Part 6
Ya las llamas salían por sotavento, y la mañana se iba acercando. ¡Qué amanecer, Virgen Santa! Todos estábamos desfallecidos, muertos de sed, de frío, de calor, de hambre, de cansancio y de cuanto hay que padecer en la vida. Algunos dormitaban. Al asomar la claridad del día, salió del centro del barco una hoguera enorme: por el hueco del palo mayor se habían abierto paso las llamas, y la cubierta iba sin duda á hundirse, descubriendo el volcán. Contábamos con el suceso, y á pesar de que contábamos, nos sorprendió terriblemente. Empezamos á clamar al cielo, y muchos á enseñarle el puño cerrado, preguntando á Dios:
--¿Pero qué te hicimos?
El capitán, que tiritaba de fiebre, me dijo gimiendo:
--¡Agua! ¡por caridad, un sorbo de agua!
¡Agua! Puede que la hubiese en el aljibe. Así que lo pensé fuí hacia él y se me agregaron varios sedientos, poniendo la boca en unos remates que tiene el aljibe y son como biberones por donde sale el agua. ¡Qué de juramentos soltaron! El agua, al salir hirviendo, les abrasó la boca. Yo tuve la precaución de recibirla en mi casquete y dejarla enfriar. El capitán continuaba con sus gemidos. Tuve que dársela medio templada aún. ¡Me miró con unos ojos!
--Gracias, Salgado.
--No hay de qué, capitán... ¡Se hace lo que se puede!
La tormenta, en vez de ir á menos, hasta parece que arreciaba desde que era de día. Para no caer al mar, nos cogíamos á la barandilla. Pasó un barco y por más señales que le hicimos, no se detuvo: y debió de vernos, pues cruzó á poca distancia. Á mí me dolían de un modo cruel los ojos, secos por el fuego, y cuanto más descubría el sol, menos veía yo, no distinguiendo los objetos sino como al través de una niebla. Por otra parte, me sentía desmayar, pues desde el almuerzo de la víspera no había comido bocado, y se me iba el sentido. Casualmente se encontraban sobre cubierta, descuartizadas y colgadas, las reses muertas para el consumo del buque, y con el calor del incendio estaban algo asadas ya. Los que nos caíamos de necesidad nos echábamos sobre aquel gigantesco rosbif, medio crudo, y refrescamos la boca con la sangre que soltaba. Nos reanimamos un poco.
Á medio día sucedió lo que temíamos: quedó cortada la comunicación entre la proa y la popa, derrumbándose con gran estrépito media cubierta y viéndose el brasero que formaba todo el centro del barco. Salieron las llamas altísimas, como salen de los volcanes, y recomendamos el alma á Dios, porque creímos que iban á alcanzarnos. No sucedió esto por dos razones: primera, por tener el buque, en vez de obra muerta de madera, barandilla de hierro; segunda, por estar las puertas de hierro cerradas hacia la parte de popa, lo cual contuvo el incendio por allí, obligándole á cebarse en la proa. De todas maneras, no debían las llamas de andar muy lejos de nuestras personas, ya que á eso de las tres de la tarde empezamos á advertir que el piso nos tostaba las plantas de los pies. Atamos á una cuerda un cubo, y lo subíamos lleno de agua de mar, vertiéndolo por el suelo para refrescarlo un poco. Ya comprendíamos lo estéril del recurso, y en medio de lo apurados que estábamos, no faltó quien se riese viendo que era menester levantar primero un pie y luego bajar aquél y levantar el otro, para no achicharrarse. Serían las tres. El capitán me llamó despacito.
--Salgado, ¡cuánto mejor era morir de una vez!
--Para morir siempre hay tiempo, mi capitán. Aún puede que la Virgen Santísima nos saque de este apuro.
