Chapter 9 of 22 · 3998 words · ~20 min read

Part 9

Miraba fijamente la tacita roja fileteada de oro que servía para él exclusivamente. Adiós, tacita; mañana el último día, y después adiós. Las lágrimas le subían á los ojos.

--Ya iré más tarde á ver al padrino; ahora terminaré de arreglar la ropa,--dijo bajo, bajito, como si hablara con la taza.

--¿Y si no nos volviéramos á ver?--preguntó.--¿Si me muriera antes del regreso? Tal vez fuera mejor. ¿Por qué vivir tanto tiempo? Ya que debemos morir, es mejor morir cuanto antes.

Tía Tatana le miró; hizo la señal de la cruz en el aire y dijo:

--¿Has tenido un mal sueño esta noche? ¿Por qué dices estas cosas, _corderito sin lana_? ¿Te duele la cabeza?

--¡No comprende usted las cosas!--exclamó, poniéndose de pie.

Subió á su cuarto y empezó á colocar en una pequeña maleta los libros y los objetos más queridos; de vez en cuando volvía los ojos hacia la ventana abierta en cuyo fondo veíase un trozo de cielo otoñal que producía el efecto de un bonito cuadro; una llanura blanquecina con unos lagos azules.

¿Qué vería desde la ventana del cuarto que en Cagliari le esperaba? ¿El mar? ¿El mar de veras, la inmensidad infinita del agua azul bajo la infinita inmensidad del cielo azul? Todo aquel azul, el que veía y el que le esperaba, le tranquilizó; se arrepintió de haber entristecido á tía Tatana. ¿Pero qué culpa tenía él? Sí, veía que era ingrato, pero los nervios son los nervios y no es posible mandar en ellos. ¡Pero él no quería ser ingrato del todo, no! Y... planta la maleta, libras y cajitas, se precipita en la cocina, donde la buena mujer está barriendo con aire entre melancólico y filosófico, tal vez pensando en las fúnebres palabras del «corderito sin lana», y se le echa encima, la estrecha entre sus brazos á ella y á la escoba, y la arrastra consigo en una vuelta de baile vertiginoso.

--¡Ah, mala cabeza! ¿qué te pasa?--grita la vieja, llena de alegría.

Pero Anania no le contesta y se marcha corriendo é imitando los resoplidos de un tren.

Terminado el equipaje fué á despedirse de los vecinos, empezando por maestro Pane. La tienda del viejo carpintero, casi siempre llena de gente, estaba desierta, y el estudiante tuvo que esperar un rato, sentado sobre el escalón del portal, con los pies metidos entre las abundantes virutas que cubrían el piso. Un ligero soplo de viento entraba por la puerta, agitando las grandes telarañas del techo cubiertas de serrín.

Al fin llegó maestro Pane. Llevaba una vieja chaqueta de soldado, de la cual cuidaba en extremo los botones, siempre brillantes, y sonrió con alegría infantil cuando Anania le dijo que parecía un general.

--¡Aún conservo el quepis!--dijo gravemente.--Me lo pondría si no fuera porque los chiquillos se ríen. ¿De modo que te marchas, hijito? ¡Que Dios te acompañe y te ayude! Yo no puedo regalarte nada!

--¡Pues no faltaba más!

--¡El corazón lo desea, pero no es bastante! Cuando seas doctor te haré una escribanía; ya tengo el modelo. ¡Ahora verás!

Y buscó un catálogo, cuidadosamente oculto bajo un banco, y enseñó al estudiante una espléndida escribanía con columnitas y calados.

--¿Qué? ¿no me crees capaz?--dijo, ofendido, advirtiendo que Anania se sonreía.--¡Tú no conoces á maestro Pane! Yo no he construido muebles de lujo porque no he tenido dinero, pero no faltaba más que yo no supiera...

--¡Lo creo, lo creo!--dijo Anania.--Pues cuando sea doctor y rico, le encargaré todos los muebles de mi palacio...

