Part 2
Nos recogimos al cenador, desgarramos la pared de enredaderas, y desde allí, como se pudo, espiamos al enemigo. ¿Les estremece á ustedes la situación? ¡Pues estremézcanse más! Duró veinte minutos. Sí; los conté por mi reloj. En esos veinte minutos el mono depositó al niño en el tejado, le acarició como había visto hacer á la niñera, le obligó á pasear cogido de la mano, le aupó sobre la chimenea y le llevó á cuestas, á caballito--un sainete, que en otra ocasión nos haría desternillarnos.--Durante esos veinte minutos, Pedro anhelaba; á Adriana no se la oía ni respirar. Por fin el mono miró hacia abajo, hizo varios visajes, y cogiendo á Ventura, se descolgó rápidamente con su carga lo mismo que un funámbulo sin cuerda, al jardín... Entonces salimos con explosión todos--todos, menos la madre, que había caído redonda--y el animal, asustado, soltó al chico ileso y se refugió en su caseta...
Aquella tarde Adriana sufrió dos sangrías, que no sacaron más que gotas negras--y desde entonces padeció del corazón--. Parecía que se había repuesto mucho en estos últimos años, pero ¡bah! la herida era mortal, y ella no lo ignoraba...
--¿Y qué fué del mono?--preguntamos como chiquillos.
--Tuve yo que pegarle el tiro... ¡Si viesen ustedes que me daba lástima!--repuso el vizconde.
VITORIO
Sí, señores míos--dijo el viejo marqués, sorbiendo fina pulgarada de _cucarachero_, golpeando con las yemas de los dedos la cajita de concha, lo mismo que si la acariciase--. Yo fuí, no sólo amigo, sino defensor y encubridor de un capitán de gavilla. ¿No lo creen ustedes? ¡Histórico, histórico! Á mi ladrón le ahorcaron en Lugo, y consta en autos.
Lo que se ignoró siempre (los jueces, en ese punto, no consiguieron hacer ni tanto así de luz) es el verdadero nombre que llevaba el ladrón, allá en sus mocedades, antes de dedicarse á tan infamante oficio, cuando se educaba conmigo en el Colegio de Nobles de Monforte. Desde que se metió á capitán de forajidos, le conocieron por _Vitorio_: así le llamaremos: ¡líbreme Dios de echar baldón sobre una familia antigua é ilustre, y deshacer lo que el pobrecillo llevó á cabo con el valor que ustedes verán, si me atienden!
Les aseguro que en el Colegio de Nobles no tuve compañero que me pareciese más simpático. De carácter vivo y vehemente, de inteligencia clara y feliz memoria, estudiaba con suma facilidad; los maestros estaban encantados de él. Al mismo tiempo, travesura que en el colegio se ejecutase, era sabido: ¿quién la discurrió? Vitorio. No sé qué maña se daba, que siempre era cabeza de motín, y todos nos poníamos á sus órdenes, reconociendo su iniciativa y su autoridad. Era en sus resoluciones tenacísimo y violento, pero pundonoroso hasta dejárselo de sobra, y, si alguien me dice entonces que Vitorio pararía en ladrón, creo que al tal le deshago yo la cara á bofetones.
Como siempre fuí enclenque y enfermizo, Vitorio me había tomado bajo su protección, y más de una vez escarmentó á los colegiales que me jugaban pasaditas. Esto, y el ascendiente que ejercía por su manera de ser, hicieron que yo fuese consagrando á Vitorio apasionada adhesión.
Un día recibió Vitorio cartas de su casa, y con ellas la amarguísima noticia de que su padre, que era viudo, se disponía á contraer segundas nupcias. El paroxismo de ira del muchacho, que adoraba en el recuerdo de su madre, fué tremebundo; espumaba de rabia, se retorcía, se quería romper la cabeza contra la pared del dormitorio. Le consolé lo mejor que supe, y, cuando ya le creía aplacado, he aquí que se levanta de noche y me propone que nos descolguemos por la ventana, atando las sábanas unas á otras, y que andando diez leguas, lleguemos á tiempo de impedir la boda de su padre. La fascinación de Vitorio era tal, que al pronto consentí en el absurdo proyecto, y si invencibles dificultades materiales no nos lo estorbasen, creo que lo realizamos.
