágrimas, y el llanto refrescó mi dolor, como el rocío refresca las piedras calentadas por el sol. ¡Hijo mío, ten paciencia! Hemos nacido para sufrir; ¿qué vale tu desgracia comparada con tantos otros dolores?

--¡Pero si yo no sufro!--protestaba Anania.--Este golpe debía presumirlo; es más, lo esperaba. Una fuerza misteriosa me ha impulsado á venir; una voz me decía: ¡ve, vete allá, allá sabrás lo que tanto te interesa! Claro, he sentido una emoción, me he sorprendido... pero ahora todo ha pasado; no se preocupe más.

Pero la viuda le miraba fijamente, le veía lívido, con los labios pálidos y contraídos, y meneaba la cabeza. Él prosiguió:

--¿Por qué nadie nunca me ha dicho una palabra de esto? Indudablemente algo debían saber. El mismo cochero, ¿es posible que no supiese nada?

--Tal vez no. Sólo ella podía haberle dicho algo; pero no, te tiene demasiado miedo. Cuando por la fiesta del pueblo vino acompañando á aquel miserable ciego que después la abandonó, no fué reconocida por nadie, parecía mucho más vieja de lo que es, iba andrajosa, entontecida por la miseria y la fiebre. Además, ni siquiera tú la has reconocido. El ciego la llamaba con un feo mote; sólo á mí confió su verdadero nombre, me contó su triste historia y me hizo jurar que nunca sabrías nada de ella. Tiene miedo de ti...

--¿Por qué tiene miedo de mí?

--Tiene miedo que tú la mandes prender porque te abandonó. También tiene miedo de sus hermanos, que son guardabarreras de la vía férrea de Iglesias.

--¿Y su padre?--preguntó Anania, que no se había acordado nunca de estos parientes suyos.

--¡Oh! hace mucho que murió. Según afirma ella, murió maldiciéndola, y añade que esta maldición es lo que la persigue y la hace desgraciada.

--¡Sí! ¡Es que está loca rematada! Pero ¿qué ha hecho durante tantos años? ¿Cómo ha vivido? ¿Por qué no ha trabajado?

Parecía, al decir esto, completamente tranquilo, casi indiferente; parecía preguntar por simple curiosidad, con una curiosidad que le permitía pensar en otras cosas muy lejanas; y en efecto, pensaba en lo que debía hacer, y aunque le conmovían las desdichas de su madre, mucho más le entristecía la idea de las consecuencias de aquel imprevisto y desastroso encuentro.

La viuda alzó un dedo y dijo solemnemente:--¡Todo está en las manos de Dios! Hijo mío, hay un hilo terrible que tira de nosotros. ¿Crees tú que mi marido no hubiera preferido trabajar y morir en la cama, bendecido por el Señor? ¡Y sin embargo...! ¡Lo mismo le ha pasado á tu madre! Seguramente hubiese querido trabajar y vivir honestamente... Pero el hilo ha tirado de ella...

Al oir Anania estas palabras subióle la sangre á la cabeza, retorcióse las manos y de nuevo sintió una oleada de vergüenza que le ahogaba.

--¡Todo... todo ha acabado para mí!--decía sollozando.--¡Qué horror, qué horror! ¡Cuánta miseria, cuánta vergüenza! Cuente, cuéntemelo todo. ¿Cómo ha vivido? ¡Quiero saberlo todo... todo... todo! ¿Entiende? ¡Todo! Prefiero morir de vergüenza, antes que... ¡Fuera!--dijo sacudiendo la cabeza, como para alejar toda turbación vil y miserable.--Cuente.

La tía Grathia le miraba con infinita piedad; hubiese querido cogerle en brazos, sobre su falda, mecerle y cantarle, calmarle, dormirle; y en cambio le torturaba.--¡Hágase la voluntad del Señor! ¡Hemos nacido para sufrir; nadie se muere de pena!--La viuda intentó endulzar algo el amargo cáliz que Dios, por medio de ella, presentaba al pobre desdichado, y le dijo:

--Yo no puedo contarte cómo ha vivido y lo que ha hecho. Sólo sé que, después de haberte abandonado, é hizo perfectamente, pues de otro modo nunca hubieras tenido un padre y no serías tan afortunado como eres...

