Part 5
--¿Y qué vergüenza v'iá tener de ustedes que, al fin, también han salido en el asunto como perros con tramojo...? ¡Bah!... Estaba parao allí en la esquina del mercao, cuando la veo venir a la vieja pujando con la canasta y me le acerco, ansina, de golpe, como pa no darle ni lugar a resollar y le digo: “Mire doña Robustiana, es mejor que hablemos claro, qué diablos, ¿no le parece?...”. Me miró con unos ojos que hast'aura me dan miedo, dejó la canasta en el suelo y no abrió el pico... Yo seguí “Vea... usté aunque sea una triste cocinera, alguna vez haberá sido joven y si se acuerda me comprenderá... Yo, confiao justamente en que usté como persona de juicio saberá lo que son ciertas cosas de la joventú, es que m'he animao a'cerle esta dentradita y com'uste's madre y al fin no ha de querer su hija pa tenerla prendidita e la pollera, ni pa reliquia es que...”. Ahí no más pegó un bufido e rabia y me gritó... “Acabá, condenao... que no sé cómo no te arranco algo en plena calle... ¡Acabá!...”. No se m'enoje, doña Robustiana, le contesté, mire que va'ser pa pior... Al respeto de su hija, yo no tengo sino motivos pa quererla y si vengo a decirseló, es porque usté's su mama... ¡Buena vieja mala había sido la cocinera! Ahí no más me retrucó: “!Y vos sos un arrastrao y antes que darte la muchacha me has de ver en un cajón con cuatro velas!...”.
--Cristu con la viega que había sidu más mala que Anchurena... ¿Y tú, que le diguiste?...
--Pa qué me va a'cer llorar, doña Robustiana, con ese canto tan triste... ¡Cambie el tono y nos hemos d'entender!... ¡La vieran cómo se desató!... ¡La gran perra! Parecía que tuviese una bicicleta en lugar de lengua y gritaba... “¿Mirá quién pa pretenderme la muchacha? Si crerás que la h'estao criando como si juera una raina pa que se fijase en vos u en otros de tu calaña... ¡Es atrevimiento!... ¡Casarse con un vigilante nada menos que una hija de Robustiana Paredes!... ¿Vos sabés quién es Petrona pa fijarte en ella?... ¿Lo has averiguao?... ¡Bueno!... Petrona es ahijada e don Antonio Gandulla, el dueño del almacén del Resuello, en la barranca e Balvanera, y su madre, que soy yo, nació en la casa del finao Rodríguez, en la parroquia e Monserrate, frente a la plaza... ¡Y nosotras no somos de la laya que te pensás... provinciano aguachao, mantenido con patay!”. Y aquí me tienen ustedes aura, sin saber qué hacer y hasta medio maltratao.
--¡Perú qué importa de la viega si la muchacha sigue la prucesión!... ¡Yu creu que este, ajora, nu se debe de andar con chicas y si ya ha sonadu la campana, que haja la humbrada y se alce cun la prenda!... ¡Al que nu entiende razones, que dicen en mi tierra, las custuras le hacen llajas!
EN LAS ANTESALAS DEL CONGRESO
--¿Mirá quién en la casa de las leyes?... De seguro viene tormenta...
--El tisne le dijo a la olla... ¡agarrate Catalina!... ¿Y cómo te va?...
--¡La pregunta!... ¡Lindo no más, pues!... ¿Qué no sabés que le pedí la'ija a tu comadre?...
--Las muchachas leyeron la cosa en la crónica social de _La Clase_... pero no había detalles.
--¿Y qué detalles me has dau a guardar?... La pedí y me la dieron y aquí paz y después gloria como decía el finau Aneiros.
--Hombre, que sea pa tiempos y pa güeno... Bien te lo merecés, ¡qué diablos!... Porque vos l'has peliao a tu posición atual com'un tigre...
--Bueno... un poco yo y otro la suerte...
--¡Qué suerte ni qué demonios!... Cuántos como vos han sido mucamos o citadores de jujao y no han llegao al congreso u los ministerios... ¡No che, lo qu'es justo es justo!... Y de la muchacha no te digo nada porque todo sería poco... Mirá... ahí te llama aquel diputao...
