Chapter 4 of 15 · 3832 words · ~19 min read

Part 4

Abrieron el arca, como si se hubiesen abierto las venas. Pilara cruzaba las manos, gemía bajito, alzaba al cielo los ojos, se cogía la cabeza, al volver del revés sobre la artesa el calcetín de lana gorda: los ahorriños de tanto tiempo. Estaban en moneda sonante, en metálico: el labriego no quiere guardar papel. Había duros relucientes del nene, otros oxidados, mucha peseta, calderilla roñosa. Aunque sabían al dedillo la cantidad, recontaron: sobraba un pico. Telme añudó lo necesario en un pañuelo de algodón azul, por no mezclarlo con lo de la venta, que iba casi todo en billetes de á cien, oculto á raíz de la carne. Hecho esto, salió en demanda de la pollina.

Pilara aguardó, aguardó hasta las altas horas. No sabía si su hombre dormía aquella noche en Marineda, para volver con el mozo, temprano. Se acostó al fin. Á cosa de la una oyó llamar á voces, y conoció la de Telme. La sangre le dió una vuelta. Saltó en camisa, encendió la candileja, abrió: Telme, con la cara color de difunto, estaba delante de ella. ¡Madre mía de las Angustias! ¿Qué pasaba! ¿Y Andresiño?

--¡Calla!--profirió Telme--; no me hables, que pego fuego á la casa, y te parto los lomos y se los parto al mismísimo divino Dios... Ya hemos quedado solos, mujer, sin bueyes y sin hijo. ¡El chalán de la feria... me metió cuatro billetes falsos!

Y el padre, en vez de realizar sus amenazas de partir los lomos á todo el mundo, se dejó caer al suelo y se arrancó el pelo á puñados, llorando como las mujeres.

LA CHUCHA

Lo primerito que José San Juan--conocido por el _Carpintero_--hizo al salir de la penitenciaría de Alcalá, fué presentarse en el despacho del director.

Era José un mocetón de bravía cabeza, con la cara gris mate, color de seis años de encierro, en los cuales sólo había visto la luz del sol dorando los aleros del tejado. La blusa nueva no se amoldaba á su cuerpo, habituado al chaquetón del presidio; andaba torpemente, y la gorra flamante, que torturaba con las manos, parecía causarle extrañeza, acostumbrado como estaba al antipático birrete.

--Venía á despedirme del señor director--dijo humildemente al entrar.

--Bien, hombre; se agradece la atención--contestó el funcionario--. Ahora á ser bueno, á ser honrado, á trabajar. Eres de los menos malos; te has visto aquí por un arrebato, por delito de sangre, y sólo con que recuerdes estos seis años, procurarás no volver... Que te vaya bien. ¿Quieres algo de mí?

--¡Si usted fuera tan amable, señor director... si usted quisiera!...

Animado por la benévola sonrisa del jefe soltó su pretensión.

--Deseo ver á una reclusa.

--Es tu _chucha_, ¿verdad?... Bueno: la verás.

Y escribió una orden para que dejasen entrar á Pepe el _Carpintero_ en el locutorio del presidio de mujeres. Bien sabía el director lo que significaban aquellas relaciones entre penados, los galateos á distancia y sin verse, de _chuchos_ y _chuchas_; el amor, rey del mundo, que se filtra por todas partes como el sol, y llega donde éste no llegó nunca, perforando muros, atravesando rejas.

Tenían casi todos los penados en la penitenciaría de mujeres una _galeriana_ que por cariño remendaba y lavaba su ropa; una compañera de infortunio á la cual no habían visto nunca v cuyas atenciones pagaban con cartas, rebosando sentimentalismo ridículo... pero sincero. Era el sacro amor, introduciéndose en aquel infierno para burlarse de la severidad de las leyes humanas; la vida y sus afectos floreciendo allí, donde el castigo social quiere convertir á los réprobos en cadáveres con apariencia de vida. El presidio, un convento vetusto, y el penal de mujeres, soberbio y flamante, contemplábanse desde cerca, mudos, inmutables--pero un soplo de pasión contenida y ardiente, de primavera amorosa, germinando entre la mugre de la _casa muerta_, iba de uno á otro edificio como la caricia fecundadora que por el aire se envían las palmeras de distinto sexo.