Poco tardé en salir del Colegio, y en bastantes años nada supe de Vitorio. Estudié Derecho en Compostela, me casé, enviudé, y, teniendo que arreglar cuestiones de intereses, me establecí en mi casa de aldea de los Adrales, situada entre Monforte y Lugo, en país montuoso.
Hablábase mucho, en las veladas junto al fuego, de la gavilla que recorría aquellas inmediaciones, y de la original conducta de su jefe. Contábase que tenía prohibido matar y atormentar, á menos que le hiciesen resistencia; que jamás despojaba por completo una casa, sino que siempre cuidaba de dejar algún dinero á los robados, para que no careciesen de todo en los primeros instantes; que algunas veces sus robos llenaban el fin de reparar antojos de la suerte, pues daba al pobre lo del rico, al segundón lo del mayorazgo, al seminarista lo del racionero y al arrendatario lo del señor. Añadían que era galante con las damas, y que éstas, aunque robadas, no le querían mal, ni mucho menos. En resumen, la clásica silueta del _bandido generoso_; y si de Vitorio no hubiese más que decir, se podía ahorrar el relato ó sustituirlo por historias muy análogas, verbigracia, la de José María.
Aun cuando yo, por precisión, guardaba en casa dinero (entonces no era tan fácil como hoy ponerlo á buen recaudo), y aunque no alardeo de valiente, ello es que las noticias referentes á la gavilla me alarmaron poco, y seguí cenando siempre con las ventanas abiertas--era muy calurosa la estación--y quedándome entretenido en leer hasta que me entraba sueño, sin pensar en cerrarlas. Una noche, estando bien descuidado, cátate, que, lo mismo que una bala, cae á mis pies un hombre, pálido, demacrado, con la ropa hecha trizas, y sin que yo tuviera tiempo á nada, exclama, cogiéndome de un hombro, en tono lastimero: «¡Sálvame, Jerónimo! Soy Fulano... tu compañero, tu antiguo amigo. Me persiguen. Mi vida está en tus manos».
Le hice seña de que no temiese; corrí á atrancar la ventana con barra doble; cerré también las puertas, y tendí los brazos á Vitorio, porque ya le había reconocido. Aunque desfigurado y muy variado por la edad, reconstruí aquella cabeza hermosa, morena, de facciones tan delicadas y de tan viril expresión. No sin gran sorpresa mía, Vitorio se resistió á abrazarme, y murmuró fatigosamente: «Dame algo...; hace tres días que no pruebo alimento». Le serví de la cena que aún estaba allí sin recoger, y así que reparó sus fuerzas, me dijo: «No me abraces, Jerónimo. Soy el capitán de gavilla de quien tanto habrás oído, y por milagro no estoy en poder de los que quieren ahorcarme. Si me conservas algún cariño, ocúltame y déjame dormir; si no, échame, pero no digas á nadie cómo y dónde me conociste...».
