Chapter 15 of 15 · 3465 words · ~17 min read

Part 15

Creyó Juan que no se le conocía el loco deseo; pero las chiquillas son en esto linces, y Dolores notó que la querían, y no sólo lo notó, sino que mostró tal inclinación á Juan, que éste, vencido, confesó de plano. La niña, más inexperta, más vehemente, más ignorante de las terribles consecuencias de un mal paso, arregló entonces la escapatoria, combinando y facilitando las cosas de tal manera, que, dado el escándalo, el padre no tuviese más arbitrio que otorgar su consentimiento.

Se urdió el complot sin que nadie sospechase palabra; mas la víspera del día señalado, Juan, descolorido y trémulo, se echó á los pies del marqués y le reveló la trama. Como todo el que quiere de veras, prefería su propia desventura al daño ajeno; anteponía al egoísmo de su pasión el honor y la felicidad de Dolores. Así pagaba el pobre expósito su deuda á la casa donde le acogieron y ampararon; así reconocía, al través de la tumba, los cuidados maternales recibidos de la señora á quien no podía olvidar. Al consumar el sacrificio, su alma sangraba; y cuando el marqués, alabando mucho su honrada sinceridad, le tomó, por primera providencia, el billete para Londres, Juan, en vez de salir hacia el tren, cayó en la cama, donde le postró una fiebre ardentísima.

Hizo el marqués que le cuidasen; puso entre tanto á Dolores en un convento de monjas, graves y buenas guardianas; y ya en franca convalecencia Juan, para mayor cautela--porque todas las precauciones son pocas, y quien una vez tropieza expuesto está á caer--solicitó para el mozo un puesto lejos, lejos... lo más lejos posible. Y se lo concedieron en ultramar, y tan pingüe, que á ser Juan de otra condición, á la vuelta de pocos años tendría hecha la suerte. Hasta el codo se podía meter la mano en aquella bendita prebenda administrativa, y es de creer que, al otorgársela, se contaba con que la aprovechase; porque el padre de Dolores, que, á pesar de las hablillas, no tenía con Juan más parentesco que el puramente moral de haberle protegido, sentía cierto remordimiento al desampararle, y encomendaba á la generosidad de nuestro presupuesto el porvenir del mozo, sin darse cuenta de que éste, á falta de claro abolengo, poseía enérgica honradez. Lo único que trajo Juan de ultramar, á la vuelta de cuatro años, fueron unos mezquinos ahorros, que gastó en intentar la curación de un padecimiento hepático; y como el marqués había fallecido y estaba casada Dolores, se encontró Juan, al empezar á bajar la árida cuesta de la edad madura, solo y pobre como cuando le recogieron en el trigal.

Entonces--sin explicarse la razón--sintió un deseo inexplicable de volver á ver el sitio y la quinta donde había pasado una niñez relativamente tan dichosa. Llegó á aquellos lugares por la tarde, á pie, apoyado en un bastón grueso; lo primero que hizo fué dar la vuelta á la tapia de la quinta, evocando mil recuerdos que surgían en tropel al aspecto de cada árbol y ante la figura de cada piedra. Su corazón latió de pronto con ímpetu: en el vetusto mirador, enramado de rosales, suspendido sobre el camino, acababa de ver á una señora y dos niños, ella haciendo labor, los chicos observando con curiosidad al pasajero encorvado y triste, de amarillento rostro. La señora, avisada por los chicos, levantó la cabeza, y fijó en Juan la ojeada inerte que se concede al desconocido. Juan huyó: los ojos de Dolores, mirándole de aquel modo, le cortaban el alma. No paró hasta llegar á un campo de trigo, á la sazón maduro, salpicado de amapolas, como cuentas de coral sobre una trenza rubia. Los segadores, cantando alegremente, habían iniciado su faena, y los haces se amontonaban ya en un ángulo de la heredad; pero acercábase la puesta del sol, y pronto se retirarían á sus casuchas. Juan se aproximó á una mujer y preguntó con ansia:

--¿Es en este campo donde hace muchos años recogieron á un niño?

