Part 11
Por fin se ve libre. ¡De prisa, de prisa! El corazón le palpita de cada vez más fuerte. Una mujer se asoma á la puerta, mirando curiosamente, pero Anania pasa corriendo y desde lejos oye que dicen: «¡Es él! ¡Vaya, vaya si es él!». Sí, es él. ¿Y qué os importa? ¡Ah! ¡Ya! ¡Por fin! Ésta es la calle que conduce á la otra, á la conocida, á la querida calle. ¡Por fin! ¿Pero no está soñando? Oye pasos y se exaspera; por fortuna son unos chiquillos que juegan, tropiezan con él y huyen corriendo. ¿Y en su calle habrá alguien? Bien quisiera correr como aquellos chiquillos, pero no puede, no debe. Por el contrario, toma un aspecto formal, grave, se arregla la corbata, sacude con las puntas de los dedos las solapas del abrigo. Sí; lleva un abrigo largo, claro, elegante, que _ella_ aún no ha visto. ¿Le conocerá en seguida con aquel abrigo? Tal vez no. ¡Por fin! ¡Por fin ahí está la calle! Allí el portón rojo. Allí está la casa blanca con las persianas verdes. Pero ella no está asomada! ¿Por qué? ¿Por qué no está asomada, Dios mío?
Anania se para, palpitante. Afortunadamente la calle está desierta. Solamente una gallina negra pasea tranquilamente, alzando mucho la pata antes de apoyarla en tierra y entreteniéndose en picotear la pared. Qué gusto saca con ello no se sabe. Tal vez quiere cazar hormigas, tal vez quiere probar la resistencia del muro... ¡Ea, es preciso seguir andando, á menos de exponerse á que le vean algunos ojos curiosos! Y empieza á andar, lentamente, como la gallina; y aun cuando no hay nadie en la ventana, no cesa de mirarla fijamente un solo instante y se conmueve y siente que el corazón le da saltos en el pecho.
De pronto cree desmayarse. Margarita se ha asomado, pálida por la emoción, y le mira con ojos apasionados. Él también se pone pálido y no piensa en saludarla, ni en sonreírse; no piensa en nada, y durante largo rato no ve más que aquellos ojos apasionados de los cuales se desprende una inefable voluptuosidad.
Anduvo automáticamente, volviéndose á cada paso, perseguido por aquellos ojos embriagadores. Y sólo cuando Nanna, con la maleta sobre la cabeza, el paquete bajo el brazo y el cesto en una mano, apareció jadeante en el fondo de la calle, salió de su asombro y apretó el paso.
NOTAS:
[31]
_Su soldadu in sa guerra, Nan chi s'est olvidadu, No s'ammentat de Deu. Torrat su colpus meu, Pus tis ch'est sepultadu A sett'unzas de terra._
Estas canciones, llamadas _mufos_, son improvisadas por las mujeres nuorenses. Los asuntos de los dos tercetos son siempre independientes; las dos estrofas sólo se relacionan por la rima.
SEGUNDA PARTE
I
Era la hora en que la tristeza envuelve á los navegantes y á los que van á zarpar hacia costas desconocidas.
Anania era uno de éstos. El tren le llevaba hacia el mar. Caía una tarde plácida de otoño, grave y melancólica. Los dentellados montes de la Gallura se borran en la violácea lejanía, el aire huele á brezos. Á lo lejos se distingue un pueblecito: su campanario gris destaca sobre el cielo color de violeta. Anania contempla los extraños perfiles de los montes, el color del cielo, las matas temblando entre las rocas, y sólo el temor de parecer ridículo á los otros dos viajeros,--un cura y un estudiante campidonense, compañero suyo de escuela,--le impide llorar.
Y sin embargo ahora ya es un hombre. Verdad es que creía ser _un hombre_ desde que tenía quince años; pero entonces creía ser un hombre joven, mientras que ahora se cree un _joven viejo_. Y la salud y la juventud brillan en sus ojos. Es alto, esbelto, con seductores bigotes castaños de puntas de oro.
Se acercaba la noche. Alguna que otra estrella aparecía «sobre los montes de Gallura» y alguna que otra hoguera brillaba en el verde negro de los brezales. Adiós tierra nativa, isla triste, madre querida, pero no lo bastante para que una voz potente, de más allá del mar, no arranque tus hijos mejores de tu blando regazo, como el viento llama á los aguiluchos, incitándoles á abandonar el nido y la solitaria roca.
