Chapter 20 of 22 · 3860 words · ~19 min read

Part 20

Anania, que no había podido encontrar un caballo para marchar en seguida, tuvo que pasar la noche en Fonni, una noche extraña, una noche parecida á la primera de un condenado á muerte después de la sentencia.

Olí y la viuda quedaron largo tiempo en vela junto al fuego; Olí sentía el frío precursor de la fiebre, tiritaba, bostezaba y gemía. Como en una noche lejana el viento retumbaba sobre la cocina guardada por el negro capotón del bandido, y la viuda hilaba, á la luz amarillenta de las llamas, impasible y pálida como un espectro; pero ahora no se entretenía en contar á la huéspeda la historia de su marido, y ni siquiera trataba de consolarla. Sólo, de vez en cuando, le suplicaba inútilmente que se fuera á la cama.

--Me acostaré si me hacéis un favor--dijo por fin Olí.

--Habla.

--Preguntadle si aún conserva la _rezetta_ que le entregué el día que nos escapamos de aquí, y rogadle que me la enseñe.

La vieja lo prometió y Olí se levantó del escabel; todo su cuerpo temblaba, y bostezaba tanto que sus quijadas crujían. Deliró toda la noche, presa de la fiebre; á cada momento pedía la _rezetta_, lamentándose infantilmente porque la tía Grathia, que estaba acostada al lado, no iba á pedírsela á Anania.

Durante el delirio pasó por su mente una duda: que Anania no fuese su hijo. No, era demasiado cruel y despiadado; ella, que había sido atormentada por todas las personas con quienes tropezó en la vida, no podía convencerse de que su hijo debiera torturarla aún más que los otros.

Delirando contó á tía Grathia que había colgado aquella _rezetta_ al cuello de Anania para poderle reconocer cuando fuera rico.

--Yo quería ir á encontrarle, un día, cuando fuese vieja, muy viejecita, apoyada en un bastón. ¡Pom! ¡pom! llamaba á la puerta. «¡Soy María Santísima convertida en mendiga!». Los criados se reían y llamaban al amo. «Viejecita ¿qué quieres?». Yo sé que llevas una bolsita colgada al cuello así y asá; y sé quién te la dió; si ahora tienes muchas _tancas_ y criados y bueyes lo debes á aquella pobre alma de la cual sólo quedan ahora siete onzas de polvo. Adiós, dame un poco de pan con miel. «Y perdona á aquella pobre alma». «Muchachos, persignaos, esta viejecita que todo lo adivina es María Santísima...». Ja, ja, ja... la _rezetta_, la quiero... no es... él... La _rezetta_... la _rezetta_...

Apenas fué de día la tía Grathia entró en el cuarto de Anania y se lo contó todo.

--¡Ah!--exclamó con amarga sonrisa--¡sólo esto faltaba! ¡que dudase! ¡Ya le haré ver si soy ó no soy su hijo!

--Hijo mío, no seas mal hijo; conténtala por lo menos en una cosa tan insignificante...--suplicó la tía Grathia.

--Pero si no sé dónde para aquella bolsita; la eché no sé dónde; si la encuentro se la mandaré.

Tía Grathia insistió para poder saber el resultado del coloquio que Anania debía tener con su prometida.

--Si verdaderamente te quiere se alegrará de tu buena acción--le dijo para confortarle.--No, no te rechazará, aun cuando le digas que tú no reniegas de tu madre. ¡Ah! ¡el verdadero amor no mira las _cosas_ del mundo! yo amaba locamente á mi marido cuando todos los demás le despreciaban...

--¡Veremos!--exclamó Anania melancólicamente,--ya escribiré...

--¡No, por caridad, alhaja de la casa, no me escribas! Yo no sé leer y no quiero que nadie se entere de tus cosas.

--¿Entonces...?

--Mira, mándame una _señal_. Mira, si ella no te rechaza me mandas la _rezetta_ envuelta en un pañuelo blanco; y si te rechaza, la mandas envuelta en un pañuelo de color...

