Part 13
¡Qué rechifla se levantó en la aldea al saberse cómo Martín había caído soldado! ¡Soldado aquella madamita, aquel miedoso, aquél que sabía coser y planchar y lavar como las hembras! ¡Aquél que ni gastaba navaja, ni bisarma, ni una triste vara aguijadora! No hubo quien no se riese: los viejos con bocas desdentadas, las mozas con bocas frescachonas de duros dientes. Sin embargo, prodújose la reacción. Los pobres tienen prójimo: las comadres de la aldea, las que han enviado hijos al servicio del Rey, son piadosas. Y al ver á Martín tan pasmado, tan alicaído, tan encogido de alma, las buenas comadres probaron á consolarle á su modo con palabras de resignación, de esperanza quimérica, fantaseando intervenciones de santos y milagros sin pizca de verosimilitud. Martín agachaba la cabeza, cruzaba las manos, miraba á Minga y callaba... Él sabía que era forzoso ir, no sólo al cuartel, sino á algo más terrible, que no se explicaba, que tenía para él mucho de misterio y más de horror, de eso que se ve en las ansias de la pesadilla... ¡La guerra...! ¡La guerra lejos, lejísimos... más allá de los mares!
Pasábamos una tarde por delante de la casucha, y el señor cura, que nos acompañaba, señaló hacia la cerrada puerta, el jardín comido por las ortigas y zarzales, el balcón sin sus ristras de espigas, todo solitario y muerto, con esa muerte de los objetos que indica la ausencia del espíritu, de la actividad humana, vivificadora. ¡Ay! El señor cura no se consolaba de la falta de Martín. ¿Dónde encontraría otro así para ayudar á misa, encender y despabilar velas, doblar y guardar las vestiduras, otro madamita igual, mañoso, dócil, bien hablado, bien mandado?... ¡Y pensar que se lo habían llevado á pelear con los negros! ¡Qué cosas! ¡Qué desdichas!
--¿Y la niña, la hermanita?--pregunté recordando una cabeza con aureola de rizos alborotados de un rubio blanquecino, una risa infantil, unos labios de cereza, unos ojos celestes.
--¡La niña!--repitió el cura--¡Ésa... ya ni se acuerda de tal hermano! La recogió la tabernera, ¿no sabe? la mujer del _Xuncras_... y como no tienen chiquillos, están con ella que no atinan dónde la pongan. Hay criaturas así, que son las hijas de la suerte. Figúrese lo que le esperaba á la chiquilla. Ó meterse á servir (¿y de qué sirve una criada de once años?) ó ir al Hospicio, ó dedicarse á pedir limosna... Y por cuánto la víspera de la marcha de Martín, al pobre rapaz le tienta Dios á entrar en el tabernáculo del _Xuncras_ para echar unos vasos y quitarse las melancolías; y le sacan vino, y caña, y bala rasa, ¡yo qué sé! y á los pocos tragos--como él nunca lo cataba--se le sube á la cabeza y rompe á llorar y á gritar y á decir que le daba el corazón que no volvería y que Minga se moriría de necesidad... Y resulta que la tabernera, un corazón de mantequilla de Soria, también suelta el trapo, se le agarra al cuello, y le ofrece cargar con Minga... El marido se oponía; pero la mujer le convenció de que allí se necesitaba una rapaza para fregar los vasos y barrer... Y quien friega y barre es la tabernera, y Minga está como la reina, mano sobre mano y bien regalada, y riéndose y cantando... Es alegre como unas pascuas. ¡Buen cascabel se prepara ahí! ¡Si da grima ver aquella cara tan satisfecha y al mismo tiempo la ropa de luto!
