Chapter 9 of 15 · 3876 words · ~19 min read

Part 9

Voy á escribir una historieta de amores. Á pesar de la ciencia, de la economía política, de la política contra la economía, de los problemas militares, de las huelgas y las manifestaciones, el amor conserva aún su atractivo pueril, su gracia patética ó sonriente. Es el amor todavía un angélico revoltoso, salado y dulce, y el aire de sus rizadas alitas, durante las abrasadas siestas del verano, refresca las sienes de mucha gente moza.--Fáltale al amor actualidad, pero le sobra eternidad.--Mi cuento demostrará por millonésima vez que el dominio del amor se extiende á todas las criaturas y que, según á porfía repiten poetas y autores dramáticos, no hay para el amor desigualdades sociales.

Llamábase mi heroína Muff, que en alemán quiere decir _manguito_, y la pusieron tal nombre porque, en efecto, el fino pelaje que la revestía daba á su diminuto corpezuelo cierta semejanza con un manguito de rica piel gris. Dama hubo que se equivocó y echó mano á Muff; pero la dueña de la lindísima grifona intervino exclamando:

--Cuidado... que salgo perdiendo yo. No hay manguitos de ese precio.

Verdad indiscutible, de las que se demuestran con cifras. Hasta dos mil francos puede costar un manguito, si es de chinchilla de primera, y por Muff se pagaron al contado tres mil. Hoy las pieles han subido: me refiero á los precios de entonces. Todavía es preciso agregar al coste de Muff el importe de sus joyas: dos collares _chien_, de perlitas uno, otro de coral rosa con pasadores de diamantes, y un par de cascabeles de oro incrustados de rosas y zafiros--dije útil, pues revelaba con su tilinteo la presencia de Muff y la salvaba de morir aplastada de un pisotón--. No omitamos tampoco en el presupuesto de Muff--nada hay que omitir tratándose de presupuestos--el valor del elegante _trousseau_ remitido de París, donde existen modistas y talleres especialmente dedicados á este ramo. Poseía Muff y lucía con frecuencia, según la estación, sus mantas acolchadas de terciopelo, raso y gro Pompadour, con bolsillito para el microscópico pañuelo perfumado de _lilas blanc_, sus botas de caucho ó cabritilla, sus collarines de rizada pluma, y creo ocioso añadir que dormía en lecho de edredón con múltiples cojines bordados y blasonados.

¡Ah! Si las riquezas, la ostentación, el lujo, la vanidad bastasen á los corazones sensibles, ¡quién más feliz que Muff! Era su existencia la realización de un cuento de hadas. Habitaba un palacio lleno de preciosidades artísticas, tenía á su servicio una doncella, diligente, cuidadosa y mimosa, la Paquita, que después de bañar á Muff en agua tibia, frotarla con jabón exquisito, enjuagarla con suave lienzo y peinarla hasta esponjar sus plateadas sedas, le servía en cuencos de porcelana golosinas selectas, y, terminada la refacción, frotaba los dientecillos de su ama con un cepillo empapado en elixir, á fin de que tuviese el aliento balsámico y fresca la boca. Si Muff salía, iba en coche, por supuesto, enganchado para ella expresamente; llevábanla al Retiro, y el lacayo, bajándola en el punto más solitario y de aire más puro, la dejaba brincar y correr, hacer ejercicio higiénico, solazarse á su libertad. Tampoco faltaban á Muff satisfacciones de amor propio. Cuantos la veían, extasiábanse con la monada del manguito vivo y alababan el pelo argentado, los ojos negros, inmensos, medio velados por las revueltas sedas, el hociquito diminuto, semejante á una trufa, la jeta encantadora. Así y todo, entre tantos mimos y esplendores, andaba mustia la grifona y á veces sus vastas pupilas expresaban nostálgica aspiración...

