Part 8
--Á pesar del tiempo transcurrido, aún me persiguen los recuerdos de mi maldad... Los años nos hacen más blandos de corazón; la juventud ve delante de sí tantas esperanzas, que no quiere mirar al dolor, ni apiadarse del daño que aturdidamente ocasiona... Mi error no tuvo disculpa, ni siquiera la del buen gusto. Ivanhoe, mi primer favorito, era un perrazo magnífico, un terranova de pelo ensortijado y negrísimo, como denso tapiz de alto astracán. De cabeza noble é inteligente, el mirar de sus grandes ojos de venturina destellaba una bondad ideal; ¡decía un mundo de cosas! Cuando venia á descansar la cabezota en mi regazo, y fijaba en mis pupilas las suyas magnéticas, yo leía en ellas la resolución de morir por mí, si fuese preciso. La sombra de un peligro, la entrada de una persona desconocida, contraían con repentina ferocidad el hocico de Ivanhoe, que enseñaba sus blancos dientes amenazándoles, gruñendo sordamente. De día, me seguía paso á paso; de noche, dormía atravesado en el umbral de mi puerta. Mi pureza no necesitaba otro guardián, y mis padres acostumbraban decir que con Ivanhoe iba yo más defendida que con tres criados.
En esto sucedió que vino de París mi tía la de Bellver, y me trajo un regalo carísimo. Empezaban á ponerse de moda los grifones, y dentro del manguito me presentó uno, diminuto hasta la ridiculez y feo hasta la sublimidad: «una delicia», voz unánime de cuantos le admiraron en la tertulia. Un matorral de pelo gris sucio se cruzaba y confundía en la cara del animalejo, escondiendo sus ojos desproporcionados, parecidos á enormes cuentas de azabache y descubriendo sólo la nariz, trufita húmeda, reluciente y donosa hasta la caricatura. _Clown_--así se llamaba el bichejo--fué nuestro juguete, frágil, original y envidiado, porque no se conocía otro en Madrid; y la miseria de mi vanidad me incitó á consagrar á Clown exclusivamente todos mis halagos, á no separarle de mí, á adoptarle por favorito, olvidando enteramente á Ivanhoe. Es más; llegué á expulsar á Ivanhoe de mi presencia y de mi cuarto, porque asustaba al grifón, el cual, muy tembleque, como todos los perros chiquitines, se convertía en azogado al ver al colosal terranova. Me entregué sin reparo al nuevo cariño, y si no le encargué á Clown un _trousseau_ lujosísimo de sedas, encajes y plumas (ya sabes que esto se hace hoy, como que existen modistas especiales y hasta figurines para perros), al menos me dediqué á lavarle, peinarle, perfumarle y atusarle, y le construí un collarín precioso de perlitas, sacrificando mi mejor brazalete para los pasadores de diamantes. Mis amigas rabiaban por no tener otro Clown; yo le sacaba en carruaje, en el manguito ó en el rincón de mi chaqueta, entre el brazo y el seno; y al lucir tan gracioso dije viviente, al ostentarlo como una niña ostenta una muñeca más cara que todas, me pavoneaba y me hinchaba de orgullo, sin pensar ni un instante en el olvidado...
El olvidado había procedido con la mayor dignidad, con la delicadeza más absoluta. Bastaríale mover una pataza para aplastar al rival intruso, pero se desdeñó hasta de ladrarle: tan mezquino enemigo no merecía los honores del ataque y de la protesta. Si se hubiese tratado de un perrazo... ya Ivanhoe disputaría mi ternura á dentelladas. Ante aquel ser exiguo, Ivanhoe comprendió que no le tocaba descender á ningún extremo celoso; se abatió, encogió la cola, agachó la cabeza, y resignadamente descendió á la cuadra, donde los cocheros se encargaron de cuidarle.
--Ese perro era _un caballero_--interrumpió Isabel.
