Part 1
NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
En la versión de texto sin formatear el texto en cursiva está encerrado entre guiones bajos (_cursiva_) y el texto en Versalitas se representa en mayúsculas como en VERSALITAS.
La ortografía del texto que compone la serie de cuentos que se incluyen no sigue las reglas actuales de la lengua española, sino las que estaban vigentes cuando la edición usada para la transcripción de esta obra fue publicada. El lector interesado puede consultar el mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.
En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está en mayúsculas.
Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores tipográficos y de ortografía.
El Índice con los títulos de las historias fue reubicado al principio de la obra.
La portada de este libro electrónico fue modificada por el transcriptor y ha sido incluida en el dominio público.
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OBRAS COMPLETAS DE EMILIA PARDO-BAZÁN
CONDESA DE PARDO-BAZÁN
EN TRANVÍA (CUENTOS DRAMÁTICOS)
EMILIA PARDO-BAZÁN CONDESA DE PARDO-BAZÁN
OBRAS COMPLETAS.--TOMO XXIII
EN TRANVÍA (CUENTOS DRAMÁTICOS)
[Ilustración]
RENACIMIENTO SOCIEDAD ANÓNIMA EDITORIAL Calle de Pontejos, 8, 1.º MADRID
Es propiedad.
Queda hecho el depósito que marca la ley.
Imprenta de Prudencio Pérez de Velasco, Campomanes, 4.
ÍNDICE
Pág.
En tranvía 5
Adriana 15
Vitorio 23
Las desnudadas 31
Semilla heroica 39
Justiciero 45
Elección 53
La chucha 61
El vino del mar 73
Fuego á bordo 79
La paz 103
Suerte macabra 111
El guardapelo 119
La ventana cerrada 125
Infidelidad 133
De vieja raza 139
Benito de Palermo 145
Ley natural 153
El comadrón 159
El voto de Rosiña 167
Vivo retrato 173
El décimo 179
La puñalada 183
En el Santo 191
Santos Bueno 197
Sustitución 201
La compaña 209
La dentadura 215
Inspiración 221
Oscuramente 227
El ahogado 233
El molino 239
Aventura 249
El oficio de difuntos 257
Juan Trigo 265
El camafeo 273
Voz de la sangre 279
EN TRANVÍA
Los últimos fríos del invierno ceden el paso á la estación primaveral, y algo de flúido germinador flota en la atmósfera y sube al purísimo azul del firmamento. La gente, volviendo de misa ó del matinal correteo por las calles, asalta en la Puerta del Sol el tranvía del barrio de Salamanca. Llevan las señoras sencillos trajes de mañana; la blonda de la mantilla envuelve en su penumbra el brillo de las pupilas negras; arrollado á la muñeca, el rosario; en la mano enguantada, ocultando el puño del _encas_, un haz de lilas ó un cucurucho de dulces, pendiente por una cintita del dedo meñique. Algunas van acompañadas de sus niños; ¡y qué niños tan elegantes, tan bonitos, tan bien tratados! Dan ganas de comérselos á besos; entran impulsos invencibles de juguetear, enredando los dedos en la ondeante y pesada guedeja rubia que les cuelga por las espaldas.
En primer término, casi frente á mí, descuella un _bebé_ de pocos meses. No se ve en él, aparte de la carita regordeta y las rosadas manos, sino encajes, tiras bordadas de ojetes, lazos de cinta, blanco todo, y dos bolas envueltas en lana blanca también, bolas impacientes y danzarinas, que son los piececillos. Se empina sobre ellos, pega brincos de gozo, y cuando un caballero cuarentón que va á su lado--probablemente el papá--le hace una carantoña ó le enciende un fósforo, el mamón se ríe con toda su boca de viejo, babosa y desdentada, irradiando luz del cielo en sus ojos puros. Más allá, una niña como de nueve años se arrellana en postura desdeñosa é indolente, cruzando las piernas, luciendo la fina canilla cubierta con la estirada media de seda negra, y columpiando el pie calzado con zapato inglés de charol. La futura mujer hermosa tiene ya su dosis de coquetería; sabe que la miran y la admiran, y se deja mirar y admirar con oculta é íntima complacencia, haciendo un mohín equivalente á «Ya sé que os gusto; ya sé que me contempláis». Su cabellera, apenas ondeada, limpia, igual, frondosa, magnífica, la envuelve y la rodea de un halo de oro, flotando bajo el sombrero ancho de fieltro, nubado por la gran pluma gris. Apretado contra el pecho lleva un envoltorio de papel de seda, probablemente algún juguete fino para el hermano menor, alguna sorpresa para la mamá, algún lazo ó moño que la impulsó á adquirir su tempranera presunción. Más allá de este capullo cerrado va otro que se entreabre ya, la hermana tal vez, linda criatura como de veinte años, tipo afinado de morena madrileña, sencillamente vestida, tocada con una capotita casi invisible que realza su perfil delicado y serio. No lejos de ella, una matrona arrogante, recién empolvada de arroz, baja los ojos y se reconcentra como para soñar ó recordar.