--¿Cuál?
--Ese grandote... picau de virgüelas...
--¡Ah! ¡No importa!... ¡Qu'espere!... Ése's de los que van al muere... ¿Y que andás queriendo?
--Es que ando de pobre... que no ladro de miedo de que me tomen por perro y me cobren la patente ¿sabés? y m'he metido a corredor...
--¿A corredor?... ¿Con esas patas?...
--¡Escuchá con formalidá, que vale la pena... Quiero que le hablés a García y lo interesés pa que busqu'en la carpeta e su ministro, una solicitú e doña Jesusa Paredes!... Mirá... Ahí te llama aquel diputao, che...
--¿Cuál?
--Ese flaquito e galera...
--¡Ah! Mosca mansa... Ése's tamién de los que se van pa no volver... Que lo atienda otro... ¡Seguí no más!!...
--¡Bueno! Doña Jesusa me ha ofrecido doscientos pesos por ese despacho y yo, che, como el melón tiene muchas tajadas t'invito a que lo partás... Mirá... ahí te llama ese señor de sobretodo... Ha e ser otro...
--No... Ése's de los que quedan... Esperate que aura vengo... ¡Ah!... ¡Lo atendió González!... Seguí...
--¿Y cómo partimos el queso?...
--¡Entre vos y yo y García... igualitos!
--Perfectamente. Mirá... ahí te llama otro señor... aquél de sombrerito...
--Que reviente... Ése's también de los mortales...
--Pero che... Estoy viendo que ustedes aquí no sirven a naides...
--¿No servimos?... ¡Demonio! Lo que hay es que a estos payucaces que acaban el período y no van a ser reletos, no tenemos pa qué atenderlos... ¿Qué van a hacer esos desgraciaos, si no pueden ni con la figura?... Son parientes de gobernadores que han caído u miembros de poderes caducaos.
--Sí, perfectamente... pero ¿y si se quejan de que ustedes no los sirven?
--¿Y quién les va'cer caso, che? Aquí, diputao que pierde la releción no se para ni con muletas... Nosotros ¿sabés? conocemos bien a nuestra gente y servimos a la gente que puede servirnos... ¡El sabalaje que se las campané como pueda! Hombre qu'estando arriba se va barranc'abajo no tiene alce, che, y jiede a muerto.
--¿Lo qu'es la política, no?
--¿Y qué más querés que sea... Éstos han tramitao su vida cuatro años y se les cierra el debate... No les queda más remedio que levantar la sesión y seguir viaje...
--¿Pero y si vuelven?
--Y si vuelven los agasajamos y con la alegría de dentrar al recinto ni se acuerdan de antes... Mirá... Vos pa saber si un diputao o senador d'éstos de a vainte la docena, s'entiende, anda en la güena con Roca, no tenés más que venirte aquí y si ves que los empliaos lo miramos como a público, le podés echar fallo sin miedo.
--¿Qué me contás?...
--¿Ves ése que va dentrando?... Bueno... Ése v'a ser diputao el año que viene... Fijate cómo le mueven la cola y oservales las sonrisas...
--Bueno, hermano, ¿y lo hablarás a García?
--¿Y cómo no?... Mañana lo ves en el despacho pa darle los datos... Sacale garantía a la interesada... No te vayás a olvidar... Ya sabés que seguro... no caí preso y el que traga gana el cielo.
DEL NATURAL
--Buenos días, doña Francisca... Le manda decir mi mama que si quiere pasar un rato, vaya luego a la noche por casa, que la espera, y que si le puede emprestar la lámpara y dos sillas, que se las mande con don Bautista en alguna pasadita...
--¿Y qué hay? ¿Baile?...
--Yo no sé... Parece que van a dar unas vueltitas y que va'star Pérez, el meritorio e la comisaría y la hija de doña Inés... Es pa darle las gracias por lo que los hizo poner en libertá a los muchachos...
--¿A tus hermanos?... ¿Y qu'estuvieron presos?... No sabía.
--Sí señora... Guasintón y Julio César estaban bailando en la vereda y derrepente vino Gútember y les hizo una zancadilla y se agarraron... En el bochinche lo voltiaron a Mirabó y a Lucrecia y le quebraron un brazo a Napolioncito...
