Chapter 10 of 15 · 3987 words · ~20 min read

Part 10

Al anochecer, como Sixto, al galope de su caballejo se aproximase á la taberna, el jaco pegó un respingo, y el jinete vió surgir de pronto una mujer que se agarró á la brida con fuerza. Reconoció á Rosiña la tejedora..., y sus primeras frases fueron alegres galanterías. Pero la moza balbuciente de terror, pidió atención, refirió un historia... Sixto--después de vacilar un instante--, echó pie á tierra, y con el caballo del diestro, emparejando con Rosiña, guiado por ella, callados los dos, tomó á campo traviesa en busca de un sendero oculto por los árboles.--Para volver atrás era tarde, y seguir adelante, una temeridad insensata. Su vida peligraba, y con horrible peligro... «No tenga miedo, señorito, que en mi casa no le buscan», advirtió la moza, al disponerse á dar acomodo en el establo de su vaca á la montura del candidato...

En efecto, nadie le buscó allí; á la mañana, la Guardia civil, avisada por Rosiña, le recogió y escoltó hasta dejarle en salvo. Y Sixto Dávila venció en toda la línea; pero no sospecha nadie en Gobernación ni en los pasillos del Congreso, que el triunfo se debió al voto de Rosiña la tejedora.

VIVO RETRATO

Los sentimientos más nobles pueden pecar por exceso; lo malo es que esta verdad á duras penas la aprende el corazón... y la razón sirve de poco, en conflictos del orden sentimental. Oid un caso... no tan raro como parece.

Gonzalo de Acosta era modelo de hijos buenos, amantes, fanáticos. Huérfano de padre desde muy niño, se había criado en las faldas de su madre; ella le cuidó, le educó, le sacó al mundo, le formó, por decirlo así, á su imagen y semejanza. Entró en la vida Gonzalo dominado por una convicción arraigadísima: la de que todas las mujeres pueden ser débiles y falsas, salvo la que nos llevó en su seno. Lo que ayudaba á confirmar á Gonzalo en su idolatría filial, era la aprobación, la simpatía de la gente. Por el hecho de respetar á su madre, el mundo le respetaba á él, y las niñas casaderas le ponían azucarado gesto, y las mamás le sonreían con más benevolencia. Cuando pasaba por la calle llevando á su madre del brazo, una atmósfera de aprobación y de consideración halagadora le acariciaba suavemente.

Á la edad en que se asimilan los elementos de cultura y se forma el criterio propio, Gonzalo, á pesar de sus dudas sobre ciertas materias arduas, se mantuvo en buen terreno, confesando que lo hacía principalmente por no desconsolar y escandalizar á su santa madre. Con ella oía misa muchas veces: por ella llevaba al cuello un escapulario de los Dolores; y hasta cuando ella no estaba presente, por ella hacía Gonzalo, sin analizarlas, mil graciosas y dulces niñerías.

Frisaba ya Gonzalo en los veintiocho, y su madre comenzó á insinuarle que pensase en bodas. La casualidad le hizo conocer entonces á una señorita hermosa, discreta, bien educada, rica; un fénix que ni escogido con la mano. La misma madre de Gonzalo fué quien le obligó á observar las perfecciones de Casilda, y le sugirió pretenderla. Casilda aceptó con franca alegría y expansión los obsequios de Gonzalo, y á los seis meses de conocerse los futuros, bendijo la Iglesia su matrimonio.

En una de esas largas y trascendentales conversaciones que se entretejen durante el primer cuarto de la luna de miel, y que tanto descubren los caracteres y los pensamientos, Gonzalo habló largamente de su madre y del puesto que ocupaba en sus afectos y en su existencia. Casilda escuchaba, primero sonriente, después reflexiva y grave. Impulsado por la plenitud del corazón, Gonzalo confesó que había pretendido á Casilda atendiendo á las indicaciones maternales, y que por eso mismo creía segura la dicha, puesto que en su madre no cabía error. Al oir esto relampaguearon los preciosos ojos de Casilda; y apartando el brazo con que rodeaba el cuello de su esposo, dijo firmemente estas ó parecidas razones:

--Has hecho mal en todo eso, Gonzalo; muy mal. No he de limitar el cariño que tu madre te inspira, pero creo que no te es lícito quererla más que á mí, y que en algo tan personal y tan íntimo como el lazo de unión entre esposos, la iniciativa no puede ser ajena, sino propia. Á los padres no los escogemos, pero el que hemos de amar toda la vida, el dueño de nuestro albedrío, es un rey electivo, y somos responsables de la elección. Por lo que veo, tú no me elegiste. Para tu modo de entender el matrimonio, debiste buscar siquiera una niña apática, que se contentase con un amor reflejo de otro amor; yo soy una mujer que sabe amar y exige el pago; que quiere ser honrada y aspira á encontrar en su esposo toda la felicidad á que tiene derecho. Lo absurdo de tu modo de sentir engendra en mí otro absurdo semejante; y es que de hoy más sentiré celos de tu madre, celos del alma... y ya no viviremos en paz nunca; lo conozco, porque me conozco.

Gonzalo, aunque sorprendido, no dió gran importancia á las expansiones de su mujer. Con halagos y ternezas probó á calmarla, y se creyó victorioso así que reconquistó el brazo de Casilda, aquél que se había desviado de su cuello. Pero un brazo no es un alma.

Desde el instante funesto, la luna de miel tuvo velo de nubes. No tardó en ver Gonzalo que Casilda buscaba las distracciones, la sociedad y el bullicio, como si quisiese aturdirse, ó explorase horizontes nuevos. Poco á poco, Gonzalo, en su pesimismo, comenzó á dudar, primero del cariño, y después de la fidelidad de Casilda. Herido, ulcerado, rebosando humillación, fué á refugiarse en el único sitio donde creía poder desahogar sus penas: el seno de su madre. Y al abrazarla, y al bañarla el rostro de lágrimas ardientes, exclamaba el hijo: «No hay más mujer buena que tú, mamá. Debí no repartir mi amor; debí conservarlo para ti sola. Perdóname, y vivamos como si nada hubiese sucedido». En efecto; aquel mismo día se separaron los esposos. Casilda se fué á vivir á París.

De allí á un año ó poco más recibió Gonzalo dos golpes terribles. Perdió á su madre... y supo que Casilda tenía una niña, nacida á los seis meses de la separación.

Pasado el primer estupor, una claridad repentina iluminó su espíritu, haciéndole ver todo de distinta manera que antes. La muerte de su madre le enseñaba cómo el amor filial, con ser tan puro y tan sagrado, no puede, por su esencia misma, acompañarnos hasta el sepulcro, de suerte que la _compañera_ es únicamente la esposa; y el nacimiento de aquella niña le decía á las claras que el amor es antorcha que las generaciones se transmiten de mano en mano, y el que nos dieron nuestras madres, se lo restituimos á nuestros hijos después.

Lo tremendo de la situación de Gonzalo consistía en que, á pesar de la agitación y la emoción profundísima que el nacimiento de la niña le causaba, su desconfianza mortal y las apariencias de última hora no le permitían creer que fuese realmente su sangre. Le enloquecía la idea de paternidad representada por aquella niña; pero faltábale la fe, primera virtud del padre, base de su felicidad inmensa. El silencio de Casilda, el tiempo que iba transcurriendo sin nuevas de París, ayudaron al convencimiento amargo y vergonzoso de Gonzalo. Solo, dolorido, misántropo, fué dejando correr su edad viril entre desabridas diversiones y trasnochadas aventuras.

Hacía quince años que arrastraba vivir tan intolerable, cuando una noche, en el teatro de la Comedia, mirando por casualidad á un palco entresuelo, se creyó víctima de un error de los sentidos: tal vuelco dió su sangre, viendo á la muchacha encantadora que acababa de dejar los gemelos sobre el antepecho y se inclinaba para mirar hacia las butacas, sonriente. La muchacha era el retrato vivo, animado, de la madre de Gonzalo, tal cual la representaba precioso lienzo de Madrazo, con la frescura de la primera juventud. Si la figura se hubiese bajado del cuadro, no podría ser más asombrosa la semejanza, ayudada por el parecido de la moda actual con la moda de 1830. Trémulo, espantado, al mismo tiempo que frenético de alegría, Gonzalo entrevió, en el asiento de respeto del palco, otra cabeza de mujer que conoció, á pesar del estrago del tiempo transcurrido: su esposa, Casilda.--Y la conciencia de que aquella jovencita era su hija del corazón, le inundó como una ola que lo arrebata todo, dudas, penas, el pasado entero.

