Part 3
--Las plazas de toros--continuó después de una breve pausa--han cundido tanto en el período de reacción que siguió á la revolución de septiembre, que hasta nuestra buena ciudad de H*** se permitió el lujo de construir la suya,--á la malicia, de madera, pero vistosa.--Cuando se anunció que el célebre _Moñitos_, con su cuadrilla, estrenaría la Plaza durante las fiestas de nuestra patrona la Virgen del Mar, despertóse en H*** más que entusiasmo, delirio. No se habló de otra cosa desde un mes antes; y al llegar la gente torera, nos dió--no me exceptúo--por jalearla, obsequiarla, convidarla y traerla en palmitas desde la mañana hasta la noche. Les abrimos cuenta en el café, les abrumamos á cigarros y les inundamos de jerez y manzanilla. Nos cautivaba su trato franco y gravemente afable, aunque tosco; nos hacía gracia su ingenuidad infantil, su calma moruna, aquel fatalismo que les permitía arrostrar el peligro impávidos, y, en suma, aquel estilo plebeyo, pero castizo, de grato sabor nacional. En pocos días cobramos afición á unos hombres tan desprendidos y caritativos, valientes hasta la temeridad y nunca fanfarrones, creyendo descubrir en ellos cualidades que atraían y justificaban la simpatía con que en todas partes son acogidos.
Yo me aficioné especialmente á un mocito como de quince años, pálido, desmedrado, nervioso, que atendía por el alias de _Cominiyo_. Venía la criatura con los toreros en calidad de _mono sabio_, y era la perla de su oficio: un chulapillo vivo y ágil como un tití, que parecía volar. Desde la primera de las cuatro corridas de aquella temporada en H***, _Cominiyo_ llamó la atención y se ganó una especie de popularidad por su arrojo, su agilidad de tigre, sus gestos cómicos y su oportunidad en acudir adonde hacía falta. La parte que representaba _Cominiyo_ en el drama desarrollado en el redondel era bien insignificante; pero él se ingeniaba para realzar un papel tan secundario, y cuando de los tendidos brotaban frases de elogio para el rapaz, sus macilentas mejillas se iluminaban con pasajero rubor de orgullo, y sus ojos negros, ricamente guarnecidos de sedosas pestañas, irradiaban triunfal lumbre.
_Cominiyo_ me había confiado sus secretas ambiciones. Como el poeta de bohardilla sueña la coronación en el Capitolio; como el recluta sueña los tres entorchados; como obscuro escribiente la poltrona, _Cominiyo_ soñaba ser picador. En vez de ir á las ancas del caballo, quería ir delante, luciendo la fastuosa chaquetilla de doradas hombreras, el ancho sombrerón de fieltro, los calzones de ante, el rígido atavío de esos hombres curtidos y recios, de piel de badana, en que no hacen mella los batacazos. Pero, ¿cuándo lograría _Cominiyo_ ascender tan alto? Probablemente así que hubiese demostrado de una manera indudable su gran corazón; así que hiciese «una hombrá». Y dispuesto estaba á hacerla á cualquier hora, y más que dispuesto deseoso, que el valor pide ocasión y tiempo.
En la cuarta corrida presentóse la ocasión tan anhelada, y por cierto que con trágico aparato. El tercer toro, hermoso bicho, de gran poder, dió un juego tal desde que salió á la plaza, que llegó á causar cierto pánico: como aquél pocos. Después de destripar por los aires á dos caballos, la emprendió con el que montaba el picador Bayeta, y en un santiamén dejó al jinete aplastado bajo la cabalgadura, en la cual se ensañó y cebó furioso. Crítica era la situación del picador: el peso del jaco le asfixiaba, y si se rebullese, con él la emprendería el toro. En vano la cuadrilla, á capotazos, quería engañar y distraer á la fiera, y Bayeta, ahogándose, asomaba la cabeza por detrás del espinazo del jaco moribundo. Ya el toro se lanzaba hacia la nueva presa, y ya el picador se veía recogido y despedido hasta las nubes, cuando una figurilla menuda apareció firmemente plantada sobre el vientre del tendido caballo, y, retando al toro con temeraria bizarría, le hirió repetidas veces con la mano en el inflamado morro y hasta osó juguetear con los agudos cuernos... mientras salvaban al picador. _Cominiyo_, que realizada la proeza intentaba salir escapado, saltó hacia atrás, resbaló en la viscosa sangre, un charco rojo que el caballo había soltado de los pulmones, y el toro le pilló allí mismo, contra las tablas, y le enganchó y levantó en alto y le dejó caer inerte.