Cuando Dios creó á los seres allá en las frondas tupidas del Edén, clavóles adentro, muy adentro, en lo íntimo y profundo de la voluntad, un aguijón, un estímulo, especie de alfiler que sin cesar punza y se hinca y no consiente minuto de sosiego. Reclinada en sus fofos almohadones de seda ó agasajada en brazos del lacayo, acariciada por Paquita ó correteando por las sendas enarenadas del Retiro, Muff sentía la punta aguzada hincarse más hondo. «No eres feliz, pobre Muff; te falta la sal de la vida, la esencia del licor», sugería el alfiler por medio de tenaces picaduras reiteradas; y Muff, en lánguida postura, con el hocico ladeado y una patita péndula, suspiraba, y al anhelar de su pecho, el cascabel de oro del collar hacía misterioso _tilín_. Un sagaz observador comprendería al punto lo que le dolía á Muff; pero no supieron entenderlo sus poseedores--ó no quisieron, si se da crédito á versiones que parecen autorizadas. En consejo de familia fué sentenciada Muff á ignorar eternamente las alegrías amorosas y las sublimes pero arduas faenas de la maternidad. Objeto de lujo, primoroso _bibelot_, no debía estropearse. Y al notarla melancólica, decía la Paquita, presentando tentador plato de dorados bizcochos:

--¡Anda, monina, tontina, no _pienses_ en _eso_!

Un atardecer, al bajarse Muff de su coche en las umbrías del Retiro, vió que se acercaba á ella, muy brincador y animado, feísimo perrucho. Era un ruin gozquejo callejero, de ésos que por turno mendigan y muerden, que rebuscan ávidamente piltrafas entre la basura, y perecen extrangulados á manos de laceros municipales. Al ver al chucho, con su zalea amarillenta y sucia, el primer movimiento de Muff fué un remilguito desdeñoso. Viólo el lacayo y atizó al gozque soberano puntapié, que le hizo exhalar un alarido doliente. La compasión reemplazó al desdén, y Muff corrió hacia el lastimado, deseosa de consolarle.

Ya él volvía, sin miedo ni rencor, á rabisalsear en torno de Muff. Empezó el juego con amistosos ladridos, mordisquillos en chanza, hociqueos y otras manifestaciones expresivas é indiscretas de la cordialidad perruna. Los separaron, y Muff fué recogida á casa; pero al siguiente día, apenas descendió del coche, halló de nuevo al gozquecillo, alegre, insinuante, porfiado como él solo. Quiso la maliciosa casualidad que también el lacayo guardián de Muff tuviese un encuentro, el de su paisana la niñera Lucía, muchacha rubia, de buen palmito. Mientras los dos paisanos pegaban la hebra, la aristocrática grifona y el can plebeyo se entendían gustosos. Quizá la sentimental perrita confesó sus aspiraciones románticas y el vacío de su dorada esclavitud; acaso el pobrete apasionado de aquella beldad de alto coturno refirió sus luchas por la existencia, sus días de inanición, la vagancia, los palos recibidos, el poema de una miseria sufrida con estoico desprecio. Lo cierto es que, insensiblemente, aprovechando la distracción de su custodio, Muff se apartó del coche, y guiada por el perrucho, perdióse entre las alamedas y macizos de árboles, en dirección á la salida del Retiro, hacia Atocha. ¡El seductor iba delante, enseñando el camino; Muff le seguía, intrépida, sin volver el hocico atrás; y al rápido trotecillo de sus menudas patitas, tilinteaba suavemente, en ritmo musical, con una especie de emoción, el áureo cascabel, al cual enviaba corrientes de electricidad el corazón venturoso!

Todos los periódicos anuncian la pérdida de Muff. La gratificación ofrecida es cuantiosa. Muff, sin embargo, no parece. ¿Qué ha sido del manguito viviente, del rebujo de argentadas sedas, entre las cuales lucen las negrísimas pupilas enormes? ¿Qué hicieron de Muff la vida nómada, el abandono, la necesidad? ¿La robó un aficionado, y no quiere restituirla? ¿Yace en la alcantarilla, tiesa, helada, despojada de su collar y su cascabel de oro y piedras? ¿Ó aceptando su humilde destino, ha dejado voluntariamente las galas de la riqueza, y, tiritando, acompaña á su esposo, ronda con él al amanecer, y hoza en los montones de estiércol para engañar el hambre--el hambre, enemigo del amor, severo juez que inflexible lo castiga, verdugo que lo mata?

