Chapter 12 of 22 · 3990 words · ~20 min read

Part 12

Era alta, morena, con grandes ojeras. La luz eléctrica daba á su carita, surgiendo del cuello de pieles de un largo abrigo claro, una palidez cadavérica.

Como en Cagliari, la noche en que Rosa y su compañera le habían parado, Anania se estremeció, horrorizado, arrastrando consigo á Daga que contestaba insolentemente á la mujer.

Y cada vez que en las calles ó callejuelas desiertas, en las melancólicas noches veladas levemente por la niebla, encontraba alguna errante fantasma del vicio, sentía frío en el alma.

¿Era _ella_? ¿Podía ser _ella_? ¡Sí, esta vez, sí!... Aquella mujer había hablado en sardo; era sarda... podía ser ella...

Tumbado sobre la cama, después de horas y horas de amargura, de dudas, de opresora melancolía, pensaba:

--Es inútil hacerse ilusiones. No estoy loco, no; no es posible vivir de esta manera; es preciso que yo sepa... ¡Oh, si hubiera muerto! ¡Si hubiera muerto! Es preciso que busque. ¿No he venido á Roma para esto? ¡Mañana! ¡Mañana! Desde el día que llegué repito esta palabra, y llega el mañana y yo no hago nada. ¿Pero qué puedo hacer? ¿Dónde debo acudir? ¿Y si la encuentro?

¡Ah! ¡Esto es lo que le daba miedo! No quería pensar en lo que sucedería _después_...

De pronto se preguntó:--¿Y si pidiera consejo á Daga? Si le dijese: «Bautista, voy á salir, voy á las oficinas de la policía para pedir informes...». ¿Qué me aconsejaría? Á punto de empezar mi misión, tengo necesidad de poner mi confianza en alguien, de pedir consejo y ayuda... de descubrir mi triste secreto. ¡Ah! ¡No puedo más! Hace tantos años que arrastro conmigo tan pesada carga, que ahora quisiera librarme de ella, echarla, como se echa un peso que nos oprime... librarme... respirar... Es preciso que arroje de mi cuerpo este gusano roedor... Me dirán que soy un estúpido, me convencerán de ello, me dirán que lo deje... ¡Y tanto mejor si me convencen!... ¡Qué día más triste! Me parece leer una novela de Dostoyewski, ver una turba de gente gris y hambrienta pasar por el fondo de la alcoba... El cielo se oscurece de cada vez más... ¿Tengo sueño? Es preciso que vaya en seguida. Bautista,--dijo incorporándose, con el codo sobre la almohada.--¿No vas á salir?

--No.

--¿Me prestas el paraguas?

Esperaba que le preguntase adónde iba á ir, pero Daga dijo:

--¿No me harías el favor de comprarte uno?

Anania sentóse en la cama, de cara á la cortina, y dijo lentamente:

--Quiero ir á las oficinas de policía...

Y esperó que una voz fraternal le preguntase su secreto... Ya pensaba, palpitante, el modo de empezar...

Pero á través de la cortina una voz burlona le preguntó:

--¿Vas para que pongan presa á la lluvia?

Anania se rió, mientras el secreto volvía á caer sobre su corazón, más amargo, más pesado que antes. ¡Ah! No una cortina, una muralla inmensa, insuperable, le separaba de la confianza y caridad del prójimo. No debía pedir ni esperar ayuda de nadie; debía bastarse á sí mismo.

Se levantó, se peinó cuidadosamente, y buscó en la cómoda su partida de bautismo. Después abrió la puerta.

--Oye, coge el paraguas. ¿Se puede saber á qué vas?--preguntó el otro, en medio de un enorme bostezo.

No contestó y salió.

Llovía sin interrupción, copiosamente. Bajando la oscura escalera, Anania se detuvo un momento, escuchando el sonoro ruido del agua sobre los cristales de la lumbrera. Le parecía el ruido de una cascada que debía de un momento á otro hacer añicos los cristales, y precipitarse en el hueco de la escalera, ya inundada por el estruendo de la inminente ruina. Una tristeza y un frío de muerte le oprimió el corazón. Salió y paseó á la ventura, durante largo rato, por las calles lavadas por la lluvia. Subió por una callejuela desierta, pasó por bajo un arco negro y misterioso, miró con infinita tristeza las húmedas penumbras de ciertos interiores, de algunas tenduchas, en donde se dibujaban pálidas figuras de mujeres, hombres vulgares, chiquillos sucios; antros donde los carboneros tomaban aspectos diabólicos, donde los cestos de verdura y frutas se pudrían en la fangosa oscuridad, y el herrero, el remendón y la planchadora se consumían en un imaginario lugar de pena, más triste que las cárceles, porque era más melancólico y para toda la vida.

