Chapter 14 of 15 · 3931 words · ~20 min read

Part 14

Mientras Chinto, pálido y tembloroso, se acogía á un rincón, los adversarios se asían de las manos, poniendo en tensión el antebrazo y acercándose hasta mezclar el afanoso aliento. Mozos y mozas, en corro, se empujaban por ver mejor, apostaban y discutían.--Santiago desplegaba plenamente su fuerza, al notar que Mariniña, por momentos, le dominaba el pulso. Rojo el semblante, sudoroso el cutis, pugnaba el rapaz, en tanto que la amazona, firme y recia, sostenía su empuje ganando terreno. Tenerla así, tan cerca, turbaba á Santiago, quitándole el sentido; y ella, indiferente, atenta sólo á vencer, aprovechaba el trastorno de su adversario, é insensiblemente se le imponía. Al fin giró en el vacío la muñeca derecha del varón; doblóse el brazo; el izquierdo también cedió al pujante impulso de la mujer... y Santiago, dando el _pinche_, fué lanzado hocico contra tierra, sujetándole la triunfante Mariniña, que sin piedad le hartaba de mojicones, le molía á puñadas en la nuca y en los lomos, le refregaba el rostro en el salvado y la harina que cubrían el piso, y no le permitía levantarse hasta que se confesaba rendido, vencido, dispuesto á aceptar la paz bajo cualquier condición que se le ofreciese.

Apenas se alzó Santiago magullado, enharinado y con careta, Mariniña lo sacó á la represa del molino, donde mojando su delantal le lavó ella misma la cara. Y mimosa y dulce, como es siempre la gallega por forzuda y briosa que la haya criado Dios, dijo á su enemigo derrotado:

--Por la madre que te ha parido no me has de espantar á Chinto, _pobriño_, que el infeliz no sirve para hacer _barbaridás_ como tú y más yo, y es un santo, sin mala intención, que con su sangre se pueden componer medicinas... Y si él es medroso yo soy valiente, diaño... Y no he de casar más que con él, y si cae soldado se vende el molino y se compra hombre... Si me tienes ley, Santiaguiño, con Chinto no te metas... ¿Palabra?

Suspiró el mozo, y acaso no sería porque le doliesen los arañazos ni los chichones; miró á Mariniña, toda roja aún de la lucha; la dió un cachete familiar, de cariño y resignación, y respondió lacónicamente, secándose con el pico del mandil que no se había humedecido en la represa:

--Palabra.

AVENTURA

La señora de Anstalt, mujer de un banquero opulentísimo, nerviosa y antojadiza, agonizaba de aburrimiento el domingo de Carnaval, después del almuerzo, á las dos de la tarde. ¡Qué horas de tedio iba á pasar! ¿En qué las emplearía? No tenía nada que hacer, y la idea de mandar que enganchasen para dar vueltas á la noria del eterno Recoletos, contestando á las insipideces ó humoradas de los tres ó cuatro muchachos de la crema que acostumbraban destrozar su landó tumbándose sobre la capota; la perspectiva del bolsón de raso pintado, lleno de caramelos y _fondants_; lo manido y trivial de la diversión, le hacía bostezar anticipadamente. ¿Se decidiría por la casa de campo ó la Moncloa? ¡Qué melancolía, qué humedad palúdica, qué frío sutil de febrero, de ése que mete en los tuétanos el reuma! No; hasta abril la naturaleza es avinagrada y dura. «¡Lástima no ser muy devota!--pensó Clara Anstalt--porque me refugiaría en una iglesia...».

Mujer que se aburre en toda regla, y no es devota, y es neurótica á ratos, está en peligro inminente de cometer la mayor extravagancia. Clara, de súbito, se incorporó, tocó el timbre, y la doncella se presentó; al oir la orden de su ama hizo un mohín de asombro; pero obedeció en el acto, sin preguntas ni objeciones de ninguna especie; salió y volvió al poco rato, trayendo en una cesta mucha ropa doblada.

--¿Está usted segura, Rita, de que es la librea nueva, la que no se ha estrenado aún?

--¡Señora! Como que ni la ha visto Feliciano: la trajo el sastre ayer anoche, la recogí yo de manos del portero, y pensaba entregársela ahora...