Corrí á la enfermería y reconocí la herida del muchacho, comprobando una cosa horrible que, á pesar de la impasibilidad profesional, me causó grima. El toro había cogido á _Cominiyo_ por la espalda, en la región lumbar; sin duda la fiera tenía astillado el cuerno, y en la astilla sacó un jirón del hígado, una sangrienta piltrafa. _Cominiyo_ no tenía salvación, y su lucha con la muerte, sostenida por la juventud y la índole de la misma lesión, fué larga y cruel. Ocho días le devoró la fiebre inflamatoria, y como él ignoraba la gravedad de la herida, se agitaba en un frenesí de alegres esperanzas y de ambiciosas aspiraciones. La ovación tributada á su hazaña le tenía borracho de gozo, y me decía entusiasmado, mientras yo trataba de calmar sus dolores, que eran atroces, sobre todo al principio:
--Me he portao como los hombres. Digasté, ¿seré picador?
El día en que le acompañamos al cementerio, yo, al ver que le echaban encima la húmeda tierra, pensé mucho sobre el heroísmo. Sería una irrisión plantar laureles en la sepultura del rapaz... y, sin embargo, á mí me parecía que de la misma madera del alma de _Cominiyo_ están hechas las almas de algunos que podrían reclamar la sombra del árbol sagrado para su tumba.
Mientras regresábamos comentando la suerte del atrevido mono sabio, yo recordaba una copla popular:
Hasta la leña en el monte tiene su separación: una sirve para santos, otra para hacer carbón.
JUSTICIERO
De vuelta del viaje, acababa el _Verdello_ de despachar la cena, regada con abundantes tragos del mejor Avia, cuando llamaron á la puerta de la cocina y se levantó á abrir la vieja, que, al ver á su nieto, soltó un chillido de gozo.
En cambio, _Verdello_, el padre, se quedó sorprendido, y, arrugando el entrecejo severamente, esperó á que el muchacho se explicase. ¿Cómo se aparecía así, á tales horas de la noche, sin haber avisado, sin más ni más? ¿Cómo abandonaba, y no en víspera de día festivo, su obligación en Auriabella, la tienda de paños y lanería, donde era dependiente, para presentarse en Avia con cara compungida, que no auguraba nada bueno? ¿Qué cara era aquélla, rayo? Y el _Verdello_, hinchando de cólera su cuello de toro, iba á interpelar rudamente al chico, si no se interpone la abuela, besuqueando al recién venido y ofreciéndole un plato de guiso de bacalao con patatas, oloroso y todavía caliente.
El muchacho se sentó á la mesa frente á su padre. Engullía de un modo maquinal: conocíase que traía hambre, el desfallecimiento físico de la caminata á pie, en un día frío de enero; al empezar á tragar daba diente con diente, y el castañeteo era más sonoro contra el vidrio del vaso donde el vino rojeaba. El padre, picando una tagarnina con la uña de luto, dejaba al rapaz reparar sus fuerzas. Que comiese... que comiese... Ya llegaría la hora de las preguntas.
No tenía otro hijo varón; una hija, ya talluda, se había casado allá en Meirelle ¡lejos! Este chico, Leandro, endeble nació y endeble se crió. Al cabo, fruto de una madre tísica. Para proporcionarles bienestar á la madre y al hijo, el _Verdello_ trajinaba día y noche por anchas carreteras y senderos impracticables, ejercitando con ardor su tráfico de arriería, comprando en las bodegas de los señores cosecheros y revendiendo en figones y tabernas el rico zumo de las vides avienses. Vino que catase y adquiriese el _Verdello_, vino era ¡voto al rayo! y vino de recibo en color y sabor. No necesitaba el arriero, para apreciar la calidad del líquido, beber de él: se desdeñaría de hacer tal cosa. Le bastaba, estando en ayunas, echar dos ó tres gotas en la punta de la lengua, esto para el sabor: y para el color, otras tantas en la manga de la camisa, arremangada sobre el fornido brazo. Tal mancha, tal calidad. Y allí quedaban las manchas color de violeta, como armas parlantes de la arriería. El _Verdello_ podía decir, con sólo mirar á las manchas, qué bodegas del Avia daban el vino más honradamente moro.
