Part 14
Siguió esperando el regreso de la patrona, y para calmarse algo, trató de analizar la extraña pasión que le dominaba. Y, como tantas otras veces, sintió que su pena mayor provenía, más que de la pasión, del cruel contraste que formaba su _yo_ al desdoblarse. Uno de los dos era un chiquillo fantaseador, apasionado y triste, con el alma enferma. Seguía siendo el mismo que bajaba de los montes nativos soñando en un mundo misterioso; el mismo que en la casa del almazarero había meditado durante largos años la fuga, sin realizarla jamás; el mismo que en Cagliari había llorado creyendo que Marta Rosa pudiera ser su madre. El otro ser, normal é inteligente, criado junto al chiquillo incurable, veía claramente la vanidad de los fantasmas y de los monstruos que atormentaban á su compañero, pero por mucho que luchase y gritase, no conseguía librarle de la obsesión.
Una lucha continua, un contraste cruel agitaba día y noche á los dos seres; y el chiquillo fantaseador é ilógico, víctima y tirano, resultaba siempre vencedor. Quería saber, quería descubrir, quería alcanzar su intento; y sufría, de lo vano de sus investigaciones, igualmente que de la esperanza de llegar á conseguir su propósito. Muchas veces se había preguntado si, libre del amor de Margarita, hubiese sufrido de igual manera. Y siempre había contestado afirmativamente.
María Obinu regresó al anochecer.
--Señora María,--gritó el estudiante abriendo la puerta,--venga en seguida, que tengo que decirle una cosa.
--¿Qué quiere?--preguntó entrando.
Iba vestida de negro, llevaba un sombrero de terciopelo morado, ya descolorido, y respiraba fatigosamente por haber subido la escalera de prisa, de buen color contra la costumbre, la frente reluciente por el sudor.
--¿Qué le pasa?--preguntó malhumorado Anania.
--¿Á mí? ¡Nada!--contestó con extrañeza. Después volvió á su simpática sonrisa de siempre.--¿Pero por qué está á obscuras? ¿Qué tiene que decirme?
--Vaya, vaya á cambiarse de vestido; se lo diré después.
Pareció impresionarse por el acento de malhumor y el entrecejo fruncido del estudiante, tanto más cuanto que aquella mañana le había dicho que se encontraba un poco mal.
--¿No se encuentra bien?--preguntó afectuosamente.--¡Qué calor hace, Dios mío! Se ahogan. Diga, diga qué quiere.
--¡Vaya á desnudarse antes!--repitió Anania, acercándose á la pared para restregar un fósforo.
--¿Pero qué es lo que quiere? Hable...
--Mejor es,--pensó rápidamente Anania, encendiendo el fósforo,--mejor es que la coja de improviso, antes que pueda hablar con aquella tía vieja.
--¿Dónde, dónde estará la vela? Pues oiga, ha venido... ¡al fin!... ha venido... _su diaulu chi t'a fattu_, ¿no te vas á encender? ¡Vaya unas velitas!
Alzó la vista y miró fijamente á la mujer que seguía con ojos tranquilos sus movimientos.
--Ha venido el estudiante sardo Bautista Daga; quisiera una habitación; supongo que podrá tenerla.
--Veremos,--contestó tranquilamente.--¿Para cuándo la quisiera?
Anania empezó á enfadarse.
--Usted le conoce, ¿verdad?
--Yo no.
--La tía Bárbara me ha dicho que le ha visto aquí otras veces...
María Obinu frunció las cejas y entornó los ojos esforzándose en recordar. De pronto echando chispas y con voz irritada dijo:
--Oiga, si es un joven pálido, con la nariz algo torcida, con una cara de malas pasiones... dígale que en mi casa no hay sitio alguno para él...
--¿Por qué? Dígame, cuente; yo no sé nada... de veras... Hemos dormido en una misma alcoba durante seis meses, pero no sé nada de él... de veras... Dígame...
