Part 12
Tal vez, en aquel precoz enfermizo desarrollo de la fantasía influyese el mismo aislamiento á que le condenaban sus menudos latrocinios y la azarosa suerte y las fechorías del padre. Es lo cierto que Caridad creía á puño cerrado... ¿qué es creer?, _veía_. El mundo triste y agorero de la vieja mitología galaica le rodeaba á todas horas. El miedo á lo desconocido encogía su alma y derramaba hielo de mortal pavor en sus venas, atrayéndole, sin embargo, con misterioso atractivo, llamándole. Temía y deseaba la aparición sobrenatural, y mientras sus manos, mecánicamente, cogían lo ajeno, su espíritu inculto sentía el escalofrío del mundo invisible que nos rodea, y cuyo hálito quejoso se percibe en los murmullos del bosque y en el fluyente llanto del agua...
Esta noche de invierno, cercana ya la vigilia de los difuntos, _Cometerra_ explica á su nieto lo que es la _Compaña_ ó _Hueste_. Es una legión de muertos que, dejando sus sepulturas, llevando cada cual en la descarnada mano un cirio, cruzan la montaña, allá á lo lejos, visibles sólo por la vaga blancura de los sudarios y por el pálido reflejo del cirio desfalleciente. ¡Ay del que ve la _Compaña_! ¡Ay del que pisa la tierra en que se proyecta su sombra! Si no se muere en el acto, la vida se le secará para siempre á modo de hierba que cortó la _fouce_. Quebrantado, sin fuerzas, tocado de extraño mal, contra el cual no existen remedios, irá encaminándose poco á poco á la cueva, porque la _Hueste_ recluta así á los que encuentra en el camino, los alista en sus filas, refuerza su ejército de espectros... ¡Infeliz del que ve la _Compaña_!
En su pobre y frío lecho de hojas de maíz, Caridad se revuelve pensando en la fúnebre procesión. El fuego del lar se ha extinguido; la abuela ronca acurrucada á pocos pasos; se escucha fuera el gañir del lobo y la queja casi humana del mochuelo... La tentación es demasiado fuerte. De seguro que á estas horas desfila por el monte, en doble hilera de luces, la gente del otro mundo. ¡Verla! Caridad no se acuerda de que verla es morir. Quizá no le importa. El apego á la vida no nace temprano; el arbolillo sin raíces no se agarra á la corteza terrestre. El miedo, en Caridad, es como un espasmo: su alma estremecida teme y desea á la vez. Y deslizándose de la dura cama, á tientas va hacia la puerta, abre el cancel, se asoma y mira.
Velada la luna, antes esplendente, por nubarrones de trágica forma, negrísimos, los objetos aparecen confusos, las manchas de la arboleda se pierden entre la turbieza gris de la lejanía. Caridad, tiritando, echa á andar en dirección á la iglesia. Sin darse cuenta del porqué, supone que la _Hueste_ ronda las tapias del cementerio. Lo singular es que, al ir en busca de la procesión de las almas, el chiquillo tiembla, sus dientes castañetean, sus pupilas se dilatan, su sangre se cuaja, su corazón por momentos cesa de latir. Y, sin embargo, anda, anda, fascinado; ansioso, pisando la escarcha con descalzos pies, amoratados y rígidos. Allá donde se alza el muro del camposanto, una claridad difusa, unos lampos de luz verdosa le llaman con palpitaciones de mortaja flotante y con humaredas de cirio que se extingue. Allí está de seguro la _Hueste_... Ya cree verla, verla distintamente, y hasta escucha reprimidos sollozos, ahogados gritos que pueden confundirse con la ironía de la carcajada brutal... Sin transición, sin espacio á decir Jesús, á llamar á su madre como la llaman los heridos de muerte, Caridad se desploma. Á un mismo tiempo le ha partido la cabeza un garrotazo y le ha abierto la garganta el corvo filo de una céltica _bisarma_, que á la vez que degüella sujeta á la víctima. La sangre, caliente, se coagula sobre la helada superficie del terruño. Los mozos se retiran, dejando tieso allí al ladronzuelo, y murmurando, serios ya--porque no habían pensado ir tan lejos, ni hubiesen ido á no mediar el mosto nuevo y la vieja _caña_:
--Quedas escarmentado.
