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Part 1

NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

En la versión de texto sin formatear el texto en cursiva está encerrado entre guiones bajos (_cursiva_), el texto en negritas =texto= y el texto en Versalitas está marcado en MAYÚSCULAS.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido en general el de respetar la intención del autor, quien en la mayoría de las historias hace hablar a algunos de los personajes en un lenguaje con expresiones y giros autóctonos que son típicos de la Argentina. A otros personajes, que son inmigrantes, los hace hablar en un castellano que es típico de personas de lengua materna no hispánica.

En los textos que son descripciones hechas por el autor, el criterio ha sido el de seguir las reglas vigentes de la Real Academia Española cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española. Se han corregido en estos textos errores evidentes de puntuación y otros errores tipográficos y de ortografía.

En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está en mayúsculas.

El Índice con los títulos de las historias ha sido reubicado al principio de la obra.

La portada incluida en este libro electrónico fue modificada por el transcriptor y se concede al dominio público.

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CUENTOS DE FRAY MOCHO

“LA CULTURA ARGENTINA”

JOSÉ S. ÁLVAREZ (Fray Mocho)

CUENTOS de FRAY MOCHO

Con una introducción de

MIGUEL CANÉ

[Ilustración]

ADMINISTRACIÓN GENERAL: VACCARO--Avenida de Mayo 638--Buenos Aires 1920

INTRODUCCIÓN FRAY MOCHO

Un día, en París, hace algunos años, recibí un pequeño libro, malamente impreso y firmado con un pseudónimo que había visto algunas veces al pie de artículos que, en general, no había leído. Era el _Viaje al país de los matreros_, mal título también, que ocultaba una de las pinturas más deliciosas y exactas que existen de un pedazo de suelo argentino, precisamente del más característico: tal vez de aquél formado y sin cesar modificado, por el aluvión formidable del padre de los ríos nacionales. Comuniqué mi impresión a su autor en una carta entusiasta, cuyo borrador siento no poseer en estos momentos, para darla de nuevo a luz, como el más cumplido homenaje al talento literario del hombre que nuestro mundo intelectual acaba de perder.

Más tarde, Fray Mocho, publicó su _Viaje Austral_ que, como fuerza descriptiva vale quizás su primer ensayo, pero que le es superior en sus elementos de drama. Esa dura vida del lobero, en la intrincada red de canales entre los que va disolviéndose la más austral de las tierras habitadas, está pintada con una verdad y una intensidad tales, que parece increíble haya podido dibujarse el cuadro y darle color, sin haber visitado minuciosamente el teatro de la acción. Y sin embargo, según tengo entendido, Álvarez nunca visitó el Estrecho.

Más tarde, con motivo de la fundación de este semanario, de _Caras y Caretas_, para el que se me pide estas líneas de admiración y de pena, Álvarez cayó en la huella normal de su espíritu--y abordó el género para el que le habían preparado, no sólo las condiciones peculiares de su inteligencia viva, sagaz, observadora, de una sensibilidad de placa para retener la impresión de los ridículos más fugaces, sino también su vida azarosa, difícil, un tanto bohemia, en la que había tomado contacto material con todos los bajos fondos sociales--y contacto moral con todos los dolores y amarguras de la miseria. No pocos de sus cuentos, o más bien dicho, de sus escenas, porque se preocupaba muy poco de confabular, si bien mucho de pintar, ocultan, tras la forma retozona e irresistible que le es habitual, un fondo de profunda simpatía por el desheredado cuya ignorancia o mala suerte le sirve de tema. Poco antes de embarcarse para el Paraguay, tuve ocasión de verle y escribirle. Le hice ver que había llegado para él la hora de pedir a su espíritu lo que nos había prometido y le conjuré para que, a su regreso, se entregara al trabajo con método y plan.

No soy un entusiasta delirante por el _criollismo_ en nuestra literatura. La razón fundamental es que siempre, o casi siempre, las producciones _criollas_ no son, a mis ojos, sino reproducción de viejos temas, viejas pasiones, viejas intrigas, sin ubicación necesaria, pero revestidos de un lenguaje vulgar, trivial y de una repetición de símiles, lugares comunes y otros recursos, realmente agobiadora. Brieux, si hubiera visto una pieza _criolla_, que se está dando con éxito, habría podido hacer de ella _Blanchette_, con sólo cambiar el sexo del protagonista.