Y al notar mi sorpresa el cura, prosiguió:
--¿No lo sabía? ¡Claro que sí! al instante... Si fuese un holgazán, un vicioso, un quimerista, un bocarrota, aquí volvería sano y salvo... Como era tan modosiño y doblaba tan bien las casullas, ¡duro en él! Fué una de esas cosas de pronto, sin chiste... Una emboscada, una trampa en que cayó el destacamento. Lo supe por carta que se recibió en Marineda, de un sargento que escapó con vida. Diez ó doce murieron, y entre ellos Martín. No lo trajeron los periódicos; ¡si fuesen á traer las menudencias!... Á Martín le saltaron á la cara dos negrotes. Lo particular es que aseguran que se defendió como una fiera. Estoy por no creerlo. ¡Pobre madamita! Milagro si no se puso de rodillas á que le perdonasen. El sargento parece de Sevilla. ¿Pues no dice que Martín envió al otro barrio á uno de los mambises, que era un animal atroz? ¿Y no cuenta que casi podía con el segundo, y si no fuese porque tropezó y resbaló y el otro se le echó sobre el cuerpo y con todo el peso, lo acaba? ¡Bah! ¡bah! El asunto es que á Martín...
Un gesto expresivo, una mano girando con rapidez alrededor de la garganta, completaron la frase.
--Y aún ayer apliqué por él la misa--añadió el señor cura cuando ya doblábamos el pinar.
EL AHOGADO
Atacado de hipocondría y roído de tedio; cansado del mundo, de los hombres, de las mujeres y hasta de los caballos; agotados los nervios y vacía el alma, Tristán decidió morir. ¡Bueno fuera quedarse, porque sí, en un mundo tan patoso y de tan poca lacha; un mundo en que los goces se resuelven en bostezos, y en desencantos las ilusiones! Acabar de una vez; dormir un sueño que no tuviese el contrapeso del despertar probable.--Y Tristán, resuelto ya á la acción, empezó á pensar en el _modo_.
La verdad ha de decirse: el pícaro _modo_ era como un hueso que se le atragantaba á Tristán. Entre el sincero deseo de dejar la vida y el acto de quitársela, media un solo movimiento; ¡pero qué movimiento, señores! Comparado con éste, parece fácil el de levantar en peso una montaña... Las indecisiones de Hamleto, tortas y pan pintado en comparación de las de muchos infelices hijos de este siglo, á un tiempo codiciosos y temerosos del no ser. Ni pizca de cobarde tenía Tristán; pero el valor no es cantidad fija: hay quien no teme á un león y se pone pálido al ver una cucaracha. Nervioso, de imaginación cruel, Tristán se horripilaba del instante fugacísimo en que la bala del revólver destrozase la masa de su cerebro, ó la cuerda estrujase brutalmente su garganta. Por extraña contradicción, convencido del aniquilamiento final, hasta le preocupaba lo que sucedería _después_ á su cuerpo, y veía la escena póstuma, el grupo formado alrededor de su cadáver, y oía las frases triviales, las inevitables reflexiones lastimosas de amigos y sirvientes--todo ello ridículo, semigrotesco, parodia de algo trágico y grande no realizado--. Su buen gusto se sublevaba contra semejante final. «Morir, sí, pero morir sin dar espectáculo; irse de la vida como quien se retira de un salón, discretamente». Maduro el propósito, Tristán discurrió que el lugar más oportuno de ponerlo por obra era un viejo castillo que poseía á orillas del mar. Recogiéndose allí algún tiempo, la sociedad, si al pronto extrañaría su falta, ya le habría olvidado cuando sucediese lo que debía suceder... El caso era no dejar rastro alguno. «Como averigüen Perico Gonzalvo y Manolo Lanzafuerte mi paradero, allí se descuelgan á pretexto de cazar ó pescar...». Y rodeó su último y solitario viaje del complicado misterio propio de otras escapatorias más gratas. «Creerán que mi fuga tiene cómplice...», se dijo á sí propio, con irónica tristeza, el futuro suicida.