EL COMADRÓN

Era la noche más espantosa de todo el invierno. Silbaba el viento huracanado tronchando el seco ramaje, desatábase la lluvia y el granizo bombardeaba los vidrios. Así es que el comadrón, hundiéndose con delicia en la mullida cama, dijo confidencialmente á su esposa:

--Hoy me dejarán en paz. Dormiré sosegado hasta las nueve. ¿Á qué loca se le va á ocurrir dar á luz con este tiempo tan fatal?

Desmintiendo los augurios del facultativo, hacia las cinco el viento amainó, se interrumpió el eterno _flac_ de la lluvia, y un aura serena y dulce pareció entrar al través de los vidrios, con las primeras azuladas claridades del amanecer. Al mismo tiempo retumbaron en la puerta apresurados aldabonazos, los perros ladraron con frenesí, y el comadrón, refunfuñando, se incorporó en el lecho aquel tan caliente y tan fofo. ¡Vamos, milagro que un día le permitiesen vivir tranquilo! Y de seguro el lance ocurría en el campo, lejos; habría que pisar barro y mascar niebla... Á ver, medias de abrigo, botas fuertes... ¡Condenada especie humana, y qué manía de no acabarse, qué tenacidad en reproducirse!

La criada, que subía anhelosa, dió las señas del cliente; un caballero respetable, muy embozado en capa oscura, chorreando agua y dando prisa. ¡Sin duda el padre de la parturienta! La mujer del comadrón, alma compasiva, murmuró frases de lástima y apuró á su marido. Éste despachó el café, frío como hielo, se arrolló el tapabocas, se enfundó en el impermeable, agarró la caja de los instrumentos y bajó gruñendo y tiritando. El cliente esperaba ya, montado en blanca yegua. Cabalgó el comadrón su jacucho y emprendieron la caminata.

Apenas el sol alumbró claramente, el comadrón miró al desconocido y quedó subyugado por su aspecto de majestad. Una frente ancha, unos ojos ardientes é imperiosos, una barba gris que ondeaba sobre el pecho, un aire indefinible de dignidad y tristeza, hacían imponente á aquel hombre. Con humildad involuntaria se decidió el comadrón á preguntar lo de costumbre: si la casa adonde iban estaba próxima y si era primeriza la paciente. En pocas y bien medidas palabras respondió el desconocido que el castillo distaba mucho; que la mujer era primeriza, y el trance tan duro y difícil, que no creía posible salir de él. «Sólo nos importa la criatura», añadió con energía, como el que da una orden para que se obedezca sin réplica. Pero el comadrón, persona compasiva y piadosa, formó el propósito de salvar á la madre, y picó al rocín, deseoso de llegar más pronto.

Anduvieron y anduvieron, patullando las monturas en el barro pegajoso, cruzando bosques sin hoja, vadeando un río, salvando una montañita y no parando hasta un valle, donde los grisáceos torreones del castillo se destacaban con vigoroso y escueto dibujo. El comadrón, poseído de respeto inexplicable, se apeó en el ancho patio de honor, y guiado por el desconocido, entró por una puertecilla lateral, directamente, á una cámara baja de la torre de levante, donde, sobre una cama antigua y rica, yacía una bellísima mujer, descolorida é inmóvil. Al acercarse, observó el facultativo que aquella desdichada estaba muerta; y sin conocerla, se entristeció. ¡Es que era tan hermosa! Las hebras del pelo, tendido y ondeante, parecían marco dorado alrededor de una efigie de marfil; los labios color de violeta, flores marchitas; y los ojos, entreabiertos y azules, dos piedras preciosas engastadas en el cerco de oro de las pestañas densas. La voz del desconocido resonó, firme y categórica:

--No haga usted caso de ese cadáver. Es preciso salvar á la criatura.

De mala gana se determinó el comadrón á cumplir los deberes de su oficio. Le parecía un crimen, aunque fuese con buen fin, lacerar aquel divino cuerpo. Obedeció, no obstante, porque el desconocido repetía con acento persuasivo y terrible, tuteando al médico:

--No la respetes por hermosa. Está muerta, y nada muerto es hermoso sino en apariencia y por breves instantes. La realidad ahí es descomposición y sepulcro. ¡Nunca veneres lo que ha muerto! ¡Inclínate ante la vida!