Álvarez no entendía así el _criollismo_; mejor dicho, no se preocupaba de ninguna manera de entenderlo o comentarlo. Como todos los artistas verdaderos, se ocupaba sólo en producir y esto de la única manera que podía hacerlo, mirando y pintando. Sus personajes no sólo hablaban como estamos habituados a oir hablar en nuestros campos, calles y casas, sino que sentían y concebían las cosas, como las sienten y las conciben necesariamente, por educación, por herencia y por influencia del medio, los diversos tipos sociales de nuestro país. Yo le decía a Fray Mocho: “Usted está destinado a escribir la primera comedia _criolla_ de nuestro futuro teatro. Deje al gaucho tan esquilmado, al compadrito que sólo debe ser un personaje episódico y plante su escena, como sólo usted sabe hacerlo, en una casa modesta, de barrio lejano. Traiga usted allí a la mamá y a las niñas, al papá, nacido allá por 1840, al pariente, a las vecinas y haga usted hablar a toda esa gente. No se preocupe usted de la acción; hágale usted hablar, sentir y pensar como usted sabe que en ese mundo hablan, sienten y piensan, y le auguro a usted un éxito de primer orden”. Álvarez sonreía, pero allá en el fondo acariciaba la idea con la conciencia de poder realizarla de incomparable manera.

Brutalmente, la muerte se lo lleva cuando la vida empezaba a serle menos rigurosa. Él reposa, pero va a faltarnos, en esta monotonía seria y en esta expectativa casi angustiosa en que vivimos, la alegre nota semanal de Fray Mocho, en la que poniendo de relieve uno de los aspectos de _nuestro_ ridículo, nos hacía gozar por la admirable penetración del artista, y por la verdad del tipo estudiado.

Todos esos bocetos van a ser reunidos en volumen. Ahí deberán ir a estudiar todos los que quieran interpretar nuestro microcosmos social, como en las horas largas y tristes allí se deberá buscar el reactivo contra las sombras del espíritu.

Hemos perdido un verdadero temperamento artístico y el día de ayer, que fué el último de un hombre que tomó muy poco a lo serio la vida y el arte, ha sido un día de duelo para las letras argentinas.

MIGUEL CANÉ

Agosto 24 de 1903.

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN _Pág._ Fray Mocho, por Miguel Cané 9 CUENTOS DE FRAY MOCHO El lechero 15 Pascalino 16 Instantánea 19 Monologando 20 Me mudo al norte 21 Más vale maña que fuerza.--Leyendas entrerrianas 22 Tierna despedida 26 El marchante más antiguo.--En la comisaría 29 Entre dos mates 30 El ahijado del comisario 32 Cada cual se agarra con las uñas que tiene 35 Filosofando 36 Entre amigos 38 Cuartelera 40 ¿Y a mí, quién me agarra? 42 Instantánea 44 Entre el recado y la silla 46 En familia 48 A la hora del té 51 Como víbora que ha perdido la ponzoña 54 Escuela de campaña 57 Ni con cuarta 59 Confidencias 61 Al vuelo 63 Conspirando 65 En las antesalas del Congreso 67 Del natural 70 ¿No es verdá, nena? 72 Reminiscencia 74 Saudades 75 Paisajes 78 Donde las dan las toman 80 Centenarios de hojalata 83 Cada cual come en su plato 86 Pechadores 88 Cazando al vuelo 91 Cosas de negros 93 Cuentos de caza 96 Notas de viaje 98 ¿A mí?... ¡con la piolita! 104 Del mismo pelo 106 ¡Qué suerte pa las de Miguens! 108 Siempre amigo 111 ¡El pobre amigo! 115 Entre dos copas 119 Flirt 121 Los tiempos de aura 124 Tirando al aire 127 La caza del cóndor 129 Como en familia 133 Desertor 135 La junta de la cuchilla 138 En el bañado 141 De raza 144 Patriotismo... y caldo gordo 149 Divorçons... en criollo 153 ¡Cuatrerismo vivito! 155 Entre yo y mi perro 158 Carnavalesca 162 De vuelta del Paraguay 165 Frente a frente 168 Entre gentes de confianza 171 ¡Robadita! 174 De baquet'a sacatrapo 176 Sin revancha 178 ¡Ojo por ojo! 181 El hijo de doñ'Amalia 184 Después del recibo 188 ¡Viva Chile... y siga el baile! 192 El cazador de tigres 195 Diplomático en botón 199 Nobleza del pago 203 Una cura por el agua 206 Entre rentistas 209 Política casera 211 Confidencias 213 La economía es la madre de la riqueza 215 La despedida 219 Mi primo Sebastián 222 En familia 226 Callejera 229 El café de la Recova 231 En confianza 233 Callejera 237 Milico viejo 239 Robustiano Miñones 243 La bienvenida 246 Haciendo lobos de mar 243 Regalos de boda 251 Bordoneo 255 “Entidá Judicial” 258 “Las etcéteras” 262