Anania estaba sentado junto á la mesita, é inadvertidamente iba empujando la vela hacia la pared, de la que colgaba un calendario.
--No tengo nada que contarle,--siguió diciendo la mujer:--no tengo que dar cuenta á nadie de mis actos. ¡Déjenme en paz! Vivo de mi trabajo y no pido nada á nadie; y soy mucho más honrada que muchas señoras ante las cuales sus _señorías_ (sonrióse irónicamente) se quitan el sombrero. ¡Ay!--siguió diciendo, suspirando profundamente.--¡La vida es muy larga! ¡También á ustedes, también á ustedes les llegarán días de amarga prueba! ¡Ojalá Dios les libre de ellos! Entonces conocerán el mundo, conocerán la espesa hilera de serpientes que se levanta á los dos lados del camino de la vida; y encontrarán la piedra que les hará tropezar. ¡Y cuántos, señor Anania, cuántos no saben levantarse otra vez, y dan con la frente en la piedra y mueren del golpe! ¡Y son tal vez los más dichosos! ¡Ay! ¡Pero el Señor es misericordioso! ¡Por mi fe de cristiana aseguro que el Señor es misericordioso!...
Se puso una mano sobre su corazón y volvió á suspirar profundamente.
--¡Finge!--pensó Anania.
Y añadió algo irónico:
--_Boste est sapia che i s'abba_[40]. Pero no entiendo nada de sus discursos, palabra de honor. ¿Qué tiene que ver Bautista Daga con todo esto? ¿Qué le ha hecho? ¡Dígamelo!...
--¡Apague, apague pronto la vela!... ¡Mire, que está ardiendo el calendario!... ¿Dónde tiene la cabeza?--gritó María, corriendo hacia la mesa.--¡Virgen María! ¡Usted me va á arruinar!
Rápidamente Anania separó la vela y apagó el fuego.
--¡Qué cabeza! ¿Y si ahora le diera cuatro tirones, no serían bien merecidos?--gritó María, tirando del mechón de pelo que el estudiante llevaba sobre la frente.
--¡Señora María! ¿Qué hace? Déjeme. ¡Caramba, usted no bromea!--exclamó, bajando y sacudiendo la cabeza, mientras un recuerdo repentino relampagueaba en su mente. Sí, hace mucho tiempo, en un lugar muy lejano, en una cocina llena de hollín y guardada por el fúnebre capotón del bandido, Olí, malhumorada por la miseria y las penas, tiraba á veces de las greñas salvajes de un melancólico chiquillo... Y, cosa extraña, en vez de disgustarle, aquel recuerdo le conmovió.
Cogió la mano de María y la miró con mirada loca. ¿Era la misma que le pegaba de chico, la misma que le guió hasta la puerta de la almazara, aquella noche fatal?
--¡Qué cabeza! ¡Qué loco!--continuaba diciendo la mujer.--Si no llego á estar, de seguro que sucede una desgracia. Ahora, déjeme marchar.
El alzó la cabeza y dijo:
--Me parece haber visto su mano otras veces. Otras veces esta mano me tiró de los cabellos, me pegó, me acarició...
--«¿Se vuelve usted loco?--exclamó la mujer, retirando bruscamente la mano y acercándola á la cara.
--Señora María,--prosiguió diciendo, mientras ella se miraba la mano, algo estúpidamente.--¿Cree usted en los espíritus? ¿No? Pues existen, y usted debería creer en ellos. Yo creo. Pues bien, cada noche me aparece un espíritu amigo que me revela muchas cosas. Entre otras, me dice que usted es mi madre.
María se echó á reir con risa forzada, como si ocultara un secreto terror; y el joven comprendió en seguida que había escogido un método muy ingenuo para conseguir conmoverla. ¡Qué estúpido era! ¿Y por qué estúpido? Si de veras hubiese sido su madre, se habría turbado del mismo modo, comprendiendo que él sabía ó sospechaba algo. Y, por el contrario, se reía, si bien algo asustada por la idea de los espíritus, en los cuales creía.