Tan grande emoción embargaba á Pepe al dirigirse al locutorio de mujeres, que sus piernas temblorosas acortaban el paso... ¿Cómo sería su _chucha_? ¡Por fin iba á verla! Y pensando en las formas de que la había revestido su imaginación en las noches de insomnio ó en los solitarios paseos patio abajo y arriba, todo el pasado revivía de golpe en su memoria. Para comenzar, su entrada en presidio, resultado de tener mal vino y pronta la mano; los primeros meses de sorda excitación, de huraño aislamiento, viendo deslizarse los días como pesadas ondulaciones de un río gris y triste. Después, cuando hizo amigos, extrañáronse de que un muchacho cual él, guapo y terne, que si estaba en trabajo era por ser muy hombre, no tuviera su _chucha_, su _chucha_ como los demás. Ellos se encargaban del arreglo: escribirían á sus amigas, y no faltaría en la casa de enfrente quien atendiese á tan buen mozo. Un día le dijeron que su _chucha_ se llamaba Lucía, más conocida por el apodo de la _Pelusa_, y Pepe la escribió, encontrando dulce satisfacción en saber que más allá de aquellos muros había alguien que pensaba en él y se interesaba por su vida. Pronto á este goce espiritual se unieron satisfacciones del egoísmo; alababan la limpieza de su ropa blanca y sentían envidia al ver ciertos manjares, obra todo de la _Pelusa_, de la enamorada _chucha_, que, invisible como un duende, tenía para él cuidados maternales.

--Pero, camarada, y qué suerte la tuya--le decían los compañeros de pelotón con mal encubierta envidia.

--Esa _Pelusa_ es de oro--añadía un veterano del presidio, oráculo de la gente joven.--Consérvala, chaval, que mujeres así entran pocas en libra.

--Pero ¿cómo es?--preguntaba Pepe con creciente curiosidad.--¿Es joven? ¿Por qué está presa?

--Algo mayor que tú debe de ser, pues creo que no es ésta la primera vez que visita la casa... Pero ¿qué te importa que sea joven ó vieja? Tú déjate querer, que ésa es la obligación de los buenos mozos, y cuando salgas en libertad búscate otra que te atienda lo mismo.

Pepe protestaba. Sentía duplicarse el agradecimiento hacia aquella mujer; las relaciones, que al principio le parecían cosa de risa--buena únicamente para distraer el tedio del encierro--le llegaban muy adentro ya, y la gratitud se volvía atracción, viendo que no pasaba día sin que en el rastrillo entregasen para él paquetes de tabaco, prendas de ropa ó algo de comer que le sostenía fuerte y robusto y sano, librándole del rancho insípido del penal, la peor engañifa para el hambre.

Pocos días dejaban de escribirse. Las primeras cartas respiraban ese énfasis amoroso aprendido en los epistolarios populares; pero fueron haciéndose más sinceras según los dos amantes, por aquel reiterado contacto de alma, iban conociéndose. Hablaban de su situación, de la desgracia en que se veían, en términos vagos--como si les causara rubor decir por qué y de qué modo--y contaban fecha tras fecha el tiempo que les faltaba para cumplir. Él saldría libre un año antes que ella... ¡Con qué tristeza lo repetía la pobre _chucha_! Y José protestaba con entereza de muchacho enérgico, caballeresco á su manera, incapaz de faltar á la palabra. Él esperaría á que saliera ella; se casarían y serían felices; lo decía de corazón, sintiéndose ligado para toda su vida por el reconocimiento á sacrificios que habían endulzado sus amargas horas.