Y de pronto, en el instante mismo en que el facultativo se disponía á emplear el acero, el extraño cliente le cogió de la mano, susurrándole al oído:

--¡Cuidado! Conviene que sepas lo que haces. Ese seno que vas á abrir encierra, no un ser humano, no una criatura, sino _una verdad_. Fíjate bien. Te lo advierto. ¿Sabes lo que es _una verdad_? Una fiera suelta que puede acabar con nosotros, y acaso con el mundo. ¿Te atreves, oh, comadrón heroico, á sacar á luz _una verdad_?

El comadrón vaciló; el frío del instrumento que empuñaba se comunicaba á sus venas y á sus huesos. Castañeteaban sus dientes; temblaba de cobardía y de egoísmo. _¡Una verdad!_ Ni hay tea que así incendie, ni rayo que así parta, ni torrente que así devaste, ni peste tan contagiosa. ¿Y quién le había de agradecer que cooperase al feliz nacimiento de una verdad? ¿Qué mayor delito para su mujer, sus amigos, su pueblo, su nación tal vez? ¿Qué crimen se paga tan caro? Quería arrojar el bisturí... Por último, la conciencia profesional triunfó. ¡El deber, el deber! No se podía dejar morir al engendro.--Y después de una faena angustiosa, realizada con seguro pulso y mano certera, presentó al desconocido una criatura extraña y repugnante: una especie de escuerzo, de trazas ridículas, negruzco, flaco, informe.

--Este monigote no puede ser _una verdad_--exclamó respirando á gusto el facultativo.

--Porque es _verdad_ te parece fea al nacer--declaró el desconocido, que miraba con transporte á la criatura--. Cuando las verdades nacen, horrorizan á los que las contemplan. Hasta que las abrigamos en nuestro pecho; hasta que las damos el calor de nuestra vida y el jugo de nuestra sangre; hasta que afirmamos su belleza como si existiese; hasta que nos cuestan mucho, no son hermosas. Ésta--ya lo ves--ha acabado con su madre... ¡No se lleva impunemente en las entrañas una verdad! Y ahora la verdad queda huérfana; queda abandonada. Yo no he de ampararla. Obligaciones estrechas me llaman á otra parte. Soy el que anuncia, no el que protege y salva. ¿Quieres tú encargarte de la recién nacida? ¿Tienes valor? ¿Eres digno de proteger á la verdad?

Cuando así le interpelan, no hay hombre que no guste de fanfarronear un poco. En el alma se despierta la viril arrogancia y responde al llamamiento, como el corcel de batalla al toque penetrante del clarín. Hace la vanidad oficio de resolución, y por un instante es sincero el deseo de la gloriosa batalla y el ansia del sacrificio. El comadrón tendió los brazos, recibió en ellos al raquítico ser, y declaró gallardamente:

--Ya tiene padre.

El desconocido le echó una ojeada especial, seria, escrutadora, hondísima--ojeada de abismo abierto. ¿Reconvención ó alabanza? ¿Duda ó fe? Nunca se supo.--Lo cierto es que el comadrón envolvió en paños blancos á la recién nacida; que comió pan y bebió vino, para reconfortarse; que ensilló otra vez su rocín, y con la criatura en brazos, y tapada y agasajada, emprendió la vuelta.

Declinaba la tarde; los rayos oblicuos del sol eran como miradas de severos ojos, nublados por el desengaño y enrojecidos por la indignación secreta. Las aves callaban, las pocas aves que se ven en los últimos meses del invierno; pero no tardaría el mochuelo en exhalar su queja ronca, porque ya se acercaba la mala consejera--la noche.

Y el comadrón, sin dejar de apurar á su montura, pensaba en la llegada. ¡Presentarse así, llevando en brazos un crío! ¡Si al menos fuese un angelito, una monada, una manteca con hoyuelos, una peloncita rubia ya sedosa, dispuesta á encresparse en sortijillas! ¡Pero aquel monstruo! Desvió los paños, contempló la criatura... Ya no estaba amoratada. Respiraba bien. Parecía más fuerte y más grande. Entre sus labios lucían ¡qué asombro! cuatro blancos dientes. ¡Qué robusta nacía la maldita!--Y cual si quisiese demostrar el brío y el ansia vital con que salía al mundo, la recién nacida buscó el dedo del comadrón y lo mordió. Después rompió á llorar, con llanto vehemente, ávido, que aturdía.