--¿Qué me decís, muchacho?
--Fué un bochinche grandísimo y los enderezaron a todos a la comisaría, menos a mí y a Colón que habíamos ido a llevar una carta e tata a la imprenta en que trabaja...
--¡Bendito sea Dios...! ¿Y quién es la hija e doña Inés?
--Es ésa que vive junto a las piezas nuestras. El padre es un napolitano tuerto que sabe andar por aquí buscando sillas pa componer...
--¡Ah!... Sí... ¿Y ésa es la novia del meritorio?...
--Yo no sé... pero ella fué la que lo habló por mi mama y a más siempre que voy pa la escuela la suelo ver conversando con él en la esquina o si no en la puerta de La Cotorra, que es la mercería de la vuelta...
--Mirá... ¿Y quiénes más estarán?
--Yo no sé... pero han de'star también las hijas de un compañero de tata que aura saben ir a casa, y doña Nicolasa la lavandera y esa otra señora que siempre anda con ella, la madre d'ese muchacho que le dicen Chinchulín.
--¡Ah! ¡Ah!... L'adivina... ¿Y, esas hijas del compañero de tu tata cuántas son?
--Son dos... La más grande la'stuvo ayudando a mama pa la enfermedad, cuando recién nos mudamos aquí... ¿se acuerda?
--¿Una rubia, pecosa, que dicen qu'es modista?
--La misma ha de ser, porque ella le v'a prestar a mi mama una pollera, que Guasintón tiene que ir a buscar lo que salgamos de clase...
--Bueno... m'hijito, dale las gracias a tu mama y decile que aunque a la lámpara se le ha roto el tubo, se la v'ia mandar lo mismo que las sillas, y que yo he de ir a'nque sea un ratito y de parada no más...
--Bueno, ¡adiós!...
--Mirá, largar mi tubo pa qu'entre en danza!... ¡Cómo no!... ¡Qué baile en l'oscuro el meritorio si quiere... y tal vez me dé las gracias!... ¿Pa qué quiere más luz que la hija de doña Inés?
¿NO ES VERDÁ, NENA?
--¿Eh?... Ya lo creo qu'es así... ¡L'oficio no es tanto bueno como se cren y tiene sus contras!... Preguntelé si no a su tía, doña Marcelina quién le abrió la lana a la hija cuando se fué a casar con el sobrino de don Chicho... Que diga cuánto me pagó... Estuve dos días machacando y después me salieron con historias... ¿Y a la sobrina de Bachicha, quién l'abrió la lana? ¿No fué también este pobre colchonero? ¿Y se acordaron, acaso, de decirle “venga, don Antonio, aquí tiene un vaso de vino”...? ¡Mañana!... La política es mientras uno se las abre; pero después se acaba hasta la relación.
--Mire, marchante, con nosotros no v'a ser así... No es la primera vez que usté trabaja en casa.
--¡Ya lo creo que no es...! Yo la he conocido a usté cuando era com'esta chiculina, una vez que vine a cambiarle los forros a su mama después de la muerte de su abuelita...
--¿Usté fué el que se los cambió?
--¿Y si no?... Me acuerdo que su tata me decía que se los pusiera fuertes para que no se le rompieran en las mudanzas.
--¿Entonces usté la conoció a mi mama cuando todavía vivía mi abuela?... ¡Mirá!... Vea, marchante, demelé otra pasadita a este montón... ¿No le parece qu'está sucito?...
--Bueno... ¡Aura la daremos... hay tiempo!... La noche que se morió la viejita, yo fuí de los qu'estuvieron en el velorio... Nos pasamos la noche comiendo canilla de muerto, de unas que hacían en la confitería de Pedrín y chupando vino barbera... ¡La gran perra!... Al otro día me silbaba la cabeza como si tuviera un vigilante y no pude andar al entierro que estuvo lindísimo.
--Qué cosa, no... Vea... comience la otra pasadita... sino se va'montonar mucha y va'ser pa pior.
--¡Cristo!... ¿Sabe qu'es cabezuda usté?... ¡Aura le daremos!... ¿Que no ve que esta lana tiene más tierra que maíz frito y que hay que sacarla?