--¡No y no!--pensó él.--Estoy loco, loco de veras.
Ella dijo, como si fuera un eco:
--Está usted loco, loco de veras. ¡Ojalá fuese de veras su madre!
Se oyó la voz de la tía Bárbara que llamaba á la patrona.
--¡Cuánto tiempo me hace perder!--dijo ésta, pronta á salir, mientras Anania se arreglaba el mechón y reía.
--¿Qué debo contestar á Daga?--preguntó mirándose atentamente en el espejo.
--Que si vuelve y estoy en casa, le echaré escaleras abajo. ¿Entiende?
--¿Pues sabes, chiquillo, que me quedo sin entender una palabra de nada?--dijo Anania como si hablara con su imagen reflejada por el espejo.
--¡Señora María, espere un poco!--gritó corriendo hacia la puerta.--¡No se marche sin explicarme!... ¡Qué manera de dejarle á uno! Venga.
Pero ella desaparecía en lo obscuro de la antesala, desabrochándose el cinturón y soplando por el calor y la rabia.
--Venga usted, oiga...--repetía el estudiante agitando el peine que aún tenia en la mano.--Oiga...
Ella no contestó.
--¡Ya entiendo! Le habrá hecho alguna proposición...--pensó Anania, cerrando la puerta.--¡Qué muchacho más endiablado! ¿Y á mí qué me importa? Cada cual tiene sus cosas.
Y volvió frente al espejo.
NOTAS:
[35] En español en el original.
[36] Hada enana de los cuentos sardos.
[37]
_Coro anninnò, anninnò Dego de partire sò E de fagher testamentu..._
[38] ¡Al demonio que te ha hecho!
[39] Aquel muchacho del infierno.
[40] Sabia como el agua.--Muy sabia.
V
El día de la marcha se acercaba.
--Tía Bárbara,--decía el estudiante, mientras la vieja preparaba el café,--¡qué feliz soy! ¡Parece que me salen alas! ¡Dentro de unos cuantos días... adiós! Sí, me parece tener alas. Salto sobre la ventana, hago lissst... y fuera. Me pongo á volar, y ya estoy en Cerdeña.
Y se acercaba á la ventana, haciendo como si saltara sobre el antepecho.
--¡Aaaah!--gritaba la vieja, cómicamente asustada.--¡No se suba á la ventana, _corazón_ mío! ¡Que se va á caer!... ¡Oh, Dios mío!
--Pues déme una tacita de café, sólo una tacita muy chiquitita, sino me pongo á volar. ¡Ay, qué rico está su café! ¿Cómo es que lo sabe hacer tan rico? Sólo mi madre, en Nuoro, lo hace tan bueno como usted.
La vieja, halagada lo indecible, le daba una taza de café, que resultaba muy exquisito por ser el primero que se sacaba de la cafetera.
--¡Dios mío, qué rico está!--decía Anania, abriendo la boca y poniendo los ojos extáticos.--¡Es tan bueno, que me da nostalgia!
--¿Qué es la _nostargia_?
--Un estremecimiento en el corazón, tía Bárbara, aquel estremecimiento que nos da cuando pensamos en el paraíso. ¡Ay, qué rico está el café! ¿Quiere usted venir conmigo? ¡Ea, en marcha! ¡Qué gusto!
La vieja suspiraba exageradamente. ¡Ah, si no fuese por el mareo!
--¿Eres muy rico?--preguntaba al estudiante.
--¡Toma! ¡ya lo creo!
--¿Cuántas _tancas_ tienes?
--Siete ú ocho, no recuerdo.
--¿Tienes colmenas? ¿Y pastores?
--¡De todo, tía Bárbara, de todo!
--¿Entonces por qué has venido á este lugar de perdición? ¿Qué necesidad tienes de estudiar?
--Porque mi novia quiere que me haga doctor.
