Part 13
Podía tener treinta y siete ó treinta y ocho años; era pálida y flaca, con la nariz afilada, casi transparente, pero los abundantes cabellos negros, peinados á la sarda, ó sea en trenzas estrechas, sujetadas fuertemente sobre la nuca, le daban un aire gracioso.
--¿Usted es sardo? ¡Cuánto me alegro...!--contestó desenvuelta y con una simpática sonrisa.
--Ahora no tengo ninguna habitación disponible, pero si pudiese esperar, dentro de quince días tendré una que actualmente ocupa una señorita inglesa.
Pidió permiso para ver la habitación, en donde reinaba un desorden indescriptible. La cama estaba en medio del cuarto entre dos montones de libros viejos y objetos antiguos. Dentro una bañera de goma plegable, que servía para el baño de la miss, exhalaban sus perfumes un haz de mimosas. Desde la ventana se descubría un melancólico jardincito, donde no penetraba jamás el sol. Sobre el antepecho estaba abierto un libro de versos: «Madre» de Juan Cena, y Anania se impresionó vivamente al verlo. Decidió tomar la habitación, y al pasar por el vestíbulo y ver una ancha otomana, dijo:
--Tengo necesidad de marchar en seguida de la casa donde vivo. Podría dormir aquí hasta que se marche la miss; me acuesto tarde y me levanto temprano...
--Mire que la antesala es de paso...--dijo la mujer.
--Ya lo veo; por esto es antesala. Pero si usted quiere, yo me doy por satisfecho...--insistió Anania.
--La miss se retira pronto, pero los otros dos huéspedes se retiran tarde.
--No me importa. ¡Por unas cuantas noches!
Volvieron á la salita, y Anania se puso á mirar la cabeza del ciervo.
--¿Y si fuese _ella_?--pensaba. Y se extrañaba de su tranquilidad y creía que no se habría conmovido si María Obinu le hubiese revelado, en aquel mismo momento, que era _ella_. Y en realidad una misteriosa turbación le agitaba impulsándole á examinar aquella mujer y el ambiente donde ella vivía.
--Esto es sardo,--dijo tocando la piel amarilla de la oveja salvaje.--¿Por qué no la emplea como alfombra?
--Es un recuerdo de mi padre que era cazador,--respondió la mujer, sonriendo bondadosamente.
--Miente,--pensó Anania.
Después preguntó, mirando atentamente, de una parte y otra, la cabeza del ciervo:
--¿Usted es de Nuoro?
--Sí, pero nací allí por casualidad, estando mis padres de paso.
--También yo nací, por casualidad, en un pueblecito, en Fonni,--dijo fingiendo aire distraído, tocando los cuernos del ciervo.--Sí, nací en Fonni; me llamo Anania Atonzu Derios.
Apenas hubo pronunciado su nombre se volvió y miró á la mujer. Ésta no pestañeó siquiera.
--¡No, no es _ella_!--pensó, y se sintió feliz, segurísimo de que no era su madre. Pero la misma tarde, después que hubo hecho trasladar á la nueva habitación sus libros y su equipaje, María le dijo:
--Durante estos quince días le cederé mi cuarto.
Fueron vanas las protestas. Ella colocó los libros y el equipaje en su alcoba y obligó á Anania á ocuparla, y éste sintió una impresión de sorpresa y dulzura entrando en aquella habitación larga y estrecha, que parecía la celda de una monja, y cuya camita blanca, oliendo á espliego, recordaba los sencillos camastros de las patriarcales familias sardas. Lo mismo que en las alcobas de su país, María Obinu había colgado de las paredes grises una serie de cuadritos é imágenes sagradas: tres cirios, tres crucifijos, un ramo de olivo y un enorme rosario de confites[34]; además, dos racimos de medallas benditas, colgaban á la cabecera de la cama. En una esquina ardía una lamparita ante una estampa donde las benditas almas del Purgatorio, pintadas de azul, rogaban entre llamas ensangrentadas.
¡Qué diferencia entre el cuarto de la miss y el de María Obinu! Cuatro ó cinco siglos los separaban.
Anania fué asaltado otra vez por las dudas.
¿Por qué le cedía el cuarto? ¡Se mostraba demasiado cuidadosa y cariñosa con él!
