Part 2
--¡Bonita habilidad!--observó Olí.--¿Por qué no daban con la cabeza contra la pared, si no tenían otra cosa en qué ocuparse?
--No lo entiendes, hija mía,--dijo la viuda, triste y altiva.--Es el destino que así lo quiere. Te voy á contar por qué mi marido _se hizo_ bandido.
Dijo _se hizo_, con acento digno, no exento de vanidad.
--Sí, cuente, cuente,--contestó Olí, sintiendo un ligero calofrío por la espalda.
Condensábanse las sombras, el viento aullaba más fuerte con su continuo retumbar de trueno; parecíale estar en un bosque batido por el huracán, y las palabras y la figura cadavérica de la viuda, en aquella estancia obscura, iluminada sólo por alguna débil llamarada del mortecino fuego, daban á Olí un infantil estremecimiento de terror. Le parecía presenciar alguno de aquellos pavorosos cuentos que Anania narraba á sus hermanitos, y que ella, hasta ella misma, en su desgracia infinita, tomaba parte en la triste historia.
La viuda empezó:
--Hacía pocos meses que nos habíamos casado. Estábamos acomodados, hija mía; teníamos trigo, patatas, castañas, pasas, tierras, casa, caballo y perro. Mi marido era propietario, tenía muy poco que hacer y se aburría. Entonces decía: «Me voy á hacer comerciante; tan ocioso no puedo vivir, porque estando sano, siendo fuerte é inteligente, y no teniendo nada que hacer, sólo se me ocurren malas ideas». Pero no teníamos dinero bastante para meterse á comerciar. Entonces un amigo le dijo: «Zuanne Atonzu, ¿quieres tomar parte en una _bardana_? Seremos muchos, guiados por hábiles bandidos, y asaltaremos, muy lejos de aquí, la casa de un señor que tiene tres cajas llenas de plata y de monedas. Un hombre de aquel lugar ha venido á propósito al _Cabo di sopra_[9] para enterar á los bandidos, invitándoles á una _bardana_; él mismo nos servirá de guía. Hay que atravesar bosques, franquear montañas, vadear ríos. Ven». Mi marido me contó la proposición de su amigo. Yo le dije: «¿Qué necesidad tienes de la plata de aquel señor?». «Ninguna, contestó mi marido, me c... en el tenedor que pueda tocarme en el reparto del botín, pero hay que atravesar bosques y montañas, hay que ver cosas nuevas y me divertiré. Además tengo curiosidad de ver cómo se las arreglarán los bandidos. No sucederá nada malo, ¡ea!; también irán otros muchos jóvenes, para dar pruebas de su destreza y pasar el tiempo. ¿No sería peor que me fuera á la taberna y me emborrachara?». Lloré, supliqué,--continuó diciendo la viuda, sin dejar de torcer el hilo con sus afilados dedos, y siguiendo con sus apagados ojos el movimiento del huso,--pero partió. Dijo que se marchaba á Cagliari para unos negocios.
--Partió,--repitió la viuda, suspirando,--y me quedé sola; estaba encinta. Después supe lo que pasó. Formaban la cuadrilla cerca de sesenta hombres; viajaban en pequeños grupos, pero de cuando en cuando se reunían en ciertos sitios indicados de antemano, para ponerse de acuerdo. Les servía de guía el hombre del pueblo hacia donde se dirigían. Era capitán de la _bardana_ el bandido Corteddu; un hombre de ojos de fuego y con el pecho cubierto de vello rojo; un gigante Goliat más fuerte que el rayo. En los primeros días del viaje llovió, se desencadenó el huracán, los torrentes se salieron de madre y el rayo mató á uno de la cuadrilla. De noche andaban á la luz de los relámpagos. Cuando llegaron á un bosque cerca del monte de «los Siete Hermanos», el capitán reunió los jefes de la _bardana_ y les dijo: «Hermanos míos, las señales del cielo no nos son propicias; la empresa saldrá mal. Además siento el olor de la traición; creo que el guía es un espía. Hagamos una cosa; disolvamos la cuadrilla; quiere decirse que otro día realizaremos la empresa». Muchos aprobaron la proposición, pero Pilatos Barras, el bandido de Orani, que llevaba la nariz de plata, porque una bala le había quitado la suya, se sonrió y dijo: «Hermanos míos en el Señor,--era costumbre suya empezar de esta manera;--hermanos míos en el Señor, yo rechazo la proposición. No: no porque llueva quiere decir que el cielo no nos protege; al contrario, algo de molestia es conveniente, acostumbra á los jóvenes á vencer su flojedad. Si el guía nos traiciona, le mataremos. ¡Adelante, muchachos!»