--¡Tía Grathia! ¡Por Dios, no me haga desesperar...!--interrumpió impetuosamente Anania.

--¡Ten calma! ¡Paciencia!--gritóle la buena mujer.--¡No reniegues de la bondad divina, hijo mío! ¿Qué sería de ti, si llegas á quedarte por acá? ¡Tal vez hubieses acabado miserablemente, haciéndote fraile... fraile mendicante... fraile poltrón!... ¡Basta, basta, no hablemos más de ello! ¡Mejor morir, que vivir de esa manera! Y tu madre habría llevado igual vida, porque tal era su destino. Aquí mismo, antes de marcharse, ¿crees tú que llevaba buena vida? Pues no, no la llevaba: éste era su destino. Durante los últimos meses tuvo amores con un carabinero, que fué destinado á Nuraminis pocos días antes de vuestra fuga. Cuando te hubo abandonado, al menos así me lo contó la pobre, marchó á Nuraminis, á pie, escondiéndose durante el día, caminando de noche, y de este modo atravesó media Cerdeña. Se reunió con el carabinero y vivieron una temporada juntos; él había prometido casarse, pero pronto se cansó de ella, la maltrató, y cuando estuvo ajada y consumida la abandonó. Ella siguió su camino fatal. Me dijo, y la pobrecita lloraba al contármelo, lloraba hasta conmover las rocas, me dijo que buscó siempre trabajo, y que nunca pudo encontrarlo. ¡Ya te lo he dicho, es el destino! El destino que priva del trabajo á ciertos seres desdichados, como priva á otros de la razón, de la salud y de la bondad. El hombre y la mujer se sublevan inútilmente. ¡No, adelante, á morir, reventad, seguid el hilo que tira de vosotros! Últimamente _ella_ se había enmendado; se había unido con un ciego, y vivían como marido y mujer desde hacía dos años; ella le guiaba por las carreteras, de una fiesta á otra; iban casi siempre á pie, á veces solos, otras veces en compañía de otros mendigos vagabundos. El ciego cantaba con su hermosa voz unas canciones que él mismo componía. Me acuerdo que aquí cantó la _Muerte del rey_, una canción que hacía llorar á todo el mundo. El Municipio le dió veinte liras, el Rector le convidó á comer. En tres días que estuvo aquí, recogió más de veinte escudos. ¡Miserable! También él prometía casarse con ella, y en cambio cuando se enteró que estaba enferma, que no podía seguir andando, la plantó, temiendo tener que gastar su dinero para curarla. De aquí aún marcharon juntos; iban á la fiesta de San Elías; pero allá el ciego asqueroso encontró una cuadrilla de mendigos _campidonenses_ que iban á una fiesta campestre de la Gallura, y marchó con ellos, mientras la pobre desdichada se moría de fiebre en la cabaña de unos pastores. Después, como ya te he dicho, sintiéndose mejor, fué de un sitio á otro, segando, recogiendo espigas, hasta que la fiebre la postró por completo. Hace unos días, me mandó á decir que estaba un poco mejor...

Estremecimientos, inútilmente reprimidos, agitaban todo el cuerpo de Anania. ¡Cuánta miseria, cuánta vergüenza, cuánto dolor, cuánta iniquidad divina y humana se desprendía de aquel relato!

Ninguna de las sangrientas y tristes narraciones que durante su infancia había oído contar á aquella extraña mujer, le había parecido tan horrorosa como la que acababa de oir, ninguna le había hecho estremecer tanto. De pronto recordó el pensamiento que cruzó por su mente en una tarde lejana, tranquila, en el silencio del pinar apenas interrumpido por el canto de pastor presidario. Y preguntó:

--¿También ha estado en la cárcel?

--Creo que sí, una vez. Encontraron en su casa unos objetos que un _amigo_ suyo había _cogido_ de una iglesia campestre; pero fué absuelta porque demostró no saber siquiera de qué se trataba...

--¡No mienta!--dijo Anania con voz sorda.--¿Por qué no me dice toda la verdad? También ha sido ladrona... ¡por qué no decirlo! ¿Cree que me importa algo? Nada me importa, nada, nada... ni tanto así--y señalaba la punta del dedo meñique.