El estudiante contemplaba el horizonte y sus ojos se obscurecían á medida que se obscurecía el cielo. ¡Cuántos y cuántos años hacía que escuchaba una voz que desde lejos le llamaba!
Recordaba la aventura con Bustianeddu y su proyecto infantil de fuga; después los sueños sin interrupción, el deseo nunca apagado de un viaje atravesando el mar; y ahora, á punto de dejar la isla nativa, se sentía triste y se arrepentía de no haber continuado sus estudios en Cagliari. ¡Había sido tan feliz allí! Durante el último mes de mayo, Margarita se había presentado entre el esplendor fantástico de las fiestas de Santa Efes, y á su lado, en compañía de alegres grupos de amigos, había pasado horas inolvidables. Ella era elegante, muy alta y bien formada; sus cabellos espléndidos y sus ojos azules sombreados por grandes cejas negras, atraían la atención de la gente que se volvía para mirarla. Anania, menos alto y más delgado, iba á su lado temblando de placer y de celos. Le parecía imposible que aquella hermosa criatura, majestuosa y taciturna, en cuyos ojos desdeñosos vibraba la mirada orgullosa de una raza dominadora, descendiera hasta él, no tan sólo para mirarle, sino para quererle.
Ella hablaba muy poco. No era coqueta, y no cambiaba de aspecto ni voz, como hacen casi todas las muchachas, cuando los hombres le dirigían la palabra ó la miraban; y Anania se preguntaba si aquello era en ella superioridad ó soberbia, sencillez ó deseo de homenajes.
--¿Es posible que se contente conmigo?--se preguntaba.--Sí; claro que sí, porque comprende que ningún otro amor puede superar al que yo le consagro, y en el cual está concentrada la vehemencia de todas las demás pasiones que ella pudiese despertar.
Verdaderamente la quería mucho. Sólo la veía á ella, sólo miraba á las demás para compararlas con ella y encontrarlas inferiores; y cuanto más pasaba el tiempo, más aumentaba su pasión. Tenía días y largos periodos de delirio, durante los cuales le parecía imposible que tuviesen que pasar años y años antes de que ella fuese suya, largos años en que tenía que consumirle el deseo; pero por lo general su amor era constante, tranquilo y puro.
Durante las últimas vacaciones se habían encontrado solos bastantes veces, en el patio de casa Margarita,--protegidos por la criada que facilitaba su correspondencia.--solos bajo los discretos ojos de las estrellas ó el rostro impasible de la luna. Por lo general, los dos enamorados callaban, y mientras Margarita, por miedo ó pudor temblaba ligeramente, vigilante y melancólica. Anania suspiraba, sonreía y gemía, completamente olvidado del tiempo, del espacio, de las cosas y de los sucesos humanos.
--¡Qué fría estás conmigo!--le decía.--¿Por qué no repites de palabra lo que me escribes?
--Tengo miedo...
--¿De qué? Si tu padre nos sorprende, yo me echaré á sus plantas y le diré: «No, no hacemos nada malo, somos el uno del otro para siempre...». No tengas miedo, seré digno de ti. Ante mí tengo un hermoso porvenir... ¡Llegaré á ser _algo_!
Ella no contestaba. No le decía que si el señor Carboni les sorprendía, el _porvenir_ podía quedar destruido; pero seguía vigilando.
En el fondo, esta frialdad no desagradaba á Anania, y aumentaba su pasión. Á menudo, contemplando á Margarita tan bella y fría, con los ojos iluminados por la luna, como los ojos de perlas de un ídolo, no se atrevía á besarla, y la miraba silencioso y estremeciéndose, no sabía si de angustia ó de felicidad. Sólo una vez le dijo.
--Oye, Margarita, me parece ser un mendigo á quien un hada bienhechora ha regalado un palacio maravilloso, y está de pie en el umbral, no atreviéndose á entrar en él...
* * * * *
--El mar está en calma. ¡Bendito sea Dios!--dijo el cura.