LA DENTADURA
Al recibir la cartita, Águeda pensó desmayarse. Enfriáronse sus manos, sus oídos zumbaron levemente, sus arterias latieron y veló sus ojos una nube. ¡Había deseado tanto, soñado tanto con aquella declaración!
Enamorada en secreto de Fausto Arrayán, el apuesto mozo y brillantísimo estudiante, probablemente no supo ocultarlo; la delató su turbación cuando él entraba en la tertulia, su encendido rubor cuando él la miraba, su silencio preñado de pensamientos cuando le oía nombrar; y Fausto, que estaba en la edad glotona, la edad en que se devora amor sin miedo á indigestarse, quiso recoger aquella florecilla semicampestre, la más perfumada del vergel femenino--un corazón de veinte años, nutrido de ilusiones, en un pueblo de provincia: medio ambiente excitante, si los hay, para la imaginación y las pasiones.
Los amoríos entre Fausto y Águeda, al principio, fueron un dúo en que ella cantaba con toda su voz y su entusiasmo, y él, _reservándose_ como los grandes tenores, en momentos dados emitía una nota que arrebataba. Águeda se sentía vivir y morir; su alma, palacio mágico siempre iluminado para solemne fiesta nupcial, resplandecía y se abrasaba, y una plenitud inmensa de sentimiento la hacía olvidarse de las realidades y de cuanto no fuese su dicha, sus pláticas inocentes con Fausto, su carteo, su ventaneo, su idilio en fin. Sin embargo, las personas delicadas--y Águeda lo era mucho--no pueden absorberse por completo en el egoísmo; no saben ser felices sin pagar generosamente la felicidad. Águeda adivinaba en Fausto la oculta indiferencia; conocía por momentos cierta sequedad de mal agüero; no ignoraba que á las primeras brisas otoñales el predilecto emigraría á Madrid, donde sus aptitudes artísticas le prometían fama y triunfos; y en medio de la mayor exaltación, advertía en sí misma repentino decaimiento, la convicción de lo efímero de su ventura.
Un día estrechó á Fausto con preguntas apremiantes: «¿Me quieres de veras, de veras? ¿Te gusto? ¿Soy yo la mujer que más te gusta? Háblame claro, francamente... Prometo no enfadarme ni afligirme». Fausto, sonriente, halagador, galante al pronto, acabó por soltar parte de la verdad en una aseveración exactísima. «¡Guedita, eres muy mona... muy guapa, sin adulación... Tienes una tez de leche y rosas, unas facciones torneadas, unos ojos de terciopelo negro, un talle que se puede abarcar con un brazalete... Lo único que te desmerece... así... un poquito... es la pícara dentadura. Es que á no ser por la dentadura... chica, un cuadro de Murillo!».
Calló Águeda contrita y avergonzada, pero apenas se hubo despedido Fausto, corrió al espejo. ¡Exactísimo! Los dientes de Águeda, aunque sanos y blancos, eran salientes, anchos á guisa de paletas, y su defectuosa colocación imponía á la boca un gesto empalagoso y mohín. ¿Cómo no había advertido Águeda tan notable falta? Creía ver ahora por primera vez la fea caja de su dentadura, y un pesar intenso, cruel, la abrumaba... Lágrimas ardientes fluyeron por sus mejillas, y aquella noche no pegó ojo, dando vueltas, entre el ardor de la fiebre, á la triste idea... «Fausto ni me quiere ni puede quererme. ¡Con unos dientes así!».
Desde el instante en que Águeda se dió cuenta de que en realidad tenía una dentadura mal encajada y deforme, acabóse su alegría y vinieron á tierra los castillos de naipe de sus ensueñas. Rota la gasa dorada del amor, veía confirmados sus temores relativos á la frialdad de Fausto; mas como el espíritu no quiere abandonar sus quimeras, y un corazón enamorado y noble no se aviene á creer que su mismo exceso de ternura puede engendrar indiferencia, dió en achacar su desgracia á los dientes malditos. «Con otros dientes, Fausto sería mío quizás». Y germinó en su mente un extraño y atrevido propósito.