--Y yo... _¡una infame!_--declaró amargamente Claudia.--Ivanhoe, solo, enfermo, abandonado entre gente grosera y estúpida... No me enteré sino cuando no había remedio.--Tiene la rabia mansa--me dijeron--y aunque no hace daño ni muerde, habrá que pegarle un tiro.--Sentí un golpe repentino en el corazón; me escapé, me escurrí furtivamente hasta la cuadra, y me acerqué al montón de paja mal oliente en que yacía tendido Ivanhoe. Á mi voz, entreabrió las pupilas y meneó débilmente la cola, como diciendo: «Gracias, soy tu amigo, soy aquel mismo, á pesar de todo...». Habían notado mi escapatoria y me arrancaron de allí deshecha en llanto, ahogada por los sollozos, convulsa; me encerraron en mi habitación, y á la media hora oí en el patio dos detonaciones de arma de fuego...
Claudia calló y apretó en silencio, enérgicamente, la mano de Isabel. Después de una pausa, dijo sonriendo:
--Ivanhoe me perdonó, porque en él no cabía otra cosa; ¡quien no me ha perdonado ha sido el destino... el gran vengador! No me ha traído suerte la infidelidad... El que á hierro mata...
DE VIEJA RAZA
Á cada salto de la carreta en los baches de las calles enlodadas y sucias, las sentenciadas á muerte se estremecían y cruzaban largas miradas de infinito terror. Sí, preciso es confesarlo: las infelices mujeres no querían que las degollasen. Aunque por entonces se ejercitaba una especie de gimnasia estoica y se aprendía á sonreir y hasta á lucir el ingenio soltando agudezas frente á la guillotina, en esto como en todo las provincias se quedaban atrasadas de moda, y los que presentaban su cabeza al verdugo en aquella ciudad del Poitou no solían hacerlo con el elegante desdén de los de la «hornada» parisiense.--Además, las víctimas hacinadas en la carreta no se contaban en el número de las viriles amazonas del ejército de Lescure, ni habían galopado trabuco en bandolera con las partidas del _Gars_ y de Cathelineau. Señoras pacíficas sorprendidas en sus castillos hereditarios por la revolución y la guerra, briznas de paja arrebatadas por el torrente, no se daban cuenta exacta de por qué era preciso beber tan amargo cáliz. ¿Ellas qué habían hecho? Nacer en una clase social determinada--ser aristócratas, como se decía entonces--. Nada más. Los cuatro cuarteles de su escudo las empujaban al cadalso. No lo encontraban justo. No comprendían. Eran _sospechosas_, al decir del tribunal; _malas patriotas_. ¿Por qué? Ellas deseaban á su patria toda clase de bienes; jamás habían conspirado. No entendían de política. ¡Y dentro de un cuarto de hora...!
Cinco mujeres iban en la carreta: dos hermanas solteronas, viejísimas, las que mayor resignación demostraban en el trance; una dama como de treinta años, esposa de un guerrillero, separada de él desde el mismo día de sus bodas, que no le había visto nunca más porque no podía sufrirle, y pagaba ahora el delito de llevar tal nombre; una viuda, la condesa de L’Hermine, y su hija Ivona, criatura de dieciocho años, de primaveral frescura y perfecta belleza. Bajo el gorrillo ó cofia de blancos vuelos, el pelo suelto y rubio de la niña se escapaba formando aureola á la cara cubierta de mortal palidez, y en que las pupilas color de violeta y los cárdenos labios parecían toques de sombra sepulcral. Las manos, atadas atrás, temblaban; los dientes castañeteaban; doblábase desmayado el cuerpo.
Sin embargo, desde la mitad del camino--que era largo, por encontrarse la prisión en las afueras de la ciudad y en el centro la plaza--, Ivona de L’Hermine, enderezándose, demostró inquietud nerviosa, delatora de una esperanza. Dos veces el oficial que mandaba la escolta de _azules_ á caballo se había acercado á la carreta y murmurado al oído de Ivona algunas palabras, un cuchicheo. Tiñó el carmín las mejillas descoloridas de la doncella: no era el rubor de la modestia, ni el dulce sofoco de la pasión; no eran los sentimientos que en un alma joven despiertan las expresiones del amoroso rendimiento. Por más que el oficial fuese mozo y gallardo, Ivona no reparaba en su apuesta figura. Otra cosa encendía su rostro; la vida, la mágica vida, la vida que no había saboreado y que iba á perder. Al casi paralizado corazón acudía de nuevo la sangre, y los ojos de violeta recobraban su luz. ¡No morir!
