Part 11
Menudo embeleco--había exclamado colérica la Manuela cuando Lucas ordenó á Sidoro que se pusiese la chaqueta nueva para bajar á la pradera de San Isidro.
En cambio, Sidoro sintió palpitar de alegría su corazoncito de seis años, encogido por la constante aspereza del trato feroz que le daba su madrastra... ó lo que fuese: la Manuela, la mujerona con quien ahora vivía Lucas. En la infancia, decir novedad y cambio es decir esperanza ilimitada y hermosa. ¡Bajar al santo! ¿Quién sabe lo que el santo guardaba en sus manos benditas para los niños sin madre, para los niños apaleados y hambrientos?
Loco de contento se incorporó Sidoro al grupo, si bien le agrió ya el primer gozo tener que cargar con un cestillo atestado de provisiones. Pesaba mucho, y Sidoro hubiese implorado que le aliviasen la carga, á no temer uno de los pellizcos de bruja, retorcidos y rabiosos, con que la Manuela le señalaba cardenal para medio mes. Suspirando, alzó el cestillo como pudo, y salieron calle de Toledo abajo, por entre olas de gente, con un sol capaz de freír magras, un sol más canicular que primaveral.
Tragando el polvo que soliviantaban ómnibus, carricoches y simones, pasaron el puente de Toledo y llegaron al cerro, donde hervía más compacta la alegre multitud. Lucas habló de entrar á rezarle al santo; pero la Manuela, levantando de un puntillón á Sidoro, que había caído empujado por el remolino y agobiado por el peso, renegó de la idea y prefirió comprar torrados, avellanas y rosquillas, y buscar dónde merendar. La sed les resecaba el gaznate, y Lucas, portador de la colmada bota, notando su grata turgencia entre el brazo y las costillas, aprobó la determinación.
No fué fácil encontrar sitio conveniente á la sombra y cerca del río. Los rincones agradables andaban muy solicitados. Por fin, bastante tarde, descubrieron un ruin arbolillo, y se acomodaron al pie, forjándose la ilusión de que las ramas les abrigaban la cabeza. Sidoro, derrengado, soltó la cesta; Manuela fué sacando vituallas, y allí empezó el embaular y los besos á la del tinto. Lucas se acordó de echarle á su hijo un pedazo de tortilla y una hogaza, como quien echa un hueso á un cachorro; después... no pensaron más en la criatura; y como el vinazo y el hartazgo quitan la vergüenza, Lucas le tomó la cara á Manuela, allí mismo, sin pizca de reparo. Con torpes pies, por llevar tan calientes los cascos, la pareja rompió á andar hacia el cerro, donde era mayor el bullicio, y donde los tíos-vivos y los merenderos y barracones convidaban al jolgorio; el niño, al tratar de seguirles, se halló detenido por un corro formado alrededor de un ciego coplero y guitarrista; y cuando quiso reunirse con su gente, incorporarse, encontróse solo entre la multitud, portador del cesto ya vacío y la bota floja y huera...
Se echó á llorar. Duros y malos como eran, aquel hombre y aquella mujer le amparaban. Se sintió abandonado, náufrago en un mar muy crespo, muy profundo y tormentoso. El gentío pasaba sin hacer caso del chiquillo: éste le empujaba, el otro le desviaba con lástima, y una mano pronta y desconocida le arrebató la boina de la cabeza... Nadie le preguntaba la causa de su llanto; ¡para eso estaban! Entre el infernal bureo de la romería, cualquiera atiende al llanto de un rapaz. El tecleo de los pianos mecánicos, el rasguear de los guitarros, los cantares de los beodos, los pregones de las rosquilleras, los mil ruidos que exhala una muchedumbre apiñada, harta, jaranera, procaz, en plena juerga al aire libre, exasperada por el olor de aceite rancio de las buñolerías y el vaho tabernario de las barracas-bodegones, ahogaban los sollozos del niño, como la viviente oleada de la multitud envolvía y absorbía y arrastraba mecánicamente su cuerpo...
