Part 5
La primer noticia del naufragio se supo en el puertecillo de Ángeles, frontero á la bahía, porque dos bocoyes salieron allí, á la madrugada, y quedaron varados en la playa al retirarse la marea. Corrió el rumor de la presa, y se apiñaron en la orilla más de cien personas--pescadores, aldeanos, carreteros, carabineros, sardineras, mujerucas, chiquillería--. Nadie ignoraba lo que significa la aparición de bocoyes llenos en una playa de la costa. Aún les retumbaba en los oídos el bramar de la tormenta. Pero ahora hacía un sol hermoso, un día magnífico, _criador_. Era domingo; por la tarde bailarían en el castañal; y con la presa, no había de faltar vino para remojar la gorja. Nadie hizo comentarios tristes sino los pescadores--que, sin embargo, se consolaron pensando en el rico vientre de las barricas...! Sólo una vejezuela, que había perdido á su mozo, su hijo, de veinte años, en un lance de mar, escapó de la playa dando alaridos, y apostada cerca del carro en el cual fueron llevados los toneles al campo de la romería, chillaba:
--¡No bebades, no bebades! Ese vino sabe á la sangre de los hombres y al amarguío de la mar.
La hicieron el mismo caso que los tripulantes del balandro á _Finisterre_.
FUEGO Á BORDO
Cuando salimos del puerto de Marineda--serían, á todo ser, las diez de la mañana--no corría temporal, sólo estaba la mar rizada y de un verde... vamos, un verde sospechoso. Á las once servimos el almuerzo, y fueron muchos pasajeros retirándose á sus camarotes, porque el oleaje, no bien salimos á alta mar, dió en ponerse grueso, y el buque cabeceaba de veras. Algunos del servicio nos reunimos en el comedor, y mientras llegaba la hora de preparar la comida, nos divertíamos en tocar el acordeón y hacer bailar al pinche, un negrito muy feo: y nos reíamos como locos, porque el negro, con las cabezadas de la embarcación y sus propios saltos, se daba mil coscorrones contra el tabique. En esto, uno de los muchachos camareros, que les dicen _estuarts_, se llega á mí.
--Cocinero, dos fundas limpias, que las necesito.
--Pues vaya usted al ropero, y cójalas, hombre.
--Allá voy.
Y sin más, entra y enciende un cabo de vela para escoger las fundas.
¡Aquel cabo de vela! Nadie me quitará de la cabeza que el condenado... Dios me perdone, el infeliz del camarero lo dejó encendido, arrimado á los montones de ropa blanca. Como un barco grande requiere tanta blancura, además de las estanterías llenas y atestadas de manteles, sábanas y servilletas, había en el _San Gregorio_ rimeros de paños de cocina, altos así, que llegaban á la cintura de un hombre. Por fuerza el cabo se quedó pegadito á uno de ellos, ó cayó de la mesa, encendido, sobre la ropa. En fin, era nuestra suerte, que estaba así preparada.
Yo no sé qué cosa me daba á mí el cuerpo ya cuando salimos de Marineda. Siempre que embarco estoy ocho días antes alegre como unas castañuelas, y hasta parece que me pide el cuerpo algo de broma con los amigos y la familia. Pues de esta vez... tan cierto como que nos hemos de morir... tenía yo el viaje atravesado en el gaznate, y ni reía ni apenas hablaba. La víspera del embarque le dije á mi esposa:
--Mujer, mañana tempranito me aplancharás una camisola, que quiero ir limpio á bordo.
Por la mañana entró con la camisola, y le dije:
--Mujer, tráeme el pequeño que mama.
Vino el chiquillo y le di un beso, y mandé que me lo quitasen pronto de allí, porque las entrañas me dolían y el corazón se me subía á la garganta. También la víspera fuí á casa del segundo oficial, el señorito de Armero, y estaba la familia á la mesa; y la madre que es así una señora muy franca, no ofendiendo lo presente, me dijo:
--Tome usted esta yema, Salgado.
--Mil gracias, señora, no tengo voluntad.