No sabía si aquello era amor; realmente nunca se había sentido dominado por mujer alguna; no recordaba más que lances fáciles, los encuentros casuales de su época obrera; pero á su _chucha_... la quería sin conocerla y juraba no abandonarla jamás. No porque estuviese en presidio era un canalla capaz de olvidar á aquella mujer que pensaba en él á cada momento y trabajaba porque nada le faltase. Consistía su única preocupación en saber algo de la historia ó del aspecto de su _chucha_. Por desgracia, los mandaderos no la conocían; en la Galera, regida por monjas, no entraba otro hombre sino el director; y con escrupulosa delicadeza, ni él ni ella se atrevían en sus cartas á hablar del pasado ni de sus personas, como temiendo que al entrar luz se rasgara el ambiente del misterio amoroso y se disipase el hechizo. Los últimos días, ¡qué turbación tan intensa!... Pepe hablaba entusiasmado de la próxima salida, y ella contestaba lacónicamente; sus palabras respiraban tristeza, casi se lamentaba de que el hombre amado recobrase la libertad, recelando despertar del ensueño de seis años. Y la misma impaciencia de sus últimos días de escribir dominaba á Pepe cuando entró en el locutorio de las penadas. Después de entregar la orden del director, quedóse solo, hasta que por fin, á través de la tupida reja, oyó suaves pisadas femeniles. Dos monjas se apostaron inmóviles en el fondo de la galería, donde no podían oir las palabras, pero sí seguir con la vista todos los movimientos de la que ocupaba el locutorio; y una galeriana fué aproximándose con paso torpe, cual si la asustase llegar á la reja.

No hizo Pepe movimiento alguno. ¡Las monjas no le habían entendido! Aquella mujer no era la que él buscaba; y miró con extrañeza á la reclusa, especie de payaso de la miseria disfrazado con faldas grises; criatura exigua, demacrada, encogida, los ojos saltones veteados de sangre, el pelo canoso, cerril y escaso, alborotado sobre la frente, y asomando entre los labios lívidos una dentadura enorme, amarillenta, de caballo viejo. La mujer aparecía además mal pergeñada, sucia, como si enfaenada en la furia del trabajo se hubiese olvidado de sí misma. Se miraron algunos instantes con extrañeza, y acabaron sonriendo, convencidos de la equivocación.

--No; no es usted--dijo Pepe.--Yo busco á la _Pelusa_. Me acaban de poner en libertad y vengo á conocerla.

La galeriana se hizo atrás con rápido movimiento de mujer cuyo sistema nervioso está en perpetua tensión por el género de vida.

--¿Eres tú... tú!... ¡Pepe!

Y se lanzó contra los hierros, como si buscase verle mejor, devorarle con los ojos.

Permanecieron silenciosos breves instantes. Ella, pasada la primera impresión, mostró profundo desaliento; sus ojos se llenaban de lágrimas, tributo pagado á la decepción horrible. Él absorbía con la mirada la degradación de aquella ruina, que parecía haber recogido en su persona la vejez y la inmundicia de todo el presidio... ¡Dios, cuán fea era! Tragándose el llanto, sofocando su tristeza, la _Pelusa_ fué la primera en romper el silencio, como si deseara terminar cuanto antes aquella escena penosa y difícil.

--¿Vienes á despedirte?... Bien hecho; se estima. Mira: yo mientras viva, no te olvidaré.

Y bajó la cabeza para no mirarle: dijérase que su presencia la causaba daño, revolviendo el rescoldo de su cariño de la entraña... condenado á extinguirse.

--No, Lucía; vengo no más á verte. Ni me despido ni me voy... Vengo á decirte... que soy el mismo... y á cumplirte la palabra.

Pepe profirió esto con fuerza, con acometividad, ofendiéndole la sospecha de que aquella entrevista pudiese ser la última. Entonces la _chucha_ se atrevió á contemplarle: pero con expresión de tierna lástima, á estilo de madre que agradece dulces mentiras del hijo.

--No quieres darme mal rato... Bien, hombre... Dios te lo pague; pero ya ves cómo soy: vieja, un susto, y además poca salud... ¡Si supieras qué guerra les doy á las pobres hermanas con este corazón que siempre me está doliendo!...

Se detuvo al llegar aquí, cual si se avergonzase. Su cara, de una palidez blancuzca, tono de cera amasada con arcilla, se coloreó, animándose. Hizo un esfuerzo y continuó:

--Estoy aquí por ladrona; no he hecho otra cosa en mi vida sino robar... Y á ti ¡basta verte! tienes cara de bueno; habrás venido por alguna desgracia... vamos, por bronca ó cosa parecida. No me engañes ¿para qué?... No vas á salir con que me quieres, hijo... Mírame bien... ¡Si puedo ser tu madre!