=CUENTOS DE FRAY MOCHO=

EL LECHERO

Siendo la leche el primer alimento que se da a los recién nacidos, necesario era que mi primer artículo para _Caras y Caretas_ tuviese sabor lácteo, para lo cual ningún tipo de los que me obligaron a presentar se acomodaba tanto a mi propósito, como el del lechero.

Ya se fué el marchante de los buenos tiempos viejos, que los niños esperábamos ansiosos por la yapa de la leche, exigua y por ello sabrosa, y los más grandecitos y traviesos, por el mancarrón cargado con los tarros, sobre cuyas tapas envueltas en trapos, se extendía el cuero de carnero que le servía de trono y sobre el cual, arrodillado y erguido el busto, marchaba a trote de lechero, como se decía, el viejo vasco cantor y alegre.

¡Qué famosos galopes hasta la bocacalle, con corridas de todos los perros vecinos!

Se fué el marchante y con él se ha ido una nota típica de Buenos Aires y también el arreador usado como cetro; la boina terciada sobre la oreja; el chiripá de granos de oro cayendo apenas sobre la bota de becerro chueca y embarrada; el tirador que era una especie de cafarnaún en que se hallaban botones desertores, cartas de mucamas aventureras que comenzaban con el invariable “cerido, marchante digamé ci es cierto que me dará el haniyito ci le doy el veso”, pesos chicos con carnerito, cabellos mezclados con flores secas, horquillas para la novia preferida--la paisana--que le esperaba entre sus patos y gallinas, allá por Morón o San Justo, y a veces el papelito en que “la patrona gorda”, “la flaca de Maypú”, “la vieja del Socorro”, como él designaba a su clientela, le encargaban manteca fresca o huevos caseros para la niña y también las milongas en vascuence, entonadas al bordear un charco suburbano, y la original “fonda de vascos”, donde entre copa y copa de vino se comentaba a gritos toda la vida porteña, mirada desde la cocina.

A otros tiempos otros tipos.

Ahora tenemos el carrito con vasijas de latón, lustrosas de puro limpias; el lechero de delantal y gorro blanco, serio, grave, que no canta ni ríe, ni dice chicoleos; la manteca en panes de ilusión y la harina y el agua y la sofisticación reinando omnipotentes con sellos, patentes, certificados químicos y tapas higiénicas!

Y ahí va la vida, siguiendo su tortuoso camino, cada día menos pintoresca, menos nacional, diremos, pero más arreglada a las leyes y ordenanzas, por más que el viejo marchante desalojado, diga melancólicamente, al ver pasar uno de los carritos triunfadores:

--¡Arodá no más... masón condenao, que ya te allegará tu hora!...

PASCALINO

Es uno de nuestros calabreses más distinguidos y al mismo tiempo el verdulero más popular del barrio de la Piedad, cuyas calles recorre diariamente con su carrito de mano, desempeñando alternativamente el papel de caballo de tiro y el de comerciante al menudeo.