--Pues lléveles éstas á los niños... ¿Y qué le pasa á usted, que está qué sé yo cómo?
--Pasar, nada.
--¿Y qué le parece del viaje, Salgado?
--Señora, la mar está bella, y no hay queja del tiempo.
--No, pues usted no las tiene todas consigo. Le noto algo en la cara.
Para aquel viaje había yo comprado todos los chismes del oficio; por cierto que en la compra se me fué lo último que me quedaba: setenta duretes. Los chismes eran preciosos: cuchillos de lo mejor, moldes superiores, herramientas muy finas de picar y adornar; porque en el barco, ya se sabe: le dan á uno buena batería de cocina, grandes cazos y sartenes, carbón cuanto pida, y víveres á patadas; pero ciertas monaditas de repostería y de capricho, si no se lleva con qué hacerlas... Y como yo tengo este pundonor de que me gusta sobresalir en mi arte y que nadie me pueda enseñar un plato... Por cierto que esta vanidad fué mi perdición cuando sostuve _restaurant_ abierto. Me daba vergüenza que estuviese desairado el escaparate, sin una buena polla en galantina, ó solomillo mechado, ó jamón en dulce, ó chuletas bien panadas y con su papillotito de papel en el hueso... Y los parroquianos no acudían; y los platos se morían de viejos allí; y cuando empezaban á oler, nos los comíamos por recurso: mis chiquillos andaban mantenidos con trufas y jamón, y el bolsillo se desangraba... Si no levanto el _restaurant_, no sé qué sería de mí: de manera que encontrar colocación en el barco y admitirla fué todo uno. Pensaba yo para mi chaleco:--Ánimo, Salgado: de veintiocho duros que te ofrecen al mes, mal será que no puedas enviarle doce ó quince á la familia. No es la primera vez que te embarcas: vámonos á Manila, ¿quién sabe si allí te ajustas en alguna fonda y te dan mil ó mil quinientos reales mensuales y eres un señor? Lo dicho: la suerte, que arregla á su modo nuestros pasos... Estaba de Dios que yo había de perder mis chismes, y pasar lo que pasé, y volver á Marineda desnudo.
¿En qué íbamos? Sí, ya me acuerdo. Faltaría hora y media para la comida, cuando nos pareció que por la puerta del ropero salía humo. El que primero lo notó no se atrevía á decirlo: nos mirábamos unos á otros, y nadie rompía á gritar. Por fin, casi á un tiempo, chillamos:
--¡Fuego! ¡Fuego á bordo!
Mire usted, no cabe duda; lo peor, en esos momentos en que se suceden cosas horrorosas, es aturdirse y perder la sangre fría. Si cuando corrió el aviso se pudiese dominar el pánico y mantener el orden; si media docena de hombres serenos tomasen la dirección imponiéndose, y aislasen el fuego en las tripas del barco, estoy seguro de que el siniestro se evitaba. Yo, que todo lo presencié, que no perdí detalle, puedo jurar que no entiendo cómo en un minuto se esparció la noticia y ya no se vieron sino gentes que corrían de aquí para allí, locas de miedo. Para mayor desdicha empezaba á anochecer, y la mar cada vez más gruesa y el temporal cada vez más recio aumentaban el susto. Aquello se convirtió en una Babel, donde nadie se entendía ni obedecía á las voces de mando.
El capitán, que en paz descanse, era un mallorquín de pelo en pecho, valentón, y no tiene que dar cuenta á Dios de nada, pues el pobrecillo hizo cuanto estuvo en su mano; pero le atendían bien poco. Acaso debió levantar la tapa de los sesos á alguno para que los demás aprendiesen; bueno, no lo hizo; él fué el primero á pagarlo, ¡cómo ha de ser! Nos metimos él y yo por el corredor de popa, con objeto de ver qué importancia tenía el incendio; y apenas abrimos la puerta de hierro, nos salió al paso tal columna de humo y tal cortina de llamas, que apenas tuvimos tiempo á retroceder, cerrar y apoyarnos, chamuscados y á medio asfixiar, en la pared. Yo le grité al capitán:
--Don Raimundo, mire que se deben cerrar también las puertas de hierro á la parte de proa.