¡Buen oficio el de arriero! ¡Buen oficio para el hombre que gasta pelos en el corazón, que de nada se asusta y se lleva en el cinto sus cuatro docenas de onzas, ó, ahora que no hay onzas, su fajo de billetes de á cien, y como seguro de las onzas y los billetes, en un bolsillo del chaquetón el revólver cargado, y en el otro la navaja, amén de la vara de aguijón con puño y á veces la escopeta de tirar á las perdices en tiempo de vacaciones! Porque hay sitios de la carretera que se pueden pasar durmiendo; pero los hay que es poco rezar el Credo, y conviene estar dispuesto á santiguar á tiros á los bromistas. Ya se habían querido divertir con _Verdello_, y un corte de hoz y dos abolladuras de estacazo tenía en la cabeza; pero llevó qué contar el gracioso. Mejor dicho, no lo contó más que una semana.
Y sólo un _Verdello_ es capaz de andar siempre atravesado por los caminos, sin parar y aguantando heladas, lluvias y calores. Así es que no quiso que Leandro siguiera el perro oficio. El muchacho estaría mejor á la sombra, bajo tejas, abrigado y comiendo á sus horas. Y así que cumplió los trece años, le colocó en una tienda de Auriabella, una casa muy decente. Al despedirse del chico con efusión de cariño brusco y bárbaro, medio á pescozones, el padre le leyó la cartilla: «Aquí se cumple... Aquí el hombre se porta, y si no, ojo conmigo... Honradez... Trabajar... Como te descuides en lo menor, ya puedes prepararte, ¡rayo!».
No hubo necesidad de desplegar rigor. El principal de Leandro escribía satisfecho. Era listo el chiquillo, sabía despachar, complacer, y ascendía poco á poco desde la escoba de barrer la tienda y las cabezas de cardo de alzar el pelo á los paños, al libro de contabilidad. Con el tiempo vendría á ser el alma del establecimiento. La mujer del _Verdello_, devorada por la consunción, murió tranquila respecto al porvenir de su hijo, viéndole ya en su fantasía tendero acomodado, grueso, tranquilo, de levita los domingos y en el bolsillo del chaleco su buen reloj de oro.
Viudo, sin más compañía que la vieja, el _Verdello_, aunque robusto y atlético, no pensaba en volver á casarse. Que se casase el rapaz, que ya tenía sus diecinueve años. Alusiones y reticencias del principal habían puesto al padre en sospechas de que Leandro andaba en pasos algo libres. ¡Cosas de la edad! Que no le distrajesen de la obligación... y lo demás no importa. ¿Á qué venía el ceño del patrón, cuando reconocía que el chico no faltaba de su sitio nunca, y ni el mostrador ni la caja quedaban desamparados ni un minuto? ¿Pues acaso él, el propio _Verdello_, si rodaba por mesones y tugurios de ciudades, no tenía sus desahogos, sin otras consecuencias? ¡Bah! Un hombre es un hombre... y con más motivo, un rapaz.
Sin embargo, al verle llegar así, á horas impensadas, cabizbajo, desencajado, el padre sintió allá dentro algo cortante y frío, como el golpe de un puñal. ¿Qué sucedía? ¿Qué embuchado era aquél, demonio? Y la mirada de sus pupilas fieras se clavaba en Leandro, queriendo encontrar otras pupilas que rastreaban por el plato, mientras los blancos dientes seguían castañeteando, ó de miedo ó de frío...
Acabóse la cena y salió abuela á preparar la cama, á rebuscar un jergón y una manta, proyectando la añadidura de sus refajos colorados, ¡helaba tanto aquella noche--! y sólo ya el padre con el hijo, salió disparada la pregunta.