Existía en los Adrales un precioso escondrijo antiguo, una especie de desván practicado bajo otro desván, oculto por un segundo tabique, y con salida á una escalerilla recatada en el hueco de la pared, y que moría al pie del bosque. Allí metí á Vitorio, y aunque la fuerza que le perseguía rodeó mi casa, y aunque se la dejé registrar sin oponer reparo, no encontraron al fugitivo, ni era posible, á no estar en el secreto, que sólo sabíamos el mayordomo y yo. Conjurado el peligro, no quise que se alejase Vitorio hasta que descansó bien, se lavó, se afeitó, se vistió con ropa mía y tuvo en el cinto dos ricas pistolas inglesas y en la bolsa oro. No le pregunté palabra, no le dirigí observaciones ni le di consejos, y esta delicadeza fué, sin duda, la que le movió á decirme poco antes de marchar: «Jerónimo, ¿te acuerdas de la boda de mi padre y de aquel disparate que queríamos hacer en el colegio? Pues de no hacerlo vino mi perdición. Cuando llegué á mi casa, encontré dueña de ella á una madrastra que obligaba á mi hermana á que la sirviese, y que hasta la pegaba delante de mí, ¡delante de mí!,--tú me has conocido... Recordarás mi carácter... ¡Asómbrate! Yo, al pronto, supe reprimirme, y hablé á mi padre como un hombre habla á otro hombre. Le dije que quería llevarme á mi hermana, y que sólo le pedía algún auxilio en dinero para que ella no se muriese de hambre. Me contestó con desprecio, con enojo, y me ordenó que respetase á mi madrastra. Entonces, fuera de mí, le dije que mi madrastra no merecía respeto, y que se lo demostraría antes de un año. Y así fué, Jerónimo; á los pocos meses mi madrastra y yo... ¿Entiendes? ¡Me lo propuse y lo conseguí... lo conseguí! Por _aquello_, y no por _lo de ahora_, merezco que me cojan y me ahorquen... En fin, lo cierto es que mi padre no pudo dudar de su afrenta, y me echó de casa maldiciéndome, apaleándome y prohibiéndome que usase su nombre jamás. El resto ya lo sabes... Adiós; voy á reunirme con mi gente, que andará esparcida por la montaña».
Desapareció, y supe que la gavilla se había retirado de aquellos contornos, metiéndose sierra adentro, por sitios casi inaccesibles. Dos años después del imprevisto lance, se habló mucho de un robo cometido por Vitorio en casa de un señor canónigo de Lugo. Consistía la originalidad en que el robo lo había realizado Vitorio solo, en una ciudad y á las doce del día. Hallábanse juntos el buen canónigo y cierto clérigo de misa y olla, jugando al tute, por más señas, cuando vieron entrar á un caballero apersonado y galán, que les saludó muy cortesmente. «Soy Vitoro»--dijo--«pero no se asusten ustedes, que no traigo ánimo de hacerles ningún mal. Entendámonos como se entiende la gente de buena educación; vengo por los cinco mil duros en onzas de oro que el señor canónigo guarda ahí, debajo de esa arquilla; con levantar un ladrillo numerado, aparecerá el escondrijo». «¡Cinco mil duros!» gritó el canónigo más muerto que vivo. «Pero, señor de Vitorio, ¡si jamás he poseído esa suma!». Y el clérigo, oficiosamente, exclamaba: «Ea, señor canónigo, no haya más; dé usted al señor de Vitorio esos cuartos, siquiera por la gracia, y la amabilidad con que los pide». «Déselos usted si los tiene, y no disponga de caudales ajenos», replicaba afligido el canónigo. Y Vitorio, siempre afable, añadía:--«Bien dice el señor canónigo; este cura, mientras le aconseja á usted que se desprenda de tan gruesa suma, se está escondiendo en la pretina una tabaquera de plata, como si Vitorio fuese algún ratero que cogiese porquerías semejantes. Pero señor canónigo, yo sé que los cinco mil duros ahí están; yo me veo en un grave apuro (que si no, no molestaría á persona tan respetable como usted). Buen ánimo; si puedo, he de restituírselos». Y con gallardo ademán entreabrió su abrigo, viéndose relucir la culata de unas pistolas (quizá las mías). El trémulo canónigo y el abochornado clérigo alzaron el ladrillo y entregaron á Vitorio los talegones. El forajido se inclinó, hizo mil cortesías, y los dos hombres, que con un grito hubieran podido perderle, se quedaron más de diez minutos sin habla, mientras él, tranquilamente, bajaba las escaleras.
Sin embargo, el clérigo, que era sañudo y rencoroso, la tuvo guardada, como suele decirse. Un día de feria, saliendo de la catedral, creyó reconocer á Vitorio en un aldeano que llevaba á vender una pareja de bueyes, y le siguió con cautela. Notó que el aldeano tenía las manos blancas y finas, y corrió á delatarle. Hizo rodear la taberna donde había observado que entraba, y así cogieron en la ratonera al célebre capitán, á quien ya sin esperanzas de alcanzarle perseguían por montes y breñas.