--Allí, señor--respondió la mujer con esa complacencia solícita de los aldeanos, soltando su hoz y levantándose para preceder á Juan y enseñarle el camino. Como unos diez minutos habrían andado, cuando la segadora se paró é hirió con el pie la orilla del sendero, pronunciando:

--Aquí mismo. Estaba en pelota, como lo parieron. Mire si lo sabré bien, que yo era entonces moza y fuí la primera que cogió al rapaz en brazos. Y mi hermano, que lo vió así, entre la abundancia, le puso _Juan Trigo_. Nos daba mucha lástima, ¡ángel de Dios!... Las que andábamos segando lo queríamos mantener con leche de vaca, y yo quería llevarlo para donde mí; pero le cayó una suerte muy grande; la señora marquesa lo recogió y lo criaba ella y lo tuvo en una hartura muy grandísima. Ahora será un caballero.

Juan calló. La amargura se desbordaba en su alma. Pensaba que podría haber sido el prohijado de aquella aldeana, vivir con ella, ayudarla á segar la mies, no conocer otros afanes ni otros deseos. Dejándose caer al suelo, en el mismo sitio donde le habían encontrado, pegó la faz á la tierra, y sus lágrimas la empaparon lentamente.

EL CAMAFEO

Mientras corrió su primera juventud, Antón Carranza se creyó nacido y predestinado para el arte. El arte le atraía como el acero al imán, y le fascinaba como el espejuelo á la alondra. Donde sus ojos encontraban una línea elegante, una forma bella, un tono de color intenso y original, allí se quedaban cautivos, en éxtasis de admiración, mientras luchaban en su alma noble pena de no haber sido el creador de aquella hermosura, y una ilusión arrogante de llegar á producirla mayor, más original y poderosa, por medio del estudio y el trabajo.

Años y desengaños necesitó para adquirir el triste convencimiento de que carecía de inspiración, de genio artístico. Sus tentativas fueron reiteradas, insistentes, infructuosas. Crispáronse en vano sus dedos alrededor del pincel, de la gubia, del palillo, del buril, del barro húmedo. Si no podía ser pintor ni escultor, á lo menos quería descollar como adornista, como grabador, como tallista; por último, desesperanzado ya, intentó resucitar los primores de orfebrería de Benvenuto Cellini; y si bien por cuenta propia no hizo nada digno de eterno loor, con la joyería su vocación artística desalentada se convirtió en provechosa especulación industrial; se asoció á un joyero de fama, montó el taller á gran altura y se dedicó á negociar, escondiendo la incurable herida de su ardiente aspiración y de sus mil fracasos.

El joyero que recibió de socio á Antón Carranza tenía una hija, cuyo enlace con el artista fué base de la nueva razón social. Luisa, la esposa de Carranza, no era bonita, ni aun agraciada: la desfiguraban su tez amarillenta, sus facciones angulosas y una cojera muy visible. Carranza, con todo, aceptó el trato sin repugnancia alguna; su futura le inspiraba, á falta de sentimientos más vehementes, simpatía y cariño. Como suele suceder á los hombres excesivamente poseídos de la fiebre artística, desconocía Carranza otras pasiones; la mujer era para él una necesidad momentánea, y el matrimonio una prudente garantía de paz y de afecto. Casóse, pues, satisfecho y tranquilo, y se condujo como marido bueno y leal.

Rico y en situación de satisfacer sus caprichos, Carranza rebuscó y adquirió preciosidades; ya que no acertaba á modelar estatuas, las hizo desenterrar en Nápoles y Grecia, y pudo colocar en su despacho-taller un lindo _Fauno_, una curiosa _Belona_ policromada, encanto de los arqueólogos, y varios fragmentos de mérito é interés.

Conocida su afición, presentáronle los vendedores medallas de relevado cuño y piedras grabadas, y entre varios ejemplares que no rebasaban del límite de lo usual y corriente, la lúcida ojeada del artista malogrado descubrió un camafeo griego que desde luego reconoció y diputó por pieza única tal vez en el mundo. Ni el famoso, contemporáneo de Alejandro, que representa á Psiquis y el Amor; ni la Venus marina, de Glicón; ni la célebre sardónica de la galería Farnesio, podían eclipsar á aquel sencillo camafeo, que sólo ostentaba una cabeza de mujer, ó mejor dicho de diosa. La ignorancia relativa del traficante cedió la divinidad por un precio irrisorio, atendida la importancia del camafeo, y Antón Carranza, dueño del inestimable tesoro, lo guardó con transporte en una caja de malaquita y pedrería, de donde lo sacaba mañana, tarde y noche, para contemplarlo á su sabor.