Es una especie de guión tirado desde la elegante casa de familia hasta el modesto cuarto de conventillo, y él nivela, tuteándolas, a la empongorotada dama a quien le falta de repente algún ingrediente para preparar un plato improvisado, con la cocinera sin trabajo, que para no perder la costumbre y asentar la mano, se sisa a sí misma cinco centavos en el clásico puchero.

Con su galerita terciada sobre la oreja, sus pantalones y su saco deshermanados, que de puro cortos ya casi ni se saludan, va de puerta en puerta, asomando su cara de doble sentido,--pues desde la boca para arriba parece ser de un flaco melancólico, y desde el mismo punto para abajo, de un gordo divertido--y, gritando con doliente voz de falsete, que filtra como en chorritos como a través de una mascada cosmopolita, verdadera asamblea de puchos callejeros:

--¡Se me caen los pantalones!... ¡ay!... ¡se me caen los pantalones!

La frase pregonera, que más parece anunciadora de catástrofe escandalosa, ya no llama, sin embargo, la atención de la clientela: todo el barrio la conoce y sabe que traducida al criollo quiere decir simplemente:

--¡Señora!... ¡Aquí está Pascalino!

Y convocadas por ella salen las compradoras a la puerta, quienes francamente y quienes con un gracioso recato, revelador de escrúpulos sociales muy recomendables, mientras otras entablan su negociación desde el descanso de la escalera, obligándole a viajes frecuentes, hasta el carrito, que le permiten desplegar las gracias de su porte.

--¿Tiene longaniza, marchante?

--¡Nun e buona per náida!

--¿Por qué?

--¡Mó!... ¡Yandangarando periti li canachi dil monichipio!

--¿Qué me dice?

Aquí Pascalino, que se siente importante con su noticia, exclama en tono sentencioso al par que discretamente petulante:

--¡Domandalo al tuo maritos!... Li canachi, vendono li periti a cuelo qui fanno cholchicho... ¡Guandío ti lo dicos e berqué lo só!

Y extrayendo del carrito un envoltorio de papeles y de éste una yunta de chorizos que para lucirlos mejor hace cabalgar sobre su índice:

--¡Berá!... Roba fina cuesta... ¡Bó!... ¡Li chorichi non si fanno gun artigoli di pero!... ¡Cuesto si po mangiare comi-ti-lo-dico!

--¡Pero marchante ... yo lo que necesito son longanizas!

--¡Ti prechisa chorichi!... ¡Lo só bene!... ¡L'altra ruba non e buona, te l'ho deto!

--Pero vea, marchante...

Pascalino se siente arrebatado; las venas del cuello se le inflan, los ojos se le inyectan: le revuelve la bilis, evidentemente la terquedad de una cliente que quiere longaniza cuando él no tiene y se encamina apresuradamente a su carro como para marcharse, pero vuelve con la misma rapidez, se encara con ella, desocupa la boca de la mascada que le dificulta la palabra, y le dice con tono despreciativo, aunque casi lloriqueante de puro meloso y derretido:

--¡Mó!... ¿Berqué nun parlate guiaro allora?... Voy volete artigoli fati gon gose di pero... ¡Ebene!... Andati al meregato si volete... ¡Pascalino non dimentigará di la sua fama!

Y ante semejante indignación la compradora que necesitaba longanizas, se somete a la tiranía del marchante que, de casa en casa y de puerta en puerta, urde mentiras en su media lengua e impone su voluntad soberana.

INSTANTÁNEA

Bajo el azote de la lluvia que caía silenciosa, tenaz y como acompasada, llegó el jinete frente al rancho desmantelado que ocupaba la china hospitalaria, famosa en el pago; maneó el petizo maceta y panzón, cinchado casi en los sobacos, dobló el cuero de carnero que le servía de cojinillo, a fin de evitar la mojadura de la lana, y notando un caballito de cola recortada y atusado con coquetería, que dormitaba con una pata encogida bajo la diminuta enramada--refugio de una pava viuda y de media docena de gallinas, usufructuarias de un gallo cegatón--movió la cabeza como con desagrado y silbando entre dientes una mazurka mestiza de tarantela, se acercó a la puerta enclenque e indiscreta; golpeó con los nudillos suavemente y esperó la respuesta con aires de desgano y desconfianza.