Mientras arreglaba el equipaje, María llamó á la puerta y, sin entrar, preguntó si deseaba que apagase la lamparita de las Ánimas Benditas.
--No,--contestó en voz alta,--pase, pase, que quiero enseñarle una cosa.
Ella entró, pálida, simpática, risueña; parecía conocer desde siempre al nuevo huésped, y tenerle mucho cariño.
Él tenía entre las manos un objeto extraño, un saquito de tela sudado, unido á una cadenita ennegrecida por el tiempo. Y colgándose el amuleto al cuello, dijo:
--Mire, también yo soy devoto. Ésta es la _rizetta_ de San Juan, que aleja las tentaciones.
La mujer miraba. De pronto dejó de sonreir, y Anania sintió el corazón palpitarle fuerte.
--¿Usted no cree en estas cosas?--le dijo severamente.--Pues por lo menos no se burle de ellas. Son cosas sagradas.
* * * * *
Aquella noche, acostado en la camita que olía á espliego, Anania pensó, largamente, en el secreto que llevaba en el alma.
...¿Y si María Obinu fuera Olí? ¿Si fuera Olí? ¡Tan próxima y tan lejana! ¿Qué hilo misterioso le había conducido hasta ella, hasta la almohada, donde debía llorar continuamente, ó por lo menos recordar al hijo abandonado? ¡Qué extraña es la vida! Un alambre, sí, un alambre del cual colgaban los hombres, bailando como títeres, como trocitos de bramante agitados por el viento.
¿Era ella de veras? ¿de veras? De modo que había llegado á su destino, impulsado por una fuerza de voluntad latente que había sugestionado... ¿Á quién? ¿Qué? ¿Pero estaba loco? ¡Cuánta tontería, cuánta tontería! No, no era _ella_, ¡no podía ser _ella_! ¿Y si lo fuera? ¡Tan lejana! ¿Sabría ella que estaba junto á su hijo, mientras él se agitaba entre dudas? ¿Por qué no se daba á conocer? ¿Qué temía? ¿Qué esperaba? ¿Habría reconocido el amuleto?
No, no podía ser ella. Una madre no puede fingir, no puede callar al volver á encontrar á su hijo. Era absurdo. ¡Tonterías, ideas convencionales! Una mujer sabe dominar hasta las más terribles emociones. _Ella_ debía tener miedo; ¡había abandonado á su hijo! Tanto peor; debía, por lo mismo, venderse, gritar, llorar. Una madre es siempre madre; no es lo mismo que una mujer cualquiera. Y además, ¿podía Olí, mujer tosca, simple hija de la naturaleza, haberse asimilado la perfidia de las grandes ciudades, hasta el extremo de fingir, como una comedianta, de saberse dominar de aquel modo? Imposible. Era absurdo. María Obinu, era María Obinu. Mujer simpática, sencilla é inconsciente, que había tenido la suerte, más que la fuerza, de arrepentirse, y que suplía el arrepentimiento, tal vez no sentido, con la ingenua ostentación de un sentimiento religioso muy discutible. No, no podía ser _ella_.
--Me informaré mejor; haré que me cuente su vida...--pensaba.--Pero no es ella. Soy un estúpido sólo al pensarlo. No, no es ella,--insistía consigo mismo.--Te digo que no es ella, imbécil, estúpido, torpe.
Y entretanto recordaba la primera noche pasada en Nuoro y el beso furtivo que su padre había depositado sobre su frente. Y de un momento á otro esperaba puerilmente que se abriera la puerta, y que una sombra deslizándose á la luz oscilante de la lamparilla repitiese aquel beso misterioso...
--Y entonces... ¿qué haría yo?--se preguntaba temblando.--Fingiría dormir... ¡Pero qué estúpido soy, Dios mío!
Los rumores de la calle y de la vecina plaza del Panteón disminuían, debilitándose, alejándose, como si se retiraran, cansados, á un lugar de descanso. Anania oyó entrar los trasnochadores huéspedes; después todo calló, en la casa, en la calle, en la ciudad. ¡Y él seguía despierto! ¡Ah! ¿Tal vez aquella lamparilla?... ¡Qué fastidio!... Voy á apagarla...