¡Qué sobriedad y pureza de líneas, qué misteriosa vida respiraba aquella cabeza! Cuatro rasgos, unos planos que apenas se indican, unas superpuestas capas de ágata que se matizan insensiblemente... y una obra maestra, digna de conservar un nombre al través de los siglos, una obra que fija y encarna la idea de una beldad sublime. ¿Por qué no había acertado jamás él, Antón Carranza, á concebir nada que se asemejase á aquel camafeo prodigioso? Una obra así bastaría para hacerle feliz toda la vida, colmando su anhelo y realizando su destino...; ¡y nunca, nunca de sus dedos torpes y su estéril fantasía había de brotar algo que se pareciese al camafeo!

Su entusiasmo por la piedra adquirió carácter extraño y enfermizo. Con fijeza más propia de la perturbación mental que de la cordura, pasábase Carranza horas enteras mirando el portento y tratando de explicarse qué secreta fuerza, qué rayo luminoso llevaba en sí el desconocido que hacía tantos siglos produjo aquel milagro. Quizás ni él mismo sospechó el valor de la huella genial que imprimió en la dura ágata su diestra paciente y firme. Quizás alguna joven de Mitilene ó de Samos lució en el anular ó colgó á su garganta el camafeo, sin conocer que poseía una riqueza ideal. Ni los que lo habían desenterrado y vendido ahora, en el siglo presente, comprendieron lo que tenían entre manos. El primer verdadero poseedor de la joya era Antón Carranza... Y en arrebato nervioso de desordenada pasión, Carranza pegaba los labios al camafeo, lo estrechaba contra su pecho, queriendo incrustarlo en él, adherirlo á su carne...

Notó por fin Luisa, y notaron todos los de la casa, dependientes y amigos, clientes y corresponsales, alarmantes síntomas en Antonio; y los que le veían de cerca se asustaron de su afición á la soledad, su hábito ya adquirido de encerrarse á deshora, su silencio en la mesa, y le tuvieron por maniático, opinando que los intereses comerciales de la sociedad peligraban en su poder. Era para Luisa doblemente triste que se hubiese anublado la razón de su esposo, ahora que, cumplidos sus más dulces deseos, se sentía encinta y soñaba en el momento inefable de estrechar á la criatura que esperaba... Consultado el médico acerca del estado de Carranza, y habiéndole observado despacio, con persistencia y disimulo, su fallo fué terrible: tratábase de un caso de monomanía tenaz, acompañada de graves desórdenes en las funciones del hígado y del corazón; y para salvar la razón y acaso la vida del enfermo, era preciso encerrarle sin tardanza en una casa de salud, sujetándole á un método riguroso.

No hubo más remedio que acceder, y Carranza, una mañanita, fué conducido al triste asilo donde, separado de los que le amaban, iba á verse abandonado del mundo... Con peregrina indiferencia se dejó llevar el maniático; tenía consigo el camafeo, y nada más necesitaba para ser dichoso en la región de sus delirios. Luisa iba á verle con frecuencia; pero se interrumpieron sus visitas cuando llegó el esperado trance; el nacimiento de una niña puso su existencia en peligro, dejándola semiparalítica y sujeta á ataques dolorosos, y transcurrió largo tiempo sin que pudiese ver al pobre recluso. Decía el médico que Carranza mejoraba y pronto saldría de su encierro; pero corrían meses y años y no llegaba el momento feliz.

Luisa, que amaba á su marido tiernamente, no tenía otro consuelo sino ver crecer á su hija, y envanecerse de su sorprendente hermosura. La niña, en efecto, era una perla. No se parecía á su madre ni á su padre: ni el más mínimo rasgo de sus facciones recordaba á los que la habían dado el ser. Las líneas de su rostro, puras y correctísimas, desesperarían á un escultor por su incopiable elegancia y delicadeza; y los rizos que se agrupaban sobre su frente y caían sobre su cuello torneado, tenían una colocación graciosa y noble, como sólo la obtiene el arte.

