Chapter 17 of 22 · 3944 words · ~20 min read

Part 17

Otra carta de Anania: «Salgo mañana por la mañana con el correo de Mamojada-Fonni. Pasearé por bajo tu ventana á las nueve. Quisiera verte esta noche... pero quiero ser prudente. Ven, ven conmigo, Margarita adorada, no me abandones un solo instante, ven, ven aquí, sobre mi corazón, que el fuego de mi amor te consuma: hazme morir de amor».

NOTAS:

[43] Sentada sobre el verde césped, entreteníase alegremente tejiendo guirnaldas: de toda cuanta flor creó Natura llevaba manchado su vestido. Y de pronto advirtiendo la presencia del joven, algo miedosa levantó la cabeza, recogió con sus blancas manos la falda, y alzóse con el regazo lleno de flores.

[44] Llévate ¡oh viento! estos dulces versos junto al oído de la Ninfa mía; dile cuántas lágrimas por ella vierto y ruégale que no sea cruel; dile que mi vida ya no es vida y se consume como brizna al sol...

[45]

_I noche mi fachet die Cantende a parma dorada_...

_Palma dorada_ es un título de honor que los novios sardos dan á sus novias. (N. del T.)

[46] Sonido que se emplea en Cerdeña para alejar los gatos.

VII

El correo atravesaba _tancas_ salvajes, amarillas por el rastrojo y el ardiente sol, manchadas de cuando en cuando por la sombra de grupos de olivos y encinas.

Anania, sentado en el pescante junto al cochero que no dejaba el látigo en paz (dentro del coche se ahogaban de calor), sentía una sugestión tan fuerte que casi olvidaba las impresiones febriles de los pasados días. Revivía un día lejano, veía al cochero de bigotes rubios y cara mofletuda, que no dejaba el látigo en paz, como tampoco lo dejaba ahora el cochero pequeñito que se sentaba á su lado.

Á medida que el correo se acercaba á Mamojada, la sugestión de los recuerdos se hacía casi dolorosa. En el arco de la capota se proyectaba el mismo paisaje que Anania había visto _aquel día_, abandonando su cabecita sobre su regazo, y cubría todo el panorama el mismo cielo de un azul claro inmensamente melancólico.

Ahí está la caseta del peón: sobre el paisaje, de trazos fuertes, ondulado, con verdes arboledas salvajes, pasa un soplo de inesperada fragancia; acá y acullá se vislumbran hilos de agua violácea; se oyen chillidos de pájaros palustres; un pastor, estatua de bronce sobre un fondo luminoso, contempla el horizonte.

El correo se paró un momento ante la caseta del peón caminero. Sentada en el umbral de la puerta estaba una mujer vestida á la usanza de Tonara, vendada dentro sus toscos vestidos como una momia egipcia, cardando lana negra con dos peines de hierro; á corta distancia, tres chiquillos desarrapados y sucios jugaban, mejor dicho andaban á la greña unos contra otros. En una ventana apareció el rostro demacrado y amarillo de una mujer enferma, que miró el coche con dos grandes ojos verdosos, llenos de asombro. Aquella caseta aislada parecía albergar el hambre, la enfermedad y la porquería. Anania sintió oprimírsele el corazón; recordaba detalladamente el triste drama desarrollado veintitrés años antes en aquel lugar solitario, en aquel paisaje tosco y primitivo, que hubiese conservado su pureza sin el inmundo paso del hombre.

--¡Ay de mí!--suspiró el estudiante--¡qué miserable criatura es el hombre! ¡Por donde pasa deja la huella de su miseria!

Y contempló al pastor de rostro aceitunado y sarcástico, firme sobre el fondo deslumbrante del cielo, y pensó que también aquella figura poética era un ser inconsciente y bárbaro--como su padre, como su madre, como todas las criaturas esparcidas sobre aquel aislado trozo de tierra--en cuya mente los malos pensamientos tenían que desarrollarse por fatal necesidad, como los vapores en la atmósfera.