Pensó largamente en ello, y por fin se decidió. Levantóse. Un rumor, un roce de faldas... ¿Se abre la puerta? ¡Oh, Dios mío! Se echó rápidamente en la cama, cerró los ojos y esperó. El corazón y las sienes le palpitaban febrilmente.
Pero la puerta siguió cerrada, y él se calmó, riéndose de sí mismo. Pero no apagó la lamparilla.
NOTAS:
[34] En Cerdeña, como en ciertas regiones de España, hay la costumbre de engarzar confites ó dulces en forma de rosario.--(N. del T.)
IV
«Roma, 1.º de junio.
«_Margarita mía_: Acabo de recibir tu carta y contesto en seguida. Estoy algo atolondrado. Durante estos días he cogido por lo menos veinte veces la pluma para escribirte, sin conseguirlo. Y sin embargo tengo muchas cosas que decirte. He cambiado de casa. El otro día me disgusté con Bautista Daga, porque le sorprendí en tierno coloquio con la mayor de las hijas de la patrona, cuando me consta que tiene relaciones íntimas con la menor. Me dió asco, y cambié en seguida de casa. Además, estaba muy lejos de la Universidad. Debía hacer casi un viaje para ir, cosa que me fastidiaba bastante, con el calor excesivo que empieza á sentirse.
«Con Daga hice las paces al día siguiente. Tropecé con él cerca de la casa donde vivo; probablemente venía á buscarme, aun cuando dijo que no. Yo estoy ahora muy bien. La nueva patrona, una señora sarda que, según dice, ha nacido en Nuoro, es muy buena, muy simpática y muy devota. Tiene conmigo cuidados casi maternales, tanto, que me ha cedido su alcoba mientras se marcha una hermosísima señorita inglesa, cuya habitación debo ocupar.
«Esta miss se te parece de un modo extraordinario, pero te suplico que no tengas celos: primero, porque estoy locamente enamorado de una señorita nuorense; segundo, porque la miss debe marchar dentro de ocho días; tercero, porque es loca de atar; cuarto, porque está prometida, y quinto, porque estoy bajo la salvaguardia de todas las santas y santos del cielo, colgados de la pared de mi alcoba, y hasta de las Benditas Ánimas del Purgatorio, iluminadas día y noche por una _mariposa_[35], que, no sé por qué, también me parece un alma en pena. (¡Ya empiezo á escribir lo que tú llamas tonterías!).
«No, espera; antes te quiero decir que en casa de la nueva patrona viven otros extranjeros que sólo están de paso: un empleado del ministerio de la Guerra, un sastre piamontés, elegantísimo y muy instruido, y un viajante francés capaz de soltar ochenta mentiras en cinco minutos. Me recuerda al muy ilustre señor Francisco Carchide, de Nuoro, tu desgraciado pretendiente.
«Ayer tarde, por ejemplo, mientras la miss y el sastre discutían en inglés si los boers tienen derecho ó no á ser un pueblo libre, Mr. Pilbert me contaba, medio en francés y medio en latín, como _fece_ salir los cabellos de uno de sus chiquillos por medio de la sugestión; en una hora crecieron un centímetro, después cesaron de crecer durante varios días, y, por último, empezaron á _se développer naturellement_.