--¡Dios mío! ¡Qué uñas!--observó la viuda.--¿Por qué te dejas crecer tanto las uñas?

No contestó, pero se puso de pie de un salto y empezó á recorrer la habitación, furioso, rugiendo como una fiera.

La viuda no se movió, y él, poco después, volvió á calmarse completamente. Parándose ante ella, le preguntó con voz doliente pero tranquila:

--¿Por qué habré nacido? ¿Por qué me han hecho nacer? Ahora soy un hombre perdido; toda mi vida ha sido destruida. No podré proseguir los estudios, y la mujer con quien debía casarme y sin la cual no podré vivir, ahora me dejará... mejor dicho, tendré que dejarla.

--¿Y por qué? ¿No sabe ella quién eres?

--Sí; lo sabe, pero cree que _aquella mujer_ ha muerto, ó que está tan lejos que no se oye hablar de ella. ¡Y por lo contrario, vuelve! ¿Cómo es posible que una chiquilla pura y delicada pueda vivir junto á una mujer infame?

--¿Pero qué pretendes hacer? ¿No acabas de decir que no te importa nada de _ella_?

--¿Qué me aconseja que haga?

--¿Yo? ¿Qué te aconsejo? Que la dejes proseguir su camino--contestó cruelmente la viuda;--¿ella no te abandonó? Si tú quieres, tu esposa no verá nunca á la pobre infeliz, y ni tú mismo la volverás á ver...

Anania la miró, con mezcla de piedad y desprecio.

--¡No me comprende usted, no es posible que pueda comprenderme!--dijo.--Dejémoslo; ahora es preciso pensar en el modo de poderla ver; es preciso que mañana por la mañana vaya á verla...

--Estás loco...

--No comprende...

Se miraron uno al otro; ambos con mirada despreciativa y piadosa. Y empezaron á discutir y casi á pelear. Anania quería partir en seguida, ó á la madrugada á más tardar; la viuda proponía mandar un recado á Olí para que fuera á Fonni sin decirle quién la llamaba.

--¡Ve allá, ya que te empeñas! Pero yo la dejaría tranquila; así como ha vivido hasta ahora, seguirá viviendo en adelante... Déjala en paz...

--Nonna--dijo él,--parece que también tiene usted miedo. ¡Qué tonta! No pienso tocarle un solo cabello; me la llevaré conmigo; no quiero hacerle daño, sino todo lo contrario, porque éste es mi deber...

--Sí, éste es tu deber; pero piénsalo bien y reflexiona. ¿Cómo viviréis? ¿De qué viviréis?

--¡No quiero pensarlo!

--¿Cómo te arreglarás?

--¡No quiero pensarlo!

--¡Entonces, nada! Pero te advierto que te tiene un miedo atroz, y si te presentas ante ella, de improviso, es capaz de cometer alguna locura.

--Entonces vamos á hacer que venga aquí; pero pronto, mañana por la mañana.

--¡Sí, en seguida, volando! ¡Qué súbito eres, hijo de mis entrañas! Ahora vete á descansar y no pienses más en ello. Mañana por la noche puedes tener la seguridad de que estará aquí. Entonces harás lo que quieras. Pero mañana por la mañana te marchas al Gennargentu; casi sería mejor que no bajaras hasta pasado mañana...

--¡Ya veré!

--¡Ahora... vete á descansar!--repitió, empujándole cariñosamente.

En el cuartito, donde había dormido con su madre, nada había cambiado; al ver el pobre camastro, bajo el cual había un montón de patatas aún oliendo á tierra, recordó la camita de María Obinu y las ilusiones y los sueños que durante tanto tiempo le habían perseguido.

--¡Qué chiquillo era!--pensó con amargura.--¡Y creía ser todo un hombre! ¡Ahora, ahora solamente soy hombre! ¡Solamente ahora la vida ha abierto de par en par sus horribles puertas! ¡Sí, ahora soy un hombre, y quiero ser un hombre fuerte! ¡No, miserable vida, no me vencerás; no, monstruo, no me abatirás! ¡Hasta ahora me has perseguido, me has combatido con la cara cubierta, villana y cobardemente, y sólo hoy, sólo en el día de hoy, más largo que un siglo, sólo hoy has descubierto tu rostro asqueroso! ¡Pero no me vencerás, no, no me vencerás!