Al verse en el castillo, antiguo solar de su familia, Tristán comprendió que no cabía mejor fondo para el sombrío cuadro que intentaba pintar. Las abruptas montañas, las denegridas piedras, los paredones que la hiedra asaltaba, la costa erizada de escollos, la playa siempre azotada por el recio oleaje, la torre donde anidaban lechuzas y búhos, respiraban desolación y fúnebre melancolía. Acrecentaba el horror del paisaje la estación, que era la del equinoccio de otoño, con sus furiosas tempestades y los frecuentes naufragios de las embarcaciones que, extraviadas por la niebla, empujadas por el temporal, venían á encallar y á deshacerse en los traidores bajíos de la _Corvera_, próximos á la playa que se extendía á los pies de la residencia de Tristán. El incesante y ronco mugido del oleaje; el horizonte cerrado en brumas ó surcado por lívidas exhalaciones; la tierra empapada en agua; el arenal sembrado de despojos, tablas y barricas, cuando no de cadáveres, armonizaban tan bien con el estado de ánimo y los proyectos de Tristán, que decidió buscar reposo en el fondo de las aguas, haciendo creer que le había arrebatado una ola. Y para familiarizarse con la idea, bajaba á la playa diariamente, sintiendo que se apoderaba de su alma el vértigo de lo desmesurado y la atracción del hondo abismo. Su plan de suicidio se concretaba aprisa, y se le agarraba al espíritu de tal manera, que ya soñaba con él lo mismo que se sueña en la primer cita de una mujer hermosa y adorada.
Una tarde de horrible tempestad, en que el huracán sacudía las veletas del castillo y retorcía los árboles desmelenando locamente el ramaje, creyó Tristán que era llegado el momento de ejecutar su determinación, y descendió, ó mejor dicho, se despeñó al arenal, luchando á brazo partido con el viento y alumbrado por el repentino fulgor de los relámpagos. Uno que encendió el horizonte le mostró, sobre la cresta de enorme ola, algo que podía ser ó profecía ó imagen fiel de su destino: era el cuerpo de un hombre, un ahogado, que flotando venía á ser despedido contra los escollos. «Me pondré un buen peso á la garganta para no sobrenadar», calculó Tristán al divisar al muerto que se acercaba; y dos minutos después, la ola gigantesca, rompiéndose en las rocas á flor de tierra ya, depositaba sobre la arena al ahogado.
Tristán se precipitó hacia él por instinto, y alzando el cadáver, lo arrastró hacia el fondo del arenal, reclinándolo en una peña. Á la claridad macilenta del poniente, pudo observar que era un hombre joven y robusto. «¡Cuánto habrá luchado éste--pensó--para evitar lo que yo busco á todo trance!». Palpó el torso desnudo, magullado por las piedras, y no creyó advertir en él la rigidez de la muerte. Hasta le pareció percibir un resto de calor vital. Sintió una sacudida eléctrica. «¡Vive! ¡Este hombre vive aún!». Temblando de emoción, recordando los primeros socorros que deben prestarse á los ahogados, colocó al hombre con la cabeza alta, le inclinó hacia el lado derecho, y le sacudió reiteradamente hasta que hubo arrojado un chorro de agua por la boca. Volvió á hincar la palma sobre la tetilla izquierda, y creyó notar un débil latido del corazón, que le hizo exhalar un grito de alegría. Con sobrehumano vigor, cargando á hombros el cuerpo inerte, se lanzó por la cuesta que trepaba al castillo. El peso era grande: á mitad de la cuesta notó Tristán que la respiración le faltaba; detúvose un instante, y con doblados bríos siguió después, sin detenerse hasta soltar al ahogado en la cocina del castillo, donde ardía un buen fuego de leña. «Pronto--gritó Tristán á sus servidores--vengan mantas; á calentar ladrillos y á llenar botellas de agua hirviendo; á traer un colchón; ¿hay aguardiente?». Y mientras corrían para facilitarle lo que reclamaba, Tristán, inclinado sobre el cuerpo, veía con inquietud la azulada palidez del rostro, señal cierta de la asfixia, y creía que la chispa de vida, la débil llama, iba á extinguirse. «Hay que intentar el gran remedio». Y con más ilusión que nunca había probado al acercar sus labios á los de ninguna mujer, pegó su boca á la boca yerta del ahogado, acechando el primer soplo de aire, mientras sus manos fuertes y elásticas oprimían rítmicamente el esternón y el vientre, provocando por medio de enérgicas tracciones la respiración artificial. Palpitante de esperanza y de caridad, se regocijaba cuando á la boca fría asomaban buches de agua amarga, mezclados con impurezas. ¿Si era que ya penetraba en los pulmones el aire bienhechor? De súbito, percibió bajo sus labios un estremecimiento ligero: no cabía duda, ¡el hombre respiraba! Afanoso, redobló la espiración, enviando aquella onda tibia que era la existencia, la resurrección, la salvación del moribundo... Y así que el rostro de éste se coloreó ligeramente, así que se entreabrieron sus párpados, Tristán, rendido, sin darse cuenta de lo que hacía, cayó de rodillas, cruzó las manos, y dos lágrimas pequeñas, dulces, frescas, se descolgaron de sus lagrimales...