--¿De veras?--exclamó el pobre giboso alegrándose. Después preguntó, hojeando el catálogo:--¿Y cuántos años te faltan aún?

--¿Quién sabe? Diez, quince...

--¡Son demasiados! Estaré en el cielo, en la tienda del glorioso San José (á pesar de la broma, se persignó devotamente). ¿Dime,--prosiguió, señalando una lámina del catálogo:--dime qué significa muebles es-ti-lo Lu-is quin-ce?

--Era un rey...--empezó á decir Anania.

--¡Toma! Esto lo sé,--respondió prontamente maestro Pane, con maliciosa sonrisa en su boca sin dientes.--Era un rey á quien gustaban mucho las muchachas...

--¡Maestro Pane!--exclamó Anania maravillado,--¿cómo lo sabe usted?

El vejete empezó á reir, quitándose la chaqueta y plegándola cuidadosamente.

--¿Y qué?--dijo, fingiendo ingenuo asombro, para no turbar la inocencia de Anania,--¿porque uno es ignorante no debe saber nada de nada? Aquel rey era aficionado á jugar con las chiquillas, como la reina Ester cogía espigas y paseaba por los campos, y Víctor Manuel se entretenía cavando en el huerto...

Pero Anania era más listo que maestro Pane, y preguntó con fingida ingenuidad:

--¿Pero usted ha estudiado?

--¿Yo? Ya quería, pero no pude; hijo mío, no todos nacen bajo una buena estrella como tú.

--¿Entonces cómo sabe todas estas historias?

--¡Demonio! ¡Las he oído contar! La historia de la reina Ester se la he oído á tu madre, y la del rey á Pera _Sa Gattu_...

Anania marchóse asustado, recordando una historieta que muchos años atrás contó Nanna, una noche en invierno, en la almazara.

Llamó á la puerta de Nanna, pero el viejo loco, sentado en una piedra de por allí cerca, le dijo que no estaba en casa.

--Yo también la espero,--añadió,--porque Jesucristo me dijo ayer tarde que tenía necesidad de una criada.

--¿Dónde le encontró?

--En la callejuela... allá abajo,--señaló el loco;--llevaba un capotón y los zapatos rotos. ¿Oye Nania Atonzu, por qué no me das un par de zapatos viejos?

--Serían demasiado estrechos,--dijo el estudiante mirándose los pies.

--¿Y por qué no vas descalzo? ¡_Que una bala te atraviese el bazo_!--gritó el loco, amenazador, frunciendo sus erizadas cejas grises.

--Adiós,--dijo Anania, sin contestar á su amenaza,--me marcho mañana á continuar mis estudios.

Los ojillos azules del viejo tomaron una expresión maliciosa.

--¿Vas á Iglesias?

--No, á Cagliari.

--En Iglesias hay muchos vampiros y comadrejas. Adiós, dame la mano. Así, valiente; no tengas miedo, no te como. ¿Y tu madre por dónde anda?

--Adiós. Conservarse,--dijo Anania, apartando su manecita de la manaza dura del loco.

--También yo me marcho,--dijo el viejo.--Voy á un sitio donde se comen cosas muy buenas; habas, tocino, lentejas y mondongo de oveja.

--¡Buen provecho!--dijo Anania.--¡Adiós!

Anania se despidió de los demás vecinos, hasta de la mendiga, que le recibió en una habitación muy limpia y le obsequió con una taza de buen café.

--¿Irás á ver á Rebeca?--le preguntó con envidia.--¡Aquella estúpida se ha puesto á mendigar! ¿No le da vergüenza, una muchacha joven? ¡Díselo tú!

--¡Está llena de llagas!... apenas puede andar...--observó Anania.

--No. Está curada. ¿Qué miras? Es una hoz de segador.

--¿Por qué está colgada detrás de la puerta?

--Porque el vampiro, cuando entra en la casa, se pone á contar los dientes de la hoz, y como sólo puede llegar al número siete, tiene que volver á empezar, y así llega el día, y apenas ve la luz, escapa. ¿Te ríes? Sin embargo es verdad. ¡Que Dios te bendiga!--dijo la pobre, acompañándole hasta la calle.--Buen viaje; ¡á ver si honras al barrio!