Anania recordó la cabaña de la viuda de Fonni, donde había pasado los primeros años de su infancia; después la casa de su padre, la almazara, el barrio miserable y las melancólicas figuras que en él vivían; y le pareció estar condenado á vivir siempre en lugares de tristeza y entre cuadros de dolor.

Después de largo é inútil vagabundear, volvió á su casa y se puso á escribir á Margarita.

«Estoy mortalmente triste,--escribió;--tengo sobre el alma un peso que me oprime y me mata. Hace muchos años que quería decirte lo que hoy te escribo, en este día lluvioso y melancólico. No sé cómo acogerás la revelación que voy á hacerte; pero cualquiera que sea tu modo de pensar, no olvides, Margarita, que si me decido á hacer lo que pienso, es porque á ello me arrastra una fatalidad inexorable, un deber más amargo que un delito... Tal vez... Pero yo no quiero pensar... yo no quiero inclinarte á esta ó aquella resolución, aunque de ella dependa mi vida ó mi muerte. Y hablando de muerte quiero decir muerte moral; aquella muerte que no mata el cuerpo, pero le condena á una lenta agonía... Pero antes te voy á explicar... ¡No puedo! ¡No puedo! Me parece que en seguida que te habré dicho lo que quiero hacer, me vas á rechazar; y sin embargo mi dolor es tan inmenso que siento la necesidad de arrodillarme á tus pies y esconder el rostro en tu regazo, como un chiquillo que llora, y depositar en ti mi angustia, antes...».

Al llegar á la palabra «antes» se paró y empezó á leer la carta comenzada. Volvió á coger la pluma, pero no pudo continuar, dominado por una repentina frialdad. ¿Quién era Margarita? ¿Y él quién era? ¿Quién era _aquella mujer_? ¿Y la vida, qué era? Y empezaban otra vez las estúpidas preguntas. Contempló durante largo tiempo á través de los cristales, destacándose sobre un fondo amarillento, el gotear de los alambres, y las anillas y bramantes agitados por el viento. Pensó:

--¿Si me suicidara?

Rompió lentamente la carta, primero en largas tiras, después en cuadritos que colocó en columna, y volvió á contemplar estúpidamente los cristales, los alambres y los bramantes que parecían títeres mojados.

Por la tarde cesó la lluvia y los dos estudiantes salieron juntos. Serenábase el cielo. En el aire suave vibraban los rumores de la reanimada ciudad, y el arco iris rodeaba, cual maravilloso marco, el cuadro húmedo del Foro Romano.

El buen tiempo había dado á Daga una alegría despreocupada; y en cambio Anania sentíase más oprimido por sus tristes ideas. Con las manos en los bolsillos, el sombrero ante los ojos, callado, caminaba automáticamente, sin ver nada de lo que pasaba á su alrededor.

Como de costumbre, los dos amigos subieron por la calle Nacional, y Daga se paró á mirar los periódicos ante casa Garroni, mientras Anania seguía andando distraído, al encuentro de una fila de seminaristas vestidos de rojo, hablando una lengua extraña, y tropezó ligeramente con uno de ellos. Entonces pareció despertar de un sueño, echó una maldición en sardo y volvió la cara. Los seminaristas se alejaban; el reflejo de sus hábitos escarlata daba un resplandor sangriento al empedrado mojado, y las aceras parecían iluminadas. Aquellos jóvenes extranjeros iban alegres y sin preocupaciones, vivos y oscilantes como llamas que pasaban iluminando la calle y llenándola con su charla y sus risas. Del mismo modo pasaban por la vida, sin preocupaciones, inconscientes, porque ante ellos no surgía la sombra de ninguna pasión, y no brotaba más llama que la de sus hábitos talares. Anania pensó en ellos casi con envidia, y dijo al compañero que acababa de alcanzarle:

--Cuando chico conocí al hijo de un bandido famoso. El chiquillo estaba lleno de pequeñas pasiones salvajes, y se proponía vengar á su padre. Y después he sabido que se ha hecho fraile. ¿Cómo te lo explicas?