Un día, Luisa, sintiéndose algo aliviada, se metió en un coche con su hija y se apeó á la puerta del asilo. Al penetrar en la habitación que ocupaba su esposo, al mirarle, exhaló un grito de terror y pena: pálido, demacrado, con la mirada fija, Carranza contemplaba un objeto, y de esta contemplación nada podía distraerle: era el camafeo... y siempre el camafeo. Luisa comprendió con espanto que el enfermo no la reconocía, y herida en el alma, guiada por su instinto de madre, presentó, elevó á la niña en alto. Carranza dejó caer sobre ella una mirada indiferente... De súbito, sus ojos se animaron, brillaron, recobraron la luz de la inteligencia y del amor; sus brazos se abrieron, sus dedos soltaron el camafeo mágico y fatal, sus lágrimas brotaron, y, como el que se despierta, corrió hacia su mujer y su hija... Acababa de advertir que la faz de la niña era la misma faz de la diosa grabada en la piedra dura... ¡y comprendía que, sin saberlo, había prestado ser y realidad, carne y hueso, á la belleza soberana!

VOZ DE LA SANGRE

Si hubo matrimonios felices, pocos tanto como el de Sabino y Leonarda. Conformes en gustos, edad y hacienda; de alegre humor y rebosando salud, lo único que les faltaba--al decir de la gente, que anda siempre ocupadísima en perfeccionar la dicha ajena, mientras labra la desdicha propia--era un hijo. Es de advertir que los cónyuges no echaban de menos la sucesión, pensando con buen juicio que, cuando Dios no se la otorgaba, Él sabría por qué. Ni una sola vez había tenido Leonarda que enjugar esas lágrimas furtivas de rabia y humillación que arrancan á las esposas ciertos reproches de los esposos.

Un día alteró la tranquilidad de Leonarda y Sabino la llegada intempestiva de la única hermana de Leonarda, que vivía en ciudad distante, al cuidado de una tía ya muy anciana, señora de severos principios religiosos. Venía la joven pálida, desfigurada, llorosa y triste, y apenas descansó del viaje, se encerró con sus hermanos, y la entrevista duró una hora larga.

Á los tres ó cuatro días salieron juntos la señorita y el matrimonio á pasar una temporada en la casa de campo de Sabino, posesión solitaria y amenísima. Nadie extrañó esta resolución, porque á fines de abril la tal quinta es un oasis, y más explicable pareció todavía la excursión de recreo que en septiembre emprendieron los consortes, los cuales no regresaron de Francia y de Inglaterra hasta el año siguiente. Lo que se comentó bastante fué que al volver trajesen consigo una niña preciosa, con la cual se volvía loca Leonarda, que aseguraba haberla dado á luz en París. Como nunca faltan maliciosos, alguien encontró á la nena excesivamente desarrollada para la edad de cuatro meses que la atribuían sus padres: hubo chismes, murmuraciones, cuentas por los dedos, sonrisitas y hasta indignaciones y _tole tole_ furioso. Pero corrió el tiempo, ejerciendo su oficio de aplicar el bálsamo del olvido bienhechor; la hermana de Leonarda se sepultó en un convento de Carmelitas; el retoño creció; los esposos le manifestaron cada día más amor paternal... y las hablillas, cansadas de sí propias, se durmieron en brazos de la indiferencia.

La verdad es que cualquiera se enorgullecería de tener una hija como Aurora--este nombre pusieron Leonarda y Sabino á su vástago--. Nunca se justificaron mejor las preocupaciones del vulgo respecto á las criaturas cuyo nacimiento rodean circunstancias misteriosas, dramas de amor y de honor. Una belleza singular, excesivamente delicada tal vez; una inteligencia, una dulzura, una discreción que asombraban, suma habilidad, exquisito gusto, y sobre todo esto, que es concreto y puede expresarse con palabras, algo que no se define: el _ángel_, el encanto, el don de atraer y de embelesar, de llevar consigo la animación, creando, como dijo Byron de Haydea, «una atmósfera de vida»; esto poseía Aurora, y no es milagro que Sabino y Leonarda estuviesen literalmente chochitos con ella.

Pagábales la criatura en la mejor moneda del mundo. Su amor filial tenía caracteres de pasión, y solía decir Aurora que no pensaba casarse nunca, no por no abandonar á sus padres--que sería imposible ni pensar en ello--sino por no tener que repartir y dividir con nadie el ardiente cariño que les consagraba. Los que oían de tan rosada y linda boca estas paradojas é hipérboles del afecto, envidiaban á Leonarda y Sabino la hija hurtada.