Anania entró en casa de Rebeca; parecía una chiquilla, á pesar de sus veinte años, lívida, calva, acurrucada en un rincón oscuro, como una fiera enferma en su cubil. Al ver al estudiante se ruborizó, y toda temblorosa le ofreció, en una tosca fuente, un racimo de uva negra.

--Tómelo... balbuceó.--No puedo ofrecerle otra cosa.

--¿Y por qué no me tuteas?--exclamó Anania, arrancando un grano del racimo.

--¡No soy digna! ¡No soy como Margarita Carboni! ¡soy una infeliz desgraciada!--dijo animándose.--¡Tome, tome todo el racimo! Está limpio; ¡yo no lo he tocado! Me lo trajo tío Pera _Sa Gattu_.

--¿Tío Pera?--preguntó Anania, recordando con desagrado la historieta de maestro Pane.

--¡Sí, pobrecito! Siempre se acuerda de mí, y todos los días me trae algo. El mes pasado estuve muy mal porque se me volvieron á abrir las llagas, y tío Pera trajo al médico y las medicinas. ¡Ah!, hace por mí lo que hubiese hecho mi padre si... ¡Pero me abandonó! ¡No hablemos de ello!--dijo Rebeca, advirtiendo que había tocado una tecla dolorosa para Anania.--¿No toma el racimo? Mire que está limpio.

--¡Ea, dámelo!--exclamó el estudiante.--¿Pero dónde lo meto? Espera, lo envolveré en este periódico. Ya sabes que marcho mañana á Cagliari para continuar mis estudios. Hasta la vuelta; que te pongas buena.

--¡Adiós!--dijo ella, con los ojos llenos de lágrimas.--¡También yo quisiera partir!

Anania salió, y viendo en la puerta de la taberna á la hermosa Ágata se acercó para despedirse.

Apenas le vió, la muchacha empezó á sonreirle con sus ojos brillantes, y á decirle adiós con la mano.

--¡Sí, sí, adiós!--dijo él acercándose y alargándole la suya.

--Estabas haciendo el amor á aquel montón de podredumbre?--preguntó la muchacha, señalando á Rebeca, que estaba asomada á la puerta.--Aléjate, que apestas horriblemente.

Anania se estremeció, pensando instintivamente en Margarita.

--¿Sabes,--prosiguió Ágata, riendo y mirándole voluptuosamente,--sabes que tiene celos de mí? ¡Mira, cómo mira! ¡Estúpida! Siempre piensa en ti, porque el año pasado, en los estrechos saliste con ella.

--¡Ya lo sé!--dijo aburrido.--Marcho mañana: adiós. ¿Tienes algo que mandarme?

--¡Que me lleves contigo!--dijo con vehemencia.

Un pastor, que acababa de tragarse un vaso de aguardiente, salió de la taberna y pellizcó á la muchacha.

--¡_Las manos siccas_[29], pelagatos!--gritó Ágata.

Después llevó á Anania dentro de la taberna y le preguntó qué quería tomar.

--Nada, adiós, nada.

Pero Ágata le llenó un vaso de vino blanco, y mientras él bebía, ella apoyábase lánguidamente en el banco, miraba hacia fuera y decía:

--Yo también pienso ir pronto á Cagliari; apenas tenga un vestido nuevo y unos botones de oro para la camisa iré á Cagliari á buscar casa. Así nos podremos ver... ¡Demonio! por allí viene Antonino; se quiere casar conmigo y está muy celoso de ti. ¡Ay, rico mío! Adiós, márchate...

Y así diciendo se echó sobre él con un salto felino y le besó ardientemente en la boca; después le empujó hacia la puerta, y él salió aturdido y turbado; y encontrando nuevamente á Antonino comprendió el por qué de su mirada de odio.

Durante unos minutos anduvo sin darse cuenta de nada: le parecía haber besado á Margarita y el deseo de verla le daba calofrío.