Claro que yo se lo decía para darle ánimos: allá en mi interior calculaba que era preciso hacer la maleta para el último viaje. Bien sabe Dios que ni pensaba en las herramientas que había perdido, ni en mi propia muerte, sino sólo en los chiquillos que quedaban en tierra. ¿Cómo los trataría su padrastro? ¿Quién les ganaría el pan? ¿Saldrían á pedir limosna por las calles? Á lo que yo estaba resuelto era á no morir asado. Miré dos ó tres veces al mar, reflexionando cómo me tiraría para no romperme la cabeza contra el casco y no sufrir más martirio que el del agua cuando me entrase en la boca. Para acabar de quitarnos el valor, pasó un barco sin hacer caso de nuestras señales. Le enseñamos el puño y hubo quien le gritó:--Permita Dios que te veas como nos vemos.
Ya nos rendía los brazos la faena de bajar y subir baldes de agua, que era lo mismo que querer apagar con saliva una hoguera grande: y convencidos de que perdíamos el tiempo y que era igual perecer un cuarto de hora antes ó después, el que más y el que menos empezó á pensar cómo se las arreglaría para hacer sin gran molestia la travesía al otro barrio. Yo me persigné, con ánimo de arrojarme en seguida al mar. ¡Qué casualidades! Hete aquí que aparece una embarcación, y en vez de pasar de largo, se detiene.
Ya estaba el barco al habla con nosotros: una goleta inglesa, una hermosa goleta que desafiaba la tempestad manteniéndose al pairo. Los que conservaban ojos sanos pudieron leer en su proa, escrito con letras de oro, Duncan. Empezamos á gritar en inglés, como locos desesperados:
--_¡Schooner! ¡Schooner! ¡Come near!_
--_¡Throw to the water!_ nos respondían á voces, sin atreverse á acercarse. ¡Echarnos al agua! ¡No quedaba otro recurso, y éste era tan arriesgado! En fin, qué remedio: los esquifes no podían aproximarse, por el temporal, y el buque menos aún. Nuestro _San Gregorio_, cercado por todas partes de llamas inmensas, ponía miedo. Había que escoger entre dos muertes, una segura y otra dudosa. Nos dispusimos á beber el sorbo de agua salada.
El primer chaleco salvavidas que nos arrojaron al extremo de un cabo, se lo ofrecimos al capitán.
--Ánimo, le dijimos. Póngase usted el chaleco y al mar: mal será que no bracee usted hasta la goleta.
--¡No puedo, no puedo!
--Vaya, un poco de resolución.
Se lo puso y medio murmuró, gimiendo:
--Tanto da así como de otro modo.
Y acertaba. Aquello fué adelantar el desenlace y nada más. Se conoce que ó la humedad del agua ó el sacudimiento de la caída le abrieron las arterias del pie tronzado y se desangró en un decir Jesús; ó acaso el frío le produjo calambre; no sé: el caso es que le vimos alzar los brazos, juntarlos en el aire, y colarse por ojo del salvavidas al fondo del mar. Quedaron flotando el chaleco y la gorra: á él no le vimos ya más en este mundo.
Seguían echándonos, desde la goleta, cabos y salvavidas, y la gente, visto el caso del capitán, recelaba aprovecharlos. Yo me decidí primero que nadie. Ya quería, de un modo ó de otro, salir del paso. Pero antes de dar el salto mortal, reflexioné un poco y determiné echarme de soslayo, como los buzos, para que la corriente, en vez de batirme contra el buque, me ayudase á desviarme de él. Así lo hice, y en efecto, tras de la zambullida, fuí á salir bastante lejos del _San Gregorio_. Oía los gritos con que desde el _schooner_ me animaban, y oí también el último alarido de algunos de mis compañeros, á quienes se tragó el agua ó zapatearon las olas contra los buques. Yo choqué con la espalda en el casco del _Duncan_: un golpe terrible, que me dejó atontado. Cuando me halaron, caí sobre cubierta como un pez muerto.
Acordé rodeado de ingleses. Me decían: _¡go! ¡cook! ¡go!_ ¡á la cámara! Me incorporé y quise ir adonde me mandaban, pero no veía nada, y después de tantos horrores me eché á llorar por primera vez, exclamando:
--_My no look_... ciego... enséñenme el camino...