Prometió contentar á la vieja, aprobando su idea ingeniosa.

--¿Cuándo volverás?

--No lo sé; seguramente no tardaré mucho, apenas haya arreglado mis asuntos.

Partió sin volver á ver á Olí, que por fin se había dormido; una inmensa angustia le dominaba; el viaje le parecía eterno y, sin embargo, tenía deseos de no llegar nunca á su destino... Aún le sostenía una muy débil esperanza.

--Ella me ama--pensaba,--tal vez me ama como tía Grathia amaba á su marido. Su familia me despreciará, no querrán saber nada de mí; pero ella me dirá: te esperaré, te amaré siempre... Pero ¿qué podré prometerle? Ahora mi porvenir ha sido destruido.

Otra esperanza, esperanza inconfesable, fermentaba en el fondo de su alma: que Olí se escapase; no se atrevía á revelársela á sí mismo, pero la sentía, la sentía, á su pesar corría por su sangre como una gota de veneno, y se avergonzaba de ello, comprendía toda su vileza, pero no podía desprenderse de ella... Cuando había exclamado: «la mataré y me mataré después» había sido sincero, pero ahora todo le parecía una horrible pesadilla; y al volver á ver la carretera y los paisajes que tres días antes había recorrido con tanta alegría en el alma, y al acercarse á Nuoro, el sentido de la realidad le atormentaba dolorosamente.

Apenas llegó buscó la bolsita y, por una idea supersticiosa--pues creía que las cosas previstas no se realizan,--la envolvió en un pañuelo de color. Pero después pensó que los tristes sucesos de aquellos días siempre los había esperado y previsto, y se irritó contra su puerilidad.

--Además ¿por qué debo mandarle la bolsita? ¿Por qué debo complacerla?--decía entre sí, arrojando el pañuelo con la _rezetta_ contra la pared.--Pero en seguida lo recogió del suelo y se calmó.

--Lo haré por tía Grathia--pensó.

--Á las cuatro iré á casa del señor Carboni y se lo contaré todo. Es preciso resolverlo hoy mismo, y portarme como un hombre. Y ahora, á dormir.

Se echó sobre la cama y cerró los ojos. Eran cerca de las dos de una tarde calurosísima y silenciosa. Anania tenía aún en los oídos el ruido del viento, recordaba el frío de la noche anterior en Fonni, y sentía una extraña impresión. Le parecía haber bajado al fondo de un abismo lleno de peñas, rodeado de montañas de mucha pendiente, áridas, que reducían aún más el breve horizonte; del fondo de su alma brotaban mil ideas extravagantes, innumerables sensaciones lejanas; recordaba las febriles noches pasadas en Roma, el fragor del viento en Bruncu Spina, una poesía de Lenau: _Los bandidos en la taberna de la landa_, la canción del pastor que pasó por la callejuela la tarde que la tía Tatana fué á pedir la mano de Margarita. Y en el fondo de su pensamiento aparecía siempre sombríamente la cocina de la viuda, el capote negro y vacío como un símbolo, y la figura de Olí con sus ojazos de gato salvaje. ¡Qué dolor y qué tristeza le producían ahora aquellos ojos!

Estuvo mucho tiempo sin moverse, sin poder dormir, pero con los ojos obstinadamente cerrados, sumergido en profundo entorpecimiento.

--¿Y si me hiciera fraile?--pensó de pronto.

Después pensó en la muerte, extrañándose de que esta idea no se le hubiese ocurrido antes.

--Nada hay tan seguro como la muerte; y sin embargo, nos parece imposible que pueda llegar, y nos atormentamos por cosas que pasarán inexorablemente. Todo pasará; todos moriremos; ¿á qué sufrir?... ¿Y si á las cuatro me suicidara? Sí.

Durante unos momentos esta resolución heló la sangre en sus venas. Después pasó, pero dejándole una opresión tan espantosa que sintió la necesidad de moverse para librarse de ella. Sólo entonces advirtió que, en el fondo, aun cuando creía ser presa de la más profunda desesperación, seguía siempre esperando.