El correo reanudó el viaje; allí está Mamojada, surgiendo entre el verdor de los huertos y de los nogales, con su blanco campanario proyectado sobre el claro azul; de lejos parecía una bonita acuarela, algo falsa, pero apenas el coche se internó por la polvorienta calle, el cuadro fué tomando tintas más obscuras, aun más tristes que las del paisaje. Delante las negras casuchas construidas sobre la roca se agrupaban figuras características, desastradas y muy sucias; mujeres graciosas, con los lucientes cabellos ensortijados alrededor de las orejas, descalzas, sentadas en el suelo, cosían, daban de mamar á sus pequeñuelos ó bordaban. Dos carabineros, un estudiante aburrido--procedente también de Roma,--un labriego y un viejo noble, también campesino, charlaban formando un grupo á la puerta de una carpintería, en donde estaban colgados diversos cuadritos sagrados pintados á varios colores.

El estudiante conocía á Anania; apenas le vió le salió al encuentro, se lo llevó consigo y le presentó á la reunión.

--¿También estudias en Roma?--le preguntó en seguida el noble, sacando el pecho y hablando con mucha prosopopeya.--¿Sí? Entonces conocerás á don Pedro Bonigheddu, noble, jefe del Tribunal de Cuentas.

--No--dijo Anania,--Roma es muy grande, no es posible conocer á todo el mundo.

--¡Sí, eh!--interrumpió el otro con gesto desdeñoso.--¡Pues don Pedro es conocido de todo el mundo! ¡Aquél es un hombre rico! Somos parientes. Pues... si le ves, le darás muchos recuerdos de parte de don Zua Bonigheddu.

--¡No me olvidaré!--contestó Anania inclinándose burlonamente.

Después de un descanso de media hora, volvió á emprender la marcha el correo.

--Y no te olvides de saludar á don Pedro--dijo el estudiante á Anania, acompañándole al coche después de dar una vuelta por el pueblo.

Partió el coche, y después de aquella media hora de bromear con su compañero, Anania recayó en sus tristes recuerdos. Mira, allí están las ruinas de la ermita, allí el huerto, este es el principio de la cuesta que sube á Fonni, esta la plantación de patatas, junto á la cual _la otra_ vez se habían parado Olí y Anania.

Recordó claramente á la mujer que cavaba con las faldas cogidas entre las piernas, y el gato blanco lanzándose sobre una verde lagartija que se asomaba por los agujeros del muro. En el arco de la capota los cuadros de los distintos paisajes aparecían siempre más frescos, con fondos más luminosos: la pirámide grisácea del monte Gonare, las líneas cerúleas y plateadas de la cadena del Gennargentu, se incrustaban sobre el cielo metálico, siempre más cercano, siempre más majestuoso. ¡Ah, sí! ahora respiraba de veras el aire nativo y sentía algo extraño, tal vez un atávico instinto.

--Quisiera saltar del coche, correr por las pendientes, entre la fresca hierba, entre las matas y las rocas, dando gritos de salvaje alegría, imitando al potrillo que escapa al lazo y vuelve á la libertad de las _tancas_, y después de haber estallado la embriaguez del alma primitiva en gritos inconscientes, quisiera pararme, como aquel pastor errante, sobre un fondo deslumbrador ó á la verde sombra de unos nogales, sobre el pedestal de una roca ó el tronco de un árbol, sumergido en la contemplación del espacio. Sí--pensaba, mientras el coche se ponía al paso al subir la cuesta,--yo había nacido para pastor. Hubiese sido un poeta maravilloso, tal vez un delincuente, tal vez un bandido fantástico y feroz. ¡Contemplar las nubes desde lo alto de una montaña! ¡Figurarse ser pastor de un rebaño de nubes; verlas errantes sobre un cielo de plata, perseguirse, transformarse, pasar, desvanecerse, desaparecer!

--Ja, ja, ja!--se reía entre dientes. Después pensó:--¿Y qué? ¿Acaso no soy un pastor de nubes? ¿Qué son las nubes? Entre las nubes y mis pensamientos ¿qué diferencia existe? Yo mismo ¿no soy una nube? Si tuviese que vivir forzosamente en estas soledades, me disolvería, confundiéndome con el aire, con el viento, con la tristeza del paisaje. ¿Estoy vivo? Y después de todo, ¿en qué consiste la vida?

Como siempre, no supo contestarse; el coche subía lentamente, de cada vez más lentamente, con un movimiento dulce, casi meciéndose; el cochero dormitaba, el caballo también parecía caminar durmiendo. El sol en lo alto del zenit dejaba caer un resplandor igual, melancólico; las arboledas retiraban sus sombras; un silencio profundo y una ardiente modorra invadían el paisaje inmenso. Anania creyó que de veras se disolvía, se unificaba con aquel soñoliento panorama, con aquel cielo luminoso y triste. Todo consistía en que tenía sueño y, como _la otra vez_, terminó por cerrar los ojos y dormirse como un chiquillo.