Habría que gastar muchas páginas en referir los pasos que dió Gonzalo, la suma de actividad que desplegó para conseguir que le fuese permitido vivir cerca de la hija revelada y adorada en un minuto, el minuto divino de verla. ¡Inútil esfuerzo, lucha estéril en que consumió sus últimas energías! Una carta decisiva, escrita por Casilda algunas horas antes de regresar á Francia, decía, sobre poco más ó menos, lo siguiente: «Nuestra hija me quiere á mí como tú quisiste á tu madre. Si la separas de mí, no lo resistirá. Es tarde para todo: resígnate, como yo me resigné en otra edad más difícil. Lo único que me dejaste es la niña: no la cedo».

Y Gonzalo, mordiendo de dolor el pañuelo con que enjugaba sus ojos, murmuró:

--Es justo.

EL DÉCIMO

¿La historia de mi boda?

Oíganla ustedes: no deja de ser rara.

Una escuálida chiquilla de pelo greñoso, de raído mantón, fué la que me vendió el décimo de billete de lotería, á la puerta de un café, á las altas horas de la noche. La di de prima una enorme cantidad, un duro. ¡Con qué humilde y graciosa sonrisa recompensó mi largueza!

--Se lleva usted la suerte, señorito--afirmó con la insinuante y clara pronunciación de las muchachas del pueblo de Madrid.

--¿Estás segura?--la pregunté en broma, mientras deslizaba el décimo en el bolsillo del gabán entretelado y subía la chalina de seda que me servía de tapabocas, á fin de preservarme de las pulmonías que auguraba el remusguillo barbero de diciembre.

--¡Yaya si estoy segura! Como que el décimo ése se lo lleva usted por no tener yo cuartos, señorito. El número... ya lo mirará usted cuando salga... es el 1.420: los años que tengo, catorce, y los días del mes que tengo sobre los años, veinte justos. Ya ve si compraría yo todo el billete.

--Pues, hija--respondí echándomelas de generoso, con la tranquilidad del jugador empedernido que sabe que no le ha caído jamás ni una aproximación, ni un mal reintegro--, no te apures: si el billete saca premio... la mitad del décimo, para ti. Jugamos á medias.

Una alegría loca se pintó en las demacradas facciones de la billetera, y con la fe más absoluta, agarrándome de una manga, exclamó:

--¡Señorito! por su padre y por su madre, deme su nombre y las señas de su casa. Yo sé que de aquí á cuatro días, cobramos.

Un tanto arrepentido ya, le dije como me llamo y dónde vivía; y diez minutos después, al subir á buen paso por la Puerta del Sol á la calle de la Montera, ni recordaba el incidente.

Pasados cuatro días, estando en la cama, oí vocear «la lista grande». Despaché á mi criado á que la comprase, y cuando me la subió, mis ojos tropezaron inmediatamente con la cifra del premio gordo: creí soñar: no soñaba: allí decía realmente 1.420... mi décimo, la edad de la billetera, ¡la suerte para ella y para mí! Eran muchos miles de duros lo que representaban aquellos benditos guarismos, y un deslumbramiento me asaltó al levantarme, mientras mis piernas flaqueaban y un sudor ligero enfriaba mis sienes. Hágame justicia el lector: ni se me ocurrió renegar de mi ofrecimiento... La chiquilla me había traído la suerte, había sido mi «mascota...». Era una asociación en que yo sólo figuraba como socio industrial. Nada más justo que partir las ganancias.

Al punto deseé sentir en los dedos el contacto del mágico papelito. Me acordaba bien: lo había guardado en el bolsillo exterior del gabán, por no desabrocharme. ¿Dónde estaba el gabán? ¡Ah! allí, colgado en la percha... Á ver... Tienta de aquí, registra de acullá... Ni rastro del décimo.