Con semejante tripulación, el plebeyo tranvía reluce orgullosamente al sol, ni más ni menos que si fuese landó forrado de rasolís, arrastrado por un tronco inglés legítimo. Sus vidrios parecen diáfanos; sus botones de metal deslumbran; sus mulas trotan briosas y gallardas; el conductor arrea con voz animosa, y el cobrador pide los billetes atento y solícito, ofreciendo en ademán cortés el pedacillo de papel blanco ó rosa. En vez del olor chotuno que suelen exhalar los cargamentos de obreros allá en las líneas del Pacífico y del Hipódromo, vagan por la atmósfera del tranvía emanaciones de flores, vaho de cuerpos limpios y brisas del iris de la ropa blanca. Si al hacerse el pago cae al suelo una moneda, al buscarla se entreven piececitos chicos, tacones Luis XV, encajes de enaguas y tobillos menudos. Á medida que el coche avanza por la calle de Alcalá arriba, el sol irradia más é infunde mayor alborozo el bullicio dominguero, el gentío que hierve en las aceras, el rápido cruzar de los coches, la claridad del día y la templanza del aire. ¡Ah, qué alegre el domingo madrileño, qué aristocrático el tranvía á aquella hora en que por todas las casas del barrio se oye el choque de platos, nuncio del almuerzo, y los fruteros de cristal del comedor sólo aguardan la escogida fruta ó el apetitoso dulce que la dueña en persona eligió en casa de Martinho ó de Prast!
Una sola mancha noté en la composición del tranvía. Es cierto que era negrísima y feísima, aunque acaso lo pareciese más en virtud del contraste. Una mujer del pueblo se acurrucaba en una esquina, agasajando entre sus brazos á una criatura. No cabía precisar la edad de la mujer; lo mismo podía frisar en los treinta y tantos que en los cincuenta y pico. Flaca como una espina, su mantón parduzco, tan traído como llevado, marcaba la exigüidad de sus miembros: diríase que iba colgado en una percha. El mantón de la mujer del pueblo de Madrid tiene fisonomía, es elocuente y delator; si no hay prenda que mejor realce las airosas formas, que mejor acentúe el provocativo meneo de cadera de la arrebatada chula, tampoco la hay que más revele la sórdida miseria, el cansado desaliento de una vida aperreada y angustiosa, el encogimiento del hambre, el supremo indiferentismo del dolor, la absoluta carencia de pretensiones de la mujer á quien marchitó la adversidad, y que ha renunciado por completo, no sólo á la esperanza de agradar, sino al prestigio del sexo.
Sospeché que aquella mujer del mantón ceniza, pobre de solemnidad sin duda alguna, padecía amarguras más crueles aún que la miseria. La miseria á secas la acepta con feliz resignación el pueblo español, hasta poco hace ajeno á reivindicaciones socialistas. Pobreza es el sino del pobre, y á nada conduce protestar. Lo que vi escrito sobre aquella faz, más que pálida, lívida; en aquella boca sumida por los cantos, donde la risa parecía no haber jugado nunca; en aquellos ojos de párpados encarnizados y sanguinolentos, abrasados ya y sin llanto refrigerante, era cosa más terrible, más excepcional que la miseria: era la desesperación.