--¡Estará loco!--contestó Daga con indiferencia.

--¡Pues no!--replicó Anania animándose.--Siempre explicamos ó queremos explicar muchos misterios psicológicos, dando el calificativo de loco á quien los realiza.

--Por lo menos es un monomaníaco. Por otra parte, también la locura es un misterio psicológico complicado, un árbol cuya rama más potente es la monomanía.

--Admitido. Pero el individuo en cuestión tenía la monomanía del bandolerismo; podríamos decir monomanía atávica. De modo que, al hacerse fraile, á pesar de ser un hombre casi primitivo, ha querido librarse de su dolencia...

--Muy bien... y ha ido de mal en peor; acabará por enloquecer de veras. Un hombre normal, consciente, dominado por una idea fija cualquiera, debe librarse de ella, secundándola plenamente. Y sino, vamos á ver. El amor. ¿Qué es el amor? Una idea fija, el deseo de estar al lado de una persona determinada. Al lado y... solos. Pues bien, no hay otro remedio para curarse, que estar una temporada al lado... de la idea fija. ¡Espera que voy á ver una cosa!--dijo, parándose ante un mostrador para examinar una cartera.--Es de piel de cocodrilo.

--Tal vez tengas razón,--dijo Anania pensativo.

--Seguramente; es de cocodrilo.

--Hablaba de la idea fija...

--Pensar que aquella cartera vivía en el Nilo...

--¡Qué estúpido eres!--exclamó Anania.--¿Oye, sabes dónde están las oficinas de Policía?--preguntó después.

--¡Yo qué sé! No he tenido nunca relaciones con esta señora,--contestó el otro.--Pero veo que tú...

--¡Ea! Hablo seriamente. ¿Dónde están?

--¿Pero tú crees estar en Nuoro? Hay muchos puestos; sé que hay uno aquí cerca, en San Martín del Monte, porque un día encontré un delegado sardo conocido mío...

--¿Quieres acompañarme?--preguntó Anania, tomando por la calle de Depretis.

Repentinamente se había puesto pálido y las manos le temblaban dentro de los bolsillos.

--¿Pero qué tienes?--preguntó asombrado su compañero.--¿Qué quieres de la policía? ¿Qué te ha pasado? ¿Has cometido algún delito?

--Quiero averiguar... me han encargado que averigüe las señas de una persona... Vamos, vamos.

Apretó el paso, y su compañero le siguió curioso y algo turbado.

--¿Quién es esta persona? ¿Quién te ha dado el encargo? ¿Es paisana tuya? ¿No se puede saber? Habla de una vez...

Pero el otro andaba de prisa y no contestaba.

--Oye, tú,--dijo Daga, al llegar frente á Santa María la Mayor.--¿Por quién me tomas? ¿Por un perrito? Si no abres la boca, te planto y me voy...

--Espérame un momento,--dijo Anania sin pararse,--ya te contaré...

Puesto en curiosidad, Daga esperó, paseando por la escalinata de Santa María. Pasó casi una hora. Poco á poco el estudiante fué olvidando la ocupación misteriosa de su compañero, absorto en la contemplación de la grandiosa escena que se desplegaba ante sus ojos. Del purísimo cielo caía la luz rosada del crepúsculo, y en el inmenso abanico de calles que parten de la plaza del Esquilino, brillaban las grandes perlas amarillas de las lámparas eléctricas. En la plaza aún con luz natural, la gente y los carruajes pasaban como en una platea enorme, ante un escenario único é inmenso.

--...Un hilo invisible impulsa á los hombres como si fueran títeres,--pensaba el estudiante.--¡Helos ahí que pasan, se apresuran, desaparecen! Todos ellos se creen grandes, el eje del mundo, y creen que el mundo existe sólo para ellos. ¡Y cuán pequeños son! ¿Cuántos habrán cometido algún delito, tal vez aquel señor que lleva una chistera tan brillante? ¿Tal vez ha envenenado á alguien? Todos tienen preocupaciones... no, todos no; es mentira que la humanidad sufra; la inmensa mayoría no sufre ni goza. ¡Por ejemplo, toda la gente que va al Pincio! ¿Es posible que aquella gente sienta placer ni dolor? ¿Es Anania Atonzu aquél? Sí, ya viene; también él parece una figurilla de cartón. Tiene el mismo aspecto que Polichinela cuando dice: «¡La suerte está echada!».