--Que no sepa que ha venido. Deje usted esa cesta en mi tocador, y vaya usted á comprarme una cabeza entera de cartón, la más fea y la más cómoda que se encuentre... Una que no me impida respirar... ¿El señor ha salido ya?

--Hace rato.

--Pues todo en silencio, chitito... ¿eh?

Regresó Rita prontamente, con sobrealiento; Clara se impacientaba, corría de aquí para allí y reía en alto, como los niños cuando se prometen una diversión loca, incalculable. Encerráronse en el tocador ama y criada, y ésta recogió á aquélla el sedoso pelo, y la calzó las botas de campana del lacayillo, después de vestirla el calzón de punto y la levita corta y ceñirla el cinturón de cuero. Por último afianzó en sus hombros la careta enorme. Desfigurada así, con la vestimenta que se adaptaba exactamente á sus formas gráciles, esbeltas y sin turgencia, parecía un señorito fino que por ocultarse mejor ha pedido prestada la librea al mozo de cuadra.--Clara brincó de júbilo. La asaltó la idea de si podrían maltratarla, y pensó llevar un arma; pero recordando una frase favorita de su marido: «No hay bala que alcance como un billete de mil», sacó de su _secretaire_ bastante dinero, y lo echó en el fondo de un saco de brocatel, cubriendo la boca con una capa de confites y escarchadas violetas. «Saldré por las habitaciones del señor al jardín. Traiga usted la llave y mire si anda alguno que me vea». Y ya en la verja, que caía á una calle solitaria, Clara, una vez más, se volvió hacia Rita aplicando el dedo á los labios de cartón, como si repitiese: «¡Silencio!».

Al verse en la calle, primero anduvo muy aprisa; después acortó el paso, saboreando su regocijo. ¡Verse libre, sola, ignorada, perdida entre la multitud, sin trabas ni convenciones sociales; dueña de ir á donde quisiese, de entretenerse en un espectáculo nuevo y original, el de la gente pobre, el populacho, en cuyo oleaje empezaba á sumergirse! En efecto; encontrábase Clara á la entrada de la calle de Génova, por donde descendían hacia el paseo de coches abigarrados grupos, una corriente no interrumpida de gentuza, que arrastraba pilluelos y mascarones desarrapados. Envueltas en la raída colcha y enarbolando la destrozada escoba ó el pelado plumero; embutidos en la lustrina verde, colorada ó negruzca de los diablos rabudos; ostentando la blusita del bebé ó agitando á cada movimiento millones de tiras de papel de colorines chillones que de arriba abajo los cubrían, los mascarones pasaban alegres y bullangueros, charlando en falsete, requebrando á las chulas de complicado moño, literalmente oculto bajo una densa capa de _confetti_ multicolores, que volaban en derredor á cada movimiento de la airosa cabeza. Algunas de aquellas mocitas de rompe y rasga, al pasar cerca de Clara, tomándola, como era natural, por un lacayito atildado y mono, la provocaban, la requebraban con pullas picantes. Clara se reía: no recordaba haberse divertido tanto desde hacía mucho tiempo. La animación del Carnaval callejero se le subía á la cabeza, como se sube el mosto ordinario, pero fresco y vivo, de una fiesta popular. Encontraba el día hermoso, la vida buena, y un aire de primavera, al través de los agujeros de la máscara, acariciaba su boca y sus ojos. «Si lo saben y me despellejan»--pensaba--, «peor para ellos... Yo habré pasado una tarde encantadora. Ahora me acerco al paseo y me entretengo en insultar á todos mis amiguitos y amiguitas... ¡Valientes infelices! Allí estarán aguantando jaquecas y comiendo pato»... Cuando discurría así, una vocecilla aguda resonó á sus pies, y unas manos débiles y tenaces se agarraron á sus botas.

--Oye, tú... dame una limosna, por amor de Dios, que tengo mucha hambre.