--¿Tú qué hiciste? ¡Rayo! ¿Tú qué hiciste? Sin mentir...
Como el muchacho callase, dando mayores señales de abatimiento, el _Verdello_ pateó, y en un arranque, soltó la bomba:
--¡Tú has robado! ¡Tú has robado!
Con inmensa angustia, con movimiento infantil, Leandro quiso echarse en brazos del padre; pero éste le rechazó de un modo instintivo y violento, lanzándole contra la pared. El muchacho rompió á sollozar, mientras el arriero, entre juramentos y blasfemias, repetía:
--¡Has robado... cochino! Robaste la caja, robaste á tu principal... ¡Para pintureros vicios! Y ahora lloras... ¡Rayo de Judas! ¡Me...!
Echaba espuma por la boca, braceaba, cerraba los puños... De repente se aquietó. Para quien le conociese, era aquella quietud muy mala señal. Callado, derecho en medio de la cocina, alumbrado por el hediendo quinqué de petróleo y las llamas del hogar, parecía una grosera estatua de barro pintado, con trágicos rasgos en el rostro, donde se traslucían los negros pensares. ¡Tener un ladrón en casa! Él, el _Verdello_, había sido toda la vida hombre de bien á carta cabal: su palabra valía oro, sus tratos no necesitaban papel sellado, ni señal siquiera. Palabra dicha, palabra cumplida. En las bodegas y las tabernas ya conocían al _Verdello_. Traficar y ganar; pero con vergüenza, sin la indecencia de quitar un ochavo á nadie... ¿Quién se fiaría ya del padre de un ladrón? ¡Rayos! Y con desdén glacial, como si escupiese un resto de colilla, arrojó al rostro del muchacho la frase:
--El robar no te viene de casta.
No hubo más respuesta que sollozos, y el padre añadió con la misma frialdad:
--¿Cuánto cogiste? Porque mañana temprano salgo yo á devolverlo.
Alentó algo el culpable, y tratando de asegurar la voz, murmuró débilmente y entre hipos:
--Ciento noventa y siete pesos y dos reales...
No pestañeó el arriero. Podía pagar. Se quedaba sin economías, pero... ¡Dios delante! Eso, en comparanza de otras cosas... Mientras echaba sus cuentas, con la mano derecha se registraba faja y bolsos, sin duda requisando el capital que guardaba allí, fruto de las ventas realizadas en Cebre y en Parmonde... Acabado el registro, se volvió hacia el muchacho, y señaló á la puerta trasera de la cocina:
--Anda ahí fuera. ¡Listo!
¿Fuera? ¿Á qué? No servía replicar. Leandro obedeció. ¡Qué bocanada de hielo al entrar en la corraliza! La noche era de las de órdago: las estrellas competían en brillar en el cielo, la escarcha en el suelo, y el pilón del lavadero se acaramelaba en la superficie. El mastín de guarda ladró al divisar á los dos hombres; pero su fiel memoria afectiva le iluminó al instante, y loco de alegría se arrojó á Leandro, apoyándole en el pecho las patas. Y cuando padre é hijo pasaron el portón de la corraliza, el can echó detrás, meneando todavía la cola, brincando de gozo. Anduvieron por sembrados y maizales cosa de un cuarto de hora, hasta que el _Verdello_ hizo alto al pie de las tapias de un huerto, derruidas ellas y abandonado él. Y empujando al muchacho, le arrimó al tapial, y se colocó enfrente, ya empuñado el revólver.
Leandro se desvió con un salto rápido, de instinto animal. Comprendía, y su juventud, la savia de los veinte años, protestaba sublevándose. ¡No, morir no! Quiso correr, huir á campo traviesa. Y aquel temblor de antes, el de los dientes, el de las manos, descendió á sus piernas flacuchas de mozo enviciado en mujerzuelas, y le doblegó, y le hizo caer postrado, medio de rodillas, balbuceando:
--¡Perdón! ¡Perdón!
El padre se acercó; vió á la semiclaridad de los astros dos ojos dilatados por el terror, que imploraban... é hizo fuego, justamente allí, entre los dos ojos, cuya última mirada de súplica se le quedó presente, imborrable. Cayó el cuerpo boca abajo, y el golpe sordo y mate contra la tierra endurecida por la helada sonó extrañamente; el perro exhaló un largo aullido, y el arriero se inclinó; ya no respiraba aquella mala semilla.