Impresionado por las palabras de la reclusa, Pepe quería discutirlas, y las acogía con furiosos movimientos de cabeza; pero Lucía prosiguió sin darle tiempo á que protestase:

--Estoy más enferma de lo que parece; después de este trago, ya sé que no salgo de aquí con vida, ¡ay cómo me duele el perro corazón!... Es que me han engañado; yo creí que eras uno de tantos, un verdadero chucho, uno del presidio... Y por eso te quise. ¡Nada, cosas que se la ponen á una en la cabeza; humo que se le mete allí!... ¡Y estaba yo más atontecida! Ea, hombre, márchate y no te acuerdes del santo de mi nombre. Dios te dé suerte, cuanta mereces, y que encuentres una mujer según necesitas... Porque tú vales un imperio... ¡Eres mucho mozo, caramba!

Lo murmuraba con el alma entera, pegando su pobre cabeza de caricatura á los hierros, apretando contra ellos sus manos descarnadas, ansiosas de tocar al deseado de sus ensueños, que se presentaba en la realidad, joven, arrogante y con aquel aire de bondad y simpatía...

--No, _Pelusa_--contestó el mocetón con entereza--.Yo soy muy hombre, y los hombres sólo tenemos una palabra. Prometí casarme contigo, y esperaré á que salgas. No vengo á despedidas, sino á que me conozcas... y á decirte hasta luego. Si te creerás que se olvidan seis años de sacrificios, de vestirme y matarme el hambre, mientras tú sabe Dios lo que comerías y cómo vivirías?... Pues ni que fuera yo un señorito de ésos que viven estrujando á las mujeres...

Seguía la _Pelusa_ agarrada á los hierros, y vacilaba lo mismo que si aquellas palabras cayesen con tremenda pesadumbre sobre su cuerpo endeble.

--¿Pero va de veras?--murmuró con voz ronca--¿Serás capaz de quererme así como soy?... ¿Vas á esperarme todo un año?

--Mira, _Pelusa_--continuó el muchacho--.Yo no sé si te quiero como á las otras mujeres. Lo que te digo es que no pienso irme y no me iré... ¿Que no eres guapa, guapa? Conformes. ¿Pero es que en el mundo sólo las guapas han de encontrar quien las quiera? No me importa lo que fuiste ni por qué entraste aquí: á mi lado serás otra cosa. Esperaré trabajo; el director, que es bueno, me empleará en las obras de la casa; si es preciso pasaré necesidad, pediré limosna... Lo que te aseguro es que no me largo, y que ahora soy yo, ¡yo! quien traerá á su _chucha_ ropa y comida.

Lucía cerraba los ojos. Parecía que la deslumbraban las fogosas palabras de aquel hombre, y echaba atrás el rostro contraído por grotesca mueca, que expresaba asombro y felicidad.

--Tengo aquí clavado el agradecimiento--prosiguió Pepe--y ganas de llorar cuando pienso en lo que has hecho por mí. ¿Dices que podrías ser mi madre? Lo serás si quieres; yo no he conocido á la mía. Sales y viviremos juntos; trabajaré para ti sin pensar más en copas ni en amigos; á mi lado engordarás, te remozarás, y ¡á no acordarse de este sitio! Tú aquí encontraste un hombre de bien, y yo la primera mujer de mi vida.

--¡Dios mío!... ¡Virgen santísima! ¡Virgen!...

Era la _Pelusa_, que se desplomaba lentamente, mientras sus manos se cubrían de arañazos al desasirse y deslizarse por el enrejado duro y pinchador.

Cayó como un fardo de harapos, estremeciéndose, balbuceando entre convulsiones, con vocecilla infantil:

--¡Pepe, Pepe mío!

Las dos monjas, mudos testigos de la entrevista, vieron caer á la _Pelusa_ y corrieron para recoger del suelo aquel montón de infelicidad.