Clara bajó la vista. Cien veces había oído el mismo sonsonete, y una moneda de cobre bastaba para desembarazarla del mendiguillo. «Éste se me pega como una garrapata»--pensó--«No tiene ganas de soltarme...». Sacó del bolsillo del levitín una peseta, y la presentó al niño. Esperaba una expresión de júbilo, frases truhanescas y desenfadadas, de ésas que saben decir los pordioserines del arroyo... Con gran asombro vió que el chico, al tomar la peseta, cogía aprisa la mano del supuesto lacayo y la besaba humilde. Una especie de vergüenza y de pena desconocida hasta entonces penetró en el alma de la opulenta señora de Anstalt. ¡No había pensado nunca que con una peseta--cantidad para ella sin valor apreciable, como para otros el céntimo--se podía hacer brotar un chorro de agradecimiento tan ardoroso y tan espontáneo! Bajó los ojos trabajosamente con el estorbo de la cabeza de cartón, y tomando al chico en brazos, lo alzó en vilo.

--Pequeño, ¿de quién eres hijo? Á ver.

--De nadie--contestó el pilluelo.

--¿Cómo es eso? ¿De nadie? ¿No tienes padre?

--No sé... no le conozco.

--¿Y madre?

--Sá muerto hace ocho días de una enfermedá muy mala.

--¿Y tú?

--Á mí... querían llevarme al asilo, pero me escapé, y ando así por la calle. De noche me meto en el rincón de una puerta... De día pido limosna.

Clara reflexionó un momento. Después dejó en el suelo al chico, y le acarició la cabeza con la mano.

--¿Te quieres venir á una casa donde te darán de comer y dormirás en cama buena y caliente?

El chiquillo, al pronto, no respondió. Precoz instinto de independencia absoluta se alzaba sin duda en su espíritu, y las ventajas materiales del ofrecimiento no le tentaban; sin duda su endeble pescuezo advertía ya la molestia del yugo, y sus manos descarnadas, vivo testimonio de la miseria fisiológica de un organismo sometido á las privaciones, se revelaban contra los grillos y las esposas que pretendían ponerle en nombre del bienestar... Mientras dudaba y se sentía inclinado á escaparse corriendo, á fin de que no lo llevasen á ningún lugar que tuviese techo y paredes, la mano de Clara, despojada del rudo guante, suave, femenil, halagaba el pelo enmarañado y golpeaba amorosa las escuálidas mejillas del granuja... Y éste, magnetizado de pronto, exclamó:

--Vamos, vamos á esa casa... ¡si estás tú en ella!

Á la efusión del chico respondió inmediatamente, como un chispazo eléctrico al contacto de los alambres, el impulso ardoroso, irresistible, maternal, de la señora, que volvió á coger en brazos al pequeño, y no pudiendo besarle, le apretó contra su corazón.

--Sí, hijo mío... Estaré... ¡Verás cómo he de quererte!

* * * * *

Para que la resolución de Clara sea más meritoria, el mundo la ha calumniado, suponiendo que la criatura que recogió y que tan cariñosamente cuida y educa es un hijo hurtado, un contrabando doméstico... ¿Qué le importa á Clara? Ya no bosteza de tedio ninguna tarde del año.

EL OFICIO DE DIFUNTOS

Cree usted--me preguntó el catedrático de Medicina--en algún presagio? ¿Cabe en su alma la superstición?

Cuando me lo dijo, nos encontrábamos sentados tomando el fresco á la puerta de la bodega. La frondosa parra que entolda una de las fachadas del Pazo rojeaba ya, encendida por el otoño. Parte de sus festoneadas hojas alfombraba el suelo, vistiendo de púrpura la tierra seca, resquebrajada por el calor asfixiante del medio día. Los viñadores, llamados «carretones», entraban y salían, soltando al pie del lagar su carga de uvas, vaciando el hondo cestón del cual salía una cascada de racimos color violeta, de gordos y apretados granos. ¡Famosa cosecha! Yo veía ya el vino que de allí iba á salir, el mejor, el más estimado del Borde... Y medio distraída, respondí:

--¿Presagios? No... Á no ser que... ¡Ah! Sí: un hecho le contaría...

--¿Algo que le haya «sucedido» á usted?

--¿Á mí?... No. Se me figura--no me pregunte usted la causa de esta figuración--que á mí «no puede» sucederme nada. Y efectivamente, en toda mi vida...