--Sí, pero es que si no nos apuramos v'a llegar la noche y no voy a tener colchón; ¿no es verdá, nena?
--¡Y qué sabe la nena, hombre!... A las tres estamos listos... Yo tengo que andar también de doña Catalina, la mercera, que me mandó decir que fuese a reglarle unas sillas y si no ando temprano no lo hago.
--Bueno... pero yo no quiero frangollos, marchante... Si no puede ir a las tres a lo de doña Catalina, va a las cuatro...
--¿Sí? ¿Y quién me calienta la cola?... ¿No ve que se necesita tiempo?...
--¿Y a mí qué me importa de la cola... Yo lo que quiero es que mi colchón quede bien, ¿no es verdad, nena?
--Oh!... y aunque no le parezca a la nena, a mí no se me importa tampoco... Al fin el colchonero soy yo, aquí... ¡qué diablos!
--Vea, marchante... no sea así... ¡Mire que parece loco... disgustao con la familia!... Bueno... ¿Comienza la pasadita o no?
--¡Caramba, ya lo creo que la comienzo!... Si no lo hiciera, usté me hace devenir loco endeveras... ¿No es verdá, nena?
REMINISCENCIA
El viejo don Pantaleón detiene su cabalgadura y busca en la inmensidad de la desierta pampa la majada diminuta confiada a su cuidado. Las ovejas, en pelotones, avanzan lentamente, pastando despreocupadas en dirección a la laguna que blanquea a lo lejos y a cuya orilla, en tiempos que pasaron, llegó él cierta tarde luciendo sus jinetas de sargento y guiando una partida que del próximo fortín saliera en la mañana a batir la indiada triunfadora que volvía de adentro con pesado arreo de haciendas y cautivos.
Ahí mismo, donde está ahora la majada, estaba el campamento, y las largas lanzas clavadas en el suelo llameaban al quebrarse la luz en las moharras.
¡Qué entrevero!
Los caballos rodaban, tropezando en los muertos, y los sables, cada vez que caían volteaban un jinete, y ayes y alaridos se alzaban del revuelto campo, coreados por los teros en alarma.
Y el viejo, rejuvenecido, yergue el busto hercúleo, da frente al pampero y suelta la rienda a la mal pergeñada cabalgadura, que no sintiéndose estimulada por recuerdo alguno, dormita pacientemente espiando de reojo a los perros camperos, que viendo a su amo detener la marcha y ajenos a las preocupaciones que le embargan, husmean provechosas aventuras cinegéticas y se acercan curiosos a esperar la señal apetecida.
Allá va la indiada en dispersión, perdiéndose a lo lejos, y luego vienen a su mente los cuadros sucesivos de su vida pasada: el viejo fortín que ya no existe, la estancia que fundó su capitán en aquel campo que supo conquistar y los suyos se apresuraron a vender apenas muerto, y luego, más acá, su odisea en busca de trabajo y su eterno rodar sobre esa pampa que él conoció desierta y pobre, contribuyendo con su esfuerzo a enriquecerla.
--Amigo... ¡qu'he rodao!... Y pa qué... P'andar cuidando ovejas a mis años. ¡Suerte chancha!... ¡A'nque bien visto, caray, es mejor que la d'estos charabones de hoy, que no tendrán después ni siquiera de qué acordarse!
SAUDADES
--¿Pero, tenés valor, che, de andar enamorao d'esa manera, llamandoté Cipriano y teniendo esa cara'emal comido u de dependient'e tienda a'nde dentran muchas marchantas...?