«La señora Obinu,--así se llama la patrona,--tiene de cocinera una vieja sarda, que hace treinta años vive en Roma y aún no ha conseguido aprender el italiano. ¡Pobre vieja tía Bárbara! La sacó de Cerdeña, casi á la fuerza, el amo á quien servía, un capitán _de los dragones_ (como ella dice) de un carácter muy violento y que le daba mucho miedo. Me da mucha lástima esta viejecita, negrucha y pequeña como una _jana_[36], que conserva cuidadosamente guardado su traje del país, y lleva un ridículo vestido comprado en el _Campo di Fiori_ y un sombrerito que debió pertenecer á la primera mujer de Napoleón. Á menudo me meto en la cocina oscura y caliente, para hablar en dialecto con la tía Bárbara, que llora y me pide noticias de la gente de su país, y sueña continuamente en regresar á Cerdeña, aun cuando tiene un miedo horrible al mar, que cree siempre en pleno temporal, como la única vez que lo ha pasado. No se forma idea alguna del lugar donde vive. Para ella Roma es _un lugar donde todas las cosas son caras_ y un sitio peligroso donde se puede morir de un momento á otro, atropellado por un coche. Me dice que los tranvías, de los cuales tiene mucho miedo, le parecen ciervos (y no ha visto nunca un ciervo vivo); y que no oye nunca misa en el Panteón, porque en aquella iglesia redonda, con un agujero en la bóveda, como un horno sardo, le dan ganas de reirse. Me preguntó si hacíamos el pan en casa; le dije que sí, y se echó á llorar, recordando las bromas y los juegos de los días en que cocían el pan en su casita paterna. Quiso saber si aún existen pastores y si éstos comen sentados en el suelo, á la sombra de los árboles. ¡Cómo suspiraba recordando un _banquete_ de Pascua, celebrado en un redil, en el cual, hace cuarenta años, había tomado parte. La tía Bárbara no puede sufrir á la miss, y ésta, á su vez, considera á la vieja como una salvaje primitiva. Á veces la pobre canta en dialecto logodorense, y entre otras canciones, una nenia fúnebre también popular en Nuoro: ¿sabes? aquélla que dice:
Corazón, nana, nanita. Estoy dispuesto á marchar Y pronto á hacer testamento...[37]
«Á la noche, ama y criada rezan el rosario en dialecto, y yo me entretengo en contestar desde mi cuarto, haciendo rabiar á la tía Bárbara, que interrumpe sus rezos para insultarme.
«--_Su diaulu chi ti ha fattu_...[38].
«--¡Tía Bárbara!--dice entonces la patrona, enfadándose á su vez.--¿Pero está usted loca?
«--¡Pues que se calle _cusso pizzinnu de s'inferru_![39].
«Basta ya, Margarita mía, querida Margarita de mi vida; ahora hablemos de nosotros. Por aquí hace ya mucho calor; pero al anochecer, generalmente, refresca. De día estudio sin descanso: estudio de veras... porque es mi deber y también mi placer. Asisto á la Universidad y frecuento las Bibliotecas como ninguno de mis compañeros, y por esto mismo los profesores me aprecian. Al anochecer salgo á pasear por la orilla del Tíber y me paso horas y más horas mirando el agua corriente, haciéndome preguntas completamente inútiles; como, por ejemplo: «¿Qué es el agua?». No es verdad que el Tíber sea rubio; no, á veces tiene un color amarillo térreo, más á menudo verdoso, alguna vez como amoratado, y también azul de cuando en cuando. Ciertas noches tranquilas el río es lechoso, refleja las luces, los puentes y la luna, como un mármol bien pulimentado. Comparo el curso continuo del agua al amor que tú me inspiras; como él es mi amor, continuo, silencioso, avasallador, inagotable. ¿Por qué, por qué no estás tú aquí, conmigo, Margarita mía? Todas las cosas me parecen más bellas y más profundas cuando las miro pensando en ti. ¡Cuán luminosas é intensas me parecerían, si pudiera verlas reflejadas en tus adorados ojos! ¿Cuándo, cuándo se podrá realizar el ansioso y encantador ensueño de nuestras almas? En ciertos momentos me parece imposible que pueda vivir tanto tiempo separado de ti, y una angustia inexplicable hace palpitar mi corazón: después me estremezco de alegría pensando que dentro de dos meses nos veremos.
«Margarita mía, adorada, yo no sé expresarte todo lo que siento, y me parece que ninguna palabra humana podría conseguirlo. Siento un fuego continuo que me consume y devora, y una sed inextinguible que sólo una fuente puede apagar. Tú eres la fuente en donde apagaré mi sed, tú el jardín entre cuyas flores se deleitará mi alma ardiente, ansiosa de amores é ideales. Estoy solo, solo en el mundo, Margarita mía adorada; tú eres, para mí, todo el mundo, y cuando me pierdo entre la muchedumbre, en un mar inmenso de gente desconocida, basta que piense en ti para que mi alma vibre de amor hacia todos los seres que me rodean, y sienta palpitar el alma de la multitud, como un mar sonoro.