Habían pasado años sin que Aurora aceptase los homenajes de ningún pretendiente, cuando apareció cierta mañana en casa de Sabino un caballero que podemos calificar de gallo con espolones, pero apuesto, elegante, con trazas de adinerado, aspecto muy simpático y ese aire de dominio peculiar de los hombres que han ocupado altos puestos ó conseguido grandes triunfos de amor propio, viviendo siempre lisonjeados y felices. Solicitó el caballero hablar á solas con Sabino y Leonarda; pero como hubiesen salido, rogó se le permitiese ver un instante á la señorita Aurora. La muchacha le recibió en la sala, sin turbarse, y le dió conversación un rato, ruborizándose cuando el desconocido le dirigió alabanzas en las cuales se revelaba profundo, vivo y secreto interés. La entrevista duró poco; llegaron los padres de Aurora, y con ellos se encerró el galán, cuyas primeras palabras fueron para decir, inclinándose hasta el suelo, que allí tenían á un gran culpable, al seductor de su hermana y padre de Aurora--dispuesto á reparar en lo posible sus yerros y delitos, recogiendo á la niña y ofreciéndola amparo, fortuna y nombre.

Sabino meditó algunos instantes antes de responder; luego cruzó con Leonarda una mirada expresiva, y volviéndole al recién llegado pronunció serenamente:

--Queremos á Aurora bastante más que si la hubiésemos engendrado; es nuestro único hechizo, la alegría de nuestra vejez, que ya se acerca; pero le aseguro á usted que la dejaremos libre. Si ella quiere, con usted se irá. Si ella no quiere, prométanos que la niña se quedará con nosotros para toda la vida y usted no pensará en reclamarla. Y para que vea usted que no influimos en su determinación, escóndase detrás de ese cortinaje y oirá cómo la interrogamos y lo que responde.

Accedió el caballero y se ocultó. De allí á pocos instantes entraba Aurora, y Sabino la dirigió el siguiente interrogatorio:

--¿Qué te ha parecido ese señor que vino á hablarnos?

--¿Digo la verdad, papá, como de costumbre? ¿La verdad enterita?

--¡Ya se sabe que sí!

--¡Pues me ha parecido muy bien! Me ha parecido la persona más... más agradable... que he visto en mi vida, papá.

--¿Tanto como eso?

--Sí por cierto. Me ha fascinado... ¿No me mandas que hable con franqueza?

--¿Le preferirías á nosotros? Sigue siendo franca.

--Es distinto lo que siento por vosotros. Él me gusta... de otra manera.

--¿Vivirías contenta con él?

--¡Mira, papá..., puede que sí!

--Piénsalo bien, niña.

--No hay que pensarlo. Es un sentimiento, y lo que de veras se siente no se piensa. Nunca he sentido así. Yo también he de preguntar: qué, ¿este señor... os ha pedido... mi mano?

--¡Tu mano! ¡Tu mano! ¡No se trata de eso!--gritó con espanto Leonarda.

--¿Pues... entonces? No entiendo--murmuró Aurora afligida.

--¡Figúrate... es una suposición... que ese señor fuese... tu padre! ¡tu verdadero padre!

--¿Mi padre? ¡Eso sí que no puedo figurármelo! ¡Como padre, ni le he mirado... ni podría mirarle nunca! ¡Ya os he dicho que es distinto; que á vosotros os quiero de otro modo!

--Vete, hija mía--murmuró Sabino confuso y consternado, creyendo oir detrás de la cortina un gemido triste. Y así que se retiró Aurora, obediente, cabizbaja y muda, el desconocido salió, mostrando un rostro color de cera y unos ojos alocados.

--No les molesto á ustedes más--murmuró en ronco acento--. Ya sé cuál es mi castigo. Procuré estudiar el modo de inspirar cierta clase de sentimientos... y los inspiro con una facilidad que ha llegado á infundirme tedio y horror. Midas todo lo convertía en oro... yo todo lo convierto en pecado. El cariño puro, el sagrado cariño de padre veo que no lo mereceré nunca. Borren ustedes mi recuerdo de la imaginación de Aurora, y ¡que no sepa jamás mi nombre, ni lo que realmente soy para ella!

--Tal vez--indicó la compasiva Leonarda--el atractivo que ejerce usted sobre esa criatura, tan indiferente con los demás, sea voz de la sangre.

--Si es voz de la sangre, es voz que maldice--respondió el Tenorio saludando respetuosamente y saliendo abrumado por el dolor.