--Entonces permítame que no haga caso de los cuentos que traen personas impresionables... ó embusteras.

--No es cuento--afirmé, olvidándome ya de la interesante faena de la vendimia que presenciaba, y retrocediendo con el pensamiento á tiempos juveniles.--Es un caso que presencié. Así que usted lo oiga, comprenderá cómo no hubo farsa ni mentira. La explicación... no la alcanzo. En estas materias, ni soy crédula y medrosa, ni escéptica á puño cerrado. ¡Qué quiere usted! Vivimos envueltos en el misterio. Misterio es el nacer, misterio el vivir, misterio el morir, y el mundo, ¡un misterio muy grande! Caminamos entre sombras, y el guía que llevamos... es un guía ciego: la fe. Porque la ciencia es admirable, pero limitada. Y acaso nunca penetrará en lo hondo de las cosas.

Sacudió el catedrático su cabeza encanecida, sonrió, y apoyando la barba en la cayada del bastón, se dispuso á escucharme--y á pulverizarme después--, porque suponía que iba á referirle algún sueño. Los artistas no somos de fiar: vivimos esclavizados por la imaginación y cumpliendo sus antojos.

--¿Ha conocido usted á Ramoniña Novoa?--principié yo.

--¿Que si la he conocido? Me llamaron á consulta el año pasado, cuando la operaron en Compostela, de un sarcoma en el pecho izquierdo. Por señas que desaprobé la operación, que sirvió para adelantar la muerte algunos días. Allí sólo cabía dejar marchar las cosas á su desenlace inevitable.

--Pues sepa usted que Ramoniña, en sus mocedades, fué la chica más alegre y bailadora de todo el Borde. Su padre, don Ramón Novoa de Vindome, tenía el prurito de divertirla; la vestía muy maja; no la negaba capricho alguno. Adoraba en ella, porque era vivo retrato de su difunta mujer, á quien había profesado una especie de devoción y culto.

No se concebía función ni feria sin que Ramoniña Novoa se presentase á lucir su mantón de flores--era la moda--, su traje de seda con volantes, su mantilla de casco. Los señoritos del Borde la obsequiaban mucho, y ella coqueteaba con unos y con otros, sin decidirse ni acabar de escoger, según deseaba don Ramón, que, al estilo antiguo y patriarcal, rabiaba por un nieto.

Creían los antiguos que cuando quiere castigarnos Dios, realiza nuestros deseos insensatos. De improviso, Ramoniña, dejándose de coqueteos y bromas, se enamoró hasta los tuétanos--¿y de quién? De un pobrete estudiante, hijo de un cirujano romancista y sobrino del cura de Cebre--un perdido gracioso, que hacía versos y tocaba la pandereta con las rodillas y los codos. ¡Valiente boda para la mayorazga de Novoa de Vindome, del solar de Fajardo! El padre, inquieto al principio, furioso después, hizo la oposición á rajatabla, y no perdonó medio de quitarle á Ramoniña de la cabeza semejante locura. La encerró en casa; la llevó á Auriabella; rogó; avisó; amenazó; puso en juego á los frailes, al confesor, á los parientes, á las amigas, al señor obispo... En vano. La cosa estaba muy adelantada ya; la libertad del campo y la falta de sospecha en los primeros tiempos habían estrechado el lazo y arraigado la pasión en el alma de la señorita... y una noche se escapó con el estudiantillo, dejando á su padre en la mayor aflicción y vergüenza.

--Hemos concluido. Que se casen--decidió el señor de Novoa.--Le entregaré la dote de su madre á mi hija... y que no vuelva yo jamás á oir nombrarla, ni á verla delante de mis ojos.