--¿Y quién es tu novia?
--La hija del barón de _Baronia_.
--¡Ah! ¿Aún viven los barones de Baronia? Yo había oído contar que su castillo estaba lleno de fantasmas. Una vez una mujer que había ido á coger leña, pasó de noche por delante del castillo y vió una dama, con una gran cola de oro, que parecía un cometa. ¿Tú sabes qué es un cometa? ¡Oh, Nuestra Señora del Buen Consejo! Me vas á arruinar... mira que te va á hacer daño tanto café.
--Cuente, cuente, tía Bárbara. ¿Cuando aquella mujer vió á la dama, qué hizo?--insistía el estudiante, echándose otra taza de café.
La tía Bárbara seguía contando. Confundía la leyenda del castillo de Burgos con la del castillo de Galtelli. Mezclaba recuerdos históricos, transmitidos por tradición, con sucesos acaecidos durante su lejana infancia. Entre otras leyendas contaba la de aquel caballero extraviado en una gran llanura, que sólo al caer la tarde, oyendo el tañido de una campana, pudo encontrar un lugar habitado. La alegría del caballero, tan rico como infelizote, fué tal, que prometió dejar todos sus bienes á la iglesia de cuya campana había oído el sonido. Desde entonces, todas las tardes, la campana de la iglesia toca para que los hombres extraviados puedan encontrar el verdadero camino.
--¡Ésta es la leyenda de Santa María la Mayor!--decía Anania.
--¡No, _corazoncito_ mío! Es la iglesia de Illorai! Hasta te puedo decir el nombre del señor extraviado! Se llamaba Don Gonario Arca.--¡Y los _nuraghes_!--proseguía, andando de un lado para otro, en la cocina caliente y húmeda.--¿Aún existen _nuraghes_? ¡Cuántos tesoros ocultos! Cuando los moros iban á la Cerdeña para robar las mujeres y el ganado, los sardos escondían las monedas en los _nuraghes_. Y tú, estúpido, ¿por qué no buscas tesoros en tus _tancas_?
Anania pensaba en su padre, que hacía poco le había escrito rogándole que visitara los museos «donde se conservan las antiguas monedas de oro».
--Una vez,--seguía diciendo tía Bárbara,--una vez fui á recoger espigas junto á un _nuraghe_. Me acuerdo como si fuera hoy. Me dió fiebre, y á la caída de la tarde tuve que tumbarme sobre el rastrojo, esperando que pasase algún carro que me llevara al pueblo. Y de pronto veo una cosa. Detrás del _nuraghe_, el cielo era de color de fuego; parecía una tela color de escarlata. De pronto veo un gigante en el _patiu_[41], que empieza á echar humo por la boca. Y en seguida el cielo se puso obscuro. ¡Nuestra Señora del Buen Consejo, qué miedo! Pero de pronto vi á San Jorge que llevaba la luna llena en la cabeza y en una mano una _leppa_ más limpia que el agua. ¡_Tiffeti taffati_!--terminó diciendo, como si manejara un gran cuchillo de cocina.--San Jorge cortó la cabeza del gigante y el cielo se aclaró.
--Era la fiebre que le hacía ver tantas cosas, tía Bárbara.
--Sería la fiebre, pero yo vi al gigante y á _Santu Jorgi_. Sí, les vi con estos dos ojos,--afirmaba la vieja, poniéndose dos dedos en los ojos.
Después preguntaba si en los días de fiesta solemne, aún corrían los caballos por la falda de la montaña, montados por chiquillos medio desnudos, adornados con cintas de colores. Y si por San Antonio encendían hogueras, y si en medio de las hogueras colocaban palos, llevando en lo alto, rojos racimos de naranjas, granadas y madroños, y de los cuales colgaban ratones muertos.