El comadrón sintió impaciencia y enojo. ¿De qué manera acallaría el grito de la verdad, ese grito tan molesto, capaz de atraer á los malhechores? Tapar la boca... Primero apoyó la palma de la mano; después furioso porque seguía el escándalo, envolvió la cabeza de la criatura en la vuelta del impermeable; y, por último, apretó, apretó, hasta que lentamente se apagaron los quejidos... Cayó la noche; llegó el momento de vadear el río; y como la criatura, silenciosa ya, estorbaba en brazos, el comadrón desenvolvió el abrigo, cogió el cuerpo, lo balanceó y lo arrojó á la corriente.

EL VOTO DE ROSIÑA

Si hay luchas electorales reñidas y encarnizadas, ninguna como la que presenció en el memorable año de 18... el distrito de Palizás (no se busque en ningún mapa). Digo que la presenció, y digo mal, porque en efecto la representó á lo vivo, y aun, con mayor exactitud, la padeció, sangró de ella por todas las venas. Cuando obtuvo la victoria el candidato ministerial, hecho trizas quedó el distrito. Piérdese la cuenta de los atropellos, desafueros, barrabasadas, iniquidades y trapisondas que costó «sacar» al joven Sixto Dávila, protegido á capa y espada por el ministro, pero combatido á degüello por el señor don Francisco Javier Magnabreva, conspicuo personaje de la anterior situación.

Sixto Dávila, muchacho simpático y ambiciosillo, había aceptado aquel distrito de batalla... entre varias razones de peso, porque no le daban otro; y contando con su actividad y denuedo, impulsado por las brisas favorables que siempre soplan en la juventud--ya se sabe que no es amiga de viejos la señora fortuna--, se propuso trabajar la elección, estar en todo y no perder ripio. Á caballo desde las cinco de la mañana hasta las altas horas de la noche; ayunando al traspaso ó comiendo lo que saltaba; descabezando una siesta cuando podía, afrentando con su intacto capital de salud y vigor los reumatismos y la apoltronada pachorra de su contrincante, Sixto incubó su acta hasta sacarla del cascarón vivita y en regular estado de limpieza.

No fueron únicamente energías físicas las que derrochó el mozo candidato. También hizo despilfarro oportuno de frases amables, persuasivas y discretas. Con un instinto y una habilidad que presagiaban brillante porvenir, Sixto Dávila supo decir á cada cual lo que más podía gustarle, y se captó amigos gastando esa moneda que el aire acuña: la palabra.

Aunque la gente de Palizás es suspicaz y ladina y no se deja engatusar fácilmente, la labia de Sixto dió frutos, especialmente al dirigirse á una mitad del género humano que no entiende de política y obedece á las impresiones del corazón. Sabía el candidato ministerial presentar á los electores las doradas perspectivas y los horizontes risueños del favor y la influencia, pero se excedía á sí mismo al hablar á las mujeres halagando su amor propio. Hay quien opina que Sixto, al desplegar tales recursos, no hacía sino practicar una asignatura que tenía muy cursada, y es posible que así fuese--lo cual en nada amengua el mérito del muchacho.