Me levantaron entre dos y me abracé al primero que tropecé, que era un grumete y rompió también á llorar como un tonto. No sé las cosas que hicieron conmigo los buenos de los ingleses. Me obligaron á beber de un trago una copa enorme de _brandy_, me pusieron un traje de franela, me dieron fricciones, me acostaron, me echaron encima qué sé yo cuántas mantas, y me dejaron solito.
¿Qué sentí aquella noche? Verá usted... Cosas muy raras; no fué delirar, pero se le parecía mucho. Al principio sudaba algo y no tenía valor para mover un dedo, de puro feliz que me encontraba. Después, al oir el ruido del mar, me parecía que aún estaba dentro de él, y que las olas me batían y me empujaban aquí y allí. Luego iban desfilando muchas caras: mis compañeros, el tercero á la luz del cigarro, el capitán, y gentes que no veía hacía tiempo, y hasta un chiquillo que se me había muerto años antes...
En fin, por acabar luego: llegamos á Newcastle, se me alivió la vista, el cónsul nos dió una guinea para tabaco, y á los pocos días nos embarcamos en un barco español con rumbo á Marineda. ¡Qué diferencia del buque inglés! Nuestros paisanos nos hicieron dormir en el pañol de las velas, sobre un pedazo de lona: apenas conseguimos un poco de rancho y galleta por comida: como si fuésemos perros.
De la llegada, ¿qué quiere usted que diga? Á mi mujer le habían dado por cierta mi muerte; en la calle le cantaban los chiquillos coplas anunciándosela. Supóngase usted cómo estaba, y cómo me recibió. Ahora he de ir al santuario de la Guardia: no tengo dinero para misas; pero iré á pie, descalzo, con el mismo traje que tenía cuando me halaron sobre la cubierta del _Duncan_: chaleco roto por los garfios del salvavidas, pantalón chamuscado, y la cabeza en pelo; se reirán de verme en tal facha: no me importa: quiero besar el manto de la Virgen, y rezar allí una _Salve_.
Me faltará para pan, pero no para comprar una fotografía del _San Gregorio_... ¿Ha visto usted cómo quedó? El casco parece un esqueleto de persona, y aún humea: el cargamento de algodón arde todavía: dentro se ve un charco negro, cosas de vidrio y de metal fundidas y torcidas... ¡Imponente!
¿Que si me da miedo volver á embarcarme?... ¡Bah! ¡Lo que está de Dios... por mucho que el hombre se defienda...! Ya tengo colocación buscada. ¿Quiere usted algo para Manila? ¿Que le traiga á usted algún juguete de los que hacen los chinos? El domingo saldremos...
* * * * *
Di al cocinero del _San Gregorio_ unos cuantos puros. Tiene el cocinero del _San Gregorio_ buena sombra y arte para narrar con viveza y colorido. Durante la narración, vi acudir varias veces las lágrimas á sus ojos azules, ya sanos del todo.
LA PAZ
Declarada la guerra entre los dos bandos enemigos, cada cual pensó en armarse. La elección de jefes no ofrecía dificultad: Pepito Lancín era aclamado por los de los bancos de la izquierda, y Riquito (Federico) Polastres por los de la derecha. Merecían los dos caudillos tan honorífico puesto.
Con su travesura y su viveza de ingenio inagotable, Pepito Lancín conseguía siempre divertir á los compañeros de colegio, discurriendo cada día alguna saladísima diablura, y volviendo loco al catedrático de Historia, don Cleto Mosconazo, á quien había tomado por víctima. Ya le metía dentro del tintero una rana viva; ya le disparaba con la cerbatana garbanzos y guisantes; ya le untaba de pez el asiento, para que se le quedasen pegadas las faldillas del gabán; ya le colocaba un alfiler punta arriba en el brazo del sillón, donde el señor de Mosconazo tenía costumbre de pegar con la mano abierta mientras explicaba á tropezones las proezas de Aníbal ó las heroicidades de Viriato el pastor. Verdad que, después de cada gracia, Pepito Lancín «se cargaba» su castigo correspondiente: ya el tirón de orejas, ya el encierro á pan y agua, ya la hora de brazos abiertos ó de rodillas; y cuando algún disparo de la cerbatana hacía blanco en la nariz del profesor, éste recogía el proyectil y lo deslizaba debajo de la rótula del delincuente arrodillado. Parece poca cosa estarse de rodillas sobre un garbanzo una horita, ¿eh? ¡Pues hagan la prueba y verán lo que es bueno!