Instintivamente, desde que Ivona oyó la primer frase balbuceada por el oficial, trató de desviar el rostro, evitando el de su madre. Ésta, en cambio, clavaba en Ivona los ojos, fijos, ardientes, interrogadores. Ya á la salida de la cárcel pudo notar la impresión producida en el oficial por la hermosura de Ivona. La condesa no tenía ideas políticas; no la importaba Luis XVII martirizado en el Temple; mal de su grado se veía envuelta por los sucesos; deber la vida á un republicano no la parecía humillante. Se la debería gustosísima, aceptaría la de su hija, pero... ¿y la honra?--Por espacio de largos años, recluida en sus haciendas, lejos del mundo, sólo había atendido la condesa á educar á Ivona con máximas de honestidad y de recato, cultivándola entre blancuras de azucena, fortificándola por el ejemplo de la más casta viudez. La corrupción de la corte espantaba á la condesa, y hasta había momentos en que, recordando á Luis XV, justificaba la revolución y la consideraba castigo divino, merecido y necesario. La fe y el culto supersticioso de aquella mujer no eran la monarquía ni el antiguo régimen, sino la pureza, la religión del armiño que llevaba en su título nobiliario y en la empresa de su blasón. Y al observar cómo el oficial devoraba con la mirada á Ivona, al ver que deslizaba en su oído palabras que la reanimaban instantáneamente, pensó para sí: «Quiere salvarla. ¿Á ella sola? ¿Á qué precio?
Increíble parece que una idea triunfe del horror que nos domina, al ver abierta la negra boca del no ser, las fauces de la eternidad. La condesa, en tan decisivos momentos, olvidando el miedo, sólo pensaba en Ivona ultrajada, mancillada, llevada por el oficial á su pabellón como una mujerzuela, después de que la hubiese arrebatado al patíbulo. Y no cabía duda: la niña aceptaba el trato: quizá su inocencia ignorase las condiciones; pero lo admitía: era vivir, era evitar el amargo trance. Mientras la indignación hervía en el alma de la madre, la hija volvía la cabeza para buscar con sus ojos, antes amortiguados, resplandecientes ahora, suplicantes, agradecidos, al jefe de la escolta, que la dirigía una sonrisa tranquilizadora, de inteligencia... Y ya llegaban; todo iba á consumarse; la carreta empezaba á abrirse paso difícilmente por entre las oleadas de la multitud que llenaba la plaza, en cuyo centro, siniestra y rígida silueta, se alzaba la guillotina, recogiendo un rayo de sol en su cuchilla de acero...
Al detenerse la carreta, los soldados, atentos á una orden del oficial, hicieron bajar á la condesa y á Ivona. Quedaron las demás sentenciadas dentro, aguardando su turno: rezando las viejas, la esposa del guerrillero renegando de su suerte y pidiendo compasión. La condesa advirtió que la llevaban á ella primero y que su hija quedaba como rezagada al pie de la escalera, medio perdida ya entre el gentío. El hielo del espanto, el estremecimiento que la vista del patíbulo había derramado en sus venas, provocando un sudor frío instantáneo, se convirtieron en una especie de furor silencioso, de desesperada vergüenza. Ya veía los dedos del oficial desordenando los rizos rubios de Ivona, y la imagen sensible, la representación de la afrenta, era más cruel y más amarga que la del suplicio. «No lo conseguirá», decidió con resolución terrible. Acordóse de que por descuido ó transigencia la habían dejado desatadas las manos. Como si quisiese confortarse el corazón, deslizó la mano por la apertura de su corpiño. Algo sacó oculto en el hueco de la mano. Y cuando el verdugo se acercó á sostenerla para que subiese los peldaños de la escalerilla, en rápida confidencia le dijo no se sabe qué, deslizándole en la diestra un puñado de oro. Se ignorará lo que dijo... pero, por los resultados, se adivina.