Anania despertó de sus recuerdos y miró la línea verde dorada del mar, que á la luz del crepúsculo parecía una llanura iluminada por la luna. Las ruinas de una capillita, un sendero á través del matorral que se pierde al llegar al borde mismo de la costa, trazado tal vez por un soñador con la esperanza de proseguirlo por encima del jaspeado terciopelo de las olas, atraían la atención de Anania. Sin saber por qué pensó en Renato de Chateaubriand, creyendo vislumbrar su perfil sobre una roca, contemplando el mar.
No, no es Renato... es otro... tal vez Eudoro, que sobre las rocas marinas de la Galia salvaje, sueña con las flores de la Hélada lejana... Pero no, tampoco es Eudoro... es un poeta que pregunta:
¿Por qué esta roca granítica surge del fondo del mar?
...Y hete aquí que la roca, la capillita y el sendero han desaparecido, y con ellos el perfil del incierto personaje...
La tristeza del estudiante aumentaba. Preguntas extrañas vibraban en su mente, cayendo sin respuesta, como piedras lanzadas al agua.
¿Por qué no podía quedarse en aquella costa salvaje, dulcemente melancólica, y por qué el perfil vislumbrado sobre la roca no tenía que ser el suyo? ¿Por qué no podía construir una casa sobre las ruinas de la capillita? ¿Por qué pensaba en aquellos sentimentalismos estúpidos? ¿Por qué iba á Roma? ¿Por qué estudiaba, por qué estudiaba leyes? ¿Quién era él? ¿Qué era la vida, la nostalgia, el amor, la tristeza? ¿Qué hacia Margarita? ¿Por qué la amaba? ¿Por qué su padre era un criado? ¿Por qué su padre le había advertido, repetidamente, que visitara en cuanto llegase á Roma, _aquellos sitios_ donde se conservan monedas de oro encontradas bajo tierra ó en las ruinas antiguas? ¿Era su padre un delincuente, ó un loco poseído de la idea fija de los tesoros? ¿Qué había heredado de su padre? La idea fija en forma distinta. ¿Era solamente una idea fija, una enfermedad mental, el pensamiento constantemente dirigido hacia _aquella mujer_? ¿Estaba de veras en Roma y la encontraría?
--_Anninia_,--dijo el estudiante campidonense con voz lenta é indolente, dando á Anania el mote que le habían sacado sus compañeros, imitando el canto monótono con que las madres duermen á sus pequeñuelos.--¿Te duermes? ¡Ea! no llores, así es la vida; un billete circular con derecho de paradas más ó menos largas. Consuélate al menos pensando que el mareo no vendrá á interrumpir los sueños de amor...
El cura, joven y despreocupado, dijo, burlándose también de Anania:
--Consuélate, corazón duro, Porque en el infierno hay truchas...[32]
Y añadió:--Dejamos la patria querida, pero no nos marearemos.
En efecto, el mar estaba en calma completa y la travesía empezaba con los mejores auspicios. La luna se ocultaba iluminando fantásticamente la costa y la enorme roca del Cabo Figari, parecida á un centinela ciclópeo, vigilando el melancólico sueño de la isla abandonada.
¡Adiós, adiós, tierra de destierro y de ensueños! Anania permaneció inmóvil, apoyado en la borda del vapor, hasta que la última visión del Cabo Figari y de las islitas, surgiendo azules de entre las olas, como nubes petrificadas, se desvanecieron en el vaporoso horizonte. Después se sentó en un banco, golpeándose despechadamente la frente con un puño, para no dejar salir las lágrimas que le velaban los ojos. Su compañero, que no se encontraba bien aun estando el mar en calma, se retiró en seguida, y Anania quedóse solo sobre cubierta, pálido y ojeroso, molestado por la brisa húmeda, triste y desesperado, hasta que la luna, roja como un hierro sacado del fuego, desapareció á lo lejos, en el horizonte turbio y sangriento. Por fin se marchó al camarote, pero tardó en dormirse. Le parecía que su cuerpo se alargaba y acortaba incesantemente, y que una hilera interminable de carros pasaban por encima de su cuerpo entumecido. Los recuerdos más tristes de su vida pasaban por su imaginación. Le parecía oir, en el ruido del agua hendida por el vapor, el rumor del viento en la casita de la viuda, en Fonni... ¡Oh! ¡Cuán triste era la vida, cuán inútil y vana! ¿Qué era la vida? ¿Por qué vivir?