--¡Margarita! ¡Margarita! Hablaré con ella esta noche; me dirá que no diga nada á su padre, que espere, que finja. No, no quiero ser cobarde. Quiero ser hombre. Á las cuatro estaré en casa del señor Carboni.

Y, en efecto, á las cuatro pasó por delante de la puerta de casa Margarita y no se atrevió á entrar ni á llamar. Y pasó completamente avergonzado, pensando volver más tarde, pero convencido en el fondo de no atreverse jamás á una entrevista con su padrino.

Transcurrieron de este modo dos días y dos noches, en una verdadera lucha de pensamientos cambiantes como olas agitadas. Nada parecía cambiado ni en su vida ni en sus costumbres; había reanudado las lecciones á los estudiantes en vacaciones, leía, comía, pasaba por delante de la ventana de casa Margarita y al verla la miraba con vehemencia; pero durante la noche tía Tatana le oía pasear por la alcoba, bajar al patio, salir, entrar, dar vueltas; parecía un alma en pena, y la buena mujer le creía enfermo.

¿Qué esperaba?

El día siguiente después de su regreso, viendo á un hombre de Fonni atravesar la calle, se puso pálido como un muerto.

Sí, esperaba algo... algo horrible; la noticia de que _ella_ había desaparecido de nuevo; y comprendía perfectamente su vileza, pero al propio tiempo estaba pronto á realizar su amenaza: «la seguiré, la mataré, me mataré después». Había momentos en que le parecía que nada de aquello era verdad; en casa de la viuda sólo había la vieja, con su capotón y sus leyendas; nadie más... nadie más...

La segunda noche después de su regreso oyó á tía Tatana contar un cuento á un chiquillo de la vecindad: «...La mujer huía, huía, echando clavos que se multiplicaban, se multiplicaban y cubrían todo el campo. El señor Dragón la perseguía, la perseguía, pero no conseguía alcanzarla porque los clavos le agujereaban los pies...».

¡Qué placer más lleno de angustia había despertado aquel cuento en Anania, cuando niño, especialmente durante los primeros días después de su abandono! Aquella noche soñó que el hombre de Fonni, que había visto dos días antes, le había traído la noticia: se había escapado... él la perseguía... la perseguía... por un campo lleno de clavos... Allí está, allí, en el horizonte; dentro de un momento la alcanzará y la matará, pero tiene miedo, tiene miedo... porque no es Olí; es un pastor que canta, el mismo pastor que pasó por la callejuela mientras tía Tatana estaba en casa del señor Carboni... Anania corre, corre; los clavos no le pinchan y, sin embargo, él quisiera que le pinchasen... Olí convertida en pastor canta; canta los versos de Lenau: _Los bandidos en la taberna de la landa_, que desde hace dos días no se aparta del pensamiento de Anania; ¡ya! ya casi la alcanza, ya va á matarla, y un frío de muerte le hiela...

Despertó cubierto de un sudor frío, mortal; el corazón apenas latía, y prorrumpió en sollozos de violenta angustia.

El tercer día, extrañada Margarita de que no le escribiese, le invitó á la cita de costumbre. Acudió á ella, contó la expedición, se abandonó á sus caricias, como un cansado viajero se abandona sobre el césped, á la sombra de un árbol, á la orilla del camino; pero no pudo decir una sola palabra del terrible secreto que le consumía.

* * * * *

«18 de septiembre, á las dos de la noche.