* * * * *
Á estas horas, Tristán no se ha suicidado, ni es de creer que piense en suicidarse. ¿Consistirá en que apreció la vida cuando la dió envuelta en su aliento? ¿Será que el tedio se disipa con la primer buena obra, como el fantasma al canto del gallo?
EL MOLINO
Desde lejos no lo veríais, porque lo tapa densa cortina de castaños, y grupos de salces y mimbreras, cuyo fino verdor gris armoniza con la pálida esmeralda del prado. Pero acercaos, y os prende y cautiva la gracia del molino rústico; delante la _represa_, festoneada de espadañas, poas, lirios morados y amarilla cicuta; la _represa_ con su agua dormida, su fondo de limo en que se crían anguilas gordas y cuarreadoras ranas; luego, las cuatro paredes blancas de la casuca, su rojo techo, su rueda negruzca que bate el agua con sordo resuello y fragor... Y en la puerta, de pie, con las abiertas palmas apoyadas en las macizas caderas, iluminado el moreno rostro por los garzos ojos y los labios de guinda, empolvado á lo Luis XV el revuelto pelo rizoso, divisáis á Mariniña, la molinera, que mira hacia la vereda del soto, esperanzada de que no tardará en asomar por ella Chinto Moure...
Para ir al molino jamás faltan pretextos; siempre hay un ferrado de millo, un saco de trigo que moler con destino á la hornada de la semana. Los de la aldea ya lo saben: Chinto está dispuesto á desempeñar la comisión, dando las gracias encima. Provisto de una aguijada con que pica á su caballejo y de un luengo _adival_ para amarrarle los sacos al lomo; descalzo en verano, calzado en invierno con gruesos borceguíes de suela de palo, Chinto emprende su caminata desde la parroquia de Sentrove hasta el molino de Carazás, por ver un rato á Mariniña y gustar con ella sabroso parrafeo, entre el revolar de las finas nubes del moyuelo y la música uniforme del rodicio que tritura el grano incesantemente.
¿Por qué, si tenían sus pensares tan juntos y sus corazones tan allegados como la blanca muela y el rubio maíz, no disponían casarse la Mariniña y el Chinto?--Nadie lo ignoraba en la parroquia: Chinto no había entrado aún en suerte; y su terror del cuartel y del uniforme era tal, que si le tocaba un mal número, había resuelto largarse á la América del Sur en el primer barco que del puerto de Marineda saliese... Y aun por eso se burlaban y hacían chacota larga de Mariniña los mozos de Carazás y los de las circunvecinas parroquias, anunciándola que con un amante y esposo tan cobarde y apocado, mal defendidos andarían el día de mañana la mujer y el molino, mal cobradas las maquilas, mal reprimidos los intentos de retozo con la frescachona y rozagante molinera.