Se durmió tristemente; pero al despertar se sintió otro, ágil, fuerte, feliz. Se había dormido en un paisaje tétrico, entre ondas lívidas, vigiladas por una luna sangrienta, y despertaba en un mar de oro, en un paisaje de luz, cerca de Roma.
--¡Roma!--pensó temblando de alegría.--¡Roma! ¡¡Roma!! ¡Patria eterna, madre y amante, hechicera y amiga, curadora de todos los dolores, río de olvido, canto de promesas, abismo de todo mal y fuente de todo bien!
Creía poderla abrazar toda, sentíase capaz de conquistar el mundo entero. Ya en Civitavecchia, húmeda y negra bajo el cielo matutino, todo le parecía hermoso, si bien de una hermosura un poco decaída, y decía á su compañero Daga:
--Mira, me parece estar en el vestíbulo sencillo, pero ya misterioso, de una maravillosa gruta marina.
Daga, que había vivido un año en Roma, sonreía burlonamente, aun cuando envidiaba el entusiasmo de su amigo.
La llegada ruidosa y terrorífica del exprés, produjo en el joven provinciano una sacudida eléctrica, una especie de terror, la primera impresión vertiginosa de una civilización casi violenta y destructora. Le pareció que aquel gran monstruo de ojos rojos lo arrastrase, como el viento á la hoja, lanzándole en un crisol de nueva vida, hirviente, lleno de placeres y dolores terribles. Aquello era la vida verdad, la civilización profunda, la humana marea, la omnipotente palpitación que desde su primer viaje á través de su isla natal había soñado, sin poderlo percibir nunca en su grandiosa realidad.
Asomado á la ventanilla, miraba las líneas melancólicas de la campiña romana, verde rosada á la luz del sol de otoño, que le recordaba las llanuras de su patria. Pero las impresiones del paisaje y los recuerdos desaparecían, vencidos por la sensación de la vida nueva hacia la cual marchaba. Todo, los muros, los árboles, el césped, el aire mismo, parecían huir locamente, locos de terror, perseguidos por invisible monstruo; y sólo el exprés, monstruo benigno y protector, enorme guerrero de la civilización, iba violentamente al encuentro del dragón monstruoso, para saltarle encima y destruirlo.
* * * * *
En Roma, los dos estudiantes fueron á vivir en un tercer piso de una casona inmensa de la plaza de la Consolación, en casa de una viuda, madre de dos graciosas muchachas, telegrafistas en las oficinas de un periódico. La compañía de Daga, tipo camaleóntico, á veces alegre, á veces hipocondríaco, á menudo colérico, con frecuencia apático y siempre egoísta, sirvió de gran alivio á Anania durante los primeros días de estancia en la capital.
Los dos estudiantes dormían en la misma habitación, dividida por una especie de cortina formada por un cobertor amarillo. El cuarto era grande, pero algo obscuro, con el suelo muy gastado, y una ventanita que daba á un patio interior.
La primera vez que Anania se asomó á la ventana, experimentó una desesperada sensación de angustia. Del sucio fondo del patio, se alzaban altísimos muros de un amarillo negruzco, agujereados por largas ventanas irregulares, de donde salían pesados olores de cocina y en especial el penetrante y dulce olor de la cebolla frita. Á lo largo de las paredes, y atravesando el patio, había unos alambres, y colgados de ellos trapos de una blancura equívoca. Uno de los alambres, con anillas corredizas, de las que colgaban trozos de bramante, pasaba por delante la ventana de los estudiantes. Mientras Anania miraba con desesperada tristeza los muros amarillos perderse en el cielo pálido de la tarde, Bautista Daga sacudió el alambre y empezó á reirse.
--Mira,--decía,--mira cómo bailan las anillas y los bramantes. Parecen personas. Es divertido.
Anania miró y en efecto le pareció que las anillas y los hilos tomaban movimientos de títeres. Bautista prosiguió:
--Así es la vida; un alambre á través de un patio sucio. Los hombres se agitan, casi siempre, sobre un abismo de porquería.
--¡No me fastidies, hombre!--dijo Anania.--¡Bastante melancólico estoy para aguantar tus consideraciones filosóficas! Salgamos: me ahogo.
Salían y andaban, y andaban, cansándose horriblemente, aturdidos por el ruido de los coches y los tranvías, por el resplandor de las luces, el cruce violento y el ronco aullido de los automóviles y sobre todo por el vaivén de la muchedumbre indiferente.