Él daría la orden á cualquiera de los que andaban por allí atortolados; puede que al tercero de á bordo; no sé; lo cierto es que no se cumplió, y en no cumplirse estuvo la mitad de la desgracia. Nosotros, á toda prisa, nos dedicamos á refrescar con chorros de agua las puertas de hierro, para que el horno espantoso de dentro no las fundiese y saltasen dejando paso á las llamas. ¿De qué nos sirvió? Lo que no sucedió por allí sucedió por otro lado. Nos pasamos no sé cuánto tiempo remojando la placa, envueltos en humareda y vapor; mas al oir que por la proa salían las llamas ya, se nos cansaron los brazos, y huyendo de aquel infierno pasamos á la cubierta.
Verdaderamente cesó desde entonces la batalla con el fuego y las esperanzas de atajarlo, y no se pensó más que en el salvamento; en librar, si era posible, la piel: eso, los que aún eran capaces de pensar; porque muchísimos se tiraron en el suelo, ó se metieron á arrancarse el pelo por los rincones, ó se quedaron hechos estatuas, como el tercero de á bordo, que tan pronto se declaró el incendio se sentó en un rollo de cuerdas, y ni dijo media palabra, ni se meneó, ni soñó en ayudarnos.
Á las dos horas de notarse el fuego, la máquina se paró. Si no se para, tenemos la salvación casi segura; ardiendo y todo, llegaríamos al puerto. Lo que recelábamos era que el vapor comprimido y sin desahogo hiciese estallar la caldera. Todos preguntábamos al _engineer_, un inglés muy tieso, muy callado y con un corazón más grande que la máquina. No se meneaba de su sitio, ni se demudó poco ni mucho; abrió todas las válvulas, y nos dijo con flema:
--Mi responde con mi _head_, máquina _very-good_, seguros por ella no explosión.
Al ver que la pobre de la máquina se paraba, nos quedamos, si cabe, más aterrados; no creímos que el incendio llegase hasta donde, por lo visto, llegaba ya: comprendimos que el fuego no estaba localizado y contenido, sino que era dueño de todo el interior del buque y no había más remedio que cruzarse de brazos y dejarle hacer su capricho.
--¡Barco perdido, D. Raimundo!--dije al capitán.
--Barco perdido, Salgado.
--¿Y nosotros?
--Perdidos también.
--Esperanza en Dios, D. Raimundo.
Y él se echó las manos á la cabeza y dijo de un modo que nunca se me olvida:
--¡Dios!
Yo no sé qué le habíamos hecho á Dios los trescientos cristianos que en aquel barco íbamos; pero algún pecado muy gordo debió de ser el nuestro, para que así nos juntase castigos y calamidades. De cuantas noches de temporal recuerdo--y mire usted que algo se ha navegado--ninguna más atroz, más furiosa que aquella noche. Una marejada frenética; el barco no se sostenía: ola por aquí, ola por acullá: montes de agua y de espuma que nos cubrían: ya no era balancearse; era despeñarse, caer en un precipicio: parecía que la tormenta gozaba en movernos y abanicarnos para avivar el incendio. Soplaba un viento iracundo; llovía sin cesar: y la noche tan negra, tan negra, que sobre cubierta no nos veíamos las caras. Unos lloraban de un modo que partía el corazón; otros blasfemaban; muchos decían:--¡Ay mis pobres hijos!--No entiendo cómo el timonel era capaz de estarse tan quieto en su puesto de honor, manteniendo fijo el rumbo del barco para que no rodase como una pelota por aquel mar loco.
Pronto empezaron á alumbrarnos las llamas, que salían por la proa no ya á intervalos, sino continuamente, igual que si desde adentro las soplasen con fuelles de fragua. Lo tremendo de la marejada hizo que no se pensase en esquifes; meterse en ellos se reducía á adelantar la muerte. En esto gritaron que se veía embarcación á sotavento.