Y con olímpica superioridad, el estudiante acogió con una sonrisa, como nunca burlona, el regreso de su compañero.

--¿La suerte está echada?--le preguntó con énfasis, haciendo la acción de echar algo.

--Sí,--contestó Anania, apoyándose indolentemente en la pared.

Durante unos momentos se sumergió en la contemplación de la plaza, donde las luces de los faroles empezaban á vencer la luz del crepúsculo. En el fondo de la calle central, que le produjo la idea de una carretera á través de un bosque, vió el monte Mario, cual lejana muralla proyectándose sobre un cielo rojo; y sin saber por qué recordó la noche que, siendo niño, subió á la falda del Gennargentu y vió un cielo amenazador, todo rojo, donde revoloteaban las almas de los bandidos.

En aquel momento también sentía el misterio revolotear á su alrededor, é infundíale espanto la visión de la ciudad; bosque de piedra atravesado por calles luminosas, por ríos, cuyo oleaje era movido por el palpitar de la humanidad doliente.

III

Sí; como decía Bautista Daga y como se lee en las antiguas historias románticas, la suerte estaba echada. La policía, después de la petición é informaciones de Anania, se ocupó de la busca de Rosalía Derios, y hacia fines de marzo participó al estudiante que en el número tantos de la calle del Seminario, en el último piso, vivía una mujer sarda que alquilaba habitaciones, cuyo pasado y señas coincidían casi en todo con las de Olí.

Esta señora se llamaba, ó se hacía llamar, María Obinu, natural de Nuoro. Vivía en Roma hacía catorce años, y durante los primeros había vivido algo... irregularmente. Desde hacía algún tiempo llevaba muy buena vida,--al menos en apariencia,--alquilar habitaciones amuebladas.

Anania no se conmovió al recibir estas informaciones. No recordaba fijamente la fisonomía de su madre, pero sabía que era alta, con el pelo negro y los ojos claros; y la señora Obinu era alta, con el pelo negro y los ojos claros. Además estaba seguro de que en Nuoro no existía ninguna familia que se llamara Obinu, y que ninguna mujer nuorense viviese en Roma teniendo casa de huéspedes. Evidentemente la señora Obinu ocultaba su verdadero nombre y su país natal...

Sin embargo _presintió_ que la mujer cuyas señas le había dado la policía, no _podía ser_ su madre, y sintió una sensación de libertad. Ya había cumplido con su deber. María Obinu no era ni podía ser Rosalía Derios; ésta no vivía en Roma, toda vez que la policía no conseguía dar con ella. De modo que mientras viviese en Roma, no estaba obligado á proseguir sus investigaciones. Después de días y meses de opresión, por fin pudo respirar tranquilo.

La primavera penetraba hasta en el patio melancólico de la casona de la plaza de la Consolación, en aquel inmenso pozo amarillo exhalando olores de comida y animado por el canto de las criadas y los gorjeos de los canarios prisioneros. El aire era templado y dulce; por el cielo azul pasaban nubecillas y el viento llevaba fragancias de lilas y violetas.

Asomado á la ventana, el estudiante se dejaba llevar de nuevo por una nostalgia lánguida, pero no desesperada. El olor de las violetas, las rosadas nubecillas, la templada primavera, le recordaban la tierra nativa, los vastos horizontes, las nubes que, desde la ventana de su cuartito, veía asomarse ó tramontar entre las encinas del Orthobene. Recordaba después el pinar del monte Urpino, el silencio de la colina cubierta de gamones y lirios color de violeta, el misterio de los senderos vigilados por la mirada pura de las estrellas. Y en el fondo cerúleo de los recuerdos, la querida figura de Margarita surgía y dominaba, con los piececitos sobre el césped de los aplacibles paisajes nativos, esfumándose sus cabellos color de cobre en el fulgor del cielo metálico.