Anania sentíase más triste que nunca. Entre el gentío, cogido del brazo de su compañero, le parecía encontrarse solo en un desierto, en un mar tempestuoso. Le parecía que si se encontrase en peligro y pidiese socorro, nadie acudiría á sus gritos, y que la muchedumbre pasaría por encima de su cuerpo sin verle siquiera. Recordaba á Cagliari con nostalgia desesperante. ¡Oh balcón encantado, horizonte marino, dulce Venus brillando en el fondo inefable del pinar! Aquí no había estrellas, ni luna, ni horizonte; tan sólo un horroroso conjunto de piedras, y entre ellas un hormigueo de hombres que al estudiante barbaginense[33] le parecían de una raza distinta é inferior á la suya.
Especialmente durante los primeros días, vista á través del aturdimiento, del cansancio, de la melancólica sugestión del oscuro cuarto de la Plaza de la Consolación, Roma le produjo una tristeza casi febril. La ciudad vieja, con sus calles estrechas, sus tiendas mal olientes, de interiores miserables, con puertas que parecían bocas de cavernas y escalerillas que se perdían en lugares tenebrosos, llenos de dolor, le recordaba los más miserables pueblecitos sardos, los cuales, por lo menos, tienen aire y luz. En la Roma nueva se encontraba perdido, todo le parecía enorme; las calles trazadas por un gigante, para uso de los gigantes; las casas, montañas; las plazas, _tancas_ sardas; hasta el cielo era demasiado alto y demasiado profundo. ¡Ah, no, no era ésta la Roma embriagadora, inmensa, pero no opresora, que había creído vislumbrar desde Civitavecchia!
Hasta en la Universidad, donde empezó á asistir asiduamente á los cursos de Derecho civil y penal y á las lecciones de Ferri, le esperaba un desencanto. Los estudiantes no hacían más que alborotar, reirse y burlarse de todo. Parecían tomar á broma la vida misma. Especialmente en el aula núm. 4, mientras esperaban á Ferri, el estruendo y alboroto pasaba el límite. Á lo mejor un estudiante subía á la cátedra y empezaba una parodia de lección acogida por aullidos, silbidos, aplausos y gritos de «Viva el Papa», «Viva San Alfonso de Ligorio», «Viva Pío IX». Á veces el estudiante, desde la cátedra, con un descaro indescriptible, imitaba el mayar de un gato ó el canto del gallo. Entonces los gritos y los silbidos redoblaban; se lanzaban pelotas de papel, plumas, fósforos encendidos contra el estudiante que resistía hasta que podía, ó hasta que la llegada del profesor, acogida por aplausos ensordecedores, ponía fin á la escena y entraba todo en orden.
Más tarde Anania también tomó parte en los alborotos y tumultos estudiantiles; pero durante los primeros días, la alegría despreocupada, el escepticismo, la vanidad y el egoísmo de sus compañeros, le hería tristemente. Sintióse más que nunca solo, diferente de todos los demás, y se arrepintió de haber ido á Roma.
Una vez él y Daga atravesaron la calle Nacional al anochecer. Las aceras estaban casi desiertas. El resplandor lunar de las lámparas eléctricas fundíase en el crepúsculo azulado. Las ventanas del palacio ocupado por el Banco, estaban vivamente iluminadas.
Los dos jóvenes se pararon un momento.
--Mira,--dijo Daga.
--Parece que todo el oro encerrado dentro, brilla á través de las ventanas. ¡Me explico, eh!--dijo Anania.
--¡Bravoooo, hombre!--gritó el otro.--Cómo se ve que mi compañía te desbasta.
Más adelante se volvieron á parar, esta vez entusiasmados los dos.
Á la izquierda, sobre el indescriptible fondo de la calle de las Cuatro Fuentes, el cielo presentaba un oscuro color de violeta. Á la derecha la luna llena, grande y amarilla, asomaba por detrás del negro perfil de Santa María la Mayor, que parecía dibujada sobre una lámina de plata.
--¿Vamos al Coliseo?--propuso Anania.
Y fueron allá, dando largas vueltas en el divino misterio de aquel lugar, contemplando la luna á través de cada arco. Después se sentaron sobre una columna reluciente y entrambos suspiraron.