¡Un buque! Desde que se declaró el incendio no habíamos cesado de disparar cohetes y fuegos de bengala con objeto de que los buques, al pasar cerca de nosotros, comprendiesen que el barco incendiado contenía gente necesitada de socorro. Y vea usted cómo Dios, á pesar de lo que dije antes, nunca amontona todas las desgracias juntas. Aún tenemos que agradecerle que el sitio del siniestro es un punto de cruce, donde se encuentran las embarcaciones que hacen rumbo al Atlántico y al Mediterráneo. Pocas millas más adelante ya no sería fácil hallar quien nos socorriese.
Al ver el buque, la gente se alborotó, y los más resueltos arriaron los esquifes en un minuto. Allí no había capitán, ni oficiales, ni autoridad de ninguna especie: los contramaestres se cogieron el esquife mejor, y cabiendo en él treinta personas, resultó que lo ocuparon sólo cinco. Ya se sabe lo que hace el miedo á morir: ni se repara en el peligro, ni hay compasión, ni prójimo. Sin mirar lo furioso del oleaje y lo imposible que era nadar allí, se echaron al mar muchísimas personas, por meterse en los esquifes. Aún parece que oigo las voces con que decían al contramaestre:
--¡Espere, nuestramo Nicolás, espere por la madre que le parió; la mano, nuestramo!
Y él, en su maldita jerga catalana, respondía:
--_N’om fa rés; no’m fa rés._
Y cuando los infelices querían halarse al esquife y se agarraban á la borda, los de dentro, desenvainando los cuchillos, amenazaban coserles á puñaladas.
De esta vez hubo ya bastantes víctimas: los esquifes se alejaron y nuestra esperanza con ellos. Después de recoger á aquellos primeros náufragos, el buque siguió su rumbo, porque no le permitía mantenerse al pairo el temporal.
¡Á todo esto, si viese usted cómo iba poniéndose la cubierta! Oíamos el roncar del incendio, que parecía el resoplido de un animalazo feroz, y á cada instante esperábamos ver salir las llamas por el centro del buque y hundirse la cubierta. Nos arrimábamos cuanto podíamos á la parte de popa, pues además el calor del suelo se hacía insoportable, y del piso de hierro cubierto con planchas de madera salían, por los agujeros de los tornillos, llamitas cortas, igual que si á un tiempo se inflamasen varias docenas de fósforos sembrados aquí y acullá. Ya ni el frío ni la obscuridad eran de temer: ¡qué disparate! buena obscuridad nos dé Dios: la popa algunas veces estaba tan clara como un salón de baile: iluminación completa: daba gusto ver el horizonte cerrado por unas olas inmensas, verdes y negruzcas, que se venían encima, y sobre las cuales volaba una orillita de espuma más blanca que la nieve. También divisamos otro buque, un paquete de vapor, que se paraba, sin duda, para auxiliarnos. ¡Estaba tan lejos! Con todo, la gente se animó. El segundo, el señorito de Armero, se llegó á mí y me tocó en el hombro.
--Salgado, ¿puede usted bajar á la cámara? Necesito un farol.
--Mi segundo, estoy casi ciego... Con el calor y el humo, me va faltando la vista.
--Aunque sea á tientas... Quiero un farol.
Vaya, no sé yo mismo cómo gateé por las escaleras; la cámara era un horno, el farol todavía estaba encendido; lo descolgué y se lo entregué al segundo, convencido de que le daba el pasaporte para la eternidad, pues el esquife en que él y otros cuantos se decidieron á meterse era el más chico y estaba muy deteriorado. Lo arriaron, y por milagro consiguieron sentarse en él sin que zozobrase. Entonces empezó la gente á lanzarse al mar para salvarse en el esquife, y pude notar que, apenas caían al agua, morían todos. Alguno se rompió la cabeza contra los costados del buque; pero la mayor parte, sin tropezar en nada, expiró instantáneamente. ¿Era que hervía el agua con el calor del incendio y los cocía? ¿Era que se les acababa las fuerzas? Lo cierto es que daban dos paladitas muy suaves para nadar, subían de pronto las rodillas á la altura de la boca, y flotaban ya cadáveres.