Anania escuchaba con gusto los sugestivos cuentos y preguntas de la tía Bárbara; y á veces, mientras á dos pasos de distancia zumbaban los tranvías y se oía el amoroso maullido de los gatos entre las columnas del Panteón, se identificaba tanto con los recuerdos de la vieja, que le parecía sólo tener que asomarse á la puerta para encontrarse en un solitario paisaje sardo, en el terraplén de un _nuraghe_, guardado por las almas de los gigantes,--ó en la algazara salvaje de unas carreras en la Barbagia,--acompañado de un viejo pastor filósofo y contemplador, de alma grande como las nubes. En las palabras nostálgicas de la vieja desterrada, sentía el perfume de la tierra nativa, la brisa cargada de esencias salvajes del Orthobene y Gennargentu, y se sentía sardo, profunda y exclusivamente sardo.
--¡Ah, cómo me voy á divertir estas vacaciones!--decía á la vieja.--Voy á ir á todas las fiestas, quiero visitar el lugar donde nací; subiré al Gennargentu, al monte Rasu, al castillo de Burgos. Sí, sobre todo quiero subir al Gennargentu. ¡Vivirán aún fulano y zutano de Fonni! ¿Y los frailes, qué harán? ¿Y Zuanne?
Y de un modo inconsciente, se ponía nostálgico como la tía Bárbara.
--¿Y usted, no va á volver nunca á Cerdeña?--preguntó á María Obinu, un momento que entró en la cocina.
--¿Yo?--contestó ésta algo triste.--¡Jamás! ¡Jamás!
--¿Por qué? ¡Acérquese á la ventana y mire usted qué luna más hermosa! ¿No le gustaría ir en peregrinación á Nuestra Señora de Gonare, con una luna tan espléndida? Subir á caballo, poco á poco, atravesando bosques, bordeando precipicios, subiendo, siempre subiendo, mientras la ermita se dibuja sobre el cielo, arriba, arriba, muy arriba...
María movía la cabeza y hacía con los labios un mohín de indiferencia. La tía Bárbara, al contrario, se estremecía de pies á cabeza y alzaba los ojos, ¡como si buscara la ermita proyectada sobre el claro azul del cielo lunar, arriba, arriba, muy arriba!...
--¡Excepto usted y las personas que le aprecien...--exclamaba María maldiciendo,--y excepto las iglesias y los devotos de Nuestra Señora... que el fuego arrase la Cerdeña antes de que yo vuelva por allá!
--¿Pero por qué?
Tía Bárbara, atenta á la cocina, cerraba los ojos con infinita piedad, no pudiendo protestar contra el odio que el ama sentía por la patria lejana.
--¡Ah, corazón mío!--dijo á Anania, apenas María se hubo marchado.--¡Tiene mucha razón! Allí la asesinaron...
--¡Pero si está tan viva, tía Bárbara!
--¡Ah, tú no sabes! Es mejor asesinar á una persona que traicionarla...
Anania pensaba en su madre, y la duda, la quimera, el ensueño, se apoderaban otra vez de él.
--Tía Bárbara,--decía, acercándose á la vieja.--Usted ha dicho que la engañó un señor... Dígame cómo se llama... trate usted de saberlo. Diga: ¿la señora María tiene cartas escondidas? ¿Dónde las tendrá? Yo podría ayudarla, buscar á aquel señor, conmoverle... También usted saldría ganando.
--¿Para qué conmoverle?
--Para que la ayude...
--Ella no tiene necesidad de ayuda. ¡Tiene dinero! Déjala en paz, porque ella no quiere que se le recuerde su desgracia. ¡Ni una palabra! ¡Me mataría si supiera que hablo de ella contigo!...
--Ella tendrá cartas...--repitió Anania.
Las había buscado inútilmente en el cuarto de María. No poseía documento alguno y, como decía la tía Bárbara, no quería que se hablara de su pasado.