Por instinto, Sidoro se dejó llevar. Andando, andando, podría encontrar tal vez á la pareja, ó ¿quién sabe? al santo en persona. Pues si en la romería no se encontraba al santo, ¿á qué venía toda aquella gente? Y el santo sería muy bueno, que para eso era santo, y por eso le rezaban y le retrataban en figuritas de barro, y por eso los ángeles le ayudaban á arar. ¿Dónde estaba el santo? Sidoro recordaba que Lucas, antes de buscar sitio para la merienda, había hablado de ir á la ermita. ¿Qué será la ermita? De seguro un sitio en que recogen y consuelan á los niños abandonados...
Mientras buscaba al glorioso labrador, Sidoro, á pesar suyo, miraba los puestos, los centenares de tinglados, donde se exhiben y despachan los maravillosos pitos, que adornan rosetones de plata y florones de papel rojo, las efigies pintorreadas de esmeralda, cobalto y bermellón, las medallas y escapularios, la grosera loza, las figuritas de toreros y picadores, los monigotes con cabeza de ministros, los grupos de ratas, las caricaturas escatológicas, los jarros atestados de claveles de violento aroma, las hiladas de botijos bermejos y blancos, las apetitosas rosquillas, los puestos de avellaneros, con sus balanzas relucientes y sus sacos entreabiertos, rebosando, tentando á la mano del niño... Y aquella orgía de colorines fuertes y chillones, aquel vaivén incesante de la muchedumbre, aquellos sonidos discordantes, el sentirse impulsado, zarandeado, arrebatado como una paja por el torrente humano, la asfixiante atmósfera que respiraba, la desolación misma de su abandono, en vez de arrancar lágrimas á la criatura, secaron las que corrían de sus ojos, y le produjeron una especie de embriaguez febril. Sin cuidarse de responsabilidades, abandonó la bota y el cestillo, y se dejó caer en tierra, á la puerta de un merendero donde bebían y cantaban canciones picantes, ininteligibles para Sidoro. Una moza, sofocada, sentada en el suelo, daba la teta á una criatura. Sidoro vió esta escena, el grupo siempre conmovedor y sagrado, y confusas reminiscencias, no de la memoria, sino de los sentidos y de la sensibilidad, más concreta en la niñez, le recordaron que también á él le había estrechado una mujer contra su seno amoroso; que también á él le habían arrullado con palabras de azúcar y de delirio, las palabras inefables de la maternidad, y un rostro amado, un rostro que no podía olvidarse, surgió de entre la niebla del pasado... ¡pasado tan corto y tan reciente! Y entonces, una de esas penas sin límites que sufren los niños, cayó sobre el alma del huérfano.
En un instante, con el recuerdo del cariño y la ternura de su madre, á quien no había vuelto á ver nunca, Sidoro evocó las crueldades y desamor de la Manuela, y toda su carne tembló, pues no había en ella lugar donde las despiadadas uñas de la mujerona no hubiesen dejado rastro de tortura... Y la criatura, en su desconsuelo infinito, mientras la tarde caía y las luces de los puestos comenzaban á abrir su pupila de llama, se revolcó sobre el árido suelo, con muchas ganas de dormirse en un sueño largo, largo, largo, y despertarse al lado de su madre, ó de san Isidro, ó de alguien que tuviese entrañas para los pequeños y los débiles. Á fuerza de aturdimiento, de cansancio, de calor, de susto, de tristeza, se quedó, efectivamente, dormido... Despertó porque le aporreaban y le tiraban del pelo á puñados. Era la Manuela, gritando enronquecida y furiosa.
--Á este maldito sí le encontramos... pero ¿y la bota nueva, y mi cestillo, y la servilleta, y el vaso que venían en él? ¡Condenao, verás en cuanto lleguemos á casa!
SANTOS BUENO
Hacía tiempo--muchos meses--que no le veía yo por ninguna parte: ni en la calle, ni en el casino de la Amistad, ni en la Pecera, ni siquiera en la barriada nueva que se está construyendo--porque Santos Bueno es de los que tienen afición á ver edificar y gustan de plantarse delante de los andamios con las manos á la espalda, diciendo sentenciosamente: «Éstas sí que son vigas de recibo; no pandearán».
