Part 15
--Descansaré,--pensaba, al preparar rápidamente su equipaje, y recordando, algo irónicamente, los largos preparativos de la primera vez que salió de Nuoro.--¡Cómo voy á dormir estas vacaciones! Tengo necesidad de dormir, olvidar, descansar, restablecerme. No quiero ponerme neurasténico. Subiré á las montañas nativas, al Gennargentu, virgen y salvaje. ¡Cuánto tiempo hace que sueño con esta excursión! Visitaré á la viuda del bandido, á Zuanne, al hijo del cerero. ¿Y el patio del convento?... ¿Y aquel carabinero que cantaba
para ti este rosario?
El pensamiento de ver dentro de poco á Margarita, de poderla besar y sumergirse en su fresco amor como en un baño perfumado, le producía una dicha tan intensa que le hacía estremecer. Trataba de huir de aquella placidez devoradora; pero, alejada de la mente, le corría por sus venas, vibraba en sus nervios, y llenaba su corazón hasta producirle una sensación dolorosa.
Momentos antes de marchar, la tía Bárbara le dió un pequeño cirio para que lo llevara á la Basílica de los Mártires de Fonni, y María una medalla bendecida por el Pontífice.
--Si usted no la quiere, descreído, llévela á su madre,--dijo sonriendo, algo conmovida.--Adiós. Que tenga buen viaje y vuelva pronto. Ya sabe que el cuarto estará siempre á su disposición. Que le vaya bien, y escríbame.
--Adiós,--contestó Anania, tomando la medalla;--ruegue por mí á las Benditas Ánimas del Purgatorio.
--Pierda usted cuidado,--dijo ella, amenazándole con un dedo.--Le protegerán contra las tentaciones.
--Amén. ¡Hasta la vuelta!
--¡Hasta la vuelta!--gritó desde abajo de la escalera, mientras María, inclinada sobre el pasamanos, le saludaba aún.
Al llegar á la calle pensó en volver atrás para ver si lloraba. Se paró un momento. Después prosiguió hacia la plaza, seguido por la tía Bárbara, que iba llorando.
--¡Hijito de mi corazón!--decía la vieja,--saluda en mi nombre á la primera persona que encuentres en tierra sarda. Buen viaje y acuérdate de llevar el cirio.
Le acompañó hasta el tranvía, á pesar del miedo que le producía, y le besó en la mejilla, llorando amargamente. Anania recordó el beso de Nanna, la borracha, antes de marchar de Nuoro; pero esta vez se conmovió y abrazó á la tía Bárbara, pidiéndole perdón por si alguna vez la había hecho enfadar.
Después todo desapareció: la vieja que, al despedir al joven, lloraba su destierro de la patria querida; la calle melancólica donde se alzaba la casa en que vivía María; la plaza entonces desierta y sofocante; el Panteón triste como una tumba ciclópea; los gatitos adormilados entre las grandes ruinas..., y Anania, con la cara refrescada por un soplo de viento, se sintió feliz, como si acabara de librarse de una pesadilla.
NOTAS:
[41] Una especie de terraplén que rodea casi todos los _nuraghes_.
[42] En el original:
_Luna luna, Porzedda luna._
VI
Antes de bajar á cenar, Anania se asomó á la ventanita de su cuarto y quedó sorprendido del profundo silencio que reinaba en el patio, en el barrio, en el pueblo, por todas partes, cerca y lejos, hasta el horizonte. Le hizo el efecto de haberse vuelto sordo, y sintió una triste opresión. Pero la voz de la tía Tatana resonó en el patio, bajo del saúco.
--Nania, hijo mío, baja.
Bajó, y al llegar á la cocina sentóse ante una mesita preparada sólo para él. Sus «padres», según costumbre, comían sentados en el suelo ante una cesta llena de comida y de una gran hogaza.