Sólo el que conozca la vida estrecha y rutinaria de los pueblos pequeños; la alarma que produce en los hogares modestos la perspectiva de cualquier gasto que no sea de estricta utilidad; la costumbre de que las muchachas nada resuelvan ni emprendan, dejándolo todo á la iniciativa de los mayores--comprenderá lo que empleó Águeda de voluntad, maña y firmeza hasta conseguir dinero y licencia para realizar sus planes... Fausto había volado ya á Madrid; el pueblo dormitaba en su modorra invernal, y Águeda, levantándose cada día con la misma idea fija, suplicaba, rogaba, imploraba á su madre, á su padrino, á sus hermanas, sacando á aquélla una pequeña cantidad, á aquél un lucido pico, á éstas de la alcancía los ahorros..., hasta juntar una suma, con la cual, llegada la primavera, tomó el camino de la capital de la provincia...--Iba resuelta á arrancarse todos los dientes y ponerse una dentadura ideal, perfecta.
Águeda era muy mujer, tímida y medrosa: no se preciaba de heroína, y la espantaba el sufrimiento; un escalofrío recorrió sus venas cuando, discutido y convenido con el dentista el precio de la cruenta operación, se instaló en la silla de resortes, y encomendándose á Dios, echó la cabeza atrás... No se conocían por entonces en España los anestésicos que hoy suelen emplearse para extracciones dolorosas, y aunque se tuviese noticia de ellos, nadie se atrevía á usarlos, arrostrando el peligro y el descrédito que originaría el menor desliz en tan delicada materia. Tenía, pues, Águeda que afrontar el dolor con los ojos abiertos y el espíritu vigilante, y dominar sus nervios de niña para que no se sublevasen ante el atroz martirio. Desviados, salientes y grandes eran sus dientes todos: había que desarraigarlos uno por uno. Águeda, cerrando los ojos, fijó el pensamiento en Fausto; temblorosa, yerta de pavor, abrió la boca, y sufrió la primer tortura, la segunda, la tercera... Á la cuarta, como se viese cubierta de sangre, cayó con un síncope mortal. «Descanse usted en su casa», opinó el dentista.
Volvió, sin embargo, á la faena al día siguiente, porque los fondos de que disponía estaban contados y la urgía regresar al pueblo... No resistió más que dos extracciones; pero al otro día, deseosa de acabar cuanto antes, soportó hasta cuatro, bien que padeciendo una congoja al fin; pero según disminuían sus fuerzas se exaltaba su espíritu, y en tres sesiones más quedó su boca limpia como la de un recién nacido, rasa, sanguinolenta... Apenas cicatrizadas las encías, ajustáronle la dentadura nueva, menuda, fina, igual, divinamente colocada: dos hileritas de perlas. Se miró al espejo de la fonda; se sonrió; estaba realmente transformada con aquellos dientes; sus labios ahora tenían expresión, dulzura, morbidez, una voluptuosa turgencia y gracia que se comunicaba á toda la fisonomía... Águeda, en medio de su regocijo, sentía mortal cansancio; apresuróse á volver á su pueblo, y á los dos días de llegar, violenta fiebre nerviosa ponía en riesgo su vida.
Salió del trance; convaleció, y su belleza, refloreciendo con la salud, sorprendió á los vecinos. Un acaudalado cosechero, que la vió en la feria, la pidió en matrimonio; pero Águeda ni aun quiso oir hablar de tal proposición, que apoyaban con ahinco sus padres. Lozana y adornada esperó la vuelta de Fausto Arrayán, que se apareció muy entrado el verano, lleno de cortesanas esperanzas y vivos recuerdos de recientes aventuras. No obstante, la hermosura de Águeda despertó en él memorias frescas aún, y se renovaron con mayor animación por parte del galán los diálogos y los ventaneos y los paseos y las ternezas. Águeda le parecía doblemente linda y atractiva que antes, y un fueguecillo impetuoso empezaba á comunicarse á sus sentidos. Cierto día que, hablando con uno de sus amigos de la niñez, manifestó la impresión que le causaba la belleza de Águeda, el amigo respondió:
--¡Ya lo creo! Ha ganado un cien por cien desde que se puso dientes nuevos.