Extrañando tan largo eclipse; temiendo que Santos Bueno estuviese enfermo de cuidado, resolví buscarle en su casa, donde le encontré entregado á sus habituales tareas, apacible y afable como de costumbre.
--¿Qué es esto? ¿Se ha metido usted cartujo? ¿Es voto de clausura?
--No, señor... ¡no, señor!--respondió sonriendo Santos--Si yo salgo y me paseo. No parece sino que vivo encerrado.
--¿Que sale usted? Pues no le veo nunca.
--Porque salgo un poco tarde... á las horas en que no hay gente.
--Esconderse se llama esa figura.
Volvió Santos á sonreir con aquella su indescriptible expresión enigmática, y dijo tranquilamente:
--Pues ha acertado usted. Hay ocasiones en que... se encuentra uno muy á gusto escondido.
Adiviné que bajo la teoría de las ventajas del escondite se ocultaba alguna crisis dolorosa de la vida de Santos Bueno.
Yo creía conocerle, y además sabía su historia y sus aspiraciones, como se sabe en un pueblo pequeño las de cada hijo de vecino. Santos Bueno era un burgués modesto, sin grandes aspiraciones; ni pobre ni rico, poseía un capitalito, producto de la afortunada venta de unos bienes patrimoniales, lindantes con el prado de un indianete, que por tal circunstancia los había pagado á peso de oro.
Con estos caudales, Santos proyectaba realizar un sueño ya muy antiguo: construirse en las afueras de la ciudad una casita que tuviese jardín y vivir en ella sin emociones, pero sin desazones, cultivando legumbres y rosas. Es de advertir que la casita con jardín es la bella ilusión de los marinedinos.
No sé por qué se me vino á la imaginación que con aquellos dineros podrían relacionarse la actitud y el retraimiento de Santos, y movido de una curiosidad compasiva, le interrogué.
--¿Y esa casita, ese _chalet_, cuándo lo empezamos? ¿Me convida usted á café en el jardín para el día de su santo del año que viene?
Demudóse el rostro de Santos, y hasta se me figuró que en sus ojos temblaba el reflejo cristalino que indica que se humedecen...
--Ya no hago la casita--murmuró con abatimiento.
--¿Que no la hace usted? ¿Cómo es eso? ¿Se ha jugado usted los capitales?
--Bien sabe usted que no me da por ahí...
--¿Pues qué ocurre? ¿Ha pensado usted en otra inversión? ¿Ha emprendido algún negocio?
--Si usted me promete no decir nada á nadie...
--Pierda usted cuidado, don Santos. La tumba es una cotorra comparada conmigo.
--Pues es el caso que... que he... prestado... esa suma.
--¿Prestado? ¿Al cien por cien mensual? ¿Con garantía? ¡Ah, usurero!
--Déjese de bromas. Garantía... Tengo la de la honradez de mi deudor.
--¡Ay, pobre don Santos! ¿Quién me lo ha engañado?
--No, le advierto á usted que es persona que goza de excelente fama... Para ser franco: mi ánimo no era prestar, ni á ése ni á nadie. Me cogió desprevenido: no pude negarme; á él le constaba que tenía yo fondos: vi un padre de familia en aprieto, en compromiso, en vergüenza... me prometió amortizar cada mes... ¡En fin, que no tengo el corazón de bronce!
--¿Conque prestamitos á padres de familia pobres, pero bribones? ¿Y qué tal? ¿Amortiza? ¿Amortiza?
--Por ahora... no.
--¿Cuántos meses han pasado?
--Seis... es decir, hoy se cumplen siete...
--Y usted, después de haber hecho esa obra benéfica y desinteresada, ¿por qué se esconde? Eso sí que quisiera saberlo.
--Le diré... Son tonterías de mi carácter... ¡Rarezas...! Es que, hace algún tiempo, me encontré en la calle á mi deudor, y le pedí... vamos con muy buenos modos... que empezase á amortizar... lo que pudiese... nada más que lo que pudiese... Y me contestó de una manera..., en fin, que me negó lo prometido, y casi, casi, me negó la deuda misma... Y desde entonces no salgo á la calle... porque si me lo encuentro, me dará vergüenza, y tendré que hacer como si no le viese! Sí, vergüenza... Porque es fea su acción, ¿verdad?