La causa de Vitorio tardó mucho en fallarse. Se susurraba que, por ser de muy esclarecida y calificada familia, no se atrevían los jueces á mandarle ahorcar, y que si revelaba su verdadero nombre, se le dejaría evadirse ó le indultaría la reina. Yo me encontraba entonces lejos de mi país, y las noticias en aquel tiempo no volaban como ahora. Por casualidad llegué á Lugo el mismo día en que pusieron en capilla á Vitorio. Corrí á verle, afectadísimo. Habíanme asegurado que la noche anterior una dama muy tapada, penetrando en la prisión, habló largo tiempo con Vitorio, y sospechando amoríos, compromisos, lazos que quedaban en el mundo, pregunté á mi antiguo compañero si tenía algo que encargarme para alguna mujer. «No, respondió sonriendo con calma; no tengo á nadie que me llore; la señora que estuvo á verme ocultando el rostro es mi hermana, á quien he prometido solemnemente dejarme ahorcar, sin que me arranquen mi nombre de familia. Y éste es el único favor que te pido, Jerónimo; ¡que nadie, nadie sepa nunca!... No he de deshonrar á mi padre dos veces».
En efecto, Vitorio murió callando; el clérigo de la tabaquera de plata acudió á presenciar cómo perneaba en la horca; pero el señor canónigo, que no podía olvidar los finos modales con que le habían quitado sus cinco mil duros, aplicó muchas misas por el alma del infeliz.
LAS DESNUDADAS
Una tarde gris, en el campo, mientras las primeras hojas que arranca el vendaval de otoño caían blandamente á nuestros pies, recuerdo que, predispuestos á la melancolía y á la meditación por este espectáculo, hablamos de la fatalidad, y hubo quien defendió el irresistible influjo de las circunstancias y de fuerzas externas sobre el alma humana, y nos comparó á nosotros, depositarios de un destello de la Divinidad, con la piedra que, impelida por leyes mecánicas, va derecha al abismo. Pero Lucio Sagris, el constante abogado de la espiritualidad y del libre albeldrío, protestó, y después de lucirse con una disertación brillante, anunció que, para demostrar lo absurdo de las teorías fatalistas, iba á referirnos una historia muy negra, por la cual veríamos que, bajo la influencia de un mismo terrible suceso, cada espíritu conserva su espontaneidad y escoge, mediante su iniciativa propia, el camino--, bueno ó malo, que en esto precisamente estriba la libertad.
Pertenece mi historia--añadió--, á un cruento período de nuestras luchas civiles, después de la revolución de 1868; y evoca la siniestra figura de uno de esos hombres en quienes la inevitable crueldad y fiereza del guerrillero se exaspera al sentir en derredor la hostilidad y la enemiga de un país donde todos le aborrecen: hablo del contraguerrillero, tipo digno de estudio, que mueve á piedad y á horror. Mientras el guerrillero, bien acogido en pueblos y aldeas, encontraba raciones para su partida y confidencias para huir de la tropa ó sorprenderla descuidada, el contraguerrillero, recibido como un perro, sólo por el terror conseguía imponerse; siempre le acechaban la traición y la delación; siempre oía en la sombra el resuello del odio. En guerras tales, el país está de parte de los guerrilleros; ó, por mejor decir, las guerrillas son el país alzado en armas, y el contraguerrillero es el Judas contra el cual todo parece lícito, y hasta loable.
Ahora, pues, el contraguerrillero de mi historia--supongamos que se llamaba el _Manco de Alzaur_--, había conseguido realizar el triste ideal de esta clase de héroes; al oir su nombre, persignábanse las mujeres y rompían á llorar los chicos. Interpelado el Gobierno en pleno Parlamento acerca de algunas atrocidades de aquel tigre, protestó de que eran falsas, y que, si fuesen verdad, recibirían condigno castigo; pero, realmente, las instrucciones secretas dadas al general encargado de pacificar el territorio en que funcionaba la contraguerrilla del _Manco_, encerraban la cláusula de dejarle terrorizar á su gusto, y cuanto más, mejor. Sin embargo, el general, á quien repugnaban y estremecían ciertos actos de barbarie, y que además tenía hijas y era padre tiernísimo, solía encargar mucho al contraguerrillero que, al menos, no se oprimiese violentamente á las mujeres; y el _Manco_ se comprometió á ello, jurando que si alguno de su partida incurría en tal delito, le cortaría inmediatamente las dos orejas. Los contraguerrilleros, que conocían las malas pulgas de su jefe, se guardaban bien de contravenir á lo mandado.