Atónito quedó Fausto. ¿Cómo? ¿Los dientes? ¿Todos, sin faltar uno? ¡Cuánto trastorna la vanidad femenil! Y soltó una carcajada de humorístico desengaño...
Cuando, años después, le preguntó alguien por qué había roto tan completamente con aquella Águeda, que aún permanecía soltera y llevaba trazas de seguir así toda la vida, Fausto Arrayán--ya célebre, glorioso, dueño del presente y del porvenir--respondió, después de hacer memoria un instante:
--¿Águeda...? ¡Ah, sí! Ahora recuerdo... ¡Porque no es posible que entusiasme una muchacha sabiendo que lleva todos los dientes postizos...!
INSPIRACIÓN
El taller, á aquella hora--las once de la mañana--tenía aspecto alegre y hasta cierta paz doméstica: limpio aún, barrido, no manchado por las colillas y los fósforos, los fragmentos de lápiz de color y el barro de las botas, con la alegre luz solar que entraba por el gran medio punto, acariciaba los muebles y arrancaba reflejos á los herrajes del bargueño, á los clavos de asterisco de los fraileros, y á los estofados del manto de la gótica Nuestra Señora. La horrible careta nipona reía de oreja á oreja, benévolamente, y _Kruger_, el enorme y lustroso dogo de Ulm, echado sobre un rebujo de telas de casulla, deliciosas por sus tonos nacarados que suavizaba el tiempo, dormitaba tranquilo, reservando sus arrebatos de cariño, expresados con dentelladas y rabotadas, para la tarde.
Luchaba desesperadamente Aurelio Rogel, instalado ante el caballete y el lienzo limpio, con una de esas crisis de desaliento que asaltan al artista en nuestra época sobresaturada de crítica y recargada con el peso de tantos ideales y tantas teorías y tantas exigencias de los sentidos gastados y del cerebro antojadizo. ¿Qué pondría en aquella tela rasa y agranitada; á qué expresión responderían las manchas de los colores que aguardaban en fila, al margen de la bruñida paleta, como soldados dispuestos á entrar en combate? Sentíase cansado Aurelio de _academias y estudios_; del eterno dibujar por dibujar, persiguiendo de cerca á la línea y al contorno, sin saber para qué, con la falta de finalidad del avaro que atesora, pero no hace circular la riqueza. Aquella ciencia del dibujo, en que Aurelio se preciaba de haber vencido y superado á todos sus compatriotas, tildados de malos dibujantes; aquel dominio de la forma, en tal momento, le parecía estéril, vano, si no podía servirle para encarnar una idea.--Y la idea, la veía surgir, como vapor luminoso, flotando ante sus ojos soñadores, sin lograr que se concretase y definiese; así es que, descorazonado, no se resolvía á coger el lápiz.
¿Qué iba á hacer? Dentro de un cuarto de hora aparecería el modelo, el eterno modelo; uno de los eternos modelos, mejor dicho.--Ó el tagarote aguardentoso, velludo y bestial; ó la moza flamenca y zafia, que dejaba en el taller olor á bravío y á jabón barato; ó el mozalbete achulado, afeminado, el _pâle voyou_; serie de cuerpos plebeyos y viciosos, cuya vista había llegado á irritar los nervios de Aurelio hasta el punto de enfurecerle. ¿Dónde estaba la Belleza? «La crearé sin modelo alguno--pensaba--; la sacaré de mi mente, de mis aspiraciones, de mi corazón, de mi sensibilidad artística...». Pero á la vez que afirmaba este programa, se daba cuenta de que no podía realizarlo: que le sujetaban lazos técnicos, la costumbre idiota de mirar hacia un objeto, la fidelidad escrupulosa, la impotencia para trasladar al lienzo lo que los ojos no hubiesen visto y estudiado en la realidad.
Así es que, cuando sonó la campanilla anunciando la llegada del modelo--segura á tales horas--el pintor sintió un estremecimiento de repugnancia invencible. «Hoy le despido»; resolvió; y, de mal talante, salió á abrir. Hizo un movimiento de sorpresa: la persona que llamaba era desconocida, una joven; casi una niña; representaba quince años á lo sumo. Á la interrogación de Aurelio, respondió la muchacha dando señales de temor y cortedad:
--Vengo... porque me ha dicho tío Onofre, el _curda_... ¿no sabe usté? pues que como está muy malísimo... y dijo que usté le aguardaba pa retratarle... le traigo el recao que no vendrá.