--Siento una alegría parecida al dolor,--dijo Anania.
Daga no respondió, pero después de un largo silencio, dijo:
--Me parece estar en la luna. ¿No te parece que en la luna se debe sentir lo mismo que se siente aquí, en este gran mundo muerto?
--Sí,--dijo Anania, con voz apagada, respondiendo á una pregunta íntima.--¡Esto es Roma!
NOTAS:
[32]
_Consolati, coro duru, Ca in s'ifferru bi at trotta._
[33] Natural de Barbagia, región montañosa de Cerdeña.
II
Llovía copiosamente.
Una penumbra gris pesaba sobre la alcoba, de la cual Daga había cedido á su compañero la parte menos oscura, no por delicadeza, sino porque dormía hasta las diez de la mañana y no quería ser molestado por la escasa luz que entraba por la ventana. Echado sobre la cama, Anania miraba la cortina amarilla, que le parecía un bajo relieve de mármol vuelto amarillo por la humedad y falta de luz, y sentía una melancolía y un desaliento tan profundos, que casi le producían la opresión de un malestar físico.
También Daga, presa de una racha de malhumor, suspiraba dando vueltas y más vueltas en su cama, más allá de la cortina. Anania pensaba:
--¿Qué debe tener aquella bestia? ¿Por qué suspira? ¿No es feliz, rico, honrado, inteligente?
Y empezó á establecer comparaciones.
--Aquel estúpido no está enamorado, sus padres le quieren con delirio... es independiente... ¡Mientras que yo!... ¿Yo? ¿Yo, qué? ¿Acaso no soy feliz? ¿No me pongo triste ante la sombra de nubes vanas, de nebulosos monstruos? ¡Estoy loco, palabra de honor que estoy loco! Amo, soy amado; tengo ante mí un porvenir de paz y amor. Soy algo ambicioso, pero tal vez con sólo alargar los brazos puedo abarcar el mundo. Margarita es guapa, rica, me ama y me espera. ¿Qué más puedo desear? ¿Por qué esta estúpida tristeza?
También había desaparecido la nostalgia. Ante los ojos del estudiante, Roma había descorrido sus velos, y aparecía como un maravilloso panorama saliendo de las nieblas de la mañana; y había llegado á quererla tanto, que un día, dominándola, desde el mirador de Villa Médicis, refulgente, rodeada por la verde cuenca de la campiña otoñal como una ciudad de nácar encerrada en concha inmensa de esmeralda, y mirando al propio tiempo el solitario horizonte que le recordaba las soledades de su patria, se preguntaba quién era más fuerte ahora, el antiguo amor por su tierra natal ó el nuevo amor por Roma.
Había empezado una vida de estudio, y sentía, por fin, el alma eterna de Roma, impulsar, dulce y severa, su pequeña alma. Frecuentaba asiduamente las lecciones de la Universidad, las bibliotecas, galerías y museos. Algunos cuadros le producían extraña impresión, pareciéndole haberlos visto en otra parte... ¿Dónde? ¿Cuándo? No lo sabía. ¿En una vida anterior? Á veces advertía que aquellas sensaciones nacían de la semejanza de ciertas figuras con personas de su tierra. Así, por ejemplo, en una Virgen de Coreggio vió la cara morena de la madre de Bustianeddu, en un viejo del Spagnoletto reconoció el obispo de Nuoro, y encontró, viva y hablando, en una copia del _Retrato_ de Ignoto Toscano, cuyo original se encuentra en Venecia, la fisonomía sarcástica de tío Pera el hortelano.
Cada día, en las calles, en las iglesias, en las galerías ó en los escaparates descubría algo nuevo, objetos bellos y artísticos que le arrancaban gritos de entusiasmo. ¡Qué hermosa era Roma y cómo empezaba á quererla!
Pero por encima de todos los amores y de todos los entusiasmos, como la nube que cubre todas las cosas, pasaba una sombra...
La noche antes de aquel día lluvioso, hacia las once, mientras los dos estudiantes sardos bajaban, charlando en dialecto, por la calle Nacional, casi desierta y silenciosa bajo la luz violácea de las lámparas eléctricas algo veladas, una de las _mariposas nocturnas_ que vagabundeaban por las aceras, les había parado saludándoles en sardo.
--_Bonas tardas, pizzocheddos_...