Abrió los vacilantes postigos de un viejo balcón de madera, de cuya barandilla apenas quedaban vestigios, y se asomó.

La noche era límpida, fresca, clara y diáfana como toda noche de verano en la montaña. Reinaba un silencio inmenso, infinito, apenas vencido por la visión solemne de las montañas vecinas y por la vaga silueta de las cumbres lejanas.

Anania, viendo casi á sus pies los profundos valles, sintió la impresión de hallarse suspendido, si bien decidido á no caer, sobre un admirable abismo; los contornos de las montañas lejanas despertaban en su corazón una extraña dulzura, le parecían versos inmensos escritos por la mano omnipotente de un divino poeta en la página celeste del horizonte, y el coloso vecino, el negro-azulado monte Spada, destacado de la formidable muralla del Gennargentu, le oprimía, le parecía la sombra del monstruo á quien poco antes había lanzado el reto.

Y pensaba en su lejana Margarita, en su Margarita, que ya no era suya, que en aquellos momentos seguramente pensaba en él, contemplando también el horizonte; y, más que por él, sentía por ella una gran piedad; lágrimas suaves y amargas, como la miel amarga, subían á sus ojos, pero él las rechazaba enérgicamente, las rechazaba como á un enemigo felino y desleal que tratase de vencerle á traición.

--¡Soy fuerte!--repetía, de pie sobre el balcón sin barandilla.--¡Monstruo, yo, yo te venceré, ahora que te presentas ante mí!

Y no advertía que el monstruo estaba á su espalda, inexorable.

NOTAS:

[47] Madrina.

[48] Recipiente que ha contenido azúcar; se le dan usos diversos y es de empleo muy frecuente.

[49] Juez de paz.

[50] En una bandeja de junco se colocan en Cerdeña loa platos y recipientes conteniendo la comida.--(N. del T.)

VIII

Durante aquella larga noche, pasada en vela, Anania decidió, ó creyó decidir, su propio destino.

--_La_ obligaré á vivir con la tía Grathia mientras veo el camino que he de seguir. Hablaré francamente con el señor Carboni y con Margarita. «Miren ustedes:--les diré,--las cosas están de la manera siguiente; tengo el propósito de que mi madre viva conmigo apenas me lo consienta mi posición; éste es mi deber y lo cumpliré aunque se hunda el mundo». No me forjo ilusiones; me echarán como se echa á un perro sarnoso. Entonces buscaré un empleo, seguramente lo encontraré, y me llevaré á la desdichada y viviremos juntos, miserablemente, pero pagando mis deudas y llegando á ser un hombre. ¡Un hombre!--y exclamó amargamente:

--¡Ó un cadáver con vida!

Creía encontrarse en calma, frío, muerto ya para todas las alegrías de la vida; pero en el fondo del corazón sentía una embriaguez cruel de orgullo, un deseo insano de luchar contra la fatalidad, contra la sociedad y contra sí mismo.

--¡Después de todo, yo lo he querido!--pensaba.--Bien sabía que era preciso terminar de esta manera, y, sin embargo, me he dejado arrastrar por la fatalidad. ¡Ay de mí! Debo expiar. ¡Expiaré!

Este valor ficticio le sostuvo durante toda la noche y todo el día siguiente mientras subía al Gennargentu. El día era triste, lleno de nubarrones y niebla, pero sin viento; á pesar de ello quiso partir, según decía, porque esperaba que el tiempo aclarase, pero en realidad para empezar á darse á sí mismo una prueba de firmeza, de valor y despreocupación.

¿Qué le importaba la montaña, los panoramas espléndidos y el mundo entero? Pero él _quería_ hacer lo que antes había decidido. Sin embargo, antes de partir dudó un momento.

--¿Y si _ella_, advertida de mi presencia se escapase? ¿Acaso no doy tiempo para que así suceda?--se preguntó crudamente.

La viuda, para que se tranquilizara y marchase, le prometió que haría venir á Olí lo más pronto posible; y confiando en esta promesa partió. Delante de él, por los pendientes senderos, montado sobre un caballo fuerte y manso iba el guía, á veces perdiéndose entre las nieblas de las silenciosas lejanías, á veces destacándose sobre el fondo del camino como sobre una tela gris una pintura á la aguada. Anania iba detrás; dentro de él y á su alrededor todo era niebla, pero distinguía detrás de aquel velo fluctuante el ciclópeo perfil del monte Spada, y en su interior, entre las nieblas que le envolvían el alma, descubría su propia alma grande, inmensa, dura, monstruosa como el monte.