El niño dormía. Comparado con el pelaje de la mujer, el de la criatura era flamante y decoroso. Sus medias de lana no tenían desgarrones; sus zapatos bastos, pero fuertes, se hallaban en buen estado de conservación; su chaqueta gorda sin duda le preservaba bien del frío, y lo que se veía de su cara, un cachetito sofocado por el sueño, parecía limpio y lucio. Una boina colorada le cubría la pelona. Dormía tranquilamente; ni se le sentía la respiración. La mujer, de tiempo en tiempo, y como por instinto, apretaba contra sí al chico, palpándole suavemente con su mano descarnada, denegrida y temblorosa.
El cobrador se acercó librillo en mano, revolviendo en la cartera la calderilla. La mujer se estremeció como si despertase de un sueño, y registrando en su bolsillo, sacó, después de exploraciones muy largas, una moneda de cobre.
--¿Adónde?
--Al final.
--Son quince céntimos desde la Puerta del Sol, señora--advirtió el cobrador, entre regañón y compadecido--y aquí me da usted diez.
--¡Diez!...--repitió vagamente la mujer, como si pensase en otra cosa.--Diez...
--Diez, sí; un perro grande... ¿No lo está usted viendo?
--Pues no tengo más--replicó la mujer con dulzura é indiferencia.
--Pues quince hay que pagar--advirtió el cobrador con alguna severidad, sin resolverse á gruñir demasiado, porque la compasión se lo vedaba.
Á todo esto, la gente del tranvía comenzaba á enterarse del episodio, y una señora buscaba ya su portamonedas para enjugar aquel insignificante déficit.
--No tengo más--repetía la mujer porfiadamente, sin irritarse ni afligirse. Aun antes de que la señora alargase el perro chico, el cobrador volvió la espalda encogiéndose de hombros, como quien dice: «De estos casos se ven algunos». De repente, cuando menos se lo esperaba nadie, la mujer, sin soltar á su hijo, y echando llamas por los ojos, se incorporó, y con acento furioso exclamó dirigiéndose á los circunstantes:
--¡Mi marido se me ha ido con otra!
Éste frunció el ceño, aquél reprimió la risa; al pronto creímos que se había vuelto loca la infeliz, para gritar tan desaforadamente y decir semejante incongruencia; pero ella ni siquiera advirtió el movimiento de extrañeza del auditorio.
--Se me ha ido con otra--repitió entre el silencio y la curiosidad general.--Una ladronaza pintá y rebocá como una paré. Con ella se ha ido. Y á ella la da cuanto gana, y á mí me hartó de palos. En la cabeza me dió un palo. La tengo rota. Lo peor, que se ha ido. No sé dónde está. ¡Ya van dos meses que no sé!
Dicho esto, cayó en su rincón desplomada, ajustándose maquinalmente el pañuelo de algodón que llevaba atado bajo la barbilla. Temblaba como si un huracán interior la sacudiese, y de sus sanguinolentos ojos caían por las demacradas mejillas dos ardientes y chicas lágrimas. Su lengua articulaba por lo bajo palabras confusas, el resto de la queja, los detalles crueles del drama doméstico. Oí al señor cuarentón, que encendía fósforos para entretener al mamoncillo, murmurar al oído de la dama que iba á su lado.
--La desdichada ésa... Comprendo al marido. Parece un trapo viejo. ¡Con esa jeta y ese ojo de perdiz que tiene!
La dama tiró suavemente de la manga al cobrador, y le entregó algo. El cobrador se acercó á la mujer y la puso en las manos la dádiva.
--Tome usted... Aquella señora la regala una peseta.
El contagio obró instantáneamente. La tripulación entera del tranvía se sintió acometida del ansia de dar. Salieron á relucir portamonedas, carteras y saquitos. La colecta fué tan repentina como relativamente abundante.