Nada había cambiado. La cocina la misma de siempre, pobre y oscura, pero limpia; con el hogar en el centro, las paredes adornadas de cacerolas y cuchillos de cocina, grandes cestas, cribas, cedazos y otros utensilios para cerner la harina; en una esquina había dos sacos llenos hasta los bordes de cebada; cerca de la puerta abierta de par en par estaba colgada la _tasca_ (bolsa) de cuero para llevar la semilla y la comida del labrador.
Un lechón gruñía débilmente y daba tirones á la cuerda que le sujetaba al saúco del patio.
Un gatito rojizo se acercó tranquilamente á la mesita y empezó á bostezar, alzando sus ojazos amarillos hacia Anania que miraba por todas partes con cara de asombro. No, nada había cambiado; y sin embargo, sentía la impresión de encontrarse por vez primera en aquel ambiente, con aquel labrador de ojos aún brillantes y de largos cabellos grasientos, y con aquella viejecita graciosa, gorda y blanca como una paloma.
--¡Por fin estamos solos!--dijo Anania _grande_, que comía la ensalada cogiéndola sencillamente entre dos pedazos de hogaza.--¡Ya verás, cómo no te van á dejar en paz! Atonzu por aquí, Atonzu por allá. Sí, ahora eres un hombre importante, porque has estado en Roma. Hasta yo cuando regresé del servicio...
--¡Vaya unas comparanzas!--protestó algo indignada la tía Tatana.
--¡Y qué, déjame acabar! Me acuerdo que encontraba alguna dificultad en hablar en dialecto. ¡Me parecía estar en un mundo nuevo!
El estudiante miró á su padre y sonrióse.
--¡Lo mismo me pasa á mí!--dijo.
--¡Tú, tú menos mal! Yo tuve que acostumbrarme de nuevo; pero tú, antes de tres días estás harto de este pueblucho... y... y...
La anciana le miró frunciendo las cejas, y cambió rápidamente de conversación.
--¡Y qué grande es aquella endiablada Roma! ¿verdad? Dame el vaso, viejecita mía. ¡Vaya una cara que pones! ¿Porque tenemos en casa un hombre de tanta importancia?
Pero Anania había olido algo y dijo gravemente:
--¿Qué pasa? Diga, diga, ¿qué dicen de mí?
--¡Nada, nada! Déjales ladrar...--contestó la tía Tatana.
El joven se turbó; creyó durante un instante que en Nuoro sabían algo de María Obinu. Dejó el tenedor en el plato y declaró que no seguiría comiendo si no hablaban...
--¡Qué impetuoso eres! ¡No has cambiado!--observó la anciana.--Decía el rey Salomón que el hombre impetuoso era igual al viento...
--¡Aún dura el rey Salomón! ¡Creía que ya se había olvidado de él!--dijo el joven con voz burlona.
Tía Tatana se calló, ofendida; el marido la miró, después miró á Anania y quiso reprenderle.
--El rey Salomón decía siempre verdades.--Después añadió rápidamente:--Pues dicen en Nuoro que tienes amores con Margarita Carboni.
Anania se ruborizó; volvió á coger el tenedor, empezó á comer automáticamente y murmuró:
--¡Qué estúpidos!
--¡Oye, no, no son tan estúpidos!--dijo el padre mirando dentro del vaso medio lleno de vino.--Si la cosa es verdad, tienen razón en murmurar, porque tú debes hablar francamente al amo y decirle: «Padrino y protector, yo ahora soy un hombre; perdóneme que le haya ocultado mis esperanzas, como las tenía ocultas á mis padres».
--¡Cállese! ¡Usted no entiende estas cosas!--exclamó enfadado y colérico el joven.
--¡Ah, Santa Catalina mía!--suspiró la tía Tatana que ya había perdonado la interrupción de antes.--Déjale en paz al pobre muchacho; ¿no ves que está cansado? Ya tendrás tiempo de hablarle de estas cosas; tú eres un campesino y un ignorante que no entiende de nada.