La primavera romana sólo le conmovía por los recuerdos que despertaba en él. Parecíale una primavera artificial con exceso de flores y perfumes, con las puestas de sol demasiado encendidas, casi exageradas. La Plaza de España, adornada como un altar, con la escalinata cubierta de hojas de rosa movidas por el viento; el Pincio, con los árboles llenos de flores violáceas; las calles, perfumadas por las cestas de violetas y peonias que las descaradas floristas paradas en el borde de las aceras ofrecían á los transeúntes, toda aquella ostentación, todo aquel mercado de la primavera, daba al joven la idea de una fiesta insubstancial que á la larga acababa por entristecer y desagradar.

La primavera palpitaba más allá del horizonte; joven, salvaje y pura, correteaba por las _tancas_ cubiertas de hierbas altas y ondeantes; cantaba con las aves palustres á la orilla de solitarios torrentes; jugueteaba con las ovejas salvajes y las liebres saltadoras entre los pamporcinos, bajo las inmensas encinas, consagradas por los viejos pastores de la Barbagia; se dormía á la sombra de las rocas tapizadas de musgo, en las siestas voluptuosas; y alrededor de su cama de helechos, los dorados insectos zumbaban amándose, y las abejas libaban las rosas silvestres extrayendo su amargo jugo, amargo y dulce como el alma sarda.

Anania amaba y vivía aquella primavera lejana; y para gozarla mejor se pasaba largas horas sentado junto á la ventana, estudiando ó contemplando las rosadas nubecillas, ó simplemente el cielo azul, imaginándose ser un prisionero enamorado. Un sueño agradable le velaba el alma, quitándole la fuerza y la voluntad de pensar. Las ideas llegaban y pasaban por su mente,--como la gente pasa por la calle,--y no hacía el más pequeño esfuerzo para sujetarlos; pero le parecía que sus ideas, semejantes á personas melancólicas, pasaban lánguidamente, dejando un rastro de tristeza sobre sus huellas.

Amaba más que nunca la soledad; hasta la presencia del compañero le irritaba, tanto más cuanto que no marchaban muy de acuerdo.

Daga le molestaba; le pedía dinero prestado y no se lo devolvía; se burlaba de él continuamente, y disputaban siempre.

--Vemos la vida desde dos puntos de vista distintos,--decía el campidonense;--mejor dicho, yo la veo, y tú no. Yo soy miope y veo, con el auxilio de poderosos lentes, las cosas y los sucesos humanos claramente, aunque muy pequeños; tú eres miope y no tienes lentes.

Y en efecto, á veces creía Anania tener un velo ante los ojos, y sentía que la desconfianza, el dolor y el temor se infiltraban en su sangre. Hasta su amor por Margarita estaba compuesto, en el fondo, de tristeza y miedo; y la nostalgia, el placer de la soledad, la modorra primaveral, la indiferencia con que veía la vida que palpitaba y zumbaba á su alrededor con un rumor de mar,--de aquella vida potente que había presentido y que no conseguía sujetarle,--todo, era desconfianza, dolor y temor; y él se daba cuenta de ello.

* * * * *

Un día de los últimos de mayo, Anania sorprendió á su compañero en íntimo y tierno coloquio con la mayor de las hijas de la patrona.

--¡Eres una bestia!--le dijo despreciativamente.--¿No haces el amor á la otra hermana? ¿Por qué te burlas de las dos?

Y empezaron á disputar agriamente.

--Perdona, estúpido; son ellas las que vienen á buscarme, ¿las voy á rechazar?--preguntó cínicamente Daga.--Ya que el mundo está perdido, aprovechémonos. Ahora son las mujeres las que seducen á los hombres: y yo sería más estúpido que tú, si no me dejase seducir... hasta cierto punto...

--¡Para un joven de veinte años no está mal!--dijo Anania.--¿Pero por qué será que ciertas cosas no pasan más que á ciertos tipos? Á mí nunca me ha pasado nada parecido.

--Porque á los asnos no puede pasarles lo que les pasa á los hombres. El asno sardo, ¿sabes? aquel asno proverbial, _sardu molente_, lleva siempre vendados los ojos y no tiene más misión que dar vueltas á la muela. Aunque el mundo se venga abajo, él no verá nada, y da vueltas y más vueltas... La muela es su idea fija. Si, por casualidad, algún día un desdichado historiador quisiese narrar la vida de aquel asno, consideraría inútil explicar cómo comía ó dormía el héroe, qué materias estudiaba, si quiso ser abogado, médico, ó farmacéutico, si vivía un la tierra, en el mar, ó en las estrellas; porque todas estas cosas no entraban para nada en la existencia de la bestia eximia, como forman parte de la de los demás mortales.