«Margarita: Acabo de llegar á casa después de haber paseado á la ventura por las calles del pueblo. Temo enloquecer y este temor me obliga á confiarte--después de una larga é indecible indecisión--la pena que me mata. Quiero ser breve. Margarita, tú sabes quién soy yo; tú sabes que soy hijo del pecado, abandonado por mi madre, más desgraciada que culpable; he nacido bajo una mala estrella y debo expiar delitos que no he cometido. Inconsciente de mi triste destino, impulsado por la fatalidad, he arrastrado conmigo, al abismo de donde nunca más podré salir, á la criatura á quien quiero sobre todas las criaturas de la tierra: Á ti, Margarita... ¡Perdóname, perdóname, Margarita mía! Esto es lo que más siento, en medio de mi inmenso dolor, éste es el remordimiento que no me abandonará en todo lo que me resta de vida, si es que vivo... Óyeme: Mi madre no ha muerto; después de una vida de culpas y desdichas, se ha presentado ante mí como un fantasma. La pobre, está enferma, envejecida por el dolor y las privaciones. Mi deber (tú misma lo piensas en este momento) es redimirla. Y he decidido vivir con ella, trabajar para sostenerla y sacrificarle mi vida si hace falta para cumplir mi deber.

«Margarita; ¿qué más debo decirte? Nunca como ahora he sentido la necesidad de descubrirle mi alma semejante á un mar tempestuoso, y nunca he sentido faltarme las palabras como me faltan ahora, en este momento decisivo de mi vida.

«Hasta la razón me falta; aún conservo en mis labios el perfume de tus besos y tiemblo de pasión y de angustia... ¡Margarita, Margarita mía, mi vida está en tus manos! Ten piedad de mí y de ti. ¡Sé buena como yo he soñado! Piensa que la vida es breve y que la única realidad de la vida es el amor, y que ningún hombre de la tierra te amará como te amo, y como te amaré. No pisotees nuestra felicidad á causa de los humanos prejuicios, de los prejuicios que fueron inventados por los hombres envidiosos, para hacerse unos á otros desdichados. Tú eres buena, estás por encima del nivel ordinario; dame por lo menos una esperanza.

«Pero ¿qué estoy diciendo? Me vuelvo loco; perdóname y acuérdate de que suceda lo que suceda, siempre seré tuyo, eternamente tuyo. Contéstame en seguida...

A.».

* * * * *

«19 septiembre.

«Anania: Tu carta me ha parecido una horrible pesadilla. Tampoco yo encuentro palabras para expresarme. Ven esta noche, á la hora de siempre, y decidiremos juntos nuestro destino. Yo soy quien debe decir: mi vida está en tus manos. Ven, te espera ansiosamente...

M.».

* * * * *

«19 septiembre.

«Margarita: Tu billete ha helado la sangre de mis venas; creo que mi destino está ya decidido, pero una tenue esperanza me anima aún. No, no puedo acudir á la cita; aunque quisiera, no podría. No iré mientras no me des una palabra de esperanza. Sólo entonces correré á tu lado para darte las gracias, arrodillarme á tus pies y adorarte como á una santa. Pero ahora no, no puedo y no quiero. Cuanto te escribí la pasada noche es mi irrevocable decisión; escríbeme, no permitas que esta espera terrible me mate.

«Tu desgraciadísimo

A.».

* * * * *

«19 septiembre, á media noche.

«Anania, Nino mío: He estado esperándote hasta ahora, palpitante de pena y de amor, pero tú no has venido, tal vez no vendrás nunca y yo te escribo, en las dulces horas de nuestras citas, con la muerte en el alma y llenos de lágrimas los ojos. La pálida luna recorre el cielo todo nublado, la noche es melancólica, casi lúgubre y me parece que toda la creación está triste por la desventura que pesa sobre nuestro amor.

«Anania, ¿por qué me has engañado?

«Ya sabía, como tú dices, quién eras tú, y te amaba precisamente porque soy superior á los prejuicios humanos, porque quería recompensarte de las injusticias que el destino te había causado, y sobre todo porque creía que también tú estabas por encima de los prejuicios y habías puesto en mí toda la vida, como yo había puesto toda la mía en ti.