Los del esquife remaban desesperadamente hacia el barco salvador. Supe después que, á la mitad del camino, notaron que el esquife, roto por el fondo, hacía agua y se sumergía; que pusieron en la abertura sus chaquetas, sus botas, cuanto pudieron encontrar; y no bastando aún, el señorito de Armero, que es muy resuelto, cogió á un marinerillo, lo sentó ó, por mejor decir, lo embutió en el boquete y le dijo (con perdón):
--¡No te menees y tapa con el...!
Gracias á lo cual llegaron al buque y les pudimos ver ascendiendo sobre cubierta. No sé si nos pesaba ó no el habernos quedado allí sin probar el salvamento. ¡Los muertos ya estaban en paz, y los salvados... qué felices! El buque aquel tampoco se detenía; era necesario aguardar á que Dios nos mandase otro, y resistir como pudiésemos todo el tiempo que tardase. Es verdad que nuestro _San Gregorio_ aún podía durar. Al fin era un gran vapor de línea, con su cargamento, y daba qué hacer á las llamas. El caso era refugiarse en alguna esquina, para no perecer abrasados.
Al capitán se le ocurrió la idea de trepar á la cofa del gran árbol de hierro, del palo mayor. Mientras el barco ardía, creyó él poder mantenerse allí, seguro y libre de las llamas, como un canario en su jaula. Yo, que le vi acercarse al palo, le cogí del brazo en seguida.
--No suba usted, capitán; ¿pues no ve que el palo se tiene que doblar en cuanto se ponga candente?
El pobre hombre, enamorado del proyecto, daba vueltas alrededor del palo, estudiando su resistencia. Creo que si más pronto le anuncio la catástrofe, más pronto sucede. ¡El árbol... pim! se dobló de pronto, lo mismo que el dedo de una persona, y arrastrado por su peso, besó el suelo con la cima. Por listo que anduvo el capitán, como estaba cerca, un alambre candente de la plataforma le cogió el pie por cerca del tobillo, y se lo tronzó sin sacarle gota de sangre, haciendo á un tiempo mismo la amputación y el cauterio: respondo de que ningún cirujano se lo cortaba con más limpieza.
Le levantamos como se pudo, y colocando un sofá al extremo de la popa, le instalamos del mejor modo para que estuviese descansado. Se quejaba muy bajito, entre dientes, como si masticase el dolor, y medio le oí: «¡Mi pobre mujer!, mis hijitos queridos, ¿qué será de ellos?». Pero de repente, sin más ni más, empezó á gritar como un condenado, pidiendo socorro y medicina. ¡Sí, medicina! ¡Para medicinas estábamos! Ya el fuego había llegado á la cámara, y á pesar del ruido de la tormenta, oíamos estallar los frascos del botiquín, la cristalería y la vajilla. Entonces el desdichado comenzó á rogar, con palabras muy tristes, que le echásemos al agua, y usando, por última vez, de su autoridad á bordo, mandó que le atásemos un peso al cuerpo. Nos disculpamos con que no había con qué atarle, y él, que al mismo tiempo estaba sereno, recordó que en la bitácora existe una barra muy gruesa de plomo, porque allí no puede entrar hierro ni otro metal que haga desviar la aguja imantada. Por más que nos resistimos, fué preciso arrancarla y colgársela del cuello, y como el peso era grande y le obligaba á bajar la cabeza, tuvo que sostenerlo con las dos manos, recostándose en el respaldo del sofá. Como llevaba en el bolsillo su revólver, lo armó, y suplicó que le permitiesen pegarse un tiro y le arrojasen al mar después. ¡Naturalmente que nos opusimos! Le instamos para que dejase amanecer; con el día se calmaría la tormenta, y algún barco de los muchos que cruzaban nos salvaría á todos. Le porfiábamos y le hacíamos reflexiones de que el mayor valor era sufrir. Por último, desmontó y guardó el revólver, declarando que lo hacía por sus hijos nada más. Se quejó despacito y se empeñó en que habíamos de buscar y enseñarle el pie que le faltaba. ¿Querrá usted creer que anduvimos tras del pie por toda la cubierta y no pudimos cumplirle aquel gusto?