Lejos de mermar el prestigio de Pepito Lancín, los castigos sufridos con estoicismo alegre, mezclando las muecas de burla con las contracciones del dolor, le hacían más popular entre los muchachos. En cuanto á Riquito Polastres, su fama reconocía otro origen: las cualidades morales é intelectuales, la constancia y la agudeza eran privilegio de Lancín; de Polastres, la fuerza física, unos puños como pesas de gimnasia y un pecho como la proa de un navío. El diminutivo de Federiquito parecía un epigrama, mirando aquel corpachón y aquellas manazas descomunales, y presenciando cómo el muchacho, de una puñada, hacía astillas el pupitre, y de una morrada deshacía una jeta _de hombre_: porque en esto se fundaba la gloria, la prez de Riquito; á los doce años había calentado los morros al asistente del papá de su novia, que quería espantarle del portal como se espanta á un perro faldero. Sí; ¡buen faldero te dé Dios! Aún tenía el zanguango del asistente un ojo hecho una lástima y un carrillo inflado, de resultas de la trompada fenomenal que le atizó Riquito...
Esta contraposición de aptitudes que se observaba en los dos jefes de bando, provocó la declaración de guerra, porque cada día se chungueaban los izquierdos á cuenta de los derechos, tratando á Riquito de _mulo_ y de _zoquete_, y los derechos acusaban á los izquierdos de _gallinas_ y de _señoritas almidonadas_, lo cual es altamente ofensivo y no puede quedar impune. Nada, nada, á armar una guerra; el campo de batalla sería el descampado fronterizo al hospital y á espaldas del cuartel nuevo; allí se vería quién es quién, y si los de la izquierda gastan enaguas ó pantalones. No ha de ser una pedrea vulgar, como otras veces, sino una batalla en regla, igual que las que traen los periódicos; se emplearán armas blancas y de fuego; cada cual recogerá en su casa lo que encuentre, y los dos bandos se encontrarán á las seis de la mañana, una hora antes de entrar en clase--porque después pasa gente y andan cerca «los del orden»--en el sitio señalado, al mando de sus jefes respectivos.
Ni un combatiente faltó de las filas.
El entusiasmo, el ardor bélico, se reflejaban en todos los semblantes. De armamento, á decir verdad, andábamos medianamente: éste traía una pistola de salón descargada, aquél un cuchillo de mesa; lo que más abundaba eran las navajas y los cortaplumas, los sables de juguete y algún bastón de estoque sustraído á papá. Sin embargo, Pepito Lancín, entreabriendo su americana, mostró con orgullosa sonrisa un cinturón de cuero, y atravesado en él un magnífico revólver de níquel. Riquito se retorció de envidia. ¡Un revólver como Dios manda, un revólver de verdad! Para aplastar completamente á su adversario, Lancín dijo con fatuidad suma:
--Cargadito con seis tiros... Y en el bolsillo cápsulas.
Sonrió Riquito con desprecio. No necesitaba armas, le bastaban sus puños. Así lo declaró en alta voz; las armas para los cobardes, para los gallinas de la izquierda del colegio. Los dos bandos se hicieron muecas y cruzaron los insultos de costumbre; después, á la voz severa de los jefes, se replegaron para situarse en línea de batalla. De pronto, el denodado Lancín se adelantó al centro del espacio libre, y encarándose otra vez con Riquito, exclamó perentoriamente:
--Ahora veréis lo que es el valor de los españoles. ¡Muchachos! ¡Viva España! ¡Á la bayoneta!