--Bien, hija--contestó Aurelio satisfecho y como libre de una carga.--¿Y qué tiene tío Onofre?
--Eso del trancazo--declaró la muchacha--. En la cama está hace tres días, y paece que le han molío toós los huesos.
Y como á pesar de que en apariencia estaba cumplida la misión de la chiquilla, ésta no se quitaba del marco de la puerta; el pintor, compadecido, la apartó diciendo:
--Pasa, hija. Ven, te daré un poco de vino de Málaga...
Entró la niña tímidamente, pero sin remilgos ni dificultades, y ya en el taller, miró alrededor con ojos asombrados, que expresaban el respeto por lo que no se comprende, y un vago susto. De pronto sus pupilas tropezaron con un desnudo de mujer: el de la mocetona flamenca y zafia, representada en una contorsión de ménade, sobre el mismo rebujo de telas antiguas en que _Kruger_ dormitaba ahora. Y Aurelio, que examinaba á la chiquilla, ya fuera de la penumbra de la antesala, con esa ojeada del artista que sin querer detalla y desmenuza, se echó atrás y se fijó lleno de interés. La palidez clorótica de la niña, al aspecto del «estudio de mujer», se había transformado en el color suave de la rosa que las floristas llaman _carne doncella_, pasando poco á poco, mediante una gradación bien caracterizada, á tonos cuya belleza recordaba la de las nubes en las puestas de sol. Como si invisibles ventosas atrajesen la poca sangre de las venas y las arterias á la piel, subieron las ondas, primero rosadas y luego de carmín, á las mejillas, á la frente, á las sienes, á toda la faz de la criatura; y en el pasmo de su inocente mirar, y en la expresión de indecible sorpresa de su boca, se reveló una belleza interior tan grande, que Aurelio estuvo á punto de caer de rodillas.
Nada dijo la niña; nada el pintor tampoco. Sólo cuando la oleada de vergüenza empezó á descender también gradualmente, preguntó Aurelio, tímido á su vez:
--¿Eres tú hija de tío Onofre?
--No, señor... Soy su ahijá. No tengo padre ni madre.
--¿Con quién vives?
--¡Con tío Onofre!
--¿Le sirves de criada? ¿Trabajas?
--Trabajo lo que puedo--fué la respuesta humilde--. Hay mucha necesiá... Si no fuera por los señoritos que retratan á tío Onofre, no sé cómo saldríamos del apuro. Y ahora, con la enfermedá...
Envalentonada por la dulzura con que Aurelio la había hablado, prosiguió la niña:
--Nos vamos á ver negros. En casa, señorito, no hay una peseta. Como tío Onofre tiene ese mal costumbre de la bebía... Si no es la bebía, hombre más bueno no se encuentra en tó Madrí. Pero el maldito amílico... que le tiene corroías las entrañas... Y como tío Onofre sabe que usté y el otro señorito pintor que vive en el Pasaje son tan caritativos...; pues me dijo, dice: «Te vas allá, Selma, y que en igual de retratarme á mí, te retraten á ti por unos días..., porque al fin ellos lo que quieren es retratar á cualquiera sinfinidá de veces..., y la guita que te la den por adelantao... y á ver si nos remediamos».
Contempló Aurelio al nuevo modelo que se le ofrecía, con la mirada involuntariamente dura y cruel del chalán y del inteligente en el mercado. Al través de la pobre falda de zaraza y del roto casaquillo, adivinó las líneas. Eran seguramente adorables, delicadas y firmes á la vez, con la pureza del capullo cerrado y la gracia de la juventud, que lo convertirá pronto en flor gallarda, de incitadora frescura. La proporción del cuerpo, la redondez del talle, la elegancia del busto, la gracia de la cabeza, todo prometía un modelo delicioso, de los que no se encuentran ni pagados. Aurelio se regocijó. ¡Quizás estaba allí la inspiración de la obra maestra!--Pero cuando iba á pronunciar el sacramental: «Desnúdate...» el recuerdo de la ola de sangre inundando el rostro, ascendiendo hasta la frente y las sienes, borrando con su matiz de carmín las facciones, le detuvo, apagando en su garganta el sonido. Se sintió enrojecer, á su turno; le pareció haber cometido, allá interiormente, alguna acción vergonzosa. Y acercándose á la niña, fué esto lo que dijo:
--Te retrataré, pero con la condición de que no te retrate nadie más que yo. ¿Entiendes? Pago doble... No vas á casa de ningún otro señorito. Yo te daré dinero... Ahora, hija mía... para que te retrate... te colocarás así... así... mirando á esa figura. ¿Quieres?