El exterior de Chinto no puede negarse que prestaba fundamento á estas suposiciones y augurios del porvenir. De estatura mediana, esbelto, con una cabeza ensortijada semejante á la de los santos del retablo de la iglezuela románica en que oyen misa los de Carazás, Chinto parecía linda doncella disfrazada en hábito de varón; su voz era suave, su acento humilde, sus modales tímidos y corteses. El trabajo del campo no había sido bastante para curtir su piel, y al entreabrirse su camisa de estopa descubría un blanco cutis, raso y terso, una dulce seda que enloquecía á Mariniña... Porque conviene saber que la molinera, aquella moza resuelta y enérgicamente laboriosa, «una loba», como decían las comadres del _rueiro_, se enternecía, se bababa de gusto, se moría, en fin, de amor por el mozo delicado y aniñado--hasta afeminado podría decirse--que todas las noches andaba y desandaba la vereda del molino.
No es que á Mariniña le faltasen otras proporciones. Al contrario: mujer más rondada y pretendida no existía en tres leguas á la redonda, desde la orillamar y los puertecillos de pesca que bañan las plateadas ondas de la ría, hasta los cerros de Britón, donde empiezan á erguirse los rudos peñascos célticos entre sombríos pinares. No consistía tanto en las turgentes formas y las floridas mejillas de la molinera, como en el maldito señuelo de la molienda, en la complicidad del rodicio, en la familiaridad de la maquila. En la aldea no hay _Casinos_ ni _Veloces_, no se sabe qué sea un sarao ni un _raout_; pero no os fiéis: lo que pasa en la corte entre paredes vestidas de seda, ocurre allí en el atrio de la iglesia á la salida de la misa mayor, en la _desfolla_, en el campo de la romería ó en las noches del molino...
Sobre todo, en las noches del molino; en verano, á la clara luz de la luna; en invierno, á la dudosa claridad de la candileja de petróleo, conciértanse las voluntades y se teje la guirnalda de amapolas y manzanilla del rústico amor.--La prisa, la aglomeración del trabajo, obligan á moler la noche entera, y esperando su saco se juntan allí rapaces y rapazas, cruzando coplas de _enchoyada_, vivo diálogo galante, de finezas y desdenes, de sátira y picardía, que á veces acompaña la pandereta en argentino repique.--Y en la atmósfera caldeada del _salón_ campesino, Mariniña reina y atrae las voluntades: ya arisca, ya risueña; pronta á la chanza; instantánea en reprimir á los obsequiadores desmandados y sueltos de manos en demasía; activa y fuerte en el trabajo, animosa y de recios puños para erguir el saco lleno ó ayudar á descargarlo y á vaciarlo... no hay mozo, de los que al molino concurren, que no piense en la molinera, y no le profese ojeriza y tirria á Chinto, murmurando de él con frases despreciativas é irónicas: «¡Vaya un gusto raro, ir á antojarse de aquel papirrubio, de aquella madamita, á quien le venían las sayas antes que el calzón! ¡Uno capaz de desfondarse de miedo á la idea de servir al rey! ¡Uno que hasta no fumaba, ni gastaba navajilla, ni _echaba palabras_, ni el día de la fiesta cataba el aguardiente! ¡Un _papulito_ que nunca había arrimado un palo á nadie, ni sabía romper una cabeza á golpe de _bisarma_!».
La rabia de los desairados pretendientes contra el afortunado Chinto les inspiró una idea diabólica. Entraron en la conjura Santiago de Andrea, Mingos el de Sentrove, _Calros_ Antelo, Raposín... la _trinca_ de calaverones de montera que solían recorrer las aldeas en son de parranda y tuna, pegando _atruxos_ retadores y arrimándose á la cancilla de las _raparigas_ casaderas, para disparar coplas picantes... Sucedía esto allá por noviembre, cuando la senda que guía al molino se empapaba en rocío glacial, y las caídas hojas de los castaños formaban mullido tapiz, y los cendales de la niebla, envolviendo el paisaje en velo espeso, dejaban entrever las siluetas descarnadas de los árboles, parecidas á espectros de luengos brazos.--Sabedores los conjurados de que Chinto pasaría en dirección al molino á eso de la media noche, envolviéronse en blancas sábanas, encasquetáronse en la cabeza ollas con un par de agujeros cada una, y dentro sendos cabos de vela de sebo; retorcieron haces de paja, y se apostaron en la linde del castañal, á la hora en que la luna se esconde y el mochuelo saluda á las tinieblas con su queja lúgubre.