«Y veo que me engañaba; ó mejor dicho, me has engañado, callando tus verdaderos sentimientos. Yo creía, he creído siempre y aún sigo creyendo que sabías que tu madre no se había muerto, que sabías dónde se hallaba y que no ignorabas (como nadie lo ignoraba) la vida que seguía llevando; pero creía que tú, vilmente abandonado, no hacías caso de una madre desnaturalizada, causa de tu desgracia y deshonra, y la considerabas como si hubiese muerto para ti y para todos... Es más, estaba convencida de que si algún día, como ha sucedido, se atrevía á presentarse ante ti, no te habrías ni siquiera dignado mirarla... ¡Y en cambio...! En cambio, echas de tu lado á quien tanto te ha amado y siempre te amará, para sacrificar tu vida y tu honra á quien te hubiese dado la muerte ó abandonado en el bosque para librarse de ti, si no llega á tener un sitio donde poderte dejar.

«Creo inútil escribirte estas cosas, porque seguramente las comprendes mejor que yo, y es inútil también que sigas tratando de evocar en mí sentimientos que no puedo sentir desde el momento que tú tampoco los sientes.

«Porque veo perfectamente que quieres sacrificarte, no por cariño, ni siquiera por generosidad--porque probablemente odias con mucha razón á aquella mujer que fué la causa de tu desdicha--sino precisamente por los prejuicios humanos que _fueron inventados por los hombres para hacerse unos á otros desdichados_.

«Sí, sí; tú quieres sacrificarte para el mundo; quieres matarte y matar á quien tanto te quiere, sólo por la vanidad de oir como dicen: ¡_ha cumplido su deber_!

«Eres un chiquillo, y permíteme te diga que tu sueño es, además de peligroso, ridículo.

«Cuando la gente lo sepa te alabará, pero en el fondo se reirán de tu ingenuidad.

«Anania, vuelve en ti; sé bueno contigo y conmigo y sobre todo sé hombre, como tú mismo dices.

«No; yo no pretendo que abandones á tu madre, ahora que está enferma y es desgraciada, como ella te abandonó; no, la ayudaremos, trabajaremos para ella, si hace falta, pero que viva lejos de nosotros, que jamás venga á interponerse entre los dos, á turbar nuestra vida con su presencia. ¡No, que no venga jamás! ¿Á qué engañarte, Anania mío? No puedo ni siquiera admitir la posibilidad de vivir con ella... ¡No! Sería una vida horrible, una tragedia continua; mejor morir de una sola vez, que morir lentamente de rencor y malestar. No he querido nunca á aquella desgraciada; ahora siento por ella compasión, pero no puedo quererla; y te suplico que no insistas en tu loca resolución si no quieres que de nuevo la odie mil veces más que antes. Ésta es mi resolución: socorrerla, pero lejos de nosotros, que no la vea nunca, que en lo posible el mundo donde vivamos ignore su existencia y donde se encuentra.

«Piensa que hasta ella misma preferirá vivir lejos de ti, pues tu presencia sería un remordimiento continuo. Dices que está envejecida y enferma por el dolor y las privaciones; pero ¿quién tiene la culpa de todo, sino ella? Por ti, y también por ella, es mejor que así sea; de este modo no volverá á vagabundear y no seguirá deshonrándote; ¡bueno fuera que después de haberte hecho tanto daño cuando se encontraba sana y joven, hiciese hoy un arma de su miseria y enfermedad para exigir el sacrificio de tu dicha!... ¡Ah! esto no debes permitirlo de ninguna manera.

«¡No, no es posible que realices tan fatal aberración! Á menos que ya no me ames y aproveches la ocasión para... ¡No, no, no! ¡No quiero dudar de ti, de tu lealtad y de tu amor!

«Anania, vuelve en ti, no seas malo y cruel conmigo que te he dado toda mi juventud y todo mi porvenir, (pues sin ti se desvanecen todos mis ensueños), para ser generoso con quien tanto te ha odiado y ha sido la causa de tu desgracia.

«Ten piedad de mí... ya ves, estoy llorando... te lo ruego, hasta por ti, que quisiera ver tan dichoso... ¡Acuérdate de todo nuestro amor, de nuestro primer beso, de nuestros juramentos y de nuestros sueños, de nuestros proyectos, de todo, acuérdate de todo! Procura que no se reduzca todo á un puñado de cenizas, que no muera de pena, que no tengas que arrepentirte de tu loco proceder. Si no quieres hacer caso de mis consejos, consulta á personas formales, á gente buena y devota, y verás como todos te dirán cuál es tu deber, y verás como te aconsejarán que no seas ingrato, pero tampoco cruel.