El campesino bebió, movió la mano como diciendo «calma, calma», y después habló con voz tranquila:
--Sí, yo soy un ignorante y mi hijo es instruido; ¡está bien! Pero yo soy mucho más viejo que él. Mis cabellos, míralos (cogió un mechón, lo acercó á sus ojos, buscó y arrancó un cabello blanco) empiezan á volverse blancos. La experiencia de la vida hace al hombre más instruido que un doctor. Pues bien, hijo mío, yo te digo una sola cosa; interroga tu conciencia, y verás cómo ésta te dice que no se debe engañar á nuestro bienhechor.
El estudiante dió tan fuerte con el vaso sobre la mesa, que el gatito pegó un salto.
--¡Qué estúpidos! ¡Qué estúpidos!--gritó, después de haber suspirado fuerte; pero vió que su padre, que aquel hombre inconsciente y primitivo tenía razón.
--Sí, hijo mío,--prosiguió el almazarero, echándose hacia atrás sus grasientos cabellos,--tú debes ir á buscar al amo, besarle la mano y decirle: «Yo soy hijo de un pobre, pero por obra de vuestra bondad y de mi talento llegaré á ser doctor, rico y todo un caballero. Yo amo á Margarita, y Margarita me quiere; la haré feliz, la recompensaré por haberse rebajado á escoger por esposo al hijo de su criado. Vuestra Señoría nos bendiga en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».
--¿Y si en vez de bendecirle le da un puntapié y le echa como si fuera un perro?--preguntó la anciana.
Aun cuando esta duda fuese poco lisonjera para él, Anania se echó á reir algo nerviosamente; después se puso serio y escuchó la respuesta del padre.
--¡Vete allá, mujeruca--exclamó con algo de desprecio el molinero, echándose más vino,--tu rey Salomón también decía que las mujeres no saben lo que se dicen! Y si yo hablo es porque antes he pesado bien mis palabras. El amo bendecirá.
--¡Pero si no hay nada!--exclamó Anania, lleno de gozo. Se levantó, se acercó á la puerta y empezó á silbar; no sabía lo que le pasaba, sentía el corazón palpitarle fuerte, inundado de una oleada de felicidad; hubiese querido interrogar á su padre, revelárselo todo, pero no podía. «El amo bendecirá». Para poder afirmarlo tan categóricamente, sus razones debía tener. ¿Qué había pasado? ¿Por qué Margarita nunca había hecho referencia á las buenas disposiciones de su padre? Y si ella no sabia nada, ¿cómo podía saberlo un criado?
--Dentro unas cuantas horas la veré, y lo sabré todo,--pensó Anania, y todas sus dudas, el ansia, el cansancio del viaje, y la misma alegría de las nuevas esperanzas se borraron ante el dulce pensamiento: «Dentro de poco la veré».
* * * * *
Al débil empuje de la mano del joven, el portalón se abrió silenciosamente.
--Bien llegado--murmuró la criada que protegía la correspondencia de los dos enamorados.--_Ella_ vendrá en seguida.
--¿Cómo estás?--dijo con voz conmovida.--Mira, toma un recuerdo que te traigo de Roma.
--¡Pero por qué has hecho esto!--dijo, cogiendo deprisa el paquetito.--¡Siempre te molestas! Espera.
Se quedó solo durante un minuto que le pareció una hora; apoyado en el muro aún caliente del patio, bajo aquel cielo velado por una noche callada y casi tétrica, vibraba de alegría angustiosa, y cuando Margarita corrió, sin poder apenas respirar, á echarse entre sus brazos, más que verla la _sintió_; sintió su cara suave y caliente, su corazón palpitando agitadamente contra el suyo, su vida ágil si bien no sutil, y creyó desmayarse.
Inconscientemente, locamente, empezó á besarla, cegado por una inextinguible y casi cruel sed de besos.