--¿Quién es?...--respondió una voz varonil y bien timbrada, que no era por cierto la ronca y casi gangosa de la buena amiga.

--Sono io... Angelo... ¡il discarriadore de la estancia!

--¡Ah!... ¡Bueno!... ¡Aquí no precisamos descarriadores por aura!

--¡Ma!... ¡Llove com'in cane e non ho piú cavallo!... ¡Il petizo l'he riventado!... ¡Ho fatto ina galopiada dila gran siete!

--¡Bueno!... Vayasé a la pulpería, entonces... ¡Está ahí!... ¡atrás del cardal!...

--¡Non poso!... Dichetele a la patrona... que sonno io... ¡Angelo!

--¡Dice la patrona que se deje de... embromar y que si es ángel por qué no vuela!

--¡Corpo di Dio!... Dichetele que non posso... ¡perque sono pechone!

Y mientras de adentro se contestaba con una carcajada su salida espiritual, él se enhorquetaba en su petizo y estimulándole con el chicoteo de sus piernas, se perdía al trotecito entre el cardal verdegueante, donde cantaba la lluvia su eterna canción monótona.

MONOLOGANDO

--Mirá Juaquín, vos no me conocés tuavía; vos no sabés la liendre qu'es Justo Pérez... Aquí ande me ves con mi sombrerito requintao y mi pañuelito en el pescuezo, soy hombre que lo mesmo me siento en el pescante de un coche particular, de ésos que tienen caballos como los de aura--que estiran en cuanto se paran y levantan la cabeza con orgullo, como si jueran dotores--que entre el molinete de una chata, con cola... Yo nací en la calle Maipú, ¿sabés?... en la casa e los Garcías y h'estao acostumbrao a darme con gente y no con basura... ¡Bueno!... Y si no lo sabés, sabelo... a mí me cristianaron en la Mercé y jué mi padrino un italiano que tenía almacén al lao de casa y que se murió pa la fiebre grande... Ile tomando el peso!... ¡Bueno!... Y cuando era vendedor de diarios siempre lo veía a don Bartolo, ¿sabés?... ¡Bueno!... Y por eso me da rabia que un alfayate como el pardo González, dentre a ser cabo nada más que porque la mujer es planchadora del comisario... Mirá, che, a mí no me des hombre que se priende de polleras pa subir... ¿sabés? De asco pedí la baja y no vuelvo a la policía si no es que me llevan preso... ¡Juna perra!... Si yo juera como González, no me hubiesen faltao protecciones ni cadeneros... Tamién he tenido mi pior es nada, aunque sea feo decirlo... pero, mirá... cuando dejé de ser floristo y dentré a la cuarta, tenía una mujer italiana que había sido ama e leche de don Marquito Avellaneda... ¿sabés?... ¡Bueno!... Y ella me decía siempre que m'iba a hacer ascender... y... ¿sabés? lo qu'hice?... ¡Bueno!... Le pegué una patada a la suerte, pedí la baja y me juí con otra,--una corista e Raffeto--y m'hice correntino e Morel... ¿te acordás?... ¡Bueno!... Y ¿qué querés?... yo soy así... lo mesmo trabajo e zanagoria en cualquier circo, que me priendo el machete u agarro el látigo y las riendas y salgo por esas calles vendiendo almanaques... ¡Bueno!... Y aura ya sabés: pa mí s'hizo la milonga e Morales

Mi madre se llama Clara Y mi hermana Claridá; Yo me llamo Francamente... ¡Miren qué casualidá!