«Á veces, cuando recibo tus cartas, siento una felicidad tan grande que llega hasta el delirio; me parece haber subido á la cúspide de una montaña maravillosa, y que sólo deba alargar la mano para alcanzar las estrellas... Es demasiada dicha... demasiada... casi me da miedo; miedo de caer en el abismo, miedo de ser reducido á cenizas por el contacto sobrehumano de los astros vecinos. ¿Qué sería de mí si tú llegases á faltarme? ¡Ah! Tú no sabes, tú no puedes comprender la tontería que escribes, cuando escribes que tienes celos de las mujeres hermosas é instruidas que puedo encontrar en Roma. Ninguna mujer puede ser, puede representar, para mí, lo que tú eres y representas. Eres tú la vida, el pasado, la raza, el ensueño; eres la esencia misteriosa que llena hasta los bordes la vacía copa de la vida. Sí; yo me figuro la vida como una copa que debemos tener continuamente junto á los labios. Para muchos está vacía, y ansiando beber lo que no existe, mueren lentamente por falta de alimento, mejor dicho, de bebida espiritual. En cambio, para otros,--y afortunadamente yo me cuento en su número,--la copa contiene una ambrosía más ó menos divina...».
* * * * *
«He interrumpido la carta porque Bautista ha venido á verme. Tiene miedo de comprometerse con las hijas de la patrona que quieren seducirle á toda costa, y desea venir á vivir conmigo. Veremos. Hablaré con la patrona apenas vuelva. No le guardo rencor, porque, después de todo, como dice mi amigo Mr. Pilbert, la ofensa es una cosa insubsistente. Si uno, por ejemplo, me llama ladrón, ¿qué daño puede causarme el sonido producido por las palabras que mi ofensor ha pronunciado?
--»¿Y los palos, Mr. Pilbert?--le pregunté».
* * * * *
«Vuelvo á coger la pluma, aturdido por una confidencia íntima que acaba de hacerme la tía Bárbara. La viejecita entró en el cuarto con el pretexto de cambiar el agua y me dijo que conocía á Bautista Daga por haber venido algunas veces á visitar á la patrona.
«Una duda me asaltó, porque no sé si te he dicho que el pasado de la patrona no es del todo inmaculado. Miré á la tía Bárbara, pero ella apretó los labios y dijo que no con la cabeza, con aire de misterio. Me marcó con preguntas acerca de Bautista, á las cuales contesté pacientemente. Después le interrogué á mi vez, y prometiéndole ir estas vacaciones á su país para informarla minuciosamente de todo lo que ha pasado desde treinta años á esta parte, conseguí que me contara que María Obinu dejó en Cerdeña varios hijos, uno de los cuales fué adoptado por un rico propietario campidonense.
«Y la tía Bárbara sospecha que Bautista Daga es hijo de María Obinu...».
* * * * *
Anania interrumpió de nuevo la carta, cuya última hoja había escrito casi automáticamente, bajo el impulso de una turbación repentina. Leyó y releyó las últimas líneas. Una pequeña hormiga negra pasó por encima de la hoja y la miró con ojos llenos de profundo asombro. ¿Qué cosa era aquel pequeño ser llamado «hormiga»? ¿Y por qué existía? ¿Debía aplastarla con un dedo? ¿Ó no debía aplastarla? ¿Existía el libre albedrío?
En aquella época, si bien asistía á la clase de Ferri, aún creía en el libre albedrío, y á menudo cometía pequeñas faltas, para probarse á sí mismo que _quería_ cometerlas. Pero esta vez dejó pasar la hormiga, que desapareció tranquilamente por debajo de un libro, ignorando el terrible peligro que acababa de correr. Como otras veces, rasgó la última parte de su carta. Apoyó la frente entre las manos y se puso á leer las primeras hojas, y á medida que leía, sentía una oleada de amargura inundarle el corazón.