* * * * *

--¡Tía Grathia! _¡Nonna!_[47]--exclamó aún con voz soñolienta, entrando en la casucha de la viuda.

La cocina estaba desierta; desierta la callejuela asoleada; desierto todo el pueblecito que en aquella soledad de la siesta parecía un pueblo prehistórico abandonado desde muchos siglos.

Anania miró curiosamente á su alrededor. Nada había cambiado: miseria, andrajos, hollín, un poco de ceniza en el hogar, grandes telarañas en las tablas del techo; y, cruel emperador de aquel lugar de leyendas, el largo fantasma del capotón negro colgado de la pared color de tierra.

--¡Tía Grathia! ¿dónde se ha metido?--gritó el joven, mirando por todas partes.--¡Tía Grathia!

Por fin, la viuda, que había ido á buscar agua de un pozo vecino, entró con un _malume_[48] sobre la cabeza y el cubo en la mano. Estaba igual que antes, seca, amarilla, con la cara de espectro rodeada de un pañuelo muy sucio: los años habían pasado sin envejecer más aquel cuerpo disecado y consumido por las emociones de la lejana juventud.

Al verla, Anania se conmovió de un modo extraño; una oleada de recuerdos subió de las profundidades de su alma, pareciéndole recordar toda una existencia anterior, volver á ver un espíritu que había habitado su cuerpo antes del que lo ocupaba en la actualidad.

--_¡Bonas dies!_--dijo la viuda, mirando asombrada al guapo joven desconocido. Descargó primero el cubo, después el _malume_, lentamente, sin quitar la vista del forastero. Pero apenas éste le preguntó sonriendo:--¿Pero qué, no me conoce?--ella dió un grito y abrió los brazos: Anania la abrazó, la besó y la mareó á preguntas.

¿Y Zuanne? ¿Dónde estaba? ¿Por qué se había hecho monje? ¿Iba á verla? ¿Era dichosa? ¿Y su hijo mayor? ¿Y los hijos del cerero? ¿Y aquél, y el otro? ¿Qué había sucedido de nuevo en Fonni, durante aquellos quince años? ¿Quién era el pretor?[49] ¿Podría al día siguiente subir al Gennargentu?

--¡Hijo, hijito!--empezó á decir la viuda, vuelta en sí de su asombro.--¡Cómo encuentras mi casa! ¡Desnuda y triste como un nido abandonado! Siéntate y lávate; ahí tienes agua pura y fresca; la fuente parece un chorro de plata; lávate, bebe y descansa. Mientras tanto, voy á preparar un bocado. ¡Ah, no me lo rehúses, hijito de mis entrañas! ¡no me lo rehúses, no me humilles! Quisiera poderte dar mi corazón; pero acepta lo poco que puedo darte; ahora sécate; ¡alma mía! ¡qué guapo y grande te has hecho! Dicen que vas á casarte con una muchacha rica y hermosa; ¡bien se ve que ha sabido escoger aquella muchacha!--¿Pero por qué no me has escrito antes de venir? ¡Ah, hijito, por lo menos tú no has olvidado á la pobre vieja abandonada!

--Pero ¿y Zuanne?--insistía Anania, lavándose con el agua fresquísima del cubo.

La viuda se puso triste. Dijo:

--¡Mejor es que no hablemos de él! ¡Me ha dado tantos disgustos! Era mejor que... hubiese seguido el ejemplo de su padre... ¡Ea! no hablemos de él. No es un hombre; será un santo, como dicen ¡pero no es un hombre! Si mi marido saliera de la tumba y viese á su hijo descalzo, con el cordón y las alforjas, convertido en un fraile mendicante y estúpido, ¿qué diría? Estoy segura que lo apalearía.

--¿Y ahora dónde se encuentra?

--En un convento muy lejano; en lo alto de un monte. ¡Si por lo menos hubiese quedado en el convento de Fonni! pero no; está escrito que todos tienen que abandonarme: Fidel, el otro hijo, se ha casado y apenas se acuerda de mí; el nido está desierto, abandonado; el águila vieja ha visto volar del nido á sus aguiluchos y morirá sola... sola...

--Véngase á vivir conmigo--dijo sinceramente Anania.--Cuando sea doctor se vendrá conmigo, _nonna_.

