Chapter 7 of 15 · 3979 words · ~20 min read

Part 7

Después de cortos momentos de angustia cruel, don Donato se resolvió á penetrar, sin encomendarse á Dios ni al diablo, hasta el gabinete donde lloraba la viuda. Brutalmente--millones quitan escrúpulos--formuló la cuestión y reclamó el billete. Era de temer un desmayo: no lo hubo; la viuda, digna y tranquila, franqueó á don Donato el mueble donde el difunto guardaba sus papeles de mayor interés. Á las primeras de cambio encontraron en el cajón central una cédula de letra del muerto, que decía así: «Día tantos... he comprado para el señor don Donato Galíndez, droguero en Madrid, un billete entero de lotería, número tantos, que conservo en mi poder...». Y debajo: «Día tantos, recibida letra importe billete, menos un décimo que reservo para mí...». Abrió tanto ojo la viuda con lo del décimo, y desde aquel mismo instante se consagraron ella y don Donato, rivalizando en celo, á registrar la casa de abajo arriba; pero aun cuando gastaron tres días en pesquisas minuciosas, nada pudieron encontrar. El billete había desaparecido.

Al cuarto día, don Donato, que ya tenía fiebre y estaba medio loco, iba á retirarse amenazando con la Justicia, cuando la viuda, llamándole á un rincón y titubeando, le dijo quedamente:

--¿Sabe usted... que... que pienso una cosa? Se me ha clavado aquí--y apoyaba el índice en el entrecejo.

--¿Qué cosa, señora mía?

--Que... que tal vez... ese... ese billete... esté... Sí, casi de fijo está...

--¿Dónde, voto á mil pares?...

--¡Está... enterrado... con mi esposo!...

--¡Enterrado!--exclamó don Donato, á punto de que lo enterrasen también.

¿Lo creerán ustedes? Si no lo creen hacen mal. El terror á los muertos era tan profundo en don Donato, que si no le anima y envalentona la viuda, tal vez renuncia entonces á perseguir su billete. «No dude que está allí--insistía ella más resuelta cada vez--, porque _llevó puesta_ su levita buena, la de paño fino, y es la misma que usó tres ó cuatro días antes de morir... Juraría que el billete va en el bolsillo. Como mi esposo falleció casi de repente...».

Azuzado por la valerosa señora, don Donato se enteró de las formalidades necesarias para hacer exhumar judicialmente un cadáver, y pareciéndole empresa erizada de dificultades y hasta de peligros, resolvió echar por la calle de en medio y sobornar al encargado de la custodia del cementerio, para que abriese el nicho y el ataúd. Encuéntrase el cementerio de M... situado á orillas del mar, y la noche en que se realizó la lúgubre hazaña era de tormenta horrible; silbaba el viento entre los negros cipreses, y el sordo é imponente murmurio del océano tenía tonos de queja, de maldición y de llanto; clamores sobrehumanos por lo amenazadores y tristes, parecidos á un coro de voces de muertos. Á don Donato le corría el sudor, en frías gotas, desde el cráneo hasta la nuca; sus dientes castañeteaban, y sus piernas flaqueaban como si fuesen de algodón. Destapiaron el nicho; para sacar la caja, tuvo el droguero que ayudar, pues pesaba bastante; y cuando se alzó la tapa de zinc, la primer bocanada de putrefacción, el hedor cadavérico, dió, más que en las narices, en el alma á don Donato. La viuda, siempre animosa, le dijo al oído:

--Ea... registre usted; no vaya á creer, si registro yo, que le engaño.

Acercó el sepulturero la linterna; don Donato, con esfuerzo sobrehumano, se inclinó sobre la caja; vió una cara espantosa, verde ya, unos ojos abiertos, vidriados y aterradores, una barba fosca, unos labios lívidos... y sólo cuando la viuda repitió con energía:

--¡Pero regístrele usted!

Sólo entonces, lo repito, se dió cuenta de lo más horroroso... ¿Qué había de registrar? ¡El cadáver estaba desnudo! Cayó desplomado el droguero, mientras la viuda, con acento de desesperación, exclamaba:

--¡Estúpida de mí! ¡Por qué no picaría yo á tijeretazos la ropa! ¡Cuando la ven entera, se la llevan, los muy ladrones!