El caso es que Riquito era tan cerrado de meollo, que al pronto no entendió la significación de aquel grito, y lo repitió inconscientemente, haciendo coro á su enemigo. ¿Que viviese España? ¡Claro! ¿Eso qué tenía de particular? Los murmullos de su tropa le sorprendieron. ¿Por qué protestaban? ¿Por qué chillaban y enseñaban los puños, no á los _izquierdos_, sino á él, á su excelencia el general Polastres? Por qué repetían: «No nos da la gana, barajas. ¡Eso no, contra!». Para comprender lo que sucedía, fué preciso que uno de los más despabilados _derechos_, metiéndole los dedos por los ojos á su jefe, le gritase:
--¡Barajas, tonto, que no queremos ser nosotros los mambises y que ellos sean los españoles!
Tenía razón; ¿cómo no se le había ocurrido inmediatamente? ¡Aquel tunarra de Lancín los quería fastidiar! ¡Ah, granuja! Rebosando indignación, echando chispas, Polastres corrió hasta el general enemigo, sin temor á que le envolviesen y le hiciesen prisionero viéndole solo. Sentíase capaz de hundir paredes con la frente: iba ciego, frenético, por lo sangriento de la burla. Por instinto de caballerosidad, los adversarios aguardaron á que se explicase.
--Oyes tú, Lancín, ¿quién éramos nosotros?
--¡Anda éste! Érais los mambises--respondió Pepito, apretando la culata de su revolver, por el fino gusto de acariciarla.
--¿Y vosotros?
--Éramos los españoles, ya se sabe. ¿Qué habíamos de ser?
--¡Claro, como que íbamos á entrar así! No vale. ¡No se nos antoja, barajas! ¿Piensas que te moneas conmigo?
--Y entonces, ¿cómo va á ser, bruto, animal? Si no éramos contrarios, cata que no había guerra.
--¡Pues que la haya ó que no la haya! Eres muy listo tú. Déjanos á nosotros ser españoles, y ser vosotros los enemigos.
--No puedo--objetó con suprema dignidad Lancín.
--¿No? ¡Verás si puedes, rayo! Del lapo que te voy á soltar... te dejo negro, y estarás muy propio.
--¡Pero, adoquín, si tengo la bandera ya!--contestó riendo triunfalmente el general Pepito, que sacó del bolsillo un trapo de percalina amarillo y rojo, resto probablemente de algún adorno de mástil en las últimas fiestas que había celebrado la ciudad, y lo tremoló orgulloso en el aire, repitiendo el patriótico grito lanzado momentos antes y contestado antes y ahora por los dos ejércitos. Al escucharlo por segunda vez, al ver ondear la bandera, la hueste de Riquito se precipitó y rodeó á Lancín, aclamando lo mismo que él aclamaba con voces atipladas y roncas, pero con una cordialidad y alegría que revelaba disposiciones pacíficas; y el jefe, confuso, no encontrando solución al problema--más fácil le parecía arremeter contra todos, contra el enemigo y contra los que se le pasaban traidoramente--exclamó avergonzado, llorando como un becerro:
--Me has partido... Esto _no sirve_... No puede haber batalla... Si todos éramos españoles, no nos podíamos pegar... También te aseguro que cuando yo te pille y no esté delante nadie y no tengas bandera...
--¡Vaya una gracia que harás! Tienes una fuerza que pareces un buey--contestó altivamente Lancín disparando su revólver al aire, mientras los dos ejércitos fraternizaban, y Riquito se arrepentía ya de su amenaza poco generosa.
Las mamás de los guerreros nunca supieron de la que habían escapado.
SUERTE MACABRA
Queréis saber por qué don Donato, el de los carrillos bermejos y la risueña y regordeta boca, se puso abatido, se quedó color de tierra y acabó muriéndose de ictericia? Fué que--oídlo bien--le cayó el premio gordo de Navidad, los millones de pesetas...