--¿De qué te serviría? Antes, por lo menos, te lavaba los ojos y te cortaba las uñas; ahora deberías hacerlo tú conmigo...

--Me contaría aquellas historias... á mí y á mis chiquillos...

--Ni para esto sirvo. Chocheo mucho: el tiempo, el tiempo se ha llevado mi cerebro, como el viento se lleva la nieve de los montes. Toma, chiquillo, come; no puedo ofrecerte nada más, pero te lo ofrezco de todo corazón.--¡Oh! ¿este cirio es tuyo? ¿Á dónde lo llevas?

--Á la Basílica, _nonna_, ante las imágenes de San Proto y San Gianuario. Viene de muy lejos, _nonna_; me lo entregó una viejecita sarda que vive en Roma; también ella me contaba cuentos pero no tan hermosos como los suyos.

--¿Vive en Roma? ¿Y cómo pudo llegar hasta allí? ¡Ah! ¡yo moriré sin haber estado en Roma!...

Después de la frugalísima comida Anania buscó un guía con quien combinó, para la mañana siguiente, la ascensión al Gennargentu; después fué á la Basílica.

En el antiguo patio, bajo los grandes árboles susurrantes, sobre la escalinata de corroídos escalones, en las ruinosas galerías, dentro de la iglesia oliendo á humedad de tumba, en todas partes, soledad y silencio. Anania depositó el cirio de la tía Bárbara sobre un altar polvoriento, y después contempló los frescos primitivos de las paredes, los estucos dorados por una luz melancólica, la tosca figura de los santos sardos, todas aquellas cosas, en una palabra, que un tiempo habían despertado en él tanta maravilla y terror, y sonrióse, pero con el corazón oprimido por una lánguida tristeza. Al volver al patio, vió, por una ventana abierta, el sombrero de un carabinero y un par de zapatos colgados en la pared de una celda, y resonó en su memoria el aria de la _Gioconda_: «_Á te questo rosario_».

El olor á cera llenaba el solitario patio: ¿dónde estaban los chicos, sus compañeros de infancia, pajaritos semidesnudos y salvajes que antes animaban la escalinata de la iglesia? Por nada del mundo hubiese querido verles y darse á conocer; sólo el pensarlo le disgustaba; ¡y sin embargo, con qué dulzura recordaba las horas pasadas jugando bajo aquellos árboles, cuyas hojas secas caían como alas de pájaros muertos!

Una mujer descalza, con un ánfora sobre la cabeza, pasó por el fondo del patio. Anania se estremeció ligeramente, pareciéndole que aquella mujer se asemejaba á su madre. ¿Dónde estaría? ¿Por qué no se había atrevido, deseándolo tanto, á hablar de ello á la viuda? ¿y por qué ésta no hizo referencia alguna á su ingrata huéspeda? Para huir de aquellos tristes recuerdos fué al correo á echar una tarjeta postal para Margarita; después visitó al Rector, y hacia la puesta del sol paseó por la carretera, hacia poniente, por la parte que miraba sobre la inmensidad de los valles. Viendo las mujeres fonnenses ir á la fuente, enfundadas en sus extrañas _túnicas_, recordó sus primeros sueños de amor, cuando deseaba ser un pastor y que Margarita fuera una campesina, esbelta y elegante, con el ánfora sobre la cabeza, semejante á la figurita de un estuco pompeyano; y sonrió de nuevo, comparando la impresión que la tosca ingenuidad de aquel sueño despertaba en él, con la experimentada al volver á ver las maravillas de la Basílica. ¡Cuán distinto y lejano del pasado era el presente!

Una puesta maravillosa cubría el horizonte; parecía un cuadro apocalíptico. Las nubes dibujaban un paisaje trágico; una llanura ardiente, surcada por lagos de oro y ríos de púrpura, de cuyo fondo surgían montañas de bronce con aristas de ámbar y de nacarada nieve, desgarradas, de cuando en cuando, por llameantes aberturas, parecidas á bocas de cavernas de donde brotaban torrentes de sangre dorada. Una batalla de gigantes solares, de formidables habitantes del infinito, se desarrollaba dentro de aquellas montañas aéreas, en aquellas profundas cavernas de las bronceadas nubes; por las bocas de las grutas se veía el brillo relampagueante de las armas forjadas con los metales del sol; y la sangre brotaba á torrentes, llenando los lagos de oro fundido, culebreando en ríos que parecían rayos, inundando la llameante llanura del cielo.