* * * * *

Se dió el oportuno aviso á la policía: se registraron las casas de empeño y préstamos de toda España, mas no pareció el siniestro billete, y el premio se lo guardó la Hacienda frotándose las manos (es una manera de decir). Probablemente, el ladrón de la levita arrojó al mar, sin examinarlos, los papeles que halló en los bolsillos, por temor á que le comprometiesen... Lo cierto es que don Donato, á su vez, cayó enfermo y murió consumido de hipocondría, enseñando los puños á una figura imaginaria, que debía de ser la descarada, la indinota de la suerte.

EL GUARDAPELO

Aunque son raros los casos que pueden citarse de maridos enamorados que no trocarían á su mujer por ninguna otra de las infinitas que en el mundo existen, alguno se encuentra, como se encuentra en Asia la perfecta mandrágora y en Oceanía el pájaro lira ó menurio. ¡Dichoso quien sorprende una de estas notables maravillas de la naturaleza y tiene al menos la satisfacción de contemplarla!

Del número de tan inestimables esposos fué Sergio Cañizares, unido á Matilde Arenas. Su ilusión de los primeros días no se parecía á esa efímera vegetación primaveral que agostan y secan los calores tempranos, sino al verdor constante de húmeda pradera, donde jamás faltan florecillas ni escasean perfumes. Cultivó su cariño Sergio partiendo de la inquebrantable convicción de que no había quien valiese lo que Matilde, y todos los encantos y atractivos de la mujer se cifraban en ella formando incomparable conjunto. Matilde era para Sergio la más hermosa, la más distinguida, donosa y elegante, la más discreta y simpática, y también, por añadidura, la más honesta, firme y leal. Con esta persuasión él viviría completamente venturoso, á no existir en el cielo de su dicha--es ley inexorable--una nubecilla tamaña como una almendra, que fué creciendo y creciendo y ennegreciéndose y amenazando cubrir y asombrar por completo aquella extensión azul, tan radiante, tan despejada á todas horas, ya reflejase las suaves claridades del amanecer, ya las rojas y flamígeras luminarias del ocaso.

La diminuta nube que oscurecía el cielo de Sergio era un dije de oro, un minúsculo guardapelo que, pendiente de una cadenita ligera, llevaba constantemente al cuello Matilde... Ni un segundo lo soltaba; no se lo quitaba ni para bañarse--con exageración tal, que como un día se hubiese roto la cadena cayendo al suelo el dije, Matilde, pensando haberlo perdido, se puso frenética de susto y dolor; hasta que, encontrándolo, manifestó exaltado júbilo--. Desde el primer momento de intimidad conyugal, que permitió á Sergio ver brillar sobre el blanco raso del cutis de Matilde el punto de oro del guardapelo, aquel punto se le clavó en el alma, atrayendo sus ojos como si le hipnotizase. No llevaba Matilde cerca del corazón otra alhajilla, ni escapulario, ni cruz, ni medalla, y Sergio, deseando arrojar de sí vagos temores, supuso buenamente que el guardapelo encerraría algún emblema religioso. Alzándolo como al descuido, preguntó:

--¿Tienes aquí una virgen?

--No--respondió lacónicamente Matilde.

--¿Algún santo de tu devoción?

--Tampoco.

--¡Ah!--murmuró el esposo.--Y se mordió los labios. Hay en el amor verdadero un instinto de delicadeza y altivez que impone la discreción: cuanto más crece el ansia de _saber_, mayor es la exigencia de que sea franco y sincero, y que lo sea espontáneamente, el ser querido; se desea deber la tranquilidad á una expansión de cariño y ternura. Sergio sintió que su dignidad amorosa no le permitía insistir en la pregunta, y fingió olvidarse de ella; pero le quedó la espina hincada muy adentro. Aparentó estar alegre cuando realmente se encontraba abatido y melancólico, y apenas acertaba á pensar sino en el guardapelo de su esposa. ¿Qué contenía? Hubiese dado la vida por salir de dudas... pero oyéndolo de boca de ella misma, de sus dulces labios, en uno de esos arranques leales y divinos en que los espíritus se besan, entrelazan y funden. Mas como Matilde, aunque siempre zalamera y halagadora, continuaba callándose lo del guardapelo, Sergio comprendió que se confundía su razón, que padecía mucho, y que, cuando tenía delante á su mujer, linda, adornada, dispuesta á amantes expansiones, en vez de ver su codiciada hermosura, sólo veía el siniestro punto de oro, el guardapelo fatal.