--¡Ay!--gritó de pronto, encontrándose entre los brazos de una mujer.

--¡Hijito de mi corazón!--dijo Nanna, llorando cómicamente, y entregándole un paquetito.--¿De modo que te marchas? El Señor te acompañe y te bendiga como bendice la espiga del trigo. Aún nos volveremos á ver, pero entretanto toma esto... y no lo rehúses, porque me moriría de pena...

Para que no se muriera tomó el paquetito de Nanna; después se estremeció sintiendo sobre su mejilla una cosa viscosa y un aliento apestante de aguardiente.

--Mira,--balbuceó Nanna, después de haberle besado,--no he podido resistir la tentación. Límpiate la cara; no, no te mancharán los besos perfumados como el clavel, de las muchachas rubias como el oro, que te cogerán como si fueras un confite.

Anania no protestó, pero aquel terrible choque con la realidad le devolvió el equilibrio, borrando la sensación ardiente del beso de Ágata. Al regresar á su casa abrió el paquetito que contenía trece sueldos, y empezó á hacerlos sonar entre las manos.

--¿Has ido á ver al padrino?--preguntó tía Tatana.

--Iré dentro de un rato, después de comer.

Pero después de comer salió al corral y se tumbó sobre una estera, bajo el saúco, al rededor del cual zumbaban abejas y moscas. El aire era templado. Por entre las ramas Anania veía grandes nubes blancas atravesar el cielo azul; miraba, y sentía caer de aquellas nubes una dulzura infinita; parecía una lluvia de leche tibia. Lejanos recuerdos, errantes y cambiantes como las nubes, apenas rozaban su mente, confusos con las impresiones recientes. Recuerda el paisaje melancólico, vigilado por los sonoros pinos, donde su padre ara la tierra para sembrar el trigo del amo. Los pinos recuerdan, con su ruido, la voz del mar. El cielo es profundo, tristemente azul. Anania recuerda unos versos... ¿de quién?... ¿De Baudelaire?[30]: «Sus ojos son azules, vacíos y profundos como el cielo». ¿Los ojos de Margarita? No: ofende á Margarita pensando de este modo; pero entretanto es feliz por saber versos tan originales... «Sus ojos son azules, profundos y vacíos como el cielo».

¿Quién pasa por detrás del pino? El cartero de rojos bigotes. Sobre la cabeza lleva una corneja con las alas abiertas, que golpea fuertemente con el pico la frente del pobre hombre. ¡Pum, pum, pum! Margarita corre á abrir la puerta, toma la carta rosa con manchas verdes, y emprende el vuelo. Anania quiere seguirla, pero no puede. No puede moverse, no puede hablar; y de pronto se acerca el cartero y le sacude...

--¡Ya son las tres, hijo mío! ¿Cuándo piensas ir á casa del padrino?--preguntó tía Tatana sacudiéndolo.

Se puso en pie de un salto, con un ojo todavía cerrado, con una mejilla pálida y la otra encarnada.

--¡Qué sueño tengo!--dijo desperezándose.--Esta noche pasada apenas he dormido. Ahora iré.

Se fué á lavar; se peinó, perdiendo media hora en sacarse la raya á un lado, después en medio, después en hacerla desaparecer. El corazón le palpitaba de angustia.

--¿Qué me pasa? ¿Qué demonios es esto?--pensaba, queriendo dominarse y no consiguiéndolo.

--¿Aún estás aquí? ¿Cuándo vas á marchar?--le gritó la anciana desde el corral. Él se asomó á la ventana y preguntó:

--¿Qué debo decirle?

--Que mañana te vas; que te portarás bien; que siempre serás obediente y respetuoso...

--¡Amén! ¿Y él qué me dirá?

--Te dará buenos consejos.

--No me hablará de aquello...

--¿Qué es aquello?

--¡De la cuestión de los cuartos!--dijo, bajando la voz, con la mano á guisa de bocina.