[10]. Corteddu sacudió su cabeza de león, mientras otro bandido murmuraba con desprecio: «¡Cómo se conoce que no tiene olfato!». Entonces Pilatos Barras gritó: «¡Hermanos míos en el Señor, sólo los perros tienen olfato, pero no los cristianos! Mi nariz es de plata y la vuestra _de huesos de muerto_. Escuchad bien lo que os digo: si ahora disolvemos la cuadrilla, daremos un feo ejemplo de cobardía; pensad que entre nosotros hay jóvenes que hacen sus primeras armas; no desean más que poder desplegar su valor como quien despliega al viento una nueva bandera; si ahora vosotros les mandáis á sus casas, les daréis ejemplo de cobardía, y se meterán de nuevo entre las cenizas de su hogar, permanecerán ociosos y no servirán para nada. ¡Adelante, muchachos!». Entonces otros cabecillas dieron la razón á Pilatos Barras y se marchó adelante. Corteddu tenía razón; el guía era un traidor. En casa del rico hacendado estaban escondidos los soldados; lucharon, y muchos bandidos fueron heridos, reconocieron á otros, y mataron á uno. Para que no pudieran conocerle, sus compañeros le desnudaron, le cortaron la cabeza, llevándosela junto con los vestidos para enterrarla en el bosque. Á mi marido le conocieron y tuvo que hacerse bandido... Yo aborté.
Mientras hablaba, la viuda había dejado de hilar, poniendo el huso sobre el regazo y acercando las manos al fuego. Olí se estremecía de frío, de terror y de gusto. ¡Qué horrible y hermoso era lo que contaba la viuda! ¡Y Olí, que siempre había creído que los bandidos eran mala gente! No; eran hombres desgraciados, empujados por la fatalidad, como lo había sido ella misma.
--Y ahora cenemos,--dijo la mujer, desperezándose.
Se levantó, encendió un primitivo candelero de hierro, todo ennegrecido y preparó la cena. Patatas, siempre patatas. Hacía dos días que Olí no comía más que patatas y alguna que otra castaña.
--Anania, ¿es pariente suyo?--preguntó la muchacha, después de un largo silencio, mientras cenaban.
--Sí, mi marido era pariente de Anania en último grado. No era natural de Fonni; sus abuelos eran de Orgosolo. Pero Anania no se parece en nada al _beato_[11],--contestó la viuda, moviendo la cabeza despreciativamente.--¡Ah, hija mía, mi marido se hubiese colgado de una encina, antes que cometer la vil acción que ha cometido Anania contigo!
Olí se echó á llorar; se sentó en un rincón junto al fuego, y como el pequeño Zuanne se le sentara al lado, le hizo apoyar la cabeza sobre sus rodillas, le estrechó su manecita basta y sucia, y continuó llorando y pensando en sus abandonados hermanitos.
De pronto dijo:
--Estarán como los tiernos pajaritos dentro del nido, cuando la madre, muerta por un cazador, no vuela á su lado. ¿Quién les dará de comer? ¿Quién les servirá de madre? Figúrese que el último, el más chiquitito, aún no se sabe vestir ni desnudar.
--¡Dormirá vestido!--dijo la viuda para consolarla.--¿Por qué lloras, tonta? Debías haber pensado en ello antes, y no ahora; ahora es inútil. Ten paciencia. Dios no abandona á las aves en su nido.
--¡Qué viento! ¡Qué viento!--decía poco después Olí, quejándose.--¿Cree usted en los muertos?
--¿Yo?--dijo la viuda, apagando la candela y cogiendo otra vez el huso.--Yo no creo ni en los muertos ni en los vivos...
Zuanne alzó la cabeza y dijo bajo, muy bajito:--_¡Yo chi!_--y volvió á esconder su cabeza en el regazo de Olí.
La viuda reanudó su relato:
--Después tuve otro hijo que ahora tiene ocho años y es pastor de ovejas. Después tuve á éste. ¡Ah, hija mía, somos muy pobres! Mi marido no era ladrón, no; vivía de lo suyo y por esto tuvimos que venderlo todo, excepto esta casa.