--Sí,--pensó,--vivo demasiado cerca de las estrellas... y no veo el abismo en donde inevitablemente caeré... ¡No, no, no!--dijo después entre dientes, desesperadamente, sacudiendo la cabeza, con los puños apretados contra las sienes.--¿Por qué me obstino? Tal vez es mi madre... y Bautista Daga viene á buscarla... ¿Por qué no me habló nunca de ella? ¿Y por qué debía hacerlo? Nunca me contaba nada referente á sus aventuras. Y él... él viene aquí... ¿para qué?... ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío!... ¡Yo... yo soy el hijo de María Obinu! Ella debe saber toda mi vida. Ha contado á su manera á la vieja _jana_, que he sido adoptado por un rico propietario... ¿Ha dejado en Cerdeña otros hijos? No, no es verdad; porque ella partió en seguida que me hubo abandonado. Lo contará así para despistar... para... ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío!
Sollozaba sin derramar lágrimas, balbuceando palabras sin sentido y sacudiendo locamente la cabeza; pero de pronto se levantó de un salto, pálido, rígido, con los ojos vítreos.
--Es preciso acabar,--pensó,--es preciso que salga de dudas. ¿Á qué vienen esta lamparilla, estos cuadritos, tanto rezar? Pues á _esto_ precisamente. Pero yo te sabré desenmascarar, alma extraviada. Sí, yo te mataré, te aplastaré; sí, yo, porque eres mi desgracia, y la desgracia de mi querida, de mi adorada Margarita... ¡Pobre Margarita mía!
Dejó caer su puño cerrado sobre la carta, mientras sus ojos relampagueaban de odio; y, tembloroso, se desplomó sobre la silla, dando con la frente sobre la mesa. ¡Ojalá se hubiese abierto la cabeza!... No pensar en nada, olvidar, desaparecer...
Sintióse vil, parecióle ser viscoso y negro como un cuerpo amasado con fango; carne de la carne prostituida de su madre, y como ella, delincuente, miserable, abyecto. Tumultuosos recuerdos pasaron por su mente; recordó los generosos propósitos tantas veces acariciados de _buscarla_ y _redimirla_, la piedad infinita por la inconsciencia y la irresponsabilidad de _ella_, el orgullo que experimentaba al sentir tanta piedad, tan inmensa sed de sacrificio...
¡Todo mentira! Bastaba un vago indicio, dado por una vieja chocha, para despertar en su alma una tempestad de fango, la idea de un delito.
--¡La mataré! Y al pronunciar aquellas palabras comprendía que acababa de cometer el delito, aunque sólo pensaba vagamente en él.
Pensó en la paz que gozaba desde que vivía cerca de María Obinu, y alzó la frente, herido por una nueva impresión. Durante aquella semana, pasada en la casa, en la alcoba monacal de María, había creído siempre, en el fondo de su conciencia, que era su madre; y la comprobación de su vida honrada y su redención le habían hecho feliz. Y así como al principio había rechazado la idea de que María fuese _su madre_, después había esta idea arraigado fuertemente en él. Su horizonte se aclaraba; su pensamiento, libre de un peso que antes le aplastaba y le clavaba en el suelo, podía, por fin, volar hasta las estrellas.
Y toda vez que _ella_, por castigarse, por miedo, ó por amor de independencia, renunciaba á su hijo, él era feliz pudiendo renunciar á ella, cuya existencia estaba asegurada, cuya vida estaba purificada. Ya que no podía hacerle ningún bien, no quería hacerle ningún mal, mezclándose en su vida. Ya no debía buscar más. Su _misión_ no podía cumplirse, el terrible problema se había resuelto: después de tanto y tan largo sufrimiento, podía seguir tranquilamente su camino hacia la felicidad. Había cumplido su deber con sólo el deseo de cumplirlo; y este deber ideal le había costado tanto, le parecía tan heroico y tan grande, que le llenaba el alma de orgullo. Las estrellas ya estaban cercanas. Pero de pronto, de repente, el abismo se abría otra vez. Todo era mentira, dentro y fuera de él, todo ilusión, todo sueños en «aquella cosa extraña» que llamaban vida. ¡Hasta las estrellas eran mentira é ilusión!
--¿Y si la ilusión fuese lo que ahora pienso?--se preguntó.--¿Si yo me engañase? ¿Si María Obinu no fuese _ella_? ¿Y qué? Si no es _ella_, será otra,--terminó diciendo desesperado.--_Ella_, próxima ó lejana, existe y me llama, y yo debo volver sobre mis pasos, volver á empezar, y encontrarla viva ó muerta. ¡Oh, si hubiese muerto!