Sucedió una cosa que al pronto no acertaron á explicarse los que presenciaban la escena tristísima, y en aquellos tiempos ya casi indiferente á fuerza de ser habitual. Y fué que el verdurgo, retrocediendo, cogió brutalmente á la señorita de L’Hermine por el talle, por donde pudo, y en un segundo la empujó á la escalera, y á empellones la subió á la plataforma. La condesa le ayudaba, se hacía atrás, impulsaba también á su hija y la arrojaba á los brazos del ejecutor de la ley. Hízose tan rápidamente la maniobra, y era tal el oleaje del pueblo, que rugía é insultaba, la confusión en que la escolta se había apelotonado, que cuando el oficial, atónito, se precipitó, quiso intervenir, Ivona caía en la báscula, y la media luna se deslizaba mordiendo la garganta torneada, contraída por el espasmo del terror supremo, que ni gritar permite... El verdugo agarró por los mechones largos y rubios la lívida cabeza de la niña, que destilaba sangre, y la presentó á los espectadores. Y la condesa de L’Hermine, al acercarse sin resistencia para recibir la misma muerte, pensaba con satisfacción heroica:
--¡Gracias que pude esconder en el pecho las monedas!
BENITO DE PALERMO
Preguntáronle sus amigos al marqués de Bahama--riquísimo criollo conocido por su fausto, sus derroches y su aristocrática manía de defender la esclavitud--por qué singular capricho llevaba á su lado en el coche y sentaba á su mesa á cierto negrazo horrible, de lanuda testa y morros bestiales, y por contera siempre ebrio, siempre exhalando tufaradas de aguardiente, que no lograban encubrir el característico olorcillo de la raza de Cam.--Hay--le decían--negros graciosos, bien configurados, de dientes bonitos, de piel de ébano, de formas esculturales; pero éste da grima; más que negro es verde violeta; es una pesadilla.--Y el Marqués, sonriendo, defendía á su negrazo con algunas frases de conmiseración indolente: «¡Pobrecillo! ¡Qué diantre!... Yo soy así».
Al cabo, en una alegre cena donde se calentaron las cabezas, merced á que se bebió más champagne y más manzanilla y más licores de lo ordinario, y lo ordinario no era poco; viendo yo al marqués animado, decidor--en plata, algo chispo--aproveché la ocasión de repetir la pregunta. ¿Por qué Benito de Palermo--así se llamaba el negrazo--gozaba de tan extraordinarias franquicias? Y el marqués, á quien le relucían los hermosos ojos negros, de pupila ancha, contestó sonriendo y señalando á Benito, que yacía bajo la mesa, completamente beodo:
--Por borracho, cabal; por borracho.
No logré que entonces se explicase más. Parecióme tan rara la causa de privanza de Benito, como la privanza misma. De allí á dos días, paseando juntos, recordé al marqués su extraña contestación, y él, arrojando el magnífico _recorte_ que chupaba distraídamente, murmuró con entonación perezosa:
--Bueno; pues ya que solté esa prenda, diré lo que falta... Ahora se sabrá cómo si no es la borrachera de Benito, estoy yo muerto hace años, y de la muerte más horrorosa y cruel.
No ignora usted que me he educado en los Estados Unidos, y me aficioné á los viajes desde la niñez, porque allí el viajar se considera complemento de toda escogida educación. Antes de cumplir los veinticinco años había recorrido las principales ciudades de Francia, Inglaterra y Alemania; sabía cómo se vive en cada nación culta; en París, sobre todo, me había pasado inviernos enteros. Sin embargo, la monotonía de la civilización empezaba á causarme tedio, y me hurgaba el caprichillo de ver países menos cultos á la moderna. Dediqué unos meses á registrar la hermosa Italia, parando mucho en Roma y consagrando temporaditas á Florencia, Nápoles, Sicilia, Malta y Córcega; y engolosinado ya--Italia siempre será un paraíso--propúseme realizar al año siguiente otro delicioso viaje, el de Oriente: Grecia, Turquía y Palestina. Para venir á lo que importa de este cuento, lleguemos ya á Atenas, donde, por recomendaciones que llevaba, encontré excelente acogida en el cuerpo diplomático y en la corte, lo cual, y otra cosa que añadiré, contribuyó á que se prolongase mi estancia en la capital de Grecia bastante más de lo que pensaba.