--¡Pobrecito!--contestó la buena mujer, alzando los brazos.--¿Y tú qué tienes que ver con ello? ¡Tú no sabes nada!

--Bueno; entonces voy...

Pero antes fué á ver á Bustianeddu, después al huerto para despedirse de tío Pera y hasta de los higos chumbos, de los cardos, del panorama, del horizonte... Encontró al vejete tumbado sobre la hierba con la tranca á su lado como si ésta también descansara.

--Al fin me marcho, tío Pera; adiós, conservarse y divertirse,--dijo el estudiante, burlándose del hortelano.

--¿Eh?--preguntó éste, que se volvía sordo y ciego.

--¡Que me voy!--gritó Anania.--Voy á Cagliari á estudiar...

--¡Ah! ¡El mar!... Sí, en Cagliari hay el mar. ¡Que Dios te acompañe y te bendiga, hijo mío! El pobre tío Pera no tiene nada que regalarte, pero rezará por ti...

Anania se arrepintió de haberse burlado del pobre viejo, que, á pesar de todo, hacía limosna á Rebeca.

--¿No me encarga usted nada?--preguntó, encorvándose apoyando las manos sobre las rodillas.

El viejo se incorporó, le miró fijamente y sonrió:

--¿Qué quieres que te encargue? ¡También yo voy á partir!

--¿Usted también?--exclamó el estudiante, riéndose de que todos, hasta los viejos decrépitos, tenían la manía de marchar.

--¡Yo también!

--¿Y á dónde, tío Pera?

--¡Ah! ¡Á un país muy lejano!--contestó el viejo extendiendo la mano hacia el horizonte.--¡Á la eternidad!

* * * * *

Ya muy tarde, después de haber pasado y repasado por delante las ventanas de Margarita sin poderla ver, Anania entró y preguntó por su padrino.

--No hay nadie en casa. Espérate, que no pueden tardar en volver,--dijo la criada con aire arrogante.--¿Por qué no has venido antes?

--Porque hago lo que me da la gana,--contestó entrando.

--¡Claro, es preferible perder el tiempo con aquella asquerosa de Ágata que venir á dar las gracias á sus bienhechores!

--¡¡Eh!!--exclamó despreciativamente, apoyándose en el marco de la ventana del despacho.

¡Ah! La criada le humillaba como en aquella noche lejana, cuando acompañado de Bustianeddu había ido á pedir una taza de caldo. Nada había cambiado; seguía siendo lo mismo, un siervo, un protegido. Lágrimas de rabia le humedecieron los ojos.

--¡Pero yo soy un hombre!--pensó.--Puedo renunciar á todo, labrar la tierra, sentar plaza, y no ser un miserable. Me voy.

Y se separó de la ventana; pero pasando por junto la escribanía iluminada por la luna, descubrió, entre las cartas echadas encima, de cualquier manera, un sobre color de rosa con manchas verdes.

La sangre le subió á la cabeza; las orejas le ardieron, sacudidas por una vibración metálica; inconscientemente se inclinó y cogió el sobre. Sí, era su sobre, roto y vacío. Le pareció tocar unos despojos, sagrados para él, que habían sido violados y dispersos. ¡Ay! Todo, todo había acabado; su alma había sido vaciada y desgarrada como aquel sobre.

De pronto una luz viva inundó el cuarto; vió entrar á Margarita, y apenas tuvo tiempo de dejar caer el sobre, pero advirtió que ella había adivinado su acción y una gran vergüenza se unió á su pena.

--¡Buenas noches!--dijo Margarita colocando la luz sobre la escribanía.--Te han dejado á oscuras.

--¡Buenas noches!--murmuró, decidido á tener una explicación y después marchar para no volver nunca más.

--Siéntate.

Él la miraba fijamente con ojos espantados. Sí, sí, era Margarita, pero en aquel momento la odiaba.

--Dispénsame,--empezó á decir balbuciente.--Ha sido sin querer, no soy un miserable, pero he visto el... el sobre (y lo tocó con el dedo) y no he podido resistir... Lo iba á guardar...