--¿Y qué tiene que ver mi nombre ni mi cara, che, con lo que yo te digo?... Mirá, Aguilera... vos te crés qu'es juguete, ¿sabés? porque no entendés... pero fíjáte... Antes yo era un mozo alegre y divertido, ¿sabés?... que agarraba mi guitarra y dentrab'a un baile, pinto el caso, u a cualquier parte a'nde se pudiera tocar algo y aquello de que cruzaba la pierna y miraba p'arriba che, y ya se m'empezaban a venir los versos como a su casa y d'eai no más ya puertiaban... a veces hasta de a dos... ¿Y aura?... ¡Ya ves, es al ñudo!... La otra noche fí con unos amigos a lo'e la Silva, ¿sabés? p'acacito de Almagro y m'encontré con una muchacha que hace com'un año la llevo clavada en l'alma y qu'es lind'hasta por lujo y con unos ojos y una boca y un modito más dentrador, che... ¿Y querrás crer que fué verla y agarrarme como a modo de una cortedá o de una tristeza grandísima y ya se m'hizo com'un ñudo en la garganta, che, y no me animé a decirte nada?... A la cuenta me habrá tomao por sonso, pero, ¿qué querés?... Me parecía que si le decía'lguna cosa, se m'ib'enojar por mentiroso esta imagen que llevo en las entrañas desde hace un mes y que me tiene a mal trair!
--¡Che, che!... ¡Qué peludo tan negro!... ¡Parece pintao con tinta!
--¿Peludo?... ¡Ah malaya!... Mirá... Feliz de vos, ¿l'ois? y de otros como vos, que no saben de ciertas cosas y que se morirán de viejos, contentos porque han comido bien o porque han bebido cuando tenían sé, u porque han sido dichosos con su familia... pero, créme, che, lo que te v'ia decir... Si alguna vez llegaran a tomarle el gustito a'lgún amor imposible, a querer una mujer hasta sin esperanza de poder verla ni de lejos, si a mano viene, cuantimás de respirar ese aire perfumao que deja cuando pasa y que sólo güele aquél que l'anda queriendo, o que siquiera los mire distraida así como se mir'a un perro'e la calle, se morirían de rabia por más brutos que fueran, lamentando haber perdido su vid'al divino botón... Yo, antes, me sabía rair de'sos que cantan en seco... pero, aura...
--Mirá, Cipriano... ¡a vos te v'a perder el gusanito ése de la puesía que te ha dentrao a picar...!
--¿Puesía?... Atendéme hermano y convencete de lo que te digo... Vos sos uno de'sos desgraciaos que se mueren sin haber mirao p'arriba en una noche estrellada y más bien hay que tenerles lástima que dejárseles cair por sonsos... ¡Probá una noche y verás lo qu'es la luna mirada como al descuido!... No hay hombre que no teng'adentro una guitarrita, ¿sabés?... y feliz de vos cuando la tiempla quien debe, porqu'entonces aunque sufrás un tormento, hermano, es un tormento con gusto y que aficiona! ¿Aquí no me ves a mí? Vengo todas las mañanas y me apelotono contra esta puerta y soy capaz de pasarme un siglo, mirando la casa d'ella... Y eso de que la veo venir vestidita e punzón como la vi la primera vez y picando la vedera con un pasito cantor, che, que parece acompañamiento a una música que n'oye naides pero que oigo yo, porque se me hace tenerla'dentro, abro las narices pa respirar porque me augo y cierro los ojos pa no mirar los d'ella, que son como violetas francesas que tuviesen una luz en las hojitas... La gran perra, hermano... Te aseguro que yo sé qu'es un imposible y que nunca m'he tenido más rabia al verme tan sonso... pero, ¿qué querés... la tierra va pa ese lao y no hay qué hacerle...
--¡Ah! ¡Ah!... ¿Conque la moza es del barrio?... ¿Y a'ande vive, che?...
--¡Pero'ai en ese caserón grandote de la media cuadra!... Es una rubia bizarrota, che, con un cuerpito que da comezón en l'alma... ¡Si vos l'has de conocer, Aguilera!... Si es com'una figura y aquello de que pasa por junto a uno es como si viniera chicotiando con una vara de azucenas...
--¡Beno, hermano!... ¡Vas a dir de patitas pa loco!... ¡Ya te veo con las pilchas al hombro trotiando pa l'ambulancia!... Sabete qu'esa moza es la hija de un dotor y que ya es prenda con dueño...