--Pero podría decir que no fué una bestia inmoral.

--Te podría preguntar qué cosa es la moral, pero de seguro no sabrías contestarme. Te diré, en cambio, que muchas veces la moral ó la moralidad es efecto de la ocasión. Un asno es moralísimo cuando no tiene ocasión de ser lo contrario. ¿Qué culpa tengo yo, si las señoritas de la casa saben que tú estás prometido y creen oportuno concederme á mí, que no lo estoy, sus suaves descargas eléctricas?

--¿Prometido yo?...--exclamó Anania,--¿quién lo ha dicho?

--¡Quien lo sabe! Enamorado de una Margarita, cuya miel, según parece, esta vez se ha hecho para la boca de _un asno_.

--¡Te prohíbo que repitas este nombre!--dijo Anania, acercándose con los puños amenazadores á Daga.--¿Entiendes? ¡te lo prohibo!

--¡Abajo los puños, que me vas á sacar los ojos! Yo me río de ti y de todos los enamorados del mundo.

Temblando de cólera Anania se puso á empaquetar febrilmente sus libros y sus cartas.

--¡Ah!--decía con rabia;--¡me voy en seguida, cuanto antes! ¿De modo que aquí hay gente curiosa, del mismo modo que hay gente aficionada á divertirse? ¡Pues bien, divertirse mucho, sinvergüenzas, asquerosos! Pero yo me marcho en seguida.

--¡Adiós, hombre!--decía Bautista, tumbado sobre la cama.--Acuérdate, por lo menos, que durante los primeros días de tu llegada, si no es por mí, te aplastan como á un escarabajo los tranvías eléctricos, que tú tomabas por bestias feroces...

--Y tú acuérdate...--gritó Anania, molestado sobre todo por la burla y tranquilidad de su compañero.

Pero se avergonzó y no terminó la frase.

--Lo recuerdo muy bien; te debo veintisiete liras. Y me c... en tus veintisiete liras. Mi padre tiene siete _tancas_ una al lado de otra, ¿sabes?...

--¡Y hasta con un río en medio!--dijo el otro, echando un montón de libros sobre la mesa.--Y yo me río de tus _tancas_, de ti, de tu padre...

--Y yo también...

Y así se separaron los dos pequeños superhombres que en el Coliseo se habían creído vivir en la luna, y Anania abandonó la oscura alcoba y la cortina amarilla con el propósito de no volver nunca más.

Apenas salió, con el corazón rebosando hiel, se dirigió automáticamente hacia el Corso, y casi sin darse cuenta se encontró en la calle del Seminario. Un caluroso levante hacía muy pesada la tarde; las cortinas de las tiendas volaban molestando desagradablemente á los escasos transeúntes; por el aire, junto al olor húmedo de la tierra mojada, pasaban perfumes de flores y olores de barnices, drogas y de comida.

Anania sentía vibrar sus nervios como cuerdas metálicas. En la calle del Seminario pasó por entre un grupo de curas y seminaristas, cuyos manteos volaban, y le pareció atravesar un campo lleno de bandadas de cuervos. Recordaba la tarde en que se había peleado con Bustianeddu, y sentía ímpetu de odio contra Daga que representaba la raza de los sardos vanos y cínicos.

En esta situación de ánimo llamó á la puerta de María Obinu.

Una mujer alta y pálida, modestamente vestida de negro, salió á abrir, y Anania sintió repentino estremecimiento, pareciéndole que había visto otras veces aquellos ojos grandes y verdosos.

--¿La señora Obinu?--preguntó.

--Servidora de usted--contestó la mujer con voz gruesa.

--No,--pensó el joven;--no es _ella_; no es su voz.

Entró. La señora Obinu le hizo atravesar un pequeño vestíbulo oscuro y le introdujo en un saloncito gris, triste, casi á oscuras, donde le causaron repentina impresión varios objetos sardos, especialmente una cabeza de ciervo y una piel de oveja colgadas de la pared. Inmediatamente pensó en su salvaje país natal y sintió renacer sus dudas.

--Quisiera una habitación; soy un estudiante sardo,--dijo examinando á la mujer de pies á cabeza.