Matilde notó por fin la preocupación de su marido, y con coqueterías y mimos quiso arrancarle la confesión de sus causas. Un día, tanto apretó, que Sergio, vencido--el que ama fácilmente se rinde--, reclinando la cabeza en el seno de su mujer, declaró que le atormentaba ignorar lo que contenía aquel tan estimado guardapelo.

--¿Y era eso?--respondió Matilde sonriente--¡Válgame Dios! ¿Por qué no lo dijiste más pronto? En este guardapelo... hay un mechón de pelo de mi padre.

La explicación parecía muy satisfactoria, y, sin embargo, Sergio, al oirla, sintió hondo estremecimiento allá en lo íntimo de su conciencia. No le había sonado bien la voz de Matilde; no encontraba en ella ese timbre claro, que es como el eco de la verdad. Por primera vez desde su boda tuvo un violento arranque, y señalando á la cadena, ordenó:

--Abre ese guardapelo.

Leve palidez se extendió por las mejillas de Matilde, pero obedeció; apretó el resorte y Sergio divisó, tras su cristal, un mechón de pelo fino, de un rubio ceniza... En vez de echar los brazos al cuello de su mujer, que repetía: «¿Lo ves?» Sergio volvió á percibir otro golpe, otra fría puñalada... Retiróse lentamente, y aquel día los esposos no se hablaron. Matilde, quejándose de jaqueca, se acostó á medio día, y Sergio salió al campo á pasear.

Cavilaba, discurría. Su suegro, ya difunto, y á quien había conocido calvo, con cerquillo de pelos grises, ¿sería en su juventud tan rubio? La cosa era bastante difícil de averiguar. Probablemente nadie recordaba ese detalle, pues para nadie tenía importancia, sino para él, Sergio, en aquella hora de su vida. ¿Quién le diría la verdad? Los días siguientes, disimulando la inquietud, preguntó á troche y moche, frecuentó el trato de los contemporáneos de su suegro, revisó retratos antiguos, fotografías, una miniatura... Nada logró sacar en limpio, más que noticias contradictorias.--Por fin, recordó que hacía pocos meses Matilde le había interesado en una recomendación á favor de un quinto, nieto de cierta buena mujer que había sido niñera de su padre, y que vivía aún, en una aldea cercana. Sergio, afanoso, ensilló el caballo y no paró hasta apearse ante la cabaña de la viejecita. Ésta, que frisaba en los ochenta y tres años, estaba impedida, medio ciega y casi sorda. Costóle gran trabajo á Sergio hacer comprender á la anciana su extraña pregunta. ¿De qué color tenía el pelo su suegro cuando era niño? Al fin, la vieja, meneando la cabeza decrépita, respondió en cascada voz, alzando el dedo índice:

--¿El pelo? Lo tenía negrito, negrito como la endrina. ¡Ay! Era muy guapo.

Sergio, que al pronto se quedó convertido en piedra, salió después corriendo como un loco. Matilde había mentido. ¡La condenaba aquel testimonio irrecusable! No podía ser recuerdo filial el mechón rubio.

Una semana tardó Sergio en volver á su hogar. Anduvo errante, desatinado, y durante aquella semana puede decirse que recorrió el ciclo de la vida del sentimiento y que agotó entera la copa de la duda y la desesperación, sufriendo la profunda miseria moral que acompaña á los celos. Los dos primeros días dió por seguro que Matilde era una gran culpable y decidió matarla.--Los dos siguientes supuso que el mechón no recordaba sino algún inocente amorío de la adolescencia. Y al correr los tres últimos empezó á sonreirle una hipótesis que á cada paso se le figuraba más cuerda y razonable: la anciana, chocha ya, se había equivocado, como se equivocan hasta en lo más patente otras dos centenarias temblonas, la historia y la tradición. Al séptimo día, en el alma de Sergio el amor consiguió reconstruir su mundo ideal: la condenada vieja mentía, era una bellaca embustera y maliciosa; el padre de Matilde tenía el pelo rubio, muy rubio, y en último caso, si aquel mechón fuese _una memoria_... ¿qué importaba? No hay mujer que no conserve un guardapelo y lo lleve, si no al cuello en el corazón, lo cual es peor, ¡peor infinitamente!--Y Sergio, dolorido, pero resignado y ferviente, volvió al lado de Matilde, acostumbrado ya al brillo siniestro del punto de oro.