Si en alguna ocasión lamentó el _Manco_ haber empeñado su formidable palabra al general, fué el día en que, evacuado por las fuerzas de Radica y Ollo el pueblo de Urdazpi, penetró la contraguerrilla en este foco del carlismo. Es de saber que el párroco de Urdazpi se encontraba desde hacía año y medio al frente de una partidilla, tan escasa en número como resuelta y hazañosa, y más de diez veces había puesto la ceniza en la frente al _Manco_, yéndole á los alcances, batiéndole, cogiéndole prisioneros y dispersando á su gente, con harto corrimiento y rabia del contraguerrillero. El odio al cura de Urdazpi era ya como un frenesí en el _Manco_, y en Urdazpi vivían cinco lindas y honestas muchachas, carlistas y devotas, sobrinas del párroco faccioso, hijas de su única hermana, fusilada por los liberales en la anterior guerra. Cuando trajeron ante el _Manco_, amarillas cual la muerte y tan sobrecogidas que ni podían llorar, á las cinco infelices, se alzó un tumulto en el alma feroz del contraguerrillero; la promesa al general combatía los ímpetus salvajes de un corazón sediento de venganza, la venganza inicua de ensañarse en la familia de su enemigo, y devolvérsela vilipendiada y manchada, como se devuelve un trapo que ha limpiado el suelo de la cámara donde se celebra orgía impura. Meditó un instante, frunciendo las hirsutas cejas, bajo las cuales escandecían dos ojos de brasa; de pronto, una sonrisa feroz dilató su boca; había encontrado el medio de no faltar á su palabra, y al mismo tiempo de mancillar al cura en la persona de sus sobrinas. Dió en vascuence una orden terminente, y poco después las cinco doncellas, enteramente despojadas de sus ropas, eran paseadas y empujadas al través de las calles del pueblo, entre rechifla, denuestos, golpes y groseros equívocos de los inhumanos que las rodeaban, ebrios de vino y de sangre. El _Manco_ había anunciado que sería reo de pena capital cualquiera de sus contraguerrilleros que no se limitase á mofarse de la desnudez de aquellas desdichadas vírgenes, las cuales, estúpidas de vergüenza, intentando velarse el rostro con el pelo, echándose por tierra para que el fango de las calles las sirviese de vestido, pedían con llanto entrecortado y desgarrador que las devolviesen su ropa y las fusilasen pronto; y al verlas como estatuas de dolorido é injuriado mármol, el _Manco_ en persona, ó satisfecho ó ablandado ya, escupió á los desnudos y mórbidos hombros de la más joven, y dijo con bestial risa:
--Ahora, ya pueden volverse á su madriguera estas carcundas.
Considerar el estado de ánimo de las sobrinas del cura después del afrentoso suplicio, es como si nos asomásemos á un abismo de desesperación. Nótese que eran mujeres de intachable conducta, de grave recato, de profunda religiosidad, más bien exaltada; que las respetaban en el pueblo por honradas y las celebraban por hermosas; que á pesar de su fe no tenían vocación monástica, y entre los mozos incorporados á la partida del cura, más de uno rondaba sus ventanas y pensaba en bodas á la conclusión de la guerra. Pero después del horrible atropello del _Manco_, para las sobrinas del párroco de Urdazpi se había cerrado el horizonte, se habían acabado las perspectivas de la vida y del mundo. La gente, al hablar de ellas, sólo las llamaba _las desnudadas_, y este apodo infamante era como inmensa mancha extendida sobre su piel, quemada por tantos impuros ojos. Abrumadas bajo la carga de la desventura, permanecían recluidas en casa, sin asomarse á la ventana siquiera, sin salir ni á la iglesia: ¡la iglesia, que es el refugio de todos los dolores! Como si estuviesen contaminadas de lepra, como á los lazarados que la Edad Media aislaba, les traía una amiga, movida á compasión, lo necesario para su sustento, y se lo dejaba en el portal, en un cesto, diariamente, pues ni aun de ella consentían ser vistas y habladas. Así vivieron un año...