--¿Y cómo murió?--preguntó la joven, acariciando la cabeza del chiquillo que parecía dormido.
--¿Cómo murió? En una _empresa_. Nunca estuvo en la cárcel,--dijo con orgullo la viuda,--aun cuando la justicia le buscase como el cazador acosa al jabalí. Siempre escapaba diestramente de toda emboscada, y mientras la justicia le buscaba por los montes, él pasaba la noche aquí; sí, aquí, delante de este hogar donde estás sentada...
El chiquillo alzó la cabeza, con sus grandes orejas muy coloradas, y después la volvió á apoyar sobre el regazo de Olí.
--Sí, aquí mismo. Una vez, hace dos años, supo que una patrulla debía recorrer la montaña buscándole. Entonces me mandó un recado: «Mientras los soldados me buscan yo tomaré parte en una _empresa_; cuando termine, pasaré la noche en casa; mujercita mía, espérame». Yo esperé, esperé, tres, cuatro noches. Hilé todo un vellón de lana negra.
--¿Dónde había ido?
--¿No te lo he dicho?--¡Á una _empresa_, á una _bardana_!--exclamó la viuda, algo nerviosa; después bajó la voz.--Esperé cuatro noches, estaba triste, cada pisada que oía me hacía palpitar el corazón. Pasaban las noches, y mi corazón se encogía, se encogía hasta volverse más pequeño que una almendra. Á la cuarta noche oí llamar á la puerta y abrí. «Mujer, no esperes más», me dijo un hombre enmascarado. Y me entregó el capote de mi marido. ¡Ay!
La viuda echó un suspiro que parecía un grito, después calló. Olí la estuvo mirando durante largo tiempo; pero de pronto, su mirada fué atraída por la mirada de espanto de Zuanne, cuyas manecitas bastas y morenas como patitas de un pajarillo, se agitaban y señalaban á la pared.
--¿Qué tienes? ¿Qué pasa?
--Un _mueto_...--murmuró.
--¡Qué muerto!...--dijo ella, riendo, poniéndose de pronto alegre.
Pero cuando estuvo en la cama, sola, en un camaranchón obscuro y frío, sobre cuyo techo el viento rugía con más furia, removiendo y sacudiendo las tablas, recordó lo contado por la viuda: el hombre enmascarado que le había dicho: «¡Mujer, no esperes más!», el largo capote negro, el chiquillo que veía los muertos, los tiernos pajaritos en el abandonado nido (sus pobres hermanitos), el tesoro de Anania, la noche de San Juan, su madre muerta; y tuvo miedo, y se puso triste, tan triste, que aun creyéndose condenada al fuego eterno, deseó la muerte.
NOTAS:
[1] Rosalía.
[2] _Señalar las flores_; significa, en Cerdeña, atarlas con una cinta para que nadie las toque.
[3] Cerdeña es tal vez la comarca de Europa Occidental más rica en monumentos prehistóricos. Entre ellos se encuentran algunos que seguramente fueron destinados al culto de alguna divinidad oriental, pues los fenicios y cartagineses habitaron por largo tiempo la isla, y fundaron las importantes ciudades de Caralis, Nora y Tharros. Un afortunado descubrimiento, hecho por un inglés en las ruinas de Tharros, hizo que se despertara la afición á la busca de tesoros, siendo innumerables los naturales que se dedicaron á ello, especialmente en el litoral de Oristaño, en donde se encontraron gran número de ídolos y otros objetos de oro, egipcios en su mayor parte, llevados allí por los comerciantes fenicios.
Pero la verdadera manifestación de la antigua civilización sarda, son los famosos _nuraghi_, que se distinguen desde lejos, en lo alto de las colinas, como restos de antiguas fortalezas. La meseta de Giara, capa caliza de gran regularidad, que se eleva casi en el centro de la isla, al norte de la llanura de Campidono, está rodeada y como defendida por un verdadero recinto de _nuraghi_. Por toda la isla se encuentran estos notables monumentos, á veces reunidos y dispuestos regularmente, á veces aislados. El número de _nuraghi_, reconocidos como tales, pasan de 4,000, y dada su antigüedad, es posible presumir el gran número que habrán sido destruidos por el tiempo.