LA VENTANA CERRADA

Si alguna febril curiosidad he padecido en mi vida--declaró Pepe Olivar, el original escritor que hizo ilustre el prosaico seudónimo de _Aceituno_--; si me convencí prácticamente de que por la curiosidad se puede llegar á la pasión, fué debido al enigma de una ventana cerrada siempre, y detrás de la cual supuse que vivía--ó más bien que moría--una mujer á quien no conseguí ver nunca... ¡Nunca!

--Eso parece leyenda de antaño, cuento misterioso de la época romántica--exclamó uno de nosotros.

--¡Y tú te figuras, incauto--repuso _Aceituno_ sarcásticamente--que ha inventado algo el romanticismo? ¿Supones que no hubo románticos sino allá por los años del 30 al 40? ¿Desconoces el romanticismo natural, que no se aprende? ¿Piensas que la imaginación puede sobrepujar á la realidad? Las infinitas combinaciones de los sucesos producen lo que ni aun entrevé la inspiración literaria. De esto he tenido en mi vida muchas pruebas; pero la historia de la ventana... ¡ah! ésa pertenece, no al género espeluznante, sino á otro, poco lisonjero ciertamente para mí... Con todo, no careció de poesía: poesía fueron, y poesía de gran vibración, las violentas emociones que logró producirme.

Supón que yo era muy muchacho: iba á cumplir los diecinueve, y desde C... acababa de trasladarme á Madrid para completar mis estudios en la facultad de Medicina y «despabilarme» (así decía mi padre, que me tenía por un rapaz encogido y torpe). Es frecuente que los chicos, por exceso de sensibilidad, parezcan lerdos; así me pasaba á mí; andaba por el mundo como dormido, mientras en mi interior se representaban novelas, dramas y tragedias, siempre con el mismo protagonista; el pobre estudiante de medicina, que desde el balcón de una casa de huéspedes de las más baratas, miraba pasar el torbellino de la corte, el descenso de los elegantes trenes hacia el paseo y los toros, el movimiento incesante, vertiginoso, de una de las grandes arterias madrileñas.

Dominaba mi balcón del cuarto piso, no sólo la ancha calle que sabéis, sino las estufas, dependencias y jardines de cierto magnífico palacio. Cuando el bullicio callejero me aburría; cuando, rendido de estudiar para prepararme á los exámenes, ó de tragar libros y almacenar conocimientos, ó de darme un atracón de versos, soñaba con siestas en el campo y excursiones al través de las rientes campiñas galaicas, reposaba fijando la vista en lo que familiarmente llamaba «mi jardín». Dada la penuria de vegetación del interior de Madrid, el tal jardín se me figuraba un oasis consolador de la estrechez de mi cuarto, del tiesto de albahaca tísica que cultivaba mi patrona, de la falta de dinero para salir al campo los domingos. Frondosos y crecidos eran los árboles que sombreaban la fachada del palacio; pero, en otoño, los de hoja caduca, al despojarse de su rozagante vestido verde, me descubrían, en el segundo piso, en el ángulo del edificio, muy distante del pórtico por donde salían los carruajes, _la ventana_...

Al pronto, no extrañé que aquella ventana, alta y rasgada, fuese la sola que jamás se abría, la única que, protegida siempre por el abrigo de su tupido cortinaje de seda, permanecía velada como un santuario y cerrada como la reja de una prisión. Así que caí en la cuenta, lo único que me atraía del palacio espléndido era la ventana dichosa. Mi vista, que antes registraba afanosamente los dorados salones, las bien decoradas estancias, los gabinetes llenos de delicados chirimbolos, el lujo severo del comedor, con sus bandejas de plata repujada y sus flamencos tapices--cosas que daban idea de una vida superior, desconocida para mí--, ahora desdeñaba tal espectáculo, y «atraída por un imán más poderoso», como dice Hamleto, no se apartaba del ángulo del edificio, de la ventana nunca abierta.