Llamo al criado con furia, y le pregunto si ha sacudido el gabán por la ventana... ¡Ya lo creo que lo ha sacudido y vareado! Pero no ha visto caer nada de los bolsillos; nada absolutamente... Le miro á la cara: su rostro expresa veracidad y honradez. En cinco años que hace que está á mi servicio no le he cogido jamás en ningún gatuperio chico ni grande... Me sonroja lo que se me ocurre, las amenazas, las injurias, las barbaridades que suben á mis labios...

Desesperado ya, enciendo una bujía, escudriño los rincones, desbarato armarios, paso revista al cesto de los papeles viejos, interrogo á la canasta de la basura... ¡Nada y nada: estoy solo con la fiebre de mis manos, la sequedad de mi amarga boca y la rabia de mi corazón!

Á la tarde, cuando ya me había tendido sobre la cama á fumar, para ver de ir tragando y digiriendo la decepción horrible, suena un campanillazo vivo y fuerte, oigo en la puerta discusión, alboroto, protestas de alguien que se empeña en entrar, y al punto veo ante mí á la billetera que se arroja en mis brazos, gritando con muchas lágrimas:

--¡Señorito, señorito! ¿Lo ve usted? Hemos sacado el gordo.

¡Infeliz de mí! Creía haber pasado lo peor del disgusto, y me faltaba este cruel y afrentoso trance: tener que decir, balbuceando como un criminal, que se había extraviado el billete, que no lo encontraba en parte alguna, y que por consecuencia nada tenía que esperar de mí la pobre muchacha, en cuyos ojos negros, ariscos, temí ver relampaguear la duda y la desconfianza más infamatoria...

Pero la billetera, alzándolos todavía húmedos, me miró serenamente y dijo encogiéndose de hombros:

--¡Vaya por la Virgen! Señorito... no nacimos ni usted ni yo pa millonarios.

¿Cómo podía recompensar la confianza de aquella desinteresada criatura? ¿Cómo indemnizarla de lo que la debía--sí, de lo que la debía? Mis remordimientos y la convicción de mi grave responsabilidad pesaban sobre mí de tal suerte, que la traje á casa, la amparé, la eduqué y por último me casé con ella.

Lo más notable de esta historia es que he sido feliz.

LA PUÑALADA

Mucho se hablaba en el barrio de la modistilla y el carpintero.

Cada domingo se les veía salir juntos, tomar el tranvía, irse de paseo y volver tarde, de bracete, muy pegados, con ese paso ajustado y armonioso que sólo llevan los amantes.

Formaban contraste vivo. Ella era una mujercita pequeña, de negros ojazos, de cintura delgada, de turgente pecho; él un mocetón sano y fuerte, de aborrascados rizos, de hercúleos puños--un bruto laborioso y apasionado--. De su buen jornal sacaba lo indispensable para las atenciones más precisas; el resto lo invertía en finezas para su Claudia. Aunque tosco y mal hablado, sabía discurrir cosas galantes, obsequios bonitos. Hoy un imperdible, mañana un ramo, al otro día un lazo ó un pañuelo. Claudia, mujer hasta la punta del pelo, coqueta, vanidosa, se moría por regalos. En el obrador de su maestra los lucía, causando dentera á sus compañeritas, que rabiaban por «un novio» como Onofre.

«Novio»... precisamente novio no se le podía llamar. Era difícil, no ya lo de las bendiciones, sino hasta reunirse en una casa, una mesa y un lecho, porque ¿y las madres? La de Onofre vieja, impedida; además, un hermano chico, aprendiz, que no ganaba aún. Así y todo Onofre se hubiese llevado á Claudia en triunfo á su hogar, si no es la madre de la modista, asistenta de oficio, más despabilada que un candil. Cuando en momentos de tierna expansión Onofre insinuaba á Claudia algo de bodas... ó cosa para él equivalente, Claudia, respingando, contestaba en tono de enojo y susto:

--¿Estás bebido? Hijo, ¿y mi madre? ¿La suelto en el arroyo como á un perro? Con la triste peseta que ella se gana un día no y otro tampoco, ¿va á comer pan si yo la falto? Déjate de eso, vamos... ¡Que se te quite de la cabeza!