Mucho se ha discutido sobre el origen y uso de estos monumentos. Según unos eran templos, según otros tumbas: «torres del silencio», lugares sagrados en que se adoraba el fuego; torres de refugio; hogares de gigantes, pues se les ha dado toda clase de destinos; y fenicios, troyanos, iberos, thyrrenos, therpianos, pelasgos, cananeos, orientales de origen desconocido y hasta antidiluvianos han sido considerados como sus probables constructores. Al fin, gracias al infatigable explorador de antigüedades sardas Sr. Spano, las dudas han desaparecido, estando conformes la mayor parte de los arqueólogos en que los nuraghi eran habitaciones, y su nombre fenicio significa sencillamente «casa redonda». Los más groseramente construidos, que resisten tal vez desde hace cuarenta siglos las inclemencias atmosféricas, no encierran más que una sola cámara interior, datan de la edad de piedra, y como habitación humana representan la edad de civilización que siguió al período de los trogloditas. Los más modernos, construidos durante la edad de bronce y la del hierro, están hechos con más arte, pero sin empleo de mortero y se componen de dos ó tres cámaras sobrepuestas, á las cuales se sube por escalera construida con grandes piedras. Algunas cámaras de la planta baja son capaces para 40 ó 50 personas y están precedidas de antecámaras, reductos y pequeños salientes semicirculares. El de Su Domu de S' Orm, cerca de Domus Novas, ya demolido, se componía de diez habitaciones y cuatro patios; era una fortaleza al mismo tiempo que un grupo de casas; podía contener más de 100 personas, y resistir un sitio.
[Illustration: _Nuraghe_ (Corte)]
Entre los restos de toda especie acumulados en el suelo de los _nuraghi_ se han encontrado una porción de objetos que dan idea de la vida de sus antiguos pobladores y testimonian su relativa civilización. En las capas inferiores sólo se encuentran armas y útiles de piedra, y cacharros hechos á mano; en cambio en las superiores, y por consiguiente más modernas, se hallan muchos objetos de bronce.
Los _nuraghi_, de Cerdeña (de uno de los cuales da idea el corte y vista adjuntos), son análogos por su forma, destino y época de construcción, á los _Clapers d'es Gegants y Talayots_ que se encuentran en nuestras Baleares.
[Illustration: _Nuraghe_ (Vista)]
Cerca de los _nuraghi_ se hallan á veces otros monumentos de construcción ciclópea, llamados «Tumbas de los Gigantes», y al darles este nombre no se han equivocado los naturales del país, más que á medias; aquellos montones de piedras, colocados en los extremos de un gran círculo de grandes rocas, son, en efecto, sepulturas; todas las estudiadas por el Sr. Spano, contenían cenizas humanas.--N. del T.
[4] Tesoros ocultos.
[5] En Cerdeña se hablan dos dialectos, el de Logodoro ó Logadmo en el N. de la isla y el de Cagliari en el S. La lengua más generalmente hablada es el sardo, parecidísimo al latino en las palabras, pues se encuentran más de quinientos términos absolutamente idénticos, lo cual ha hecho que algunos poetas, para demostrar su ingenio, escribieran versos que pertenecían á ambas lenguas. En la construcción son, sin embargo, bastante distintas. El idioma sardo, además, conserva palabras griegas, recuerdos de la antigua dominación; y contiene otras que no ha sido posible referir á ninguna lengua europea, que deben proceder de sus primitivos pobladores.
En la ciudad de Sassari y algunos puntos del litoral próximo, hablan un _patois_ especial, parecido al genovés y corso.
En la ciudad de Alghero se conserva el catalán casi sin mezcla alguna, de tal manera que el Sr. Toda (Dominación Española en Cerdeña. Boletín de la Sociedad Geográfica de Madrid, tomo XXV) se pudo entender en catalán con los naturales. Los nombres de las calles y plazas son catalanes, lo mismo que las conversaciones de la gente del pueblo, y las canciones de los niños, y hasta en las sesiones del Consejo Municipal se habla en catalán, recuerdos de la dominación catalana que á mediados del siglo XIV invadió la isla.
Por último los Maurelli ó Maureddus, cerca de Iglesias, que son probablemente antiguos berberiscos, han introducido algunas palabras africanas en la lengua del país.--N. del T.
[6] _Bello come una bandiera_, dice el original. ¡Qué lástima no poder traducir tan hermosa imagen!--N. del T.
[7] _Orbace_: paño impermeable tejido por las mujeres sardas.