--¿Es tuyo?

--Es mío.

Margarita se ruborizó, mientras Anania, libre de un gran peso, empezaba á ver claro y razonar. Su orgullo, ofendido por la vergüenza sufrida, le aconsejaba que dijera que todo había sido una broma; ¡pero Margarita, con su vestido de paseo, con un cinturón verde brillante, estaba tan guapa, que el ímpetu de odio desapareció por completo! Anania sentía deseos de apagar la luz, y al quedar solos y alumbrados por la luna, caer á sus pies llamándola con los nombres más dulces; pero no podía, no podía, aun cuando advertía que también ella alzaba y bajaba los ojos con delicioso espanto, en espera de un grito de amor.

--¿Lo ha leído tu padre?--preguntó en voz baja.

--Sí; y se reía,--contestó, conmovida.

--¿Se reía?...

--Sí, se reía. Por fin me dió el papel y dijo: «¿Quién diablo será?»

--¿Y tú? ¿Y tú?

--Yo...

Hablaban bajo, ansiosos, rodeados del misterio de una deliciosa complicidad; pero de pronto Margarita cambió de voz y aspecto.

--¡Papá; está aquí Anania!--exclamó, corriendo hacia la puerta, y saliendo rápidamente, mientras Anania volvía á caer en una turbación grandísima.

Sintió la mano caliente y blanda del padrino estrecharle la suya, y vió los ojos azules y el brillo de la cadena de oro, pero no pudo recordar nunca los buenos consejos y las bromas que le prodigó aquella noche el padre de Margarita.

Una amarga duda le atormentaba. ¿Margarita había ó no, comprendido el verdadero sentido del soneto? ¿Cuál era su opinión? No había dicho nada acerca de ello, en los preciosos momentos que tan estúpidamente había dejado escapar. Su aspecto de turbación no le satisfacía; no era bastante claro. No, él quería saber algo más, saberlo todo...

--¿Y qué?--se preguntó con tristeza.--Nada. Todo es inútil. Aun cuando hubiese comprendido, aun cuando ella le quisiera... ¡Todo aquello eran tonterías! ¡Todo era inútil! Un vacío inmenso le rodeaba, y en él la voz del señor Carboni se perdía sin ser escuchada, como en un desierto infinito.

--¡Alégrate y no pienses más que en estudiar!--terminó diciendo el padrino, viendo que Anania suspiraba.--¡Alégrate, pues! ¡Sé hombre, y á ver cómo te portas!

Margarita entró acompañada de su madre, quien prodigó al estudiante su parte de consejos dándole ánimos. Margarita iba y venía; se había arreglado coquetonamente el pelo, dejándose un rizo en la sien izquierda, y, lo que es más importante, ¡se había empolvado! Los ojos y los labios deslumbraban; estaba hermosísima, y Anania la seguía con la mirada delirante, pensando en el beso de Ágata. Tal vez ella comprendió y fué atraída por la fascinación de aquella mirada, porque al marcharse le acompañó hasta el portón. La luna iluminaba el patio, como en aquella lejana noche, en que su aspecto altivo, pero al propio tiempo suave, había despertado en el niño la conciencia del deber; también entonces aparecía altiva y suave, y caminaba ligera, con un rumor de alas, pronta á emprender el vuelo. ¡Ah! era de veras un ángel, y Anania creía seguir soñando, y la veía volar y desaparecer sin que él pudiese alcanzarla; y el deseo de estrecharle la cintura sutil, adornada con la cinta brillante, le producía vértigos.

--¡No la veré nunca más! Caeré muerto apenas cierre el portón,--pensó, cuando llegaron al límite fatal.

Margarita tiró de la cadena, y se volvió alargando la mano al estudiante. Estaba muy pálida.

--Adiós... Te escribiré...--murmuró.

--Adiós,--dijo él, temblando de alegría.

Y el contacto de sus manos hizo, seguramente, explotar algo terrible y grandioso en el aire, porque sintieron el estruendo, el fuego y la luz del rayo mientras se besaban frenéticamente.