Ya sabe usted lo que suele suceder. El panal de miel robada al principio es dulce, pero acaba en hieles. El estudiante no varió de condición al casarse; con la dote de la esposa creyó poder darse vida cómoda y alegre, y no miró lo que gastaba, creyendo que, al acabarse, el señor de Novoa remediaría. Mas éste fué inflexible, y cerró la puerta y la bolsa. Los esposos se habían ido á vivir en Auriabella, y Ramoniña, triste y preocupada por más de un motivo--se decía que el marido tocaba la pandereta en sus carnes y la zurraba de firme--escribió al padre carta sobre carta, sin obtener respuesta. Había nacido un chiquitín--aquel heredero tan deseado--y cuando la criatura tuvo tres años y Ramoniña tres mil desengaños, vino á verme, para rogarme que la acompañase en la expedición que pensaba emprender al Pazo de Vindome, con propósito de echarse á los pies de don Ramón, presentarle la criatura y lograr el abrazo de reconciliación y paz. «Si no veo á papá--decía--creo que me muero».

--No vaya usted--aconsejé á Ramoniña--. No la recibirá don Ramón. Mire usted que le he hablado poco hace, y está firme en que no ha de cruzar con usted palabra en este mundo. «Sólo en la hora de la muerte la perdonaría...». Son sus palabras. Y la hora de la muerte anda lejos. El señor de Novoa parece un mozo: está fuerte, come bien, sale á cazar, no le duele nada: hasta parece que piensa en volver á casarse. Dicen que se ha propuesto tener un hijo varón. Sesenta años mejor llevados, no los hay en todo el Borde.

Ramoniña me miró con expresión de honda ansiedad, de infinita angustia, é insistió en que deseaba «probar la suerte». Como la vi tan afligida, tan consumida por las penas, no supe negarme, y dispusimos la marcha.

Salimos de Auriabella á la una de la tarde, en uno de los días más largos del año: el 20 de junio. Íbamos á caballo, porque no existe carretera entre Auriabella y el Pazo de Vindome. Nuestras cabalgaduras, unos jacuchos del país, trotaban duro: delante, un criado llevaba al arzón al niño; detrás, nosotras dos y un espolique; Ramoniña encaramada en el albardón, no sin miedo, porque ya se encontraba algo adelantado su segundo embarazo. El camino... ¿Usted bien conoce el camino de Auriabella á Vindome? Hasta el alto de las Taboadas, regular, pero en llegando á la iglesia de Martiñós, un puro derrumbadero. Se le va á uno la cabeza si mira hacia el valle, allá en el fondo; y se marea si contempla las revueltas de un sendero estrechísimo. Es hermoso, pero imponente.

Por eso, sin duda, según llegábamos adonde se divisa ya el campanario de Martiñós, gritó Ramoniña que quería bajarse y andar á pie el trecho que faltaba hasta el Pazo. Accedí á su deseo, natural en su estado y situación de ánimo, y dejando á las monturas adelantarse con el espolique, nos quedamos algo rezagadas, andando despacio. El sol se ponía, y allá en el valle empezaba á condensarse la niebla. Á aquel paso llegaríamos á Vindome al anochecer. Ramoniña me preguntaba afanosa:

--¿Cree usted que mi padre no me dejará siquiera dormir en casa esta noche?

Se me han fijado, como si los estuviese presenciando ahora, los detalles de aquel suceso. Llegábamos junto á un pinar que se llama de las Moiras, y como se había levantado brisa, me puse el abrigo que llevaba al brazo. En esto se alzó la voz de Ramoniña, exclamando con acento de profundo terror:

--¡Jesús! ¡Jesús! ¿Oye usted? ¿Oye usted? ¡Jesús, María!

--¿Qué he de oir?

--Ahí... Á la parte de Martiñós... En la iglesia...

--¿Pero qué?--repetí alarmada, tal era el espanto que la voz de mi compañera revelaba.

--¡El oficio de difuntos! ¡Lo están cantando! ¡Lo están cantando!

Atendí á pesar mío. No se escuchaba sino el largo y quejoso murmurio de la brisa de la tarde en las copas de los pinos, y el trote, ya distante, de nuestras cabalgaduras. Así se lo dije á Ramoniña, riéndome. Pero ella, abrazándose á mí, ocultando la cara en mi pecho, temblando, deshecha en sollozos, repetía:

--¡Es el oficio de difuntos! ¡Si se oye perfectamente!... Son muchas voces... ¡Lo cantan! ¡Lo cantan!... ¡Jesús!

Hice una pausa, y el catedrático me interrumpió:

--Bien, ¿y qué? Una alucinación del oído. En estado de embarazo, es lo más frecuente...