ELECCIÓN
Lentamente iba subiendo la cuesta el carro vacío, de retorno, y sus ruedas producían ese chirrido estridente y prolongado que no carece de un encanto melancólico cuando se oye á lo lejos. Para el labriego, es causa de engreimiento la agria queja del carro--pero esta vez, en el corazón de Telme, resonaba con honda tristeza--. Á cada áspero gemido sangraba una fibra. Tranquilos en su vigor, los bueyes pujaban, venciendo el repecho; la querencia les decía que por allí iban derechos al brazado de hierba, acabado de apañar. Sus hocicos babosos, recalentados por la caminata, se estremecían aspirando la brisa del anochecer, en que flotaba el delicioso perfume de la pradería.
Á la puerta de la casucha esperaba la mujer de Telme, la tía Pilara, seca, negruzca, desfigurada, más que por la maternidad y los años, por las rudas faenas campestres. Ayudó Pilara á su marido á desuncir el carro, y mientras él encendía un cigarrillo, acomodó los bueyes en el establo, separado por un tabique del _leito_ conyugal. No cruzaron palabra. No era que no se quisieran; al contrario, queríanse bien aquellos dos seres, á su modo; sino que el labriego es lacónico de suyo, y la absoluta comunidad de intereses hace entenderse sin gastar saliva. La actitud de Telme y su gesto decían á Pilara cuanto la importaba saber. El hijo había salido útil, según el reconocimiento... y por ende ya era _del rey_; era soldado.
Con un nudo á la garganta, con escozor en los párpados, dispuso Pilara la cena, colocando sobre la artesa las dos escudillas de humeante caldo _de pote_. Las despacharon, y, ahorrando luz, se acostaron al punto. Oíase el rumiar de los bueyes, moliendo la hierba jugosa, y no se oía á marido y mujer rumiar la pena, atravesada en el gaznate. Dieron vueltas. Suspiró Pilara; Telme gruñó. ¡Vete noramala, sueño de esta noche! De pronto--aún no pensaban en cantar los gallos--saltó de la celdilla que sirve de cama al campesino mariñán, y encendiendo un _misto_ y la candileja de petróleo, pasó al establo y se dispuso á sacar la yunta. Pilara, sorprendida, medio soñolienta, le siguió. ¿Qué era aquello? ¿Iba á la feria, por fin? Que esperase tan siquiera hasta que ella trajese para los animales otra carga de _herbiña_... Y el labriego, brusco y sombrío, respondió á media habla:
--No es menester... No van con el carro... No llevan más labor que echar una pata delante de otra...
La mujer se quedó como de piedra. No insistió ¿Para qué? Sobraban las explicaciones. Había comprendido. La limitada vida del labriego se compone de hechos de significación indudable. Quien lleva á la feria la yunta sin el carro, va á venderla. Á eso iba Telme: á deshacerse de sus hermosos bueyes para librar al mozo.
Pasado el primer instante, como barril de mosto al que le quitan el tapón, se soltó á chorros la aflicción de Pilara. La marcha de los bueyes, para no volver más, era cosa tan dura, que la aldeana sintió un dolor físico en las entrañas: la arrancaban lo mejor de su casa, lo mejor de la parroquia, lo bueno del mundo. ¡En cuatro leguas _de arredor_ no había yunta como aquélla, bueyes tan parejos, tan rojos, de un rojo brillante como el limpio cobre, tan gordos, tan grandes, de tanta ley para el trabajo, y tan mansos y amorosos, que un chiquillo de siete años los lindaba!
Verdad que tampoco se conocía otro rapaz como Andresiño, más garrido, más sano, más hombre... ¡Y también querían arrebatárselo! ¡Nuestra Señora nos ayude, San Antonio nos valga! Pilara sollozaba á gritos, arañándose el atezado rostro.
Telme, entretanto, en la corraliza, pasaba el _adival_ por entre las astas de los bueyes, y rezongaba, rechazando á su desconsolada mujer.