Con el corazón palpitando de alegría y admiración, Anania quedóse absorto contemplando el magnífico espectáculo, hasta que las sombras de la noche borraron el cuadro extendiendo un velo violáceo sobre todas las cosas: entonces regresó á casa de la viuda y sentóse junto al hogar.

Le asaltaron los recuerdos. En la penumbra, mientras la vieja preparaba la cena y hablaba con su voz tétrica, veía á Zuanne con sus grandes orejas entretenido en asar castañas, y á otra figura callada y borrosa como un fantasma.

--¿De modo que han matado á todos los bandidos nuorenses?--preguntaba la vieja.--¿Y tú crees que pase mucho tiempo sin que salga una nueva _compañía_ en un sitio ú otro? Te engañas, hijo mío. Mientras haya hombres de sangre ardiente, hábiles para el bien como para el mal, habrá bandidos. ¡Verdad es, que éstos de ahora son muy malos, y á veces cobardes, ladrones y despreciables! ¡Pero en tiempo de mi marido era otra cosa! ¡Qué valientes! Valientes y bondadosos. Una vez mi marido encontró á una mujer que lloraba porque...

Anania no tomaba mucho interés en los recuerdos de la tía Grathia; otros pensamientos le preocupaban.

--Oiga--dijo, apenas la viuda hubo acabado la piadosa historia de la mujer que lloraba--¿no ha sabido nunca nada de mi madre?

La tía Grathia, que arreglaba cuidadosamente una _fritada_, no contestó.

Anania esperó un poco, y pensó: «¡Sabe algo!» y se turbó sin querer. Después de un rato, la tía Grathia observó:

--Si tú no sabes nada ¿cómo quieres que yo sepa algo? Y ahora, hijo mío, siéntate en esta silla y acepta lo que te ofrezco de buen corazón.

Anania sentóse ante la bandeja de junco[50] que la viuda había colocado sobre una silla y empezó á comer.

--Durante largo tiempo no supe nada de ella--dijo, confiándose con la vieja como nunca había hecho con nadie.--Pero ahora creo seguir su pista. Después que me hubo abandonado partió de Cerdeña, y un hombre la encontró en Roma, vestida de señora.

--¿Pero la vió de veras?--preguntó vivamente la viuda.--¿Le habló?

--¡Algo más que hablarle!--contestó amargamente Anania.--Dijo que había pasado unas horas en su compañía. Después no volví á saber nada de ella; pero este año pedí informes á la policía, y supe que vive en Roma, con un nombre supuesto. Pero se ha enmendado, sí, se ha enmendado y ahora vive trabajando honradamente.

La tía Grathia se había colocado frente al joven y á medida que éste hablaba, abría los oscuros ojillos, y se inclinaba y abría las manos como para recoger las palabras de Anania.

Él se iba tranquilizando pensando en María Obinu; cuando dijo: «ahora se ha enmendado» sintió un ímpetu de alegría, seguro, en aquel momento, de no engañarse suponiendo que María era _ella_.

--¿Pero estás seguro, estás completamente seguro?--preguntó la vieja sorprendida.

--¡Sí! ¡Síí...!--contestó, imitando á Margarita al pronunciar aquel sí alegre y algo burlón.--He vivido dos meses en su casa.

Se echó vino, lo miró al trasluz de la llama rojiza de la vela, colocada en el candelero de hierro, y pareciéndole turbio apenas lo probó; después se limpió la boca, y notando que la vieja servilleta grisácea estaba agujereada, se tapó bromeando la cara, y miró por el agujero.

--¿Se acuerda cuando con Zuanne nos disfrazábamos?--preguntó.--Yo me tapaba la cara con esta servilleta. Pero ¿qué le pasa?--exclamó de pronto con la voz cambiada, destapándose la cara que había palidecido ligeramente.

Veía el rostro de la viuda, casi siempre cadavérico é impasible, animarse de un modo extraño, expresando además del asombro la piedad más intensa; y comprendió inmediatamente que era él el objeto de aquella profunda, casi violenta, piedad.

En un instante el edificio de sus sueños se vino abajo, desmoronándose para siempre.

--¡Nonna! ¡Tía Grathia! ¡Usted sabe algo!--dijo con aire de espanto, estirando nerviosamente la servilleta tanto como pudo.

--Acaba de cenar, después hablaremos. Acaba de cenar, hijo mío--contestó la vieja, dominándose.--¿No te gusta este vino?