Es el caso que en una fonda magnífica de Florencia había yo visto, por espacio de pocas horas, á una hermosísima inglesa, la cual grabó en mi espíritu una impresión que no habían conseguido borrar el tiempo ni la distancia. Era de esas mujeres que no se olvidan, porque á la belleza plástica, incomparable, reunía una gracia, una viveza y una originalidad excéntrica y picante, que empeñaban en perseguirla y adorarla. El vulgo cree que todas las inglesas son sosas; pero yo le aseguro á usted que la que sale donosa, vale por diez. Eva... (suponga usted que se llamaba así) era viuda, y viajaba con una dama de compañía, sin rumbo fijo, adonde la llevaba su imaginación artística y fogosa. En los cortos momentos que conseguí hablarle, volvióme loco. No me atreví á galantearla abiertamente, y sólo con los ojos le revelé el efecto que en mí causaba. Debo advertir que no me hizo maldito el caso, que me toreó, y en una vuelta que di me encontré con que había desaparecido, sin que me fuese posible acertar con ella, por más que la busqué desalado al través de toda Italia.
Calcule usted mi sorpresa y mi emoción, cuando en el primer sarao á que asisto en la embajada inglesa en Atenas, me encuentro á Eva radiante de hermosura, divinamente prendida y dispuesta á valsar. Excuso decir que inmediatamente me dediqué á cortejarla, y á fuerza de atenciones logré algunas ligeras señales de complacencia, pequeños indicios de que no la era desagradable mi persona. Sin embargo, en los saraos sucesivos, y en todos los lugares donde yo procuraba encontrarme con Eva y acompañarla, noté cuán difícil era ganar terreno en aquel corazón caprichoso y rebelde. Eva me desesperaba con sus coqueterías y sus arrechuchos; nunca estaba yo seguro de llegar á vencerla; si me veía alegre, me quería triste; si yo decía negro, ella respondía blanco. Creo que este sistema me trastornaba más, y ya me encontraba á punto de darme á todos los demonios, cuando...
--Pero--interrumpí--lo que no sale á relucir es Benito de Palermo; y confieso que Benito me importa más que la hermosa Eva.
--Cachaza, ya llegaremos á Benito--respondió sonriendo el marqués--. Iba á decir que por entonces fué cuando parte de la colonia inglesa que se encontraba en Atenas dispuso organizar una excursión á caballo y en coche, con objeto de visitar la célebre llanura de Maratón.
--¡Ah!--exclamé estremeciéndome involuntariamente.--¡Ya sé, ya sé! ¡Conque le tocó á usted ese chinazo! ¡Qué cosa tan horrible!
--Veo que recuerda usted el episodio. ¡No es para olvidado, no! Toda la prensa europea habló de eso detenidamente, publicando grabados, retratos y pormenores, día por día. Pues sepa usted que la expedición se combinó en la embajada, entre un rigodón y un vals de Strauss. La colonia acogió la idea con fruición y entusiasmo; las mujeres, sobre todo, estaban alborotadísimas. Pero yo, que había conversado largamente con palikaros, intérpretes y comerciantes judíos, recordé las noticias que me habían dado sobre una gavilla de bandoleros que infestaba las inmediaciones de Atenas, y cuyo número, arrojo y sanguinarias costumbres eran motivo suficiente para alarmarse y reflexionar. Emití un dictamen de prudencia, indicando que convendría, ó llevar numerosa y bien armada escolta, ó renunciar al proyecto. Y entonces adquirí la persuasión de que todos los ingleses tienen vena. Lord *** y los demás, que formaron parte de la fatal expedición, sonrieron desdeñosamente cuando les hablé de peligros; y á aquella sonrisa, que ya me encendió la sangre, correspondió Eva con algunas frases tan secas y burlonas, que me restallaron como latigazos sobre las mejillas. Vino á decir que el que no se sintiese con ánimos para arrostrar el riesgo, haría mucho mejor en quedarse, pues las inglesas no quieren compañía sino de gente resuelta, capaz de no achicarse ante los bandidos, caso de haberlos, que eso estaba por ver. El que recuerde los veintiséis años que yo tenía, y lo enamorado que andaba de Eva, comprenderá que me propuse formar parte de la expedición, aunque supusiese que nos acechaban todos los salteadores del mundo. ¡Ir con Eva de viaje! ¡Galopar á su lado! ¡Qué felicidad!--Y ella, al conocer mi propósito, giró como una veletilla, me sonrió, y estuvo conmigo insinuante, coqueta, hasta mimosa. La excursión quedó fijada para la mañana siguiente: al despuntar el día nos reuniríamos en un punto dado, fuera de las murallas de Atenas, llevando cada cual ó coche ó caballo, provisiones y armas. De los guías se encargaba lord ***.