SUSTITUCIÓN
No hay nadie que no se haya visto en el caso de tener que dar, con suma precaución y en la forma que menos duela, una mala noticia. Á mí me encomendaron por primera vez esta desagradable tarea, cuando falleció repentinamente la viuda de Lasmarcas, única hermana de don Ambrosio Corchado.
Yo no conocía á don Ambrosio; en cambio era uno de los tres ó cuatro amigos fieles del difunto Lasmarcas, y que visitaban con asiduidad á su viuda, recibiendo siempre acogida franca y cariñosa. Las noches de invierno nos servía de asilo la salita de la señora, donde ardía un brasero bien pasado, y las dobles cortinas y las recias maderas no dejaban penetrar ni corrientes de aire ni el ruido de la lluvia. Instalado cada cual en el asiento y en el rincón que prefería, charlábamos animadamente hasta la hora de un té modesto y fino, con galletas y bollos hechos en casa, tal vez por razones de economía.
Nos sabía á gloria el té casero, y concluíamos la velada satisfechos y en paz, porque la viuda de Lasmarcas era una mujer de excelente trato, ni encogida, ni entrometida, ni maliciosa en extremo, ni neciamente cándida, y en cuanto amiga, segura y leal como ¡ojalá! fuesen todos los hombres. Al saber que había aparecido muerta en su cama, fulminada por un derrame seroso, sentimos el frío penetrante del _más allá_, el estremecimiento que causa una ráfaga de aire glacial que nos azota el rostro al entrar en un panteón. ¡Así nos vamos, así se desvanece en un soplo nuestra vida, al parecer tan activa y tan llena de planes, de esperanzas y de tenaces intereses! Precisamente la noche anterior habíamos ido de tertulia á casa de la señora de Lasmarcas; aún nos parecía verla ofreciéndonos un trozo de bizcochada, que alababa asegurando ser receta dada por las monjas de la Anunciación...
Advertidos de la desgracia los amigos íntimos, se decidió que yo me encargaría de avisar al hermano de la difunta. Don Ambrosio Corchado no vivía en la misma ciudad que su hermana, sino á dos leguas, en una posesión de donde no salía jamás, y donde la viuda residía en la temporada de verano. Rico y poco sociable, don Ambrosio realizaba el tipo del solterón: no quería molestar al mundo, y menos toleraba que el mundo le molestase á él. Á su manera, lo pasaba perfectamente, introduciendo mejoras en su finca, dirigiendo la labranza y cebando gallinas y cerdos. Es cuanto sabíamos de don Ambrosio. Para cumplir sin tardanza mi cometido, encargué un coche, y á los tres cuartos de hora lo tenía ante la puerta, con repique de cascabeles y traqueteo de ruedas chirriantes.
Entré en el desvencijado vehículo y tomamos la dirección de la finca. Era preciosa la mañana, vibrante, alegre, llena de sol y luz, preludiando la primavera, que se acercaba ya. Reclinado en el fondo del birlocho, viendo desaparecer por la ventanilla el pintoresco paisaje, me entró, á pesar del buen tiempo y del aire puro y vivo, una dolorosa melancolía, una especie de aprensión y de timidez violenta.
El corazón se me encogió, pensando en lo que debía participar á don Ambrosio, y en cómo empezaría á hacerle paladear el trago, para que sintiese menos su amargor. Me representaba con eficacia lo dramático del momento. Don Ambrosio no tenía otra hermana, ni más familia en el mundo. La señora de Lasmarcas no dejaba hijos que pudiese recoger su hermano y que alegrasen su solitaria vejez. ¡Una hermana! El ser á quien acompañamos desde la cuna; con quien hemos jugado de niños; ser que lleva nuestra sangre; que ha compartido nuestros primeros inocentes goces, nuestros primeros berrinches; que ha sido nuestro confidente, nuestro encubridor, que vió nuestras travesuras y se emocionó con nuestros amoríos infantiles; la mamá pequeña, la amiga natural, la cómplice desinteresada, la defensora. El que no conoce otro afecto; el que de todos los suyos conserva una hermana, ¡qué sentirá al saber que la ha perdido! Sin duda alguna, lo que el árbol cuando le hincan el hacha en mitad del tronco, cuando lo hienden y parten. Además, ¡era tan súbita la muerte! Tal vez don Ambrosio se había forjado mil veces la ilusión de que su hermana, más joven que él, le cerraría los ojos...