--¿Y te crés que se m'importa, pa quererla? Ya t'he dicho, Aguilera, que vos no entendés la vida... ni nunca la entenderás... No tenés la guitarrita de que te hablé, ¿sabés? y en amor sos como un sordo... A mí se m'importa un diablo que ella sea como sea, ¿entendés?... Yo la quiero porque es ella y nada más, y ella no lo ha'e saber nunca, tampoco, porque no hay necesidá... ¿No te digo que cada vez que la veo, hasta cierro los ojos cuando pasa, y que me dentra como a modo de un respeto, y que quisiera desaparecer sin que me viera, pero seguirla como un humito o com'una luz, envolviendolá todita pero sin qu'ella me sintiera?... ¿Te crés que la vi'a querer como a una de nuestra clase, che?... Pa soñar con gusto hasta el aire paletea y yo prefiero morir antes que causarle pena... Si ella no sabe mi amor, se lo h'esconder hast'a Dios.
--Che, che... ya me parece que te ajusto la cadena... ¡Vos vas marchanto pa loco... oservate y lo verás!
--Mir'Aguilera, vos no pasás de un triste vigilante, ¿sabés?... pero si tuvieras adentro algo d'esto que yo tengo, hasta Bizle se te haría un gorgojo... Pero... ¡de ande vas a soñar despierto, m'hijito, si t'estás cayendo e sueño...!
PAISAJES
Era en una de aquellas tardes de los veranos de mi tierra, que al ser recordadas, traen a la memoria los naranjos oscuros salpicados de estrellas blancas, con su cortejo obligado de abejas zumbadoras y de tornasolados picaflores, el rasguido de la guitarra que preludia como ensayo el gemido anhelante que se exhalará en la noche al pie de la reja amohosada--guardadora aparente del honor mujeril confiado a sus barrotes por la candidez de algún olvidadizo de la vida--el melancólico chistar de las tacuaras y chingolos y los últimos rayos de aquel sol que hizo las delicias del lagarto y que al irse, va tiñendo de violeta el cielo azul y la tersa superficie del arroyo que surcan veloces los patos en hilera buscando el boscaje de la orilla.
El calor había pasado: ráfagas de frescura venían a mí, trayéndome el aroma inimitable de los cercos florecidos y aquel perfume de los patios recién regados, donde tienden su manto luminoso las hojas de las parras.
Cerca del viejo brocal del pozo, que el verdín manchaba a su capricho, estaba el mozo y a su lado aquélla cuyos ojos negros y rasgados eran entonces, para él, su único encanto.
Ambos, sentados en pequeñas sillas de junco, de armazón casi rústica, tomaban su mate de la tarde, sazonado con la sabrosa plática cuyo fondo no iba más allá, seguramente, de los acontecimientos del barrio, no por cierto abundantes ni socorridos.
Yo los miraba de lejos y vivía la vida de los recuerdos dulces y apacibles. Ella, morena y joven, vestida de blanco, con su busto cubierto por un pañuelo celeste que contrastaba con el rojo de los labios, con el níveo relampagueo de los dientes al esbozarse una sonrisa y con el manojo de claveles, colocado como al descuido entre el pelo reunido en rodete, que parecía el azabache, se mantenía erguida, chupando el mate, sostenido por su mano regordeta a la altura del pecho, mientras la otra erraba sobre sus faldas jugando con el fleco del pañuelo.
Su oído y sus ojos estaban embargados por aquél que en esos momentos no veía picaflores ni azahares, ni escuchaba el canto de la brisa entre el cordaje de las madreselvas florecidas, ni miraba claveles ni sonrisas, ocupado en estirar las mangas de su saco y en alzarse el pantalón para salvarlo de ajaduras y dobleses. Era un tipito insignificante y pretensioso, con aires de dependiente de confianza, de perita, con una onda sobre la frente estrecha y deprimida y vestido con su traje dominguero que conservaba aún el sello del baúl en que dormía sueños de una semana, rara vez interrumpidos.
Aquella nota discordante en el concierto de la luz y de las flores me ponía nervioso, me exasperaba, y recuerdo que pensé hasta en la manera mejor de eliminarla y filosofé con rabia sobre la resignación y la paciencia de las mujeres lindas, que soportan a su lado, los miran y aun les sonríen complacidas, a seres cuya presencia es un contraste chocante, como lo sería la de una oruga, de ésas que cuelgan su cesto allá en las ramas flexibles de los duraznos envueltos en la gasa rosada de su florescencia inimitable, sobre la curva graciosa de su pecho palpitante.