No se le quitaba. Pasar con Claudia ratos de violenta felicidad, era bueno; pero cuánto mejor sería tenerla siempre consigo, á toda hora, sin tapujos... sin que pudiese la madre cortarles las comunicaciones, como había hecho ya en momentos de enfado. Además, teniendo á Claudia á su vera, públicamente suya, tal vez se le curasen los celos. Los padecía, en accesos de furor que trataba de ocultar. Claudia era una gran chica, con su aire de señorita, su talle que un dependiente de comercio había llamado de palmera... y él, él, ¡tan basto, tan encallecido, que ni firmar sabía! Verdad que tenía fuerza en los brazos y calor en el alma... y coraje para matarse con cualquiera, eso sí... ¿Bastaba?

Debía bastar, en ley de Dios; sino que ¡se ven tales cosas! Ya dos veces había observado Onofre un hecho extraño. Al rondar la casa de Claudia (aquella maldita casa tenía imán), veía en el portal á la madre, señá Dolores, secreteando con un caballero muy bien portado, de gabán de pieles. ¿Era figuración de Onofre? Al divisarle la vieja daba señales de inquietud y el señor se despedía atropelladamente. No importa, no se le despintaba; entre mil de su casta le conocería. Algo grueso, nariz de cotorra, patillas grises, ojos vivos... ¿Qué embuchado se traían? ¿Se trataba de Claudia?--«Muy tonto soy--pensó Onofre--pero ¡Cristo! el dedo en la boca no han de metérmelo».

Esto ocurrió hacia Pascua florida. Después de un invierno riguroso y tristón, la primavera desentumecía los cuerpos: los árboles echaban hojas y flores á granel, el sol picaba y reía. El año anterior, ¡Onofre no lo olvidaba! Claudia, al principiar el buen tiempo, había querido pasear todas las tardes, sin faltar una. Salían temprano, él del taller y ella del obrador, y se iban por ahí hasta las diez dadas. La convidaba á merendar, la hartaba de pájaros fritos y de fresilla. ¡Un despilfarro! Y este año apenas conseguía decidirla á vagabundear dos días por semana. Rehacia andaba la chica. ¡Atención, Onofre!

--¿Quién te ha dado ese dije de oro?--preguntó de repente, parándose en la mitad de la calle, el carpintero á su compañera.

--¿De oro? Si es de «dublé...»--murmuró ella, azorada.

--Á un hombre no se le miente, y si me vuelves á salir por «dublé» te meto en casa de mi compadre el platero y te abochorno la cara. ¡Oro con piedras! ¡Copones! ¿Se puede saber por qué has mentido?

--Verás--balbuceó Claudia.--Es que... por si te enfadabas... Tenía ahorrados unos cuartos... Lo compré de lance...

--¿Enfadarme yo? ¿Cuándo has visto que me mezcle en tus gastos, hija? ¿Lo compraste? ¿Dónde? ¿Á quién?

--Me lo vendió la corredora, la Chivita... ¿No la conoces tú? Es una con pelos en la barba...

Calló Onofre. Un relámpago de lucidez horrible acababa de cegarle. ¡Aquello era otro embuste! ¡Una fila de embustes! ¿Con que la Chivita? Él la encontraría aquella misma noche...

Pasaban por la plazuela de Santa Ana. Los árboles del jardín convidaban á descansar á su sombra, de poblados y de verdes que los tenía el abril. Risas de chiquillería, llamadas de niñeras, se confundían con los trinos de los canarios y jilgueros «maestros» colgados en jaulas, á las puertas de las tiendas de pájaros y perros. Claudia se paró delante de una de estas tiendas; lo acostumbraba; la gustaban mucho los bichos. Hizo fiestas á un loro, á un gato de Angora, á un falderín, y se entretuvo más con las palomas. ¡Qué ricas! Las había moñudas, de cuello empavonado, de patas calzadas...

--¡Ay!--exclamó--¡Ésa tiene sangre!... Está herida.

Era una paloma de la casta conocida por «de la puñalada». Sobre el buche, curvo y blanquísimo, un trazo rojo imitaba perfectamente la herida fresca.

--La habrá dado un corte su palomo--dijo gravemente Onofre--. También los palomos serán capaces de barbaridades si otros les festejan la hembra.