Estos pensamientos, exaltando mi imaginación, me causaron tan indefinible angustia, que al pararse el coche ante el portón de la finca llevaba yo los ojos humedecidos de lágrimas. Dominé mi debilidad, salté á tierra, y al preguntar por don Ambrosio á un hombre que igualaba la arena del patio, soltó él de muy buena gana el escardillo y me guió, pasando por hermosos jardines adornados con fuentes y por un huerto de frutales, á una pradería, donde varios gañanes trabajaban en segar hierba y amontonarla en carros, bajo la inspección de un vejete de antiparras azules y sombrero de paja.--Era don Ambrosio en persona.--Me saludó con sorpresa y, al decirle que venía por un asunto de cierta importancia, mostró bastante amabilidad. Explicóme que el pradito aquel rendía todos los años más de treinta carros de hierba seca, que se vendía como pan bendito; y cediendo á la propensión de hablar sólo de lo que se roza con preocupaciones del orden práctico, añadió que temía que viniese á llover, y activaba la faena á fin de recoger la hierba en buenas condiciones. Después me señaló á una esquina del prado, que cruzaba un límpido riachuelo, y me preguntó si creía la fuerza del agua suficiente para hacer mover un molino harinero que pensaba instalar allí. Su cara arrugadilla y su cascada voz adquirían gravedad al enunciar estos propósitos. Yo, entretanto, buscaba sitio por donde herirle; pero dos ó tres insinuaciones acerca de la mala salud de la viuda, no arrancaron más que un distraído «vaya, vaya». Entonces resolví apretar, y entré en materia: venía precisamente porque la señora, algo enferma desde ayer... «Sí, molestias del invierno, catarrillos», respondió maquinalmente. Me sublevó la salida, y solté las dos palabras «enfermedad grave»... Al través de los azules vidrios noté que parpadeaba el viejo.--«¿Grave? Y el médico, ¿qué dice?».
--No hubo tiempo de consultarle...--exclamé--Ya ve usted, las cosas repentinas...
--Pues que se consulte, que se consulte--repitió volviéndose para ver pasar un carro cargado á colmo--. ¡Eh--gritó dirigiéndose á los gañanes--, brutos, que se os cae la mitad de la hierba! ¡Sujetar bien la carga, por Cristo!
--¿No le digo á usted--interrumpí alzando también la voz--que no dió lugar á consultar nada? Fué de pronto... la...
Se me atragantaba la palabra terrible, pero al fin la solté:
--¡La... la muerte!
Don Ambrosio hizo un movimiento hacia atrás. Sus vidrios azules centellearon al sol. Titubeando, murmuró:
--De manera... que... que...
--Que ha fallecido su hermana de usted, sí, señor; esta mañana se la encontraron cadáver... en la cama... Un derrame seroso.
El viejo guardó silencio, columpiando la cabeza. Después de una pausa, tosiqueó y dijo tranquilamente:
--¡Válgate Dios! Le llegó su hora á la pobre... Bueno, si hay cualquier dificultad para el entierro, que... que cuenten conmigo... Por poco más... ¿sabe usted? que se haga todo con decencia... En cien duros arriba ó abajo no deben ustedes reparar.
--¿No vendrá usted al funeral?--pregunté devorando al viejo con los ojos.
--Verá usted... Con el prado á medio segar y este tiempo tan á propósito... imposible. ¡Bueno andaría esto si faltase yo! Mañana justamente viene el maestro de obras para tratar lo del molino... Hay que rumiar el contrato, porque si no esas gentes le pelan á uno. ¿Y usted qué opina? ¿Tendrá fuerza el agua? Ahora en primavera, no hay cuidado; ¿pero en otoño?