Aquí aparece Benito de Palermo: no se impaciente usted, que ya sale el figurón.--Nacido en casa de mis padres, yo le llevaba conmigo como quien lleva un perro de lanas, porque la verdad es que no me servía para maldita la cosa, pues siempre ha sido torpón y desidioso. Escondiéndole la bebida, aún se lograba hacer carrera de él; pero en cuanto lo cataba, un cepo, una piedra. En Atenas, á fuerza de prohibir yo en el hotel que le diesen á probar ni vino ni alcohólicos, íbamos saliendo del paso.--Al regresar de la embajada, la víspera de la excursión, llamo al bueno de Benito, le doy órdenes y las llaves, y le encargo repetidamente que al rayar el día tenga mi caballo ensillado y preparadas mis armas, y me despierte aunque sea á trompicones: hecho lo cual, me adormezco pensando en Eva.
Cuando abro los ojos, el sol entra á torrentes en mi cuarto. Despavorido, me echo de la cama y miro el reloj; marcaba las once. Grito como un insensato llamando á Benito: Benito no contesta. Salgo al cuarto de tocador, de allí al pasillo... y tropiezo con un bulto negro, una bestia que ronca... Es Benito, ¡Benito, más borracho que un pellejo! Comprendo instantáneamente... Dueño de mis llaves, había asaltado un armario donde yo guardaba, entre mis trastos, una _cave à liqueurs_, y á aquellas horas la cabalgata se encontraría cerca de Maratón, y yo sería para Eva el ser más despreciable y más ridículo.
Desde que estaba en el viejo continente, no había empleado el bejuco. Cegué, y arremetiendo contra el negro, le di tal soba, que volvió en sí llorando y gimiendo que le asesinaban. Cuando me harté de pegarle, pensé en ensillar el caballo y reunirme á la comitiva... Pero era preciso buscar guía, pues de otro modo, ¿cómo orientarme en la planicie?--Y antes de que el guía pareciese, ya se divulgaba por Atenas la noticia espantosa: los bandoleros habían copado la expedición, cogiendo prisioneros á los expedicionarios, después de una heroica resistencia y de herir gravemente á alguno; las mujeres habían sufrido peor suerte, escarnecidas á la vista de sus maridos y hermanos, que atados de pies y manos no las podían defender... Ya supone usted cual me quedaría; no he sufrido nunca impresión más atroz.
--Recuerdo el caso... Se llevaron á los ingleses, exigiendo un enorme rescate y amenazando con atormentarles mientras el rescate no llegara... Si no me equivoco, á lord *** le fueron mechando y cortando en pedacitos: no hay idea de martirio semejante...
--Ea, pues de eso me libré yo por estar Benito borracho perdido--afirmó el marqués requiriendo la petaca--. Desde entonces le dejo beber lo que quiera... y el amo, aquí, es él.
--Según eso, ¿habrá usted comprendido que un hombre de color no es un perro?
--Claro que no. Los perros no se emborrachan nunca.
--¿Y Eva? ¿Sufrió el destino de las otras? Estaría muy bien empleado.
--¡Pues ahora caigo en que falta lo mejor!-exclamó el marqués--. Eva, por un antojito, porque no la gustaba su traje de amazona, también se había quedado en Atenas... ¡y si Benito me despierta y acierto á ir con la expedición, no sólo pierdo la vida, sino los deliciosos ratos que debí á Eva después... cuando ya se ablandó su corazón intrépido!
LEY NATURAL