--Sí--objeté yo--; pero sepa usted que, cuando llegamos al Pazo de Vindome, nos encontramos con que don Ramón acababa de morir súbitamente, de apoplejía; que su cuerpo estaba caliente aún; que ni aquel día ni los anteriores se había cantado el oficio de difuntos en la iglesia de Martiñós; y que Ramoniña lo oyó distintamente desde el pinar de las Moiras;--¿ve usted? hacia allí...

JUAN TRIGO

El héroe de mi cuento nació... no es posible saber dónde; lo único que dice Clío, musa de la historia, es que cierta tarde del mes de julio apareció recostado sobre las amapolas, desnudito como un gusano, al margen de un trigal, en el tiempo de la siega. Por poco más le dejan en mitad del sendero, donde lo aplastasen al pasar los inmensos carros cargados de rubia mies.

Vieron los segadores y segadoras á la criatura dormida en su santa inocencia, y la recogieron con ternura, bromeando entre sí, poniendo al nene el nombre de _Juan Trigo_ y asegurándole una suerte loca, como de quien empieza su vida entre la misma abundancia.

Sin dilación pareció cumplirse el vaticinio. No había en la aldea--¡rarísima casualidad!--ninguna mujer que estuviese criando; pero la esposa del señor marqués, dueño del campo de trigo y de otros muchísimos, y de la más hermosa quinta en seis leguas á la redonda, acababa precisamente de dar á luz una niña muerta, y se temía por la madre si no desahogaba la leche agolpada á su seno. El médico aconsejó que la noble dama criase al niño abandonado, y éste encontró así, desde el primer instante, sustento, regalo y amor. Le envolvieron en finos pañales, le trataron á cuerpo de rey y creció hermoso y fuerte, rebosando viveza y alegría. La marquesa le cobró tierno afecto, más que de nodriza, de madre, y como no se creía que aquellos señores pudiesen ya tener sucesión, todos presumían que _Juan Trigo_ iba á ser el heredero de su caudal y nombre. Á deshora, corridos más de diez años, la naturaleza sorprendió al marqués con otra niña y á la marquesa con la muerte, causada por el difícil y trasnochado lance: y aunque Juan, como muchacho, no comprendió del todo lo que perdía, lo sintió y adivinó, y se le vió muchos meses extrañamente abatido y triste.

No obstante, su situación, al parecer, no había cambiado. Ó en memoria de su esposa ó por verdadero cariño, el marqués seguía tratándole como antes: hasta le demostraba preferencia, con tal extremo, que empezó á divulgarse la conseja de que Juan era verdadero hijo del marqués, fruto de secretos amoríos, y que le correspondería «hoy ó mañana» una buena parte de herencia. Confirmó tal suposición el ver que Juan fué enviado á un aristocrático y famoso colegio inglés, donde cursó estudios más brillantes que útiles, y del cual volvió á los veintitrés años hecho un cumplido _gentleman_. Acogióle la sociedad con halagos y sonrisas, aunque á sus espaldas se comentase lo ambiguo de su posición; y como era gallardo y simpático y tenía hasta el prestigio de la leyenda y del misterio, las señoras le recibieron con sumo agrado, demostrando claramente que la presencia de Juan no les infundía horror, ni cosa que lo valga. En aquella ocasión, si Juan hubiese tenido afición á las flores, sin gran esfuerzo reúne un lindo ramillete de rosas, pensamientos y _no me olvides_, cuyo aroma seguiría aspirando con la memoria en la edad madura; pero Juan estaba enamorado--enamorado, callada y tenazmente--de la hija del marqués, Dolores, en quien reconocía las facciones de la que le había servido de madre: niña de sorprendente hermosura, que, según la frase del Libro Santo, había robado el corazón de Juan con sólo el crujir de sus zapatitos--unos zapatos de fino charol, prolongados y lustrosos sobre la transparente media de seda.--Crujir que Juan reconocía entre los mil ruidos de la creación, lo mismo que reconocía las cascaditas de su reir juvenil, el roce de su falda corta, el perfume tenue de su flotante melena, y el _¡rissch!_ de su abaniquillo al abrirlo la impaciente mano.