Después del lance del capitán, ocurrió el del oficial tercero, y se me figura que de todos los horrores de la noche fué el que más me afectó. ¡Lo que somos, lo que somos! Nada: una miseria. El tercero era un joven que tenía su novia, y había de casarse con ella al volver del viaje. La quería muchísimo, ¡vaya si la quería! Como que en el viaje anterior le trajo de Manila preciosidades en pañuelos, en abanicos de sándalo, en cajitas, en mil monadas. No obstante... ó por lo mismo... en fin, ¡qué sé yo! Desgracias y flaquezas de los mortales... el pobre andaba triste, preocupado, desde tiempo atrás. Nadie me convencerá de que lo que hizo no lo hizo _queriendo_, porque ya lo tenía pensado de antes y porque le pareció buena la ocasión de realizarlo. Si no, ¿qué trabajo le costaba intentar el salvamento con el señorito de Armero? Ya determinado á morir, tanto le daba de un modo como de otro, y al menos podía suceder que en el esquife consiguiese librar la piel. Bien, no cavilemos. Él no dió señales de pretender combatir el fuego, y mientras nosotros manejábamos el _caballo_ y soltábamos mangas de agua contra las puertas, envueltos en llamas y humo, él quietecito y como atontado. Al marcharse el señorito de Armero, le llamó á la cámara para entregarle su reloj--un reloj precioso con tapa de brillantes--y dos sortijas muy buenas también, encargándole que se las llevase á su novia como recuerdo y despedida. Lo que yo digo: el hombre se encontraba resuelto á morir. Luego subió á popa, y le vi sentado, muy taciturno, con la cabeza entre las manos. Á dos pasos me coloqué yo. Él se volvió y me dijo:
--Cocinero ¿tiene usted ahí un cigarro?
--Mi oficial, sólo tengo picadura en el bolsillo del chaquetón... Pero éste tiene tabacos, de seguro...--añadí, señalando á un camarero que estaba allí cerca.--¿Querrá usted creer que el bruto del camarero se resistía á meter la mano en el bolsillo y soltar el cigarro? Animal--le grité--no seas tacaño ahora; ¿de qué te servirá el tabaco si vamos todos á perecer?--En vista de mis gritos, el hombre aflojó el cigarro. El tercero lo encendió, y daría, á todo dar, tres chupadas; á cada una le veía yo la cara con la lumbre del cigarro: un gesto que ponía miedo. Á la tercer chupada, acercó á la sien el revólver, y oímos el tiro. Cayó redondo, sin un _ay_.
Nadie se asustó, nadie gritó: casi puedo decir que nadie se movió: estábamos ya de tal manera, que todo nos era indiferente. Sólo el capitán preguntó desde el sofá.--¿Qué es eso? ¿qué ocurre?--El tercero que se acaba de levantar la tapa de los sesos.--¡Hizo bien!--De allí á poco rato murmuró.--Echarle al mar.--Obedecimos, y á ninguno se le ocurrió rezar el _Padre nuestro_.
¡Es que se vuelve uno estúpido en ocasiones semejantes! Figúrese usted que en los primeros instantes, recogió el capitán, de la caja, seis mil duros y pico en oro y billetes; seis mil duros y pico que anduvieron rodando por allí, sobre cubierta, sin que nadie les hiciese caso, ni los mirase. En cambio, al piloto se le había metido en la cabeza buscar el cuaderno de bitácora, y se desdichaba todo porque no daba con él, lo mismo que si fuese indispensable apuntar á qué altura y latitud dejábamos el pellejo. Pues otra rareza. En todo aquel desastre, ¿quién pensará usted que me infundía más lástima? El perro del capitán, un terranova precioso, que días atrás se había roto una pata y la tenía entablillada: el animalito, echado junto al timón, remedaba á su amo: los dos iguales, inválidos y aguardando por la muerte. ¡Si seré majadero! El perro me daba más pena.