Fuese porque el acento desesperado de la mujer había ablandado y estremecido todos los corazones, fuese porque es más difícil abrir la voluntad á soltar la primer peseta que á tirar el último duro, todo el mundo quiso correrse, y hasta la desdeñosa chiquilla de la gran melena rubia, comprendiendo tal vez, en medio de su inocencia, que allí había un gran dolor que consolar, hizo un gesto monísimo, lleno de seriedad y de elegancia, y dijo á la hermanita mayor: «María, algo para la pobre». Lo raro fué que la mujer ni manifestó contento ni gratitud por aquel maná que le caía encima. Su pena se contaba, sin duda, en el número de las que no alivia el rocío de plata. Guardó, sí, el dinero que el cobrador la puso en las manos, y con un movimiento de cabeza indicó que se enteraba de la limosna: nada más. No era desdén, no era soberbia, no era incapacidad moral de reconocer el beneficio: era absorción en un dolor más grande, en una idea fija que la mujer seguía al través del espacio, con mirada visionaria y el cuerpo en epiléptica trepidación.
Así y todo, su actitud hizo que se calmase inmediatamente la emoción compasiva. El que da limosna es casi siempre un egoistón de marca que se perece por el golpe de varilla transformador de lágrimas en regocijo. La desesperación absoluta le desorienta, y hasta llega á mortificarle en su amor propio, á título de declaración de independencia que se permite el desgraciado. Diríase que aquellas gentes del tranvía se avergonzaban unas miajas de su piadoso arranque al advertir que después de una lluvia de pesetas y dobles pesetas, entre las cuales relucía un duro nuevecito, del nene, la mujer no se reanimaba poco ni mucho, ni les hacía pizca de caso, Claro está que este pensamiento no es de los que se comunican en voz alta, y por lo tanto, nadie se lo dijo á nadie; todos se lo guardaron para sí y fingieron indiferencia, aparentando una distración de buen género y hablando de cosas que ninguna relación tenían con lo ocurrido--. «No te arrimes, que me estropeas las lilas»--. «¡Qué gran día hace!»--. «¡Ay! la una ya: cómo estará tío Julio con sus prisas para el almuerzo...»--Charlando así, encubrían el hallarse avergonzados, no de la buena acción, sino del error ó chasco sentimental que se la había sugerido.
Poco á poco fué descargándose el tranvía. En la bocacalle de Goya soltó ya mucha gente. Salían con rapidez, como quien suelta un peso y termina una situación embarazosa, y evitando mirar á la mujer inmóvil en su rincón, siempre trémula, que dejaba marchar á sus momentáneos bienhechores, sin decirles siquiera: «Dios se lo pague». ¿Notaría que el coche iba quedándose desierto? No pude menos de llamarle la atención:
--¿Adónde va usted? Mire que nos acercamos al término del trayecto. No se distraiga y vaya á pasar de su casa.
Tampoco me contestó; pero con una cabezada fatigosa, me dijo claramente: «¡Quiá! Si voy mucho más lejos... Sabe Dios, desde el cocherón, lo que andaré á pie todavía».
El diablo (que también se mezcla á veces en estos asuntos compasivos) me tentó á probar si las palabras aventajarían á las monedas en calmar algún tanto la ulceración de aquel alma en carne viva.
--Tenga ánimo, mujer--le dije enérgicamente--.Si su marido es un mal hombre, usted por eso no se abata. Lleva usted un niño en brazos... para él debe usted trabajar y vivir. Por esa criaturita debe usted intentar lo que no intentaría por sí misma. Mañana el chico aprenderá un oficio y la servirá á usted de amparo. Las madres no tienen derecho á entregarse á la desesperación mientras sus hijos viven.
De esta vez la mujer salió de su estupor; volvióse y clavó en mí sus ojos irritados y secos, de horrible párpado ensangrentado y colgante. Su mirada fija removía el alma. El niño, entretanto, se había despertado y estirado los bracitos, bostezando perezosamente. Y la mujer, agarrando á la criatura, la levantó en vilo y me la presentó. La luz del sol alumbraba de lleno su cara y sus pupilas, abiertas de par en par. Abiertas, pero blancas, cuajadas, inmóviles. El hijo de la abandonada era ciego.
ADRIANA
Dejé caer el periódico, exclamando con sorpresa dolorosa:
--¡Pero esa pobre Adriana! Morirse así, del corazón, casi de repente... ¡Nadie estaba enterado que padeciese tal enfermedad!