[8] _Bardana_ (derivado de la palabra italiana _guardana_: correrías de tropas). Empresa de bandidos para la cual se reunían un gran número de hombres armados, y marchaban unidos al asalto de un corral de ganado, de un predio, ó á cometer otras fechorías por el estilo.
[9] La provincia de Sassari.
[10] En el original dice: _Avanti, puledri_ (adelante, potrillos).
[11] Al muerto.
II
El hijo de Olí nació en Fonni, al empezar la primavera. Por consejo de la viuda, que lo llevó á la pila bautismal, le pusieron Anania. Pasó su infancia en Fonni, y siempre recordó fantásticamente aquel extraño lugar situado en lo alto de un monte, como buitre en reposo. Durante el largo invierno todo era nieve y niebla; pero en la primavera la hierba invadía hasta las pendientes callejuelas del caserío, empedradas de gruesas piedras, en las cuales los escarabajos dormían plácidamente al sol, y las hormigas salían y entraban tranquilamente en sus hormigueros. Las casuchas de piedra obscura con los techos de _scandule_[12] sobrepuestas á modo de escamas, con sus negras puertecitas y sus carcomidos balcones de madera, tenían al exterior la escalerita casi siempre enguirnaldada por una parra; el pintoresco campanario de la iglesia de los Mártires, sobresaliendo entre las verdes encinas del patio del antiguo convento, dominaba el pueblecito, proyectándose sobre el azul del diáfano cielo.
Un horizonte fantástico rodeaba al pueblo; las altas montañas del Gennargentu, de luminosas cumbres que parecían perfiladas de plata, dominaban los grandes valles de la Barbagia, que subían,--inmensas conchas verdes,--hasta la cresta en que Fonni, con sus casas de tablas y sus callejas de piedra, desafiaba el viento y las tormentas.
En el invierno el país se quedaba casi desierto, porque los numerosos pastores nómadas que lo poblaban (hombres fuertes como el viento y astutos como zorros) bajaban con sus rebaños á las templadas llanuras meridionales; pero durante el buen tiempo un continuo ir y venir de caballos, perros y pastores viejos y jóvenes, animaba las callejuelas.
Zuanne, el hijo de la viuda, á los once años era ya pastor. Durante el día, llevaba á pastar, por los salvajes contornos del pueblo, unas cuantas cabras pertenecientes á varias familias _fonnenses_; al amanecer recorría las calles silbando, y las cabras, que conocían su silbido, salían de las casas y le seguían mansamente; al anochecer las conducía hasta la entrada del pueblo, desde donde los inteligentes animalitos se iban tranquilamente á casa de sus amos.
El pequeño Anania acompañaba casi siempre á su amigo Zuanne el de las orejas grandes; ambos siempre descalzos, llevaban unas calzas y un chaleco de _orbace_, calzoncillos de gruesa tela, muy sucios, y un gorro de piel de carnero. Anania tenía siempre los ojos enfermos, y, por consiguiente, legañosos; de su roja naricita salía continuamente un líquido salado, que no titubeaba en lamer ó esparcir con su manecita sucia á un lado y otro de la nariz, formándose de este modo unos bigotes de una materia indefinible.
Mientras las cabras pacían en los montañosos contornos del pueblo, entre hierbas aromáticas y rocas cubiertas de verdes madreselvas, los dos chiquillos vagabundeaban, bajando hasta la carretera para apedrear á la gente que pasaba, entrando en los campos de patatas donde trabajaban diligentes mujeres, buscando, en las grandes sombras húmedas de los gigantescos nogales, algún fruto arrancado por el viento. Zuanne era alto y esbelto. Anania, más fuerte y más atrevido. Ambos embusteros á cual más, y con una gran imaginación. Zuanne hablaba siempre de su padre con orgullo, proponiéndose imitar su ejemplo y vengar su memoria; Anania quería ser soldado.
--Yo te prenderé,--decía tranquilamente; y Zuanne respondía con calor:--Y yo te mataré.
Á menudo jugaban á los bandidos, armados con fusiles de caña. Habían encontrado un bosquecillo donde jugar, y Anania no conseguía nunca descubrir al bandido, aun cuando éste, desde el matorral donde se escondía, imitaba la voz del cuclillo. Un cuclillo de veras contestaba á lo lejos, y los dos chiquillos, deponiendo sus fieros propósitos, se entregaban á la busca del melancólico pájaro; busca no menos infructuosa que la del bandido. Cuando creían estar cerca del misterioso asilo, la triste queja se repetía más lejana, cada vez más lejana. Entonces los dos hermanitos en desventura, hundidos en la hierba ó echados sobre el musgo de las rocas, se contentaban con interrogar al cuclillo.