--¡Basta, basta!--dijo ella, volviendo en sí la primera.--¿Cómo te encuentras? ¿Estás ya bien?
--Sí, sí,--contestó impetuosamente.--¡Por fin, Dios mío! Oye cómo me palpita el corazón.
--¡Ah!--prosiguió, respirando penosamente, y estrechando la mano de ella sobre su pecho,--casi no puedo ni hablar... No he podido pasar por frente tu ventana porque... porque... no me han dejado en paz ni un solo momento... ¡Y ahora apenas te puedo ver! ¡Ah, si trajeras una luz!
--¡Qué dices, Nino! Ya nos veremos mañana; ahora nos _sentimos_,--contestó, riendo bajo, bajito, mientras bajo la palma de su mano, que Anania se apretaba contra el pecho, sentía el agitado palpitar de su corazón.--¡Cómo palpita tu corazón! ¡parece el de un pájaro herido! ¿Pero estás curado del todo?
--¡Curado, curado del todo!... Margarita ¿dónde estás? ¿Pero de veras estamos juntos?
Y miraba intensamente, esforzándose para distinguir las facciones de ella, en el vacío incoloro de la nublada noche. Las grandes nubes de terciopelo obscuro que pasaban sin cesar por el cielo gris, dejaban un hueco de forma oval, rodeado de espesos bordes, parecido á un rostro misterioso, con dos estrellas rojizas por ojos, asomado para espiar á los dos enamorados. Anania sentóse sobre un banco de piedra y atrajo sobre sus rodillas á la muchacha, sujetándola estrechamente, á pesar de sus protestas, en el círculo de sus brazos temblorosos.
--Déjame--decía,--peso demasiado; estoy muy gruesa...
--Eres más ligera que una pluma--afirmó él galantemente.--¿Pero es de veras que estamos juntos?--repitió después, siempre con más fogosidad.--¡Ah, me parece un sueño! ¡Cuántas veces he soñado este mismo momento, que me parecía no tenía que llegar jamás! ¡Y ahora, estamos juntos, juntos, juntos! ¿entiendes? ¡juntos! Me parece enloquecer. ¿Pero eres de veras tú, Margarita? ¿pero es de veras que te tengo aquí, sobre mi corazón? Habla, dime algo, pínchame con un alfiler; si no creeré que estoy soñando.
--¿Qué quieres que te diga? Á ti te toca contarme muchas cosas. Yo te lo he escrito todo, todo: habla tú, Nino; ¡tú sabes hablar tan bien! Cuéntame cosas de Roma; habla tú, yo no sé...
--¡No, no! tú sabes hablar muy bien. ¡Tienes una voz tan dulce! Nunca he oído hablar á una mujer como tú hablas...
--¡No digas mentiras!...--exclamó Margarita muy juiciosamente. Pero Anania no creía mentir, y con la buena fe de su delirio amoroso siguió diciendo:
--¡Te juro que no miento! ¿Para qué mentir? Tú eres la más hermosa, tú la más noble, tú la más buena de todas las mujeres. ¡Si supieras cómo pensaba en ti, cuando las hijas de mi patrona, durante los primeros meses de estancia en Roma, nos venían á buscar á mí y á Bautista Daga! Me parecía estar junto á criaturas apestadas, y pensaba en ti, como si fueras una santa, suave, pura, fresca y bella.
--Pues ahora, yo... también...--observó ella.
--¡Es otra cosa! No blasfemes, Margarita--exclamó.--Ves, me enfado cuando estás fría. Nosotros somos esposos; ¿no es verdad que somos esposos? Dime que sí.
--Sí.
--Di que me amas.
--Sí.
--_Sí_, no me basta. Di: ¡Te... a... mo!
--Te... a... mo... ¿Si no te amara estaría así contigo?--preguntó ella, animándose.--¡Te amo, te amo! Yo no sé expresarme, pero te amo, tal vez mucho más que tú á mí.