--Yo sí lo sabía--declaró el vizconde de Tresmes--, y aun sabía más: sabía cuándo y cómo adquirió el padecimiento, y es cosa curiosa.
--Entérenos usted--suplicamos todos--. Y el vizconde, que rabiaba siempre por enterar, nos contó la historia siguiente:
Adriana Carvajal, casada con Pedro Gomara, vivía dichosísima. Los esposos reunían cuanto se requiere para disfrutar la felicidad posible en el mundo: juventud y amor, salud y dinero, que son la salsa ó condimento de los dos primeros platos, sin él desabridos, amargos á veces. Faltábales, sin embargo, un heredero, un niño en quien mirarse; pero la suerte no había de mostrarse avara en esto, y les envió, por fin, el rapaz más lindo que pudo soñar la fantasía de una madre, apasionada y loca ya desde antes de la maternidad, como era Adriana. Al nacer el chico (á quien pusieron por nombre Ventura, en señal de la que les prometía su nacimiento) Adriana estuvo en grave peligro, y el doctor declaró que no volvería á tener sucesión. El delirio con que marido y mujer amaban á su Venturita, fué causa de que oyesen complacidos el vaticinio del doctor. ¡Un solo hijo, y todo para él! ¡Adriana libre ya por siempre de riesgos y trabajos! Tanto mejor... y á vivir y á cuidar del retoño.
Este se crió hermoso y lozano como una rosa. Yo, que no soy nada aficionado á chicos--advirtió sonriendo el vizconde de Tresmes--, confieso que aquél me hacía muchísima gracia. Aparte de su lindeza--parecía uno de los angelitos que pintaba Murillo, morenos y de pelo obscuro--, tenía un no sé qué simpático, una mezcla de inocencia y de picardía, una risa tan fresca, unas acciones tan imprevistas y tan originales, una precocidad--pero no de esas precocidades empalagosas de chiquillo sabio y serio, que me revientan, sino la precocidad de un diablillo con un ingenio celestial--, que, vamos, no había más remedio que llevarle juguetes y dulces, por el gusto de sentarle un rato sobre las rodillas.
De la chifladura de sus padres sería inútil hablar, porque ustedes la adivinan. Estaban chochitos; no conocían otro Dios que el tal muñeco. Adriana no se había apartado un instante de su cuna, vigilando á la nodriza, arrebatándola el pequeño así que acababa de mamar, vistiéndole, desnudándole, bañándole y guardándole el sueño... Y así que empezó á interesarse por el mundo exterior, á tender las manitas y á pedir _tochas_, les faltó tiempo para darle cuanto deseaba y mil objetos más, que ni se le ocurrían ni podían ocurrírsele. La hermosa casa antigua con jardín que habitaban los Gomara se llenó de cachivaches. ¡Y bichos! El arca de Noé. Los caballos de cartón andaban mezclados con los pájaros vivos; sobre un ferrocarril mecánico veríais un pulcro galguito de carne y hueso; el coche tirado por carneros era abandonado por una gran caja dé soldados autómatas, que hacían el ejercicio... Crea usted que derrochaban dinero en semejantes chucherías, y yo le dije alguna vez á Adriana, porque tenía confianza con ella:
--Hija, estáis malcriando á este pequeñín...
--Déjale que se divierta ahora--me contestaba--; demasiado rabiará algún día... Ojalá pueda ofrecerle siempre lo que le haga dichoso.
El repertorio de los juguetes y sorpresas se agota pronto, y no sabía ya Adriana qué nueva emoción dar á Ventura, cuando el cocinero de la casa, que había andado embarcado diez años y conservaba amigotes en todas las regiones del planeta, se descolgó un día regalando al chico un mono. Soy poco inteligente en Historia Natural, y no me pidan ustedes que clasifique la alimaña; sólo les diré que ni era de esos monazos indecorosos y feroces que nadie se atreve á tener en las casas, como el orangután, ni tampoco de esos titíes engurruminados y frioleros que se pasan la vida tiritando entre algodón en rama. Más bien era grande que pequeño; tenía el pelaje gris verdoso, y el hocico de un rojo mate, como el del hierro oxidado; se veía que estaba en la juventud y rebosando fuerza, y aunque goloso y travieso como toda la gente de su casta, no era maligno. Inteligente é imitador en grado sumo, no podía hacerse delante de él cosa que no parodiase, y su agilidad y presteza nos divertían muchísimo; era cosa de risa verle fingir que fregaba platos ó que rallaba pan en la cocina, y saltar sobre el lomo de los caballos para ayudar al lacayo en sus faenas de limpieza.