ME MUDO AL NORTE

Siempre lo dije: si las cosas siguen como van hasta hoy, yo tendré que abandonar estos barrios... ¿Quién diablo puede vivir hoy en el sur, a menos que no sea algún payucá de esos que se mantienen con churrasco y le hacen cara fea a un caracol?... Si esto está cada día más imposible... Antes siquiera tenía uno los rezagos del Mercao Viejo o la sopa e San Francisco, ¡pero aura!... ¿Y del río, qué me dicen?... Siempre era un recurso... Lo tenía uno “ahicito no más”, como decía ño Pantalión, y siempre se hallaba entre la resaca un sábalo asonsao, una boga con la jeta rota o un bagre atorao con el anzuelo... ¿Y aura?... ¡Vaya uno a dar con el río!... ¡Lo han ido reculando, reculando... hasta el diablo!... ¡No!... Eso sí... pa vivir bien, el norte; ésa es gente que sabe... ¡y después, la municipalidad ayuda siquiera!... ¡Se acuerda del vecindario!... Uno va por la vedera y camina trompezando con la comida... ¡un caracú aquí, un espinazo allá!... Los basureros siquiera son allí hombres de sociedá y a veces por un compromiso u por otro, se les pegan las sábanas... ¡y dan un calce!... ¿Y qué me dicen de las diversiones?... ¡Se sienta uno en una puerta y aquello es un veinticinco e mayo!... Coches llenos de muchachas alegres, bicicletas, casas en que tocan el piano, carreros satisfechos con las propinas y que hasta pagan una copa... almaceneros que tiran cachos de salchichón... ¡No!... ¡Aquello es otra cosa: no se puede negar! Y después Palermo, la Recoleta, las quintas llenas de flores... ¡No, no!... ¡He sido un bárbaro... ¡Me mudo al norte!

LEYENDAS ENTRERRIANAS MÁS VALE MAÑA QUE FUERZA

Fué alrededor de los fogones camperos de Entre Ríos, donde oí por vez primera los fragmentos del poema simbólico--de que forma parte mínima esta leyenda sencilla--destinado a perpetuar por la tradición oral el conocimiento que los hombres adquirían de la vida y costumbres de los animales, ya en las cuchillas enhiestas en que el sol fecundante reverbera, como en las cuestas alegres donde verdean los pastizales tutelares y negrean los montes rumorosos o en los juncales movedizos que tienden su manto pintarrajeado sobre las aguas dormidas de los arroyos y de las lagunas.

Cuando el hombre no reinaba todavía sobre todos los animales que pueblan la tierra, era el avestruz el rey de ésta, pues con su velocidad y su oído fino escapaba a las acechanzas del tigre--su rival, que le aguardaba oculto entre los pastizales hirsutos,--dominándole con su vuelo poderoso, que le permitía penetrar al monte enmarañado e ir a sorprender sus crías--arrebatándolas al celo de la madre--para elevarlas en los aires y estrellarlas sobre los raros pedregales del llano o de las abras medrosas.

El avestruz volaba entonces como un gavilán y nadaba como un pez; perdió estas facultades cuando, orgulloso de su dominio en los aires, en la tierra y en las aguas, quiso llegar hasta las nubes para verlas por detrás. Un rayo le quemó las alas y con ello le quitó no solamente el dominio de los aires, sino también el de las aguas, pues apenas le quedó la propiedad de nadar en línea recta--recurso extremo en caso de persecución excepcional--sin poder manejarse a voluntad.

En cada región tenía un rival temible: en la tierra el tigre, en el agua el sapo y en los aires el águila negra, habitadora silenciosa de la copa de los molles y coronillos. El sapo--que en el poema personifica la astucia--era el más grande calavera de la región, y como cantor, guitarrero y divertido, su fama era tan universal como su suerte en lides amorosas.

Ya no eran sólo las ranas y renacuajos su prole conocida, sino que, sorprendiendo una siesta a la vieja del agua, libando las flores de un camalote, engendró en ella el bagre negro, que habita entre los charcos y lagunas, ufano de su origen; en una tararira, que jugueteaba entre un juncal naciente tuvo al moncholo inquieto, y en la anguila, que vive en el cauce de los riachos sin corriente, la raya venenosa y agresiva.

Una noche sorprendió dormida una víbora de la cruz junto a un cañaveral donde acostumbraba a ocultar su ponzoña para bañarse y dió vida al escuerzo repugnante, y en otras víboras inofensivas engendró el lagarto y la lagartija, y en la de dos cabezas el camaleón de veneno letal.

Sus amores y sus riñas con hermanos y maridos ofendidos, forman en el poema un largo capítulo interesante, y cuando el avestruz conoció las perturbaciones que en el agua y en la tierra introducía su conducta desordenada, le declaró franca guerra de exterminio.