--¡Pues ó los bueyes ó el mozo! Una de dos.
Echó la aldeana los brazos al buey de la izquierda, el Marelo--el más guapo y forzudo, el que lucía una estrellita blanca en el testuz--y á su manera, torpemente y hociqueando, besó los anchos ojos, tibios y pestañudos, de la bestia.
La caricia equivalía á una despedida: la madre, lo mismo que el padre, _escogían_ al suyo, al hijo: no querían enviarlo allá, á las islas del demonio, donde la fiebre y la peste chupan á los hombres y el machete los descuartiza. ¡Asus mío! Pero una cosa es _escoger_ á quien cumple que se escoja, y otra no tener ley á la yunta, ¡que para no tenérsela, había que ser de palo! Porque, á más de que aquella yunta le ponía la ceniza en la frente á todas las de la Marina, se ha de mirar de que Pilara y Telme llevaban años quitándose el mendrugo de la boca para dárselo á los bueyes. La corteza de borona, la encaldada de patatas, calabazo y berza, son alimentos que comparten el labrador y el buey; lo que hace encaldada para el animal hace caldo para el dueño. Si el buey engorda, es que el labrador se priva, mermando su ración. La vanidad, ese tenacísimo sentimiento humano, que nunca pierde sus derechos, también alienta en los labradores. Toda la parroquia envidiaba la yunta, hasta tal extremo, que Pilara les había colgado de las astas, de suerte que cayese en el remolino central del testuz, un Evangelio y dos dientes de ajo encerrados en una bolsa, remedio contra la _envidia_, que para el aldeano es una fuerza misteriosa, capaz de maleficiar. Pero, aunque dañina, la envidia es lisonjera. Telme iba por el camino real con sus bueyes, que ni el Papa en su silla. Y ahora... ni fachenda, ni provecho, ni orgullo, ni labranza; al agua todo. EL carro, perpetuamente inmóvil y en la corraliza; las tierras, sin arar; los lucrativos _carretos_ de piedra y arena, para otros... No había remedio. ¡La elección estaba hecha!
Así que se alejó Telme y dejó de oirse el paso acompasado de la yunta, Pilara secó con el dorso de la áspera mano los últimos lagrimones, y, resignadamente, se puso á disponer lo necesario para la cocedura. Con llorar no se calienta el horno, ni se amasa la harina.
La aldeana bregó sin descanso. Mientras partía y disponía la leña y sobaba la masa con las obscuras manos, la congoja iba calmándose. Adiós los bueyes... pero ya vendría el rapaz. Si buena era la yunta, Andresillo mejor. Á forzudo y á voluntario ninguno le ganaba. En un día despabilaba él más obra que en una semana otros. Y ni pinga de vino, ni camorrista, ni amigo de ir de tuna. Ganas tenía de arrendar un lugar y casarse; pero ahora que sus padres se quedaban por él sin la luz de los santos ojos... ya les ayudaría á juntar para otra pareja. Con lo que tenían guardado en el pico del arca y el jornal de Andrés, en dos ó tres años...
No pasaba de medio día cuando regresó Telme, cabizbajo, solo ya, con las manos vacías, enrollado el _adival_ alrededor del cuerpo. Esta vez, Pilara preguntó ansiosa: ¿cuánto? ¿cuánto? Telme tardó en responder. Al cabo, mohíno, al sentarse á comer el pote con unto rancio y la _borona_ enmohecida--la _bolla_ fresca no había salido aún del horno, ni saldría hasta la tarde--desató la lengua, entre reniegos, porque ya sabía Telme que lo que bajase de cinco mil y pico era regalar la yunta; y en aquella maldita feria no parece sino que se habían juramentado los compradores para no ofrecer arriba de cuatro mil. Y era pillada y _mala idea_, porque tan pronto como se los dejó á un chalán desconocido, con acento andaluz, en cuatro mil y pico, otro de Breanda le dió ventaja al chalán y se los llevó. ¡Pero tenían que ir al arca...! Y pronto, pronto. Que él pediría emprestada la burra á Gorio de Quintás, y á las tres, Dios mediante, había de estar en Marineda, depositando el dinero á cambio del hijo...