Con insinuantes preguntas á mi patrona; haciendo charlar á mis compañeros de hospedaje y café, que se jactaban de conocer á fondo la crónica madrileña--quise averiguar la biografía de los moradores del palacio. Si bien todos afirmaban saberla á ciencia cierta y con pelos y señales, al precisar sólo obtuve datos truncados y hasta contradictorios, que me pusieron en mayor confusión.

El dueño del palacio era un opulento magnate que había pasado larguísimas temporadas en el extranjero, desempeñando altos puestos diplomáticos. Por su alejamiento de la patria y por su carácter reservado y altanero, tenía en Madrid escasos amigos y contadas relaciones, y era de los que ni se dejan ver ni quieren gente. Al tratarse de la familia del señorón, empezaban las opuestas versiones y las noticias novelescas. Según unos, el magnate estaba viudo de cierta bellísima inglesa, y tenía consigo á una hija no menos hermosa, único fruto de su enlace; según otros, la inglesa no había muerto y residía en el palacio, secuestrada por los bárbaros celos del esposo... Gentes de imaginación volcánica aseguraban que la dama emparedada del palacio no era sino una odalisca robada en Constantinopla, y muchos la convertían en princesa circasiana venida de los países donde es más puro el tipo humano en la raza blanca, y donde la mujer, satisfecha con tener á su lado al señor y dueño, no aspira ni á sentar en las losas de la calle su diminuta babucha bordada de perlas... Estas suposiciones me derramaron en las venas vitriolo y fuego. ¡Recuerdo que frisaba yo en los veinte años, y que no había amado aún! Noches enteras me pasé fantaseando la ventana cerrada, que guardaba, á mi parecer, la clave de mi destino. Con el corazón palpitante espiaba la aparición de la mujer que alguna vez, fatalmente, entreabriría el cortinaje y pagaría mis miradas con una sola, resumen de la dicha... No me cabía duda; la primer ojeada de la cautiva sería chispa de rayo, premio de mi insensata y romancesca devoción... Me procuré unos gemelos marinos para mejor escrutar el arcano de la ventana. Conté las mallas del encaje del trasparente, las bellotas de pasamanería del cortinaje doble, los arabescos del brocado... Cuando se encendían dentro las lámparas, yo veía pasar y repasar una sombra gallarda, esbelta, ya arrastrando flotante bata, ya ceñida por severo traje oscuro; sombra divina, cuerpo de mi ensueño loco... ¿Lo creerán ó dirán que exagero? Hasta tal punto me sacaban de quicio la dama invisible y la ventana cerrada, que eran indiferentes á mi juventud fogosa todas las mujeres y se me hacía aborrecible la lectura, como no encontrase en los libros alguna situación semejante á la mía...

¡Los planes que forjé! ¡Los delirios que se me ocurrieron! ¿Por qué secuestraban á aquella mujer celestial? ¿Qué tirano, qué verdugo era el magnate? ¿Qué nombre daba á sus derechos? ¿Padre? ¿Marido? ¿Raptor y amante celoso? ¿Había yo de tolerar el crimen? ¿No podría el oscuro estudiante, el cero social, libertar á la prisionera? ¿Tanto costaba escalar la tapia, salvar la puerta, aprovechar descuidos de los servidores, deslizarme escalera arriba, aparecer de súbito en el cuarto de la hermosa, caer á sus pies y decir en voz conmovida: «Aquí me tienes; el cielo te depara un redentor».

Sólo que del pensamiento al hecho... Á pesar de mi fiebre amorosa y heroica, el aspecto señorial del palacio, la gravedad del portero de librea de gala, lo sólido del enverjado, los ladridos roncos de un colosal dogo de Ulm, la saludable memoria del Código y también la certidumbre de mi bolsillo vacío---no hay cosa que así cohiba--, hacían que mis propósitos se desvaneciesen como el humo. Y quiso la pícara casualidad que una mañana que me levanté muy resuelto, al mirar al jardín y al palacio pensé que me daba un accidente... La ventana, ¡la ventana! estaba abierta de par en par.

Exhalé un grito, asesté los gemelos... La habitación, un elegante y muelle _boudoir_ femenino, se encontraba vacía, desierta, solitaria... Recorrí las demás ventanas del palacio, todas abiertas, y en los salones ni alma viviente... El portero, ya sin librea, fumaba en el jardín; dos mozos retiraban plantas y jarrones á la estufa. Bajé mis cuatro pisos, crucé la calle, me llegué á la verja, tiré de la campana, pregunté... Los señores, la víspera, se habían marchado á Berlín.