Á pesar de la índole relativamente benigna del mono, su inquietud y su vivacidad obligaban á tenerle preso en una caseta con fuerte cadenilla, porque ya dos veces se había escapado á corretear por árboles y chimeneas; cuando se le soltaba había que vigilarle, y á Venturita, que acababa de cumplir los tres años y que idolatraba en el mono, era preciso guardarle también para que no desatase la cadenilla, pues lo hacía con habilidad singular.
Una tarde que había yo almorzado en casa de Gomara y estábamos tomando café en un cenador del jardín--me acuerdo como si fuese ahora mismo, porque hay cosas que impresionan aunque uno no quiera--vimos cruzar como un rayo al mono; tan como un rayo, que más bien le adivinamos que le vimos. «Adiós, ya se ha escapado ese maldito de cocer», dijo Pedro Gomara levantándose; y Adriana, con sobresalto instintivo, lo primero que exclamó fué: «¿Dónde estará Ventura?». «Ése le habrá soltado, de fijo», respondió Pedro, que frunció el entrecejo ligeramente. En el mismo instante resonó un agudo chillido de mujer: un chillido que revelaba tal espanto, que nos heló la sangre; y voces de hombres, las voces de los criados que nos servían y que corrían hacia el cenador clamando con angustia: «señorito, señorito», nos obligaron á precipitarnos fuera. Adriana nos siguió sin decir palabra: un grupo formado por los sirvientes y la desesperada niñera nos rodeó, señalando hacia el tejado de la casa; y allí, al borde de la última hilera de tejas, sentado en el conducto de zinc que recogía las aguas de lluvia, estaba el mono con el niño en brazos.
El padre, con ademanes de loco, iba á precipitarse al zaguán para subir á las buhardillas y salir al tejado; yo pedía ya una escalera para intentar el desatino de subir por ella á la formidable altura de tres pisos, cuando Adriana, muy pálida--¡qué palidez la suya, Dios!--y con los ojos fuera de las órbitas, nos contuvo, murmurando en voz sorda y cavernosa, una voz que sonaba como si pasase al través de trapos húmedos:
--Por la Virgen... quietos... todos quietos... no se mueva nadie... Y silencio... no chillar... no chillar... hagan como yo... Quietos... si le asustamos le tira...
Sentimos instantáneamente que tenía razón la madre, y quedamos lo mismo que estatuas. Era el mayor absurdo que intentásemos luchar en agilidad y en vigor, sobre un tejado, con un mono. Antes que nos acercásemos estaría al otro extremo del tejado, y el niño estrellado en el pavimento.
Era preciso jugar aquella horrible partida: aguardar á que el mono, por su libre voluntad, se bajase con el niño. Yo miraba á Adriana; su palidez, por instantes, se convertía en un color azulado, pero no pestañeaba. El mono nos hacía gestos y muecas estrafalarias, apretando y zarandeando á su presa, y de improviso se oyó distintamente el llanto de la criatura, llanto amarguísimo, de terror; sin duda acababa de sentir que estaba en peligro, aunque no lo pudiese comprender claramente. La madre tembló con todo su cuerpo, y el padre, inclinándose hacia mí, sollozó estas palabras:
--Tresmes, usted, que es buen tirador... Una bala en la cabeza... Voy por la carabina.
Idea insensata, delirante, porque aun siendo yo un Guillermo Tell, al matar al mono hacíamos caer al niño; pero no tuve tiempo de negarme; intervino Adriana con un _no_ tan enérgico, que su marido se mordió los puños... Y la madre, terriblemente serena, añadió en seguida:
--Si le miramos, nunca bajará... Hay que retirarse... Hay que esconderse; que no nos vea.