Tardaba Chinto en llegar; no se oía rumor alguno en el sendero, sino á lo lejos el sollozo del molino, y el frío y la impaciencia producían honda desazón en los conspiradores. Al principio habían reído y bromeado, celebrando la ocurrencia, que era, como ellos decían, ¡_una pava_ preciosa! Remedar una procesión de fantasmas, de almas del otro mundo, la fúnebre _compaña_; encender el cabo de sebo y los haces de paja, y desfilar así ante el medroso Chinto... ¡para reventar de risa! Pero transcurría la vigilia; el rocío, lento y helado, impregnaba los huesos; á lo lejos fanfarroneaba el cántico del gallo... y ni señales de Chinto. Empezaban á deliberar si convendría retirarse, á tiempo que allá de lo oscuro del bosque, salió un gemido, una queja sobrenatural. Otra queja más doliente, si cabe, respondió á la primera, y los cabellos de los conspiradores se erizaron al divisar dos blancos bultos que surgían de entre los castaños y avanzaban lentamente con sepulcral majestad... Los más, remangando el sabanón, echaron á correr; Mingos, el de Sentrove, cayó accidentado; Carlos Antelo se postró de rodillas y empezó á confesarse y pedir perdón de sus culpas; Santiago de Andrea fué el único que quiso arremeter contra los aparecidos; y lo hiciera, si una pedrada certerísima, dándole en mitad de la frente, no le tumba en el suelo medio muerto de veras...
* * * * *
Sábese todo en las aldeas, y á vueltas de mil supersticiosas invenciones y cuentos de _trasnos_ y brujas, se averiguó la verdad, y se solazaron en el molino á expensas de los burlados burladores. Porque era la avisada y traviesa Mariniña, y era Chinto, por ella prevenido y aleccionado, quienes con el disfraz de fantasmas y con un buen fragmento de cuarzo de la carretera habían dispersado la hueste y santiguado al de Andrea, el más terco de los rondadores que á la molinera asediaban.--La rabia, el despecho, la vergüenza, inspiraron al mozo un ansia terrible de vengarse, y de vengarse donde todos lo viesen, á la faz de la parroquia. Resolvió, pues, la primer noche que en el molino estuviese reunida gente bastante para servir de testigos, desafiar á Chinto y sentarle la mano á bofetadas y coces, hasta desbaratarle.
Á tiempo que con tan sañudos propósitos entraba en el molino Santiago (pocos días después de Reyes), hallábanse Mariniña y su mozo ocupados en colocar un saco de harina, riendo tiernamente cuando sus dedos se tropezaban ó sus rostros se aproximaban, en el calor de la tarea. Al punto conoció la molinera que el desdeñado y apedreado galán venía pendenciero, y con disimulada seña ordenó á Chinto que se apartase. La angustia y el temor de que pudiesen llegar los desquites á poner en riesgo la vida de Chinto, prestaron á Mariniña, en aquel instante, una rapidez de concepción y una energía de acción mayor aún de la acostumbrada. Encarándose con Santiago y riendo y provocándole, le propuso _loitar_.
Esta costumbre de la lucha, que ya va desapareciendo, subsiste aún en algunas comarcas galaicas, resto quizás de un estado social belicoso en que la mujer combatía al lado del varón. Luchan todavía las mozas entre sí, y hasta desafían al mozo, degenerando entonces la batalla en deleitable juego. Pero desde el instante en que Santiago--cuya sangre ardía en tumultuosa ebullición--se arrodilló frente á Mariniña también arrodillada, comprendió por instinto que aquella lucha no sería como otras; que iba de veras. Sólo con ver el movimiento de la moza al arremangarse, el brillo de sus ojos orgullosos, la rigidez de su talle, la dura barra de su entrecejo, se adivinaba la _loita_ seria, en que se trata de derrengar al contrario, empleando todo el vigor de los músculos y toda la resolución del alma.