Un silencio trágico rodeaba á los viajeros, solamente interrumpido de vez en cuando por los gritos de los buitres. Á ambos lados del sendero, abierto en la misma roca, se vislumbraban, entre la niebla, formas extrañas; y los gritos de las aves de rapiña parecían las voces salvajes de aquellas misteriosas apariciones, llenas de espanto y cólera por la presencia del hombre. Anania creía andar entre nubes, á veces sentía la sensación del vacío, y para vencer el vértigo tenía que mirar intensamente el sendero, bajo los pies del caballo, mirando fijamente las hojas húmedas y relucientes del suelo pizarroso y las pequeñas matas violetas del _tirtillo_, cuya aguda fragancia difundíase entre la niebla. Cerca de las nueve--afortunadamente para los viajeros que recorrían entonces un peligroso y estrechísimo sendero recortado en la cúspide misma del monte Spada--se rasgó la niebla; Anania prorrumpió en gritos de admiración arrancados casi violentamente por la belleza extraña y magnífica del panorama. Todo el monte aparecía cubierto de un manto violeta del florido _tirtillo_; más allá la visión de los valles profundos y de las altas cimas hacia las cuales se acercaban, vistas á través del desgarrón de la niebla luminosa, entre juegos de luz y sombra, bajo el cielo azul lleno de nubes extrañas que se desvanecían lentamente, parecía el sueño de un artista desequilibrado, un cuadro de inverosímil belleza.

--¡Qué grande es la naturaleza, qué hermosa y qué fuerte!--pensaba Anania enternecido.--En su seno inmenso todo es puro; si nos encontrásemos aquí los tres solos, Margarita, _ella_ y yo, ¿quién sería capaz de pensar en las cosas impuras que nos separan?

Una ráfaga de esperanza pasó por su alma; ¿y si Margarita le amase de veras, tanto como había demostrado amarle durante aquellos últimos días? ¿Si consintiese...?

Llevando esta loca esperanza en el corazón, soñó largo rato, hasta llegar al fondo de la vertiente del monte Spada para empezar de nuevo la subida hacia la más alta cumbre del Gennargentu. Por el fondo del valle pasaba un torrente, entre enormes rocas y alisos sacudidos por ráfagas de viento. En el silencio profundo de aquel misterioso paraje el rumor de los árboles causó en el joven una sensación extraña; parecióle que aquel viento era movido por la esperanza que le animaba, esperanza que conmovía todas las cosas, y hacía temblar los alisos solitarios cual si fueran hombres salvajes asaltados por misteriosa alegría en su hosca soledad.

Por contradicción de ideas recordó la impresión sentida pocos días antes en un bosque del Orthobene sacudido por el viento; también entonces los árboles le habían parecido hombres, pero hombres desventurados que el dolor retorcía; y hasta cuando el viento calmaba, seguían temblando, como seres hechos á la desventura que hasta en los momentos de dicha, piensan en el próximo, inevitable, dolor.

De pronto recayó en sus sombrías ideas; un proyecto extravagante relampagueó en su mente. Matar al guía y hacerse bandido. Después sonrióse y se preguntó:

--¿Seré yo romántico? Y hasta sin matarle, ¿no me podría ocultar entre estas montañas y vivir solo, alimentándome de hierbas y pájaros? ¿Por qué el hombre no puede vivir solo, por qué no puede romper los lazos que le unen á los demás y le ahogan? ¿Zarathustra? Sí; pero también Zarathustra una vez escribió:

«...¡Qué solo estoy! No tengo nadie con quien reir, nadie que me consuele dulcemente...».

* * * * *

La subida siguió lenta y peligrosa durante tres horas. El cielo se despejó por completo; soplaba el viento; las cimas, de contextura pizarrosa, brillaban al sol, con su perfil argentino, sobre el azul infinito; la isla desarrollaba sus cerúleos panoramas, con sus montañas de un azul pálido, sus pueblecitos grises, sus relucientes lagunas: panoramas que allá y acullá se esfumaban en la vaporosa línea del mar.