Antes de este acontecimiento, don Donato era un hombre que podía llamarse feliz, si tal adjetivo no pareciese un reto al destino, que siempre está enseñando los dientes á los mortales. Encerrado en su droguería y herboristería de la calle de Jacometrezo, haciendo todos los días á la misma hora las mismas cosas insípidas y rutinarias, don Donato era plácidamente optimista: sus excesos y lujos consistían en alguna escapatoria á los teatrillos alegres, porque don Donato aborrecía la literatura triste--al teatro se va á reir--y sus derroches en traerse á casa las mejores frutas y legumbres del mercado del Carmen, pues adoraba, á fuer de obeso, los alimentos flojos.
Jugador empedernido de lotería, nunca perdió sorteo, y no sólo se arriesgaba él sino que tomaba parte con amigos, y hasta les encomendaba la adquisición de décimos en administraciones que por cualquier motivo juzgaba afortunadas, dentro de las laboriosas combinaciones que realizaba para perseguir y acorralar á la suerte, á quien un día ú otro estaba cierto de coger por las alas. ¿En qué se fundaba tal seguridad? No podía decirlo, pero le alentaba una fe robusta, un instinto ó presentimiento--llámenle los escépticos como quieran--. Supersticioso y calculista pueril, sucedíale á veces pararse en seco ante el número de una casa ó el de un coche simón, y correr á la administración á pedir el mismo número. Lo que más le confirmaba en su manía, era una circunstancia que realmente parecerá extraña á todo el que conozca la lotería un poco: en la ya larga existencia de jugador de don Donato, que jugaba en cada sorteo, en algunos doble y triple, no le había caído, no digamos un premio regular, pero ni una aproximación, ni un reintegro en Nochebuena, ni nada, nada, nada... Esta singular reserva de la fortuna le parecía á don Donato signo infalible de que sólo se ocultaba para venir un día de pronto, fulminante, terrible, con los brazos abiertos y las manos tendidas, llenas de oro.
Hará dos años, estudiando don Donato la marcha del _gordo_, del premio deslumbrador de Navidad, observó que desde tiempo inmemorial no había caído en M...; y, herida su imaginación por esta circunstancia, encargó á un amigo y corresponsal que allí tenía que le tomase _un billete_ nada menos. Á vuelta de correo recibió la respuesta y el número del billete adquirido, en el cual el comprador se reservaba un décimo. Giró el dinero don Donato; guardó como oro en paño el número y la carta comprobante, y esperó el sorteo con fatalismo de musulmán. Sin emoción compró la lista cuando la oyó vocear, y al fijar los ojos en el glorioso número, una oleada de sangre afluyó á su cabeza... Era el número adquirido en M...; el propio número... el suyo, el esperado, el de los millones... allí estaba, claro como la luz. ¡El premio, el premio... La fortuna, abierta de brazos, derramando oro con sus anchas manos pródigas!
Se repuso pronto don Donato. ¿Pues qué, no contaba con aquello, desde tantos años hacía? ¡Era lógico que al fin viniese! Una alegría intensa, serena, le embargaba plácidamente, mientras corría á cerciorarse... aunque estaba seguro de que resultaría verdad.--Y verdad resultó. No quedaba más que recoger, cobrar y disfrutar á pulso lo cobrado.
No queriendo hacer pública su dicha, por quitarse de murgas y sablazos; pensando que nadie ejecuta las cosas mejor que el interesado, aquella misma noche tomó el tren y no paró hasta dar con su cuerpo en M... Llegó á hora avanzada de la noche siguiente, molido y asendereado, como sedentario que viaja sin ganas y por precisión, y hubo de recogerse á una posada, para aguardar con la luz del día la hora de presentarse á su corresponsal y reclamar el billete. Al acostarse pensó madrugar, mas de puro quebrantado le tomó el sueño, y despertó muy tarde. Vistióse, y con indefinible sobresalto corrió á casa del amigo en cuyas manos se encontraba el tesoro. En la esquina de la calle vió gentío; monagos, mujerucas que lanzaban exclamaciones de compasión; escuchó las notas del piporro, la salmodia de los curas; rompió por entre la compacta muchedumbre, se abrió paso hasta el portal, y al querer enfilar la escalera, tropezó con un ataúd que bajaba en hombros... Ya lo adivinas, lector: encerraba el cadáver del poseedor del billete premiado...