--No es verdad; yo te amo más. Pero sé que tú también me quieres--siguió diciendo casi serio,--tú que podías aspirar á mucho porque eres guapa y rica.
--¡Rica... quién sabe! ¿Y si no lo fuera?
--Estaría mucho más contento.
Callaron, ambos serios, casi separándose para seguir cada cual su propio pensamiento.
--Oye--dijo él de pronto, tímidamente, siguiendo el curso de sus ideas,--me han dicho que tu familia está enterada de nuestros amores. ¿Es verdad?
--Es verdad--contestó Margarita después de una breve duda.
--¿Qué me dices? ¿Y tu padre no está enfadado?
Margarita volvió á dudar; después alzó la cabeza y contestó fríamente:
--¡No lo sé!--y en su acento Anania vió algo triste, raro, que no llegó á comprender. ¿Qué pasaba? ¿El alma de la muchacha se le cerraba para ocultarle un secreto desagradable? Este pensamiento le turbó profundamente; su mente corrió hacia _ella_, hacia el lejano fantasma, preguntándose si sería la terrible sombra que se interponía entre él y la familia de Margarita.
--Oye--dijo, pensativo, acariciándole distraídamente la mano:--debes contestarme sinceramente. ¿Qué pasa? ¿Puedo ó no aspirar á ti? ¿Puedo seguir esperando? Tú ya sabes quién soy: un pobre, un protegido de tu familia, el hijo de uno de tus criados.
--¡Qué cosas dices!--exclamó, más nerviosa que triste.--Tu padre no es precisamente un criado, ¡y aun cuando lo fuera, es un hombre honrado y basta!
--¡Un hombre honrado!--repitió para sí Anania, herido en el alma.--¡Oh, Dios mío, pero _ella_, ella no es una mujer honrada!
Y en seguida pensó que si Margarita hablaba de aquel modo, era porque no se acordaba de _aquella mujer_, que tal vez la familia Carboni daba por muerta.
Indudablemente había otra cosa.
--Margarita--insistió, esforzándose en vano para conservarse tranquilo,--es preciso que me abras toda tu alma y me guíes y me aconsejes. Dime qué debo hacer. ¿Debo esperar? ¿Debo hacer algo? Mi orgullo y mi conciencia me dicen que debo presentarme á tu padre y contárselo todo; de otro modo puede considerarme como un traidor, como un hombre sin honor y sin lealtad. Pero yo seguiré tus consejos; todo, antes que perderte. Sería mi muerte, mi muerte moral. Yo soy ambicioso, y lo digo en voz alta, porque si tú no me abandonas, mi ambición no será estéril. Yo no soy ambicioso como tantos otros jóvenes, especialmente sardos, que quisieran llegar en seguida y, no pudiendo, sufren, y se consumen envidiando ferozmente á los que ya han llegado. Por ejemplo, Bautista Daga. En su envidia llega hasta al odio; me acuerdo de la noche que en el Costanzi estrenaron _Le Maschere_. Nosotros estábamos en el atrio, entre una muchedumbre ansiosa; á medida que llegaban noticias del desastre, Bautista temblaba de alegría. Yo, en cambio, no soy envidioso; tengo calma para esperar y llegaré. No seré célebre, pero estoy seguro de que llegaré á conquistarme un puesto elevado en la sociedad. Apenas me haya licenciado me presentaré á las mejores oposiciones; viviremos en Roma, donde estudiaré y lucharé. Y todo por ti. Creo que en el fondo de la ambición de todos los hombres hay siempre una mujer; muchos no se atreven á confesarlo; yo lo digo francamente y me enorgullezco de ello. Siempre te lo he dicho, ¿verdad?
--Sí--respondió Margarita, algo embriagada por las promesas del joven.