Á cada momento Anania se distraía, admiraba, seguía con interés las indicaciones del guía y miraba con los gemelos; pero no podía escapar á su angustia que le recobraba con un zarpazo de tigre, cuando trataba de saborear la dulzura del espléndido panorama.

Hacia medio día llegaron al pico Bruncu Spina. Apenas desmontaron, Anania se arrastró hasta el montón de losas pizarrosas del vértice trigonométrico y se echó al suelo para huir de la furia del viento que soplaba de todas partes. Bajo su nerviosa mirada extendíase, iluminada por el sol en el zenit, casi toda la isla, con sus montañas azules y su mar de plata; sobre su cabeza el cielo turquí, inmenso é infinito como el pensamiento humano. El viento resonaba furiosamente en el vacío y sus ráfagas sacudían á Anania con rabia loca, con la ira violenta de una formidable fiera que quisiese echar á todos los demás seres del antro aéreo donde quería dominar sola.

El joven resistió durante largo tiempo; el guía se le acercó arrastrándose, y colocado á gatas sobre las losas de pizarra, empezó á señalarle, nombrándolos, los principales montes, los pueblos y lugarejos.

El viento se llevaba las palabras y les quitaba la respiración.

--¿Aquello es Nuoro?--gritó Anania.

--Sí; la colina de San Onofre le divide.

--Es verdad. Se ve divinamente.

--¡Lástima que este endiablado viento sea tan rabioso! ¡Vete al diablo, viento maldito!--gritó desaforadamente el guía.--¡Si no fuera por él, casi podríamos enviar un saludo á Nuoro, tan cerca parece hoy!

Anania recordó la promesa hecha á Margarita:

«...Desde la más alta montaña sarda le enviaré un saludo; echaré al aire tu nombre y mi amor, como quisiera hacerlo desde la cumbre más elevada de la tierra á fin de que el mundo entero quedase atónito...».

Y le pareció que el viento le arrancaba el corazón, estrellándolo contra los graníticos colosos del Gennargentu.

* * * * *

Al regreso creía encontrar á su madre en casa de la viuda y, después de dejar el caballo al guía, corrió ansioso, atravesando el desierto pueblo, hasta llegar á la negra puertecilla de la tía Grathia. Caía tristemente la tarde, un viento fresco soplaba por las callejuelas pendientes, de suelo rocoso; el cielo tenía un color pálido, parecía un día de otoño. Anania se paró frente á la puertecita, escuchando. Silencio. Á través de las rendijas veíase la luz rojiza del fuego. Silencio.

Anania entró y sólo vió á la vieja que hilaba sentada en su escabel de siempre, tranquila como un espectro. Sobre las brasas hervía la cafetera, y de un pedazo de carne de oveja ensartado en un asador de madera chorreaba la grasa sobre las ardientes cenizas.

--¿Y qué?--preguntó el joven.

--¡Ten paciencia, _joya de la casa_! No he encontrado ninguna persona de confianza que fuera por allá abajo. Mi hijo no está en el pueblo.

--¿Y el cochero?

--¡Ya te he dicho que tengas paciencia!--exclamó la viuda, levantándose y colocando el huso sobre el escabel.--Precisamente he suplicado al cochero le dijera que es preciso que mañana sin falta venga aquí. Le dije: «Le suplicarás en nombre mío que venga, porque tengo que contarle una cosa importantísima que le interesa. No le digas que Anania Atonzu está aquí; y que Dios te recompense, hijo mío, porque harás una obra de caridad».

--¿Y él? ¿Él ha prometido...?

--Él ha prometido hacerlo como yo se lo he dicho; es más, me ha prometido traerla en el coche.

--¡No vendrá! Ya veréis como no vendrá--dijo Anania inquieto.--Y menos mal si no se escapa. He hecho mal en no ir yo mismo... pero aún tengo tiempo...

Y quería marchar en seguida hacia la caseta del peón caminero; pero después se dejó convencer fácilmente y esperó.

Pasó otra triste noche; á pesar del cansancio que le molía los huesos, apenas pudo dormir sobre aquel duro camastro donde había recibido su triste vida y donde hubiese querido morir aquella misma noche.