«¡Acuérdate, Anania! Hasta ayer noche me decías que desde lo más alto del Gennargentu gritaste nuestro amor, proclamándolo eterno y superior á todas las demás pasiones humanas. Y al parecer mentías; ¿ayer noche mentías? ¿Por qué mentías...? ¿Por qué me tratas así? ¿Qué he hecho yo para merecer tal desventura? ¿Es que no te acuerdas de lo mucho que siempre te he querido? ¿Te acuerdas que una tarde, estando en la ventana, me echaste una flor, después de haberla besado? Aún conservo aquella flor para coserla en mi vestido de boda; y digo _conservo_ porque estoy segura de que tú serás mi esposo querido, que no querrás que tu Margarita se muera (¿te acuerdas de tu soneto?), que seremos muy felices, en nuestra casita, solos, solos con nuestro amor y nuestro deber. Estoy esperando con impaciencia una palabra de esperanza. Dime que todo fué una pesadilla; dime que has recobrado la razón y que te arrepientes de haberme hecho sufrir.

«Mañana por la noche, ó mejor dicho esta misma noche, porque ya ha dado la una te espero; no faltes; ven, idolatrado Anania, ven, mi querido, mi adorado esposo, ven; te esperaré como la flor espera el rocío bienhechor después de un día de sol ardiente; ven á darme la vida, á que todo lo olvide; ven, adorado mío, mis labios ahora bañados por amargo llanto, se posarán sobre tu querida boca como...».

¡No! ¡no! ¡no!--exclamó Anania, convulso, arrugando la carta antes de acabar de leerla.--¡No iré! ¡Cuán vil, cuán vil eres! Moriré de pena, pero no me volverás á ver.

Y con la carta en la mano estrechamente cerrada se echó sobre la cama, hundiendo el rostro en la almohada, mordiéndola, reprimiendo los sollozos que le ahogaban.

Un estremecimiento de pasión le recorría todo el cuerpo, subiendo en oleadas vibrantes desde los pies á la nuca; las últimas líneas de la carta le habían causado vehemente impresión, habían despertado el ardiente deseo de los besos de Margarita--deseo tanto más espasmódico cuanto más desesperado--y tuvo que luchar ferozmente contra el loco impulso de releerla, de releerla hasta las últimas líneas.

Poco á poco recobró la conciencia de sí mismo y de lo que sentía. Le pareció haber visto á Margarita completamente desnuda, sintiendo por ella un amor delirante y un asco tan profundo que mataba el amor.

¡Cuán vil, cuán vil se mostraba! ¡Vil hasta llegar al descaro...! ¡Vil, y conscientemente vil! La diosa cubierta con el manto de majestad y bondad había echado sus áureos peplos y se presentaba desnuda, manchada de egoísmo y crueldad; la Minerva taciturna abría la boca para blasfemar; el símbolo se abría, se abría como un fruto maduro, rosado por fuera, negro y podrido por dentro. Era la Mujer, completa, con todas sus feroces astucias.

Pero lo que más cruel martirio le producía era pensar que ella adivinaba sus más secretos sentimientos y que tenía razón; sobre todo cuando le reprochaba el engaño, y cuando pretendía que él cumpliera sus deberes de gratitud y de amor.

--¡Todo ha terminado!--pensó.--Debía terminar así.

Se levantó y releyó la carta; cada palabra le ofendía, le disgustaba y le humillaba. De modo que Margarita le había amado por compasión, aun creyéndole tan vil como ella misma. Tal vez esperaba convertirle en instrumento de sus placeres, en un siervo complaciente, en un marido bonachón; ó tal vez no había pensado en nada, y le había amado tan sólo por instinto, porque fué el primero en besarla, en hablarle de amor.