El estudiante se moría de ganas de saber algo antes de marchar. Había momentos en que se estremecía ante la pregunta de siempre: «¿Si María Obinu y Olí fueran la misma persona?». ¿Por qué no trataba de descubrir el misterio? ¿Por qué no volvía á preguntar á la policía, por qué no escribía á Cerdeña, por qué no seguía tirando del hilo que le podía llevar hasta el fin del misterio, y, sobre todo, por qué dejaba correr inútilmente el tiempo, y no arrojaba lejos de sí la inercia vil que le dominaba? Muchas veces se había propuesto preguntar á María, inventar una escena, obligarla á descubrirse; pero desde el coloquio á propósito de Daga, había hablado con ella sólo de cosas indiferentes. Se pasaban días enteros en que ni siquiera la veía y sin que él tratara de hacer algo por verla.
--Y sin embargo, es preciso que yo sepa algo,--pensaba, andando distraído por las calles aún animadas, pero de cada vez con menos gente.--¿Si no es ella, por qué atormentarme? ¿Pero dónde, dónde estará? ¿Qué hace? ¿Está cerca ó lejos? ¿En el ruido de la ciudad, en este rumor que parece la voz de un monstruo de millares de cabezas, van mezclados su respiración, sus gemidos, sus risas? ¿Y si no está aquí, dónde está?
Aquella noche tuvo un ataque de fiebre,--tal vez producido por el filtro malsano, si bien poético, de los largos sueños que casi todas las tardes fantaseaba en el silencio del Coliseo,--y en la calentura creyó ver muchas veces á María inclinada sobre la almohada. ¿Era delirio ó realidad? La luz de la luna y el reflejo de una ventana iluminada, alumbraban vagamente el cuarto del calenturiento. Además de la figura de María, veía un caballero en traje del siglo XVIII con una bandeja, en la cual había una copa de champagne y el amuleto de Olí; y al propio tiempo que veía que la figura del caballero, inmóvil en la penumbra, era irreal, la figura de la mujer le parecía bien real. Quería encender la vela, pero no podía moverse. Creía estar acostado al borde de un abismo, sobre una piedra que, atraída por una fuerza oculta, corría vertiginosamente, seguida por todas las cosas que le rodeaban, hacia un punto al cual no se llegaba nunca.
Después de la primera aparición de María Obinu, pensó:
--Tengo fiebre, bien lo sé, pero no deliro. Era ella. He hecho mal en fingir que dormía. Debía haber fingido el delirio á ver qué hacía. Si por lo menos volviese... ¿Si la sugestionara?... ¡Ven! ¡ven!--empezó á decir, invocándola, hablando en voz queda, esforzándose en imponerle su propia voluntad.--¡Ven, ven, María Obinu! ¡Quiero que vengas!
Pero ella no vino en seguida, y en cambio, la carrera extraña de la piedra, sobre la cual le parecía estar acostado, redoblaba su velocidad. Visiones apocalípticas, nubes monstruosas, surgían, se perseguían, se mezclaban, desaparecían en el fondo del abismo fantástico, hacia donde el alma del enfermo miraba espantada. Entre otras cosas, veía el _nuraghe_ y el San Jorge del sueño febril de la tía Bárbara; pero la luna huía de la cabeza del santo y volaba hacia el cielo. Otras dos lunas, rojas é inmensas, la seguían. Era inminente un cataclismo. Un gentío enorme se apretaba en una playa, azotada por un mar tempestuoso. Las olas eran caballos marinos luchando contra espíritus invisibles. De repente un alarido salió del mar: ¡_La suegra_! ¡_La suegra_! Anania se estremeció horrorizado, abrió los ojos y le pareció tenerlos azules.
--¡Qué estupidez!--pensó.--¿Por qué la fiebre hará ver cosas tan extrañas?
María Obinu volvió á abrir la puerta, avanzó calladamente y se inclinó sobre el calenturiento.
--¡Ahora á fingir bien!--pensó, y empezó á quejarse débilmente. La mujer permaneció inmóvil.
--¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío!--decía el estudiante suspirando fuerte.--¿Quién me pega en la cabeza? ¡Dejadme, no me matéis! La luna ya se marcha. ¿Te acuerdas, mamá? Tú me enseñabas la canción:
Luna lunera, Cascabelera...[42]
¿Por qué no quieres decirme que eres mi mamaíta? ¡Dímelo! Si de todos modos yo lo sé, sé que tú eres mi mamaíta, pero debes decírmelo tú también. ¿Ves aquel caballero, con el amuleto que me diste _aquella_ mañana? ¿Es posible que no te acuerdes de aquella mañana, cuando bajábamos... y los pinzones cantaban entre los húmedos castaños, y las nubes volaban hacia el monte Gonare? ¡Sí, sí que te acuerdas! Dime que sí... no tengas miedo... Yo te quiero mucho. Viviremos siempre juntos. Contesta.
La mujer callaba. El enfermo fué asaltado de un verdadero espasmo de ternura y angustia, y empezó á delirar de veras.
--Madre,... madre mía, habla; no me hagas sufrir de esta manera; ya no puedo más. ¡Si tú supieras cómo sufro! ¿Tú eres Olí, no es verdad? Es inútil que digas que no; tú eres Olí. ¿Qué has hecho hasta ahora? ¿Dónde tienes tus cartas? Ó si no, no hablemos del pasado. ¡Todo ha terminado! Ahora ya no nos separaremos nunca más... ¿Pero te marchas? No, no, ¡por Dios! espera... no te marches...
Se incorporó sobre la cama, con los ojos extraviados, mientras la figura se alejaba lentamente y desaparecía... El caballero con la bandeja seguía allí mismo, inmóvil en la penumbra, y todas las cosas daban vueltas á su alrededor.
La visión volvió más tarde, y volvió á desaparecer. Anania siguió lamentándose, gimiendo infantilmente, seguro de haber visto á su madre. Y conservó esta impresión, dulce y angustiosa, hasta después de desaparecer la fiebre.
Al día siguiente despertóse tarde, y aun cuando tenía el cuerpo como si le hubiesen pegado una paliza, se levantó y salió sin tratar de ver á María.
Durante tres ó cuatro noches la fiebre siguió atormentándolo, pero entre los fantasmas de sus pesadillas no volvió á presentarse la figura de aquella mujer. Esto le dió mucho que pensar. ¿De modo que había sido una aparición real? Y debía tener miedo después de cuanto le había dicho durante la primer noche, y por esto no volvía.
Todos los días, antes de salir y al volver, agotado por la fatiga y tensión nerviosa de los exámenes, siempre algo calenturiento, se proponía descifrar el enigma, pero siempre en vano. Pensaba:
--Ahora la llamaré, la suplicaré, le haré mil preguntas, la amenazaré; le diré que la policía me ha informado de su pasado verdadero, armaré un escándalo. Ella hablará... ¿Y si es _ella_?
Y, como de costumbre, esta hipótesis le entontecía y daba miedo. Á veces pensando en el momento de la revelación, imaginaba una escena dramática entre él y su madre; á veces le parecía que ni una sola fibra de su corazón se conmovía. Pero al verla, pálida y sonriente, con su modesto vestido obscuro, siempre atareada en los cuartos de los huéspedes ó en la cocina, siempre tranquila, inconsciente, casi insensible, sentía helarse la sangre en sus venas.
Un velo caía entre él y la aparición real del fantasma que tanto le atormentaba. En lugar de la escena violenta ó del drama sentimental que tantas veces había imaginado, se desarrollaba entre él y la patrona una conversación insulsa, con la inevitable intervención de la tía Bárbara.
Hasta pocos momentos antes de partir no tomó la solemne resolución de dejar en suspenso, hasta la vuelta, todas las pesquisas y los vanos proyectos. Se encontraba cansado, quebrantadísimo. El calor, los exámenes, la fiebre y tanto preocuparse, le habían agotado.