Como suele suceder á los grandes actores, que hasta sin querer están en escena, Sixto, durante su _tournée_ electoral, solía gastar pólvora en salvas, regalando miel sólo por regalar, sin miras interesadas y egoístas. Así, verbigracia, con Rosiña la tejedora.--Era Rosiña una pobre huérfana; no pudiendo cultivar la tierra por falta de hombres en su casa, y reducida á sacar á pastar una vaca por las lindes, se ganaba la vida con un telar primitivo y rudo, tejiendo el lino que ella misma tascaba y hasta hilaba pacientemente á la luz del candil en invierno. ¿Qué necesitaba Rosiña para subsistir? Un mendrugo de borona, un pote de coles, una manzana verde, una sardina salada, una taza de leche «presa...». Dios, que viste á los lirios del campo, más holgazanes que Rosiña, pues nos consta que no hilan ni tejen, había adornado á la humilde _tecelana_ con una primavera en las mejillas y un apretado haz de rayos de sol en la trenza doble que colgaba hasta sus caderas, y al pasar Sixto por delante de la choza y oir el _run, run_... del telar activo, y divisar á la laboriosa muchacha--, aunque sabía perfectamente que no tenía padre, hermano ni novio que pudiesen votarle--se detuvo, se bajó del jaco, pidió agua «de la ferrada» ó leche «de la vaquiña», bebió, alabó, agradeció y sostuvo con Rosa una plática que sólo podrían narrar las ramas del cerezo que sombrea arroyo más el cercano...

Ocurrió este pequeño episodio dos días antes de que cierto formidable cacique, al servicio y devoción del señor de Magnabreva, se decidiese, desesperado ya, á jugar el todo por el todo, á fin de salvar la elección comprometidísima y á dos dedos de perderse irremisiblemente. Lo apurado del caso le sugería un supremo recurso, que el desalmado vacilaba en emplear, porque hay remedios heroicos que pueden ser funestos, sobre todo cuando no se administran desde las alturas del poder... Más que el inminente triunfo de Sixto, tentó al cacique la ciega confianza del joven candidato. «No quiero ser cunero antipático, diputado impuesto, sino popular y querido», decía Sixto, gozándose en aparecer donde menos se contaba con él, en sorprender á sus partidarios con iniciativas propias... Esto decidió al enemigo. El golpe se tramó en una tabernucha, cuyo dueño era de los contrarios de Sixto; la taberna se alzaba al borde de la carretera, no lejos de la choza de Rosiña. Habíanse reunido allí los más ternes, los capaces de hacer una hombrada dejándose encausar después, seguros de que mano próvida, y que alcanzaba muy lejos, les había de mullir colchón para que no les doliese el porrazo. Uno de los conspiradores, conocido por varias siniestras fechorías, era radical: quería «dejar seco» á Sixto Dávila; otro proponía un secuestro; pero el cacique, prudente y cauto, emitió distinto parecer: nada de navajazos, nada de armas de fuego, que hacen ruido y alarman; nada de escopetas, ni siquiera de garrotes. «Aquí lo que interesa es que se inutilice... para la elección, vamos... para estos días; que no pueda menearse, porque... si sigue meneándose y apretando, ¡nos revienta! Tú, Gallo--ordenó al primero--, me vas á traer hoy un carreto de arena fina de la mar..., ¡qué así como así, te hace falta para echar á la heredad del trigo! Tú...--mandó al dueño de la taberna--le dices á la mujer que amañe unos sacos de lienzo bien hechitos y larguitos y fuertes... Él ha de pasar por aquí mañana al anochecer, para ir á Doas á casa del cura... ¡Y cuidado! muchos golpes en la espalda... pero á modo, á modo, como quien no hace daño...».

La mañana que siguió al conciliábulo, Rosiña fué llamada por la tabernera para que suministrase el lienzo y cortase y cosiese y rellenase los sacos... Nadie desconfiaba de la rapaza, á quien la tabernera, además, encargó el mayor sigilo. «Son para hacerle unos cariños á un galopín, mujer...». Por alusiones é indiscreciones, Rosiña adivinó quién sería el acariciado; y temblando lo mismo que la vara verde, empezó su faena. La mano no acertaba á manejar la aguja, los ojos se nublaban. Demasiado sabía ella los _cariños_ que con los sacos de arena se hacen. El que los recibe no dura mucho, no... Al pronto sólo advierte gran postración, profundo decaimiento; queda molido, rendido, deseoso únicamente de extenderse en la cama, pero sin dolor alguno, sin enfermedad; y pasan días, y no recobra el apetito, y palidece, y arroja sangre por la boca, hasta que al fin... Y Rosiña veía al señorito guapo y llano y de palabreo tierno que le había pedido agua de la _ferrada_, tendido entre cuatro cirios, menos amarillos que su rostro...