NOTAS:

[28] La renombrada _aranciata_ (naranjada) con la cual, probablemente, el sardo primitivo ha querido imitar ó reproducir un panal de miel; pues la _aranciata_ toma su forma, color y gusto.

[29] Las manos quietas.

[30] Hace referencia á estos versos:

«_Le mystère de ces yeux bleus vides, profonds comme les cieux_» (N. del T.)

VIII

En Cagliari Anania cursó el Liceo y dos años de Universidad. Estudiaba leyes.

Aquellos años fueron como un intermedio de su vida; una música dulce y ardiente.

En el tren, mientras atravesaba los paisajes solitarios que el otoño hacía más tristes, sentía una nueva vida. Le parecía ser otro; haber cambiado de ropa, poniéndose un traje nuevo, holgado y cómodo, quitándose el roto y estrecho que llevaba. ¿Le hacía feliz el beso de Margarita, el adiós á todas las cosas pequeñas y mezquinas del pasado, la alegría algo temerosa de la libertad, ó el pensar en el mundo desconocido hacia el cual corría?

Ni lo sabia ni trataba de averiguarlo.

Una embriaguez profunda, compuesta de orgullo y voluptuosidad, le envolvía de un vaporoso perfume, á través del cual vislumbraba horizontes jamás soñados. ¡Cuán bella y fácil era la vida! Sentíase fuerte, guapo, victorioso. Todas las mujeres le amaban, todas las puertas se abrían á su paso.

Durante el viaje de Nuoro á Macomer estuvo siempre sobre la plataforma del vagón, sacudido fuertemente por los desagradables movimientos de aquel tren en miniatura. Poca gente subía y bajaba en las solitarias estaciones, donde las acacias, aburridas por la soledad, parecían esperar el paso del tren para arrojarle nubes de hojas amarillas.

--¡Ea!--decían las acacias al tren,--toma, monstruo antipático; nosotras estamos siempre quietas y tú caminas. ¿Qué más deseas?

--Sí,--pensaba el estudiante,--la vida está en el movimiento.

Y creía sentir la fuerza alegre del agua corriente, cuando hasta entonces su alma había sido un pequeño pantano con sus orillas ahogadas por fétidas plantas. Sí, las solitarias acacias de las inmóviles soledades sardas tenían razón. Sí, moverse, andar, correr vertiginosamente, esto era vivir.

--¿Pero no marcha aún este diablo de tren?--preguntó el estudiante á un empleado, durante una de las interminables paradas.

El empleado, que conocía á Anania como á casi todos los demás viajeros, encendió tranquilamente la pipa y dijo chupando:

--¡Ya llegarás! Si tienes prisa, echa á volar.

--¡Ojalá pudiera!

Anania contempló, sobre un picacho, un _nuraghe_ negro, parecido á un nido de gigantescos pájaros, y deseó encontrarse allí, con Margarita, solos entre las ruinas y los recuerdos, aspirando el silvestre olor del lentisco; solos, sugestionados por las sombras y fantasmas de pasiones épicas. ¡Ah, cuán grande se sentía!

De pronto, las azules montañas de la nativa Barbagia se pierden en el horizonte; por detrás de otros montes violáceos, aún se ve una cresta del Orthobene, destacando sobre un cielo pálido; aún se ve un pedazo, una punta, una piedra... ya no se ve nada. También los montes se ocultan como el sol y la luna, dejando un triste crepúsculo en el alma.

Adiós, adiós. Anania sintióse triste, y para animarse pensó intensamente en el beso de Margarita, cuyo recuerdo no le abandonaba un instante. ¡Ah! Le parecía tener siempre á su lado á la deliciosa criatura. La impresión vivísima de su cara y el contacto eléctrico de su fresca boca, le producían estremecimientos de placer. Viéndola no hubiese sentido la embriaguez que sentía pensando en ella; no sufría al marcharse, porque quedándose en Nuoro no habría sabido vivir lejos de ella.