Claudia apartó los ojos y se coloreó. El dicho de Onofre, sin tener nada de particular, le sonaba de un modo raro. ¡Á saber si era la conciencia! No se tranquilizó, ni mucho menos, cuando Onofre insistió, poniéndose pesado, en regalarla aquella paloma de la cortadura. ¡Si no la podía cuidar, si no la podía mantener! ¡Si apenas tenía tiempo de echar cordilla al gato! ¡Si faltaba jaula!

--También compro la jaula. No te apures. Hermosa, yo no te podré ofrecer de lo que vende Ansorena... ¡pero vamos, que una pobre paloma! ¿Me vas á desairar? ¿No quieres nada mío?

Hablaba en irritada voz. Claudia no se atrevió á negarse. Cargó Onofre con la jaula de mimbres y acompañó hasta su puerta á la muchacha. De allí, derecho, en busca de la corredora. La encontró luego; casualmente estaba en casa. Y sin duda el carpintero, en su interrogatorio, se clareó, descubrió lo que traía entre cejas... porque la Chivita, avezada á tales indagatorias, imperturbable y con el tono más persuasivo, contestó que sí, que ella había vendido á Claudia el dije.

--¿Qué día? insistió Onofre, tozudo.

--¡Ay, hijo! ¡Pues no es usted poco curioso? Si una se fuese á acordar, con tanto como vende...

--¿Qué costó? ¿Tampoco lo sabe?

--¡Jesús! Aunque me pidiese declaración el señor juez... Veremos si me acuerdo mañana...

Desde la escalera, volviéndose hacia la puerta mugrienta de la Chivita y cerrando los puños, el mocetón rugió entre dientes, con ira inmensa:

--Condenada de al... ¡Todos conchavados para mentirme...!

De casa de la Chivita se fué Onofre á la taberna que encontró más á mano. Era sobrio; no le divertía achisparse. Sólo que hay casos en que un hombre... Pidió aguardiente: lo que emborrachase más pronto. Necesitaba convertirse en cepo, no pensar, hasta el otro día. Y echó copa tras copa; por fin se quedó amodorrado, con la cabeza caída sobre la sucia mesa de la tasca.

Á la mañana siguiente, á eso de las ocho, salía Claudia para ir, como siempre, al obrador. Era la última vez; se despediría de la maestra, de las compañeras, de la labor, de los pinchazos en la yema del dedo. «Aquel señor»--el del dije, el de las grises patillas--las quería en su casa, á ella y á su madre, tratadas como reinas. La madre ama de llaves, la hija ama... ¡de todo! Proposiciones así no se desechan. ¿Y Onofre?... En primer lugar, Onofre no sabía las señas del caballero. Hasta que las averiguase. Después... pasado tiempo... Onofre se resignaría. Así y todo, Claudia llevaba el corazón apretado. Miedo, miedo--un miedo invencible--. Al entrar con la jaula de la paloma, señá Dolores había gritado alarmada: «Fuera con eso, mujer; si parece que tiene una puñalá de veras... ¡Vaya un regalo, la Virgen!». Y en sueños, revolviéndose en la estrecha cama, la puñalada sangrienta en el pecho blanco perseguía á Claudia. La parecía que la herida estaba en su propio seno, y que la sangre, en hilos, manaba y empapaba lentamente las sábanas y el colchón. La pesadilla duró hasta el amanecer.

Ahora iba aprisa. Recogería el jornal, la almohadilla, los avíos--y abur, señora. ¡Aire! Á descansar, á comer bien, á vestir seda, en vez de coserla para otras mujeres menos guapas. Claudia corría, deseosa de llegar. En la esquina, distraídamente, tropezó, resbaló, quiso incorporarse. Una mano ruda la sujetó al suelo; una hoja de cuchillo brilló sobre sus ojos, y se le hundió, como en blanda pasta, en el busto, cerca del corazón. Y el asesino, estúpido, quieto, no secundó el golpe--ni era necesario--. La sangre se extendía, formando un charco alrededor de la cabeza lívida, inclinada hacia el borde de la acera; y Onofre, cruzado de brazos, aguardaba á que le prendiesen, mirando cómo del charco se extendían arroyillos rojos, coagulados rápidamente.

EN EL SANTO