Zuanne era modesto; preguntaba solamente:
Cuclillo hermoso y agreste, Dime qué hora es[13];
y el pájaro contestaba con siete gritos, aunque ya fuesen las diez.
Á pesar de ello Anania lanzaba su atrevida pregunta:
Cuclillo hermoso del mar, Dime cuántos años tardaré en casar[14].
--Cu-cu-cu-cu...
--¡Diablo! ¡cuatro años! ¡Pronto te casas!--decía burlándose Zuanne.
--Chitón, es que no ha entendido bien.
Cuclillo hermoso del lirio, Dime cuántos años tardaré en tener un hijo[15].
Á veces el cuclillo daba una respuesta razonable; y los dos chiquillos, en el inmenso silencio del paisaje, interrumpido tan sólo por la voz del melancólico oráculo, seguían haciéndole preguntas, no siempre alegres:
Cuclillo hermoso de la hermana, Dime cuántos años tardaré en morir[16].
Una vez Anania marchó solo por la montaña, y subió y subió por la blanca carretera, á través de arboledas y bloques de granito, por la vertiente cubierta de las florecillas violeta del _tirtillo_[17], hasta que creyó haber llegado á una altura grandísima. El sol se había puesto, pero detrás de las azuladas montañas del horizonte, parecían arder grandes hogueras que lanzaban á lo alto, sobre el cielo todo rojo, una luz violentísima. Anania tuvo miedo de aquel cielo lodo rojo, de la altura á donde había llegado, del terrible silencio que le rodeaba. Pensó en el padre de Zuanne y miró por todas partes con terror. ¿Por qué aun cuando deseaba tomar la carrera de las armas, tenía miedo de los bandidos?; y en cambio Zuanne deseaba vivamente verlos, pero el largo capotón negro colgado sobre la pared ahumada, le causaba espanto. Bajó casi rodando, de la alta cima desde donde había visto el cielo todo rojo y las montañas azules, y oyó que Zuanne le llamaba, lanzando grandes aullidos. Contó de dónde venía, y añadió que _los había visto_. El hijo de la viuda, al principio muy enfadado, llegó á conmoverse, y á mirar con respeto á Anania; después regresaron al pueblo pensativos y taciturnos, seguidos por las cabras, cuyas esquilas resonaban tristemente en el silencio del crepúsculo.
Cuando no acompañaba á Zuanne, el pequeño Anania pasaba el día en el gran patio de la iglesia de los Mártires, con los hijos del cerero que trabajaba en una mala casucha pegada á la iglesia. Grandes árboles daban sombra al melancólico patio, rodeado de arcadas ruinosas. Una escalinata de piedra conducía á la iglesia, sobre cuya sencillísima fachada había pintada una cruz. Sobre esta escalinata Anania y los hijos del cerero pasaban horas y horas al sol, que apenas calentaba, jugando con piedrecitas y fabricando pequeños cirios de barro. Á las ventanas del antiguo convento se asomaba alguno que otro carabinero aburrido; dentro de las celdas se veían zapatos y capotes soldadescos, y se oía una voz de falsete que cantaba, con acento napolitano:
_A te questo rosario!_
Algún frailuco, de los últimos que quedaban en el vetusto y húmedo convento, desastrado, sucio, con las sandalias rotas, rezando en dialecto atravesaba el patio. Á menudo el carabinero de la ventana y el fraile desde la escalinata, trababan pueriles conversaciones con los niños del patio. Á veces el carabinero se dirigía directamente á Anania, pidiéndole noticias de su madre:
--¿Qué hace tu madre?
--Hila.
--¿Y nada más?
--Va á la fuente.
--Dile que se venga por acá, que he de hablar con ella.
--Sí señor,--contestaba el pobre inocente.
Y lo contaba á su madre, y Olí le daba en cambio algún bofetón y le prohibía que volviera al patio (sin embargo una vez la vió que hablaba con un carabinero); pero, como es natural, la desobedecía, porque no sabía estar sino con Zuanne ó con los hijos del cerero.