Y, mientras á las mejillas de la niña y á sus sienes virginales subía otra vez, ante el impúdico y vigoroso _estudio_ de la Ménade, la ola de vergüenza, Aurelio, con nerviosa vehemencia primero, con pulso seguro después, manchaba el lienzo bocetando su cuadro «Pudor», que le valió en la Exposición el primer triunfo, una segunda medalla.
OSCURAMENTE
La casuca, al borde del camino, separada de la cuneta por un jardín no mayor que un pañuelo, era simpática, enyesada, con ventanas pintadas de azul ultramar rabioso, y un saledizo de madera que decoraban pabellones de rubias espigas de maíz. En el jardín no dejaban cosa á vida las gallinas y el gallo, escarbando ellas con humilde solicitud y él con arrogante desprecio; pero así y todo, los rosales _lunarios_ se cubrían de finas rosas lánguidas, las hortensias erguían sus copos celestes, y un cerezo enorme, amaneradamente puesto por casualidad á la izquierda de la casa, daba fresca sombra. Aquella vista podía ser asunto de país de abanico, y mejor si la animaba la presencia de la chiquilla alegre y reidora en quien la vida amanecía con lozanos brotes y florescencias primaverales.
Huérfana era Minga, pero no había notado la soledad ni el abandono, gracias á su hermano Martín, que le prodigó mimos de madraza y protección de padre. La niñez no siente nostalgias de lo pasado cuando es dulce lo presente. Minga no recordaba el regazo maternal. Era Martín--solían repetirlo los demás mozos de la aldea, y no siempre con piadosa intención--como una mujer. Él sabía amañar el caldo y arrimar el pote á la lumbre; él lavaba, torcía y tendía la ropa; él vendía en la feria la manteca, la legumbre, los huevos; él vestía y desnudaba á Minga mientras fué muy pequeña, y la tomaba en brazos y la sonaba y la desenredaba la vedija de seda blonda, luminosa y vaporosa como un nimbo de santidad... También la llevaba de la mano á la iglesia, porque Martín era algo sacristancillo. Ayudaba al señor cura, y su vaga aspiración, si no hubiese tenido que dedicarse á cuidar de su hermana, sería cantar misa, adornar mucho los altares, ponerle á su virgen flores, colgarle arracadas de perlas.
La condición de Martín, su índole afeminada y pulcra, se conocía en lo limpio de la casuca enyesada y reluciente, en la ocurrencia de rodearla de jardín, en el primoroso seto de cañas, en el vestir de Minga, siempre aseada y hasta engalanada con pañolitos de seda los días festivos, y en cierta cortesía humilde que Martín mostraba á todos, á la gente de la aldea y al señorío, multiplicando las fórmulas obsequiosas los «vayan con salud» y los «Dios les acompañe». No hubo sombrerón de fieltro menos pegado á la cabeza que el de Martín, ni _rapaz_ más enemigo de _parrandas_ y _tunas_, ni que así aborreciese el cigarro y la _perrita_, ni que con tal premura se escabullese del atrio ó de la robleda al presentir que iba á armarse «una de palos». Rozándole ó empujándole pasaban las mozas jaraneras y comprometedoras, que en todas partes las hay, y Martín no apartaba los ojos del suelo. Únicamente sonreía á las muchachas cuando ellas cogían por banda á Minga y la hartaban de rosquillonas, duras como guijarros, ó de _zonchos_ fríos, ó de caramelos pringosos. La cuerda de aquel cariño fraternal, casi paternal por la diferencia de edades, era lo que vibraba en Martín con vibraciones hondas, con latidos de corazón inmenso.