--¿Y llegaste á averiguar, oh insigne _Aceituno_, quién era la dama secuestrada?

Pepe Olivar sonrió con ironía y humorismo, no sin mezcla de tristeza y nostalgia--su sonrisa propia, la marca de su estilo.

--Reíos también, ¡es muy chusco! Era la esposa del magnate, una inglesa... y secuestrada, ya lo creo... pero por su propia voluntad, único medio de que no rompa sus hierros una mujer. Ésta padecía una enfermedad de la piel; una de esas afecciones tercas y repugnantes, que desfiguran el rostro. De flor de Albión se había convertido en berenjena madura... y como la prescripción era evitar la más leve corriente del aire, no salía del tocador... Por otra parte, no quería que la viese nadie con la cara echada á perder. Un doctor alemán restauró las rosas y la nieve de aquella faz, que yo adoré sin haberla visto.

INFIDELIDAD

Con gran sorpresa oyó Isabel de boca de su amiga Claudia--mujer formal entre todas, y en quien la belleza sirve de realce á la virtud, como al azul esmalte el rico marco de oro--la confesión siguiente:

--Aquí donde me ves, he cometido una infidelidad cruelísima, y si hoy soy tan firme y perseverante en mis afectos, es precisamente porque me aleccionaron las tristes consecuencias de aquel capricho.

--¡Capricho tú!--repitió Isabel atónita.

--Yo, hija mía... Perfecto, sólo Dios. Y gracias cuando los errores nos enseñan y nos depuran el alma.

Con levadura de malignidad, pensó Isabel para su bata de encaje:

--Te veo, pajarita... ¡Fíese usted de las moscas muertas! Buenas cosas habrás hecho á cencerros tapados... Si cuentas ésta, es á fin de que creamos en tu conversión.

Y, despierta una empecatada curiosidad y una complacencia diabólica, volvióse la amiga toda oídos... Las primeras frases de Claudia fueron alarmantes.

--Cuando sucedió estaba yo soltera todavía... La inocencia no siempre nos escuda contra los errores sentimentales. Una chiquilla de dieciséis años ignora el alcance de sus acciones; juega con fuego sobre barriles atestados de pólvora, y no es capaz de compasión, por lo mismo que no ha sufrido...

La fisonomía de Claudia expresó, al decir así, tanta tristeza, que Isabel vió escrita en la hermosa cara la historia de las continuas y desvergonzadas traiciones que al esposo de su amiga achacaba con sobrado fundamento la voz pública. Y sin apiadarse, Isabel murmuró interiormente:

--Prepara, sí, prepara la rebaja... Ya conocemos estas semiconfesiones con reservas mentales y excusas confitadas... El maridito se aprovecha, pero por lo visto has madrugado tú... Pues por mí, absolución sin penitencia, hija... ¡Y cómo sabe revestirse de contrición!

En electo; Claudia, cabizbaja, entornaba los brillantes ojos, velados por una humareda oscura, profundamente melancólica.

--Dieciséis años; era mi edad... y había un ser á quien entonces quería acaso más que á ninguno. Todos los momentos de que podía disponer, los dedicaba á acariciarle, á hacerle demostraciones de ternura, que él pagaba con otras, mil veces más apasionadas y alegres...

--¡¡Claudita!!--esclamó Isabel con pudibundo mohín.

--Isabel...--repuso ésta--tranquilízate, y que no te parezca cómica la revelación... ¡Si vieses qué lejos de mí está el tomar á broma este episodio! ¡Ojalá pudiese! El ser querido era un perro...

--¡Ah!--gritó Isabel, que no pecaba de necia--Debí figurármelo... Sólo un perro justifica el lirismo con que te expresabas... Sólo el corazón del perro encierra lealtad, sinceridad y nobleza bastante para satisfacer á una soñadora como tú...

--Y ahí está la razón de mis remordimientos...--afirmó seriamente Claudia--Si yo hubiese vendido á un ser capaz de venderme... mi conciencia estaría casi tranquila. Habría arriesgado algo, me habría expuesto á represalias... mientras que así...

--Comprendo, comprendo--balbució Isabel, conmovida á pesar suyo.