Otras monjas, atraídas por los gritos, comenzaron por expulsar á Pepe del locutorio; á pesar de sus ruegos y exclamaciones, las hermanas no se daban cuenta de lo ocurrido. Si gustaba, podía volver otro día, con permiso del director...

Pero ni lo pidió ni tuvo que buscar trabajo... ¿Para qué? Al día siguiente la _Pelusa_ era borrada del registro del penal. El soplo de ventura y de vida que el _chucho_ había llevado consigo al locutorio, rompió el corazón de la miserable y la hizo libre.

EL VINO DEL MAR

Al reunirse en el embarcadero para estibar el balandro _Mascota_, los cinco tripulantes salían de la taberna disfrazada de café, llamada de _América_ y agazapada bajo los soportales de la marina fronterizos al Espolón; tugurio donde la gentualla del muelle, marineros, boteros, cargadores y _lulos_, acostumbra juntarse al anochecer. De cien palabras que se pronuncien en el recinto obscuro, mal oliente, que tiene el piso sembrado de gargajos y colillas y el techo ahumado á redondeles por las lámparas apestosas, cincuenta son blasfemias y juramentos, otras cincuenta suposiciones y conjeturas acerca del tiempo que hará y los vientos reinantes. Sin embargo, no se charla en _América_ á proporción de lo que se bebe; la chusma de zuecos puntiagudos, anguarina embreada y gorro catalán es lacónica, y si fuéseis á juzgar de su corazón y sus creencias por los palabrones obscenos y sucios que sus bocas escupen, os equivocaríais como si formaseis idea del profundo océano por los espumarajos que suelta contra el peñasco.

Acababan de sonar las ocho en el reloj del instituto, cuando acometieron aquellos valientes la faena de la estibadura, entre gruñidos de discordia. Y no era para menos. ¿Pues no se emperraba el terco del patrón en que la carga de bocoyes de vino, si había de ir como siempre en la cala, fuese sobre cubierta? Aquello no lo tragaba un marinero de fundamento como tío Reimundo, alias _Finisterre_, que había visto tanta mar de Dios. Ahí topa la diferencia entre los que navegaron en mares de verdad, donde hay tiburones y huracanes, y los que toda la vida chapaletearon en una ponchera. ¡Zantellas del podrido rayo! ¿Quería el patrón que el barco se les pusiese por sombrero? ¡Era menester estar loco de la cabeza, corcias! ¡Para más, en noche semejante, con lo falsa que es esa costa de Penalongueira, y habiendo empezado á soplar el sur, un viento traidor que lleva de la mano el cambiazo al _nordés_! No se la pegaba al tío Reimundo la calma de la bahía, sobre cuya extensión tersa y plácida prolongaban las mil luces de la ciudad brillantes rieles de oro; al viejo le daba en la nariz el aire _de allá_, de mar adentro, la palpitación del oleaje excitado por la mordedura de la brisa. Todo esto, á su manera, broncamente, á media habla, lo dijo _Finisterre_. El _Zopo_, otro experto, listo de manos y contrahecho de pies, opinaba lo mismo.

Pero Adrián y el _Xurel_--mozalbetes que acababan de alegrarse unas miajas con tres copas de caña legítima, y sentían duplicados sus bríos--ya estaban rodando los bocoyes para encima de la _Mascota_. Sabedores de que aquellos toneles encerraban vino, los manejaban con fiebre de alegría codiciosa, calculando la suma de goces que encerraban en sus panzas colosales. ¿Á ellos qué les importaban los gruñidos de _Finisterre_? Donde hay patrón no manda marinero.

Entre gritos furiosos para pujar mejor, el _¡ahiaaá!_ y el _¡eieiea!_ del esfuerzo, acabóse la estibadura en una hora escasa. Sobre el cielo, antes despejado, se condensaban nubes sombrías, redondas, de feo cariz. Un soplo frío rizaba la placa lisa del agua. Juró _Finisterre_ entre dientes, y renegó el patrón de los agoreros miedosos. Mejor si se levantaba viento; ¡así irían con la vela tan ricamente! El balandro no era una pluma, y necesitaba ayuda, ¡carandia! Y ocupó su lugar, empuñando el timón. ¡Ea, ala, rumbo avante!