Pero Anania la miró casi con rabia y se puso en pie de un salto.

--¡Hable!--dijo imperiosamente.

--¡Oh, Dios mío!--se lamentó la tía Grathia, suspirando y temblándole los labios;--¿qué quieres que te diga? ¿Por qué no acabas de cenar, Anania, hijito mío?... Después hablaremos...

Él no oía ni veía.

--¡Hable! ¡hable! ¿De modo que lo sabe todo? ¿Dónde está? ¿Vive ó ha muerto? ¿Dónde está? ¿dónde está? ¿dónde está?

Y la frase «¿dónde está?» la repitió por lo menos veinte veces, mientras automáticamente daba vueltas por la cocina, plegando, desplegando, estirando la servilleta, poniéndosela sobre la cara, mirando á través del agujero: parecía volverse loco, y estar más irritado que conmovido.

--Cálmate--empezó á decirle la vieja, andándole detrás,--yo creí que lo sabías... Sí, ella vive, pero no es la mujer que te ha engañado fingiendo ser tu madre.

--¡No me ha engañado, _nonna_! Lo creía yo... Ella ni siquiera sabe que yo lo creyera... ¿De modo que no es ella?--añadió en voz baja, asombrado, como si hasta aquel momento hubiese creído que María Obinu era verdaderamente su madre.--¡Pero hable! ¿Por qué me tiene de esta manera suspenso? ¿Por qué no me habla de ella? ¿Dónde está? ¿dónde está?

--¡Pero si nunca se ha movido de Cerdeña!--exclamó la viuda, andándole siempre al lado.--De veras, creí que lo sabías; pero que no hacías caso de ella. Yo la he visto este mismo año, á principios de mayo; vino á Fonni por la fiesta de los Santos Mártires, iba con un joven ciego, cantor de coplas. Venían á pie de un pueblo muy lejano, de Neoneli; ella tenía la _malaria_ y parecía una vieja de sesenta años. Al terminar las fiestas el ciego, que había ganado bastante dinero, la abandonó para marchar con una comitiva de mendigos á la fiesta de otro pueblo. Durante los meses de junio y julio segó en las _tancas_ de Mamojada. La fiebre la consumía; estuvo mucho tiempo enferma en la caseta _de su Grumene_ y aún sigue allí...

Anania se paró, alzó la cabeza y abrió los brazos, con gesto de desespero.

--¡Yo... yo... yo... la he... visto! ¡Yo la he visto! ¡La he visto!... ¿Está bien segura de lo que me dice?--preguntó mirando fijamente á la viuda.

--Segurísima; ¿por qué tenía que engañarte?

--Diga--insistió--¿es de veras? Porque yo he visto una mujer calenturienta, amarilla, terrosa, con ojos de gato... Estaba detrás de la ventana... ¿Sería ella?... ¿Está usted segura?

--Segurísima. Era ella.

--¡Y yo... yo... la he visto!--repitió, apretándose la cabeza entre las manos, golpeándosela, presa de una cólera violenta contra sí mismo que se había engañado durante tanto tiempo, tan estúpidamente; que había buscado á su madre más allá de los montes y del mar, cuando arrastraba su miseria y su deshonra cerca de él; que se había conmovido ante caras extrañas y no había sentido la más ligera emoción al descubrir el rostro de la mendiga, de aquella miseria viva, encuadrada en la tétrica ventanuca de la caseta.

¿Y esto era el hombre? ¿Esto el corazón humano? ¿Esto la vida, la inteligencia, el pensamiento? ¡Ah, sí! sí, ahora estas preguntas no subían á sus labios porque sí, ahora que el Destino movía sus alas fúnebres inexorables y sacudía todas las cosas con uno de sus imprevistos huracanes, ahora sabía que el hombre, el corazón y la vida eran sólo mentira, mentira y mentira.

* * * * *

La tía Grathia acercó un escabel y obligó al desdichado Anania á sentarse: ella se acurrucó delante, le cogió una mano y miróle de abajo á arriba, largamente, piadosamente.

--¡Pobre hijo mío!--dijo estrechándole la mano;--llora, llora. ¡Te aliviará! ¡Qué frío estás!

Anania arrancó la mano del duro cepo de las viejas manos de la viuda.

--¿Pero por quién me toma?--preguntó iracundo.--¡No soy ningún chiquillo! ¿Por qué llorar?