--Pues por ahora--dijimos á Lucio Sagris interrumpiéndole--su historia de usted demuestra que sometidas á unas mismas circunstancias, las cinco sobrinas del cura de Urdazpi adoptaron un género de vida absolutamente idéntico.
--¡Aguarden, aguarden!--clamó Lucio--. No se ha concluido el episodio. Al año, la consabida amiga avisó para el entierro de una de las sobrinas, la menor: aquélla á cuyos cándidos hombros desnudos había escupido el _Manco_. Enferma de tristeza desde el día de su desgracia, había ocultado su padecimiento por no ver al médico, ó más bien porque el médico no la viese; y la primer salida de _la desnudada_ fué con los pies para adelante, camino del cementerio. Pocos días después dejó la casa otra _desnudada_, la mayor: hizo su viaje de noche, con la cara envuelta en tupido velo, y apareció en Vitoria, en la casa matriz de las religiosas de una orden que tiene por misión asistir á los enfermos y amparar á los niños abandonados.
Quedaban solamente en Urdazpi tres de las sobrinas del cura; pero de allí á medio año escapáronse juntas dos de ellas, y se incorporaron á la partida, que por entonces recorría las cercanías en triunfo. Una de las muchachas tuvo ocasión de pelear como un hombre, con denuedo rabioso, contra las tropas liberales, hasta que una bala le atravesó el fémur y pereció desangrada; en cuanto á la otra...
--¿Murió también?--preguntamos.
--Peor que si muriese--contestó melancólicamente el narrador.--No sé qué será de ella; rodará por Bilbao; es lo probable. Ésa no supo comprender que por mucho que desnuden el cuerpo, el pudor y el decoro sólo se pierden cuando se desnuda el alma.
--¿Y la quinta sobrina del cura de Urdazpi?
--¡Ah! Ésa vive hoy al lado de su tío, que se acogió á indulto al terminar la guerra civil. Humilde y resignada, ya madura, atendiendo á sus labores domésticas y á sus devociones, no parece recordar que en algún tiempo quiso vivir apartada de sus semejantes... Y en el pueblo la respetan, ¡vaya si la respetan! Á pesar de que no puede olvidarse la espantosa acción del _Manco_, nadie se atrevería á llamarla _desnudada_ en alta voz.
SEMILLA HEROICA
Si la santidad de la causa es la que hace al mártir, lo mismo podremos decir del héroe--declaró Méndez Relosa, el joven médico que desde un rincón de provincia empezaba á conquistar fama envidiable.--Sólo es héroe el que se inmola á algo grande y noble. Por eso aquel pobre arrapiezo, á quien asistí y que tanto me conmovió, no merece el nombre de héroe. Á lo sumo fué una semilla que, plantada en buena tierra, germinaría y produciría heroísmo...
--Con todo--objeté--si respecto al mártir las enseñanzas de la Iglesia nos sacan de dudas, sobre el héroe cabe discutir. El concepto del heroísmo varía en cada época y en cada pueblo. Acciones fueron heroicas para los antiguos, que hoy llamaríamos estúpidas y bárbaras. Hasta que los ingleses lo prohibieron, en la India se creía--y se creerá aún, es lo probable--que constituye un rasgo sublime, edificante, gratísimo al cielo, el que una mujer se achicharre viva sobre el cadáver de su marido.
--No niego--declaró Méndez--que la gente llama heroísmo á lo que realiza su ideal, y que el ideal de unos puede ser hasta abominable para otros. El embrión de héroe cuya sencilla historia contaré, estuvo al diapasón de ciertos sentimientos arraigados en nuestra raza. Lo que le causó esa efervescencia que hace despreciar la muerte, fué _algo_ que embriaga siempre al pueblo español. Lo único que revela que el ideal á que aludo es un ideal inferior, por decirlo así, es que para sus héroes, aclamados y adorados en vida, no hay posteridad; no se les elevan monumentos, no se ensalza su memoria...