Como por un lago de aceite marcharon mientras no salieron de la bahía. Según disminuía y se alejaba la concha orlada de resplandor y el rojo farol del Espolón llegaba á parecer un punto imperceptible, y otro la luz verde del puerto, el vientecillo terral insistía, vivaracho, como niño juguetón. Habían izado la cangreja, y la _Mascota_ cortó el oleaje más aprisa, no sin cabecear. Descansaban los remeros, bromeando. Sólo _Finisterre_ se ponía fosco. Á cada balance de la embarcación le parecía ver desequilibrarse la carga.

Ya trasponían la barra, y el alta mar luminosa, agitada por la resaca, se extendía á su alrededor. Para _ponchera_, según el despreciativo dicho del tío Reimundo, la ponchera «metía respeto». El patrón, á quien se le iba disipando el humo de la caña, fruncía las cejas, sintiendo amagos de inquietud. Puede que tuviese razón aquel roñicas de _Finisterre_; la mar, sin saber por qué, no le parecía _mar de gusto_... Tenía cara de zorra, cara de dar un chasco la maldita...

Al vientecillo se le antojó dormirse, y una especie de calma de plomo, siniestra, abrumadora, cayó encima. Fué preciso apretar en los remos, porque la vela apenas atiesaba. El balandro gemía, crujía, en el penoso arranque de su marcha lenta. Súbitas rachas, inflando la cangreja un momento, impulsaban la embarcación, dejándola caer después más fatigada, como espíritu que desmaya al perder una esperanza viva. Y cuando ya veían á estribor la costa peligrosa de Penalongueira, que era preciso bordear para llegarse al puertecillo de Dumia y desembarcar el género, se incorporó de golpe _Finisterre_, soltando un terno feroz. Acababa de percibir, allá á lo lejos, ese ruido sordo y fragoroso de la tempestad repentina, del salto del aire que azota de pronto la masa líquida y desata su furor. El patrón, enterado, gritaba ya la orden de arriar la vela. Aquello fué ni visto ni oído.

Enormes olas, empujándose y persiguiéndose como leonas enemigas, jugaban ya con el balandro llevándolo al abismo ó subiéndolo á la cresta espantosa. De cabeza se precipitaba la embarcación para ascender oblicuamente al punto. El patrón, sintiendo su inmensa responsabilidad, hacía milagros, animando, dirigiendo. ¡La tormenta! ¡Bah! Otras había pasado y salido con bien, gracias á Dios y á nuestra Señora de la Guía, de quien se acordaba mucho entonces, con ofrecimientos de misas y exvotos de barquitos, retratos de la _Mascota_ para colgar en el techo del santuario... Verdad; no era el primer temporal que corrían; pero... no llevaban la carga estibada sobre cubierta, sino en el fondo de la cala, bien apañadita, como Dios manda y se requiere entre la gente del oficio. Y los que habían cometido aquella barbaridad supina, ahora, á pesar de las furiosas voces de mando del patrón, perdían los ánimos para remar, como si sintieran en las atezadas mejillas el húmedo beso de la muerte... Sólo una resolución podía salvarles. _Finisterre_ la sugirió, mezclando las interjecciones con rudas plegarias. El patrón resistía, pero el cariño á la vida tira mucho, y por unanimidad se resolvió largar al agua los maldecidos bocoyes. ¡Afuera con ellos, antes que se corriesen á una banda y sucediese lo que se estaba viendo venir! Sin más ceremonias empujaron una de las barricas para lanzarla por encima de la borda...

Los que intentaron la faena sólo tuvieron tiempo de retroceder á saltos. La barrica andaba; la barrica se les venía encima, ella sola. Y las demás, como rebaño de monstruos panzudos, la seguían. Corrían, rodaban, locas de vértigo, á hacinarse sobre la banda de babor, y el balandro, hocicando, con la proa recta á la sima, daba espantoso salto, el _pinche-carneiro_ vaticinado por _Finisterre_, y soltando en las olas toda su carga, barricas y hombres, flotaba quilla arriba, como una cáscara de nuez.

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