Él prosiguió:
--Tú eres el móvil de mi vida; hay hombres que viven por el amor, como otros por el arte, la gloria, la vanidad; yo soy de los primeros; me parece haber amado siempre, desde que nací, y que amaré siempre aun cuando tenga que vivir hasta la extrema vejez. Y siempre, siempre á ti. Si me llegases á faltar, no tendría fuerzas, ni voluntad para nada; moriría moralmente y tal vez de veras. Pero si tú me dijeras: «Amo á otro», entonces yo...
--¡Basta! ¡Cállate!--dijo con voz de mando Margarita.--¡Ahora eres tú quien blasfema! ¿Llueve?
Una gota de agua había caído sobre sus manos juntas. Ambos alzaron la cabeza y miraron las nubes que pasaban más lentas, más densas, cual misteriosos monstruos de lento andar.
--Oye--dijo Margarita, hablando algo distraída y deprisa, como si tuviera miedo de que la lluvia interrumpiera la cita.--No estamos tan ricos como antes. Los asuntos de mi padre van mal. Además, ha prestado dinero á todos los que se lo han pedido, dinero que... no le devolverán jamás. Es demasiado bueno. Nuestro pleito con el Ayuntamiento de Orlei, aquel pleito eterno por los bosques incendiados, va tomando mal aspecto para nosotros; si lo perdemos, y así parece será, ya no seré rica.
--¿Por qué no me lo escribías?
--¿Para qué escribírtelo? Además, yo misma, hasta hace pocos días, lo ignoraba casi. ¡Oye, pero llueve de veras!
Se levantaron, refugiándose en la galería. Un relámpago brilló entre las nubes, y en su resplandor color de lila Anania vió á Margarita pálida como la luna.
--¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?--preguntó estrechándola entre sus brazos.--No tengas miedo del porvenir. Si no eres tan rica, serás mucho más feliz. No temas.
--¡Oh no! Tiemblo porque mi madre, que tiene mucho miedo de los rayos, puede levantarse de la cama. Vete, vete...--dijo, empujándole dulcemente.--Vete...
Él obedeció, pero tuvo que esperar un buen rato bajo el portalón á que cesase de llover. Una penetrante sensación de alegría le iluminaba de cuando en cuando el alma, violentamente, como la luz metálica de los relámpagos alumbraba la noche. Recordó aquel día de lluvia, en Roma, cuando el pensamiento de la muerte le había atravesado el alma con la rapidez del rayo. Sí; el dolor y la alegría eran iguales; ambos quemaban.
Pero poco á poco, mientras se dirigía á su casa, bajo las últimas gotas de la lluvia, sentimientos menos egoístas le enternecieron.
--¡Cuán vil soy!--pensó.--Me alegro de la desgracia de mi protector. ¡Qué cosa más asquerosa es el corazón humano!
Al día siguiente muy de mañana, escribió una carta á Margarita exponiéndole muchos proyectos, uno más heroico que otro. Quería buscar lecciones para continuar sus estudios sin ser gravoso á su padrino; quería presentarse al señor Carboni para hacerle la petición de matrimonio; quería, por último, hacer comprender á la familia que le había protegido, que llegaría á ser su ayuda y su orgullo.
Mientras terminaba de escribir la carta, ante la ventana abierta, por donde entraban, con el silencio impregnado de rocío de la mañana, la fragancia de los campos refrescados por la lluvia nocturna, oyó á su espalda una risa reprimida, y volviendo la cara vió á Nanna, desastrada y vacilante, con los ojos llenos de lágrimas y la lívida boca abierta por la risa. Traía con las dos manos una taza llena de café, que corría el peligro de volcar á cada momento.
--Buenos días, Nanna. ¿Qué tal? ¿Aún no te has muerto?--gritó.
--¡Buenos días tenga su Señoría! ¡No he logrado sorprenderle! He rogado á la tía Tatana que me permitiera traerle el café. Ahí lo tiene. Llevo las manos limpias; sépalo su Señoría. ¡Oh qué alegría, qué alegría!--dijo riendo y llorando al mismo tiempo.