Salí de allí en tal estado de exasperación, que batí la portezuela del coche al cerrarla, contribuyendo á desbaratar el fementido birlocho. Otra vez me dominaba una tristeza invencible; me sentía ridículo, y la miseria de nuestra condición me abrumaba al pensar en aquel vejete insensible como una roca, que sólo se ocupaba en el prado y el molino y se olvidaba de la proximidad de la muerte. ¡Valiente necedad mis precauciones y mis recelos para darle la noticia! De pronto se me ocurrió una idea singular. Mi acceso de sensibilidad compensaba la indiferencia de don Ambrosio.--El verdadero _hermano_ de la pobre muerta era yo, yo que había sentido el dolor fraternal, yo que me había sustituido, con la voluntad y el sentimiento, al hermano según la carne. En el mundo moral como en el físico nada se pierde, y todos los que tienen derecho á una suma de cariño, la cobran, si no del que se la debe, de otro generoso pagador. Consolado al discurrir así, saqué la cabeza por la ventanilla y dije al cochero (de veras que se lo dije): «Más aprisa, que necesito disponer el funeral de mi hermana».
LA COMPAÑA
Invierno. Después de un día corto, lluvioso y triste, la noche es clara, de luna; la helada prende en sus cristales, resbaladizos y brillantes como espejos, el agua de las charcas y ciénagas, y en la ladera más abrupta de la montaña se oye el _oubear_ del lobo hambriento. Dentro de la casuca del _rueiro_ humilde, la llama de la ramalla de pino derrama la dulce tibieza de sus efluvios resinosos, y el glu-glu del pote conforta el estómago engañando la necesidad, pues el pobre caldo de berzas sólo mantiene porque abriga.
Desviada de la aldea por el soto de altos castaños, próxima á la iglesia y al cementerio, la ruin casuca de la vieja señora Claudia--alias _Cometerra_, porque en sus juventudes mascaba á puñados la arcilla del monte Couto--también siente el bienestar del cariñoso fuego. Todo el día, calándose hasta las medulas, ha trabajado su nieto Caridad, y el brazado de ramalla y la leña todavía húmeda y la hierba que rumia la becerrita roja, él se las ha agenciado... No preguntéis dónde. Quien no tiene bosque ni pradería suya, ha de merodear por tierras de otro. ¿Qué señor le arrienda un lugar á un mocoso de quince, hijo de un presidiario muerto en Ceuta? El colono ha de ser libre de quintas, casado y de buena casta. ¡Valiente adquisición la de aquella bruja que pedía por las puertas una espiga de maíz ó una corteza mohosa, y la de aquel galopín que no dejaba en los términos de la parroquia cosa á vida! También hay clases en la aldea... Y los hijos de dos ó tres labradores de los más acomodados, de pan y puerco, se la tenían jurada á Caridad. Porque puede pasar el esquilmo de la rama y del tojo, y hasta el apañar hierba en linderos que tienen dueño; pero arrancar la patata ya en sazón ó desvalijar un painel del hórreo... eso son palabras mayores, y como le pillasen... ¡guarda el escarmiento!
Caridad, entretanto, traía á casa bien repleto su _paje_ de mimbres. Aquel día formaban el botín golpe de castañas maduras, bellotas, y ¡presa extraordinaria!, tres ó cuatro hermosos huevos frescales... Cuando tenía suerte en su caza de víveres, ¡la abuela le pagaba tan bien! Inagotable repertorio de consejas, tradiciones y patrañas, _Cometerra_, acurrucada en el rincón del lar, mientras con mano temblona pelaba las patatas ó desgranaba las espigas rubias, hablaba, narraba, ensartaba sus cuentos de mil mentiras... Y Caridad no conocía otro goce. Las historias de la abuela eran á la vez su única escuela y su único teatro, el pasto de su imaginación virgen, fresca, insaciable, de chiquillo que no sabe leer, y que presiente la novela y la poesía, identificándolas, en su ignorancia, con la vida y la realidad.