--¿Dónde está esta Señoría con quien hablas?--preguntó el estudiante, mirando por todas partes.--Espero que seguirás tuteándome como antes. Trae el café y cuéntame algo.
--¡Ah! nosotros vivimos en cuevas, como lo que somos, como bestias feroces. ¡Cómo puedo tutear á su Señoría que es un sol resplandeciente!
--¡Ah! ¿de modo que ya no soy un confite?--dijo bebiendo el café en la antigua taza de filete dorado, y pensando en la tía Bárbara.
--¡Bendito, bendito seas!... ¡Ah! perdone, pero siempre le veo como cuando era pequeñuelo. ¿Se acuerda de la primera vez que volvió de Cagliari? Margarita le esperaba en la ventana. ¿Cómo es posible que la luna no espere al sol?
Anania se levantó y colocó la taza sobre el antepecho de la ventana; después respiró fuerte. ¡Qué feliz se sentía! ¡Qué cielo tan azul, qué aire tan fragante! ¡Qué grandiosidad en el silencio de aquellas cosas tan humildes, en el ambiente aún no profanado por el soplo y el estruendo de la civilización! Hasta la tía Nanna no era la mujer horrible y asquerosa de un tiempo; bajo la capa inmunda de aquel cuerpo negro y mal oliente, saturado de alcohol, palpitaba un alma poética...
--¡Oye, oye estos versos!--dijo Anania, manoteando:
_Ella era assisa sopra la verdura Allegra; e ghirlandetta avea contesta: Di quanti fior creasse mai Natura Di tanti era dipinta la sua vesta. E come in prima al giovin pose cura Alquanto paurosa alzò la testa: Poi con la bianca man ripreso il lembo Levossi in piè con di fior pieno un grembo[43]._
Nanna escuchaba, sin entender una palabra, y abría la boca para decir... para decir... y por fin lo dijo:
--Ya los había oído otra vez.
--¿Á quién?--exclamó Anania.
--...¡Á Eíes Cau!
--¡Embustera! Y ahora, márchate, pronto, pronto, si no te doy una paliza. No, espera; cuéntame todo lo que ha pasado en Nuoro durante mi ausencia.
Ella empezó á charlar, haciendo una extraña confusión de lo que le había pasado á ella con los sucesos más interesantes del país; á cada momento volvía á Margarita. Era la más guapa, la rosa más hermosa entre todas las rosas, el clavel, el confite. ¡Y sus vestidos! ¡Oh Santo Dios! no se había visto nunca nada tan maravilloso; cuando pasaba, la gente se la quedaba mirando como se mira una estrella con rabo. Un señor le había encargado á ella misma, que robara el lazo del zapato de Margarita para colocárselo sobre el corazón. La criada de casa Carboni decía que todas las mañanas su señorita encontraba en la ventana cartas de declaración atadas con cintas azules...
--Pero la rosa es única y no puede unirse más que con el clavel... ¡Ea! dame la taza... ¡Ah!--exclamó la borracha, dándose con la mano en la boca.--¡Es inútil! Como he visto á su Señoría cuando enseñaba la cola, ahora no puedo acostumbrarme á tratarle de usted...
--Oye, ¿y cuándo enseñaba yo la cola?--gritó Anania amenazándola.
La mujer escapó, tambaleándose, riendo y tapándose la boca; y poco después salió al corral y dijo vuelta hacia la ventana donde estaba asomado el estudiante:
--La cola de la camisita...
Anania seguía amenazándola; ella siguió tambaleándose y riendo. El lechón se había desatado y empezó á oler los pies de la borrachona; una gallina saltó sobre el lechón, picándole en las orejas; un gorrión se posó sobre el saúco, meciéndose elegantemente en el extremo de una rama.
Y el estudiante se sintió tan feliz que empezó á recitar en alta voz otros versos de Poliziano: